Capítulo 22 · 6 min de lectura · 7 min de escucha
Una visita a mis padres — Más labores
Algunas de las queridas hermanas me acompañaron a Flatbush, donde ayudé en una reunión al aire libre en el bosque. El Señor salió al encuentro de la gente con gran poder, y no dudo de que hoy hay muchas almas en la gloria alabando a Dios por aquella reunión.
De allí me fui a casa, a la casa de mi padre en Binghamton, N. Y. Se llenaron de gozo al tenerme otra vez con ellos, después de una ausencia de seis años. Cuando mi madre me abrazó, exclamó: «Así que eres predicadora, ¿no?». Le respondí: «Eso dicen». «Pues bien, Julia», dijo ella, «cuando oí por primera vez que eras predicadora, dije que preferiría oír que habías muerto». Estas palabras, tan inesperadas en boca de mi madre, me llenaron de angustia. ¿Iba a encontrar oposición también aquí? Pero mi madre, con los ojos llenos de lágrimas, continuó: «Mi querida hija, ya todo pasó. He oído de los que han asistido a tus reuniones lo que el Señor ha hecho por ti, y estoy satisfecha».
Mi estancia en Binghamton se prolongó varios meses. Celebré reuniones en el pueblo y sus alrededores, con aceptación de la gente y, confío, para la gloria de Dios. Cuando llegó el momento de partir, me sentía plenamente satisfecha de que toda mi obra había sido para el Señor, y mi alma estaba llena de gozo y gratitud por la salvación. Antes de que me fuera, mis padres decidieron mudarse a Boston, cosa que hicieron poco después.
Salí de Binghamton el primero de febrero de 1855, en compañía del reverendo Henry Johnson y su esposa, rumbo a Ithaca, N. Y., donde trabajé por poco tiempo. Encontré alguna oposición de parte de uno de los síndicos de la Iglesia A. M. E. Decía que una mujer no debía predicar en la iglesia. Amados, el Dios a quien servimos pelea todas nuestras batallas, y antes de que yo dejara el lugar aquel síndico era uno de los más fieles en mis reuniones, y tuvo la gran amabilidad de ayudarme en mi viaje cuando salí de Ithaca. Me detuve una noche en Owego, en casa del hermano Loyd, y también me detuve un poco de tiempo en Onondaga; volví a Ithaca el 14 de febrero y me quedé hasta el 7 de marzo, tiempo durante el cual la obra de la gracia tuvo un gran avivamiento. Algunos creyeron y entraron en el reposo de la salvación plena, muchos se convirtieron y varios descarriados fueron restaurados. Celebré reuniones de oración de casa en casa. Las hermanas formaron una reunión de oración de mujeres, y toda la iglesia parecía trabajar al unísono para Cristo.
El 7 de marzo tomé la diligencia para Geneva y, llegando tarde por la noche, fui a un hotel. Por la mañana el hermano Rosel Jeffrey me llevó a su casa y me dejó con su esposa. Él era un cristiano celoso, pero ella se burlaba de la religión, y se reía y hacía chanzas durante el culto familiar. No lo sé, pero espero que hace mucho tiempo haya dejado de ridiculizar la causa y a los seguidores de Cristo. Hacia el final del día vino el hermano Condell y me invitó a su casa. Encontré que su esposa era una cristiana agradable. El domingo por la tarde celebré una reunión en casa del hermano Condell. La gente de color tenía una iglesia que los blancos les habían dado. Era una iglesia unida, que debían ocupar en domingos alternos los metodistas y los bautistas.
Según lo acordado, aquel domingo por la noche les tocaba a los metodistas ocupar la iglesia. El reverendo Dawsey, de Canandaigua, vino a cumplir su compromiso, pero, cuando llegamos a la iglesia, el pastor bautista, William Monroe, se opuso a que celebráramos una reunión en el edificio aquella noche, y sus miembros se unieron a él en su proceder tan poco cristiano. Antes que tener problemas, volvimos a la casa del hermano Condell. El pastor predicó y yo seguí con una breve exhortación. El Señor estuvo presente para bendecir. Acordaron que yo predicara en la capilla unida el martes siguiente por la noche.
El lunes por la noche fui con algunas de las hermanas a la iglesia, donde había una reunión con el propósito de formar una sociedad de reforma moral.
Después de la reunión, el hermano Condell preguntó a los síndicos si tenían alguna objeción a que yo hablara en la iglesia la noche siguiente. A esto, el pastor Monroe y otro hombre —casi había dicho un demonio en forma humana— respondieron que no creían en la predicación de las mujeres y que no admitirían a ninguna en la iglesia, esforzándose mucho por justificarse con la Biblia, que uno de ellos tenía en sus manos impías.
Me levanté para hablar, pero el señor Monroe me interrumpió. Después de unas pocas palabras salí del edificio.* La tarde siguiente, mientras tomaba el té en casa de una de las hermanas, entró el pastor Monroe para decirme que había oído que nuestros hermanos habían dicho que conseguirían la iglesia para mí aunque tuvieran que «derramar sangre». Me preguntó si yo quería tener algo que ver con una pelea de esa clase. Le respondí: «Las armas con que yo peleo no son carnales, y, si voy a un lugar y se me invita a usar las armas que Dios me ha dado, debo usarlas para su gloria».
«Pues bien», dijo él, «yo estaré en el púlpito temprano, y no lo dejaré aunque me rompan la cabeza».
«Señor Monroe», le dije, «Dios puede sacarlo a usted del púlpito sin romperle la cabeza». Al oír esto se agitó muchísimo y desvarió como si fuera un loco. Durante dos horas anduvo de un lado a otro de la habitación, hablando y leyendo todo el tiempo. Yo no le respondí y procuré no hacerle caso, y por fin se fue.
A la hora debida fuimos a la iglesia. Estaba llena, pero todo era confusión. El señor Monroe estaba en el púlpito. Vi enseguida que Dios no podía ser glorificado en medio de semejante pandemónium; así que me retiré en el acto. Me dijeron que siguieron con la contienda hasta pasadas las diez. El señor Monroe se esforzó mucho por «conseguir que nuestros síndicos dijeran que yo no predicaría en aquel lugar, pero ellos no quisieron darle tal promesa.
Como me veía obligada a marcharme en pocos días para cumplir otros compromisos, nuestros hombres consiguieron una casa grande, donde celebré una reunión la noche siguiente. Todos los asistentes estuvieron tranquilos y ordenados; un hombre se levantó pidiendo oración.
Queridas hermanas que estáis ahora en la obra evangelística, quizá penséis que pasáis tiempos difíciles; pero dejadme deciros que me parece que el león y el cordero están echados juntos, en comparación con el estado de las cosas hace veinticinco o treinta años. ¡Sí, sí; nuestro Dios sigue marchando! ¡Gloria a su nombre!
Capítulo 22 completado
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