Sermón · 23 min de lectura· 1733 · Avanzada

La circuncisión del corazón

Retrato de John Wesley John Wesley

Texto

Romanos 2:29

En breve

El sermón universitario más temprano de Wesley, y uno que nunca repudió: la verdadera religión no es la marca exterior, sino el corazón circuncidado: humildad, fe, esperanza y amor. Los recorre uno por uno y concluye con el amor que cumple la ley. Predicado en Oxford cinco años antes de Aldersgate, y sin embargo ya resuena en él la nota de toda su vida: la santidad del corazón.

“La circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en la letra.”

1. Es la melancólica observación de un hombre excelente que quien hoy predica los deberes más esenciales del cristianismo corre el riesgo de ser tenido, por gran parte de sus oyentes, por “un pregonero de nuevas doctrinas”. La mayoría de los hombres han disipado de tal modo la sustancia de aquella religión cuya profesión aún conservan, que, apenas se proponen algunas de aquellas verdades que distinguen el Espíritu de Cristo del espíritu del mundo, exclaman: “Traes a nuestros oídos cosas extrañas; queremos saber qué quiere decir esto”; aunque solo les está predicando “a Jesús y la resurrección”, con la consecuencia necesaria de ello: si Cristo ha resucitado, entonces debéis morir al mundo y vivir enteramente para Dios.

2. Dura palabra es esta para el hombre natural, que está vivo para el mundo y muerto para Dios; y no se le persuadirá fácilmente a recibirla como verdad de Dios, a menos que se la matice en su interpretación hasta dejarla sin utilidad ni sentido alguno. Él “no percibe las cosas del Espíritu de Dios”, tomadas en su sentido llano y evidente; “para él son locura”, y en verdad “no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”; solo se perciben mediante aquel sentido espiritual que en él jamás fue despertado, por cuya falta ha de rechazar, como vanas fantasías de los hombres, lo que es a la vez la sabiduría y el poder de Dios.

3. Que “la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en la letra”; que la marca distintiva del verdadero seguidor de Cristo, del que se halla en estado de aceptación delante de Dios, no es ni la circuncisión exterior, ni el bautismo, ni ninguna otra forma externa, sino un recto estado del alma, una mente y un espíritu renovados conforme a la imagen del que los creó; es una de aquellas verdades importantes que solo pueden discernirse espiritualmente. Y esto mismo insinúa el Apóstol en las palabras siguientes: “la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios”. Como si dijera: “No esperes, quienquiera que seas, tú que así sigues a tu gran Maestro, que el mundo, los que no le siguen, te digan: ‘¡Bien, buen siervo y fiel!’. Sabe que la circuncisión del corazón, el sello de tu llamamiento, es locura para el mundo. Conténtate con aguardar tu aplauso hasta el día de la venida de tu Señor. En aquel día tendrás la alabanza de Dios, en la gran asamblea de los hombres y los ángeles”.

Me propongo, primero, indagar en particular en qué consiste esta circuncisión del corazón; y, segundo, mencionar algunas reflexiones que naturalmente surgen de tal indagación.

I. 1. He de indagar, primero, en qué consiste aquella circuncisión del corazón que recibirá la alabanza de Dios. En general podemos observar que es aquella disposición habitual del alma que, en las Sagradas Escrituras, se llama santidad; y que implica directamente el ser limpiados del pecado, “de toda contaminación de carne y de espíritu”; y, por consiguiente, el ser dotados de aquellas virtudes que hubo también en Cristo Jesús; el ser de tal modo “renovados en el espíritu de nuestra mente” que seamos “perfectos, como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto”.

2. Para ser más precisos: la circuncisión del corazón implica humildad, fe, esperanza y amor. La humildad, un recto juicio de nosotros mismos, limpia nuestra mente de aquellas altas presunciones sobre nuestra propia perfección, de aquella opinión indebida sobre nuestras propias capacidades y logros, que son el genuino fruto de una naturaleza corrompida. Esto corta enteramente aquel vano pensamiento: “Yo soy rico, y sabio, y de ninguna cosa tengo necesidad”; y nos convence de que por naturaleza somos desventurados, y pobres, y miserables, y ciegos, y desnudos. “Nos convence de que, en nuestro mejor estado, no somos de nosotros mismos sino puro pecado y vanidad; de que la confusión, la ignorancia y el error reinan sobre nuestro entendimiento; de que pasiones insensatas, terrenales, sensuales y diabólicas usurpan el dominio sobre nuestra voluntad; en una palabra, de que no hay parte sana en nuestra alma, de que todos los cimientos de nuestra naturaleza están fuera de quicio.”

3. Al mismo tiempo nos convencemos de que no somos competentes por nosotros mismos para socorrernos a nosotros mismos; de que, sin el Espíritu de Dios, no podemos sino añadir pecado a pecado; de que él solo es quien obra en nosotros por su todopoderosa fuerza, así el querer como el hacer lo bueno; siéndonos tan imposible aun pensar un buen pensamiento, sin la asistencia sobrenatural de su Espíritu, como crearnos a nosotros mismos, o renovar nuestras almas enteras en justicia y verdadera santidad.

4. Un efecto seguro de haber formado este recto juicio sobre la pecaminosidad y el desamparo de nuestra naturaleza es el menosprecio de aquella “honra que viene de los hombres”, que suele rendirse a alguna supuesta excelencia nuestra. El que se conoce a sí mismo ni desea ni estima el aplauso que sabe no merecer. Por eso “muy poco tiene el ser juzgado por tribunal humano”. Tiene toda razón para pensar, comparando lo que este ha dicho, sea en su favor o en su contra, con lo que siente en su propio pecho, que el mundo, así como el dios de este mundo, fue “mentiroso desde el principio”. Y aun en cuanto a los que no son del mundo, aunque escogería, si tal fuese la voluntad de Dios, que le tuviesen por uno deseoso de ser hallado fiel mayordomo de los bienes de su Señor, por si acaso esto fuera medio de habilitarle para ser de más provecho a sus consiervos, con todo, siendo este el único fin de su deseo de la aprobación de ellos, en modo alguno descansa en ella; porque está seguro de que, cuanto Dios quiere, nunca le faltarán instrumentos para cumplirlo, pues aun de estas piedras es poderoso para levantar siervos que hagan su voluntad.

5. Esta es aquella humildad de mente que han aprendido de Cristo los que siguen su ejemplo y andan en sus pisadas. Y este conocimiento de su enfermedad, por el cual son limpiados cada vez más de una parte de ella, el orgullo y la vanidad, los dispone a abrazar, de buen grado, la segunda cosa que implica la circuncisión del corazón: aquella fe que es la única capaz de sanarlos, que es la única medicina dada debajo del cielo para curar su dolencia.

6. El mejor guía de los ciegos, la luz más segura de los que están en tinieblas, el más perfecto instructor de los insensatos, es la fe. Mas ha de ser una fe tal que sea “poderosa en Dios para la destrucción de fortalezas”, para el derribo de todos los prejuicios de la razón corrompida, de todas las falsas máximas veneradas entre los hombres, de todas las malas costumbres y hábitos, de toda aquella “sabiduría de este mundo que es insensatez para con Dios”; una fe que va “derribando argumentos”, razonamientos, “y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”.

7. “Al que cree, todo le es posible.” Alumbrados “los ojos de su entendimiento”, ve cuál es su llamamiento: glorificar a Dios, que lo compró por tan alto precio, en su cuerpo y en su espíritu, los cuales ahora son de Dios por redención, tanto como por creación. Siente cuál es “la supereminente grandeza de este poder” del que, así como levantó a Cristo de los muertos, es también poderoso para vivificarnos a nosotros, muertos en el pecado, “por su Espíritu que mora en nosotros”. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”; aquella fe que no es solo un inquebrantable asentimiento a todo cuanto Dios ha revelado en la Escritura, y en particular a aquellas verdades importantes: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”; “él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”; “él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”; sino también la revelación de Cristo en nuestro corazón; una evidencia o convicción divina de su amor, su amor libre e inmerecido para conmigo, pecador; una segura confianza en su misericordia que perdona, obrada en nosotros por el Espíritu Santo; una confianza por la cual todo verdadero creyente es habilitado para dar testimonio: “Yo sé que mi Redentor vive”, que tengo un “abogado para con el Padre”, y que “Jesucristo el justo” es mi Señor, y “la propiciación por mis pecados”; sé que me “amó y se entregó a sí mismo por mí”; me ha reconciliado, aun a mí, con Dios; y tengo “redención por su sangre, el perdón de los pecados”.

8. Una fe como esta no puede menos que mostrar con evidencia el poder de Aquel que la inspira, librando a sus hijos del yugo del pecado y “limpiando sus conciencias de obras muertas”; fortaleciéndolos de tal modo que ya no se ven forzados a obedecer al pecado en sus concupiscencias; sino que, en vez de presentar sus miembros a él como “instrumentos de iniquidad”, ahora “se presentan a sí mismos” enteramente “a Dios, como vivos de entre los muertos”.

9. Los que así, por la fe, son nacidos de Dios, tienen también fuerte consolación por medio de la esperanza. Esta es la siguiente cosa que implica la circuncisión del corazón: el testimonio de su propio espíritu junto con el Espíritu que da testimonio en su corazón de que son hijos de Dios. En verdad, es el mismo Espíritu quien obra en ellos aquella clara y alegre confianza de que su corazón es recto para con Dios; aquella buena seguridad de que ahora hacen, por su gracia, las cosas que son agradables a sus ojos; de que ahora están en el camino que lleva a la vida, y de que, por la misericordia de Dios, perseverarán en él hasta el fin. Es él quien les da una viva expectación de recibir todo bien de la mano de Dios; una gozosa perspectiva de aquella corona de gloria que les está reservada en los cielos. Por esta ancla se mantiene firme el cristiano en medio de las olas de este mundo turbulento, y es preservado de estrellarse contra cualquiera de aquellos escollos fatales: la presunción o la desesperación. Ni se desanima por la mal entendida severidad de su Señor, ni menosprecia “las riquezas de su benignidad”. Ni juzga que las dificultades de la carrera puesta por delante sean mayores que la fuerza que tiene para vencerlas, ni espera que sean tan pequeñas como para rendirse en la conquista antes de haber empleado toda su fuerza. La experiencia que ya tiene en la milicia cristiana, así como le asegura que su “trabajo no es en vano”, si “todo lo que le viene a la mano para hacer, lo hace según sus fuerzas”, así también le prohíbe albergar el vano pensamiento de que pueda de otro modo obtener ventaja alguna, o mostrar virtud alguna, o alcanzar alabanza alguna, con corazones flojos y manos débiles; o, en verdad, por otros que no sean los que siguen el mismo camino del gran Apóstol de los gentiles: “Yo”, dice, “de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire; sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser eliminado”. 10. Con la misma disciplina ha de acostumbrarse todo buen soldado de Cristo a soportar las penalidades. Confirmado y fortalecido por ella, podrá renunciar no solo a las obras de las tinieblas, sino también a todo apetito y a todo afecto que no esté sujeto a la ley de Dios. Porque “todo aquel”, dice san Juan, “que tiene esta esperanza, se purifica a sí mismo, así como él es puro”. Su cuidado diario es, por la gracia de Dios en Cristo, y por la sangre del pacto, purgar los más íntimos rincones de su alma de las concupiscencias que antes la poseían y contaminaban; de la inmundicia, la envidia, la malicia y la ira; de toda pasión y disposición que es según la carne, que brota de su corrupción nativa o la alimenta: sabiendo bien que aquel cuyo cuerpo mismo es templo de Dios no debe admitir en él nada común o inmundo, y que la santidad conviene para siempre a aquella casa donde el Espíritu de santidad se digna morar. 11. Con todo, una cosa te falta, quienquiera que seas, tú que a una profunda humildad y una fe firme has unido una viva esperanza, y por ella has limpiado en buena medida tu corazón de su innata contaminación. Si quieres ser perfecto, añade a todo esto el amor; añade amor, y tienes la circuncisión del corazón. “El cumplimiento de la ley es el amor, el propósito del mandamiento.” Cosas muy excelentes se dicen del amor; es la esencia, el espíritu, la vida de toda virtud. No es solo el primero y gran mandamiento, sino que es todos los mandamientos en uno. “Todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable”, o de buen nombre; “si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza”, todo se comprende en esta sola palabra: amor. En esto está la perfección, y la gloria, y la felicidad. La ley real del cielo y de la tierra es esta: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas”. 12. No que esto nos prohíba amar cosa alguna fuera de Dios: implica que amemos también a nuestro hermano. Ni tampoco nos prohíbe (como algunos han imaginado extrañamente) hallar placer en cosa alguna sino en Dios. Suponer esto es suponer que la Fuente de la santidad es directamente el autor del pecado, puesto que él ha anexado inseparablemente el placer al uso de aquellas criaturas que son necesarias para sostener la vida que nos ha dado. Esto, por tanto, nunca puede ser el sentido de su mandamiento. Cuál sea su verdadero sentido, tanto nuestro bendito Señor como sus Apóstoles nos lo dicen con demasiada frecuencia, y con demasiada claridad, para que se malentienda. Todos a una voz dan testimonio de que el verdadero sentido de aquellas varias declaraciones — “El Señor tu Dios, el Señor uno es”; “No tendrás dioses ajenos delante de mí”; “Amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas”; “A él te allegarás”; “El deseo de tu alma será a su nombre” — no es otro que este: el único Bien perfecto será tu único fin último. Una sola cosa desearás por sí misma: el gozo de Aquel que es todo en todos. Una sola felicidad propondrás a tu alma: la unión con Aquel que la hizo; el tener “comunión con el Padre y con el Hijo”; el ser unido al Señor en un solo Espíritu. Un solo designio has de perseguir hasta el fin del tiempo: el disfrute de Dios en el tiempo y en la eternidad. Desea las demás cosas en cuanto conduzcan a esto. Ama a la criatura en cuanto te lleve al Creador. Pero en cada paso que des, sea este el glorioso punto que termina tu mirada. Que todo afecto, y pensamiento, y palabra, y obra, esté subordinado a esto. Cuanto desees o temas, cuanto busques o rehúyas, cuanto pienses, hables o hagas, sea con miras a tu felicidad en Dios, el único Fin, así como Fuente, de tu ser. 13. No tengas otro fin, ni fin último, sino Dios. Así nuestro Señor: “Solo una cosa es necesaria”; y si tu ojo está fijo únicamente en esta sola cosa, “todo tu cuerpo estará lleno de luz”. Así san Pablo: “Una cosa hago: prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Así Santiago: “Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones”. Así san Juan: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”. El buscar la felicidad en lo que satisface, ya el deseo de la carne, hiriendo agradablemente los sentidos externos; ya el deseo de los ojos, de la imaginación, por su novedad, grandeza o belleza; ya la vanagloria de la vida, sea por la pompa, la grandeza, el poder, o, la consecuencia usual de ellos, el aplauso y la admiración; “no proviene del Padre”, no viene ni es aprobado por el Padre de los espíritus; “sino del mundo”: es la marca distintiva de los que no quieren que él reine sobre ellos.

II. 1. Así he indagado en particular qué es aquella circuncisión del corazón que obtendrá la alabanza de Dios. En segundo lugar he de mencionar algunas reflexiones que naturalmente surgen de tal indagación, como regla sencilla por la cual cada hombre pueda juzgarse a sí mismo, si es del mundo o de Dios. Y, primero, es claro por lo que se ha dicho que ningún hombre tiene derecho a la alabanza de Dios si su corazón no está circuncidado por la humildad; si no es pequeño, y bajo, y vil ante sus propios ojos; si no está profundamente convencido de aquella innata “corrupción de su naturaleza”, “por la cual se ha apartado en gran manera de la justicia original”, siendo propenso a todo mal, adverso a todo bien, corrompido y abominable; teniendo unos “designios de la carne que son enemistad contra Dios, y no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden”; si no siente de continuo en lo más íntimo de su alma que, sin el Espíritu de Dios reposando sobre él, no puede ni pensar, ni desear, ni hablar, ni obrar cosa alguna buena, o agradable a sus ojos. Ningún hombre, digo, tiene derecho a la alabanza de Dios hasta que siente su necesidad de Dios; ni en verdad hasta que busca aquella “honra que viene solo de Dios”, y ni desea ni persigue la que viene de los hombres, sino en cuanto tiende a esto.

2. Otra verdad, que naturalmente se sigue de lo que se ha dicho, es que nadie obtendrá la honra que viene de Dios si su corazón no está circuncidado por la fe; una “fe de la operación de Dios”. A menos que, rehusando ser conducido por más tiempo por sus sentidos, apetitos o pasiones, o aun por aquel ciego guía de ciegos, tan idolatrado por el mundo, la razón natural, viva y ande por fe; dirija cada paso como “viendo al Invisible”; “no mire las cosas que se ven, que son temporales, sino las que no se ven, que son eternas”; y gobierne todos sus deseos, designios y pensamientos, todas sus acciones y conversaciones, como quien ha entrado ya dentro del velo, donde Jesús está sentado a la diestra de Dios.

3. Sería de desear que conocieran mejor esta fe quienes emplean gran parte de su tiempo y trabajo en poner otro fundamento; en cimentar la religión sobre la eterna conveniencia de las cosas, sobre la intrínseca excelencia de la virtud y la belleza de las acciones que de ella brotan; sobre las razones, como las llaman, del bien y del mal, y las relaciones de los seres entre sí. O estas explicaciones de los fundamentos del deber cristiano coinciden con las de la Escritura, o no. Si coinciden, ¿por qué se deja perplejos a hombres bien intencionados, y se los aparta de lo más importante de la ley, con una nube de términos por los cuales las verdades más sencillas se explican hasta la oscuridad? Y si no coinciden, entonces les conviene considerar quién es el autor de esta nueva doctrina; si acaso será un ángel del cielo que anuncia otro evangelio distinto del de Cristo Jesús; aunque, si lo fuera, Dios, no nosotros, ha pronunciado su sentencia: “sea anatema”.

4. Nuestro evangelio, así como no conoce otro fundamento de las buenas obras que la fe, ni de la fe que a Cristo, así también nos informa con claridad que no somos discípulos suyos mientras neguemos que él sea el Autor, o que su Espíritu sea el Inspirador y Consumador, tanto de nuestra fe como de nuestras obras. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” Solo él puede vivificar a los que están muertos para Dios, puede infundir en ellos el aliento de la vida cristiana, y de tal modo prevenirlos, acompañarlos y seguirlos con su gracia, que lleve sus buenos deseos a buen efecto. Y “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. Esta es la breve y sencilla descripción que Dios hace de la verdadera religión y virtud; y “nadie puede poner otro fundamento”.

5. De lo que se ha dicho podemos, en tercer lugar, aprender que nadie es verdaderamente “guiado por el Espíritu” si aquel “Espíritu no da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios”; si no ve delante de sí el premio y la corona, y no se “goza en la esperanza de la gloria de Dios”. ¡Cuán gravemente han errado los que han enseñado que, al servir a Dios, no debemos poner la mirada en nuestra propia felicidad! Antes bien, muchas veces y expresamente Dios nos enseña a tener “puesta la mirada en el galardón”; a contrapesar el afán con el “gozo puesto delante de nosotros”, estas “leves tribulaciones” con aquel “cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. Más aún, somos “ajenos a los pactos de la promesa”, estamos “sin Dios en el mundo”, hasta que Dios, “según su grande misericordia, nos hace renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible”.

6. Pero si estas cosas son así, ya es tiempo de que traten fielmente con sus propias almas aquellas personas que, tan lejos de hallar en sí mismas esta gozosa seguridad de que cumplen las condiciones, y de que obtendrán las promesas, de aquel pacto, llegan a reñir con el pacto mismo y a blasfemar de sus condiciones; a quejarse de que son demasiado severas, y de que ningún hombre jamás las cumplió ni las cumplirá. ¿Qué es esto sino reprochar a Dios, como si fuera un Amo duro que exige de sus siervos más de lo que los capacita para cumplir? ¿Como si se hubiera burlado de la obra desvalida de sus manos, atándola a imposibles, mandándoles vencer allí donde ni su propia fuerza ni la gracia les bastaban?

7. Estos blasfemos casi podrían persuadir a que se imaginen inocentes a los que, en el extremo contrario, esperan cumplir los mandamientos de Dios sin tomarse trabajo alguno. ¡Vana esperanza! Que un hijo de Adán espere jamás ver el reino de Cristo y de Dios sin luchar, sin agonizar, primero por “entrar por la puerta angosta”; que quien fue “concebido y nacido en pecado”, y cuyas “entrañas son maldad”, llegue a abrigar el pensamiento de ser “purificado como su Señor es puro”, sin andar en sus pisadas y “tomar su cruz cada día”; sin “cortarse la mano derecha” y “sacarse el ojo derecho y echarlo de sí”; que sueñe siquiera con desechar sus viejas opiniones, pasiones y disposiciones, con ser “santificado por entero en espíritu, alma y cuerpo”, sin un constante y continuo ejercicio de general abnegación.

8. ¿Qué menos que esto podemos inferir de las palabras ya citadas de san Pablo, quien, viviendo “en debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias” por amor a Cristo; quien, estando lleno de “señales, prodigios y milagros”; quien, habiendo sido “arrebatado hasta el tercer cielo”, con todo estimó, como lo expresa con fuerza un autor reciente, que todas sus virtudes estarían inseguras, y aun su salvación en peligro, sin esta constante abnegación? “Yo de esta manera corro”, dice, “no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire”; con lo cual claramente nos enseña que quien no corre así, quien no se niega a sí mismo cada día de este modo, corre a la ventura, y pelea con tan poco provecho como quien “golpea el aire”.

9. Con tan poco provecho habla de “pelear la buena batalla de la fe”, y tan en vano espera alcanzar la corona incorruptible (como podemos, por último, inferir de las observaciones precedentes), aquel cuyo corazón no está circuncidado por el amor. El amor, cortando a la vez los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, empeñando al hombre entero, cuerpo, alma y espíritu, en la ardiente búsqueda de aquel único objeto, es tan esencial para un hijo de Dios que, sin él, todo el que vive es tenido por muerto delante de él. “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.” Más aún: “si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve”.

10. Aquí, pues, está la suma de la ley perfecta; esta es la verdadera circuncisión del corazón. Vuelva el espíritu a Dios que lo dio, con todo el cortejo de sus afectos. “Al lugar de donde vinieron todos los ríos, allí vuelvan a correr de nuevo. Otros sacrificios de nosotros no quiso; pero el sacrificio vivo del corazón ha escogido. Sea de continuo ofrecido a Dios por medio de Cristo, en llamas de santo amor. Y no se consienta a criatura alguna compartirlo con él, porque es un Dios celoso. Su trono no lo dividirá con otro: reinará sin rival. No se admita allí designio ni deseo alguno que no le tenga a él por su objeto último. Este es el camino por donde anduvieron una vez aquellos hijos de Dios que, estando muertos, aún nos hablan”: “no desees vivir, sino alabar su nombre; tiendan todos tus pensamientos, palabras y obras a su gloria. Afirma tu corazón en él, y en las demás cosas solo en cuanto están en él y proceden de él. Llénese tu alma de un amor tan entero por él, que no ames nada sino por amor de él.” “Ten una pura intención de corazón, un firme respeto a su gloria en todas tus acciones.” “Fija tus ojos en la bienaventurada esperanza de tu llamamiento, y haz que todas las cosas del mundo la sirvan.” Porque entonces, y no antes, está en nosotros aquel “sentir que hubo también en Cristo Jesús”; cuando, en cada movimiento de nuestro corazón, en cada palabra de nuestra lengua, en cada obra de nuestras manos, “no buscamos nada sino en relación con él, y en sujeción a su beneplácito”; cuando también nosotros ni pensamos, ni hablamos, ni obramos para cumplir nuestra “propia voluntad, sino la voluntad del que nos envió”; cuando, ya comamos, ya bebamos, o hagamos cualquier otra cosa, lo hacemos todo para la gloria de Dios.

Escritura en este sermón Romanos 2:29

Dominio público. Texto original de la edición original.