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La Salvación por la Fe

Retrato de John Wesley John Wesley

Texto

Efesios 2:8

Traducción por IA — pendiente de revisión

En breve

No la fe de un pagano, ni la de un demonio, ni siquiera la que los apóstoles tenían mientras Cristo estaba aún en la tierra — Wesley las aparta una por una antes de decir qué es la fe salvadora: no un asentimiento frío, una serie de ideas en la cabeza, sino una disposición del corazón. Predicado ante la Universidad de Oxford.

“Por gracia sois salvos por medio de la fe.”

1. Todas las bendiciones que Dios ha otorgado al hombre son de su mera gracia, generosidad o favor; su favor libre e inmerecido; favor totalmente inmerecido, no teniendo el hombre derecho alguno a la menor de sus misericordias. Fue la gracia libre la que “formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en él un alma viviente,” y estampó en aquella alma la imagen de Dios, y “puso todas las cosas debajo de sus pies.” La misma gracia libre nos continúa, hasta el día de hoy, la vida, y el aliento, y todas las cosas. Porque no hay nada que seamos, ni tengamos, ni hagamos, que pueda merecer la menor cosa de la mano de Dios. “Todas nuestras obras, tú, oh Dios, las has hecho en nosotros.” Éstas, por tanto, son otros tantos ejemplos de misericordia libre; y cualquiera justicia que pueda hallarse en el hombre, también ésta es don de Dios.

2. ¿Con qué, entonces, expiará un hombre pecador aun el menor de sus pecados? ¿Con sus propias obras? No. Por muchas o santas que fueran, no son suyas, sino de Dios. Pero en verdad todas ellas son en sí mismas impías y pecaminosas, de modo que cada una de ellas necesita una nueva expiación. Sólo fruto corrompido crece en árbol corrompido. Y su corazón está enteramente corrompido y es abominable, habiendo “quedado corto de la gloria de Dios,” la gloriosa justicia impresa al principio en su alma, conforme a la imagen de su gran Creador. Por tanto, no teniendo nada, ni justicia ni obras que alegar, su boca queda del todo cerrada delante de Dios.

3. Si entonces los hombres pecadores hallan favor con Dios, ¡es “gracia sobre gracia!” Si Dios se digna aún derramar nuevas bendiciones sobre nosotros, sí, la mayor de todas las bendiciones, la salvación, ¿qué podemos decir a estas cosas? Sino esto: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” Y así es. En esto “encarece Dios su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió” para salvarnos. “Por gracia,” entonces, “sois salvos por medio de la fe.” La gracia es la fuente, la fe la condición, de la salvación.

Ahora bien, para que no quedemos cortos de la gracia de Dios, nos importa inquirir cuidadosamente:—

I. Qué fe es aquella por la cual somos salvos.

II. Cuál es la salvación que es por la fe.

III. Cómo podemos responder a algunas objeciones.

I. Qué fe es aquella por la cual somos salvos.

1. Y, primeramente, no es meramente la fe de un pagano.

Ahora bien, Dios requiere de un pagano que crea “que Dios es; que es galardonador de los que con diligencia le buscan;” y que ha de ser buscado glorificándole como Dios, dándole gracias por todas las cosas, y mediante una cuidadosa práctica de la virtud moral, de la justicia, la misericordia y la verdad, para con sus semejantes. Un griego o un romano, por tanto, sí, un escita o un indio, quedaba sin excusa si no creía al menos esto: el ser y los atributos de Dios, un estado futuro de premio y castigo, y la naturaleza obligatoria de la virtud moral. Porque ésta es meramente la fe de un pagano.

2. Tampoco, en segundo lugar, es la fe de un demonio, aunque ésta va mucho más lejos que la de un pagano. Porque el demonio cree, no sólo que hay un Dios sabio y poderoso, benigno para premiar y justo para castigar, sino también que Jesús es el Hijo de Dios, el Cristo, el Salvador del mundo. Así le hallamos declarando, en términos expresos: “Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios” (Lucas 4:34). Ni podemos dudar de que aquel espíritu infeliz cree todas aquellas palabras que salieron de la boca del Santo, sí, y cuanto además fue escrito por aquellos santos hombres de la antigüedad, de dos de los cuales fue compelido a dar aquel glorioso testimonio: “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, los cuales os anuncian el camino de salvación.” Hasta aquí, pues, cree el gran enemigo de Dios y del hombre, y tiembla al creer—que Dios fue manifestado en carne; que Él “pondrá a todos los enemigos debajo de sus pies;” y que “toda la Escritura fue dada por inspiración de Dios.” Hasta aquí llega la fe de un demonio.

3. En tercer lugar. La fe por la cual somos salvos, en aquel sentido de la palabra que después será explicado, no es meramente la que los Apóstoles mismos tenían mientras Cristo estaba aún sobre la tierra; aunque de tal modo creyeron en él que “dejaron todo y le siguieron;” aunque tenían entonces poder para hacer milagros, para “sanar toda enfermedad y toda dolencia;” sí, tenían entonces “poder y autoridad sobre todos los demonios;” y, lo que está por encima de todo esto, fueron enviados por su Maestro a “predicar el reino de Dios.”

4. ¿Qué fe es entonces aquella por la cual somos salvos? Puede responderse, primeramente, en general, que es una fe en Cristo: Cristo, y Dios por medio de Cristo, son los objetos propios de ella. En esto, por tanto, queda suficiente y absolutamente distinguida de la fe de los paganos, antiguos o modernos. Y de la fe de un demonio queda plenamente distinguida por esto: no es meramente una cosa especulativa y racional, un asentimiento frío y sin vida, una serie de ideas en la cabeza, sino también una disposición del corazón. Porque así dice la Escritura: “Con el corazón se cree para justicia;” y: “Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”

5. Y en esto difiere de aquella fe que los Apóstoles mismos tenían mientras nuestro Señor estaba en la tierra: en que reconoce la necesidad y el mérito de su muerte, y el poder de su resurrección. Reconoce su muerte como el único medio suficiente para redimir al hombre de la muerte eterna, y su resurrección como la restauración de todos nosotros a la vida y a la inmortalidad; por cuanto él “fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.” La fe cristiana es, entonces, no sólo un asentimiento a todo el evangelio de Cristo, sino también una plena confianza en la sangre de Cristo; una confianza en los méritos de su vida, muerte y resurrección; un reposar en él como nuestra expiación y nuestra vida, como dado por nosotros y viviendo en nosotros; y, en consecuencia de esto, un unirse a él y adherirse a él como nuestra “sabiduría, justificación, santificación y redención,” o, en una palabra, nuestra salvación.

II. Cuál es la salvación que es por esta fe, es lo Segundo que ha de considerarse.

1. Y, Primero, cualquier otra cosa que implique, es una salvación presente. Es algo alcanzable, sí, realmente alcanzado, en la tierra, por aquellos que son partícipes de esta fe. Porque así dice el Apóstol a los creyentes de Éfeso, y en ellos a los creyentes de todas las edades, no: Seréis (aunque eso también es verdad), sino: “Sois salvos por medio de la fe.”

2. Sois salvos (para comprenderlo todo en una palabra) del pecado. Ésta es la salvación que es por la fe. Ésta es aquella gran salvación anunciada por el ángel, antes que Dios trajese al mundo a su Primogénito: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Y ni aquí ni en otras partes de la santa escritura hay limitación ni restricción alguna. A todo su pueblo, o, como se expresa en otro lugar, a “todos los que creen en él,” los salvará de todos sus pecados; del pecado original y actual, pasado y presente, “de la carne y del espíritu.” Por la fe que está en él son salvos tanto de la culpa como del poder del pecado.

3. Primero. De la culpa de todo pecado pasado: porque, siendo así que todo el mundo es culpable delante de Dios, de tal manera que si él “mirase a los pecados, ¿quién podrá subsistir?”; y siendo así que “por la ley es” solamente “el conocimiento del pecado,” pero no liberación de él, de modo que, “por” cumplir “las obras de la ley, ninguna carne será justificada delante de él”: ahora, “la justicia de Dios, que es por la fe de Jesucristo, es manifestada a todos los que creen.” Ahora, “son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.” “Al cual Dios ha puesto como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia por (o mediante) la remisión de los pecados pasados.” Ahora ha quitado Cristo “la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.” Él ha “borrado el acta que había contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en su cruz.” “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que” creen “en Cristo Jesús.”

4. Y siendo salvos de la culpa, son salvos del temor. No, ciertamente, de un temor filial de ofender, sino de todo temor servil; de aquel temor que lleva en sí tormento; del temor del castigo; del temor de la ira de Dios, a quien ya no consideran como un Amo severo, sino como un Padre indulgente. “No han recibido otra vez el espíritu de esclavitud, sino el Espíritu de adopción, por el cual claman: Abba, Padre; el Espíritu mismo dando testimonio juntamente con sus espíritus, de que son hijos de Dios.” También son salvos del temor, aunque no de la posibilidad, de caer de la gracia de Dios y quedar cortos de las grandes y preciosas promesas. Así tienen “paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Se gozan en la esperanza de la gloria de Dios. Y el amor de Dios ha sido derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que les es dado.” Y por esto quedan persuadidos (aunque quizá no en todo tiempo, ni con la misma plenitud de persuasión), de que “ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura, podrá separarlos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

5. Además: por esta fe son salvos del poder del pecado, así como de su culpa. Así declara el Apóstol: “Sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca” (1 Juan 3:5ss.). Otra vez: “Hijitos, nadie os engañe. El que practica el pecado es del diablo. Todo aquel que cree es nacido de Dios. Y todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” Una vez más: “Sabemos que todo aquel que es nacido de Dios no peca; mas el que es engendrado de Dios se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca” (1 Juan 5:18).

6. El que es, por la fe, nacido de Dios, no peca (1.) con ningún pecado habitual, porque todo pecado habitual es pecado que reina; pero el pecado no puede reinar en ninguno que cree. Ni (2.) con ningún pecado voluntario, porque su voluntad, mientras permanece en la fe, está enteramente puesta contra todo pecado, y lo aborrece como veneno mortal. Ni (3.) con ningún deseo pecaminoso, porque desea continuamente la santa y perfecta voluntad de Dios; y toda tendencia a un deseo impío, la sofoca al nacer por la gracia de Dios. Ni (4.) peca por flaquezas, sea en obra, palabra o pensamiento, porque sus flaquezas no cuentan con el concurso de su voluntad; y sin esto no son propiamente pecados. Así, “el que es nacido de Dios no practica el pecado”; y aunque no puede decir que no ha pecado, sin embargo ahora “no peca.”

7. Ésta es, entonces, la salvación que es por la fe, aun en el mundo presente: una salvación del pecado y de las consecuencias del pecado, ambas a menudo expresadas en la palabra justificación; la cual, tomada en el sentido más amplio, implica una liberación de la culpa y del castigo, por la expiación de Cristo actualmente aplicada al alma del pecador que ahora cree en él, y una liberación del poder del pecado, mediante Cristo formado en su corazón. De modo que el que así es justificado, o salvo por la fe, es en verdad nacido de nuevo. Es nacido de nuevo del Espíritu para una vida nueva, la cual “está escondida con Cristo en Dios.” Y como niño recién nacido recibe con gozo la adolon, “sincera leche de la palabra, y crece por ella;” yendo adelante en el poder del Señor su Dios, de fe en fe, de gracia en gracia, hasta que al fin llegue a “varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.”

III. La primera objeción usual a esto es,

1. Que predicar la salvación, o la justificación, sólo por la fe, es predicar contra la santidad y las buenas obras. A lo cual podría darse una breve respuesta: “Así sería, si habláramos, como algunos hablan, de una fe separada de éstas; pero hablamos de una fe que no lo es, sino productora de todas las buenas obras y de toda santidad.”

2. Pero puede ser de provecho considerarlo más ampliamente, sobre todo porque no es objeción nueva, sino tan antigua como el tiempo de san Pablo. Porque aun entonces se preguntaba: “¿Luego invalidamos la ley por la fe?” Respondemos, Primero, que todos los que no predican la fe manifiestamente invalidan la ley; o directa y groseramente, con limitaciones y comentarios que devoran todo el espíritu del texto; o indirectamente, no señalando el único medio por el cual es posible cumplirla. Mientras que, en Segundo lugar, “confirmamos la ley,” tanto mostrando su plena extensión y su sentido espiritual, como llamando a todos a aquel camino vivo por el cual “la justicia de la ley puede cumplirse en ellos.” Éstos, mientras confían solamente en la sangre de Cristo, usan todas las ordenanzas que él ha establecido, hacen todas las “buenas obras que él preparó de antemano para que anduviesen en ellas,” y gozan y manifiestan todos los temperamentos santos y celestiales, aun el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús.

3. Pero, ¿no lleva a los hombres al orgullo el predicar esta fe? Respondemos: accidentalmente puede llevarlos; por tanto, todo creyente debe ser encarecidamente amonestado con las palabras del gran Apóstol: “Por su incredulidad” fueron desgajadas las primeras ramas, “y tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, mira que tampoco a ti te perdone. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios: la severidad ciertamente para con los que cayeron; pero la bondad para contigo, si permaneces en su bondad; de otra manera tú también serás cortado.” Y mientras permanezca en ella, recordará aquellas palabras de san Pablo, que preveía y respondía a esta misma objeción (Rom. 3:27): “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿De las obras? No, sino por la ley de la fe.” Si un hombre fuese justificado por sus obras, tendría de qué gloriarse. Pero no hay gloria alguna para el “que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío” (Rom. 4:5). Al mismo efecto son las palabras que preceden y siguen al texto (Ef. 2:4ss.): “Dios, que es rico en misericordia, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros.” De vosotros no viene ni vuestra fe ni vuestra salvación: “es don de Dios;” el don libre e inmerecido; la fe por la cual sois salvos, así como la salvación que él, por su propio beneplácito, por su mero favor, le añade. Que creáis es un ejemplo de su gracia; que creyendo seáis salvos, otro. “No por obras, para que nadie se gloríe.” Porque todas nuestras obras, toda nuestra justicia, que fueron anteriores a nuestro creer, nada merecieron de Dios sino condenación; tan lejos estaban de merecer la fe, la cual, por tanto, cuando quiera que se da, no es por obras. Ni tampoco es la salvación por las obras que hacemos cuando creemos, porque entonces es Dios quien obra en nosotros; y, por tanto, que él nos dé galardón por lo que él mismo obra, sólo encarece las riquezas de su misericordia, pero no nos deja nada de qué gloriarnos.

4. “Sin embargo, ¿no podrá el hablar así de la misericordia de Dios, como salvando o justificando gratuitamente sólo por la fe, alentar a los hombres en el pecado?” En verdad puede, y lo hará: muchos “perseverarán en el pecado para que la gracia abunde”; pero su sangre sea sobre su propia cabeza. La bondad de Dios debiera guiarlos al arrepentimiento; y así lo hará con los que son sinceros de corazón. Cuando sepan que hay todavía perdón en él, clamarán a voz en cuello que borre también sus pecados, por la fe que es en Jesús. Y si claman con vehemencia y no desmayan, si le buscan en todos los medios que él ha establecido, si rehúsan ser consolados hasta que él venga, “él vendrá, y no tardará.” Y puede hacer mucha obra en poco tiempo. Muchos son los ejemplos, en los Hechos de los Apóstoles, de que Dios obra esta fe en el corazón de los hombres, aun como relámpago que cae del cielo. Así, en la misma hora en que Pablo y Silas comenzaron a predicar, el carcelero se arrepintió, creyó y fue bautizado; como lo fueron tres mil, por san Pedro, el día de Pentecostés, los cuales todos se arrepintieron y creyeron a su primera predicación. Y, bendito sea Dios, hay ahora muchas pruebas vivientes de que él es todavía “poderoso para salvar.”

5. Con todo, a la misma verdad, puesta bajo otra luz, se hace una objeción enteramente contraria: “Si un hombre no puede ser salvo por todo cuanto pueda hacer, esto llevará a los hombres a la desesperación.” Cierto, a desesperar de ser salvos por sus propias obras, sus propios méritos o su propia justicia. Y así debe ser; porque ninguno puede confiar en los méritos de Cristo hasta que haya renunciado del todo a los suyos. El que “procura establecer su propia justicia” no puede recibir la justicia de Dios. La justicia que es de la fe no puede serle dada mientras confíe en la que es de la ley.

6. Pero ésta, se dice, es una doctrina desconsoladora. El diablo habló como quien es, esto es, sin verdad ni vergüenza, cuando osó sugerir a los hombres que lo es. Es la única consoladora, está “llenísima de consuelo,” para todos los pecadores destruidos por sí mismos y condenados por sí mismos. Que “todo aquel que en él cree no será avergonzado; que el mismo Señor de todos es rico para con todos los que le invocan”: he aquí consuelo, alto como el cielo, más fuerte que la muerte. ¡Cómo! ¿Misericordia para todos? ¿Para Zaqueo, un ladrón público? ¿Para María Magdalena, una ramera común? Me parece oír a alguno que dice: “¡Entonces yo, aun yo, puedo esperar misericordia!” Y así puedes, tú, el afligido, a quien nadie ha consolado. Dios no desechará tu oración. Antes bien, quizá diga la hora próxima: “Ten buen ánimo, tus pecados te son perdonados;” perdonados de tal manera que no reinarán más sobre ti; sí, y que “el Espíritu Santo dará testimonio a tu espíritu de que eres hijo de Dios.” ¡Oh buenas nuevas! ¡nuevas de gran gozo, que son enviadas a todo el pueblo! “A todos los sedientos: Venid a las aguas; venid, comprad sin dinero y sin precio.” Cualesquiera que sean vuestros pecados, “aunque sean rojos como el carmesí,” aunque sean más que los cabellos de vuestra cabeza, “volveos al Señor, y él tendrá de vosotros misericordia, y a nuestro Dios, el cual será amplio en perdonar.”

7. Cuando no ocurren más objeciones, entonces simplemente se nos dice que la salvación sólo por la fe no debiera predicarse como la primera doctrina, o, al menos, no debiera predicarse en absoluto. Pero ¿qué dice el Espíritu Santo? “Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” Así pues, que “todo aquel que en él cree será salvo,” es, y ha de ser, el fundamento de toda nuestra predicación; esto es, ha de predicarse primero. “Bien, pero no a todos.” ¿A quiénes, entonces, no hemos de predicarlo? ¿A quiénes exceptuaremos? ¿A los pobres? No; ellos tienen un derecho peculiar a que se les predique el evangelio. ¿A los indoctos? No. Dios ha revelado estas cosas a hombres indoctos e ignorantes desde el principio. ¿A los jóvenes? De ningún modo. “Dejad a éstos,” en todo caso, “venir a Cristo, y no se lo impidáis.” ¿A los pecadores? Menos que a nadie. “No vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.” ¿Por qué entonces, si a alguno, habríamos de exceptuar a los ricos, los doctos, los respetables, los hombres morales? Y es verdad que ellos con demasiada frecuencia se exceptúan a sí mismos de oír; sin embargo, debemos hablar las palabras de nuestro Señor. Porque así corre el tenor de nuestra comisión: “Id y predicad el evangelio a toda criatura.” Si algún hombre la tuerce, o tuerce cualquier parte de ella, para su perdición, él llevará su propia carga. Pero aun así, “vive el Señor, que lo que el Señor nos dijere, eso hablaremos.”

8. En este tiempo, más especialmente, hablaremos de que “por gracia sois salvos por medio de la fe”: porque nunca fue más oportuno sostener esta doctrina que en el día de hoy. Nada sino esto puede impedir eficazmente el aumento del engaño romanista entre nosotros. Es interminable atacar, uno por uno, todos los errores de aquella Iglesia. Pero la salvación por la fe hiere la raíz, y todos caen a una donde ésta queda establecida. Fue esta doctrina, a la cual nuestra Iglesia con justicia llama la roca fuerte y el fundamento de la religión cristiana, la que primero expulsó al papismo de estos reinos; y sólo ella puede mantenerlo fuera. Nada sino esto puede poner freno a aquella inmoralidad que ha “cubierto la tierra como un diluvio.” ¿Podéis vaciar el gran abismo gota a gota? Entonces podréis reformarnos con disuasiones contra vicios particulares. Pero sea introducida la “justicia que es de Dios por la fe,” y así serán detenidas sus soberbias olas. Nada sino esto puede cerrar la boca de aquellos que “se glorían en su vergüenza, y niegan abiertamente al Señor que los rescató.” Pueden hablar de la ley tan sublimemente como el que la tiene escrita por Dios en su corazón. Oírlos hablar sobre este punto podría inclinar a uno a pensar que no estaban lejos del reino de Dios; pero sacadlos de la ley al evangelio, comenzad con la justicia de la fe, con Cristo, “el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree,” y aquellos que hasta ahora parecían casi, si no del todo, cristianos, quedan confesados hijos de perdición, tan lejos de la vida y de la salvación (¡Dios tenga misericordia de ellos!) como la profundidad del infierno de la altura del cielo.

9. Por esta razón se enfurece tanto el adversario cuando quiera que la “salvación por la fe” es declarada al mundo; por esta razón conmovió cielo e infierno para destruir a los que primero la predicaron. Y por la misma razón, sabiendo que sólo la fe podía derribar los fundamentos de su reino, convocó todas sus fuerzas y empleó todas sus artes de mentira y calumnia para espantar a Martín Lutero de revivirla. Ni podemos maravillarnos de ello; porque, como observa aquel varón de Dios: “¡Cómo enfurecería a un hombre fuerte, soberbio y armado, ser detenido y tenido en nada por un niño pequeño que viniese contra él con una caña en la mano!”—especialmente cuando sabía que aquel niño pequeño ciertamente le derribaría y le hollaría bajo sus pies. ¡Así sea, Señor Jesús! ¡Así ha sido siempre tu fuerza “perfeccionada en la debilidad”! Sal, pues, tú, niño pequeño que crees en él, y su “diestra te enseñará cosas terribles.” Aunque seas desvalido y débil como un infante de pocos días, el hombre fuerte no podrá estar en pie delante de ti. Prevalecerás contra él, y le sujetarás, y le derribarás, y le hollarás bajo tus pies. Marcharás adelante, bajo el gran Capitán de tu salvación, “venciendo y para vencer,” hasta que todos tus enemigos sean destruidos, y “la muerte sea sorbida en victoria.”

Ahora, gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo; al cual, con el Padre y el Espíritu Santo, sea bendición, y gloria, y sabiduría, y acción de gracias, y honra, y potencia, y fortaleza, por los siglos de los siglos. Amén

Escritura en este sermón Efesios 2:8Romans 3:27Romans 4:5

Dominio público. Texto original de la edición original.