Un llamado serio a una vida devota y santa
Sobre la naturaleza y el alcance de la devoción cristiana

Capítulo 1 · 20 min de lectura · 25 min de escucha

Sobre la naturaleza y el alcance de la devoción cristiana

La DEVOCIÓN no es ni la oración privada ni la pública; pero las oraciones, sean privadas o públicas, son partes o manifestaciones particulares de la devoción. Devoción significa una vida entregada, o consagrada, a Dios.

Es, pues, hombre devoto aquel que ya no vive según su propia voluntad, ni según el camino y el espíritu del mundo, sino según la sola voluntad de Dios; que considera a Dios en todo, que sirve a Dios en todo, que hace de todas las partes de su vida ordinaria partes de la piedad, haciéndolo todo en el Nombre de Dios y bajo aquellas reglas que son conformes a su gloria.

Reconocemos de buen grado que solo Dios ha de ser la regla y la medida de nuestras oraciones; que en ellas hemos de mirar enteramente a él y obrar enteramente para él; que solo hemos de orar de tal manera, por tales cosas y con tales fines, como convengan a su gloria.

Ahora bien, descubra cualquiera la razón por la que ha de ser tan estrictamente piadoso en sus oraciones, y hallará una razón igual de fuerte para ser igual de estrictamente piadoso en todas las demás partes de su vida. Porque no hay la menor sombra de razón por la que debamos hacer de Dios la regla y la medida de nuestras oraciones, por la que debamos entonces mirar enteramente a él y orar conforme a su voluntad, que no pruebe igualmente que nos es necesario mirar enteramente a Dios y hacer de él la regla y la medida de todas las demás acciones de nuestra vida. Porque cualquier modo de vida, cualquier empleo de nuestros talentos, ya sea de nuestras facultades, de nuestro tiempo o de nuestro dinero, que no sea estrictamente conforme a la voluntad de Dios, que no persiga fines convenientes a su gloria, constituye un absurdo y una falta tan grandes como las oraciones que no son conformes a la voluntad de Dios. Porque no hay otra razón por la que nuestras oraciones deban ser conformes a la voluntad de Dios, por la que no deban contener nada que no sea sabio, santo y celestial; no hay otra razón para esto sino que nuestras vidas sean de la misma naturaleza, llenas de la misma sabiduría, santidad y disposiciones celestiales, para que vivamos para Dios con el mismo espíritu con que oramos a él. Si no fuera nuestro estricto deber vivir conforme a la razón y consagrar a Dios todas las acciones de nuestra vida; si no fuera absolutamente necesario andar delante de él en sabiduría y santidad y en toda conducta celestial, haciéndolo todo en su Nombre y para su gloria, no habría excelencia ni sabiduría alguna en las oraciones más celestiales. Más aún, tales oraciones serían absurdas; serían como pedir alas en oración cuando volar no formara parte de nuestro deber.

Tan cierto, pues, como que hay sabiduría en orar pidiendo el Espíritu de Dios, es que hemos de hacer de ese Espíritu la regla de todas nuestras acciones; tan cierto como que es nuestro deber mirar enteramente a Dios en nuestras oraciones, es que es nuestro deber vivir enteramente para Dios en nuestras vidas. Pero no puede decirse que vivimos para Dios, a menos que vivamos para él en todas las acciones ordinarias de nuestra vida, a menos que él sea la regla y la medida de todos nuestros caminos, como tampoco puede decirse que oramos a Dios, a menos que nuestras oraciones miren enteramente a él. De modo que los modos de vida irrazonables y absurdos, ya sea en el trabajo o en la diversión, ya consuman nuestro tiempo o nuestro dinero, son como oraciones irrazonables y absurdas, y constituyen con igual verdad una ofensa a Dios.

Por no saber esto, o al menos por no considerarlo, vemos tal mezcla de ridículo en la vida de tanta gente. Los ves estrictos en cuanto a ciertos tiempos y lugares de devoción, pero, una vez terminado el oficio de la Iglesia, no son sino como aquellos que rara vez o nunca acuden a ella. En su modo de vida, en su manera de gastar el tiempo y el dinero, en sus cuidados y temores, en sus placeres e indulgencias, en su trabajo y sus diversiones, son como el resto del mundo. Esto hace que la parte disoluta del mundo se burle por lo general de los devotos, porque ve que su devoción no va más allá de sus oraciones y que, cuando estas terminan, ya no viven para Dios hasta que vuelve la hora de la oración, sino que viven según el mismo humor y capricho, y en un disfrute tan pleno de todas las locuras de la vida como los demás. Esta es la razón por la que son la burla y el desprecio de la gente descuidada y mundana: no porque estén verdaderamente consagrados a Dios, sino porque parecen no tener otra devoción que la de unas oraciones ocasionales.

Julius teme mucho faltar a las oraciones; toda la parroquia supone que Julius está enfermo si no está en la iglesia. Pero si le preguntaras: ¿por qué pasa el resto de su tiempo a merced del humor o del azar?, ¿por qué es compañero de las personas más necias en sus placeres más necios?, ¿por qué está dispuesto para todo entretenimiento y diversión impertinentes? Si le preguntaras: ¿por qué no hay pasatiempo demasiado frívolo para agradarle?, ¿por qué anda ocupado en todos los bailes y reuniones de sociedad?, ¿por qué se entrega a una conversación ociosa y chismosa?, ¿por qué vive en amistades necias y en apegos a ciertas personas que ni necesitan ni merecen ninguna bondad particular?, ¿por qué se permite odios y resentimientos necios contra ciertas personas, sin considerar que ha de amar a todos como a sí mismo? Si le preguntas por qué nunca somete su conversación, su tiempo y su fortuna a las reglas de la religión, Julius no tiene más que alegar en su defensa que el hombre más desordenado. Porque todo el tenor de la Escritura se opone tan directamente a una vida así como al libertinaje y a la intemperancia: el que lleva semejante curso de ociosidad y necedad no vive más conforme a la religión de Jesucristo que el que vive en la glotonería y la intemperancia.

Si un hombre le dijera a Julius que no había necesidad de tanta constancia en las oraciones, y que podía, sin daño alguno para sí, descuidar el oficio de la Iglesia, como hace la generalidad de la gente, Julius pensaría que tal persona no es cristiana y que debía evitar su compañía. Pero si alguien solo le dice que puede vivir como vive la generalidad del mundo, que puede divertirse como hacen otros, que puede gastar su tiempo y su dinero como lo hace la gente a la moda, que puede conformarse a las locuras y flaquezas de la mayoría y complacer sus disposiciones y pasiones como hace casi todo el mundo, Julius jamás sospecha que a ese hombre le falte espíritu cristiano, ni que esté haciendo la obra del diablo. Y si Julius leyera todo el Nuevo Testamento de principio a fin, hallaría su modo de vida condenado en cada una de sus páginas.

Y, en verdad, no puede imaginarse nada más absurdo en sí mismo que unas oraciones sabias, sublimes y celestiales añadidas a una vida de vanidad y necedad, en la que ni el trabajo ni las diversiones, ni el tiempo ni el dinero, están bajo la dirección de la sabiduría y de las disposiciones celestiales de nuestras oraciones. Si viéramos a un hombre que pretendiera obrar en todo lo que hace con la mira puesta enteramente en Dios, que no quisiera gastar tiempo ni dinero, ni emprender trabajo ni diversión alguna, sino en la medida en que pudiera obrar según estrictos principios de razón y de piedad, y que, sin embargo, al mismo tiempo descuidara toda oración, pública o privada, ¿no nos asombraría tal hombre, y no nos preguntaríamos cómo podía tener tanta necedad junto con tanta religión?

Sin embargo, esto es tan razonable como que una persona pretenda ser estricta en la devoción, sea cuidadosa en observar los tiempos y lugares de oración y, aun así, deje que el resto de su vida, su tiempo y su trabajo, sus talentos y su dinero, se dispongan sin consideración alguna a las estrictas reglas de la piedad y la devoción. Porque es un absurdo tan grande suponer oraciones santas y peticiones divinas sin una santidad de vida que les corresponda, como suponer una vida santa y divina sin oraciones.

Piense, pues, cualquiera con cuánta facilidad podría refutar a un hombre que pretendiera una gran rigurosidad de vida sin oración, y los mismos argumentos refutarán con igual claridad a otro que pretende rigurosidad en la oración sin llevar esa misma rigurosidad a todas las demás partes de la vida. Porque ser débil y necio al gastar nuestro tiempo y nuestra fortuna no es un error mayor que ser débil y necio en lo que toca a nuestras oraciones. Y permitirnos cualquier modo de vida que ni es ni puede ser ofrecido a Dios es la misma irreligión que descuidar nuestras oraciones, o usarlas de tal manera que se conviertan en una ofrenda indigna de Dios.

En resumen, la cuestión es esta: o la razón y la religión prescriben reglas y fines a todas las acciones ordinarias de nuestra vida, o no lo hacen; si lo hacen, entonces es tan necesario gobernar todas nuestras acciones por esas reglas como es necesario adorar a Dios. Porque si la religión nos enseña algo acerca del comer y del beber, o del gastar nuestro tiempo y nuestro dinero; si nos enseña cómo hemos de usar y despreciar el mundo; si nos dice qué disposiciones hemos de tener en la vida ordinaria, cómo hemos de estar dispuestos hacia todas las personas, cómo hemos de comportarnos con los enfermos, los pobres, los ancianos y los desamparados; si nos dice a quiénes hemos de tratar con un amor particular, a quiénes hemos de mirar con una estima particular; si nos dice cómo hemos de tratar a nuestros enemigos y cómo hemos de mortificarnos y negarnos a nosotros mismos, muy débil ha de ser quien piense que estas partes de la religión no han de observarse con tanta exactitud como cualquiera de las doctrinas relativas a las oraciones.

Es muy digno de observar que no hay un solo mandamiento en todo el Evangelio acerca del culto público; y quizá sea, de todos los deberes, el menos recalcado en la Escritura. La asistencia frecuente a él ni siquiera se menciona en todo el Nuevo Testamento. En cambio, esa religión o devoción que ha de gobernar las acciones ordinarias de nuestra vida se encuentra casi en cada versículo de la Escritura. Nuestro bendito Salvador y sus apóstoles se ocupan por entero de doctrinas que tocan a la vida ordinaria. Nos llaman a renunciar al mundo y a diferir, en toda disposición y en todo modo de vida, del espíritu y del camino del mundo: a renunciar a todos sus bienes, a no temer ninguno de sus males, a rechazar sus alegrías y a no estimar en nada su felicidad; a ser como niños recién nacidos, nacidos a un nuevo estado de cosas; a vivir como peregrinos en vigilancia espiritual, en santo temor y en celestial anhelo de otra vida; a tomar nuestra cruz cada día, a negarnos a nosotros mismos, a profesar la bienaventuranza de los que lloran, a buscar la bienaventuranza de la pobreza de espíritu; a abandonar el orgullo y la vanidad de las riquezas, a no afanarnos por el día de mañana, a vivir en el más profundo estado de humildad, a gozarnos en los padecimientos del mundo; a rechazar la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida; a soportar las injurias, a perdonar y bendecir a nuestros enemigos y a amar a los hombres como Dios los ama; a entregar a Dios todo nuestro corazón y todos nuestros afectos, y a esforzarnos por entrar por la puerta angosta a una vida de gloria eterna.

Esta es la devoción común que nuestro bendito Salvador enseñó, a fin de hacer de ella la vida común de todos los cristianos. ¿No es, pues, sumamente extraño que la gente ponga tanta piedad en la asistencia al culto público, acerca del cual no se halla un solo precepto de nuestro Señor, y descuide en cambio estos deberes comunes de nuestra vida ordinaria, que se mandan en cada página del Evangelio? Llamo a estos deberes la devoción de nuestra vida común, porque, si han de practicarse, tienen que hacerse parte de nuestra vida común; no pueden tener lugar en ninguna otra parte.

Si el desprecio del mundo y el afecto celestial son una disposición necesaria de los cristianos, es necesario que esta disposición se manifieste en todo el curso de su vida, en su manera de usar el mundo, porque no puede tener lugar en ninguna otra parte. Si la negación de uno mismo es una condición de la salvación, todos los que quieran ser salvos han de hacerla parte de su vida ordinaria. Si la humildad es un deber cristiano, entonces la vida común de un cristiano ha de ser un curso constante de humildad en todas sus formas. Si la pobreza de espíritu es necesaria, ha de ser el espíritu y la disposición de cada día de nuestra vida. Si hemos de socorrer al desnudo, al enfermo y al preso, esa ha de ser la caridad común de nuestra vida, en la medida en que podamos hacernos capaces de practicarla. Si hemos de amar a nuestros enemigos, debemos hacer de nuestra vida común un ejercicio y una demostración visibles de ese amor. Si el contentamiento y la gratitud, si el soportar con paciencia el mal, son deberes para con Dios, son deberes de cada día y de toda circunstancia de nuestra vida. Si hemos de ser sabios y santos como hijos de Dios recién nacidos, no podemos serlo de otro modo sino renunciando a todo lo que es necio y vano en cada parte de nuestra vida común. Si hemos de ser en Cristo nuevas criaturas, debemos mostrar que lo somos teniendo nuevas maneras de vivir en el mundo. Si hemos de seguir a Cristo, ha de ser en nuestra manera común de pasar cada día.

Así sucede con todas las virtudes y santas disposiciones del cristianismo: no son nuestras a menos que sean las virtudes y disposiciones de nuestra vida ordinaria. De modo que el cristianismo está tan lejos de dejarnos vivir según los caminos comunes de la vida, conformándonos a la necedad de las costumbres y complaciendo las pasiones y disposiciones en que se deleita el espíritu del mundo, está tan lejos de consentirnos ninguna de estas cosas, que todas las virtudes que declara necesarias para la salvación no son sino otras tantas maneras de vivir por encima del mundo y en contra de él, en todas las acciones comunes de nuestra vida. Si nuestra vida común no es un curso común de humildad, negación de uno mismo, renuncia al mundo, pobreza de espíritu y afecto celestial, no vivimos la vida de los cristianos.

Pero, aunque es así de evidente que esto, y solo esto, es el cristianismo, una práctica uniforme, abierta y visible de todas estas virtudes, es igual de evidente que poco o nada de esto se encuentra, aun entre la mejor clase de gente. Los ves a menudo en la iglesia, complacidos con predicadores elegantes; pero mira en sus vidas y verás que son exactamente la misma clase de gente que los demás, que no tienen pretensión alguna de devoción. La diferencia que encuentras entre ellos es solo la diferencia de sus disposiciones naturales. Tienen el mismo gusto por el mundo, los mismos cuidados, temores y alegrías mundanos; tienen la misma inclinación de ánimo, igualmente vanos en sus deseos. Ves la misma afición a la pompa y al carruaje, el mismo orgullo y vanidad en el vestir, el mismo amor propio y la misma indulgencia consigo mismos, las mismas amistades necias y los mismos odios infundados, la misma ligereza de ánimo y el mismo espíritu frívolo, la misma afición a las diversiones, las mismas disposiciones ociosas y las mismas maneras vanas de pasar el tiempo en visitas y conversación, que el resto del mundo, que no tiene pretensión alguna de devoción.

No hago esta comparación entre personas aparentemente buenas y libertinos declarados, sino entre personas de vida sobria. Tomemos el ejemplo de dos mujeres recatadas: supongamos que una de ellas es cuidadosa con los tiempos de devoción y los observa por sentido del deber, y que la otra no tiene por ello ningún interés sincero, sino que va a la iglesia rara vez o a menudo, según se dé el caso. Ahora bien, es cosa muy fácil ver esta diferencia entre estas personas. Pero, cuando la has visto, ¿puedes hallar alguna otra diferencia entre ellas? ¿Puedes hallar que su vida común sea de distinta clase? ¿No son las disposiciones, las costumbres y los modales de la una de la misma clase que los de la otra? ¿Viven como si pertenecieran a mundos diferentes, tuvieran diferentes miras en la cabeza y diferentes reglas y medidas para todas sus acciones? ¿No tienen los mismos bienes y los mismos males? ¿No se complacen y se disgustan de la misma manera y por las mismas cosas? ¿No llevan el mismo curso de vida? ¿Parece la una ser de este mundo, mirando las cosas que son temporales, y la otra ser de otro mundo, mirando enteramente las cosas que son eternas? ¿Vive la una en el placer, deleitándose en la ostentación o en el vestido, y la otra en la negación de sí misma y en la mortificación, renunciando a todo lo que parezca vanidad, ya sea de persona, de vestido o de porte? ¿Sigue la una las diversiones públicas y malgasta su tiempo en visitas ociosas y en conversación corrompida, mientras la otra estudia todas las artes de aprovechar su tiempo, viviendo en oración y vigilancia, y en aquellas buenas obras que puedan hacer que todo su tiempo redunde en su provecho y le sea abonado en cuenta el día postrero? ¿Es la una descuidada en el gasto y está contenta de poder adornarse con todo costoso adorno del vestido, mientras la otra considera su fortuna como un talento que Dios le ha dado, el cual ha de hacerse fructificar religiosamente, y que no debe gastarse en adornos vanos e innecesarios más de lo que debe enterrarse en la tierra? ¿Dónde has de mirar para encontrar a una persona religiosa que se diferencie de este modo de otra que no tiene religión? Y, sin embargo, si no se diferencian en estas cosas que aquí se refieren, ¿puede decirse con algún sentido que la una es una buena cristiana y la otra no?

¿Quieres otro ejemplo entre los hombres? Leo tiene muy buen natural, ha frecuentado lo que llaman buena compañía, aborrece todo lo falso y bajo, es muy generoso y valiente con sus amigos; pero se ha ocupado tan poco de la religión que apenas conoce la diferencia entre un judío y un cristiano.

Eusebius, en cambio, recibió desde temprano impresiones religiosas y compra libros de devoción. Sabe hablar de todas las fiestas y ayunos de la Iglesia y conoce los nombres de la mayoría de los hombres que se han distinguido por su piedad. Nunca le oyes jurar ni hacer una broma licenciosa; y cuando habla de religión, habla de ella como de un asunto de suma importancia.

Aquí ves que uno tiene religión suficiente, según el modo del mundo, para ser tenido por un cristiano piadoso, y el otro está tan lejos de toda apariencia de religión que con justicia podría ser tenido por pagano; y, sin embargo, si miras en su vida común, si examinas sus disposiciones principales y dominantes en los artículos más importantes de la vida, o en las doctrinas más importantes del cristianismo, no hallarás la menor diferencia imaginable.

Considéralos en relación con el uso del mundo, porque eso es lo que todos pueden ver.

Ahora bien, tener ideas y disposiciones rectas en relación con este mundo es tan esencial para la religión como tener ideas rectas acerca de Dios. Y es tan posible que un hombre adore a un cocodrilo y sea, no obstante, un hombre piadoso, como que tenga puestos sus afectos en este mundo y sea, no obstante, un buen cristiano.

Pero si ahora consideras a Leo y a Eusebius en este aspecto, los hallarás exactamente iguales, buscando, usando y disfrutando todo lo que puede obtenerse en este mundo de la misma manera y para los mismos fines. Hallarás que las riquezas, la prosperidad, los placeres, las indulgencias, la pompa de los carruajes y los honores son tan exactamente la felicidad de Eusebius como lo son de Leo. Y, sin embargo, si el cristianismo no ha cambiado el ánimo y la disposición de un hombre en relación con estas cosas, ¿qué podemos decir que ha hecho por él? Porque si las doctrinas del cristianismo se practicaran, harían a un hombre tan distinto de los demás, en cuanto a todas las disposiciones mundanas, los placeres sensuales y la soberbia de la vida, como un sabio es distinto de un simple; sería tan fácil reconocer a un cristiano por el curso exterior de su vida como ahora es difícil hallar a alguien que lo viva. Porque es notorio que los cristianos son hoy semejantes a los demás hombres, no solo en sus flaquezas y debilidades, lo cual podría ser en cierto grado excusable, sino que la queja es que son como los paganos en todos los artículos principales y capitales de su vida. Disfrutan del mundo y viven cada día con las mismas disposiciones, los mismos designios y las mismas indulgencias que aquellos que no conocían a Dios ni sabían de felicidad alguna en otra vida. Todo el que sea capaz de alguna reflexión habrá observado que este es, por lo general, el estado aun de las personas devotas, sean hombres o mujeres. Puedes verlas distintas de los demás en cuanto a los tiempos y lugares de oración, pero, por lo general, semejantes al resto del mundo en todas las demás partes de su vida: es decir, añadiendo la devoción cristiana a una vida pagana. Tengo la autoridad de nuestro bendito Salvador para esta observación, donde dice: «No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas» [Mateo 6:31, 32]. Pero si estar así preocupados aun por las cosas necesarias de esta vida muestra que todavía no tenemos un espíritu cristiano, sino que somos como los paganos, ciertamente disfrutar de la vanidad y la necedad del mundo como ellos lo hacían, ser como ellos en las disposiciones principales y capitales de nuestra vida, en el amor propio y la indulgencia, en los placeres sensuales y las diversiones, en la vanidad del vestido, en el amor a la ostentación y a la grandeza o a cualquier otra vistosa distinción de la fortuna, es una señal mucho mayor de una disposición pagana. Y, en consecuencia, de quienes añaden la devoción a una vida así ha de decirse que oran como cristianos, pero viven como paganos.

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