Un tizón arrebatado del fuego
Los Prime — Voy a la escuela

Capítulo 3 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

Los Prime — Voy a la escuela

CUANDO tenía diez años me mandaron a vivir en el campo con una familia de apellido Prime. No tenían hijos, y pronto me tomaron bastante cariño. De veras creo que la señora Prime me quería. Tenía un hermano que se estaba muriendo de tisis, y ella misma era lisiada. Durante algún tiempo después de mi llegada, el señor John, el hermano, podía caminar desde la casa de su padre, que estaba muy cerca, hasta la nuestra, y yo me quedaba de pie, con lágrimas en los ojos, mirándolo mientras atravesaba despacio los campos, apoyándose en la cerca para descansar por el camino. Les oí decir que no podría vivir mucho más, y eso me afligía terriblemente; y luego me preguntaba si él rezaba sus oraciones. Siempre me trataba con bondad, y a menudo se detenía a hablar conmigo.

Un día, cuando emprendía el regreso a su casa, me acerqué a él y le dije: «Señor John, ¿usted reza sus oraciones?», y entonces me eché a llorar. Me miró un momento, luego tomó mi mano en la suya y dijo: «A veces oro; ¿y tú?». Le respondí: «Sí, señor». Entonces dijo él: «Tienes que orar por mí», y se dio la vuelta y me dejó. Corrí al granero, caí de rodillas y dije: «Padre nuestro que estás en los cielos, manda a aquel hombre bueno a que ponga la mano sobre la cabeza del señor John». Lo repetí muchas veces al día mientras él vivió. Después de su muerte les oí decir que había muerto muy feliz y que se había ido al cielo. ¡Oh, cómo saltó de gozo mi corazoncito cuando oí que el señor John se había ido al cielo! Estaba segura de que el hombre bueno había estado allí y le había puesto la mano sobre la cabeza. «Bendice, alma mía, al Señor, y bendigan todas mis entrañas su santo nombre», por los hombres buenos y las mujeres buenas que no temen enseñar a orar a los queridos niños.

Como los Prime eran una familia antigua e influyente, pudieron mandarme a una escuela rural, donde tanto el maestro como los alumnos me trataron bien.

En aquellos días se educaba a los niños de manera muy distinta de como se hace ahora. Se nos enseñaba a tratar con gran respeto a los mayores que nosotros. A los muchachos se les exigía hacer una inclinación, y a las niñas una reverencia, ante cualquier persona con quien se cruzaran en la calle. Ahora muchos de nosotros tememos encontrarnos con niños casi tanto como con los hombres medio borrachos que salen de las tabernas. ¿Quién tiene la culpa de esto? Padres, ¿estáis instruyendo a vuestros hijos en el camino que deben seguir? ¿Les estáis enseñando obediencia y respeto? ¿Estáis trayendo a vuestros pequeños a Jesús? ¿Se los encuentra a vuestro lado en la casa de Dios, el domingo, o andan vagando por las calles o los campos? O, lo que es peor, ¿están en casa leyendo libros o periódicos que corrompen el corazón, confunden la mente y llevan al abismo sin fondo? Padre, madre, mirad este cuadro, y luego mirad a los queridos hijos que Dios os ha dado para que los criéis para una vida útil que los prepare para el cielo. Que el querido Padre reine en vosotros y os gobierne: esta es la oración de quien desea encontraros a todos en el cielo.

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