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El espíritu católico

Retrato de John Wesley John Wesley

Texto

2 Reyes 10:15

En breve

“¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo? ... dame la mano.” Wesley edifica toda una doctrina del amor cristiano sobre la respuesta de Jehonadab: un hombre puede diferir de mí en opinión y en culto, y sin embargo ser uno conmigo en el corazón. Con todo, tiene cuidado de decir qué no es un espíritu católico —ni indiferencia ante la verdad ni una confusión especulativa— antes de nombrar lo que es.

“Yéndose luego de allí, se encontró con Jonadab hijo de Recab que venía a su encuentro; y después que lo hubo saludado, le dijo: ¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo? Y Jonadab dijo: Lo es. Pues que lo es, dame la mano.”

1. Aun los que no pagan esta gran deuda admiten que el amor se debe a todo el género humano, pues la ley real, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo,” lleva en sí su propia evidencia para todos los que la oyen; y ello, no según la miserable interpretación que le daban los fanáticos de antaño, “Amarás a tu prójimo,” tu pariente, tu conocido, tu amigo, “y aborrecerás a tu enemigo;” no así; “Yo os digo,” dijo nuestro Señor, “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos,” para que así lo parezcáis ante todo el género humano, “de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.

2. Pero es cierto que hay un amor peculiar que debemos a los que aman a Dios. Así David: “Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia.” Y así uno mayor que él: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34, 35). Este es aquel amor en el que el apóstol Juan insiste con tanta frecuencia y fuerza: “Este,” dice él, “es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros” (1 Juan 3:11). “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos,” si el amor nos llamara a ello, “poner nuestras vidas por los hermanos” (versículo 16). Y de nuevo: “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (4:7, 8). “No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros (versículos 10, 11).

3. Todos los hombres aprueban esto; pero ¿lo practican todos los hombres? La experiencia diaria muestra lo contrario. ¿Dónde están siquiera los cristianos que “se aman unos a otros como él les ha mandado?” ¡cuántos estorbos hay en el camino! Los dos grandes estorbos generales son, primero, que no todos pueden pensar igual y, en consecuencia de esto, segundo, que no todos pueden andar igual; sino que en varios puntos menores su práctica ha de diferir en proporción a la diferencia de sus sentimientos.

4. Pero aunque una diferencia de opiniones o de modos de culto pueda impedir una entera unión externa, ¿ha de impedir por eso nuestra unión en el afecto? Aunque no podamos pensar igual, ¿no podemos amar igual? ¿No podemos ser de un mismo corazón, aunque no seamos de una misma opinión? Sin duda alguna, podemos. En esto pueden unirse todos los hijos de Dios, a pesar de estas diferencias menores. Permaneciendo estas como están, pueden estimularse unos a otros al amor y a las buenas obras.

5. Ciertamente, en este respecto el ejemplo del mismo Jehú, carácter tan mezclado como era, es muy digno tanto de la atención como de la imitación de todo cristiano serio. “Yéndose luego de allí, se encontró con Jonadab hijo de Recab que venía a su encuentro; y después que lo hubo saludado, le dijo: ¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo? Y Jonadab dijo: Lo es. Pues que lo es, dame la mano.”

El texto se divide naturalmente en dos partes: —Primero, una pregunta que Jehú propone a Jehonadab: “¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo?” Segundo, un ofrecimiento hecho al responder Jehonadab, “Lo es:” “Pues que lo es, dame la mano.”

I. 1. Y, primero, consideremos la pregunta que Jehú propone a Jehonadab, “¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo?”

Lo primero que podemos observar en estas palabras es que aquí no hay indagación alguna acerca de las opiniones de Jehonadab. Y sin embargo es cierto que él sostenía algunas muy poco comunes, en verdad del todo peculiares suyas; y algunas que tenían estrecha influencia sobre su práctica; en las cuales, además, ponía tanto peso, que las impuso a los hijos de sus hijos, hasta su más remota posteridad. Esto es evidente por el relato que da Jeremías muchos años después de su muerte: “Tomé entonces a Jaazanías, a sus hermanos, a todos sus hijos, y a toda la familia de los recabitas, . . . y puse delante de ellos tazas y copas llenas de vino, y les dije: Bebed vino. Mas ellos dijeron: No beberemos vino; porque Jonadab,” o Jehonadab, “hijo de Recab nuestro padre” (sería menos ambiguo si las palabras se colocaran así: “Jehonadab nuestro padre, hijo de Recab,” por amor y reverencia al cual probablemente deseó que sus descendientes fuesen llamados por su nombre), “nos ordenó diciendo: No beberéis jamás vino vosotros ni vuestros hijos; ni edificaréis casa, ni sembraréis sementera, ni plantaréis viña, ni la retendréis; sino que moraréis en tiendas todos vuestros días.... Y hemos obedecido y hecho conforme a todas las cosas que nos mandó Jonadab nuestro padre” (Jer. 35:3–10).

2. Y sin embargo Jehú (aunque parece que era su costumbre, tanto en las cosas seculares como en las religiosas, conducir impetuosamente) no se ocupa en absoluto de ninguna de estas cosas, sino que deja a Jehonadab abundar en su propio sentir. Y ninguno de los dos parece haber dado al otro la menor molestia tocante a las opiniones que sostenía.

3. Es muy posible que también ahora muchos hombres buenos tengan opiniones peculiares; y algunos de ellos pueden ser en esto tan singulares como lo fue el mismo Jehonadab. Y es cierto que, mientras solo conozcamos en parte, no todos los hombres verán todas las cosas del mismo modo. Es una consecuencia inevitable de la presente debilidad y cortedad del entendimiento humano, que diversos hombres sean de diversos pareceres en la religión, así como en la vida común. Así ha sido desde el principio del mundo, y así será “hasta la restauración de todas las cosas.”

4. Más aún: aunque todo hombre necesariamente cree que cada opinión particular que sostiene es verdadera (pues creer que una opinión no es verdadera es lo mismo que no sostenerla), con todo, ningún hombre puede estar seguro de que todas sus opiniones, tomadas en conjunto, sean verdaderas. Más aún, todo hombre que piensa está seguro de que no lo son, puesto que humanum est errare et nescire: “Ignorar muchas cosas y equivocarse en algunas es la condición necesaria de la humanidad.” Así pues, él comprende que este es su propio caso. Sabe, en general, que él mismo está equivocado; aunque en qué particulares se equivoca, no lo sabe, y quizá no puede saberlo.

5. Digo “quizá no puede saberlo;” pues ¿quién puede decir hasta dónde puede extenderse la ignorancia invencible? o (lo que viene a ser lo mismo) ¿el prejuicio invencible? —que con frecuencia se fija de tal modo en las mentes tiernas, que después es imposible arrancar lo que ha echado tan honda raíz. ¿Y quién puede decir, a menos que conociera toda circunstancia que lo acompaña, hasta qué punto un error es culpable? puesto que toda culpa ha de suponer algún concurso de la voluntad; de lo cual solo puede juzgar aquel que escudriña el corazón.

6. Todo hombre sabio, por tanto, concederá a los demás la misma libertad de pensar que desea que ellos le concedan a él; y no insistirá en que abracen sus opiniones más de lo que querría que ellos insistieran en que él abrazara las suyas. Soporta a los que difieren de él, y solo hace a aquel con quien desea unirse en amor esta única pregunta: “¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo?”

7. Podemos observar, en segundo lugar, que aquí no se hace indagación alguna acerca del modo de culto de Jehonadab; aunque es sumamente probable que hubiera también en este respecto una diferencia muy grande entre ellos. Porque bien podemos creer que Jehonadab, lo mismo que toda su posteridad, adoraba a Dios en Jerusalén; ¡mientras que Jehú no lo hacía! tenía más consideración por la política de Estado que por la religión. Y, por tanto, aunque mató a los adoradores de Baal, y “exterminó a Baal de Israel,” sin embargo del pecado conveniente de Jeroboam, el culto de los “becerros de oro,” “no se apartó” (2 Reyes 10:29).

8. Pero aun entre hombres de corazón recto, hombres que desean “tener una conciencia sin ofensa,” es forzoso que, mientras haya diversas opiniones, haya diversas maneras de adorar a Dios; puesto que una variedad de opinión implica necesariamente una variedad de práctica. Y así como en todas las edades los hombres en nada han diferido más que en sus opiniones acerca del Ser Supremo, así en nada han diferido más unos de otros que en la manera de adorarle. Si esto hubiera ocurrido solo en el mundo pagano, no habría sido en absoluto sorprendente: pues sabemos que estos “mediante” su “sabiduría no conocieron a Dios;” ni, por tanto, podían saber cómo adorarle. Pero ¿no es extraño que aun en el mundo cristiano, aunque todos convienen en lo general, “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren;” sin embargo los modos particulares de adorar a Dios sean casi tan variados como entre los paganos?

9. ¿Y cómo escogeremos entre tanta variedad? Nadie puede escoger por otro, ni prescribirle. Sino que cada uno ha de seguir los dictados de su propia conciencia, con sencillez y sinceridad de Dios. Ha de estar plenamente convencido en su propia mente y luego obrar según la mejor luz que tenga. Ni tiene criatura alguna poder para obligar a otra a andar según su propia regla. Dios no ha dado a ninguno de los hijos de los hombres derecho alguno a enseñorearse así de la conciencia de sus hermanos; sino que cada hombre ha de juzgar por sí mismo, así como cada hombre ha de dar cuenta de sí a Dios.

10. Así pues, aunque todo seguidor de Cristo está obligado, por la naturaleza misma de la institución cristiana, a ser miembro de alguna congregación particular u otra, de alguna Iglesia, como suele llamarse (lo cual implica una manera particular de adorar a Dios; pues “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?”); con todo, nadie puede ser obligado por ningún poder sobre la tierra, sino por el de su propia conciencia, a preferir esta o aquella congregación a otra, esta o aquella manera particular de culto. Sé que comúnmente se supone que el lugar de nuestro nacimiento fija la Iglesia a la que debemos pertenecer; que uno, por ejemplo, que nace en Inglaterra, debe ser miembro de la que se llama Iglesia de Inglaterra y, en consecuencia, adorar a Dios de la manera particular que prescribe esa Iglesia. Yo fui en otro tiempo celoso defensor de esto; pero hallo muchas razones para moderar este celo. Temo que va acompañado de dificultades tales que ningún hombre razonable puede superar. No la menor de las cuales es que, si esta regla hubiera prevalecido, no habría podido haber Reforma alguna del papado; puesto que destruye enteramente el derecho del juicio privado, sobre el cual se asienta toda aquella Reforma.

11. No me atrevo, pues, a pretender imponer mi modo de culto a ningún otro. Creo que es verdaderamente primitivo y apostólico: pero mi creencia no es regla para otro. No pregunto, por tanto, a aquel con quien quisiera unirme en amor: ¿Eres de mi iglesia, de mi congregación? ¿Recibes la misma forma de gobierno eclesiástico, y admites los mismos oficiales de la iglesia que yo? ¿Te unes en la misma forma de oración con que yo adoro a Dios? No inquiero: ¿Recibes la cena del Señor en la misma postura y manera que yo? ni si, en la administración del bautismo, convienes conmigo en admitir padrinos para los bautizados, en la manera de administrarlo, o en la edad de aquellos a quienes debe administrarse. Más aún, no te pregunto (por claro que yo esté en mi propia mente) si admites siquiera el bautismo y la cena del Señor. Dejemos a un lado todas estas cosas: hablaremos de ellas, si es necesario, en ocasión más oportuna; mi única pregunta al presente es esta: “¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo?”

12. Pero ¿qué implica propiamente la pregunta? No quiero decir: ¿Qué implicaba Jehú en ella? Sino: ¿Qué debe entender por ella un seguidor de Cristo cuando la propone a alguno de sus hermanos?

Lo primero que implica es esto: ¿Es recto tu corazón para con Dios? ¿Crees en su ser y en sus perfecciones? ¿en su eternidad, inmensidad, sabiduría, poder? ¿en su justicia, misericordia y verdad? ¿Crees que él ahora “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder?” ¿y que gobierna aun las más diminutas, aun las más nocivas, para su propia gloria y el bien de los que le aman? ¿tienes una evidencia divina, una convicción sobrenatural, de las cosas de Dios? ¿“Andas por fe, no por vista?” ¿mirando no a las cosas temporales, sino a las eternas?

13. ¿Crees en el Señor Jesucristo, “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos?” ¿Está él revelado en tu alma? ¿Conoces a Jesucristo, y a este crucificado? ¿Mora él en ti, y tú en él? ¿Está formado en tu corazón por la fe? Habiendo renunciado absolutamente a todas tus propias obras, a tu propia justicia, ¿“te has sujetado a la justicia de Dios, que es por la fe en Cristo Jesús? ¿Eres “hallado en él, no teniendo tu propia justicia, sino la que es por la fe?” ¿Y estás, por medio de él, “peleando la buena batalla de la fe, y echando mano de la vida eterna?”

14. ¿Es tu fe energoumene di agapes, —llena de la energía del amor? ¿Amas a Dios (no digo “sobre todas las cosas,” pues es una expresión a la vez no bíblica y ambigua, sino) “con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas?” ¿Buscas toda tu felicidad solo en él? ¿Y hallas lo que buscas? ¿“Engrandece” tu alma continuamente “al Señor, y se regocija tu espíritu en Dios tu Salvador?” Habiendo aprendido “a dar gracias en todo, ¿hallas que “es cosa gozosa y agradable ser agradecido?” ¿Es Dios el centro de tu alma, la suma de todos tus deseos? ¿Estás, en consecuencia, haciéndote tesoro en el cielo, y teniendo todo lo demás por estiércol y escoria? ¿ha echado el amor de Dios el amor del mundo fuera de tu alma? Entonces estás “crucificado al mundo;” estás muerto a todo lo de abajo; y tu “vida está escondida con Cristo en Dios.”

15. ¿Estás ocupado en hacer, “no tu propia voluntad, sino la voluntad del que te envió” —del que te envió a peregrinar aquí por un tiempo, a pasar unos pocos días en tierra extraña, hasta que, habiendo acabado la obra que te dio que hicieses, vuelvas a la casa de tu Padre? ¿Es tu comida y tu bebida “hacer la voluntad de tu Padre que está en los cielos?” ¿Es tu ojo sincero en todas las cosas? ¿siempre fijo en él? ¿siempre puestos los ojos en Jesús? ¿Apuntas a él en todo lo que haces? ¿en todo tu trabajo, tus negocios, tu conversación? ¿aspirando solo a la gloria de Dios en todo, “y todo lo que haces, sea de palabra o de hecho, haciéndolo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él?”

16. ¿Te constriñe el amor de Dios a servirle con temor, a “alegrarte con temblor?” ¿Temes más desagradar a Dios que la muerte o el infierno? ¿No hay nada tan terrible para ti como el pensamiento de ofender los ojos de su gloria? Sobre este fundamento, ¿“aborreces todo camino de mal,” toda transgresión de su ley santa y perfecta; y en esto “procuras tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres?”

17. ¿Es recto tu corazón para con tu prójimo? ¿Amas como a ti mismo a todo el género humano, sin excepción? “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?” ¿“Amáis a vuestros enemigos?” ¿Está vuestra alma llena de buena voluntad, de tierno afecto, hacia ellos? ¿Amáis aun a los enemigos de Dios, a los ingratos e impíos? ¿Se conmueven vuestras entrañas por ellos? ¿Podríais “desear vosotros mismos” ser temporalmente “anatema” por amor de ellos? ¿Y mostráis esto “bendiciendo a los que os maldicen, y orando por los que os ultrajan y os persiguen?”

18. ¿Mostráis vuestro amor por vuestras obras? Mientras tenéis tiempo, según tenéis oportunidad, ¿“hacéis bien a todos” de hecho, vecinos o extraños, amigos o enemigos, buenos o malos? ¿Les hacéis todo el bien que podéis, procurando suplir todas sus necesidades, ayudándoles tanto en el cuerpo como en el alma, hasta lo sumo de vuestro poder? —Si tú eres de este sentir, puede decir todo cristiano, sí, si solo lo deseas sinceramente, y prosigues hasta alcanzarlo, entonces “tu corazón es recto, como el mío es recto con el tuyo.”

II. 1. “Pues que lo es, dame la mano.” No quiero decir: “Sé de mi opinión.” No es necesario: no lo espero ni lo deseo. Tampoco quiero decir: “Yo seré de tu opinión.” No puedo; no depende de mi elección: no puedo pensar como quiero, como tampoco puedo ver u oír como quiero. Guarda tú tu opinión; yo la mía; y eso con tanta firmeza como siempre. Ni siquiera necesitas esforzarte por pasarte a mí, o por traerme a mí a ti. No deseo que disputes sobre esos puntos, ni que oigas o digas una sola palabra acerca de ellos. Dejemos a un lado todas las opiniones de una parte y de otra: solo “dame la mano.”

2. No quiero decir: “Abraza mis modos de culto,” o: “Yo abrazaré los tuyos.” Tampoco es esto cosa que dependa de tu elección ni de la mía. Ambos hemos de obrar según cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. Retén tú firmemente lo que crees que es más acepto a Dios, y yo haré lo mismo. Yo creo que la forma episcopal de gobierno eclesiástico es bíblica y apostólica. Si tú piensas que la presbiteriana o la independiente es mejor, piénsalo así todavía, y obra en consecuencia. Creo que los niños deben ser bautizados; y que esto puede hacerse ya por inmersión, ya por aspersión. Si tú estás persuadido de otro modo, sigue estándolo, y sigue tu propia persuasión. Me parece que las formas de oración son de excelente utilidad, particularmente en la gran congregación. Si tú juzgas que la oración improvisada es de más utilidad, obra conforme a tu propio juicio. Mi sentir es que no debo impedir el agua con que las personas puedan ser bautizadas; y que debo comer pan y beber vino en memoria de mi Maestro moribundo: sin embargo, si no estás convencido de esto, obra según la luz que tienes. No tengo deseo alguno de disputar contigo ni un momento sobre ninguno de los puntos anteriores. Que todos estos puntos menores se hagan a un lado. Que nunca vengan a la vista. “Si tu corazón es como mi corazón,” si amas a Dios y a todo el género humano, no pido más: “dame la mano.”

3. Quiero decir, primero, ámame: y eso no solo como amas a todo el género humano; no solo como amas a tus enemigos, o a los enemigos de Dios, a los que te aborrecen, que “te ultrajan y te persiguen;” no solo como a un extraño, como a uno de quien no sabes ni bien ni mal, —no me contento con esto, —no; “si tu corazón es recto, como el mío con el tuyo,” entonces ámame con un afecto muy tierno, como a un amigo más unido que un hermano; como a un hermano en Cristo, un conciudadano de la Nueva Jerusalén, un compañero de milicia empeñado en la misma guerra, bajo el mismo Capitán de nuestra salvación. Ámame como a un compañero en el reino y en la paciencia de Jesús, y coheredero de su gloria.

4. Ámame (pero en un grado más alto que a la generalidad del género humano) con el amor que es sufrido y benigno; que es paciente, —si soy ignorante o ando extraviado, llevando mi carga y no aumentándola; y que es aun así tierno, suave y compasivo; que no tiene envidia, si en algún momento place a Dios prosperarme en su obra aún más que a ti. Ámame con el amor que no se irrita, ni por mis necedades ni por mis flaquezas; ni aun por mi obrar (si alguna vez así te lo pareciera) no conforme a la voluntad de Dios. Ámame de tal modo que no pienses mal de mí; que deseches todo recelo y toda mala sospecha. Ámame con el amor que todo lo cubre; que nunca descubre ni mis faltas ni mis flaquezas, —que todo lo cree; que está siempre dispuesto a pensar lo mejor, a dar la interpretación más favorable a todas mis palabras y acciones, —que todo lo espera; ya sea que lo referido nunca se hizo; o que no se hizo con las circunstancias que se refieren; o, por lo menos, que se hizo con buena intención, o bajo una súbita presión de la tentación. Y espera hasta el fin que todo lo que esté mal será, por la gracia de Dios, corregido; y todo lo que falte, suplido, por las riquezas de su misericordia en Cristo Jesús.

5. Quiero decir, en segundo lugar, encomiéndame a Dios en todas tus oraciones; lucha con él en mi favor, para que corrija pronto lo que ve mal en mí, y supla lo que me falta. En tu más cercano acceso al trono de la gracia, ruega a aquel que entonces está muy presente contigo, que mi corazón sea más como tu corazón, más recto tanto para con Dios como para con los hombres; que yo tenga una convicción más plena de las cosas que no se ven, y una visión más firme del amor de Dios en Cristo Jesús; que ande con más firmeza por fe, no por vista; y que eche mano con más ardor de la vida eterna. Ora para que el amor de Dios y de todo el género humano sea derramado más abundantemente en mi corazón; para que yo sea más ferviente y activo en hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos, más celoso de buenas obras, y más cuidadoso de abstenerme de toda especie de mal.

6. Quiero decir, en tercer lugar, estimúlame al amor y a las buenas obras. Secunda tu oración, según tengas oportunidad, hablándome en amor todo lo que creas que es para la salud de mi alma. Aviva mi ánimo en la obra que Dios me ha dado que hacer, e instrúyeme cómo hacerla más perfectamente. Sí, “castígame con amistad, y repréndeme,” en todo aquello en que te parezca que hago más bien mi propia voluntad que la voluntad del que me envió. Oh, habla y no te detengas, en todo lo que creas que puede conducir, ya a la enmienda de mis faltas, al fortalecimiento de mi debilidad, a mi edificación en el amor, o a hacerme más apto, en cualquier modo, para el uso del Maestro.

7. Quiero decir, por último, ámame no solo de palabra, sino de hecho y en verdad. En cuanto en conciencia puedas (reteniendo todavía tus propias opiniones, y tu propia manera de adorar a Dios), únete conmigo en la obra de Dios; y vayamos adelante de la mano. Y hasta aquí, es cierto, puedes ir. Habla honrosamente, dondequiera que estés, de la obra de Dios, por medio de quienquiera que él obre, y amablemente de sus mensajeros. Y, si está en tu poder, no solo simpatiza con ellos cuando se hallan en alguna dificultad o angustia, sino dales una ayuda alegre y eficaz, para que glorifiquen a Dios a causa de ti.

8. Dos cosas deben observarse con respecto a lo que se ha dicho bajo este último punto: la una, que cualquier amor, cualesquiera oficios de amor, cualquier ayuda espiritual o temporal que yo reclame de aquel cuyo corazón es recto, como el mío lo es con el suyo, eso mismo estoy dispuesto, por la gracia de Dios, según mi medida, a dárselo a él: la otra, que no he hecho esta reclamación en favor de mí solo, sino de todos aquellos cuyo corazón es recto para con Dios y para con los hombres, para que todos nos amemos unos a otros como Cristo nos ha amado.

III. 1. Una inferencia podemos sacar de lo que se ha dicho. Podemos aprender de aquí qué es un espíritu católico.

Apenas hay expresión alguna que haya sido más groseramente mal entendida, y más peligrosamente mal aplicada, que esta: pero será fácil a cualquiera que considere con calma las observaciones precedentes corregir cualesquiera de tales malas interpretaciones, y prevenir cualquier aplicación errada semejante.

Porque de aquí podemos aprender, primero, que un espíritu católico no es latitudinarismo especulativo. No es indiferencia hacia todas las opiniones: esto es engendro del infierno, no vástago del cielo. Esta inestabilidad del pensamiento, este ser “fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina,” es una gran maldición, no una bendición, un enemigo irreconciliable, no un amigo, del verdadero catolicismo. Un hombre de espíritu verdaderamente católico no tiene ya que andar buscando su religión. Está fijo como el sol en su juicio acerca de las ramas principales de la doctrina cristiana. Es verdad que está siempre dispuesto a oír y sopesar todo lo que pueda ofrecerse contra sus principios; pero así como esto no muestra vacilación alguna en su propia mente, tampoco la ocasiona. No claudica entre dos opiniones, ni se esfuerza vanamente por fundirlas en una. Observad esto, vosotros que no sabéis de qué espíritu sois: que os llamáis hombres de espíritu católico solo porque sois de entendimiento turbio; porque vuestra mente está toda en niebla; porque no tenéis principios asentados y consecuentes, sino que sois partidarios de revolver todas las opiniones juntas. Convenceos de que habéis perdido por completo el camino; no sabéis dónde estáis. Pensáis que habéis llegado al mismo espíritu de Cristo; cuando, en verdad, estáis más cerca del espíritu del Anticristo. Id, primero, y aprended los primeros rudimentos del evangelio de Cristo, y entonces aprenderéis a ser de un espíritu verdaderamente católico.

2. De lo que se ha dicho podemos aprender, en segundo lugar, que un espíritu católico no es ninguna clase de latitudinarismo práctico. No es indiferencia en cuanto al culto público, o en cuanto a la manera externa de celebrarlo. Esto, igualmente, no sería una bendición sino una maldición. Lejos de ser una ayuda para ello, sería, mientras durase, un estorbo indecible para la adoración de Dios en espíritu y en verdad. Pero el hombre de espíritu verdaderamente católico, habiendo pesado todas las cosas en la balanza del santuario, no tiene duda, ningún escrúpulo en absoluto, acerca de aquel modo particular de culto al que se une. Está claramente convencido de que esta manera de adorar a Dios es a la vez bíblica y racional. No conoce ninguna en el mundo que sea más bíblica, ninguna que sea más racional. Por tanto, sin vagar de acá para allá, se adhiere estrechamente a ella, y alaba a Dios por la oportunidad de hacerlo.

3. De aquí podemos aprender, en tercer lugar, que un espíritu católico no es indiferencia hacia todas las congregaciones. Esta es otra clase de latitudinarismo, no menos absurda y antibíblica que la anterior. Pero está lejos de un hombre de espíritu verdaderamente católico. Él está fijo en su congregación así como en sus principios. Está unido a una, no solo en espíritu, sino por todos los lazos externos de la comunión cristiana. Allí participa de todas las ordenanzas de Dios. Allí recibe la cena del Señor. Allí derrama su alma en la oración pública, y se une a la alabanza y acción de gracias públicas. Allí se regocija en oír la palabra de la reconciliación, el evangelio de la gracia de Dios. Con estos, sus hermanos más cercanos y más amados, en ocasiones solemnes, busca a Dios con ayuno. Sobre estos en particular vela en amor, como ellos velan por su alma; amonestándose, exhortándose, consolándose, reprendiéndose, y edificándose de todas maneras unos a otros en la fe. A estos los considera como de su propia casa; y por tanto, según la capacidad que Dios le ha dado, cuida naturalmente de ellos, y provee para que tengan todas las cosas que son necesarias para la vida y la piedad.

4. Pero mientras está firmemente fijo en sus principios religiosos, en lo que cree ser la verdad tal como está en Jesús; mientras se adhiere firmemente a aquel culto de Dios que juzga ser más acepto a sus ojos; y mientras está unido por los lazos más tiernos y estrechos a una congregación particular, —su corazón se ensancha hacia todo el género humano, los que conoce y los que no conoce; abraza con fuerte y cordial afecto a vecinos y extraños, amigos y enemigos. Este es el amor católico o universal. Y el que tiene este amor es de espíritu católico. Porque solo el amor da derecho a este carácter: el amor católico es un espíritu católico.

5. Si, pues, tomamos esta palabra en su sentido más estricto, un hombre de espíritu católico es aquel que, de la manera arriba mencionada, da la mano a todos aquellos cuyo corazón es recto con el suyo: uno que sabe valorar todas las ventajas de que goza, y alabar a Dios por ellas, con respecto al conocimiento de las cosas de Dios, a la verdadera manera bíblica de adorarle y, sobre todo, a su unión con una congregación que teme a Dios y obra justicia: uno que, reteniendo estas bendiciones con el más estricto cuidado, guardándolas como la niña de sus ojos, al mismo tiempo ama—como a amigos, como a hermanos en el Señor, como a miembros de Cristo e hijos de Dios, como a copartícipes ahora del presente reino de Dios y coherederos de su reino eterno—a todos, de cualquier opinión o culto o congregación que sean, los que creen en el Señor Jesucristo; que aman a Dios y a los hombres; que, regocijándose en agradar a Dios y temiendo ofenderle, son cuidadosos de abstenerse del mal y celosos de buenas obras. Es hombre de espíritu verdaderamente católico el que lleva continuamente a todos estos sobre su corazón; el que, teniendo una ternura indecible por sus personas, y anhelando su bienestar, no cesa de encomendarlos a Dios en oración, así como de defender su causa ante los hombres; el que les habla con consuelo, y se esfuerza, con todas sus palabras, por fortalecer sus manos en Dios. Les ayuda hasta lo sumo de su poder en todas las cosas, espirituales y temporales. Está dispuesto a “gastar lo suyo, y aun gastarse del todo por ellos;” sí, a poner su vida por amor de ellos.

6. ¡Tú, oh hombre de Dios, piensa en estas cosas! Si ya estás en este camino, sigue adelante. Si hasta aquí has errado la senda, ¡bendice a Dios que te ha hecho volver! Y ahora corre la carrera que tienes por delante, en el camino real del amor universal. Mira que no seas vacilante en tu juicio, ni estrecho en tus entrañas: sino guarda un paso parejo, arraigado en la fe una vez dada a los santos, y cimentado en amor, en verdadero amor católico, ¡hasta que seas absorbido en el amor por los siglos de los siglos!

Escritura en este sermón 2 Reyes 10:15Jeremiah 35:3

Dominio público. Texto original de la edición original.