Texto
Hechos 26:28
Traducción por IA — pendiente de revisión
En breve
Wesley, que una vez se contó entre ellos, traza al casi cristiano con una precisión inquietante: la honradez, las buenas obras, la religión externa, una verdadera forma de piedad; todo menos lo único necesario. Luego nombra lo que el cristiano cabal tiene y al otro le falta: el amor de Dios y del prójimo, y una fe que se aferra a Cristo. Predicado ante la Universidad de Oxford.
“Por poco me persuades a ser cristiano.”
Y MUCHOS son los que llegan hasta aquí: desde que la religión cristiana está en el mundo, ha habido muchos, en toda época y nación, que estuvieron casi persuadidos a ser cristianos. Pero, viendo que de nada aprovecha delante de Dios llegar solo hasta aquí, nos importa sobremanera considerar:
Primero. Qué implica el ser casi,
Segundo. Qué implica el ser del todo, cristiano.
I. (I.) 1. Ahora bien, en el ser casi cristiano se implica, primero, la honradez pagana. Nadie, supongo, pondrá esto en duda; sobre todo porque, por honradez pagana entiendo aquí, no la que se recomienda solamente en los escritos de sus filósofos, sino la que los paganos comunes esperaban unos de otros, y que muchos de ellos en efecto practicaban. Por las reglas de esta se les enseñaba que no debían ser injustos; que no debían quitar a su prójimo sus bienes, ya por robo, ya por hurto; ni oprimir al pobre, ni usar de extorsión con nadie; ni engañar o defraudar al pobre ni al rico, en cualquier trato que tuvieran con ellos; no privar a nadie de su derecho; y, de ser posible, no deber nada a nadie.
2. Además: los paganos comunes admitían que se debía cierto respeto a la verdad, tanto como a la justicia. Y, en consecuencia, no solo tenían por abominable al perjuro, al que ponía a Dios por testigo de una mentira, sino también al que era conocido por calumniador de su prójimo, al que acusaba falsamente a algún hombre. Y, a decir verdad, en poco más estimaban a los mentirosos deliberados de cualquier clase, teniéndolos por la deshonra del género humano y la peste de la sociedad.
3. Y aún más: había cierta suerte de amor y ayuda que esperaban unos de otros. Esperaban toda ayuda que alguno pudiera prestar a otro, sin perjuicio de sí mismo. Y esto lo extendían no solo a aquellos pequeños oficios de humanidad que se cumplen sin gasto ni trabajo alguno, sino también a dar de comer al hambriento, si tenían alimento de sobra; a vestir al desnudo con su propio vestido superfluo; y, en general, a dar, a cualquiera que lo necesitase, las cosas que ellos mismos no necesitaban. Hasta aquí, en su más baja estimación, llegaba la honradez pagana; la primera cosa que se implica en el ser casi cristiano.
(II.) 4. Una segunda cosa que se implica en el ser casi cristiano es tener una forma de piedad; de aquella piedad que se prescribe en el evangelio de Cristo; el tener lo exterior de un verdadero cristiano. Conforme a ello, el casi cristiano no hace nada de lo que el evangelio prohíbe. No toma el nombre de Dios en vano; bendice y no maldice; no jura de ningún modo, sino que su hablar es: sí, sí; no, no. No profana el día del Señor, ni consiente que se profane, ni aun por el forastero que está dentro de sus puertas. No solo evita todo adulterio, fornicación e impureza consumados, sino toda palabra o mirada que directa o indirectamente conduzca a ello; más aún, toda palabra ociosa, absteniéndose de la maledicencia, la murmuración, el chisme y el hablar malo, y de “toda necedad y truhanería” —eutrapelia, una especie de virtud a juicio del moralista pagano—; en breve, de toda conversación que no sea “buena para edificación”, y que, por consiguiente, “contrista al Espíritu Santo de Dios, con el cual estamos sellados para el día de la redención”.
5. Se abstiene del “vino en el cual hay exceso”; de las orgías y la glotonería. Evita, cuanto de él depende, toda riña y contienda, procurando de continuo vivir en paz con todos los hombres. Y, si padece agravio, no se venga a sí mismo, ni devuelve mal por mal. No es maldiciente, ni pendenciero, ni burlador de las faltas o flaquezas de su prójimo. No agravia, ni daña, ni aflige de buena gana a hombre alguno; sino que en todo obra y habla por aquella sencilla regla: “Cuanto no quieras que se te haga a ti, no lo hagas a otro”.
6. Y en hacer el bien, no se limita a oficios de bondad fáciles y baratos, sino que trabaja y padece por el provecho de muchos, para por todos los medios ayudar a algunos. A pesar de la fatiga o el dolor, “todo lo que su mano halla para hacer, lo hace con todas sus fuerzas”; sea por sus amigos, sea por sus enemigos; por los malos o por los buenos. Pues siendo “no perezoso” en esto, ni en ningún “negocio”, según “tiene oportunidad” hace “el bien”, toda suerte de bien, “a todos los hombres”; y a sus almas tanto como a sus cuerpos. Reprende a los malvados, instruye a los ignorantes, confirma a los vacilantes, aviva a los buenos y consuela a los afligidos. Se afana por despertar a los que duermen; por llevar a aquellos a quienes Dios ya ha despertado a la “Fuente abierta para el pecado y la inmundicia”, para que se laven en ella y queden limpios; y por mover a los que son salvos por la fe a adornar el evangelio de Cristo en todas las cosas.
7. El que tiene la forma de piedad usa también los medios de gracia; sí, todos ellos, y en toda ocasión. Frecuenta constantemente la casa de Dios; y eso, no a la manera de algunos que entran a la presencia del Altísimo, ya cargados de oro y de vestiduras costosas, ya con toda la chillona vanidad del atavío, y que, ora por sus cortesías inoportunas de unos a otros, ora por la impertinente frivolidad de su conducta, renuncian a toda pretensión así a la forma como al poder de la piedad. ¡Quisiera Dios que no hubiese ninguno, aun entre nosotros, que cayese bajo la misma condenación!; que entran en esta casa, quizá, mirando en derredor, o con todas las señales de la más apática y descuidada indiferencia, aunque a veces parezcan elevar una oración a Dios por su bendición sobre aquello que van a emprender; que, durante ese temible oficio, o están dormidos, o reclinados en la postura más cómoda para ello; o, como si supusieran que Dios estaba dormido, hablando unos con otros, o mirando alrededor, del todo desocupados. Que a estos tampoco se les acuse de tener la forma de piedad. No; el que tiene siquiera esta, se comporta con seriedad y atención en cada parte de aquel solemne oficio. Y más especialmente, cuando se acerca a la mesa del Señor, no lo hace con conducta ligera o descuidada, sino con un aire, un gesto y un porte que no dicen otra cosa sino: “¡Dios, sé propicio a mí, pecador!”.
8. A esto, si añadimos el uso constante de la oración en familia, por parte de quienes son cabezas de familia, y el apartar tiempos para las súplicas privadas a Dios, con una diaria seriedad de conducta; el que practica uniformemente esta religión exterior, tiene la forma de piedad. Solo hace falta una cosa más para que sea casi cristiano, y esa es la sinceridad.
(III.) 9. Por sinceridad entiendo un principio real e interior de religión, del cual manan estas acciones exteriores. Y, en verdad, si no tenemos esto, no tenemos ni la honradez pagana; no, ni tanta de ella como baste para satisfacer la exigencia de un poeta pagano epicúreo. Aun este pobre desdichado, en sus intervalos de sobriedad, es capaz de atestiguar:
Oderunt peccare boni, virtutis amore;
Oderunt peccare mali, formidine poenae.
[Los hombres buenos evitan el pecado por amor a la virtud;
los hombres malvados evitan el pecado por temor al castigo.]
De modo que, si un hombre se abstiene de hacer el mal solo por evitar el castigo, Non pasces in cruce corvos, [No serás colgado.], dice el pagano; ahí, “ya tienes tu recompensa”. Pero ni siquiera él permitiría que un hombre tan inofensivo como este fuese tenido por un buen pagano. Si, pues, algún hombre, por el mismo motivo, a saber, evitar el castigo, evitar la pérdida de sus amigos, de su ganancia o de su reputación, no solo se abstuviese de hacer el mal, sino que además hiciese cuanto bien pudiera; sí, y usase todos los medios de gracia; con todo, no podríamos con ninguna propiedad decir que este hombre es siquiera casi cristiano. Si no tiene mejor principio en su corazón, no es más que un hipócrita del todo.
10. La sinceridad, por tanto, se implica necesariamente en el ser casi cristiano; un propósito real de servir a Dios, un sincero deseo de hacer su voluntad. Se implica necesariamente que el hombre tenga una mira sincera de agradar a Dios en todas las cosas; en toda su conversación; en todas sus acciones; en todo lo que hace o deja de hacer. Este propósito, si alguno es casi cristiano, recorre todo el tenor de su vida. Este es el principio motor, así en su hacer el bien, como en su abstenerse del mal y en su uso de las ordenanzas de Dios.
11. Pero aquí probablemente se preguntará: “¿Es posible que algún hombre viviente llegue tan lejos como esto y, con todo, sea solo casi cristiano?”. ¿Qué más que esto puede implicarse en el ser del todo cristiano? Respondo, primero, que es posible llegar hasta aquí y, sin embargo, ser apenas casi cristiano, lo cual aprendo no solo de los oráculos de Dios, sino también del seguro testimonio de la experiencia.
12. Hermanos, grande es “mi confianza para con vosotros en este particular”. Y “perdonadme este agravio”, si declaro mi propia insensatez desde los terrados, por amor de vosotros y del evangelio. —Permitidme, pues, hablar libremente de mí mismo, como de otro hombre. Me contento con ser abatido, para que vosotros seáis exaltados, y con ser aún más vil por la gloria de mi Señor.
13. En efecto, llegué hasta aquí durante muchos años, como muchos de este lugar pueden atestiguar; poniendo diligencia en rehuir todo mal y en tener una conciencia libre de ofensa; redimiendo el tiempo; aprovechando cada oportunidad de hacer todo bien a todos los hombres; usando constante y cuidadosamente todos los medios de gracia, así públicos como privados; procurando una firme seriedad de conducta en todo tiempo y en todo lugar; y, Dios es mi testigo, delante de quien estoy, haciendo todo esto con sinceridad; teniendo un propósito real de servir a Dios; un sincero deseo de hacer su voluntad en todas las cosas; de agradar a aquel que me había llamado a “pelear la buena batalla” y a “echar mano de la vida eterna”. Y, sin embargo, mi propia conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo de que, todo ese tiempo, no era sino casi cristiano.
II. Si se pregunta: “¿Qué más que esto se implica en el ser del todo cristiano?”, respondo:
(I.) 1. Primero. El amor de Dios. Pues así dice su palabra: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas”. Tal es este amor, que absorbe el corazón entero, que recoge todos los afectos, que llena la entera capacidad del alma y emplea la máxima extensión de todas sus facultades. El que así ama al Señor su Dios, su espíritu de continuo “se regocija en Dios su Salvador”. Su deleite está en el Señor, su Señor y su Todo, a quien “en todo da gracias. Todo su deseo es hacia Dios, y hacia el recuerdo de su nombre”. Su corazón clama sin cesar: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra”. En verdad, ¿qué puede desear fuera de Dios? No el mundo, ni las cosas del mundo: pues está “crucificado al mundo, y el mundo crucificado a él”. Está crucificado a “el deseo de la carne, el deseo de los ojos y la soberbia de la vida”. Sí, está muerto a la soberbia de toda especie: porque “el amor no se envanece”, sino que “el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él”, es menos que nada a sus propios ojos.
(II.) 2. La segunda cosa que se implica en el ser del todo cristiano es el amor a nuestro prójimo. Pues así dijo nuestro Señor en estas palabras: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si alguno pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”, respondemos: todo hombre en el mundo; todo hijo de aquel que es el Padre de los espíritus de toda carne. Ni podemos en modo alguno exceptuar a nuestros enemigos, ni a los enemigos de Dios y de sus propias almas. Antes bien, todo cristiano ama también a estos como a sí mismo, sí, “como Cristo nos amó”. El que quiera entender más plenamente qué clase de amor es este, considere la descripción que de él hace san Pablo. Es “sufrido y benigno”. “No tiene envidia”. No es temerario ni precipitado en juzgar. “No se envanece”, sino que hace del que ama el menor, el siervo de todos. El amor “no se porta indecorosamente”, sino que se hace “todo para con todos”. “No busca lo suyo”, sino solo el bien de los demás, para que sean salvos. “El amor no se irrita”. Destierra la ira, de la cual el que la tiene carece de amor. “No piensa el mal. No se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
(III.) 3. Hay todavía una cosa más que puede considerarse por separado, aunque no puede en realidad separarse de las anteriores, que se implica en el ser del todo cristiano; y esa es el fundamento de todo, esto es, la fe. Cosas muy excelentes se dicen de ella por todos los oráculos de Dios. “Todo el que cree —dice el discípulo amado— es nacido de Dios”. “A todos los que le recibieron, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. Y “esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe”. Sí, el Señor mismo declara: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; y no viene a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”.
4. Pero que aquí nadie engañe a su propia alma. “Diligentemente ha de notarse que la fe que no produce arrepentimiento, y amor, y todas las buenas obras, no es aquella fe recta y viva, sino una muerta y diabólica. Porque aun los demonios creen que Cristo nació de una virgen; que obró toda clase de milagros, declarándose verdadero Dios; que, por amor de nosotros, padeció una muerte dolorosísima, para redimirnos de la muerte eterna; que resucitó al tercer día; que ascendió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre, y que al fin del mundo vendrá otra vez a juzgar así a los vivos como a los muertos. Estos artículos de nuestra fe los creen los demonios, y así creen todo lo que está escrito en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y, sin embargo, con toda esta fe, no son sino demonios. Permanecen aún en su estado condenable, careciendo de la verdadera y auténtica fe cristiana”. [Homilía sobre la salvación del hombre.]
5. “La recta y verdadera fe cristiana es” (por seguir las palabras de nuestra propia Iglesia) “no solo creer que la Sagrada Escritura y los Artículos de nuestra Fe son verdaderos, sino también tener una segura confianza y certeza de ser salvos de la condenación eterna por medio de Cristo. Es una segura confianza y certeza que el hombre tiene en Dios de que, por los méritos de Cristo, sus pecados le son perdonados, y él es reconciliado con el favor de Dios; de lo cual se sigue un corazón amoroso, para obedecer sus mandamientos”.
6. Ahora bien, todo aquel que tiene esta fe, que “purifica el corazón” (por el poder de Dios, que en él habita) de “la soberbia, la ira, la concupiscencia, de toda injusticia”, de “toda inmundicia de carne y de espíritu”; que lo llena de un amor más fuerte que la muerte, así hacia Dios como hacia toda la humanidad; amor que hace las obras de Dios, gloriándose en gastar y ser gastado por todos los hombres, y que soporta con gozo no solo el vituperio de Cristo, el ser escarnecido, despreciado y aborrecido de todos los hombres, sino cuanto la sabiduría de Dios permite que la malicia de los hombres o de los demonios inflija —todo aquel que tiene esta fe que así obra por el amor no es casi solamente, sino del todo, cristiano.
7. Pero ¿quiénes son los testigos vivientes de estas cosas? Os ruego, hermanos, como en presencia de aquel Dios ante quien “el infierno y la perdición están sin cubierta, ¿cuánto más los corazones de los hijos de los hombres?”, que cada uno de vosotros pregunte a su propio corazón: “¿Soy yo de ese número? ¿Practico la justicia, la misericordia y la verdad hasta donde lo exigen aun las reglas de la honradez pagana? Y si es así, ¿tengo siquiera lo exterior de un cristiano? ¿La forma de piedad? ¿Me abstengo del mal, de cuanto está prohibido en la Palabra escrita de Dios? Todo bien que mi mano halla para hacer, ¿lo hago con todas mis fuerzas? ¿Uso seriamente todas las ordenanzas de Dios en toda ocasión? Y todo esto, ¿lo hago con un sincero propósito y deseo de agradar a Dios en todas las cosas?”.
8. ¿No sois muchos de vosotros conscientes de que nunca llegasteis tan lejos; de que no habéis sido siquiera casi cristianos; de que no habéis alcanzado el nivel de la honradez pagana; al menos, no la forma de la piedad cristiana? Y mucho menos ha visto Dios sinceridad en vosotros, un propósito real de agradarle en todas las cosas. Jamás intentasteis siquiera consagrar todas vuestras palabras y obras, vuestros negocios, estudios y diversiones, a su gloria. Nunca proyectasteis ni deseasteis que cuanto hicieseis se hiciera “en el nombre del Señor Jesús”, y como tal fuese “un sacrificio espiritual, agradable a Dios por medio de Cristo”.
9. Pero, aun suponiendo que así fuera, ¿acaso los buenos propósitos y los buenos deseos hacen a un cristiano? De ningún modo, a menos que lleguen a buen efecto. “El infierno está empedrado —dice alguien— de buenas intenciones”. Queda, pues, en pie la gran pregunta de todas. ¿Está derramado en vuestro corazón el amor de Dios? ¿Podéis clamar: “Dios mío, y mi Todo”? ¿No deseáis otra cosa sino a él? ¿Sois felices en Dios? ¿Es él vuestra gloria, vuestro deleite, vuestra corona de gozo? ¿Y está escrito en vuestro corazón este mandamiento: “Que el que ama a Dios, ame también a su hermano”? ¿Amáis, entonces, a vuestro prójimo como a vosotros mismos? ¿Amáis a todo hombre, aun a vuestros enemigos, aun a los enemigos de Dios, como a vuestra propia alma? ¿Como Cristo os amó? Sí, ¿crees tú que Cristo te amó y se entregó a sí mismo por ti? ¿Tienes fe en su sangre? ¿Crees que el Cordero de Dios ha quitado tus pecados y los echó como piedra en lo profundo del mar? ¿Que ha borrado el acta que había contra ti, quitándola de en medio y clavándola en su cruz? ¿Tienes de veras redención por su sangre, esto es, la remisión de tus pecados? ¿Y da su Espíritu testimonio a tu espíritu de que eres hijo de Dios?
10. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que ahora está en medio de nosotros, sabe que, si algún hombre muere sin esta fe y este amor, mejor le fuera no haber nacido. Despierta, pues, tú que duermes, e invoca a tu Dios: llámale en el día en que puede ser hallado. No le dejes reposar hasta que haga pasar su “bondad delante de ti”; hasta que proclame ante ti el nombre del Señor: “Jehová, Jehová, fuerte, misericordioso y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia y verdad; que guarda la misericordia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado”. Que nadie te persuada, con palabras vanas, a detenerte antes de este premio de tu supremo llamamiento. Antes bien, clama a él día y noche, el cual, “cuando aún estábamos sin fuerzas, murió por los impíos”, hasta que sepas a quién has creído, y puedas decir: “¡Señor mío, y Dios mío!”. Recuerda “orar siempre, y no desmayar”, hasta que tú también puedas alzar tu mano al cielo y declarar a aquel que vive por los siglos de los siglos: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo”.
11. ¡Ojalá todos experimentemos así lo que es ser, no casi solamente, sino del todo cristianos; siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Jesús; sabiendo que tenemos paz para con Dios por medio de Jesucristo; gozándonos en la esperanza de la gloria de Dios; y teniendo derramado en nuestros corazones el amor de Dios, por el Espíritu Santo que nos es dado!
Dominio público. Texto original de la edición original.