Un tizón arrebatado del fuego
Mi maestro, ahorcado por un crimen

Capítulo 4 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

Mi maestro, ahorcado por un crimen

MI gran afán por leer el Testamento hizo que aprendiera a deletrear con bastante rapidez, y estaba empezando a leer cuando nos sobrevino una gran desgracia. Nuestro maestro se llamaba John Van Paten. Cortejaba a una joven, que le repitió un comentario hecho por una amiga suya, en el sentido de que John Van Paten no era muy listo y que ella no veía por qué aquella joven había de querer casarse con él. Él se enfureció y, armado con una escopeta, fue a casa de la señora y la mató de un tiro. Ella cayó rodeada de sus cinco hijos, que lloraban. Luego él se encaminó al pueblo para entregarse a las autoridades. Por el camino se encontró con el marido de la mujer y le contó lo que había hecho. El pobre marido, al llegar a casa, comprobó que las palabras de John eran demasiado ciertas; su esposa había muerto casi en el acto.

Después del funeral, el viudo fue a la cárcel, habló con John y oró por su conversión hasta que sus oraciones fueron contestadas, y John Van Paten, el asesino, profesó fe en Cristo.

Por fin llegó el día en que el condenado había de ser ahorcado públicamente (en aquellos días no se alegaba la locura pasional). Todo el mundo fue a la ejecución, y yo con los demás. ¡Qué espectáculo! Jamás olvidaré la ejecución de mi primer maestro de escuela. En el patíbulo pronunció un discurso, del que no logro recordar nada, salvo que dijo que era feliz y que estaba listo para morir. Cantó un himno cuyo estribillo decía: «Voy camino del reino; ¿quieres venir a la gloria conmigo?»,

juntando las manos y regocijándose todo el tiempo.

El recuerdo de esta escena me impresionó tanto que durante muchas noches no pude dormir. En cuanto me adormecía, veía la cabeza de mi maestro rodando por la habitación a toda velocidad; me despertaba gritando y no podían calmarme hasta que alguien venía a quedarse conmigo.

Desde aquel día nunca he oído hablar de una persona ahorcada sin que un escalofrío me recorra todo el cuerpo y me sobrecoja un temblor. ¡Oh, qué cosa tan bárbara es quitar la vida humana, aunque sea «vida por vida», como muchos creen que Dios lo manda! Esa era la antigua dispensación. Jesús dijo: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros». Y también: «No resistáis al mal; antes a cualquiera que te hiera en tu mejilla derecha, vuélvele también la otra». Ya que vivimos en la dispensación del evangelio, que Dios nos ayude a seguir los preceptos y el ejemplo de Aquel que, cuando le maldecían, no respondía con maldición, y en la agonía de la muerte oró: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hombres cristianos, votad como oráis, para que sea abolido el tráfico legalizado de bebidas alcohólicas, y Dios conceda que la pena capital sea desterrada de nuestra tierra.

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