Un llamado serio a una vida devota y santa
Se muestra cómo una gran devoción llena nuestra vida de la mayor paz y felicidad de que puede gozarse en este mundo

Capítulo 11 · 31 min de lectura · 40 min de escucha

Se muestra cómo una gran devoción llena nuestra vida de la mayor paz y felicidad de que puede gozarse en este mundo

Algunos objetarán quizá que todas estas reglas de vivir santamente para Dios en todo lo que hacemos son una restricción demasiado grande para la vida humana; que esta se convertirá en un estado demasiado angustioso al introducir así la consideración de Dios en todas nuestras acciones; y que, privándonos de tantos placeres aparentemente inocentes, haremos nuestra vida aburrida, desasosegada y melancólica.

A lo cual puede responderse:

Primero, que estas reglas están prescritas para un fin enteramente contrario y ciertamente lo procurarán. Que, en lugar de hacer nuestra vida aburrida y melancólica, la harán llena de contento y de satisfacciones firmes. Que por estas reglas solo cambiamos las satisfacciones pueriles de nuestras pasiones vanas y enfermizas por los goces sólidos y la felicidad real de una mente sana.

Segundo, que, así como no hay fundamento de consuelo en los goces de esta vida sino en la seguridad de que un Dios sabio y bueno gobierna el mundo, así, cuanto más descubrimos a Dios en todas las cosas, cuanto más acudimos a él en todo lugar, cuanto más alzamos los ojos a él en todas nuestras acciones, cuanto más nos conformamos a su voluntad, cuanto más obramos conforme a su sabiduría e imitamos su bondad, tanto más gozamos de Dios, participamos de la naturaleza divina y elevamos y aumentamos todo lo que hay de feliz y consolador en la vida humana.

Tercero, el que se esfuerza por dominar y arrancar de su mente todas esas pasiones de orgullo, envidia y ambición a las que se opone la religión hace más por ser feliz, aun en esta vida, que el que está ideando medios para complacerlas. Porque estas pasiones son las causas de todas las inquietudes y sinsabores de la vida humana: son las hidropesías y las fiebres de nuestra mente, que la atormentan con apetitos falsos y con ansias inquietas de cosas que no necesitamos, y que estragan nuestro gusto por aquellas cosas que son nuestro verdadero bien.

Imagina tan solo que en algún lugar viste a un hombre que se proponía la razón como regla de todas sus acciones; que no tenía más deseos que los de aquellas cosas que la naturaleza necesita y la religión aprueba; que estaba tan limpio de todo impulso de orgullo, envidia y codicia como de pensamientos de asesinato; que, en esta libertad respecto de las pasiones mundanas, tenía un alma llena de amor divino, deseando y pidiendo en oración que todos los hombres tengan lo que necesitan de las cosas del mundo y sean partícipes de la gloria eterna en la vida venidera. Imagina tan solo a un hombre que vive de esta manera, y tu propia conciencia te dirá enseguida que es el hombre más feliz del mundo, y que no está en el poder de la fantasía más rica inventar una felicidad más alta en el estado presente de la vida.

Y, por otra parte, si lo supones en algún grado menos perfecto; si lo supones sujeto tan solo a un capricho necio o a una pasión vana, tu propia conciencia te dirá de nuevo que en esa medida disminuye su propia felicidad y se priva del verdadero goce de sus demás virtudes. Tan cierto es que, cuanto más vivimos según las reglas de la religión, más pacífica y feliz hacemos nuestra vida.

Además: así como de este modo se ve que la felicidad verdadera solo puede obtenerse de los mayores grados de piedad, de las mayores negaciones de nuestras pasiones y de las reglas más estrictas de la religión, así la misma verdad se verá considerando la miseria humana. Si miramos el mundo y contemplamos las inquietudes y aflicciones de la vida humana, hallaremos que todas se deben a nuestras pasiones violentas e irreligiosas.

Ahora bien, toda aflicción y todo desasosiego se fundan en la falta de una cosa u otra; si queremos, pues, conocer la verdadera causa de nuestras aflicciones e inquietudes, debemos descubrir la causa de nuestras necesidades; porque lo que crea y aumenta nuestras necesidades crea y aumenta en el mismo grado nuestras aflicciones e inquietudes.

Dios todopoderoso nos ha enviado al mundo con muy pocas necesidades; la comida, la bebida y el vestido son las únicas cosas necesarias en la vida; y, así como estas son nuestras únicas necesidades presentes, así el mundo presente está bien provisto para satisfacerlas.

Aunque un hombre tuviera la mitad del mundo en su poder, no podría sacar de él más que esto; como solo lo necesita para sostener una vida animal, así el mundo es incapaz de hacer ninguna otra cosa por él o de proporcionarle ninguna otra felicidad.

Este es el estado del hombre: nacido con pocas necesidades, y en un mundo grande muy capaz de satisfacerlas. De modo que razonablemente se supondría que los hombres pasarían su vida en contento y en gratitud a Dios; al menos, que estarían libres de inquietudes y sinsabores violentos, puesto que han sido colocados en un mundo que tiene más que suficiente para remediar todas sus necesidades.

Pero si a todo esto añadimos que esta vida breve, así provista de todo lo que en ella necesitamos, es solo un breve paso hacia la gloria eterna, donde seremos vestidos del resplandor de los ángeles y entraremos en el gozo de Dios, podríamos esperar aún más razonablemente que la vida humana fuera un estado de paz, de gozo y de deleite en Dios. Así sería ciertamente si la razón tuviera pleno poder sobre nosotros.

Pero, ¡ay!, aunque Dios, la naturaleza y la razón hacen la vida humana así libre de necesidades y tan llena de felicidad, nuestras pasiones, rebeldes contra Dios, contra la naturaleza y contra la razón, crean un mundo nuevo de males y llenan la vida humana de necesidades imaginarias y de vanas inquietudes.

El hombre orgulloso tiene mil necesidades que solo su propio orgullo ha creado; y estas lo llenan de aflicción como si Dios lo hubiera creado con mil apetitos sin crear nada adecuado para satisfacerlos. La envidia y la ambición tienen también sus necesidades sin fin, que inquietan las almas de los hombres y, por sus impulsos contradictorios, los hacen tan neciamente desdichados como los que quisieran volar y arrastrarse al mismo tiempo.

Deja tan solo que cualquier hombre quejoso e inquieto te diga el motivo de su desasosiego, y verás claramente que es el autor de su propio tormento; que se está atormentando por algún mal imaginario que dejará de atormentarlo tan pronto como se contente con ser lo que Dios, la naturaleza y la razón le exigen que sea.

Si vieras a un hombre pasar sus días inquieto porque no podía andar sobre el agua ni atrapar a los pájaros cuando pasan volando a su lado, confesarías sin dificultad que tal hombre podía agradecerse a sí mismo semejante desasosiego. Pero si ahora examinas todas las inquietudes más atormentadoras de la vida, las hallarás todas igual de absurdas: en ellas las personas solo se ven atormentadas por su propia necedad, y se afligen por cosas que no les conciernen más, ni son más su verdadero bien, que andar sobre el agua o atrapar pájaros.

¿Qué puedes concebir más tonto y extravagante que suponer a un hombre devanándose los sesos y estudiando día y noche cómo volar? —que vaga lejos de su casa y su hogar, que se fatiga trepando a cada altura, que se humilla y lisonjea a cuantos encuentra para que lo alcen del suelo, que se magulla con continuas caídas y que al fin se rompe el cuello—, y todo esto por imaginar que sería glorioso tener los ojos de la gente alzados para contemplarlo, y grandemente feliz comer, beber y dormir en la copa de los árboles más altos del reino: ¿no reconocerías sin dificultad que a tal hombre solo lo inquietaba su propia necedad?

¿Preguntas de qué sirve suponer criaturas tan tontas como estas, que no se encuentran en ninguna parte de la vida humana?

Puede responderse que, dondequiera que veas a un hombre ambicioso, allí ves a este volador vano e insensato.

Además: si vieras a un hombre que tuviera un gran estanque de agua y que, sin embargo, viviera en sed continua, sin permitirse beber medio trago por miedo a disminuir su estanque; si lo vieras gastar su tiempo y sus fuerzas acarreando más agua a su estanque, siempre sediento y, no obstante, siempre con un cubo de agua en la mano, vigilando de madrugada y a deshoras para recoger las gotas de lluvia, mirando boquiabierto cada nube, corriendo ávidamente a cada lodazal y cada fango con la esperanza de hallar agua, y estudiando siempre cómo hacer que cada zanja vaciara su agua en su estanque; si lo vieras encanecer y envejecer en estos afanes angustiosos y acabar por fin una vida ansiosa y sedienta cayéndose en su propio estanque, ¿no dirías que tal hombre no solo era el autor de todas sus inquietudes, sino que era lo bastante necio para ser contado entre los idiotas y los locos? Y, sin embargo, por necio y absurdo que sea este carácter, no representa ni la mitad de las necedades y absurdas inquietudes del hombre codicioso.

Podría ahora proseguir fácilmente mostrando los mismos efectos de todas nuestras demás pasiones, y hacer ver claramente que todas nuestras miserias, sinsabores y quejas son enteramente obra nuestra, y de la misma manera absurda que en estos ejemplos del hombre codicioso y del ambicioso. Mira donde quieras y verás que todos los sinsabores mundanos son como el sinsabor de aquel que andaba siempre por lodo y fango en busca de agua para beber, cuando tenía en casa más de la que bastaba para cien caballos.

Celia siempre te está contando cuán irritada está, qué cosas intolerables y escandalosas le suceden, qué trato tan monstruoso padece y qué disgustos encuentra por todas partes. Te dice que su paciencia está completamente agotada y que no hay quien soporte el comportamiento de la gente. Toda reunión a la que asiste la devuelve a casa irritada; se ha dicho o hecho una cosa u otra que ninguna persona razonable y bien educada debería soportar. A los pobres que necesitan su caridad los despide con respuestas precipitadas, no porque no tenga corazón para desprenderse de algún dinero, sino porque está demasiado llena de alguna aflicción propia para atender a las quejas de los demás. Celia no tiene otro quehacer entre manos que cobrar las rentas de una fortuna abundante; y, sin embargo, por el giro lastimero de su mente, uno se inclinaría a pensar que no tiene ni comida ni alojamiento. Si la ves más pálida que de costumbre, si le tiemblan los labios cuando te habla, es porque acaba de volver de una visita en la que Lupus no le hizo ningún caso y estuvo todo el tiempo hablando con Lucinda, que no tiene ni la mitad de su fortuna. Cuando los contratiempos le han trastornado tanto el ánimo que se ve obligada a llamar al médico para que la haga capaz de comer, le dice, muy enojada con la Providencia, que nunca ha estado bien desde que nació y que envidia a todo mendigo que ve con salud.

Esta es la vida inquieta de Celia, que no tiene nada que la atormente sino su propio espíritu.

Si pudieras infundirle humildad cristiana, no necesitarías hacer nada más para hacerla tan feliz como cualquier persona del mundo. Esta virtud la haría agradecida a Dios por la mitad de la salud que ha tenido, y la ayudaría a gozar de más en el tiempo venidero. Esta virtud alejaría los temblores del ánimo y la pérdida del apetito, y su sangre no necesitaría ninguna otra cosa para endulzarse.

He tocado de pasada estos caracteres absurdos sin otro fin que convencerte, de la manera más sencilla, de que las reglas más estrictas de la religión están tan lejos de hacer una vida aburrida, angustiosa y sin consuelo (como se objeta más arriba) que, por el contrario, todas las miserias, sinsabores y quejas que hay en el mundo se deben a la falta de religión, pues los causan directamente esas pasiones absurdas que la religión nos enseña a negar.

Porque todas las necesidades que perturban la vida humana, que nos hacen estar descontentos con nosotros mismos, pendencieros con los demás e ingratos con Dios; que nos fatigan en trabajos vanos y en ansiedades necias; que nos llevan de proyecto en proyecto, de lugar en lugar, en una pobre búsqueda de no sabemos qué, son necesidades a las que ni Dios, ni la naturaleza, ni la razón nos han sometido, sino que nos las infunden únicamente el orgullo, la envidia, la ambición y la codicia.

Por tanto, en la medida en que reduzcas tus deseos a las cosas que la naturaleza y la razón requieren, en la medida en que regules todos los impulsos de tu corazón por las reglas estrictas de la religión, en esa misma medida te apartas de esa infinidad de necesidades y sinsabores que atormentan a todo corazón abandonado a sí mismo.

La mayoría, en verdad, confiesa que la religión nos preserva de muchísimos males y nos ayuda en muchos aspectos a gozar más felizmente de nosotros mismos; pero luego imaginan que esto solo es cierto de una porción moderada de religión, que únicamente nos refrena con suavidad de los excesos de nuestras pasiones. Suponen que las reglas y restricciones estrictas de una piedad elevada son tales contradicciones de nuestra naturaleza que por fuerza han de hacer nuestra vida aburrida y sin consuelo.

Aunque la debilidad de esta objeción se ve suficientemente por lo que ya se ha dicho, añadiré, sin embargo, una palabra más.

Esta objeción supone que la religión, practicada con moderación, añade mucho a la felicidad de la vida; pero que las alturas de piedad que exige la perfección de la religión producen el efecto contrario.

Supone, por tanto, que es feliz verse libre de los excesos de la envidia, pero desdichado verse libre de otros grados de envidia. Que es feliz ser librado de una ambición sin límites, pero desdichado estar sin una ambición más moderada. Supone también que la felicidad de la vida consiste en una mezcla de virtud y vicio, una mezcla de ambición y humildad, de caridad y envidia, de afecto celestial y codicia. Todo lo cual es tan absurdo como suponer que es feliz estar libre de dolores excesivos, pero desdichado estar sin dolores más moderados; o que la felicidad de la salud consistiera en estar en parte enfermo y en parte sano.

Porque, si la humildad es la paz y el descanso del alma, nadie obtiene tanta felicidad de la humildad como el que es más humilde. Si la envidia excesiva es un tormento del alma, el que más perfectamente se libra del tormento es el que más perfectamente apaga toda chispa de envidia. Si hay alguna paz y algún gozo en hacer cualquier acción conforme a la voluntad de Dios, el que somete a esta regla la mayor parte de sus acciones es el que más aumenta la paz y el gozo de su vida.

Y así sucede con toda virtud: si vives a la altura de cada uno de sus grados, tanta más felicidad obtienes de ella. Y así también con todo vicio: si solo moderas sus excesos, haces muy poco por ti mismo; pero, si lo rechazas en todos sus grados, entonces sientes el verdadero sosiego y el gozo de una mente reformada.

Por ejemplo: si la religión solo refrena los excesos de la venganza, pero deja que su espíritu siga viviendo en ti en casos menores, tu religión quizá haya hecho tu vida un poco más decorosa por fuera, pero no te ha hecho en absoluto más feliz ni más sosegado en ti mismo. Pero si has sacrificado una vez todo pensamiento de venganza en obediencia a Dios, y estás resuelto a devolver bien por mal en todo tiempo, para hacerte más semejante a Dios y más apto para su misericordia en el reino del amor y de la gloria, esta es una altura de virtud que te hará sentir su felicidad.

Segundo, en cuanto a las satisfacciones y goces que una piedad elevada nos exige negarnos, esto no nos priva de ningún consuelo real de la vida.

Porque, en primer lugar, la piedad no nos exige renunciar a ningún modo de vida en que podamos obrar razonablemente y ofrecer lo que hacemos para la gloria de Dios. Ninguno de los modos de vida, de las satisfacciones y de los goces que están dentro de estos límites nos es negado en modo alguno por las reglas más estrictas de la piedad. Todo lo que puedes hacer o gozar como en la presencia de Dios, como siervo suyo, como criatura racional suya que ha recibido de él la razón y el conocimiento; todo lo que puedes hacer conforme a una naturaleza racional y a la voluntad de Dios, todo esto lo permiten las leyes de la piedad. ¿Y pensarás que tu vida será desconsolada a menos que puedas desagradar a Dios, ser un necio y un loco, y obrar en contra de esa razón y sabiduría que él ha implantado en ti?

Y en cuanto a esas satisfacciones que no nos atrevemos a ofrecer a un Dios santo, que solo han sido inventadas por la necedad y la corrupción del mundo, que inflaman nuestras pasiones, hunden nuestras almas en la grosería y la sensualidad y nos hacen incapaces del favor divino, aquí o en el más allá, ciertamente no puede ser un estado de vida desconsolado ser rescatados por la religión de semejante suicidio y ser hechos capaces de la felicidad eterna.

Supongamos a un hombre privado del conocimiento que tenemos por los sentidos, colocado solo en algún lugar, en medio de una variedad de cosas que no sabía usar; que tiene a su lado pan, vino, agua, polvo de oro, cadenas de hierro, grava, vestidos, fuego, etc. Supongamos que no tiene conocimiento del recto uso de estas cosas, ni dirección alguna de sus sentidos sobre cómo apagar su sed, saciar su hambre o hacer algún uso de las cosas que lo rodean. Supongamos que en su sed se pone polvo de oro en los ojos; que, cuando le escuecen los ojos, se echa vino en los oídos; que en su hambre se mete grava en la boca; que en su dolor se carga con las cadenas de hierro; que, sintiendo frío, mete los pies en el agua; que, asustado del fuego, huye de él; que, estando cansado, hace del pan su asiento. Supongamos que, por su ignorancia del recto uso de las cosas que lo rodean, se atormentará en vano mientras viva, y al fin morirá cegado por el polvo, ahogado por la grava y cargado de hierros. Supongamos que algún ser bueno vino a él y le mostró la naturaleza y el uso de todas las cosas que lo rodeaban, y le dio reglas tan estrictas para usarlas que ciertamente, si las observaba, lo harían más feliz con todo lo que tenía y lo librarían de los tormentos del hambre, de la sed y del frío.

Ahora bien, ¿podrías afirmar con alguna razón que aquellas reglas estrictas sobre el uso de las cosas que tenía a su alrededor habían vuelto la vida de aquel pobre hombre aburrida e incómoda?

Pues bien, esto es en cierta medida una imagen de las reglas estrictas de la religión: lo único que hacen es socorrer nuestra ignorancia, librarnos de atormentarnos a nosotros mismos y enseñarnos a usar todo lo que nos rodea para nuestro verdadero provecho.

El hombre está puesto en un mundo lleno de una gran variedad de cosas; su ignorancia le hace usar muchas de ellas tan absurdamente como aquel hombre que se echaba polvo en los ojos para aliviar su sed, o se ponía cadenas para quitarse el dolor.

Por eso la religión viene aquí en su auxilio y le da reglas estrictas para usar todo lo que le rodea, a fin de que, usándolo de un modo conforme a su propia naturaleza y a la naturaleza de las cosas, tenga siempre el placer de recibir de ellas el beneficio que corresponde. Le muestra lo que es estrictamente justo en la comida, en la bebida y en el vestido; y que no tiene nada más que esperar de las cosas de este mundo sino satisfacer esas necesidades suyas, y luego extender su ayuda a todos sus hermanos, para que, en cuanto pueda, ayude a todos sus semejantes a obtener del mundo el mismo beneficio que él obtiene.

Le dice que este mundo es incapaz de darle ninguna otra felicidad; y que todos los esfuerzos por ser feliz con montones de dinero o con fanegas de tierra, con ropas finas, lechos lujosos, carruajes suntuosos, ostentación y esplendor, no son más que esfuerzos vanos, intentos ignorantes de lograr imposibles, pues estas cosas no pueden dar el menor grado de felicidad, del mismo modo que el polvo en los ojos no puede curar la sed, ni la grava en la boca saciar el hambre; sino que, como el polvo y la grava mal empleados, solo servirán para hacerle más desdichado por el uso ignorante que hace de ellas.

Le dice que, aunque este mundo no puede hacer por él más que satisfacer esas necesidades del cuerpo, hay sin embargo un bien mucho mayor preparado para el hombre que el comer, el beber y el vestirse; que ese bien es todavía invisible a sus ojos, por ser demasiado glorioso para que lo comprendan la carne y la sangre, pero que está reservado para que entre en él en cuanto termine esta breve vida; allí, en un cuerpo nuevo formado a semejanza de los ángeles, morará en la luz y la gloria de Dios por toda la eternidad.

Le dice que este estado de gloria se dará a todos los que hagan buen uso de las cosas de este mundo presente, a los que no se ciegan con polvo de oro, ni comen grava, ni gimen bajo cargas de hierro que ellos mismos se han echado encima, sino que usan el pan, el agua, el vino y los vestidos para los fines que son conformes a la naturaleza y a la razón; y que, con fe y gratitud, adoran al bondadoso Dador de todo lo que disfrutan aquí y esperan en el más allá.

Ahora bien, ¿puede alguien decir que las reglas más estrictas de una religión como esta nos privan de alguna de las comodidades de la vida? ¿No podría decirse con la misma justicia de aquellas reglas que solo impiden a un hombre atragantarse con grava? Porque la estrictez de estas reglas consiste únicamente en la exactitud de su rectitud.

¿Quién se quejaría de la severa estrictez de una ley que, sin excepción alguna, prohibiera echarnos polvo en los ojos? ¿Quién podría pensar que es demasiado rígida porque no admite rebajas? Pues esta es la estrictez de la religión: no nos exige nada estrictamente, o sin rebajas, sino allí donde todo grado de la cosa es malo, donde toda concesión nos hace algún daño.

Si la religión prohíbe toda forma de venganza, sin excepción alguna, es porque toda venganza es de la naturaleza del veneno; y aunque no tomemos tanto como para acabar con la vida, si tomamos algo, por poco que sea, corrompe toda la masa de la sangre y hace difícil que recobremos nuestra salud anterior.

Si la religión manda una caridad universal, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, perdonar a todos nuestros enemigos y orar por ellos sin reserva alguna, es porque todos los grados de amor son grados de felicidad, que fortalecen y sostienen la vida divina del alma, y son tan necesarios para su salud y su felicidad como el alimento adecuado es necesario para la salud y la felicidad del cuerpo.

Si la religión tiene leyes contra el hacerse tesoros en la tierra, y nos manda estar contentos con el sustento y con qué cubrirnos, es porque cualquier otro uso del mundo es abusar de él para nuestro propio tormento y convertir todas sus comodidades en lazos y trampas para destruirnos. Es porque esta llaneza y sencillez de vida nos protege de los cuidados y los dolores de un orgullo y una envidia inquietos, y nos hace más fácil seguir aquel camino recto que nos llevará a la vida eterna.

Si la religión dice: «Vende lo que tienes, y dalo a los pobres», es porque no hay ningún otro uso natural o razonable de nuestras riquezas, ningún otro modo de hacernos más felices por ellas; es porque es tan estrictamente justo dar a otros lo que nosotros no necesitamos como es justo usar todo cuanto nuestras propias necesidades requieren. Porque si un hombre tiene más comida de la que su propia naturaleza requiere, ¡qué bajo e irrazonable es inventar maneras necias de malgastarla y hacer de ella un juego para su propio vientre harto, en lugar de dejar que sus semejantes reciban de la comida el mismo consuelo que él ha recibido! Por tanto, hacer este uso de nuestras riquezas está tan lejos de ser una ley dura de la religión, que un hombre razonable se alegraría de una religión que le enseña a ser más feliz con lo que da que con lo que guarda para sí; que le enseña a hacer que el alimento y el vestido que le sobran sean para él mayores bendiciones que lo que alimenta y viste su propio cuerpo.

Si la religión nos exige a veces ayunar y negar nuestros apetitos naturales, es para disminuir esa lucha y esa guerra que hay en nuestra naturaleza; es para hacer de nuestros cuerpos instrumentos más aptos de la pureza y más obedientes a las buenas mociones de la gracia divina; es para secar los manantiales de nuestras pasiones, que batallan contra el alma, para enfriar el ardor de nuestra sangre y hacer la mente más capaz de meditaciones divinas. De modo que, aunque estas abstinencias causan algún dolor al cuerpo, disminuyen tanto el poder de los apetitos y las pasiones corporales, y aumentan tanto nuestro gusto por los gozos espirituales, que aun estas severidades de la religión, practicadas con discreción, añaden mucho al disfrute apacible de nuestra vida.

Si la religión nos llama a una vida de vela y oración, es porque vivimos en medio de una multitud de enemigos y estamos siempre necesitados de la ayuda de Dios. Si hemos de confesar y llorar nuestros pecados, es porque tales confesiones alivian la mente y le devuelven el sosiego, como las cargas y los pesos quitados de los hombros alivian el cuerpo y lo dejan más a gusto consigo mismo. Si hemos de ser frecuentes y fervientes en las santas peticiones, es para mantenernos firmes a la vista de nuestro Dios verdadero, y para que nunca nos falte la felicidad de una fe viva, una esperanza gozosa y una confianza bien fundada en Dios. Si hemos de orar a menudo, es para que seamos felices a menudo con aquellos gozos secretos que solo la oración puede dar; con aquellas comunicaciones de la Presencia divina que llenarán nuestra mente de toda la felicidad de que son capaces los seres que no están en el cielo.

Si hubiera en el mundo algo más digno de nuestro cuidado, si hubiera algún ejercicio de la mente, o alguna conversación con los hombres, que redundara más en nuestro provecho que este trato con Dios, no se nos llamaría a perseverar tanto en la oración. Pero si un hombre considera qué es lo que deja cuando se retira a la devoción, hallará que no es pequeña felicidad verse librado tan a menudo de no hacer nada, o nada que valga la pena; de la ociosidad tediosa, del trabajo inútil o de la conversación vana. Si considera que todo lo que hay en el mundo, y todo lo que se hace en él, es solo para el cuerpo y los placeres corporales, tendrá motivo para alegrarse de esas horas de oración que lo llevan a consuelos más altos, que lo elevan por encima de estos pobres cuidados, que abren a su mente un escenario de cosas mayores y acostumbran su alma a esperarlas y aguardarlas.

Si la religión nos manda vivir enteramente para Dios y hacerlo todo para su gloria, es porque cualquier otro modo de vivir es vivir enteramente contra nosotros mismos, y acabará en nuestra propia vergüenza y confusión de rostro.

Así como todo es oscuro si Dios no lo ilumina; así como todo carece de sentido si no recibe de él su parte de conocimiento; así como nada vive sino participando de la vida que procede de él; así como nada existe sino porque él manda que sea; así tampoco hay gloria ni grandeza alguna que no sea de la gloria y la grandeza de Dios.

Podemos, en efecto, hablar de gloria humana, como podemos hablar de vida humana o de conocimiento humano; pero así como estamos seguros de que la vida humana no implica nada propio nuestro, sino un vivir dependiente en Dios, o el disfrutar de tanta vida en Dios, así también la gloria humana, dondequiera que la hallemos, solo puede ser tanta gloria como la que disfrutamos en la gloria de Dios.

Esta es la condición de todas las criaturas, sean hombres o ángeles: así como no se hacen a sí mismas, tampoco disfrutan de nada que proceda de sí mismas; si son grandes, solo puede ser como grandes receptoras de los dones de Dios; su poder solo puede ser tanto del poder divino como obra en ellas; su sabiduría solo puede ser tanto de la sabiduría divina como resplandece dentro de ellas; y su luz y su gloria, solo tanto de la luz y de la gloria de Dios como resplandece sobre ellas.

Así como no son hombres o ángeles porque ellos mismos quisieron serlo, sino porque la voluntad de Dios los formó para ser lo que son, así tampoco pueden disfrutar de esta o aquella felicidad de los hombres o de los ángeles porque la deseen, sino porque es la voluntad de Dios que tales cosas sean la felicidad de los hombres, y tales otras la felicidad de los ángeles. Pues bien, si Dios es así todo en todos; si su voluntad es así la medida de todas las cosas y de todas las naturalezas; si nada puede hacerse sino por su poder; si nada puede verse sino por una luz que viene de él; si no tenemos nada que temer sino de su justicia; si no tenemos nada que esperar sino de su bondad; si esta es la naturaleza del hombre, tan desvalido en sí mismo; si esta es la condición de todas las criaturas, tanto las del cielo como las de la tierra; si no son nada, no pueden hacer nada, no pueden sufrir dolor alguno ni sentir felicidad alguna, sino hasta donde y en el grado en que el poder de Dios hace todo esto; si tal es el estado de las cosas, ¿cómo podemos tener el menor destello de gozo o de consuelo, cómo podemos disfrutar en paz de nosotros mismos, sino viviendo enteramente para ese Dios, usándolo y haciéndolo todo conforme a su voluntad? Una vida así consagrada a Dios, que mira enteramente a él en todas nuestras acciones y lo hace todo de manera conforme a su gloria, está tan lejos de ser aburrida e incómoda, que crea nuevos consuelos en todo lo que hacemos.

Por el contrario, si quieres ver cuán felices son los que viven según su propia voluntad, los que no pueden someterse al aburrido y melancólico asunto de una vida consagrada a Dios, mira al hombre de la parábola a quien su señor había dado un talento.

No podía soportar la idea de usar su talento según la voluntad de aquel de quien lo había recibido, y por eso eligió hacerse más feliz a su propia manera. «Señor —dice—, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste; y tuve miedo, y fui, y escondí tu talento en la tierra; he aquí tienes lo que es tuyo».

Su señor, después de haberlo condenado por su propia boca, lo despacha con esta sentencia: «Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes». [Mateo 25:24, 25, 30]

Aquí ves cuán feliz se hizo este hombre por no obrar enteramente según la voluntad de su señor. Fue, según su propia cuenta, una felicidad de murmuración y descontento: te conocía, dice, que eras hombre duro; fue una felicidad de temores y aprensiones: tuve, dice, miedo; fue una felicidad de trabajos vanos y fatigas infructuosas: fui, dice, y escondí tu talento; y después de haber sido por un tiempo juguete de pasiones necias, de temores atormentadores y de trabajo infructuoso, es recompensado con tinieblas, con lloro eterno y con crujir de dientes.

Pues bien, esta es la felicidad de todos aquellos que consideran que una piedad estricta y elevada, es decir, un buen uso de su talento, es un estado de vida aburrido y melancólico.

Pueden vivir por un tiempo libres de las restricciones y las directrices de la religión; pero, en su lugar, tendrán que estar bajo el gobierno absurdo de sus pasiones: tendrán que vivir, como el hombre de la parábola, en murmuraciones y descontentos, en temores y aprensiones. Pueden evitar el trabajo de hacer el bien, de emplear su tiempo devotamente, de hacerse tesoros en el cielo, de vestir al desnudo, de visitar al enfermo; pero entonces tendrán, como este hombre, trabajos y penas en vano, que no conducen a ningún uso ni provecho, que no hacen ningún bien ni a ellos mismos ni a los demás; tendrán que fatigarse, y afanarse, y trabajar, y cavar, para esconder su talento en la tierra. Tendrán, como él, a la venida de su Señor, que ser condenados por su propia boca, ser acusados por su propio corazón, y ver cómo todo lo que han dicho y pensado de la religión sirve para mostrar la justicia de su condenación a las tinieblas eternas, al lloro y al crujir de dientes.

Esta es la adquisición que hacen quienes evitan la estrictez y la perfección de la religión para vivir felices.

Por otro lado, si quieres ver una breve descripción de la felicidad de una vida bien empleada y consagrada enteramente a Dios, debes mirar al hombre de la parábola a quien su señor había dado cinco talentos. «Señor —dice—, cinco talentos me entregaste; he aquí otros cinco talentos he ganado sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor».

Aquí ves que una vida enteramente aplicada a hacer fructificar los talentos, consagrada enteramente a Dios, es un estado de felicidad, de trabajos prósperos y de éxito glorioso. Aquí no hay, como en el caso anterior, pasiones inquietas, murmuraciones, temores vanos ni trabajos infructuosos. El hombre no se afana ni cava en la tierra sin fin ni provecho alguno, sino que sus piadosos trabajos prosperan en sus manos, su felicidad crece sobre él; la bendición de cinco talentos se convierte en la bendición de diez, y es recibido con un «Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu señor».

Ahora bien, así como el caso de estos hombres de la parábola no dejaba a su elección otra cosa sino ser felices usando sus dones para la gloria de su señor, o desdichados usándolos según sus propios caprichos y fantasías, así el estado del cristianismo no nos deja otra elección.

Todo lo que tenemos, todo lo que somos, todo lo que disfrutamos, no son más que otros tantos talentos recibidos de Dios: si los usamos para los fines de una vida piadosa y santa, nuestros cinco talentos se convertirán en diez, y nuestros trabajos nos llevarán al gozo de nuestro Señor; pero si abusamos de ellos para satisfacer nuestras propias pasiones, sacrificando los dones de Dios a nuestro propio orgullo y vanidad, viviremos aquí entre trabajos vanos y ansiedades necias, huyendo de la religión como de algo melancólico, acusando a nuestro Señor de amo duro, y después caeremos en una miseria eterna.

Podemos entretenernos por un tiempo con nombres y sonidos, y con sombras de felicidad; podemos hablar de esta o aquella grandeza y dignidad; pero si deseamos la felicidad verdadera, no tenemos ningún otro camino posible hacia ella sino hacer fructificar nuestros talentos, usando tan santa y piadosamente las potencias y facultades de los hombres en este estado presente, que podamos ser felices y gloriosos en las potencias y facultades de los ángeles en el mundo venidero.

¡Cuán ignorantes son, pues, de la naturaleza de la religión, de la naturaleza del hombre y de la naturaleza de Dios, los que piensan que una vida de piedad estricta y de devoción a Dios es un estado aburrido e incómodo, cuando es tan claro y cierto que no hay consuelo ni gozo que hallar en ninguna otra cosa!

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