Sermón · 35 min de lectura · Avanzada

Andar con Dios

Retrato de George Whitefield George Whitefield

Texto

Génesis 5:24

En breve

“Caminó, pues, Enoc con Dios.” De esas palabras Whitefield traza todo un retrato de la vida cristiana: qué significa andar con Dios, los medios para seguir a su paso —la oración, la Palabra, la compañía de su pueblo— y el fin de tal andar, cuando Dios lleva a su amigo a casa.

“Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.”

Diversos son los pretextos y argumentos que los hombres de mente corrompida alegan con frecuencia para no rendir obediencia a los justos y santos mandamientos de Dios. Pero quizá una de las objeciones más comunes que presentan es esta: que los mandamientos de nuestro Señor no son practicables, por ser contrarios a la carne y la sangre; y que, en consecuencia, él es ‘hombre duro, que siega donde no sembró y recoge donde no esparció’. Estos, según hallamos, eran los sentimientos que abrigaba aquel siervo malo y negligente mencionado en el capítulo 25 de San Mateo; y son sin duda los mismos que muchos sostienen en la presente generación mala y adúltera. El Espíritu Santo, previendo esto, ha cuidado de inspirar a los santos hombres de la antigüedad para que dejaran registrados los ejemplos de muchos santos hombres y mujeres que, aun bajo la dispensación del Antiguo Testamento, fueron capacitados para tomar alegremente sobre sí el yugo de Cristo, y tuvieron su servicio por perfecta libertad. El extenso catálogo de santos, confesores y mártires que se presenta en el capítulo 11 de Hebreos prueba abundantemente la verdad de esta observación. ¡Qué grande nube de testigos se pone allí ante nuestra vista! Todos eminentes por su fe, pero algunos brillando con mayor resplandor que otros. El protomártir Abel encabeza la marcha. Y junto a él hallamos mencionado a Enoc, no solo porque le seguía en el orden del tiempo, sino también a causa de su exaltada piedad; en las palabras del texto se habla de él de un modo muy extraordinario. Tenemos aquí un relato breve, pero muy pleno y glorioso, tanto de su conducta en este mundo como de la manera triunfal de su entrada en el venidero. Lo primero está contenido en estas palabras: ‘Caminó, pues, Enoc con Dios’. Lo segundo, en estas: ‘y desapareció, porque le llevó Dios’. Desapareció; es decir, no fue hallado, no fue quitado de la manera común, no vio muerte; porque Dios lo había traspuesto. (Hebreos 11:5.) Quién era este Enoc no aparece con tanta claridad. A mí me parece que fue una persona de carácter público; supongo que, como Noé, un predicador de justicia. Y, si hemos de dar crédito al apóstol Judas, fue un predicador ardiente. Porque este cita una de sus profecías, en la que dice: ‘He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él’. Pero, fuese persona pública o privada, recibe un noble testimonio en los oráculos vivos. El autor de la epístola a los Hebreos dice que antes de su traslado tuvo este testimonio, ‘de haber agradado a Dios’; y el hecho de ser traspuesto fue prueba de ello fuera de toda duda. Y quisiera observar que fue maravillosa sabiduría de Dios trasponer a Enoc y a Elías bajo la dispensación del Antiguo Testamento, para que más adelante, cuando se afirmara que el Señor Jesús había sido llevado al cielo, no les pareciera cosa del todo increíble a los judíos, puesto que ellos mismos confesaban que dos de sus propios profetas habían sido traspuestos varios cientos de años antes. Pero no es mi propósito deteneros más tiempo extendiéndome o haciendo observaciones sobre el carácter breve pero completo de Enoc; pues lo que tengo en vista es dar un discurso, según el Señor me capacite, sobre un tema de peso y muy importante; me refiero a andar con Dios. ‘Caminó, pues, Enoc con Dios.’ Si tanto como esto puede decirse con verdad de vosotros y de mí después de nuestra muerte, no tendremos razón alguna para quejarnos de haber vivido en vano.

Al tratar el tema que me he propuesto,

Primero, procuraré mostrar lo que implican estas palabras: caminó con Dios.

Segundo, prescribiré algunos medios por cuya debida observancia los creyentes pueden sostener y mantener su andar con Dios. Y,

Tercero, ofreceré algunos motivos para movernos, si nunca antes anduvimos con Dios, a venir ahora y andar con Dios. El todo se cerrará con una o dos palabras de aplicación.

Primero, he de mostrar lo que implican estas palabras, ‘caminó con Dios’; o, en otras palabras, qué hemos de entender por andar con Dios.

Y, primero, andar con Dios implica que el poder dominante de la enemistad del corazón de una persona sea quitado por el bendito Espíritu de Dios. Quizá a algunos les parezca palabra dura, pero nuestra propia experiencia prueba diariamente lo que las Escrituras afirman en muchos lugares: que la mente carnal, la mente del hombre natural no convertido, y aun la mente del regenerado en cuanto alguna parte de él permanece sin renovar, es enemistad —no solo enemiga, sino la enemistad misma— contra Dios; de modo que no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. En verdad, bien puede uno maravillarse de que criatura alguna, y en especial esa hermosa criatura que es el hombre, hecho a la imagen misma de su Hacedor, llegue jamás a tener enemistad alguna, y mucho menos una enemistad dominante, contra aquel mismo Dios en quien vive, y se mueve, y es. Pero ¡ay!, así es. Nuestros primeros padres la contrajeron cuando cayeron de Dios comiendo del fruto prohibido, y el amargo y maligno contagio de ella ha descendido a toda su posteridad y la ha cubierto por completo. Esta enemistad se manifestó en el intento de Adán de esconderse entre los árboles del huerto. Cuando oyó la voz de Jehová Dios, en lugar de correr a él con el corazón abierto, diciendo: Heme aquí, ¡ay!, ya no quería comunión alguna con Dios; y descubrió todavía más su enemistad recién contraída por la excusa que dio al Altísimo: ‘La mujer (o, esta mujer) que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Al decir esto, en efecto echa toda la culpa sobre Dios, como si hubiera dicho: Si no me hubieras dado esta mujer, no habría pecado contra ti; así que puedes agradecerte a ti mismo mi transgresión. Del mismo modo obra esta enemistad en el corazón de los hijos de Adán. Una y otra vez hallan algo que se levanta contra Dios y que aun le dice a Dios: ¿Qué haces? ‘No se digna tener competidor más bajo (dice el docto Dr. Owen, en su excelente tratado sobre el pecado que mora en nosotros) que Dios mismo.’ Su orden es como la de los sirios respecto de Acab: tirad solo contra el rey. Y arremete contra todo lo que tiene apariencia de verdadera piedad, como los sirios tiraban contra Josafat en sus vestiduras reales. Pero la oposición cesa cuando halla que no es más que una apariencia, como los sirios dejaron de tirar contra Josafat cuando se dieron cuenta de que no era Acab aquel contra quien tiraban. Esta enemistad se manifestó en el maldito Caín; aborreció y mató a su hermano Abel, porque Abel amaba a su Dios y era favorecido por él de modo particular. Y esta misma enemistad gobierna y prevalece en todo hombre que es engendrado naturalmente de la descendencia de Adán. De ahí esa aversión a la oración y a los deberes santos que hallamos en los niños, y muy a menudo en personas adultas que, no obstante, han sido bendecidas con una educación religiosa. Y todo ese pecado abierto y esa maldad que, como un diluvio, han inundado el mundo, no son sino otros tantos arroyos que manan de esta terrible y contagiosa fuente; me refiero a la enemistad del corazón del hombre, desesperadamente perverso y engañoso. El que no puede poner su sello a esto, nada sabe aún, de manera salvadora, de las Santas Escrituras ni del poder de Dios. Y todos los que saben esto reconocerán de buen grado que, antes de que pueda decirse que una persona anda con Dios, el poder dominante de esta enemistad del corazón ha de ser destruido: porque no suelen andar y hacerse compañía personas que abrigan una enemistad y un odio irreconciliables la una contra la otra. Notadme bien: digo que el poder dominante de esta enemistad ha de ser quitado; porque su presencia nunca será removida del todo hasta que inclinemos la cabeza y entreguemos el espíritu. El apóstol Pablo, sin duda, habla de sí mismo, y eso no cuando era fariseo, sino siendo verdadero cristiano, cuando se queja de que, ‘queriendo hacer el bien, el mal estaba en él’; no teniendo dominio sobre él, sino oponiéndose y resistiendo a sus buenas intenciones y acciones, de modo que no podía hacer las cosas que quería con aquella perfección que el nuevo hombre deseaba. Esto es lo que él llama el pecado que mora en él. ‘Y este es aquel phronema sarkos, que (para usar las palabras del noveno artículo de nuestra iglesia) unos interpretan como la sabiduría, otros la sensualidad, otros el afecto, otros el deseo de la carne, el cual permanece, sí, aun en los que son regenerados.’ Pero en cuanto a su poder dominante, este queda destruido en toda alma que es verdaderamente nacida de Dios, y se va debilitando gradualmente más y más a medida que el creyente crece en la gracia y el Espíritu de Dios gana un ascendiente cada vez mayor en el corazón.

Pero, en segundo lugar, andar con Dios no solo implica que el poder dominante de la enemistad del corazón del hombre sea quitado, sino también que la persona esté realmente reconciliada con Dios el Padre, en y por medio de la justicia todosuficiente y la expiación de su amado Hijo. ‘¿Andarán dos juntos (dice Salomón, [en realidad Amós 3:3]), si no estuvieren de acuerdo?’ Jesús es nuestra paz, así como nuestro pacificador. Cuando somos justificados por la fe en Cristo, entonces, pero no antes, tenemos paz con Dios; y, por consiguiente, no puede decirse hasta entonces que andamos con él, pues andar con una persona es señal y prueba de que somos amigos de esa persona, o al menos de que, aunque hayamos estado enemistados, ahora estamos reconciliados y hemos vuelto a ser amigos. Esta es la gran embajada a la que son enviados los ministros del evangelio. A nosotros se nos ha encomendado el ministerio de la reconciliación; como embajadores de Dios, hemos de rogar a los pecadores, en nombre de Cristo, que se reconcilien con Dios; y cuando acceden a la invitación de la gracia, y son de hecho llevados por la fe a un estado de reconciliación con Dios, entonces, y no antes, puede decirse de ellos siquiera que comienzan a andar con Dios.

Además, en tercer lugar, andar con Dios implica una comunión y compañerismo con Dios estables y permanentes, o lo que en la Escritura se llama ‘el Espíritu Santo que mora en nosotros’. Esto es lo que nuestro Señor prometió cuando dijo a sus discípulos que ‘el Espíritu Santo estaría en ellos y con ellos’; no como un caminante que se queda solo una noche, sino para residir y hacer su morada en sus corazones. Esto, me inclino a creer, es lo que el apóstol Juan quiere que entendamos cuando habla de una persona que ‘permanece en él’, en Cristo, y que ha de ‘andar como él anduvo’. Y esto es lo que se quiere decir particularmente en las palabras de nuestro texto: ‘Caminó, pues, Enoc con Dios’; es decir, sostuvo y mantuvo una comunión y compañerismo con Dios santo, estable, habitual, aunque sin duda no del todo ininterrumpido, en y por medio de Cristo Jesús. De modo que, para resumir lo dicho en esta parte del primer punto general, andar con Dios consiste especialmente en la inclinación fija y habitual de la voluntad hacia Dios, en una dependencia habitual de su poder y de su promesa, en una dedicación habitual y voluntaria de todo lo nuestro a su gloria, en un mirar habitualmente a su precepto en todo lo que hacemos, y en una complacencia habitual en su beneplácito en todo lo que padecemos.

En cuarto lugar, andar con Dios implica que hagamos progresos o avances en la vida divina. Andar, en la idea más primera de la palabra, parece suponer un movimiento progresivo. Una persona que anda, aunque se mueva despacio, sigue avanzando, y no permanece en un mismo lugar. Y así sucede con los que andan con Dios. Van, como dice el salmista, ‘de poder en poder’; o, en el lenguaje del apóstol Pablo, son transformados ‘de gloria en gloria… como por el Espíritu del Señor’. Ciertamente, en un sentido, la vida divina no admite ni aumento ni disminución. Cuando un alma nace de Dios, es a todos los efectos un hijo de Dios; y aunque viviera hasta la edad de Matusalén, no sería al final más que un hijo de Dios. Pero en otro sentido la vida divina admite menguas y aumentos. De ahí que hallemos al pueblo de Dios acusado de rebeliones y de haber perdido su primer amor. Y de ahí que oigamos hablar de niños, jóvenes y padres en Cristo. Y por esta razón el apóstol exhorta a Timoteo a que ‘su aprovechamiento sea manifiesto a todos’. Y lo que aquí se requiere de Timoteo en particular, San Pedro lo manda a todos los cristianos en general: ‘Creced en la gracia (dice él), y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo’. Porque la nueva criatura crece en estatura espiritual; y aunque una persona no puede ser más que una nueva criatura, hay, sin embargo, algunos que están más conformados a la imagen divina que otros, y que después de la muerte serán admitidos a un mayor grado de bienaventuranza. Por no observar esta distinción, aun algunas almas llenas de gracia, que tienen mejor corazón que cabeza (así como hombres de mente corrompida, réprobos en cuanto a la fe), han caído sin darse cuenta en principios francamente antinomianos, negando todo crecimiento de la gracia en el creyente, o que en las Escrituras de verdad se señalen marcas algunas de la gracia. ¡De tales principios, y más especialmente de las prácticas que naturalmente se siguen de tales principios, nos libre el Señor de señores!

Por lo dicho, pues, podemos saber ahora lo que implican las palabras ‘caminó con Dios’, a saber: que la enemistad dominante de nuestros corazones nos sea quitada por el poder del Espíritu de Dios; que estemos realmente reconciliados y unidos con él por la fe en Jesucristo; que tengamos y mantengamos una comunión y compañerismo estables con él; y que hagamos un progreso diario en esta comunión, de modo que seamos conformados más y más a la imagen divina.

Cómo se hace esto, o, en otras palabras, por qué medios los creyentes sostienen y mantienen su andar con Dios, es lo que corresponde considerar en nuestro segundo punto general.

Y, primero, los creyentes sostienen y mantienen su andar con Dios leyendo su santa palabra. ‘Escudriñad las Escrituras’, dice nuestro bendito Señor, porque ‘ellas son las que dan testimonio de mí’. Y el real salmista nos dice que la palabra de Dios era ‘lámpara a sus pies, y lumbrera a su camino’; y pone como una de las propiedades del hombre bueno que ‘en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche’. ‘Ocúpate en la lectura’ (dice Pablo a Timoteo); ‘Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley’ (dice Dios a Josué). Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron. Y la palabra de Dios es útil para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, y del todo suficiente para que todo verdadero hijo de Dios sea enteramente preparado para toda buena obra. Si alguna vez nos elevamos por encima de nuestras Biblias, y dejamos de hacer de la palabra escrita de Dios nuestra única regla tanto de fe como de práctica, pronto quedaremos expuestos a toda clase de engaños, y en gran peligro de naufragar en cuanto a la fe y la buena conciencia. Nuestro bendito Señor, aunque tenía el Espíritu de Dios sin medida, siempre se gobernó por el ‘Escrito está’ y con él combatió al diablo. Esto es lo que el apóstol llama la ‘espada del Espíritu’. Podemos decir de ella lo que David dijo de la espada de Goliat: ‘Ninguna como ella’. Las Escrituras son llamadas los oráculos vivos de Dios, no solo porque generalmente se usan para engendrar en nosotros una vida nueva, sino también para sostenerla y acrecentarla en el alma. El apóstol Pedro, en su segunda epístola, la prefiere aun a haber visto a Cristo transfigurado en el monte. Porque, después de haber dicho, cap. 1:18: ‘Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo’, añade: ‘Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones’; es decir, hasta que nos despojemos de estos cuerpos y veamos a Jesús cara a cara. Hasta entonces hemos de verle y conversar con él a través del espejo de su palabra. Hemos de hacer de sus testimonios nuestros consejeros, y cada día, con María, sentarnos a los pies de Jesús, oyendo su palabra por la fe. Entonces hallaremos por feliz experiencia que ellas son espíritu y vida, verdadera comida y verdadera bebida para nuestras almas.

En segundo lugar, los creyentes sostienen y mantienen su andar con Dios por la oración secreta. El espíritu de gracia va siempre acompañado del espíritu de súplica. Es el aliento mismo de la nueva criatura, el soplo de la vida divina, por el cual la chispa del fuego santo, encendida en el alma por Dios, no solo se conserva, sino que se aviva hasta hacerse llama. El descuido de la oración secreta ha sido con frecuencia puerta de entrada a muchas enfermedades espirituales, y ha ido acompañado de consecuencias fatales. Orígenes observó ‘que el día en que ofreció incienso a un ídolo, había salido de su aposento sin hacer uso de la oración secreta’. Es una de las partes más nobles de la armadura espiritual del creyente. ‘Orando en todo tiempo’, dice el apóstol, ‘con toda oración y súplica.’ ‘Velad y orad’, dice nuestro Señor, ‘para que no entréis en tentación.’ Y les refirió una parábola sobre la necesidad de que sus discípulos orasen siempre, y no desmayasen. No es que nuestro Señor quiera que estemos siempre de rodillas, o en nuestros aposentos, con descuido de nuestros otros deberes relativos. Lo que quiere decir es que nuestras almas se mantengan en una disposición de oración, de modo que podamos decir, como dijo una vez en su lecho de muerte un buen hombre de Escocia a sus amigos: ‘Si estas cortinas, o si estas paredes pudieran hablar, os dirían qué dulce comunión he tenido aquí con mi Dios’. ¡Oh, la oración! ¡La oración! Ella trae a Dios y al hombre juntos y los mantiene unidos. Eleva al hombre hasta Dios, y hace descender a Dios hasta el hombre. Si queréis, pues, oh creyentes, mantener vuestro andar con Dios, orad, orad sin cesar. Dedicaos mucho a la oración secreta y ordenada. Y cuando estéis en los asuntos comunes de la vida, dedicaos mucho a la oración jaculatoria, y enviad de vez en cuando breves cartas por correo al cielo sobre las alas de la fe. Llegarán al mismo corazón de Dios, y volverán a vosotros cargadas de bendiciones espirituales.

En tercer lugar, la meditación santa y frecuente es otro bendito medio de mantener el andar del creyente con Dios. ‘La oración, la lectura, la tentación y la meditación’, dice Lutero, ‘hacen al ministro.’ Y también hacen y perfeccionan al cristiano. La meditación es para el alma lo que la digestión es para el cuerpo. El santo David así lo halló, y por eso se ocupaba con frecuencia en la meditación, aun en las horas de la noche. Leemos también que Isaac salió al campo a meditar a la hora de la tarde; o, como dice el margen, a orar. Porque la meditación es una especie de oración silenciosa, por la cual el alma es con frecuencia, por así decirlo, llevada fuera de sí misma hacia Dios, y hecha en cierta medida semejante a aquellos espíritus bienaventurados que, por una especie de intuición inmediata, contemplan siempre el rostro de nuestro Padre celestial. Nadie, sino aquellas almas felices que se han acostumbrado a esta divina ocupación, puede decir qué bendito promotor de la vida divina es la meditación. ‘En mi meditación’, dice David, ‘se encendió fuego.’ Y mientras el creyente medita en las obras y en la palabra de Dios, especialmente en aquella obra de las obras, aquella maravilla de las maravillas, aquel misterio de la piedad, ‘Dios fue manifestado en carne’, el Cordero de Dios inmolado por los pecados del mundo, siente con frecuencia que se enciende el fuego del amor divino, de modo que se ve obligado a hablar con su lengua y a contar la misericordia del Señor para con su alma. Sed, pues, frecuentes en la meditación, todos los que deseáis sostener y mantener un andar íntimo y constante con el Dios altísimo.

En cuarto lugar, los creyentes mantienen su andar con Dios vigilando y notando sus tratos providenciales con ellos. Si creemos las Escrituras, hemos de creer lo que nuestro Señor ha declarado en ellas: que aun los cabellos de la cabeza de sus discípulos ‘están todos contados’; y que ni un pajarillo ‘cae a tierra’ (sea para picar un grano de trigo, sea cuando lo abate un cazador) sin que lo sepa nuestro Padre celestial. Toda cruz lleva en sí un llamamiento, y toda dispensación particular de la divina providencia tiene algún fin particular que cumplir en aquellos a quienes es enviada. Si es de naturaleza aflictiva, Dios dice con ella: ‘Hijo mío, guárdate de los ídolos’; si es próspera, dice, como en un silbo apacible y delicado: ‘Dame, hijo mío, tu corazón’. Por tanto, si los creyentes quieren mantener su andar con Dios, han de oír de vez en cuando lo que el Señor tiene que decir acerca de ellos en la voz de su providencia. Así hallamos que el siervo de Abraham, cuando fue a buscar esposa para su amo Isaac, observó y vigiló la providencia de Dios, y por ese medio halló a la persona que estaba destinada a ser la esposa de su amo. ‘Porque un pequeño indicio de la providencia’, dice el piadoso obispo Hall, ‘basta para que la fe se alimente de él.’ Y así como creo que será parte de nuestra felicidad en el cielo contemplar y volver la mirada a los diversos eslabones de la cadena de oro que nos llevó hasta allí, así también creo que los que gozan más del cielo aquí abajo serán los más minuciosos en notar los diversos tratos de Dios con ellos en cuanto a sus dispensaciones providenciales aquí en la tierra.

En quinto lugar, para andar íntimamente con Dios, sus hijos no solo han de vigilar los movimientos de la providencia de Dios fuera de ellos, sino también los movimientos de su bendito Espíritu en sus corazones. ‘Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios’; y se entregan a ser guiados por el Espíritu Santo, como un niño pequeño da la mano para que lo guíe su nodriza o su padre. Sin duda es en este sentido como hemos de volvernos y hacernos como niños. Y aunque es la quintaesencia del fanatismo pretender ser guiado por el Espíritu sin la palabra escrita, es, sin embargo, deber ineludible de todo cristiano ser guiado por el Espíritu juntamente con la palabra escrita de Dios. Vigilad, pues, os ruego, oh creyentes, los movimientos del bendito Espíritu de Dios en vuestras almas, y probad siempre las sugerencias o impresiones que en cualquier momento sintáis por la regla infalible de la santísima palabra de Dios; y si no se hallan conformes a ella, rechazadlas como diabólicas y engañosas. Observando esta precaución, seguiréis un camino intermedio entre los dos peligrosos extremos en que muchos de esta generación corren peligro de caer; me refiero al fanatismo, por una parte, y al deísmo y la franca incredulidad, por la otra.

En sexto lugar, los que quieran mantener un andar santo con Dios han de andar con él tanto en las ordenanzas como en las providencias, etc. Por eso se dice de Zacarías y Elisabet que ‘andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor’. Y todos los cristianos rectamente instruidos mirarán las ordenanzas no como débiles y pobres rudimentos, sino como otros tantos conductos por los cuales el infinitamente condescendiente Jehová comunica su gracia a sus almas. Las mirarán como el pan de los hijos, y como sus más altos privilegios. En consecuencia, se alegrarán cuando oigan a otros decir: ‘A la casa de Jehová iremos’. Se deleitarán en visitar el lugar donde mora la honra de Dios, y estarán muy deseosos de aprovechar todas las oportunidades de anunciar la muerte del Señor Cristo hasta que él venga.

En séptimo y último lugar, si queréis andar con Dios, os asociaréis y os haréis compañía de los que andan con él. ‘Toda mi complacencia’, dice el santo David, ‘es para los íntegros’ en virtud. Ellos eran, a sus ojos, los excelentes de la tierra. Y los cristianos primitivos, sin duda, mantuvieron su vigor y su primer amor perseverando en la comunión unos con otros. El apóstol Pablo lo sabía muy bien, y por eso exhorta a los cristianos a procurar no dejar de congregarse. Porque ¿cómo se calentará uno solo? ¿Y no nos ha dicho el más sabio de los hombres: ‘Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo’? Si miramos, pues, en la historia de la iglesia, o hacemos una justa observación de nuestros propios tiempos, creo que hallaremos que, a medida que prevalece el poder de Dios, prevalecen proporcionalmente las sociedades cristianas y las reuniones de comunión. Y cuando decae lo uno, lo otro ha decaído y se ha desvanecido insensiblemente al mismo tiempo. Tan necesario es que los que quieran andar con Dios y mantener la vida de la religión se reúnan según tengan oportunidad, para estimularse unos a otros al amor y a las buenas obras.

Pasemos ahora a lo tercero que nos propusimos en general: ofrecer algunos motivos para mover a todos a venir y andar con Dios.

Y, primero, andar con Dios es una cosa muy honrosa. Este es por lo general un motivo poderoso para personas de todas las condiciones, que las mueve a emprender cualquier empresa importante. ¡Oh, que tenga su debido peso e influencia en vosotros respecto del asunto que ahora tenemos delante! Supongo que todos tendríais por altísimo honor ser admitidos en el consejo privado de un príncipe terrenal, que se os confiaran sus secretos y tener su oído en todo tiempo y en toda ocasión. Parece que así lo pensaba Amán cuando se jactaba, Ester 5:11, de que, además de haber sido ‘engrandecido sobre los príncipes y siervos del rey; también la reina Ester a ninguno hizo venir con el rey al banquete que ella dispuso, sino a mí; y también para mañana estoy convidado por ella con el rey’. Y cuando después se le hizo a este mismo Amán la pregunta, cap. 6:6: ‘¿Qué se hará al hombre cuya honra desea el rey?’, respondió, versículo 8: ‘Traigan el vestido real de que el rey se viste, y el caballo en que el rey cabalga, y la corona real que está puesta en su cabeza; y den el vestido y el caballo en mano de alguno de los príncipes más nobles del rey, y vistan a aquel hombre cuya honra desea el rey, y llévenlo en el caballo por la plaza de la ciudad, y pregonen delante de él: Así se hará al varón cuya honra desea el rey.’ Esto era, pues, al parecer, todo lo que un ambicioso Amán podía pedir, y lo más valioso que pensaba que Asuero, el mayor monarca de la tierra, podía dar. Pero, ¡ay!, ¿qué es este honor en comparación del que gozan los más humildes de los que andan con Dios? ¿Os parece poca cosa, señores, tener con vosotros el secreto del Señor de señores, y ser llamados amigos de Dios? Y tal honra tienen todos los santos de Dios. El secreto de Jehová es para los que le temen; y ‘Ya no os llamaré siervos’ (dice el bendito Jesús), ‘mas os he llamado amigos; porque el siervo no sabe lo que hace su señor’. Pensad de ello lo que queráis, el santo David era tan consciente del honor que acompaña al andar con Dios, que declara que ‘escogería antes estar a la puerta de la casa de su Dios, que habitar en las moradas de maldad’. ¡Oh, que todos sintieran como él!

Pero, en segundo lugar, así como es cosa honrosa, es también cosa agradable andar con Dios. El más sabio de los hombres nos ha dicho que los caminos de la sabiduría ‘son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz’. Y recuerdo que el piadoso Sr. Henry, cuando estaba a punto de expirar, dijo a un amigo: ‘Habéis oído las últimas palabras de muchos hombres, y estas son las mías: Una vida pasada en comunión con Dios es la vida más agradable del mundo’. Estoy seguro de que puedo poner mi sello a que esto es verdad. En verdad, solo hace unos pocos años que me alisté bajo la bandera de Jesús; pero he gozado más placer sólido en un momento de comunión con mi Dios del que habría o podría haber gozado en los caminos del pecado, aunque hubiera seguido andando en ellos por miles de años. ¿Y no puedo apelar a todos vosotros los que teméis a Dios y andáis con él en cuanto a la verdad de esto? ¿No ha sido para vosotros mejor un día en los atrios del Señor que mil? ¿No habéis hallado en guardar los mandamientos de Dios un galardón presente y muy grande? ¿No ha sido su palabra más dulce para vosotros que la miel y que la que destila del panal? ¡Oh, qué habéis sentido cuando, como Jacob, habéis luchado con vuestro Dios! ¿No os ha salido Jesús al encuentro muchas veces mientras meditabais en el campo, y no se os ha dado a conocer una y otra vez en el partimiento del pan? ¿No ha derramado el Espíritu Santo con frecuencia el amor divino abundantemente en vuestros corazones, y os ha llenado de gozo inefable, sí, de gozo lleno de gloria? Sé que responderéis a todas estas preguntas afirmativamente, y reconoceréis de buen grado que el yugo de Cristo es fácil y ligera su carga; o (para usar las palabras de una de nuestras colectas) que ‘su servicio es perfecta libertad’. ¿Y qué necesidad tenemos, pues, de otro motivo que nos mueva a andar con Dios?

Pero me parece oír a algunos de vosotros decir: ‘¿Cómo puede hacerse esto? Porque si andar con Dios, como decís, es cosa tan honrosa y agradable, ¿de dónde viene que el nombre de los que son de este Camino sea desechado como malo, y que en todas partes se hable contra ellos? ¿Cómo es que con frecuencia son afligidos, tentados, desamparados y maltratados? ¿Es este el honor, es este el placer de que habláis?’ Respondo: Sí. Deteneos un momento; no os precipitéis. No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio, y todo irá bien. Es verdad, reconocemos que ‘los de este Camino’, como vosotros los llamáis, y como antes de vosotros los llamó Pablo cuando era perseguidor, ven su nombre desechado como malo, y son una secta contra la cual se habla en todas partes. Pero ¿por quién? Por los enemigos del Dios altísimo. ¿Y pensáis que es deshonra que ellos hablen mal de uno? Bendito sea Dios, no hemos aprendido así a Cristo. Nuestro Señor real ha declarado ‘bienaventurados’ a los que son perseguidos y de quienes se dice ‘toda clase de mal… mintiendo’. Les ha mandado: ‘Gozaos y alegraos’, porque es el privilegio de su condición de discípulos, y porque su galardón será grande en los cielos. Él mismo fue tratado así. ¿Y puede ponerse sobre una criatura mayor honra que la de ser conformada al siempre bendito Hijo de Dios? Y además, es igualmente cierto que los de este Camino son con frecuencia afligidos, tentados, desamparados y maltratados. Pero ¿qué importa todo esto? ¿Destruye esto el placer de andar con Dios? No, de ninguna manera; porque los que andan con Dios son capacitados, por Cristo que los fortalece, para gozarse aun en la tribulación, y para regocijarse cuando se hallan en diversas pruebas. Y creo que puedo apelar a la experiencia de todos los verdaderos y fieles caminantes con Dios, si sus tiempos de padecimiento no han sido a menudo sus tiempos más dulces, y si no gozaron más de Dios cuando más desechados y despreciados eran por los hombres. Así fue, según hallamos, con los siervos primitivos de Cristo, cuando fueron amenazados por el sanedrín judío y se les mandó que no predicaran más en el nombre de Jesús: se gozaron de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa de Jesús. Pablo y Silas cantaban himnos aun en un calabozo; y el rostro de Esteban, aquel glorioso protomártir de la iglesia cristiana, resplandecía como el rostro de un ángel. Y Jesús es el mismo ahora que entonces, y cuida de endulzar de tal modo los padecimientos y aflicciones con su amor, que sus discípulos hallan por feliz experiencia que, así como abundan las aflicciones, mucho más abundan las consolaciones. Y por tanto estas objeciones, en lugar de destruir los motivos antes presentados para moveros a andar con Dios, no hacen sino reforzarlos.

Pero, suponiendo que las objeciones fueran justas, y que los que andan con Dios fueran tan despreciables y desdichados como vosotros quisierais representarlos, tengo aún un tercer motivo que ofrecer, el cual, pesado en la balanza del santuario, pesará más que todas las objeciones, a saber: que hay un cielo al final de este camino. Porque, para usar las palabras del piadoso obispo Beveridge, ‘Aunque el camino sea angosto, no es largo; y aunque la puerta sea estrecha, se abre a la vida eterna’. Enoc así lo halló. Anduvo con Dios en la tierra, y Dios se lo llevó para sentarse con él para siempre en el reino de los cielos. No es que hayamos de esperar ser llevados como él lo fue: no, supongo que todos moriremos la muerte común de todos los hombres. Pero después de la muerte, los espíritus de los que han andado con Dios volverán a Dios que los dio; y en la mañana de la resurrección, alma y cuerpo estarán para siempre con el Señor; sus cuerpos serán hechos semejantes al cuerpo glorioso de Cristo, y sus almas llenas de toda la plenitud de Dios. Se sentarán en tronos; juzgarán a los ángeles. Serán capacitados para sostener un cada vez más excelente y eterno peso de gloria, aquella misma gloria de que Jesucristo gozaba con el Padre antes que el mundo fuese. ‘O gloriam quantam et qualem’, dijo el docto y piadoso Arndt, justo antes de inclinar la cabeza y entregar el espíritu. El solo pensamiento de ella basta para hacernos ‘desear saltar nuestros setenta años’, como se expresa el buen Dr. Watts, y para hacernos prorrumpir en el ardiente lenguaje del real salmista: ‘Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?’ No me maravillo de que el sentimiento de esto, bajo una irradiación y un influjo más que ordinarios de vida y amor divinos, haga que algunas personas se desmayen, y aun pierdan por un tiempo el uso de sus sentidos. Una visión menor que esta, la visión de la gloria de Salomón, dejó asombrada a la reina de Sabá; y una visión todavía menor que aquella, la vista de los carros de José, hizo desfallecer al santo Jacob, y por un momento, por así decirlo, desvanecerse como muerto. Daniel, cuando le fue concedida una visión lejana de esta excelsa gloria, cayó a los pies del ángel como muerto. Y si una visión lejana de esta gloria es tan excelente, ¿qué será su posesión real? Si las primicias son tan gloriosas, ¡cuán infinitamente ha de exceder en gloria la cosecha!

Y ahora, ¿qué más diré, o, en verdad, qué más puedo decir para moveros, aun a vosotros que todavía sois extraños a Cristo, a venir y andar con Dios? Si amáis el honor, el placer y una corona de gloria, venid, buscadlos allí donde únicamente pueden hallarse. Venid, vestíos del Señor Jesús. Venid, apresuraos y andad con Dios, y no proveáis más para los deseos de la carne. ¡Deteneos, deteneos, oh pecadores! ¡Volveos, volveos, oh hombres no convertidos!, porque el fin de ese camino por el que ahora andáis, por derecho que parezca a vuestros ojos cegados, será la muerte, sí, la destrucción eterna del cuerpo y del alma. No tardéis más, os digo: bajo vuestro propio riesgo os lo encargo, no deis un solo paso más en vuestro presente camino. Porque ¿qué sabes tú, oh hombre, si el próximo paso que des no será hacia el infierno? La muerte puede apoderarse de ti, el juicio hallarte, y entonces la gran sima quedará puesta entre ti y la gloria sin fin por los siglos de los siglos. ¡Oh, pensad en estas cosas, todos los que no queréis andar con Dios! Ponedlas en vuestro corazón. Mostraos hombres, y en la fuerza de Jesús decid: ¡Adiós, deseos de la carne, no andaré más contigo! ¡Adiós, deseos de los ojos y vanagloria de la vida! ¡Adiós, conocidos carnales y enemigos de la cruz, no andaré más ni tendré más intimidad con vosotros! ¡Bienvenido, Jesús; bienvenida, tu palabra; bienvenidas, tus ordenanzas; bienvenido, tu Espíritu; bienvenido, tu pueblo; de aquí en adelante andaré con vosotros! ¡Oh, que haya en vosotros tal ánimo! Dios pondrá a ello su omnipotente fiat, y lo sellará con el gran sello del cielo, sí, con el sello de su Espíritu Santo. Sí, lo hará, aunque hayáis andado con los designios y deseos de vuestros corazones desesperadamente perversos, y en pos de ellos, desde que nacisteis. ‘Así dijo el Alto y Sublime’, dice el gran Jehová, ‘el que habita la eternidad… Yo habito… con el quebrantado y humilde de espíritu’, y con aquel ‘que tiembla a mi palabra.’ La sangre, sí, la preciosa sangre de Jesucristo, si venís al Padre en él y por medio de él, os limpiará de todo pecado.

Pero el texto me lleva a hablaros a vosotros que sois santos, así como a vosotros que sois pecadores declarados y no convertidos. No necesito deciros que andar con Dios no solo es honroso, sino también agradable y provechoso; porque lo sabéis por feliz experiencia, y lo hallaréis así más y más cada día. Solo permitidme despertar con amonestación vuestro limpio entendimiento, y rogaros por las misericordias de Dios en Cristo Jesús que miréis por vosotros mismos, y andéis más cerca de vuestro Dios que en los días pasados: porque cuanto más cerca andéis con Dios, más gozaréis de aquel cuya presencia es vida, y mejor preparados estaréis para ser puestos a su diestra, donde hay delicias para siempre. ¡Oh, no sigáis a Jesús de lejos! ¡Oh, no seáis tan formales, tan muertos e insensibles en vuestra asistencia a las santas ordenanzas! No dejéis tan vergonzosamente de congregaros, ni seáis tan mezquinos o indiferentes en las cosas de Dios. Recordad lo que Jesús dice de la iglesia de Laodicea: ‘Por cuanto no eres frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Pensad en el amor de Jesús, y dejad que ese amor os constriña a manteneros cerca de él; y aunque hayáis de morir por él, no le neguéis, no os mantengáis a distancia de él en manera alguna.

Una palabra a mis hermanos en el ministerio que están aquí presentes, y he terminado. Veis, hermanos míos, que mi corazón está lleno; casi podría decir que está demasiado henchido para hablar, y sin embargo demasiado henchido para callar sin dejaros caer una palabra. Porque ¿no habla el texto de manera particular a aquellos que tienen el honor de ser llamados embajadores de Cristo y administradores de los misterios de Dios? Observé al comienzo de este discurso que Enoc fue, con toda probabilidad, una persona pública y un predicador ardiente. Aunque esté muerto, ¿no nos habla todavía, para avivar nuestro celo y hacernos más activos en el servicio de nuestro glorioso y siempre bendito Señor? ¡Cómo predicó Enoc! ¡Cómo anduvo Enoc con Dios, aunque vivió en una generación mala y adúltera! Sigámosle, pues, como él siguió a Jesucristo, y dentro de poco, donde él está, allí estaremos también nosotros. Él ha entrado ya en su reposo; aún un poquito, y nosotros entraremos en el nuestro, y eso mucho antes que él. Él peregrinó aquí abajo trescientos años; pero, bendito sea Dios, los días del hombre son ahora más cortos, y dentro de pocos días nuestro andar habrá terminado. El Juez está a la puerta: el que ha de venir vendrá, y no tardará; su galardón está con él. Y todos nosotros (si somos celosos por Jehová de los ejércitos) resplandeceremos dentro de poco como las estrellas del firmamento, en el reino de nuestro Padre celestial, por los siglos de los siglos. A él, al bendito Jesús y al Espíritu eterno, sea toda honra y gloria, ahora y por toda la eternidad. Amén, y amén.

Escritura en este sermón Génesis 5:24Esther 5:11

Dominio público. Texto original de la edición original.