Texto
Isaías 63:1
En breve
“¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos?” Evans toma la visión de Isaías del conquistador solitario que vuelve rojo de la batalla y la lee como Cristo que regresa del Calvario, habiendo pisado el lagar él solo. Un sermón de una sola imagen colosal, sostenida en alto hasta que la cruz aparece como la victoria que realmente es.
“¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado. Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien sustentase; y me salvó mi brazo, y me sostuvo mi ira. Y con mi ira hollé los pueblos, y los embriagué en mi furor, y derramé en tierra su sangre.”
ESTE pasaje es uno de los más sublimes de la Biblia. No es más majestuosa ni sobrecogedora la voz de Dios que sale de la zarza ardiente. Representa a “el autor de nuestra salvación”, dejado solo en el ardor de la batalla, marchando victorioso por entre las columnas quebradas del enemigo, rompiendo las barras, llevándose las puertas de bronce y librando por conquista a los cautivos del pecado y de la muerte. Determinemos primero los sucesos a los que se refiere nuestro texto, y expliquemos luego brevemente las preguntas y respuestas que contiene.
I. Tenemos aquí una victoria maravillosa, obtenida por Cristo en la ciudad de Bosra, en la tierra de Edom. Nuestra primera indagación tiene que ver con el tiempo y el lugar de aquella hazaña.
Algunas de las profecías son literales, y otras figuradas. Algunas ya se han cumplido, y otras están cumpliéndose día tras día. Acerca de esta profecía, los teólogos no concuerdan. Unos piensan que es una descripción del conflicto y la victoria de Cristo, fuera de las puertas de Jerusalén, hace dieciocho siglos; otros la entienden como referida a la gran batalla de Armagedón, predicha en el Apocalipsis, y que aún ha de consumarse antes del fin del mundo.
No estoy dispuesto a pasar de largo el monte Calvario y el sepulcro nuevo de José camino del campo de Armagedón; ni tampoco estoy dispuesto a detenerme en la escena de la crucifixión y la ascensión sin seguir adelante hasta la conquista final del enemigo. Creo que la inspiración divina ha incluido ambos sucesos en el texto: la victoria ya ganada en el Calvario, y la victoria que aún ha de alcanzarse en Armagedón; la victoria consumada de la pasión del Mesías, y la victoria progresiva de su evangelio y de su gracia.
La principal dificultad para entender algunas partes de la palabra de Dios proviene de las palabras no traducidas, muchas de las cuales se hallan tanto en nuestra propia versión como en la de nuestros vecinos ingleses. Por ejemplo, en Mat. 2:23 se dice: “Y vino y habitó en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta: Será llamado nazareno.” ¿Dónde predicen los profetas que Cristo será llamado nazareno? En ninguna parte. Cuando los nombres propios se traducen, la dificultad se desvanece: “Y vino y habitó en una ciudad llamada plantación, para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta: Será llamado el Renuevo.” Este nombre se lo dan Isaías, Jeremías y Zacarías. Pues bien, esta es precisamente la dificultad que se presenta en nuestro texto, y la traducción de los términos deshace el nudo: “¿Quién es éste que viene de Edom” —tierra roja— “con vestidos rojos de Bosra” —tribulación?
La primera parte del texto se refiere a la victoria del Calvario; la segunda parte anticipa la batalla y el triunfo de Armagedón, mencionado en Ap. 16:16. La victoria del Calvario se consuma en la mañana del tercer día después de la crucifixión. El Conquistador sube de la tierra, exclamando: “He pisado yo solo el lagar en el Calvario; y los pisaré con mi ira, y los embriagaré en mi furor, en la batalla de Armagedón. Alcanzaré y destruiré a la bestia, y al falso profeta, y a aquella serpiente antigua, el diablo, con todas sus huestes.”
Cuando cambió el curso de la batalla en el campo de Waterloo, el duque de Wellington montó su caballo y persiguió al enemigo vencido. Así el Conquistador de Isaías, habiendo derrotado a las potestades del infierno en el Calvario, las persigue y las destruye en el campo de Armagedón. Aquí se le representa como un héroe a pie, un príncipe sin ejército; pero Juan, el revelador, lo vio cabalgando sobre un caballo blanco, seguido por los ejércitos del cielo, todos sobre caballos blancos, y sin un solo soldado de a pie entre ellos.
La victoria del Calvario es como la sangre de la expiación en el santuario. Los querubines miraban, unos hacia un lado y otros hacia el otro, pero todos miraban la sangre expiatoria. Así, todos los grandes acontecimientos del tiempo —todas las pruebas y los triunfos del pueblo de Dios—, los que sucedieron antes, los que han sucedido desde entonces y los que aún han de suceder, todos miran hacia la lucha de Getsemaní, el conflicto del Gólgota y el triunfo del Olivar. La salida de Egipto y el regreso de Babilonia miraban hacia la cruz de Cristo; y la fe del varón perfecto de Uz se sostenía en un Redentor resucitado. Los mártires cristianos vencieron por la sangre del Cordero, y todas sus victorias fueron en virtud de una sola gran hazaña. El sepulcro de Jesús es la cuna de la inmortalidad de su pueblo, y el poder que lo levantó de los muertos abrirá los sepulcros de todos sus santos. “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. Despertad y cantad, moradores del polvo, porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos.”
Cristo se ofreció a sí mismo en sacrificio por nosotros, y bebió en nuestro lugar la copa de la justa indignación de Dios. Fue pisado por la justicia del Todopoderoso, como un racimo de uvas, en el lagar de la ley, hasta que los vasos de misericordia rebosaron con el vino de la paz y del perdón, que ha hecho a millares de espíritus contritos y humildes “alegrarse con gozo inefable y glorioso”. Padeció por nosotros, para que nosotros triunfáramos con él. Pero nuestro texto lo describe como rey y como conquistador. Era, a la vez, la víctima que moría y el vencedor inmortal. En “el poder de una vida indestructible”, estaba de pie junto al altar mientras ardía el sacrificio. Estaba vivo en sus vestiduras sacerdotales, con su incensario de oro en la mano. Estaba vivo en su gloria de rey, con su espada y su cetro en la mano. Estaba vivo en su poderío conquistador, y había acabado con el pecado, y herido la cabeza de la serpiente, y despojado a los principados y a las potestades del infierno, y arrojado a las huestes vencidas del príncipe de las tinieblas al lagar de la ira del Dios Todopoderoso. Entonces, en la mañana del tercer día, cuando resucitó de los muertos y los exhibió públicamente, ¡comenzó con poder el año del jubileo!
Después que los profetas de la antigüedad hubieron contemplado largamente, a través de las brumas del porvenir, los padecimientos de Cristo y la gloria que vendría después, un grupo de ellos se reunió en la cumbre del Calvario. Vieron subir por la colina una hueste de enemigos, dispuestos para la batalla y terribilísimos en su aspecto. En el centro de la línea estaba la ley de Dios, ardiente y sobremanera amplia, que obra ira. En el ala derecha estaba Beelzebú con sus tropas de infernales; y en la izquierda, Caifás con sus sacerdotes judíos, y Pilato con sus soldados romanos. La retaguardia la cerraba la Muerte, el postrer enemigo. Cuando los santos videntes divisaron este ejército y advirtieron que se acercaba, retrocedieron y se dispusieron a huir. Al mirar en derredor, vieron al Hijo de Dios avanzando con paso intrépido, con el rostro fijo en la banda hostil. “¿Ves el peligro que tienes delante?”, dijo uno de los hombres de Dios. “Los pisaré con mi ira”, respondió él, “y los hollaré con mi furor.” “¿Quién eres tú?”, dijo el profeta; y él respondió: “Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar.” “¿Te atreverás a ir solo a la batalla?”, preguntó el vidente. El Hijo de Dios respondió: “Miré, y no había quien ayudara; y me maravillé de que no hubiera quien sustentase; por tanto, mi propio brazo me traerá salvación, y mi furor me sostendrá.” “¿Por dónde comenzarás tu ataque?”, inquirió el profeta angustiado. “Saldré primero al encuentro de la Ley”, respondió él, “y pasaré bajo su maldición; porque he aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. Cuando haya vencido en el centro de la línea, las banderas se volverán a mi favor.” Dicho esto, avanzó. Al instante se oyeron los truenos del Sinaí, y toda la banda de profetas tembló de terror. Pero él siguió adelante, impávido, en medio de los relámpagos fulgurantes. Por un momento quedó oculto a la vista, y el estandarte de la ira ondeó arriba en triunfo. De súbito cambió la escena. Un torrente de sangre brotó de su costado herido y apagó todos los fuegos del Sinaí. Se vio ahora desplegada la bandera de la paz, y la consternación llenó las filas de sus enemigos. Entonces aplastó, con su calcañar herido, la cabeza de la antigua serpiente, y puso en fuga a todas las potestades infernales. Con su vara de hierro deshizo, como a vaso de alfarero, a los enemigos del ala izquierda. Quedaba aún la Muerte, que se creía invencible por haber triunfado hasta entonces sobre todos. Se adelantó blandiendo su aguijón, que había afilado sobre las tablas de piedra del Sinaí. Lo lanzó contra el Conquistador, pero se dobló y quedó colgando como el flexible látigo de un azote. Consternada, se retiró al sepulcro, su palacio, adonde la persiguió el Conquistador. En un rincón oscuro de su guarida, se sentó sobre su trono de calaveras carcomidas y llamó a los gusanos, sus aliados hasta entonces fieles, para que le ayudaran en el conflicto; pero ellos respondieron: “¡Su carne no verá corrupción!” El cetro cayó de su mano. El Conquistador lo prendió, lo ató y lo condenó al lago de fuego; y luego se levantó del sepulcro, seguido de una banda de cautivos liberados, que salieron después de su resurrección para ser testigos de la victoria que él había alcanzado.
Juan, en el Apocalipsis, no miró tan atrás como al pisar de este lagar; pero Juan lo vio sobre su caballo blanco, ornado con sus muchas coronas, sus ojos como llamas de fuego, una espada de dos filos en la mano, al frente de los ejércitos del cielo, saliendo venciendo, y para vencer. Este es el cumplimiento de su declaración en nuestro texto: “Porque los pisaré con mi ira, y los hollaré con mi furor.” Este es el comienzo del jubileo, la batalla de Armagedón, en la cual toda la idolatría y la superstición paganas serán derribadas, y la bestia y el falso profeta serán vencidos, y el diablo y sus legiones serán hechos prisioneros por Emanuel y encerrados en el abismo. El que ha vencido en el Calvario a los principados y a las potestades no dejará el campo hasta poner a todos sus enemigos por estrado de sus pies y regir con su cetro sobre un universo sometido. Habiendo enviado el evangelio desde Jerusalén, lo acompaña con la gracia de su Espíritu Santo; y no volverá a él vacío, sino que cumplirá lo que él desea, y será prosperado en aquello para lo cual lo envió.
La victoria de Armagedón se obtiene en virtud de la victoria del Calvario. No es sino la consumación de la misma gloriosa campaña; y el primer golpe decisivo asestado al príncipe de las tinieblas es un seguro anuncio de la conquista final. “¡Volveré a encontrarte en Filipos!”, dijo el espectro de Julio César a Bruto. “¡Volveré a encontrarte en Armagedón!”, dice el Hijo de Dios a Satanás en el Calvario: “Te encontraré en el combate entre el bien y el mal, entre la gracia y la depravación, en el corazón de cada creyente; en la contienda de la Verdad divina con los errores humanos, de la religión de Dios con las supersticiones de los hombres; en cada sermón, cada avivamiento, cada empresa misionera; en la difusión y la gloria del evangelio en los últimos días te encontraré; ¡y el calcañar que ahora has herido aplastará tu cabeza para siempre!”
La liberación del hombre viene de Dios. El hombre no tenía ni la inclinación ni el poder. Su salvación nació del Amor divino, y brotó como un océano de las fuentes de la eternidad. Satanás, como león voraz, había arrebatado la presa y corría hacia su guarida con la oveja sangrante en la boca; pero el Pastor de Israel lo persigue, lo alcanza y lo despedaza como si fuera un cabrito. La declaración de guerra se hizo en el Edén: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Y se cumplirá. La liga con el infierno y el pacto con la muerte no prevalecerán. La rebelión será sofocada, la conspiración será deshecha, y el hombre fuerte armado entregará la ciudadela a otro más fuerte. Las obras del diablo serán destruidas, y la presa será arrebatada de los dientes del terrible. La casa de David se irá fortaleciendo cada vez más, y la casa de Saúl se irá debilitando cada vez más, hasta que los reinos de este mundo vengan a ser el reino de nuestro Dios y de su Cristo, y Satanás sea atado con cadenas de tinieblas y arrojado al lago de fuego. Todos los enemigos de Sion serán vencidos, y el favor perdido de Dios será recobrado, y el territorio perdido de la paz, la santidad y la inmortalidad será restaurado al hombre.
Esta campaña se lleva a cabo a expensas del gobierno del cielo. El tesoro es inagotable; las armas son irresistibles; por tanto, la victoria es segura. El Rey Todopoderoso ha descendido; ha tomado la ciudad de Bosra; ha regido con su cetro sobre Edom; se ha levantado victorioso y ha subido con júbilo, como caudillo de todo el ejército. Esto no es sino la prenda y las arras de sus futuras hazañas. En la batalla de Armagedón saldrá como gigante; como hombre de guerra despertará celo; y prevalecerá contra sus enemigos. Serán vueltos atrás; serán en extremo avergonzados los que confían en ídolos, los que dicen a las imágenes de fundición: “¡Vosotros sois nuestros dioses!” Entonces abrirá los ojos de los ciegos, y sacará de la cárcel a los presos, y de la casa de prisión a los que moran en tinieblas. Desnudará su santo brazo; mostrará la espada en aquella mano que estuvo oculta bajo el manto escarlata; manifestará su poder en la destrucción de sus enemigos y en la salvación de su pueblo. Tan ciertamente como ha derramado su sangre en el Calvario, así manchará todas sus ropas con la sangre de sus enemigos en el campo de Armagedón. Tan ciertamente como ha apurado la copa de la ira y recibido el bautismo del padecimiento en el Calvario, así empuñará la vara de hierro de la justicia y regirá el cetro de oro de la misericordia en el campo de Armagedón. Ya está desenvainada la espada, ya está asestado el golpe decisivo, ya está partido el yelmo de Apolión, y rotas las ataduras de la iniquidad. Ya está encendido el fuego, y todas las potestades del infierno no pueden apagarlo. Ha caído del cielo; consume el campamento del enemigo; inflama los corazones de los hombres; renueva la tierra y limpia la maldición. “La estrella resplandeciente de la mañana” se ha levantado sobre el Calvario; y pronto “el Sol de justicia” brillará sobre el campo de Armagedón; y las tinieblas que cubren la tierra, y la oscuridad que cubre a los pueblos, se disiparán; y el mahometismo, el paganismo y el papismo, con su príncipe, el diablo, buscarán refugio en el abismo.
Después de una batalla, ansiamos saber quién ha muerto, quién está herido y quién falta en las filas. En el combate del Mesías con Satanás y sus aliados en el Calvario, el calcañar del Mesías fue herido, pero Satanás y sus aliados recibieron una herida mortal en la cabeza. La cabeza denota sabiduría, astucia, poder, gobierno. El diablo, el pecado y la muerte han perdido su dominio sobre el creyente en Cristo desde la hazaña del Calvario. Ya no hay condenación, ni temor del infierno. Pero la serpiente, aunque tiene herida la cabeza, todavía puede mover la cola y atemorizar a los de poca fe. Con todo, no puede durar mucho. La herida es mortal, y el triunfo es seguro. En el Calvario, la cabeza del dragón fue aplastada por el autor de nuestra salvación; después de la batalla de Armagedón, ¡su cola no se agitará más!
No hay licencia en esta guerra. El que se alista bajo el estandarte de la cruz ha de permanecer fiel hasta la muerte, y no ha de deponer sus armas hasta que la muerte sea sorbida en victoria. Entonces todo vencedor llevará la imagen del celestial, y llevará la corona en lugar de la cruz, y la palma en lugar de la lanza. Fortalezcámonos en el Señor y en el poder de su fuerza, para que podamos resistir en el día malo; y, terminada toda la guerra, seamos hallados aceptos en el Amado, para reinar con él por los siglos de los siglos.
II. Nos resta explicar, muy brevemente, el glorioso coloquio del texto: las preguntas de la iglesia y las respuestas del Mesías.
¡Cuán grande fue el asombro y el gozo de María cuando halló al Maestro junto al sepulcro, vestido de inmortalidad, allí donde pensaba encontrarlo amortajado en la muerte! ¡Cuán inefable fue el asombro y el arrobamiento de los discípulos cuando su Señor, a quien tan poco antes habían sepultado, entró en la casa donde estaban reunidos y dijo: “¡Paz a vosotros!”! Tales son los sentimientos que la iglesia expresa, según se la representa, en este sublime coloquio con el autor de su salvación. Él ha viajado a la tierra de la tribulación; ha descendido al polvo de la muerte; pero he aquí que vuelve como conquistador, con el cetro de oro del amor en la mano izquierda, la vara de hierro de la justicia en la derecha, y sobre su cabeza una corona de muchas estrellas. La iglesia lo contempla con gran asombro y deleite. Poco antes lo había seguido, llorando, hasta la cruz, y había gemido sobre su cuerpo en el sepulcro; pero ahora lo contempla verdaderamente resucitado, habiendo destruido la muerte y a aquel que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo. Sale a su encuentro con cánticos de regocijo, como las hijas de Israel salieron a recibir a David cuando volvió del valle con la cabeza del gigante en la mano y la sangre corriéndole por las ropas. El coro de la iglesia se divide en dos bandas, que se cantan la una a la otra en estrofas alternas. La división de la derecha comienza el glorioso coloquio: “¿Quién es éste que viene de Edom?”, y la izquierda toma la pregunta y la repite con una variación: “¿de Bosra, con vestidos rojos?” “¿Éste hermoso en su vestido?”, prosigue la compañía de la derecha, “¿hermoso a pesar de las tribulaciones que ha padecido?” “¿Que marcha en la grandeza de su poder?”, responde la izquierda, “¿poder bastante para descorrer los cerrojos de las puertas del sepulcro y libertar a los cautivos de la corrupción?” El celestial Conquistador se detiene, y dirige a la compañía de las hijas de Sion una mirada de infinita benignidad; y con una voz de melodía angélica, y de majestad más que angélica, responde: “¡Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar!” Ahora estalla de nuevo el canto, como el estruendo de muchas aguas, desde la derecha: “¿Por qué es rojo tu vestido?”, y la respuesta vuelve retumbando en trueno melodioso desde la izquierda: “¿y tus ropas como del que ha pisado en lagar?” El héroe divino responde: “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo. Aun Pedro me ha dejado, con todo su valor y su afecto; y en cuanto a Juan, hablar de amor es todo lo que puede hacer. He triunfado sobre los principados y las potestades. Estoy herido, pero ellos están vencidos. ¡Mirad la sangre que he perdido! ¡Mirad los despojos que he ganado! Ahora montaré mi caballo blanco, y perseguiré a Satanás, y demoleré su reino, y lo enviaré de vuelta a la tierra de las tinieblas con cadenas eternas, y todos sus aliados serán desterrados con él para siempre. Mi propio brazo, que ha ganado la victoria en el Calvario y ha traído salvación a todo mi pueblo desde el sepulcro, es aún bastante fuerte para empuñar el cetro de oro del amor y quebrantar a mis enemigos en el campo de Armagedón. Destruiré las obras del diablo, y demoleré todas sus huestes; las desmenuzaré como a vaso de alfarero. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado. Mi compasión se conmueve por los cautivos del pecado y de la muerte; mi furor se enciende contra los tiranos que los oprimen. Es tiempo de que yo abra las prisiones y rompa los grillos. He de reunir a mi pueblo conmigo. He de buscar lo que se había perdido, y hacer volver lo que había sido descarriado. He de vendar lo quebrado, y fortalecer lo débil; mas destruiré lo gordo y lo fuerte; los apacentaré con juicio; los pisaré con mi ira, y los hollaré con mi furor, y abatiré su fuerza a la tierra, y mancharé todas mis ropas con su sangre!”
¡Huyamos de la ira venidera! ¡He aquí que el sol se ha levantado en lo alto en el día de la venganza! ¡No seamos hallados entre los enemigos del Mesías, no sea que caigamos como sacrificio a su justa indignación en el campo de Armagedón! ¡Escapemos por nuestras vidas, porque la tempestad de fuego de su ira arderá hasta lo más profundo del infierno! ¡Oremos por gracia para asirnos de la salvación de sus redimidos! Es una salvación gratuita, plena, perfecta, gloriosa y eterna. ¡Volved, desterrados rescatados de la dicha, volved a vuestra heredad perdida! Ahora es el año del jubileo. ¡Venid a Jesús, para que vuestras deudas sean canceladas, vuestros pecados perdonados y vuestras personas justificadas! ¡Venid, porque el Conquistador de vuestros enemigos está en el trono! ¡Venid, porque suenan las trompetas de la misericordia! ¡Venid, porque todo está ya preparado!
Dominio público. Texto original de la edición original.