Sermón · 33 min de lectura · Moderada

Testificar de Cristo

Retrato de Catherine Booth Catherine Booth

Texto

Hechos 1:8; Hechos 5:32

En breve

Ser testigo, insiste Booth, no es argumentar una causa sino testificar de lo que uno ha visto y sentido; y una Iglesia que ha dejado de testificar, por lo general, ha dejado de experimentar. Ella impone a todo creyente, instruido o iletrado, el mismo deber sencillo: contar lo que el Señor ha hecho por su alma.

UNA y otra vez se confiere la misma vocación y comisión a los apóstoles y discípulos. Hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos, esta comisión desciende a cada uno de los que son del Señor, porque Él dice: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo." Eso nos abarca a nosotros. Y a cada discípulo que nos ha precedido, o que ha de seguirnos, se le promete su Divina Presencia en esta gloriosa obra de testificar de Él.

Dios necesita testigos en este mundo.

¿Por qué? Porque el mundo entero está en rebelión contra Él. El mundo se ha apartado de Dios. El mundo ignora a Dios, niega y contradice su testimonio, malinterpreta su carácter, su gobierno y sus propósitos, y se ha ido a una rebelión y sublevación total y universal. Ahora bien, si Dios ha de conservar algún asidero sobre el hombre, y tener alguna influencia con él, tiene que estar representado aquí abajo. No había otra manera de hacerlo. Si una provincia de este reino estuviera en anarquía y rebelión, a menos que haya en la provincia algunas personas cuyo deber sea representar a la Reina y a su Gobierno, se perderá del todo y quedará perdida para el reino para siempre. Así Dios tiene que estar representado, y, alabado sea su nombre, ha tenido sus testigos fieles desde el principio hasta ahora. Como dice el Apóstol: "No se dejó a sí mismo sin testimonio." Desde los días de Enoc, que caminó con Dios, hasta esta hora presente, Dios siempre ha tenido sus testigos verdaderos y fieles. En los peores tiempos ha habido algunas lámparas que ardían y alumbraban. A veces pocos y muy espaciados, a veces, como Noé, un solo hombre en toda una generación de hombres, testificando por Dios; pero uno, por lo menos, siempre lo ha habido. Dios no se ha dejado a sí mismo sin testimonio.

Pero Jesucristo el Hijo, el amado del Padre, Él fue el gran testigo. Vino especialmente para manifestar al Padre, para testificar de Él y revelarlo a los hombres. Esta fue su gran obra. No vino a testificar de sí mismo, sino de su Padre; no a hablar sus propias palabras, sino las palabras que su Padre le dio para hablar. Vino a revelar a Dios a los hombres. Él era el "testigo fiel y verdadero." Y cuando tuvo que dejar el mundo y volver a su Padre, entonces comisionó a sus discípulos para que ocuparan su lugar y fuesen los testigos de Dios en la tierra. ¡Y oh, amigos, el verdadero pueblo de Dios es su único testigo! Él no permite a los ángeles —no sabemos por qué— testificar por Él aquí. Ha llamado al hombre para que testifique por Él, a su pueblo: "Me seréis testigos."

Jesús "dio testimonio de la buena profesión," ¿no es así? Testificó de su Padre noble, constante y valientemente, y selló su testimonio con su sangre. El mundo lo trató como ha tratado a la mayoría de los testigos fieles de Dios desde el principio; lo persiguió; lo mató, como mataría a todo testigo fiel de Dios —si Dios se lo permitiera— y se quedaría sin una sola luz espiritual: porque el espíritu que opera en los hijos de desobediencia tiene un odio eterno y diabólico contra todo hijo de Dios real, vivo y espiritual. Lo odia como odió al Hijo mismo, y no es culpa del Diablo si no extingue y extermina a todo testigo semejante. Es porque Dios no se lo permite, sino que nos sostiene, nos guarda, nos salva, a pesar de él.

El Señor comisionó, pues, a sus discípulos para ser sus testigos, y dijo —¡oh, hermosas palabras, y sin embargo, cuánto encierran que pocos entienden!—: "Como tú me enviaste al mundo, así también yo los he enviado al mundo." Así también: como tú me enviaste a ser tu representante en el mundo, a gastar y gastarme por ti, y a derramar mi sangre por ti, si es necesario, así los envío yo; y así los envió, y tuvieron la misma suerte que su Maestro, y muchos de ellos el mismo fin. Pero fueron testigos fieles, y avanzaron y testificaron por todas partes, a los judíos y a los gentiles, en el Templo y en la plaza del mercado, junto al camino y por los caminos y los vallados; fueron y testificaron de este Salvador, y acusaron a los malvados judíos de su crucifixión, y Dios acompañó su testimonio con el Espíritu, y miles y miles se convirtieron: se volvieron de su rebelión a Dios.

Ahora bien, el hecho de que el testimonio sea necesario muestra que en el mundo hay una controversia en curso acerca de las cosas y los derechos de Dios; que hay dos lados en esto. La gran masa de la humanidad dice que la verdad de Dios es una mentira. Lo dicen virtualmente, si no lo dicen con palabras; y muchos miles de ellos, ¡ay!, también con palabras. Niegan, muchos de ellos, su misma existencia, y dicen que no hay ni Cielo ni Infierno; que Jesucristo fue un mero hombre; que la religión es un mito, y que no existe tal cosa como el conocimiento del perdón de los pecados; que este testificar es una gran ilusión de la imaginación, y nada más.

Ahora bien, Cristo llama a su pueblo a ir y ser testigos de estos hechos. Los testigos, ya sabéis, tienen que tratar con hechos, no con teorías; no con lo que meramente piensan, o suponen, o han oído, sino con lo que saben. Dios quiere que su pueblo testifique de hechos: de algo que ha sido hecho, y que se está haciendo; algo que es y sigue siendo un hecho.

Y quiere que seamos BUENOS testigos, además. ¡Oh, cuánto depende del carácter de un testigo aun en un tribunal terrenal! Si podéis arrojar una sombra sobre el carácter o la veracidad de un testigo, sacudís su testimonio y le quitáis su valor. ¡Oh, cuán importante es que los testigos de Cristo sean buenos testigos, es decir, que lo representen a Él y a su verdad con justicia y verdad! Porque, si lo representan mal, alguien con toda seguridad será condenado por causa de su inconsecuencia; ¡y qué terrible es tener la sangre de las almas en nuestras faldas! Representar mal a un hombre, o a una mujer, o a un niño, ya es bastante malo; pero ¡representar mal a Dios!, ¡mostrar una caricatura de la religión de Jesucristo!, ¡vivir una vida torcida y seguir profesando ser cristiano, diciendo a la gente, virtualmente: "Miradme a mí, cómo vivo y actúo, LO QUE SOY: esta es la religión de Jesucristo"! Digo que a tal hombre mucho mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino y se le hundiese en lo profundo del mar. Entonces, por lo menos, se acabaría su daño; pero un falso testigo a favor de Jesucristo es el traidor más dañino que hay sobre la faz de la tierra. Hace más mal que mil falsos testigos hostiles en contra de Él. ¡Oh, amigos míos, ser buenos testigos de Jesucristo! Cuanto más se supone que un testigo sabe de la verdad de la que testifica, mayor es su responsabilidad. ¡Oh, que un ministro sea un mal testigo, como lo fueron algunos de los profetas de antaño! Mirad las cosas terribles que Dios dice de los que llevan a su pueblo al hoyo, preocupándose más por el vellón que por las ovejas: ¡terrible! ¡Que una madre sea un mal testigo en su familia, y lleve a sus hijitos, agarrados a sus faldas, derecho al borde del abismo! ¡Que un patrón sea un mal testigo: que profese ser cristiano y sea un mal testigo delante de sus hombres; que un maestro de escuela dominical sea un testigo malo, inconsecuente y falso de Jesucristo en su clase; que los miembros de las iglesias cristianas sean malos testigos los unos para con los otros, y para con el mundo! ¿Quién puede decir los terribles resultados? ¡Oh, es este testimonio inconsecuente el que ha rebajado y rebajado el nivel del cristianismo práctico hasta que no nos queda ningún nivel; hasta que los linderos están tan borrados que no se ve ninguno!

¡Testigos FIELES! Él quiere que seamos testigos fieles.

Quiero señalar uno o dos requisitos de un Testigo fiel, y, oh, que el Espíritu Santo nos ayude.

El primer requisito, pues, de un testigo fiel es Un conocimiento personal de los hechos de los que testifica. Si un testigo en un tribunal de justicia empieza a hablar de lo que piensa, siente y cree, "¡Oh, silencio, silencio!", dice el juez, "no podemos admitir eso; queremos saber lo que USTED SABE: lo que ha visto, oído y sentido en este caso;" y esa es la clase de testigos que Jesucristo quiere, que puedan levantarse y decir: "¡YO SÉ!" La clase de testigo que fue San Pablo, que podía mirar a su juez a la cara y decir: "¡Quisiera Dios que fueses hecho tal cual yo soy, excepto estas cadenas!" ¡Qué hombre tan descarado tendría que haber sido, si no hubiera sido un hombre santificado! ¡Qué egoísta supremo! Esa es la clase de testigos. Cómo debió de sentirse Agripa en ese momento. Cómo se habían vuelto las tornas. "¡Oh! Me han pasado al banquillo, y aquí está el preso tomando asiento en el estrado del juez." Esa es la clase de testimonio que queremos. "¡Quisiera Dios que fueses hecho tal cual yo soy, excepto estas cadenas!" ¿Podríais poneros de pie en el banquillo y decir eso? ¿Podríais poneros de pie en vuestra propia casa y decirlo? ¿Podríais poneros de pie en cualquier lugar y decirlo? Eso es lo que el Señor Jesucristo quiere: gente que sepa, que experimente, que viva en la realidad, que viva las cosas de las que testifica. Esto es lo que el mundo necesita con desesperación: gente que pueda levantarse y decir: "YO SÉ." El Señor quiere que la gente diga al mundo que es salva. ¿Podéis vosotros? Entonces empezarán a escucharos. Empezaréis a tener algún efecto sobre ellos. Empezarán a abrir los ojos y los oídos, y a preguntarse si será posible que Dios los salve a ellos. Esto es algo del todo distinto de una teoría sutil acerca de la religión: esto de decirles que Dios OS HA SALVADO. No lo que hemos aprendido en los libros. El mundo está harto de eso. No me extraña que hombres inteligentes huyan de la religión. Puedo disculparlos mucho cuando pienso en lo que muchos de ellos tienen que escuchar domingo tras domingo. Como me dijo un caballero: 'Es para hartar a cualquiera. Algo sacamos de The Times, pero, palabra de honor, no puedo mantenerme despierto en la iglesia. No es que no quiera, si pudiera, pero no puedo.' ¡Pobre hombre! Cuánto lo compadecí.

¡No! No lo que se saca de los libros; no una teoría seca y sutil, de mero oír decir. Cuando un testigo empieza con lo que oyó decir a alguien, '¡Oh, silencio!', dice el juez, 'no queremos eso, queremos saber lo que usted ha visto. Aténgase a los hechos.' Jesucristo quiere que os atengáis a los hechos. Decidles, como dice Juan, lo que habéis visto, y oído, y palpado, y experimentado de la verdad de Dios. ¡Conocimiento personal! Es maravilloso cuán sencillo es el lenguaje de la salvación cuando lo habéis aprendido por experiencia y estáis dispuestos a hablar claramente a la gente.

Además, un testigo fiel debe decir la verdad, y toda la verdad. No debe retener nada por causa de molestias personales, sufrimiento, pérdida o ganancia, sino que debe decir toda la verdad. ¡Oh! Tiemblo al pensar cuál será la suerte de algunos que se erigen en maestros, y que han "sustraído parte" de la verdad porque, a su entender, no era agradable ni provechosa para la humanidad. ¿Qué tengo yo que ver con eso? Yo tengo que predicar la verdad: el diamante hermoso, entero, redondo, luminoso con luz Divina, y no una imitación vil, turbia, de pasta; medias verdades convertidas en errores condenatorios, con los que Satanás está atrayendo a miles al Infierno. Dad a los hombres toda la verdad, ambos lados: el lado que se relaciona con Dios y el lado que se relaciona con el hombre; y acabad con el disparate de hacer que Dios se contradiga a sí mismo, porque "Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas." Si hubiera contradicciones, habría tinieblas. No; las tinieblas están en nuestros propios cerebros, pobres, ciegos y mezquinos, y no en Dios ni en su Libro. En su Libro, rectamente interpretado, no hay contradicción alguna. Toda la verdad: la verdad que convence tanto como la verdad que sana; la espada tanto como el bálsamo; el hundir del cuchillo Divino tanto como el derramar del aceite Divino. Como dice Pablo, en el capítulo 26 y el versículo 18: "para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban perdón de pecados." Dice que predicó a los judíos y a los gentiles que se arrepintiesen. Este es el apóstol Pablo, el gran expositor de la Justificación por la Fe: "que se arrepintiesen," ¿y qué?... oh, tú, Pablo legalista, ¿qué? "haciendo obras dignas de arrepentimiento." Oh, Pablo, yo creía que tú estabas salvado de las obras del todo, y que habías terminado con la Ley. ¡Oh! Tú predicas obras, y hacer obras dignas de arrepentimiento. ¡Eso no es Evangelio, Pablo! Y añade significativamente: "Por causa de esto los judíos, prendiéndome, intentaron matarme:" y por esa causa los fariseos han estado tratando de matar desde entonces a los testigos verdaderos de Dios, los que dicen toda la verdad, porque no les gusta la doctrina que parte en dos los ídolos y el pecado, y que dice: "Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento."

El testigo fiel debe dar toda la verdad, y debe darla personalmente, además. Un testigo fiel debe darla él mismo. No puede testificar por poder. Puede pagar a ciento cincuenta evangelistas para que vayan a testificar en su lugar: eso está muy bien. No es más de lo que debe hacer —doscientos cincuenta, si tiene dinero suficiente— porque el Maestro reclama todo lo que él tiene, poco o mucho, hasta el último cuarto, por muchos predicadores que envíe y sostenga.

Por tanto, nunca puede hacer más de lo que debe, pero eso no lo exime de la obligación personal. Dios le dirá: Si he puesto mi candela en ti, es para que alumbre en beneficio de algún otro. Si te he dado el pan de vida, es para que vayas y lo partas a las multitudes hambrientas que te rodean. VOSOTROS sois mis testigos. Podéis pagar al ministro y al misionero, pero tenéis que hacerlo vosotros mismos también, porque ¿cómo puede un testigo suplir por dos? Es verdad que Dios quiere que el ministro testifique, y no es más que su deber si testifica todo el día mientras viva. Pero eso nunca suplirá vuestra falta de servicio. VOSOTROS tenéis que testificar; y hay algunas almas sobre las que tenéis más influencia que cualquier otro ser viviente; algunas almas a las que podéis llegar mejor que cualquier otra persona; algunas almas que, si vosotros no las salváis, probablemente nunca serán salvas. Vosotros sois mis testigos, y, si tenéis la gracia y el amor y la luz de Dios, es con peligro de vuestra alma si los escondéis.

Luego, en el siguiente lugar, los testigos fieles deben hablar claro, no andarse con rodeos; no "mascullar," como dicen en el tribunal. El juez hace que el testigo hable alto para que todos le oigan. Tiene que ser oído. "Hable claro." ¿Y por qué no han de hablar claro los testigos del Señor? ¡Me pregunto cuándo acabaremos con esta religión furtiva, de rincones y escondrijos, avergonzada! ¡¡Me pregunto cuándo dejará la Inglaterra cristiana de avergonzarse de su Dios!! La única nación bajo el Cielo que se avergüenza de su religión y de su Dios es la que tiene al Dios verdadero para adorarle y amarle. ¡Qué anomalía! ¡¡Hablad claro!!

David no sabía nada de esta clase de religión remilgada, a medias, aguada. David se regocijaba en anunciar su justicia en la gran congregación. Siempre estaba hablando de su bondad, y de su Ley, y cantando de ello todo el día, danzando a veces delante del arca, y haciendo toda clase de cosas expresivas para glorificar a su Dios. Y eso no le bastaba, porque cuando había llamado a toda la raza humana a alabarle, llamó a los montes y a los árboles a batir las manos y a danzar de gozo. Necesitamos algo de esa clase de religión hoy en día. Se habla de la nueva dispensación; ojalá pudiéramos recuperar un poco de la antigua.

Los intereses de la verdad exigen esta franqueza. ¿Cómo se ha de hacer frente al error sino con la proclamación valiente de la verdad? Los emisarios de Satanás están haciendo pasar sus mentiras ante la humanidad —siempre en ello, noche y día—, ¿cómo se les ha de hacer callar sino con testigos que clamen fielmente a sus oídos: "Esto es una mentira, y aquello es una mentira. Esta es la verdad y este es el camino; lo sabemos, lo vemos, lo sentimos: andad por él"? Volveos, volveos, ¿por qué moriréis? Necesitan testigos que hablen claro. Hay abundancia de falsos testigos ahora, como siempre los hubo, ¿y qué quiere Jesucristo? Quiere que sus testigos verdaderos salgan y les hagan frente, y estén a su altura; no que se escabullan en rincones y escondrijos, y se avergüencen de su religión, y hablen de una "religión discreta": ¡discreto disparate! ¡No existe tal cosa! Salid delante del mundo. Como dijo Elías: "Si Jehová es Dios, seguidle, servidle, hablad por él; "y si Baal" es Dios, "id en pos de él." Entonces fuera con todo este disparate, vuestros santuarios, y Biblias, y profesión: acabad con todo ello y seguid a Baal. Sed una cosa o la otra. Me parece que hace falta ahora un Elías que venga y lo haga resonar por toda Inglaterra. Me gustaría ver a algún hombre levantarse en nuestras Cámaras del Parlamento y hacer un reconocimiento franco de Dios, y una apelación a Él, y me gustaría ver cómo lo recibirían.

Estaba pensando, al pasar junto a la Bolsa Real y ver en lo alto: "De Jehová es la tierra y su plenitud," cuántos de los que caminaban bajo su sombra lo creían. Me pregunto qué pensarían de alguien que reconociera ese hecho en la práctica. '¡Oh!', dirían, 'no sirve para su puesto; tendréis que quitarlo de ahí; está un poco tocado de la cabeza.' ¡Oh!, sabéis que es así; pero Dios no puede ser burlado, aunque los hombres piensen que sí. Dios está sentado sobre el círculo del Cielo, y aunque las gentes se amotinen, y los pueblos piensen cosas vanas, y se levanten los reyes de la tierra, Él se ríe de ellos, y dentro de poco vendrá su calamidad.

Decimos que el mundo está muriendo; ¿de hambre de qué? ¿De sermones? No. ¿De periódicos? No. ¿De historias religiosas? ¡Oh, no, por cierto! No hay ninguna posibilidad de que falten en muchísimos años. ¿De disertaciones? No. ¿De teorías sutiles? No. ¿De credos y confesiones? ¡Oh!, podríais tenerlos por docenas. ¿De qué está muriendo? De un testimonio rotundo, franco, honrado, amoroso y ferviente acerca de lo que Dios puede HACER POR LAS ALMAS. Eso es lo que necesita. Eso es lo que esos pobres hombres de las tiendas, los que suben y bajan por Oxford Street, en los teatros, en los salones de baile, en las salas de conciertos, en todas partes, eso es lo que los hombres necesitan: que alguien venga y los tome amorosamente por el cuello, y les diga que DIOS ES DIOS, y que Él puede salvarlos. '¡Me ha salvado a mí, hermano mío, y puede salvarte a ti!' Eso es lo que el mundo necesita. Una palabra así es mejor que un sermón, y hará más por Dios y por la salvación del mundo. Oh, sí, los hombres están diciendo, de hecho, por toda esta tierra —miles de ellos—: 'Aquí estoy; soy un pobre esclavo del pecado. Lo sé.' Lo dicen en su conciencia, aunque no os lo digan a vosotros. Nos lo dicen a menudo a nosotros cuando la espada del Espíritu los arrincona. 'Sé que estoy mal, que soy pecador, malvado.' Como aquel querido John Allen, cuya vida he estado contando, dijo una vez, sentado maldiciendo, rodeado de sus compañeros, cuando alguien le preguntó: 'Jock, si murieras, ¿qué sería de ti?' '¡Me iría al infierno, derecho!' Era un tipo honrado. Sabía adónde iba, y lo dijo.

Le dije a un caballero: 'Señor Fulano, ¿qué hay de su alma?' Me dijo: 'Está en un estado endiablado.' ¡Pobre hombre! Sabía adónde iba, y hay miles como él. ¿Creéis que no sienten su esclavitud? ¿No tienen acaso una mente y una conciencia? ¿No tienen un lado mejor, como vosotros lo llamáis, en su naturaleza? ¿No ha hecho brillar Dios la luz de su Espíritu Santo sobre sus almas oscuras, y no han luchado y forcejeado? Sí, pero dicen: 'No hay salud en nosotros; no hay ayuda para nosotros. Hemos terminado de hacer propósitos y de intentar ser mejores; no podemos. No hay esperanza en nosotros.' Y ahí están, esperando que alguien venga y les diga que hay AYUDA EN DIOS. Dicen: 'Veo poquísima diferencia en vosotros, los religiosos. Nunca he conocido a nadie por quien la religión pareciera hacer gran cosa.' Y cuando se les dice que crean, se ríen de vosotros, y no me extraña. La pobre conciencia humana está mejor instruida que muchos de sus maestros. Quiere ser puesta EN ORDEN, y dice: ¿Hay alguna esperanza? ¿Puede Dios salvar a uno como yo? ¿Ha salvado a alguien como yo de esta servidumbre, de esta esclavitud, de esta miseria, de este hundirse continuamente en el lodo? ¿Salvó alguna vez a alguien COMO YO? Y a veces va a la capilla o a la iglesia, y espera que el ministro se lo diga, cuando he aquí que este comienza una disertación sobre la resurrección, o la divinidad de Cristo, o algo que el hombre ha creído toda su vida, y así queda defraudado otra vez, y dice: 'Esto no me sirve de nada.' ¡Oh, amigos, hablo de lo que sé por el testimonio de decenas de almas! De hecho, no podría repetirlo; os ardería la cara al oír lo que hombres de inteligencia, de reflexión y de posición me han dicho en muchas antesalas donde he estado trabajando. Ya es hora de que haya un cambio. El mundo se muere de hambre por falta de verdadero pan espiritual. Quiere algo que comer, ¡y vosotros le dais una piedra! Pero Dios está levantando un pueblo que sabe lo que el mundo necesita y cómo dárselo, que sabe partir el pan de vida, y testificar de lo que Dios ha hecho por ellos, y de lo que puede hacer por otras pobres almas hambrientas; que pueden ir y decir: 'Aquí tienes, amigo mío: Él puede salvar a uno como tú. Yo fui uno así en otro tiempo. Era esclavo del pecado, esclavo de la bebida, o un blasfemo, o un mentiroso, o un ladrón, o entregado a algún mal hábito secreto peor que cualquiera de estos. Era un esclavo así, y Él me ha salvado. Ha roto mis grilletes y me ha puesto en libertad, y soy el liberto del Señor. Me ha salvado y puede salvarte a ti.' Eso es lo que el mundo necesita: TESTIMONIO, TESTIFICAR.

¿Os ha salvado a alguno de vosotros? ¿Estáis testificando a vuestros pobres semejantes, hambrientos y que se hunden? ¿Los miráis alguna vez y pensáis adónde van? ¿Los compadecéis, los amáis, los anheláis en las entrañas de Jesucristo? ¿Sabéis algo de ese anhelo? Si es así, ¿cómo podéis dejar de testificar? "Vosotros sois mis testigos de estas cosas," ¡en todas partes, en todo tiempo, entre toda clase de gente!!

Está en la naturaleza del caso que un testigo tiene que testificar delante de otras personas, delante de oyentes vivos. Ese es el lugar donde testificar, y delante de enemigos, y cuando no sabe hacia dónde soplará el viento, ni cómo serán recibidas las palabras de Dios. Tiene que ser un testigo verdadero, aunque tenga que sellar su testimonio con su sangre.

Esta fue la clase de testimonio que dieron los mártires. A menudo me pregunto si habría mártires ahora. A veces pienso que el mayor bien para la Iglesia de Cristo sería un tiempo de persecución. Creo que lo sería. Creo que nos empujaría hacia Dios y los unos hacia los otros. Descubriríamos entonces si estábamos dispuestos a dejarlo todo para seguirle. Sabéis que si los mártires hubieran adoptado el nivel de vida religiosa que existe ahora, nunca habrían sido mártires. Habrían cuidado de su propio pellejo, y habrían dejado al Señor que cuidara del Evangelio. Si se les hubiera permitido un poco de margen, y hubieran ido a medias, no habría habido mártires, porque casi todos habrían podido librarse con eso; pero sintieron que era necesario ser fieles hasta el fin, y mantenerse firmes en toda la verdad hasta la última jota y tilde, y cuando podían haberse librado diciendo tres palabras en un papel, se negaron a hacerlo, y fueron a la hoguera, y dejaron que las llamas lamieran su sangre. Esos son los testigos que el Señor quiere fuera, en todas partes, siempre en ello. Siempre testificando. 'Siempre', decís. Sí; siempre. ¿Por qué? ¡Porque los hombres están siempre muriendo y condenándose! Si la Biblia es verdad, en todas partes: vuestros amigos y vuestros vecinos a vuestro alrededor. Recibís una carta: '¡Oh! El señor Fulano ha muerto; enfermo solo tres días, treinta y seis horas, veinticuatro horas: ¡se fue!' ¡Ah! Y el eco en muchas almas después es: qué no daría yo por una oportunidad de ir a tener una conversación con él. Pero se ha ido... ¡a alguna parte! ¿Adónde se ha ido? Si estaba sin lavar, sin perdonar y sin salvar, ¿adónde se ha ido? Una vez me agité tanto sobre este punto que pensé que iba a perder la razón. No podía dormir de noche pensando en el estado de los que mueren sin salvación. ¿Me atrevo a pensar en ello? ¿ADÓNDE SE HA IDO? ¡Oh!, fue este aspecto del caso el que me llevó a abrir mi boca por primera vez en público por Dios.

He prometido a algunos amigos aquí esta noche dar esta ilustración de mi propia experiencia; de otro modo, rara vez me refiero a ella. Había sostenido durante mucho tiempo una controversia en mi alma sobre esta cuestión. De hecho, desde el tiempo en que me convertí, el Espíritu de Dios me había estado impulsando constantemente a sendas de utilidad y de trabajo que me parecían imposibles. Quizá algunos de vosotros apenas creeríais que yo fui uno de los discípulos más tímidos y vergonzosos que el Señor Jesús jamás salvó. Durante diez años de mi vida cristiana, mi vida fue una batalla diaria con la cruz; no porque la rechazara deliberadamente, como hacen muchos, porque eso nunca me atreví a hacerlo. ¡Oh, no! Solía decidir que lo haría, y me proponía y tenía la intención, y luego, cuando llegaba la hora, solía fallar por falta de valor. No tenía por qué haber fallado. Ahora veo cuán necia fui, y cuán equivocada; pero, durante unos cuatro o cinco meses antes de que comenzara a hablar, se había despertado señaladamente en mi alma la controversia que Dios había suscitado años antes, pero que, por ideas equivocadas, temor y timidez, yo había dejado casi extinguirse. Fui llevada en ese tiempo a un examen de corazón muy severo. No había estado experimentando tanto de la presencia Divina. Había perdido gran parte del poder y la felicidad de que antes gozaba. Durante un tiempo de enfermedad, un día pareció como si el Señor me lo revelara todo por su Espíritu. No tuve ninguna visión, sino una revelación a mi mente. Pareció llevarme de vuelta al tiempo en que yo tenía quince y dieciséis años, cuando le entregué por primera vez mi corazón. Pareció mostrarme, a lo largo de todo el amargo camino, cómo esta sola cosa había sido la mosca en el vaso del perfume, lo amargo en la copa, y me había impedido experimentar lo que de otro modo habría experimentado. Sentí cómo había estorbado la revelación de sí mismo a mí, y me había impedido crecer en la gracia y aprender más de las cosas profundas de Dios. Me lo mostró, y entonces recuerdo que me postré sobre mi rostro delante de Él, y le prometí allí, en el cuarto de la enferma: 'Señor, si vuelves a mí, como en los días de antaño, y me visitas de nuevo con aquellos impulsos de tu Espíritu que yo solía tener, obedeceré, aunque muera en el intento. No me importa; obedeceré.' Sin embargo, el Señor no volvió a visitarme inmediatamente. Me dejó recuperarme, y volví a salir. Unos tres meses después fui a la capilla de la que mi esposo era ministro, y él tuvo un culto extraordinario. Ya entonces estaba siempre probando algo nuevo para alcanzar a la gente de fuera. Estaban celebrando una reunión en la que tomaban parte ministros y amigos de la ciudad, y todos daban su testimonio y hablaban por Dios. Yo estaba en el banco del ministro, con mi hijo mayor, que tenía entonces cuatro años, y había unas mil personas presentes. Me sentía mucho más abatida de espíritu que de costumbre, y no esperaba nada en particular, pero, a medida que se sucedían los testimonios, sentí que el Espíritu venía sobre mí. Solo vosotros que lo habéis sentido sabéis lo que significa. No se puede describir. Lo sentí hasta las puntas de los dedos de las manos y de los pies. Pareció como si una voz me dijera: 'Ahora, si fueras a testificar, sabes que yo lo bendeciría para tu propia alma así como para las almas de la gente', y yo di un respingo otra vez, y dije en mi alma: 'Sí, Señor, creo que lo harías, pero no puedo hacerlo.' Me había olvidado de mi voto: no me vino a la mente en absoluto. De repente, después de haber dicho eso al Señor, me pareció ver la alcoba donde había estado acostada, y verme a mí misma como si hubiera estado allí postrada delante del Señor prometiéndole aquello, y entonces la voz pareció decirme: '¿Es esto coherente con aquella promesa?', y casi me levanté de un salto y dije: 'No, Señor, es lo mismo de siempre otra vez, pero no puedo hacerlo', y sentí como si prefiriera morir antes que hacerlo. Y entonces el Diablo dijo: 'Además, no estás preparada para hablar. Parecerás una necia y no tendrás nada que decir.' Se equivocó. Por una vez se pasó de la raya. Fue esa palabra la que lo decidió. Dije: '¡Ah! Este es precisamente el punto. Nunca hasta ahora he estado dispuesta a ser necia por Cristo; ahora lo seré'; y sin detenerme un momento más, me levanté del asiento y avancé por la capilla. Mi querido esposo estaba justo a punto de concluir. Pensó que me había pasado algo, y lo mismo la gente. Llevábamos allí dos años, y conocían mi naturaleza tímida y vergonzosa. Él bajó para preguntarme: '¿Qué te pasa, querida?' Le dije: 'Quiero decir una palabra.' Él quedó tan sorprendido que solo pudo decir: 'Mi querida esposa quiere decir una palabra', y se sentó. Había estado tratando de persuadirme a hacerlo durante diez años. Él y una señora de la iglesia, esa misma semana, habían estado tratando de persuadirme a ir a dirigir la palabra a una pequeña reunión en una casa, de unas veinte personas trabajadoras, pero no pudieron. Me levanté —solo Dios sabe cómo— y si algún mortal se colgó alguna vez del brazo de la Omnipotencia, fui yo. Sentí como si me aferrara a algún brazo humano —y sin embargo era un brazo Divino— que me sostenía. Simplemente me levanté y conté a la gente cómo había sucedido. Confesé, como creo que todos deberían hacer cuando han estado en el error y han representado mal la religión de Jesucristo. Dije a la gente que, aunque yo había estado ocupando todas las posiciones ordinarias de la esposa de un ministro, y aunque entonces era joven, había estado haciendo mucho más de lo que hace más de una de edad avanzada en la Iglesia de Dios, en cuanto a reunirme con creyentes, y visitar y trabajar entre bastidores, de modo que todos me habían estado considerando una mujer muy consagrada, y así se lo dije. Dije: 'Me atrevo a decir que muchos de vosotros me habéis estado mirando como una mujer muy consagrada, y como una que ha estado viviendo fielmente para Dios, pero he llegado a saber que he estado viviendo en desobediencia, y en esa medida he traído tinieblas y flaqueza a mi alma; pero prometí al Señor hace tres o cuatro meses, y no me atrevo a desobedecer. He venido a deciros esto, y a prometer al Señor que seré obediente a la visión celestial.'

¡Pero oh, cuán poco veía yo entonces lo que aquello implicaba! Nunca imaginé la vida pública a la que iba a conducirme, ni tampoco las pruebas; porque nunca más se me permitió tener otro domingo tranquilo, cuando pudiera hablar o ponerme en pie. Todo lo que di allí fue el paso presente. No veía por adelantado, pero el Señor, como siempre hace cuando su pueblo es honrado con Él, y obediente, abrió las ventanas de los Cielos y derramó tal bendición que no había lugar para contenerla.

Hubo más llanto, según dijeron, en la capilla aquel día que nunca antes. Muchos fecharon una renovación en la justicia desde aquel mismo momento, y comenzaron una vida de devoción y consagración a Dios.

Ahora bien, yo podría haberles hablado bien hasta hoy, y eso nunca habría sucedido. Aquella confesión honrada, aquel salir y testificar la verdad, hizo lo que veinte años de hablar nunca habrían hecho.

La obra siguió adelante. Siempre que yo hablaba, la capilla solía llenarse hasta el límite de su capacidad, y muchos se convertían. No a mí, sino a Dios sea toda la gloria. Vergüenza para mí por no haber comenzado antes. No fui yo quien hizo esto, sino el Espíritu Santo, el Santo Espíritu de Dios.

El Señor me trató de una manera muy maravillosa. Tres meses después de esto, mi querido esposo cayó enfermo por primera vez, y se vio obligado a irse al campo. Una comisión vino a verme para pedirme que me hiciera cargo de sus compromisos en la ciudad. Dije que no podía ni pensar en tal cosa. ¿Qué podría hacer yo con aquella gran congregación? No debían pedírmelo; y se marcharon. Volvieron otra vez para saber si me encargaría de las noches; me imploraron y me importunaron hasta que lo prometí. Así que ya veis: Dios me obligó a empezar a pensar y a trabajar. Me vi obligada, y lo hice con cuatro niños pequeños, el mayor de cuatro años y tres meses entonces. Parecía un tiempo inoportuno, ¿no es verdad?, para empezar a predicar. Parecía como si el Señor se hubiera equivocado. Sin embargo, me dio gracia y fuerza, y me capacitó para hacerlo; y mientras amamantaba a mi bebé, muchas veces estaba pensando en lo que iba a decir el domingo siguiente, y a ratos anotaba con un lápiz los pensamientos según se me ocurrían. Y luego me presentaba a veces con un bosquejo garabateado a lápiz, confiando en el Señor para que me diera el poder de su Espíritu Santo; y creo que puedo decir que desde aquel día —y hace unos diecinueve años y nueve meses— Él nunca me ha permitido abrir la boca sin darme señales de su presencia y bendición. ¿No veis que mientras el Diablo me tuvo callada, me tuvo comparativamente sin fruto? Ahora tengo motivo para esperar y confiar en encontrar en la Gloria a centenares a quienes Dios me ha hecho instrumento para salvar. El Señor me trató con mucha ternura, dándome gran aliento; pero algunas cosas me resultaban terribles al principio. No quise subir a los púlpitos hasta que la gente lo exigió. ¡Y la primera vez que vi mi nombre en una pared! Nunca olvidaré la sensación. Entonces mi querido esposo dijo: 'Cuando te entregaste al Señor, ¿no le entregaste tu nombre?' Así solía llevarme de una cosa a otra, hasta que ahora he aprendido a gloriarme en la Cruz. Cuando un querido amigo hablaba el otro día de la tremenda empresa que era ir a Francia y comenzar allí, le dije: 'Mi querido señor, no me sentiría más turbada por ir a Francia y comenzar allí el domingo próximo que por presentarme en St. Andrew's Hall, simplemente por esta razón: que creo que Dios es el mismo en todo lugar, y que la misma fe, y las mismas verdades y la misma fidelidad lo traerán en nuestra ayuda.' "Vosotros sois mis testigos," dice Jehová, "¡Y he aquí, yo estoy con vosotros TODOS LOS DÍAS!"

¿Te animarás, hermana mía? No importa que tiembles. Yo temblé. No importa que te lata el corazón. El mío latía casi hasta salírseme. No importa cuán débil seas. Muchas veces he ido de la cama al púlpito, y del púlpito de vuelta a la cama. No es con poder humano, ni sabiduría, ni poderío, ni fuerza: es con mi Espíritu, dice el Señor. A Él le encanta usar lo débil, para que se vea que la excelencia es de Dios. Si tus vecinos estuvieran enfermos de alguna plaga devastadora, y tú pudieras ir a ayudarlos, ¿no lo harías? ¿Dirías: 'Solo soy una mujer, y no puedo'? 'Oh', dirías, 'dejadme ir, como hizo la señorita Nightingale con los soldados enfermos y heridos. Dejadme ir.' Y aquí no se trata de los cuerpos, sino de las almas. Se están muriendo. Van hacia una muerte eterna. ¿No os levantaréis? ¡Oh!, suponed que todos los cristianos de esta sala esta noche comenzaran, desde esta hora, a ser fieles y a testificar consecuentemente en todas partes por Jesús, ¡qué conmoción habría! ¿Cuántos, pensáis, se convertirían en el espacio de un mes? ¿Cómo empezarían a acudir en bandadas como palomas a sus ventanas? ¿Cómo empezarían a despertar los ministros, algunos de ellos? La gente iría a suplicarles mañana, tarde y noche. Dios quiere que testifiquéis abiertamente en todas partes, en los patios y callejones más oscuros y en Oxford Street por igual. Comenzad, y el Espíritu de Dios caerá sobre vosotros, y por mucho que traten de librarse del Espíritu Santo, no podrán hacerlo cuando Dios se haya apoderado de ellos. Así atrapamos a miles de personas que nunca tuvieron la intención de convertirse. Cada día que vivo, más me convenzo de que si el pueblo de Dios se pusiera desesperadamente en serio, se ganarían miles; pero no es probable que se ganen con la manera refinada de presentarles la verdad —tan común hoy en día— ¡porque nadie piensa que estén en peligro alguno! Si lo creéis, comenzad. El Apóstol dice que habéis de ser buenos y valientes soldados de Jesucristo: los antiguos cristianos eran todo eso; pelearon una buena milicia, y vencieron al Diablo por medio de "la sangre del Cordero, y de la palabra del testimonio de ellos." Sed soldados del Señor, y Él dará la victoria, e iréis y tomaréis prisioneros. Grandes y enormes gigantes, incrédulos de corazón negro, blasfemos de corazón negro, caerán delante de vosotros como niños pequeños, porque el Señor de los Ejércitos pondrá su Espíritu en vosotros. "Vosotros sois mis testigos." ¡Testificad! ¡¡TESTIFICAD!! de Mí en todas partes y siempre. El Señor os ayude. Amén.

Escritura en este sermón Hechos 1:8; Hechos 5:32

Dominio público. Texto original de la edición original.