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Señales de una verdadera conversión

Retrato de George Whitefield George Whitefield

Texto

Mateo 18:3

En breve

“Si no os volvéis y os hacéis como niños.” Whitefield pregunta qué es realmente la conversión y da a sus oyentes señales sencillas con que examinarse: la sencillez, la dependencia y la docilidad de un niño ante su Padre. Cálido, directo y pensado para ser respondido en el acto.

“De cierto os digo: si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”

Doy por sentado que todos vosotros, ante quienes ahora voy a predicar el reino de Dios, estáis plenamente convencidos de que está establecido para todos los hombres que mueran una sola vez, y que todos creéis de veras que tras la muerte viene el juicio, y que la consecuencia de ese juicio será que quedaréis condenados a habitar en la oscuridad de las tinieblas, o ascenderéis a morar con el Dios bendito, por los siglos de los siglos. Doy también por sentado que, sea cual sea vuestra conducta en la vida ordinaria, no hay uno solo, por disoluto y perdido que sea, que no espere ir, cuando muera, a ese lugar que las Escrituras llaman el Cielo. Y pienso que, si algo conozco de mi propio corazón, el deseo de mi corazón, así como mi oración a Dios por todos vosotros, es veros sentados en el reino de nuestro Padre celestial. Pero, aunque todos esperamos ir al cielo cuando muramos, si hemos de juzgar por la vida de las personas —y nuestro Señor dice que “por sus frutos los conoceréis”—, me temo que se hallará que millares y decenas de millares que esperan ir a ese lugar bendito después de la muerte no van ahora camino de él mientras viven. Aunque nos llamamos cristianos, y consideraríamos una afrenta que alguien pusiera en duda si lo somos o no, hay muchísimos que llevan el nombre de Cristo y que, sin embargo, ni siquiera saben qué es el verdadero cristianismo. De ahí que, si preguntáis a muchos sobre qué fundan sus esperanzas del cielo, os dirán que pertenecen a esta, o aquella, o la otra denominación y parcialidad de cristianos en que la cristiandad se halla ahora tan tristemente dividida. Si preguntáis a otros sobre qué fundamento han edificado su esperanza del cielo, os dirán que fueron bautizados, que sus padres y madres los presentaron al Señor Jesucristo en su infancia; y aunque, en lugar de combatir bajo la bandera de Cristo, han combatido contra él casi desde que fueron bautizados, con todo, porque fueron admitidos en la iglesia y sus nombres constan en el libro de registro de la parroquia, por eso pretenden hacernos creer que sus nombres están también escritos en el libro de la vida. Pero muchos que no edifican sus esperanzas de salvación sobre un fundamento tan pobre y podrido como este, si son lo que solemos llamar personas negativamente buenas, si viven de modo que sus vecinos no puedan decir que hacen daño a nadie, no dudan de que serán felices cuando mueran; más aún, he visto morir a muchos de estos, como dice la Escritura, “sin ataduras en su muerte”. Y si una persona es lo que el mundo llama un hombre honrado y moral, si obra con justicia y, lo que el mundo llama, ama un poco de misericordia, es de vez en cuando bondadoso, tiende su mano al pobre, recibe el sacramento una o dos veces al año y es exteriormente sobrio y honrado, el mundo tiene a tal persona por un verdadero cristiano; y sin duda hemos de juzgar caritativamente a toda persona así. Hay también muchos que siguen una ronda de deberes, un dechado de prácticas, y creen que irán al cielo; pero, si los examináis, aunque tienen a un Cristo en la cabeza, no tienen a Cristo en el corazón.

El Señor Jesucristo sabía esto muy bien; sabía cuán desesperadamente perversos y engañosos eran los corazones de los hombres; sabía muy bien cuántos irían al infierno por las mismísimas puertas del cielo, cuántos subirían hasta la puerta misma, se acercarían tanto como para llamar a ella y, con todo, al final serían despedidos con un “de cierto, no os conozco”. Por eso el Señor nos dice con toda claridad qué gran cambio ha de obrarse en nosotros, y qué ha de hacerse por nosotros, antes de que podamos tener esperanza bien fundada de entrar en el reino de los cielos. De ahí que diga a Nicodemo “que si uno no naciere de nuevo, y de lo alto, y si uno no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. Y de todas las solemnes declaraciones de nuestro Señor, quiero decir a este respecto, quizá las palabras del texto sean una de las más solemnes: “si no os volvéis (dice Cristo) y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Estas palabras, si volvéis al contexto, se dirigen claramente a los discípulos, pues se nos dice que “en aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús”. Y creo que resulta claro por muchos pasajes de la Escritura que estos discípulos, a quienes nuestro Señor se dirigía en esta ocasión, ya estaban en cierto grado convertidos. Si tomamos las palabras en sentido estricto, solo son aplicables a quienes ya han alcanzado alguna fe en Cristo, aunque débil. Nuestro Señor quiere decir que, aunque ya habían gustado la gracia de Dios, quedaba todavía tanto del viejo hombre, tanto pecado y corrupción morando aún en sus corazones, que, a menos que estuvieran más convertidos de lo que estaban, a menos que un cambio mayor pasara sobre sus almas y la santificación siguiera adelante, poca prueba podrían dar de pertenecer a su reino, el cual no había de establecerse con grandeza exterior, como ellos suponían, sino que había de ser un reino espiritual, comenzado aquí, pero consumado después en el reino de Dios. Pero, aunque las palabras tenían una referencia particular a los discípulos de nuestro Señor, como nuestro Señor hace una declaración semejante a esta en otros lugares de la Escritura, especialmente en el discurso a Nicodemo, creo que las palabras pueden aplicarse con justicia a santos y a pecadores; y como supongo que hay aquí dos clases de personas, algunas que conocen a Cristo y algunas de vosotras que no le conocéis, algunas que están convertidas y algunas que son extrañas a la conversión, procuraré hablar de tal modo que, si Dios se digna asistirme y daros un oído atento y un corazón obediente, tanto santos como pecadores tengan su porción.

Primero, procuraré mostraros en qué sentido hemos de entender esta afirmación de nuestro Señor, “que debemos convertirnos y hacernos como niños”. Luego,

Segundo, hablaré a quienes profesan algo de este talante de niño,

Y por último, hablaré a vosotros, que no tenéis razón para pensar que este cambio haya pasado jamás sobre vuestras almas. Y

Primero, procuraré mostraros qué hemos de entender por aquello que dijo nuestro Señor: “Si no os volvéis y os hacéis como niños”. Pero pienso que, antes de tratar este punto, conviene sentar una o dos observaciones previas.

1. Pienso que las palabras dan claramente a entender que, antes de que vos o yo podamos tener una esperanza bien fundada y conforme a la Escritura de ser felices en el estado venidero, ha de pasar sobre nuestras almas algún cambio grande, notable y asombroso. Creo que no hay una sola persona adulta en la congregación que no confiese de buena gana que un gran cambio ha pasado sobre su cuerpo desde que vino al mundo por primera vez y era un niño de pecho mecido sobre las rodillas de su madre. Es verdad que no tenéis más miembros que entonces, pero ¡cuán cambiados están! Aunque en cierto sentido sois los mismos que erais, en cuanto al número de vuestros miembros y a la forma de vuestro cuerpo, con todo, si una persona que os conoció cuando estabais en la cuna hubiera estado ausente de vosotros algunos años y os viera ya crecidos, mil contra uno a que no os reconocería en absoluto: tan cambiados estáis, tan distintos de lo que erais cuando erais pequeños. Y así como las palabras dan claramente a entender que un gran cambio ha pasado sobre nuestro cuerpo desde que éramos niños, así también, antes de que podamos ir al cielo, ha de pasar un cambio igual de grande sobre nuestra alma. Nuestra alma, considerada en sentido físico, sigue siendo la misma; no se ha de obrar en ella ningún cambio filosófico. Pero, en cuanto a nuestro temperamento, hábitos y conducta, hemos de quedar tan cambiados y transformados que quienes nos conocieron el otro día, cuando estábamos en estado de pecado y antes de conocer a Cristo, y que ahora nos tratan, vean tal alteración que queden tan asombrados de ella como quien contempla el cambio obrado en alguien a quien no ha visto en veinte años desde su niñez.

2. Pero creo conveniente sentar algo más, porque este texto es el gran baluarte de los arminianos y de otros. Aprenden del diablo a traer textos para propagar malos principios: cuando el diablo quiso tentar a Jesucristo, como Cristo citaba la Escritura, también Satanás lo hizo. Y tales personas, para que su doctrina y sus malos principios pasen mejor, quisieran persuadir a las almas incautas e inestables de que se fundan en la palabra de Dios. Aunque la doctrina del pecado original es una doctrina escrita con caracteres tan legibles en la palabra de Dios que hasta el que corre puede leerla; y aunque, a mi juicio, todo lo que hay fuera de nosotros y todo lo que hay dentro de nosotros proclama a las claras que somos criaturas caídas; aunque hasta los mismos paganos, que no tuvieron otra luz que la tenue luz de la razón sin ayuda, se lamentaron de esto, pues sentían la herida y descubrían la enfermedad, pero ignoraban su causa; con todo, hay demasiadas personas de entre las bautizadas en el nombre de Cristo que se atreven a hablar contra la doctrina del pecado original y se enojan con esos ministros malhumorados que pintan al hombre con colores tan negros. Dicen ellos: “No puede ser que los niños vengan al mundo con la culpa del pecado de Adán pesando sobre ellos.” ¿Por qué? Pedidles que lo prueben por la Escritura, y alegarán este mismísimo texto: nuestro Señor nos dice: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” Ahora bien, su argumento discurre así: “En las palabras del texto está implícito que los niños son inocentes y que vienen al mundo como una mera hoja de papel en blanco, pues de otro modo nuestro Señor argumentaría de manera absurda, ya que nunca podría pretender decir que debemos convertirnos y ser hechos como criaturas perversas; eso no sería conversión.” Pero, queridos amigos, esto es hacer decir a Jesucristo lo que jamás quiso decir y lo que no puede deducirse de sus palabras. Que los niños son culpables —quiero decir, que son concebidos y nacidos en pecado— es claro por todo el tenor del libro de Dios. David era un hombre conforme al corazón de Dios; sin embargo, dice: “en pecado me concibió mi madre”. Jeremías, hablando del corazón de cada uno, dice: “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso”. Los siervos de Dios declaran unánimemente (y Pablo lo cita de uno de ellos) “que todos nos hemos hecho ahora abominables, todos nos hemos apartado del camino de la justicia original; no hay uno solo de nosotros que haga lo bueno (por naturaleza), no hay ni siquiera uno”. Y apelo a cualquiera de vosotros que seáis madres y padres: ¿no discernís el pecado original o la corrupción en vuestros hijos tan pronto como vienen al mundo?, y, conforme van creciendo, ¿no descubrís en ellos la propia voluntad y una aversión a lo bueno? ¿Cuál es la razón de que vuestros hijos sean tan reacios a la instrucción, sino que traen consigo al mundo la enemistad contra un Dios bueno y clemente? Así pues, es claro por la Escritura y por los hechos que los niños nacen en pecado y, por consiguiente, que son hijos de ira. Y por mi parte pienso que la muerte de todo niño es una prueba palmaria del pecado original: la enfermedad y la muerte entraron en el mundo por el pecado, y no parece congruente con la bondad y la justicia de Dios permitir que un niño enferme o muera, a menos que el primer pecado de Adán le fuera imputado. Si alguien acusa a Dios de injusticia por imputar el pecado de Adán a un niño pequeño, he aquí que tenemos un segundo Adán para llevarle nuestros hijos. Por eso, cuando nuestro Señor dice: “si no os volvéis y os hacéis como niños”, no hemos de entender como si nuestro Señor insinuara que los niños son perfectamente inocentes, sino en un sentido comparativo y, como os mostraré enseguida, en un sentido racional. Los niños son inocentes si los comparáis con las personas mayores; pero, tomados como son y como vienen al mundo, tienen corazones sensuales y mentes carnales. Y menciono esto con la mayor preocupación, porque creo de veras que, a menos que los padres estén convencidos de ello, jamás cuidarán como es debido la educación de sus hijos. Si los padres estuvieran convencidos de cuán malos son los corazones de los niños, nunca os gustaría dejarlos ir a bailes, reuniones y espectáculos, cuya tendencia natural es corromper su mente y hacerlos hijos del diablo. Si los padres estuvieran convencidos de esto, creo que orarían más cuando llevan a sus hijos a ser bautizados, y no lo harían un mero formalismo. Y creo que, si de veras estuvieran convencidos de que sus hijos fueron concebidos en pecado, elevarían siempre, antes de que sus hijos vinieran al mundo, aquella petición que, según he oído, una buena mujer elevaba siempre: “Señor Jesús, que nunca dé yo a luz un hijo para el infierno o para el diablo.” ¡Oh! ¿No es de temer que millares de niños comparezcan, en el gran día, ante Dios y, en presencia de ángeles y de hombres, digan: Padre y madre, después de la maldad de mi propio corazón, os debo a vosotros mi condenación, por la mala educación que me disteis?

Habiendo sentado estas dos observaciones, paso ahora a mostrar en qué sentido hemos de entender realmente las palabras de que debemos convertirnos y hacernos como niños. El evangelista nos dice “que en aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” Estos discípulos habían asimilado la idea común y dominante de que el Señor Jesucristo iba a ser un príncipe temporal; no soñaban sino con ser ministros de estado, con sentarse a la diestra de Cristo en su reino y con enseñorearse del pueblo de Dios; se creían capacitados para cargos de estado, como suelen presumir de sí las personas ignorantes. Y bien, dicen ellos: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” ¿Cuál de nosotros tendrá la máxima dirección de los asuntos públicos? ¡Linda pregunta para unos pocos pobres pescadores que apenas sabían arrastrar sus redes a la orilla, y mucho menos gobernar un reino! Por eso nuestro Señor, en el versículo segundo, para humillarlos, llama a un niño y lo pone en medio de ellos. Aquella acción equivalía a que nuestro Señor hubiera dicho: “¡Pobres criaturas! Vuestra imaginación es muy altiva; disputáis quién será el mayor en el reino de los cielos; haré que este niño os predique, o os predicaré yo por medio de él. De cierto os digo (yo, que soy la verdad misma, sé de qué manera han de entrar mis súbditos en mi reino; os digo que estáis tan lejos de tener el talante adecuado para mi reino, que), si no os volvéis y os hacéis como este niño, no entraréis en el reino de los cielos (a menos que estéis, comparativamente hablando, tan desasidos del mundo, tan desasidos de coronas, cetros y reinos y de las cosas terrenales, como este pobre niño que tengo en la mano), no entraréis en mi reino.” De modo que de lo que nuestro Señor habla no es de la inocencia de los niños, si consideráis la relación en que están respecto de Dios y como son en sí mismos cuando vienen al mundo; sino que lo que nuestro Señor quiere decir es que, en cuanto a la ambición y la codicia del mundo, debemos en este sentido hacernos como niños. ¿No hay acaso algún niño o niña en esta congregación? Preguntad a un pobre niño que apenas sabe hablar acerca de una corona, un cetro o un reino: la pobre criatura no tiene idea de ello; dad a un niño o a una niña una cosita para jugar, y dejará el mundo entero a los demás. Pues bien, en este sentido debemos convertirnos y hacernos como niños; es decir, debemos estar tan desasidos del mundo, comparativamente hablando, como un niño.

No me malinterpretéis: no voy a persuadiros de que cerréis vuestras tiendas o dejéis vuestro negocio; no voy a persuadiros de que, si queréis ser cristianos, debéis haceros ermitaños y retiraros del mundo; no podéis dejar atrás vuestro corazón perverso cuando dejáis el mundo, pues yo compruebo que, cuando estoy a solas, mi corazón perverso me ha seguido, vaya a donde vaya. No, la religión de Jesús es una religión social. Pero, aunque Jesucristo no nos llama a salir del mundo, a cerrar nuestras tiendas y a dejar que nuestros hijos sean sustentados por milagros, con todo, esto ha de decirse en honor del cristianismo: si de veras estamos convertidos, estaremos desasidos del mundo. Aunque estemos ocupados en él y obligados a trabajar por nuestros hijos; aunque estemos obligados a ejercer oficios y comercios y a ser útiles al bien común, con todo, si somos verdaderos cristianos, estaremos desasidos del mundo; si bien no pretendo decir que todos los verdaderos cristianos hayan alcanzado el mismo grado de espiritualidad. Este es el sentido primario de estas palabras: que debemos convertirnos y hacernos como niños; no obstante, supongo que las palabras han de entenderse también en otros sentidos.

Cuando nuestro Señor dice que debemos convertirnos y hacernos como niños, supongo que quiere decir también que debemos ser conscientes de nuestra debilidad, comparativamente hablando, como un niño. Todo el mundo mira a un niño como a una pobre criatura débil; como a alguien que debe ir a la escuela y aprender cada día alguna lección nueva; y como a alguien sencillo y sin artificio, sin doblez, que no ha aprendido el abominable arte llamado disimulo. Pues bien, en todos estos sentidos creo que hemos de entender las palabras del texto. ¿Son los niños conscientes de su debilidad? ¿Han de ser llevados de la mano? ¿Hemos de sostenerlos, o caerán? Así, si estamos convertidos, si la gracia de Dios está de veras en nuestro corazón, queridos amigos, por mucho que antaño hayamos pensado de nosotros mismos, cualesquiera que fueran nuestras antiguas y encumbradas imaginaciones, ahora seremos conscientes de nuestra debilidad; ya no diremos: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad”; seremos pobres por dentro; sentiremos “que somos desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos”. Y así como un niño entrega su mano para que la guíe un padre o una nodriza, así también quienes están verdaderamente convertidos y son verdaderos cristianos entregarán su corazón, su entendimiento, su voluntad y sus afectos para ser guiados por la palabra, la providencia y el Espíritu del Señor. De ahí que el apóstol, hablando de los hijos de Dios, diga: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son (y de seguro quiere decir que solo estos son) hijos de Dios”.

Y así como los niños se tienen a sí mismos por criaturas ignorantes, así también quienes están convertidos se tienen a sí mismos por ignorantes. De ahí que Juan, hablando a los cristianos, los llame hijitos: “Os he escrito a vosotros, hijitos”. Y el rebaño de Cristo es llamado una manada pequeña, no solo por ser pequeña en número, sino también porque quienes son miembros de su rebaño son en verdad pequeños a sus propios ojos. De ahí que aquel gran hombre, aquel gran apóstol de los gentiles, aquel padre espiritual de tantos millares de almas, aquel hombre que, en opinión del Dr. Goodwin, “se sienta más cerca del Dios-hombre, el Señor Jesucristo, en la gloria”, aquel vaso escogido, el apóstol Pablo, cuando habla de sí mismo, dice: “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo”. Quizá algunos de vosotros, al leer estas palabras, os inclinéis a pensar que Pablo no decía verdad, que no sentía realmente lo que decía, porque juzgáis el corazón de Pablo por vuestro propio corazón soberbio; pero cuanto más recibáis de la gracia de Dios, y cuanto más participéis de la vida divina, tanto más veréis vuestra propia bajeza y vileza, y tanto más pequeños seréis a vuestros propios ojos. De ahí que el señor Flavel, en su libro llamado La agricultura espiritualizada, compare a los cristianos jóvenes con el trigo verde, que antes de madurar crece muy alto, pero tiene poca solidez; mientras que un cristiano maduro es como el trigo maduro: no levanta tanto la cabeza, pero es más granado y apto para ser segado y guardado en el granero del labrador. Los cristianos jóvenes son también como los arroyuelos: ya sabéis que los arroyuelos son poco profundos y, sin embargo, hacen mucho ruido; pero un cristiano maduro no hace mucho ruido, sino que corre dulcemente, como un río hondo que se desliza hacia el océano.

Y así como se tiene a un niño por una criatura inofensiva que por lo común dice la verdad, así también, si estamos convertidos y nos hacemos como niños, seremos sin doblez, además de inofensivos. ¿Qué dijo el amado Redentor cuando vio a Natanael? Como si fuera un espectáculo raro el que contemplaba y quisiera que otros lo contemplaran también: “He aquí un verdadero israelita.” ¿Por qué? “En quien no hay engaño.” No me malinterpretéis; no digo que los cristianos no deban ser prudentes; deben orar sobremanera a Dios pidiendo prudencia, no sea que sigan los engaños del diablo y, por su imprudencia, toquen indebidamente el arca de Dios. Fue la queja de un gran hombre: “Dios me ha dado muchos dones, pero Dios no me ha dado prudencia.” Por eso, cuando digo que un cristiano debe ser sin doblez, no quiero decir que deba exponerse y quedar al descubierto ante el ataque de cualquiera; debemos orar por la prudencia de la serpiente, aunque por lo común aprenderemos esta prudencia a fuerza de tropiezos y torpezas, y hemos de avanzar algo en el cristianismo antes de conocer nuestra imprudencia. Una persona verdaderamente convertida puede decir, como se cuenta de cierto filósofo: “Ojalá hubiera una ventana en mi pecho, para que todos pudieran ver la rectitud de mi corazón y de mis intenciones.” Y aunque hay demasiado del viejo hombre en nosotros, con todo, si estamos verdaderamente convertidos, no habrá en nosotros doblez consentida; seremos inofensivos. Y esa es la razón de que al pobre cristiano lo engañen con demasiada frecuencia: juzga a los demás por sí mismo; teniendo un corazón honrado, cree que todos son tan honrados como él, y por eso es presa de cualquiera. Podría extenderme en cada uno de estos puntos, pues es una verdad copiosa e importante; pero no me propongo multiplicar muchas señales ni encabezamientos.

Y por eso, como tengo algo que decir a modo de aplicación personal, permitidme, pues, con la mayor ternura y a la vez con fidelidad, dirigirme a vosotros, queridos amigos. Mi texto se introduce de manera solemne: “De cierto os digo”; y lo que Jesús dijo entonces, lo dice ahora a vosotros, a mí, y a cuantos se sientan bajo un evangelio predicado, y a cuantos el Señor nuestro Dios llame. Permitidme exhortaros a ver si estáis convertidos, si un cambio tan grande y todopoderoso ha pasado sobre alguna de vuestras almas. Como os dije antes, así os lo digo de nuevo: todos esperáis ir al cielo, y ruego a Dios Todopoderoso que todos estéis allí. Cuando veo una congregación como esta, si mi corazón está en el marco debido, me siento pronto a dar mi vida con tal de ser instrumento para salvar aunque solo sea un alma. Me sangra el corazón por dentro, y a veces me hace estar sumamente reacio a predicar, no sea que la palabra que espero haga bien aumente la condenación de alguno, y quizá de gran parte del auditorio, por su propia incredulidad. Permitidme tratar con fidelidad vuestras almas. Tengo en mi mano vuestra sentencia de muerte: Cristo lo ha dicho, Jesús lo mantendrá; es como las leyes de los medos y los persas, no se altera. ¡Oye, oh hombre! ¡Oye, oh mujer! El que tenga oídos para oír, oiga lo que dice el Señor Jesucristo: “De cierto os digo: si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” Aunque esta es la noche del sábado, y ahora os preparáis para el día del Señor, por lo que sabéis, quizá no lleguéis nunca a ver ese día. Habéis tenido pruebas terribles de ello últimamente: una mujer murió apenas ayer, un hombre murió anteayer, otro murió por algo que le cayó de una casa, y bien puede ser que dentro de veinticuatro horas muchos de vosotros seáis llevados a un estado inmutable. Ahora, pues, por amor de Dios, por amor de vuestras propias almas, si tenéis intención de morar con Dios y no podéis soportar el pensamiento de morar en el fuego eterno, antes de seguir adelante, elevad en silencio una oración, o decid amén a la oración que pondría en vuestra boca: “Señor, escudriñame y pruébame; Señor, examina mi corazón, y hable mi conciencia; ¡oh, hazme saber si estoy convertido o no!” ¿Qué decís, queridos oyentes? ¿Qué decís, compañeros de pecado? ¿Qué decís, hermanos culpables? ¿Ha obrado Dios, por su bendito Espíritu, semejante cambio en vuestros corazones? No os pregunto si Dios os ha hecho ángeles; sé que eso nunca será; solo os pregunto si tenéis alguna esperanza bien fundada para pensar que Dios os ha hecho nuevas criaturas en Cristo Jesús, que ha renovado y cambiado de tal modo vuestra naturaleza que podéis decir: humildemente confío en que, en cuanto al talante y la inclinación habitual de mi mente, mi corazón está libre de maldad; tengo esposo, tengo esposa, tengo también hijos, atiendo una tienda, me ocupo de mi negocio; pero amo a estas criaturas por amor de Dios, y todo lo hago por Cristo; y si Dios me llamara ahora, según el talante habitual de mi mente, puedo decir: Señor, estoy pronto; y por mucho que ame a las criaturas, espero poder decir: ¿A quién tengo yo en el cielo sino a ti? ¿A quién tengo yo en el cielo, oh Dios mío y amado Redentor mío, que desee en comparación de ti? ¿Podéis dar gracias a Dios por las criaturas y decir al mismo tiempo: estas no son mi Cristo? Hablo en lenguaje llano; conocéis mi manera de predicar: no quiero hacer de orador, no quiero que me tengan por erudito; quiero hablar de modo que alcance el corazón de la gente sencilla. ¿Qué decís, queridos oyentes? ¿Sois conscientes de vuestra debilidad? ¿Sentís que por naturaleza sois desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos? ¿Entregáis vuestro corazón, vuestros afectos, vuestra voluntad y vuestro entendimiento para ser guiados por el Espíritu de Dios, como un niño entrega su mano para ser guiado por su padre? ¿Sois pequeños a vuestros propios ojos? ¿Tenéis un concepto humilde de vosotros mismos? ¿Y queréis aprender algo nuevo cada día? Menciono estas señales porque me inclino a creer que se ajustan mejor a la capacidad de muchos de vosotros. Muchos de vosotros no tenéis aquella efusión de afecto que a veces teníais, y por eso estáis dispuestos a renunciar a todas vuestras evidencias y a abrir paso a la entrada del diablo en vuestro corazón. Ya no sois llevados al monte como solíais, y por eso concluís que no tenéis ninguna gracia. Pero si el Señor Jesucristo te ha vaciado y te ha humillado, si te está dando a ver y a conocer que no eres nada, aunque no estés creciendo hacia arriba, estás creciendo hacia abajo; y aunque no tengas tanto gozo, con todo, tu corazón se está vaciando para ser más abundantemente colmado dentro de poco. ¿Puede alguno de vosotros seguirme? Entonces, dad gracias a Dios y tomad el consuelo de ello.

Si así estás convertido y te has hecho niño, te doy la bienvenida, en el nombre del Señor Jesús, a la querida familia de Dios; te doy la bienvenida, en el nombre del amado Redentor, a la compañía de los hijos de Dios. Oh almas queridas, aunque el mundo no vea nada en vosotros, aunque no haya ninguna diferencia exterior entre vosotros y los demás, con todo, yo os miro con otra luz, como a tantos hijos e hijas de reyes: ¡salud a todos! En el nombre de Dios, deseo de todo corazón el gozo a cada uno de vosotros, hijos e hijas del Rey de reyes. ¿No ejerceréis en adelante un talante de niño? ¿No os derretirá el corazón este pensamiento, cuando os diga que el gran Dios, que pudo haberos fulminado hasta el infierno por vuestros pecados secretos, que nadie conocía sino Dios y vuestra propia alma, y que pudo haberos condenado veces sin número, ha echado el manto de su amor sobre vosotros? Su voz ha sido: Viva ese hombre, viva esa mujer, porque he hallado rescate. ¡Oh! ¿No clamaréis: ¿Por qué a mí, Señor? Si el rey Jorge mandara buscar a alguno de vuestros hijos, y oyerais que iban a ser sus hijos adoptivos, ¿cuán altamente honrados creeríais a vuestros hijos? ¡Qué gran condescendencia fue la de la hija de Faraón al recoger a Moisés, un pobre niño expuesto en una arquilla de juncos, y criarlo como hijo suyo! Pero ¿qué es esa dicha en comparación de la tuya, que el otro día eras hijo del diablo, pero que ahora, por la gracia que convierte, te has hecho hijo de Dios? ¿Estáis convertidos? ¿Os habéis hecho como niños? Entonces, ¿qué debéis hacer? Queridos oyentes, sed obedientes a Dios; recordad que Dios es vuestro padre; y como cada uno de vosotros sabe qué terrible cruz es tener un hijo malvado y desobediente, si no queréis que vuestros hijos os sean desobedientes, por amor de Cristo no seáis vosotros desobedientes a vuestro Padre celestial. Si Dios es vuestro padre, obedecedle; si Dios es vuestro padre, servidle; amadle con todo vuestro corazón, amadle con todas vuestras fuerzas, con toda vuestra alma y con toda vuestra mente. Si Dios es vuestro padre, huid de todo lo que pueda desagradarle, y andad como es digno de aquel Dios que os ha llamado a su reino y gloria. Si estáis convertidos y os habéis hecho como niños, comportaos entonces como niños: anhelan el pecho, y con él quedarán contentos. ¿Sois niños recién nacidos? Desead entonces la leche no adulterada de la palabra, para que por ella crezcáis. No quiero que os pasen las cáscaras arminianas; sois hijos e hijas de reyes, y tenéis un gusto más refinado; habéis de tener las doctrinas de la gracia; y bendito sea Dios porque moráis en un país donde la palabra pura se predica con tanta claridad. ¿Sois niños? Creced entonces en la gracia y en el conocimiento de vuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¿Tenéis algunos de vosotros hijos que no crecen? ¿No os lamentáis por esos hijos y lloráis por ellos? ¿No decís: mi hijo nunca servirá para nada en el mundo? Pues bien, si os aflige ver un hijo que no crece, ¿cuánto ha de afligir al corazón de Cristo veros crecer tan poco? ¿Vais a ser niños para siempre? ¿Vais a estar siempre aprendiendo los primeros principios del cristianismo, y nunca proseguiréis hacia la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús? No lo permita Dios. Sea el lenguaje de vuestro corazón: “Señor Jesús, ayúdame a crecer, ayúdame a aprender más, enséñame a vivir de modo que mi progreso sea conocido de todos.”

¿Sois hijos de Dios? ¿Estáis convertidos y os habéis hecho como niños? Tratad entonces con Dios como vuestros hijos tratan con vosotros: en cuanto necesitan algo, o si alguien les hace daño, apelo a vosotros mismos, ¿no corren derechos a su padre? Pues bien, ¿sois hijos de Dios? ¿Os molesta el diablo? ¿Os molesta el mundo? Id a decírselo a vuestro Padre, id derechos a quejaros a Dios. Quizá digáis: no sé pronunciar palabras hermosas; pero ¿acaso esperáis vosotros palabras hermosas de vuestros hijos? Si vienen llorando y apenas saben decir palabras a medias, ¿no se conmueven vuestras entrañas por ellos? ¿Y no tiene Dios indeciblemente más compasión de vosotros? Aunque solo sepáis hacerle señas: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadecerá el Señor de los que le temen.” Os ruego, pues, que seáis osados con vuestro Padre, diciendo: “¡Abba, Padre!” Satanás me molesta, el mundo me molesta, los hijos de mi propia madre están airados contra mí; ¡Padre celestial, defiende mi causa! Entonces el Señor hablará por vosotros de un modo u otro.

¿Estáis convertidos y os habéis hecho como niños? ¿Habéis entrado en la familia de Dios? Tened entonces por seguro que vuestro Padre celestial os disciplinará de vez en cuando: “porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.” Se cuenta del obispo Latimer que, en la casa donde fue a hospedarse, oyó decir al dueño de la casa: doy gracias a Dios de que nunca he tenido una cruz en mi vida; oh, dijo él, entonces no me quedaré aquí. Creo que no hay un hijo de Dios que, estando en buen estado, no haya orado pidiendo gran humildad; han orado pidiendo gran fe, han orado pidiendo gran amor, han orado pidiendo todas las gracias del Espíritu. Pero ¿sabéis que, cuando elevabais estas oraciones, también decíais: Señor, envíanos grandes pruebas? Porque ¿cómo es posible saber que tenéis gran fe, humildad y amor, a menos que Dios os ponga en grandes pruebas, para que sepáis si las tenéis o no? Menciono esto porque muchos de los hijos de Dios (estoy seguro de que muchas veces ha sido para mí una tentación, cuando he estado bajo la vara punzante de Dios), cuando pasan por grandes pruebas, piensan que Dios los está abandonando. Por tanto, si sois hijos de Dios, si estáis convertidos y os habéis hecho como niños, no esperéis que Dios sea como un padre necio; no, él es un Dios celoso, ama demasiado a su hijo para escatimarle la vara. ¿Cómo corrigió a Miriam? ¿Cómo corrigió a Moisés? ¿Cómo ha corregido Dios en todas las épocas a sus hijos más queridos? Por tanto, si estáis convertidos y os habéis hecho como niños, si Dios os ha quitado un hijo, o vuestros bienes, si Dios permite que los amigos os abandonen, y si os veis abandonados, por así decirlo, tanto de Dios como de los hombres, decid: ¡Señor, te doy gracias! Soy un hijo rebelde, o Dios no me heriría tan a menudo y tan duramente. No culpéis a vuestro Padre celestial, sino culpaos a vosotros mismos; él es un Dios amoroso y un Padre tierno: “en toda angustia de ellos él fue angustiado.” Por eso, cuando Dios habló a Moisés, le habló desde la zarza, como si dijera: “Moisés, esta zarza representa a mi pueblo; como esta zarza arde en fuego, así han de arder mis hijos en la aflicción; pero yo estoy en la zarza; si la zarza arde, yo arderé con ella; estaré con ellos en el horno, estaré con ellos en las aguas y, aunque las aguas pasen sobre ellos, no los anegarán.”

¿Sois hijos de Dios? ¿Estáis convertidos y os habéis hecho como niños? ¿No anhelaréis entonces ir a casa y ver a vuestro Padre? ¡Oh, dichosos los que han llegado a casa antes que vosotros; dichosos los que están allá arriba; dichosos los que han ascendido por encima de este campo de batalla! No sé qué penséis de ello, pero, desde que supe que algunos, en cuyo corazón Dios se dignó obrar, han partido a la gloria, a veces me lleno de pena de que Dios no se digne dejarme ir también a casa. ¿Cómo podéis ver tanta frialdad entre el pueblo de Dios? ¿Cómo podéis ver al pueblo de Dios como la luna, creciendo y menguando? ¿Quién no ha de desear estar para siempre con el Señor? Gracias a Dios, el tiempo llega pronto; gracias a Dios, él vendrá y no tardará. No os impacientéis; Dios, a su debido tiempo, os llevará a casa. Y aunque ahora se os reduzca la ración, aunque algunos de vosotros os veáis estrechos en vuestras circunstancias, no os quejéis: un Dios, y el evangelio de Cristo, con pan moreno, son grandes riquezas. En la casa de vuestro Padre hay pan de sobra; aunque ahora seas atormentado, dentro de poco serás consolado; los ángeles tendrán por honra llevarte al seno de Abraham, aunque aquí no seas sino un Lázaro. Por el estado de mi corazón, me siento muy inclinado a hablar con consuelo al pueblo de Dios.

Pero solo mencionaré una cosa más, y es esta: si estáis convertidos y os habéis hecho como niños, entonces, por amor de Dios, guardaos de hacer lo que los niños suelen hacer; son demasiado propensos a reñir unos con otros. ¡Oh, amaos los unos a los otros! “El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.” José sabía que sus hermanos corrían peligro de enemistarse, por eso, al despedirse de ellos, les dijo: “No riñáis por el camino.” Todos sois hijos del mismo Padre, todos vais al mismo lugar; ¿por qué habéis de discordar? Bastante tiene el mundo contra nosotros, bastante tiene el diablo contra nosotros, sin que además riñamos unos con otros; ¡oh, andad en amor! Si no pudiera predicar más, si no fuera capaz de resistir hasta el final de mi sermón, diría lo que dijo Juan cuando, siendo ya anciano, no podía predicar: “Hijitos, amaos los unos a los otros”; si sois hijos de Dios, entonces amaos los unos a los otros. Nada me aflige más que las diferencias entre el pueblo de Dios. ¡Oh, apresúrese aquel tiempo en que, o iremos al cielo, o no riñamos jamás!

Quisiera Dios que pudiera hablaros a todos en este lenguaje de consuelo; pero mi maestro me dice que no debo “dar lo santo a los perros, ni echar mis perlas delante de los cerdos”; por eso, aunque he estado hablando con consuelo, con todo, lo que he venido diciendo, especialmente en esta última parte del discurso, pertenece a los niños; es pan de los niños, pertenece al pueblo de Dios. Si alguno de vosotros es una criatura sin gracia, sin Cristo, sin convertir, os ordeno que no lo toquéis; lo cerco en el nombre de Dios; he aquí una espada encendida que se revuelve por todos lados para guardaros de este pan de vida, hasta que os volváis a Jesucristo. Y por eso, como supongo que muchos de vosotros estáis sin convertir y sin gracia, ¡idos a casa! Y retiraos a vuestros aposentos, y postrad vuestro corazón terco delante de Dios; si no lo habéis hecho antes, sea esta la noche. O bien, no esperéis a llegar a casa; comenzad ahora, mientras estáis aquí de pie; orad a Dios, y sea el lenguaje de vuestro corazón: ¡Señor, conviérteme! ¡Señor, hazme un niño! ¡Señor Jesús, que no sea yo desterrado de tu reino! Queridos amigos, en estas palabras se da a entender mucho más de lo que se expresa: cuando Cristo dice “no entraréis en el reino de los cielos”, es tanto como decir “ciertamente iréis al infierno, ciertamente seréis condenados y moraréis en la oscuridad de las tinieblas para siempre, iréis a donde el gusano no muere y el fuego nunca se apaga”. ¡El Señor Dios lo grabe en vuestras almas! ¡Ojalá una flecha (como alguien me escribió hace poco en una carta), mojada en la sangre de Cristo, alcance el corazón de todo pecador sin convertir! ¡Que Dios cumpla el texto en cada una de vuestras almas! Solo él puede hacerlo. Si confesáis vuestros pecados y los dejáis, y os asís del Señor Jesucristo, se os dará el Espíritu de Dios; si vais y decís: ¡conviérteme, oh Dios mío!, no sabes, oh hombre, cuál pueda ser la respuesta de Dios para ti. Si pensara que la predicación serviría al caso, si pensara que los argumentos os inducirían a venir, continuaría mi discurso hasta la medianoche. Y por más que algunos de vosotros me odiéis sin causa, quisiera Dios que cada uno en esta congregación estuviera tan preocupado por sí mismo como ahora (bendito sea Dios) me siento yo preocupado por él. ¡Oh, si mi cabeza se hiciera aguas, y mis ojos fuente de lágrimas, para llorar sobre una generación sin convertir, sin gracia, perversa y adúltera! Almas preciosas, por amor de Dios, pensad qué será de vosotros cuando muráis, si morís sin haberos convertido; si partís de aquí sin el vestido de bodas, Dios os dejará sin habla, y seréis desterrados de su presencia por los siglos de los siglos. Sé que no podéis morar con las llamas eternas; he aquí, pues, que os muestro un camino de escape: Jesús es el camino, Jesús es la verdad, el Señor Jesucristo es la resurrección y la vida. Su Espíritu ha de convertiros; venid a Cristo, y lo tendréis; y quiera Dios, por amor de Cristo, dároslo a todos y convertiros, para que todos nos encontremos, para no separarnos jamás, en su reino celestial; así sea, Señor Jesús. Amén y amén.

Escritura en este sermón Mateo 18:3

Dominio público. Texto original de la edición original.