Capítulo 2 · 4 min de lectura · 5 min de escucha
Aprendo el alfabeto
NO recuerdo haber tenido ninguna impresión religiosa clara hasta que tuve unos ocho años. Por entonces se celebró una «gran reunión», como la llamaban, en la iglesia a la que pertenecían mis padres. Dos de los ministros pasaron por nuestra casa: uno tenía el cabello y la barba largos y canosos, como yo nunca había visto. Se acercó a mí, me puso la mano sobre la cabeza y me preguntó si yo oraba. Le dije: «Sí, señor», pero estaba tan asustada que caí de rodillas delante de él y empecé a decir la única oración que sabía: «Ahora me acuesto a dormir». Él me levantó, diciendo: «Tienes que ser una niña buena y orar». Oró por mí largo rato y en voz alta. Yo temblaba de miedo y lloraba como si se me fuera a partir el corazón, porque pensaba que él era el Señor y que yo tenía que morir. Cuando se fueron, mi madre me habló de mi alma más de lo que nunca lo había hecho, y me dijo que aquel predicador era un hombre bueno, pero no el Señor; y que, si yo era una niña buena y rezaba mis oraciones, iría al cielo. Esto me dio un gran consuelo. Dejé de llorar, pero seguí diciendo: «Ahora me acuesto». Una mujer blanca que venía a casa a coser me enseñó el padrenuestro. No hay lengua que pueda contar el gozo que llenó mi pobre corazón cuando pude repetir: «Padre nuestro que estás en los cielos». Siempre me ha parecido que fui convertida en aquel tiempo.
Cuando mi padre dirigía el culto familiar, que era todos los domingos por la mañana, solía cantar: «Señor, de mañana oirás mi voz que sube a lo alto».
Yo me deleitaba mucho en este culto y empecé a desear aprender a leer la Biblia. En nuestra familia nadie sabía leer excepto mi padre, que había aprendido un poco aquí y allá, y que, deletreando con cuidado las palabras, podía leer algo del Nuevo Testamento, lo cual era para él un gran placer. Mi padre habría educado con mucho gusto a sus hijos, pero no había escuelas donde se admitiera a los niños de color. Un día, mientras él leía, le pedí que me enseñara las letras. Me contestó: «Hija, apenas las sé yo mismo». Sin embargo, empezó con la «A» y me enseñó el alfabeto. Imagina, si puedes, mi alegría infantil por esta, mi primera lección. Los niños de hoy, a quienes se enseña a los cinco años, no pueden figurarse mi gozo al poder decir el alfabeto entero cuando tenía nueve años.
Seguía repitiendo el padrenuestro y «Ahora me acuesto», etc., pero no tan a menudo como lo había hecho meses antes. Quizá había empezado a descarriarme, porque no era más que una niña, rodeada de niños y privada de la enseñanza adecuada. Esta es mi única excusa por no haber sido tan fiel a Dios como debería haberlo sido.
Queridos niños, que tenéis padres cristianos instruidos que os enseñan, ¡cuán agradecidos debéis estar de que «desde la niñez» podáis decir que habéis sabido «las Sagradas Escrituras, las cuales os pueden hacer sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús»! Espero que todos mis jóvenes lectores atiendan a la amonestación: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud», etc. Os librará de mil lazos ocuparos de la religión desde jóvenes. Dios dice: «Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan». ¡Oh, cuánto me alegra que nunca seamos demasiado jóvenes para orar, ni demasiado ignorantes, ni demasiado pecadores! Cuanto más jóvenes, más bienvenidos. No tenéis nada que temer, queridos niños; venid directamente a Jesús.
¿Por qué tuvo miedo Adán de la voz de Dios en el huerto? No era una voz extraña; era una voz que siempre había amado. ¿Por qué huyó y se escondió entre los árboles? Porque había desobedecido a Dios. El pecado nos hace temer a Dios, que es santo; nada sino el pecado nos hace temer a Uno tan bueno y tan bondadoso. Es pecado que los niños desobedezcan a sus padres. La Biblia dice: «Honra a tu padre y a tu madre». Queridos niños, honrad a vuestros padres amándolos y obedeciéndolos. Si Jesús, el Señor de la gloria, estuvo sujeto y fue obediente a sus padres terrenales, ¿no procuraréis seguir su ejemplo? Elevad vuestro corazón al querido y amoroso Jesús, que, cuando estaba en la tierra, tomaba a los niños pequeños en sus brazos y los bendecía. Él os ayudará si oráis: «Padre nuestro que estás en los cielos, tu querido Hijo, Jesucristo, mi Salvador, dijo: “Dejad a los niños venir a mí”. Yo soy un niño pequeño, y vengo a ti. Acércate a mí, te lo ruego. Escúchame, y perdona las muchas cosas malas que he hecho, y acepta mi gratitud por los muchos buenos dones que me has dado. Sobre todo, te doy gracias, querido Padre, por el don de tu querido Hijo, Jesucristo, que murió por mí, y por amor de quien te ruego que oigas mi oración. Amén».
Capítulo 2 completado
Aprendo el alfabeto