Texto
Mateo 28:6
En breve
“No está aquí, pues ha resucitado.” Evans se detiene ante el sepulcro vacío e insiste en lo que este prueba — que el rescate fue aceptado, que la muerte es un enemigo vencido, y que el sepulcro de todo creyente es ahora solo un lugar donde una vez yació el Señor. La invitación del ángel, “Venid, ved el lugar,” se convierte en el estribillo de todo el sermón.
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
EL célebre Jonathan Edwards, de América, comienza su Historia de la Redención con el relato de la visita del Señor a Adán y Eva al aire del día en el Edén. Todas las obras maravillosas de Dios para con los hijos de los hombres, desde que fue prometida la simiente de la mujer que había de herir la cabeza de la serpiente, han de considerarse como otras tantas partes de la misma gran maquinaria de la providencia, cuyas ruedas, como las de la visión de Ezequiel, se mueven todas en majestuosa armonía, aunque sus mil revoluciones nos parezcan discordantes y confusas. El designio principal de todas las manifestaciones divinas registradas en el Antiguo Testamento fue preparar el camino para la aparición del Redentor sobre la tierra. Jehová permitió muchas veces que su pueblo estuviera en gran angustia y perplejidad; alargó la cadena de Satanás y de sus ángeles, consintió un éxito parcial de sus planes infernales, y les permitió prevalecer por un tiempo contra su pueblo y ensoberbecerse de su poder y de su astucia, a fin de hacer más señalada su derrota y reunir para sí mayor gloria de su caída final. Durante el combate, la victoria parecía muchas veces estar del lado del enemigo; pero cuando se disipaba el humo de la batalla, se veía la columna de Dios sobre el campamento de Israel. Si su pueblo es sitiado entre Pi-hahirot y Baal-zefón, él levanta el cerco dividiendo el mar y abriendo un camino por el abismo, mientras las aguas se alzan como un muro sólido a la derecha y a la izquierda, y se vuelven en ruina sobre el enemigo que los persigue. Si un ejército viene a prender a Eliseo en el Carmelo, el monte se cubre de guerreros celestiales, y los cielos alrededor rebosan de gente de a caballo y de carros de fuego, y los enemigos son heridos con ceguera y llevados cautivos por el profeta. Si Goliat de Gat desafía al campamento de Israel, rugiendo como un león hasta que el valle resuena con su voz, un pastorcillo sale con su honda, y el jactancioso blasfemo es derribado en tierra y muerto con su propia espada. Si los adoradores del Dios verdadero son echados en el horno de fuego, o en el foso de los leones, para mostrar el poder y satisfacer el orgullo de un tirano infame, hay entre ellos uno “semejante al Hijo del Hombre,” y la violencia del fuego es apagada, y las bocas de los leones son cerradas.
Pero cuando el Mesías fue muerto y sepultado, los enemigos de Dios se jactaron más que nunca de sus planes astutos y maliciosos. Este fue el gran combate decisivo entre el Cielo y el infierno. El enemigo se imaginó al “Autor de nuestra salvación” vencido y destruido. Pero su caída no fue derrota. Cedió aparentemente a las potestades de las tinieblas, para triunfar sobre ellas abiertamente. Se dejó tomar prisionero por la muerte, para apresar al tirano en su trono, derribar su imperio y librar a sus cautivos. Y si ninguno de sus amigos en la tierra tuvo valor para proclamar su resurrección, un predicador descendió del cielo para anunciar el gozoso hecho:—“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
¡Maravilloso mensaje, y maravilloso mensajero! En la mañana del tercer día después de su crucifixión, Jesús revivió en su sepulcro, y el estruendo del terremoto llegó hasta el cielo de los cielos, y un ángel poderoso, más veloz que la luz, descendió derecho al sepulcro nuevo en el huerto de José, y sin pedir a nadie la llave, removió al instante la piedra de la puerta, y se sentó sobre ella, e hizo de ella su púlpito, desde el cual predicó a las mujeres la doctrina de la resurrección de nuestro Señor.
Consideremos, primero, el testimonio en que se apoya este hecho, y segundo, el hecho mismo, como la base segura del cristianismo.
I. Consta por el relato del evangelista Lucas que las mujeres quedaron muy perplejas al hallar removida la piedra de la entrada del sepulcro, y ausente el cuerpo de Jesús. Entonces las saludaron dos ángeles con vestiduras resplandecientes, que dijeron;—“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo—Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. Entonces ellas se acordaron de sus palabras.”
He aquí el testimonio de dos testigos dignos de crédito, número suficiente para atestiguar la verdad de la resurrección de nuestro Señor; que no testificaron sino lo que personalmente habían presenciado y sabían ser un hecho; y que dieron su testimonio en un lenguaje sencillo e inequívoco, que difícilmente podía malentenderse.
Mientras las mujeres iban a informar a los discípulos de lo que habían visto y oído, “he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido.” ¿Y qué era lo acontecido? ¿Cuál puede ser el testimonio de estos enemigos de Cristo acerca de su resurrección? Que “un ángel, cuyo aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve, descendió del cielo, y removió la piedra de la puerta, y se sentó sobre ella;” lo cual los aterró de tal manera que “se quedaron como muertos.”
Para confirmar estos testimonios, nuestro bendito Señor mismo “se apareció a muchos después de su resurrección, los cuales eran testigos de todas las cosas que hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; y de cómo le mataron colgándole en un madero; y de cómo Dios le levantó al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano; a los discípulos, que comieron y bebieron con él después que resucitó de los muertos; a los cuales mandó que predicasen al pueblo, y testificasen que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos”—“a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.”
Aquí podemos observar que se apareció a los que mejor le conocían, y les dio pruebas satisfactorias e incontestables de su resurrección. Y se apareció, no solo a los apóstoles, sino a más de quinientos hermanos a la vez. Tenemos noticia de que se apareció en diez u once ocasiones diferentes. En estas ocasiones conversó con sus discípulos, les recordó lo que les había dicho antes de su crucifixión, les mostró sus manos y sus pies, y les rogó que tocaran y examinaran su persona, y se cercioraran de su identidad. De modo que tuvieron amplia oportunidad, y toda facilidad que pudiera desearse, para averiguar si era en verdad Jesús de Nazaret, su maestro, que poco antes había sido crucificado ante sus ojos.
Por eso los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y el Espíritu Santo corroboraba su testimonio. Nuestra fe en esta doctrina distintiva del cristianismo descansa sobre un fundamento divino. “Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios.” “Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían.” A pocas semanas de la resurrección de su Maestro, su testimonio acerca de ella fue recibido y firmemente creído por muchos miles, no en alguna parte lejana y desierta del mundo, sino en Jerusalén, donde él había sido crucificado.
Con cuánta nobleza razonó el apóstol Pedro sobre este asunto cuando dijo:—“Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.”
Tal fue la evidencia de la resurrección de nuestro Señor, que entre los que vivían en aquel tiempo, y aun entre aquellos que tan tenazmente se oponían al evangelio, parece que apenas se puso en duda. Pilato, en una carta a Tiberio, el emperador romano, dijo que Jesús, habiendo resucitado de entre los muertos, era tenido por muchos como Dios; con lo cual el Senado romano no expresó duda alguna de su resurrección, sino que debatió la cuestión de recibirle como uno de los dioses de Roma; lo cual, sin embargo, fue impedido por la Divina Providencia, para honra del cristianismo; porque aquel que es más alto que el cielo, y que el cielo de los cielos, no había de ser contado entre los ídolos mudos de la tierra.
II. Consideremos ahora el hecho de la resurrección de nuestro Señor, y su relación con las grandes verdades de nuestra santa religión.
Este, el más trascendente de los milagros, se atribuye a veces a la acción del Padre; quien, como Legislador, había arrestado y encarcelado en el sepulcro al Fiador del pecador, manifestando a la vez su benevolencia y su santidad; pero al poner en libertad al prisionero, proclamó que la deuda estaba cancelada y satisfechas las demandas de la ley. A veces se atribuye al Hijo mismo; quien tenía poder para poner su vida y para volverla a tomar; y el mérito de cuyo sacrificio le daba derecho al honor de afirmar así su dominio sobre la muerte en favor de su pueblo. Y a veces se atribuye al Espíritu Santo, como en las siguientes palabras del apóstol:—“Fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos.”
La resurrección de Cristo es prueba clara e incontestable de su Divinidad.
Él se había declarado igual a Dios el Padre, y uno con él en naturaleza y en gloria. Había dicho al pueblo que probaría la verdad de esta declaración resucitando del sepulcro tres días después de su muerte. Y cuando la mañana del tercer día comenzó a amanecer sobre el sepulcro, ¡he aquí! hubo un terremoto, y el cuerpo muerto se levantó, triunfante sobre el poder de la corrupción.
Este fue el milagro más asombroso jamás exhibido en la tierra, y su lenguaje es:—“¡Mirad, judíos perseguidores y romanos homicidas, la prueba de mi Deidad! ¡Mirad, Caifás, Herodes, Pilato, el poder y la gloria de vuestra víctima! ¡Yo soy el que vivo, y fui muerto; y he aquí que vivo por los siglos de los siglos! ¡Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana! ¡Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios, y no hay más!”
La resurrección de nuestro Señor ofrece evidencia incontrovertible de la verdad del cristianismo.
Pilato escribió el título de Cristo en tres lenguas sobre la cruz; y muchos han escrito cosas excelentes e irrefutables sobre la verdad de las Escrituras cristianas y la realidad de la religión cristiana; pero el mejor argumento que jamás se ha escrito sobre el asunto fue escrito por la mano invisible del Poder Eterno, en las rocas del sepulcro de nuestro Salvador. Esto confunde al escéptico, zanja la controversia y ofrece un fundamento amplio y seguro para todos los que creen.
Si alguno pregunta si el cristianismo es del cielo o de los hombres, le señalamos el sepulcro “cavado en una peña,” y le decimos—“¡Ahí tienes tu respuesta! Jesús fue crucificado y puesto en aquella cueva; pero en la mañana del tercer día se la halló vacía; nuestro Maestro había resucitado y salido del sepulcro victorioso.”
Esta es la columna que sostiene todo el edificio de nuestra religión; y el que intenta derribarla, como Sansón, derriba la ruina sobre sí mismo. “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados;” pero si el hecho está claramente probado, entonces el cristianismo es indudablemente verdadero, y sus discípulos están seguros.
Este es el terreno sobre el cual se afirmó el apóstol, y aseveró la divinidad de su fe:—“Además os declaro el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano; porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.”
La resurrección de Jesús es la manifestación más asombrosa del poder de Dios, y la prenda de la vida eterna para su pueblo.
El apóstol la llama “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos.” Este es un río que se desborda de sus riberas—una idea demasiado grande para el lenguaje. Mirémosla un momento.
¿Dónde hallamos “la supereminente grandeza de su poder?” ¿En la creación del mundo? ¿en las siete estrellas y el Orión? ¿en la fuerza de Behemot y Leviatán? ¡No! ¿En el diluvio? ¿en la destrucción de Sodoma por el fuego? ¿en el derrocamiento de Faraón y su ejército? ¿en arrojar a Nabucodonosor, como a Lucero, del firmamento político? ¡No! Es el poder que operó en Cristo. ¿Cuándo? ¿Cuando sanó a los enfermos? ¿cuando resucitó a los muertos? ¿cuando echó fuera demonios? ¿cuando secó la higuera estéril? ¿cuando anduvo sobre las aguas de Galilea? ¡No! Fue “resucitándole de los muertos.” Entonces el Padre puso el cetro en la mano del Hijo, y le sentó “sobre todo principado, y potestad, y potencia, y señorío, y todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, mas aun en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia.”
Esta es la fuente de nuestra vida espiritual. El mismo poder que levantó del sepulcro el cuerpo muerto de nuestro Señor vivifica el alma del creyente de la muerte en delitos y pecados. Su sepulcro abierto es una fuente de aguas vivas; de la cual, si alguno bebe, no morirá jamás. Su cuerpo resucitado y glorificado es el sol del cual fluye luz eterna sobre nuestros espíritus; la luz de la vida, que nunca puede apagarse.
Ni termina aquí la influencia de su resurrección. El que levantó de los muertos a Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales. Su resurrección es la prenda y el modelo de la nuestra. “Porque él vive, nosotros también viviremos.” “Transformará nuestro cuerpo vil, para que sea semejante a su cuerpo glorioso.” Le oímos hablar en el profeta:—“Tus muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán. Despertad y cantad, moradores del polvo; porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra echará los muertos.”
¡Cuán divinamente habla el apóstol del cuerpo de resurrección de los santos! “Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Entonces se cumplirá la palabra que está escrita—¡Sorbida es la muerte en victoria! ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Desde la caída en el Edén, el hombre nace para morir. Vive para morir. Come y bebe, duerme y despierta, para morir. La muerte, como un sombrío guerrero revestido de acero, está siempre delante de nosotros; y su sombra gigantesca se interpone continuamente entre nosotros y la felicidad. Pero Cristo “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.” Nació en Belén para morir en el Calvario. Nació bajo la ley para llevar la más terrible pena de la ley. Vivió treinta y tres años, sin pecado entre pecadores, para ofrecerse a sí mismo sobre la cruz como ofrenda por el pecado de los pecadores. Así fue “hecho obediente hasta la muerte,” para destruir el poder de la muerte; y en la tercera mañana, un ángel poderoso, removiendo la piedra de la entrada del sepulcro, hace de la misma puerta del castillo de la Muerte el trono desde el cual proclama “la resurrección y la vida.”
El Héroe de nuestra salvación viajó al dominio de la Muerte, tomó posesión de todo el territorio en nuestro favor, y, volviendo cargado de despojos, ascendió al cielo de los cielos. Fue al palacio, apresó al tirano y le arrebató el cetro. Descendió a la cárcel, quitó los grillos a los cautivos; y cuando subió de nuevo, dejó abierta la puerta de cada celda, para que ellos le siguieran. Ha pasado a nuestra herencia prometida, y su gloria ilumina los montes de la inmortalidad; y por el telescopio que nos ha legado, vemos “la tierra que está lejos.”
Recuerdo haber leído en los escritos de Flavel este pensamiento—que las almas en el paraíso esperan con intenso deseo la reanimación de sus cuerpos muertos, para ser unidas a ellos en dicha para siempre. ¡Oh, qué arrobamiento habrá entre los santos cuando aquellos frágiles barcos, de los cuales escaparon con tal lucha al irse a pique en el abismo de la muerte, vengan flotando, con la pleamar de la resurrección, al puerto de la inmortalidad! ¡Cuán gloriosa la reunión, cuando las semillas de la aflicción y de la muerte queden atrás en el sepulcro! ¡Jacob ya no cojo, ni Moisés tardo en el habla, ni Lázaro cubierto de llagas, ni Pablo atribulado por un aguijón en la carne!
“Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.” La gloria del cuerpo de Cristo está muy por encima de nuestra concepción presente. Cuando se transfiguró en el Tabor, su rostro resplandeció como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Este es el dechado mostrado a su pueblo en el monte. Este es el modelo conforme al cual serán formados los cuerpos de los creyentes en la resurrección. “Los que son sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que a muchos enseñan la justicia, como las estrellas a perpetua eternidad.”
En conclusión:—El ángel dijo a las mujeres—“Id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis; he aquí, os lo he dicho. Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos.”
¡Hermanos! ¡seguidores de Jesús! ¡sed también vosotros predicadores de un Salvador resucitado! ¡Id pronto—no hay tiempo que perder—y publicad las buenas nuevas a los pecadores! ¡Decidles que Cristo murió por sus pecados, y resucitó para su justificación, y ascendió a la diestra del Padre para hacer intercesión por ellos, y que ahora puede salvar perpetuamente a todos los que por él se acercan a Dios!
¡Y vosotros, hombres impenitentes e incrédulos! ¡oíd este bendito mensaje de salvación! ¿Pensáis abrazar alguna vez la misericordia que os ofrece el evangelio? ¡Daos prisa! ¡La dilación es la ruina! ¡Ahora es el tiempo aceptable! ¡Oh, huid al trono de la gracia! El tiempo se apresura; ¡pronto seréis tragados por la eternidad! ¡Tenga el Señor misericordia de vosotros, y os despierte de vuestra indiferencia y pereza! Es mi deleite invitaros a Cristo; pero siento más placer y más confianza al orar por vosotros a Dios. Os he rogado y suplicado con todo argumento y todo motivo que estaba a mi alcance; pero aún estáis en vuestros pecados, y os precipitáis hacia el infierno. Con todo, no os abandonaré a la desesperación. Si no puedo persuadiros a huir de la ira venidera, intercederé ante Dios para que tenga misericordia de vosotros por amor de su Hijo amado. ¡Si no puedo prevalecer en el púlpito, procuraré prevalecer ante el trono!
Dominio público. Texto original de la edición original.