Sermón · 13 min de lectura · Avanzada

Manantiales inagotables

Retrato de Hudson Taylor Hudson Taylor

Texto

Juan 4:14

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

Escrito desde el propio agotamiento de Hudson Taylor en el interior de China, cuando había empezado a preguntarse si no debería dejar de predicar del todo. Aprieta la promesa de Cristo hasta sacarle su peso — no tendrá sed jamás quiere decir jamás, y el que bebiere es un hábito y no un solo trago —, y luego muestra el pozo hecho manantial, pues el desbordamiento no depende del tamaño de la vasija sino del caudal.

J. Hudson Taylor

«Respondió Jesús y le dijo: Si conocieses el
don de Dios, y quién es el que te dice: Dame
de beber; tú pedirías de él, y él te
daría
agua viva.

«Todo el que bebiere del agua que yo le daré, no
tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le
daré llegará a ser en él una fuente de
agua que salte para vida eterna.»

Juan 4:10, 14, RV.

Manantiales inagotables

La mejor evidencia del cristianismo es una vida semejante a la de Cristo, y la mejor prueba de la inspiración de la Palabra de Dios se halla en la Palabra misma; cuando se la estudia, se la ama, se la obedece y se confía en ella, nunca defrauda, nunca engaña, nunca falla. ¿Por qué se malgasta tanto tiempo —peor que malgastarlo— en la crítica de sus distintos libros? Lo que hace falta es la meditación humilde, reverente y llena de oración de quienes están decididos a hacer la voluntad de Dios; a ellos se les promete la guía del Espíritu, y se les revelan las divinas perfecciones de la Palabra. ¿Hay acaso algo de fabricación humana que no se demuestre con facilidad ser obra del hombre cuando se lo examina con el microscopio? Este revela imperfecciones aun en la más fina manufactura; mientras que, bajo el mismo trato, el más diminuto objeto de la creación de Dios solo se muestra maravillosamente más perfecto. La misma diferencia hay entre la palabra del hombre y la Palabra de Dios; esta última, sometida a las pruebas apropiadas, se demuestra ser Divina.

Como muchas otras porciones de la Sagrada Escritura, el relato del capítulo cuarto de Juan puede estudiarse con provecho como un episodio de la historia antigua. Muestra cómo el Hijo de Dios, en los días de su carne, haciendo la voluntad de su Padre, tuvo que pasar por Samaria, evitando la ruta al oriente del Jordán por la cual los judíos solían escapar del contacto con los samaritanos. Es muy instructivo observar cómo el Salvador, exhausto, olvidó su cansancio ante la presencia de un alma que necesitaba salvación; y cómo con divina sabiduría fue despertando la simpatía, la sorpresa y la atención de aquella mujer pecadora e ignorante, hasta arrancarle su propia confesión: «No tengo marido». Cómo en una sola frase le reveló su conocimiento de toda su vida, y cumplió el ideal que ella misma tenía de lo que el Cristo haría. Luego, dándole aquello que tan ignorantemente había pedido —el Agua Viva—, le declaró abiertamente que Él era en verdad el Cristo de Dios, y le permitió, en el impulso de una vida nueva, hacer lo que ni siquiera los discípulos habían intentado: dar tal testimonio acerca de Él que trajo a las multitudes a sus pies. Es, en efecto, un episodio interesante y provechoso de la historia antigua, y como tal merece un examen mucho más minucioso.

¿Pero no hay otro punto de vista desde el cual nos conviene considerar este relato? ¿Por qué ha sido registrado, sino para nuestra instrucción? ¿No nos habla el Cristo vivo ahora, por medio de esta historia, a nosotros, que tanto necesitamos el Agua Viva como la necesitaba la mujer samaritana? Con este pensamiento en mente, fijémonos particularmente en las palabras que nuestro Salvador empleó acerca de esta Agua Viva.

Jesús dijo (v. 10): «Si conocieses el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le habrías pedido a él, y él te habría dado Agua Viva». ¡Qué sencillas son las condiciones! Si hubieses conocido, habrías pedido, y Él te habría dado; ella no había pedido porque no había conocido; pero seguramente nosotros, que conocemos y —dichosamente— creemos las palabras del Señor registradas en el capítulo anterior: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito...», sí conocemos el don de Dios —el Salvador vivo, que está tan presente con nosotros ahora, conforme a su propia promesa: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días»— como lo estaba entonces con la mujer de Samaria. Al percatarnos de su presencia, y conociéndole como el don de Dios, ¿no es acaso nuestro privilegio pedir de inmediato, y su gozo darnos de inmediato este precioso don: el Agua Viva? Ciertamente es para este mismo fin que estas palabras han quedado registradas. Puede que no sepamos, que no podamos expresar todo lo que va incluido en el don; pero si le conocemos a Él, eso basta. «En cuanto a Dios, perfecto es su camino»; a nosotros solo nos toca cumplir nuestra parte —pedirle el Agua Viva— y dejarle a Él todos los resultados.

Pero veamos qué más tiene que decirnos: en el versículo 13 dice: «Cualquiera que bebiere de esta agua [la del pozo de Jacob] volverá a tener sed»; la mujer que oyó estas palabras sabía por experiencia que era verdad; y también nosotros hemos comprobado que es verdad respecto de toda agua terrenal, de todo don terrenal. Bien debemos dar gracias a Dios por nuestras bendiciones, comodidades y gozos temporales: no son meras superfluidades; satisfacen necesidades reales y son señales del amor de nuestro Padre Celestial; pero, aunque ayudan y agradan, no satisfacen de manera permanente, nos dejan con sed otra vez y, ¡oh, cuán honda es a menudo esa sed! Mas nuestro Salvador continúa (versículo 14): «Todo el que bebiere del agua que yo le daré, NO TENDRÁ SED JAMÁS». ¡Palabras admirables! Que nuestras almas gozosas asimilen su plenitud. «No tendrá», no que quizá no tenga, sino que ciertamente no tendrá; «jamás», de ningún modo para siempre (lit.); «sed», quedar anhelante, quedar insatisfecho, desfallecido y sin refrigerio. ¡Bendita seguridad de refrigerio y fortaleza sin fin!

«NO TENDRÁ SED JAMÁS». ¡Qué promesa! ¡Cuántas veces hemos tenido sed! ¡Cuántos corazones fatigados e insatisfechos hay; y sin embargo esta provisión plena no fue destinada a ser la porción especial de algún alma excepcionalmente favorecida, pues nótese la palabra del Salvador: «Todo el que bebiere», es libre para todos! Que el Espíritu Santo nos capacite para tomar nuestro lugar como incluidos en ese «todo el que», y para dar su pleno y bendito significado a aquellas maravillosas palabras: «no tendrá sed jamás». Saber que «no tendrá» significa realmente que no tendrá, que «jamás» significa jamás, que «sed» significa toda necesidad insatisfecha, puede ser una de las mayores revelaciones que Dios haya hecho jamás a nuestras almas.

No cambiemos, sin embargo, las palabras del Salvador. Nótese con cuidado que no dice: Todo el que ha bebido, sino «el que bebe»: no habla de un solo trago aislado, sino del hábito continuo del alma. En este pasaje, como en muchos otros, es importante advertir la fuerza del hábito continuo que expresa el tiempo presente de los verbos griegos. Hay una satisfacción plena y profunda en el primer trago del Agua Viva, la cual, no obstante, es una provisión perenne para uso constante. Esto lo expresa el Señor más plenamente cuando dice: «Mas el agua que yo le daré será [o mejor, “llegará a ser”, RV] en él una fuente de agua que salte para vida eterna». Estas palabras explican por qué el beber del Agua Viva no va seguido de una sed renovada. El Agua Viva llega a ser un pozo, una fuente siempre disponible, que brota en el creyente, no solo sin dejar lugar para la sed, sino desbordándose sin cesar para suplir la necesidad de otros.

Ni es esta maravillosa promesa única y sin paralelo. Siempre fue, y sigue siendo, el propósito del Salvador satisfacer. En ocasión de la alimentación de los cinco mil (Juan 6), el pensamiento más elevado de Felipe era conseguir lo suficiente para que cada uno tuviese un poco; pero el Señor tomó lo poco que ya tenían y lo multiplicó al darlo, de modo que cada uno tuvo cuanto quiso, y se llenaron doce cestas con lo que sobró después de que todos quedaron satisfechos. Al día siguiente, nuestro Señor elevó sus pensamientos al verdadero Pan del cielo, diciendo: «Yo soy el Pan de vida: el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás». O, más plena y literalmente: «El que [habitualmente] viene a mí, de ningún modo tendrá hambre, y el que cree en mí, de ningún modo tendrá sed en ningún tiempo». La palabra griega es la misma que se usa en el pasaje: «A Dios nadie le vio jamás». El hábito de venir a Él con fe es incompatible con el hambre y la sed no satisfechas. De nuevo, en Juan 7 Cristo dice: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva; esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyesen en Él».

Hay algo muy deleitoso en la verdad así enseñada: en lugar de necesidad consciente y anhelo insatisfecho, provisión abundante y satisfacción desbordante; en lugar de pobreza y debilidad, riqueza y fuerza con que socorrer a otros necesitados. ¡Qué Salvador tan divino! ¡Qué salvación tan plena y perfecta! El desbordamiento de Dios suple con creces lo que falta a la capacidad individual. No todos podemos ser grandes, ni ricos, ni fuertes, ni sabios, ni experimentados; pero Cristo nos es hecho sabiduría y justicia, santificación y redención: Él quiere ser nuestro todo en todo para la vida y el servicio.

Caminando entre las hermosas montañas de Dios en un delicioso día de verano, ¡qué pronto se cansa uno de subir y se abrasa de sed! Guiados por el sonido del agua que corre, buscamos la sombra de una roca saliente y un trago del arroyo cristalino que cae desde lo alto. Puede que solo tengamos un pequeño recipiente del cual beber, pero podemos llenarlo una y otra vez, porque la provisión es inagotable. Si la copa es pequeña, pronto estará llena y rebosará; si tuviéramos un cubo, tardaría más en llenarse, pero, una vez lleno, igualmente rebosaría; y si se colocara un enorme barril bajo la corriente, también él, con el tiempo, rebosaría. Y el desbordamiento sería en cada caso el mismo, porque no depende del tamaño del recipiente, sino de la provisión inagotable del arroyo.

Así, la mujer samaritana salvada, sin preparación alguna ni ninguna otra aptitud, pudo de inmediato atraer a su Salvador recién hallado a una multitud de almas necesitadas, mientras que más de un predicador elocuente puede dejar que las multitudes se vayan a casa sin salvación y sin satisfacción. Comprendido esto, deja de ser cuestión de lo que somos o de lo que podemos hacer, y lo importante es: ¿hemos traído nuestro recipiente a Él para que sea llenado hasta rebosar, de modo que, estando más que satisfechos nosotros mismos, tengamos para dar a todo sediento, sin escatimar y sin temor? Porque la promesa de Juan 7 es de ríos de agua viva, y la de Juan 4 es de un manantial inagotable que fluye sin cesar hasta la vida eterna.

No dejemos el tema, amados amigos, sin preguntarnos dónde estamos nosotros respecto de este asunto. ¿Estamos nosotros entre los sedientos, o entre aquellos que han venido a la única gran Fuente, y beben, creen y por tanto reciben, para su propia necesidad y para bendición de otros?

Para concluir, quisiera dar unas palabras de testimonio personal. Fue en un tiempo de profunda necesidad espiritual cuando me fueron dados los pensamientos que arriba he expresado, hallándome solo en el interior de China. Era dolorosamente consciente de que no vivía todo aquello que procuraba enseñar a los chinos. Luchando por la victoria, con demasiada frecuencia me encontraba derrotado, hasta que llegué a preguntarme si no debería dejar de predicar y retirarme de la obra misionera. El ayuno, la oración, la meditación en la Palabra, todo cuanto se me ocurría parecía impotente para ayudarme, cuando una tarde, en el curso de mi lectura habitual, llegué a Juan 4. Siempre había sido para mí historia antigua, y como tal amada y apreciada, pero aquella tarde, por primera vez, se convirtió en un mensaje presente para mi alma. Nadie podría haber estado más sediento, y allí mismo, en aquel instante, acepté la graciosa invitación, y pedí y recibí el Agua Viva, creyendo, por su propia Palabra, que mis días de sed habían quedado todos atrás; no por ningún sentimiento del momento, sino a causa de su promesa. Aquella misma noche tomé, sin renuencia, mi lectura bíblica acostumbrada con los chinos, y hablé con libertad, aunque sin ser especialmente consciente de poder alguno. Sin embargo, al desayunar a la mañana siguiente, supe que uno de mis oyentes había sido llevado a una convicción de pecado tan profunda que pasó la noche sin dormir; y desde aquel momento mi ministerio fue reconocido por Dios como no lo había sido desde hacía algún tiempo.

Algunos meses más tarde atravesé un tiempo de gran prueba y dolor: la muerte de un hijo amado, el envío a casa de otros tres, y el tiempo más penoso que nuestra amada Misión haya jamás pasado en China, con innumerables dificultades y perplejidades; pero fue también un tiempo de gozo y descanso espirituales acrecentados, y de experimentar que mi Salvador era suficiente para toda emergencia. En Tientsin habían sido masacrados las Hermanas de la Caridad, los sacerdotes franceses y el cónsul, y en todas nuestras estaciones del interior había agitación y peligro. Casi a diario recibía cartas de algún grupo de obreros que pedían dirección, sin saber si quedarse o abandonar la estación, pues por el momento la obra era imposible. Yo no sabía qué aconsejar, pero en cada caso, como Ezequías, extendía las cartas delante del Señor y confiaba en que Él me enseñara cómo responderles. No hubo ninguna revelación consciente, pero en cada instancia fui guiado a responder de la manera que condujo a los mejores resultados, y enviaba cada carta en la gozosa paz de saber que había pedido, y que Él había concedido, la sabiduría que aprovecha para dirigir. Justo en esta crisis, mi querida primera esposa sufrió un ataque de cólera, del cual se recuperó con dificultad; nació un pequeñito que solo vivió una quincena, pues no se podía conseguir nodriza en aquel tiempo de agitación. Pero de nuevo el Agua Viva resultó suficiente para ella y para mí. La misma noche después del funeral del bebé, mi preciosa esposa sufrió un ataque de síncope, del cual no se recuperó del todo, y muy temprano a la mañana siguiente también ella fue llevada. Entonces comprendí por qué el Señor había hecho este pasaje tan real para mí. Siguió una enfermedad de algunas semanas y, ¡oh, cuán solitarias eran a veces las fatigosas horas cuando estaba confinado a mi lecho; cómo echaba de menos a mi querida esposa, y el leve golpeteo de los pasitos de los niños allá lejos en Inglaterra! Quizá veinte veces al día, al sentir que la sed del corazón volvía de nuevo, clamaba al Señor: «Tú me prometiste que jamás tendría sed», y al instante el Señor venía y más que satisfacía mi corazón afligido, de modo que a menudo me preguntaba si no sería posible que mi ser amada, que había sido llevada, estuviese gozando de una revelación más plena de su presencia que yo en la soledad de mi aposento. Él había cumplido literalmente la oración—

«Señor Jesús, hazte para mí
una realidad viva y luminosa;
más presente a la aguda visión de la fe
que cualquier objeto terrenal que se ve;
más querido, más íntimamente cercano
que aun el más dulce lazo humano.»
Escritura en este sermón Juan 4:14

Dominio público. Texto original de la edición original.