Sermón · 9 min de lectura · Avanzada

Un cordón de azul

Retrato de Hudson Taylor Hudson Taylor

Texto

Números 15:38-39

En breve

A Israel se le mandó llevar un cordón de azul —el color mismo del cielo— en la franja de cada vestido, para que se acordase de todos los mandamientos del SEÑOR y los pusiese por obra. Taylor lo convierte en una figura del creyente señalado para DIOS, que lleva un recordatorio celestial a la obediencia hasta los pormenores ordinarios de la vida diaria.

Quisiéramos llamar la atención de los amados amigos al instructivo pasaje con que se cierra el capítulo quince de Números; ¡y quiera DIOS, por medio de nuestra meditación en Su preciosa Palabra, hacerla aún más preciosa y práctica para cada uno de nosotros, por amor de CRISTO nuestro REDENTOR!

Todo el capítulo está lleno de enseñanza importante. Comienza con instrucciones acerca del holocausto, del sacrificio en cumplimiento de un voto y de la ofrenda voluntaria. No había de suponerse que cualquiera pudiese presentar su sacrificio a DIOS según su propio pensamiento y plan. Si había de ser acepto--olor grato al SEÑOR--tenía que ser una ofrenda en todo respecto tal como DIOS la había dispuesto. No podemos hacernos aceptos a DIOS por caminos de nuestra propia invención; de principio a fin ha de ser: "No se haga mi voluntad, sino la tuya."

Luego, del versículo diecisiete al veintiuno, el SEÑOR reclama unas primicias. El pueblo de DIOS no había de comer hasta saciarse, consumir todo cuanto quisiera consumir, y después dar a DIOS algo de lo que sobrara; sino que, antes de tocar el pan de la tierra, había de ofrecerse al SEÑOR una ofrenda elevada; y cuando la exigencia de DIOS había quedado plenamente satisfecha, entonces, y no antes, quedaban en libertad de saciar su propia hambre y proveer a sus propias necesidades. ¡Cuán a menudo vemos lo contrario de esto en la vida diaria! No solo se cubren primero con los ingresos las cosas necesarias, sino que se procura sin tasa todo lujo antojadizo, antes de que se considere realmente la cuestión de consagrar los bienes a DIOS.

Siguen después las instrucciones acerca de los yerros por descuido e ignorancia. El pueblo no había de imaginar que el pecado dejaba de ser pecaminoso si se cometía sin darse cuenta. El conocimiento y la conciencia del hombre no hacen que lo malo sea bueno ni que lo bueno sea malo. La voluntad de DIOS había sido revelada y debía haberse conocido: no conocer esa voluntad era en sí mismo pecaminoso; y no hacer esa voluntad, fuese consciente o inconscientemente, era pecado--pecado que solo podía ser quitado mediante un sacrificio expiatorio.

DIOS trataba con mucha misericordia y gracia a los que cometían pecados de ignorancia; aunque, cuando el pecado llegaba a conocerse y reconocerse, la confesión y el sacrificio eran necesarios de inmediato. Pero, ¡gracias a DIOS!, el sacrificio estaba ordenado, y el pecado podía ser quitado.

No era así con el pecado de soberbia. No se había dispuesto sacrificio alguno para el hombre, fuese natural de la tierra o extranjero, que ultrajaba al SEÑOR pecando con soberbia. De ese hombre se decía: "enteramente será cortada esa persona; su iniquidad caerá sobre ella."

Es muy importante hacer esta distinción. No hemos de pensar que nuestro servicio más santo está libre de pecado, o que puede ser aceptado si no es por medio de JESUCRISTO nuestro SEÑOR. No hemos de suponer que DIOS mira con ligereza los pecados de omisión, como tampoco los de comisión: los pecados de olvido y descuido o ignorancia son más que flaquezas--son pecados reales, que necesitan sacrificio expiatorio. DIOS trata con nosotros muy tierna y benignamente en estas cosas; cuando la transgresión o la iniquidad es traída a la conciencia, "si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad." Aun andando en la luz, "como él está en luz," no estamos fuera de la necesidad de expiación. Aunque nuestra comunión con DIOS no sea interrumpida por ninguna transgresión consciente, continúa sin interrupción solo porque "la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado."

Pero el hombre que quiera abusar del perdón de DIOS, y menospreciar la santidad de DIOS y Su derecho sobre Su pueblo, haciendo deliberadamente lo que sabe que es contrario a la voluntad de DIOS, ese hombre hallará que la sequía espiritual y la muerte espiritual le siguen inevitablemente. Su comunión con DIOS llega a su fin, y es difícil decir hasta dónde no se le permitirá a Satanás llevar a tal apóstata de corazón y de vida. Es terriblemente posible no solo "contristar" y "resistir," sino aun "apagar" al ESPÍRITU de DIOS.

Tenemos un solemne ejemplo de pecado de soberbia en el caso del hombre hallado recogiendo leña en día de reposo. No era--no podía ser ignorante de la ordenanza de DIOS acerca del día de reposo. El recoger leña no era para suplir una necesidad; su caso no era semejante al del pobre que quizá recibió su salario tarde el sábado por la noche, y no ha tenido ocasión de comprar alimento a tiempo para prepararlo para el día de descanso. Al israelita se le daba la doble porción de maná en la mañana del día anterior al día de reposo; y como el maná sin cocer no se conservaba, era necesario prepararlo como alimento temprano en ese día. No tenía, pues, necesidad de leña para cocinar su comida del día de reposo. Y la tierra era tan calurosa que nadie encendería fuego por gusto o preferencia. Su propósito al recoger leña era simplemente mostrar, abierta y públicamente, que despreciaba a DIOS, y que se negaba a obedecer Su santa ordenanza: con justicia, pues, fue muerto aquel hombre.

Pero con ocasión de este juicio se introdujo el llevar el

"CORDÓN DE AZUL."

DIOS quería que todo Su pueblo llevara una insignia. Por sus generaciones habían de hacerse franjas en los bordes de sus vestidos, y poner en la franja de los bordes un cordón de azul, para que lo mirasen y se acordasen de todos los mandamientos del SEÑOR, y los pusiesen por obra, y fuesen un pueblo santo, santo para su DIOS, que los sacó de la tierra de Egipto para ser su DIOS.

El azul es el color del cielo. Las hermosas aguas del mar lo reflejan, y son tan azules como el cielo sin nubes. Cuando se interponen las nubes, entonces, y solo entonces, se pierde el azul profundo. Pero es la voluntad de DIOS que nunca haya una nube entre Su pueblo y Él mismo; y que, así como el israelita de antaño, dondequiera que iba, llevaba el cordón de azul, así Su pueblo hoy manifieste un espíritu y un talante celestiales dondequiera que vaya; y, como Moisés, dé testimonio en su mismo rostro de la gloria y la hermosura del DIOS a quien ama y sirve.

¡Qué interesante debió de ser ver aquel cordón de azul llevado por el labrador al campo, por el mercader a su lugar de negocios, por la criada a las partes más íntimas de la casa, mientras cumplía sus deberes diarios! ¿Es menos importante que el cristiano de hoy, llamado a ser testigo de CRISTO, se distinga manifiestamente por Su espíritu? ¿No deberíamos todos ser "imitadores de Dios como hijos amados," y "andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros"? ¿Y no debería este Espíritu de semejanza a DIOS llevarse a los más pequeños detalles de la vida, y no reservarse meramente para ocasiones especiales? Si entendemos rectamente el sentido del mandato de nuestro SALVADOR, "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto," este enseña esta gran verdad.

Hemos de ser la sal de la tierra y la luz del mundo, no quebrantar uno de estos mandamientos muy pequeños, no dar lugar a la ira, no tolerar el pensamiento de la impureza, no hacer promesas temerarias, ni decir en la conversación más que sí o no. No se ha de dar rienda al espíritu de represalia; un espíritu condescendiente ha de caracterizar al hijo del reino; los que nos aborrecen y nos ultrajan han de ser compadecidos, y amados, y encomendados en oración. Luego viene el mandato: "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto." En los pequeños roces de la vida diaria, así como en las pruebas y persecuciones más graves a que está expuesto el cristiano, ha de ser manifiestamente un imitador de su PADRE celestial.

Ahora bien, la perfección de DIOS es una perfección absoluta; mientras que la nuestra, a lo sumo, es solo relativa. Una aguja puede ser una aguja perfecta, adaptada en todo respecto a la obra para la cual fue hecha. No es, sin embargo, un objeto microscópico; bajo el lente de aumento se convierte en un atizador tosco y agujereado como un panal, con un agujero desgarrado en lugar del ojo. Pero no fue hecha para ser un objeto microscópico; y, estando adaptada al propósito para el cual fue hecha, puede con propiedad considerarse una aguja perfecta. Así, no somos llamados a ser ángeles perfectos, ni en modo alguno divinos, sino que somos llamados a ser cristianos perfectos, cumpliendo los privilegiados deberes que como tales nos corresponden.

Nuestro PADRE hace conforme a Su perfección hasta la cosa más pequeña que hace. La mosca más diminuta, el animálculo más pequeño, el polvo del ala de una mariposa, por mucho que se los aumente, se ven absolutamente perfectos. ¿No deberían las cosas pequeñas de nuestra vida diaria ser tan relativamente perfectas en el caso de cada cristiano como las creaciones menores de DIOS son absolutamente perfectas? ¿No deberíamos glorificar a DIOS en el trazo de cada letra que escribimos, y como cristianos escribir con letra más legible de lo que cabe esperar de los inconversos? ¿No deberíamos ser más esmerados en nuestro servicio, no haciendo bien solamente lo que será visto y notado, sino que, así como nuestro PADRE hace florecer muchas flores sin ser vistas en el desierto solitario, hacer todo lo que podamos hacer como bajo Su mirada, aunque ningún otro ojo lo note jamás?

Es nuestro privilegio tomar nuestro descanso y recreo con el propósito de agradarle a Él; dejar nuestra ropa por la noche con orden (porque Él está en la habitación, y vela sobre nosotros mientras dormimos), lavarnos, vestirnos, alisarnos el cabello, teniendo presente Su mirada; y, en suma, en todo lo que somos y en todo lo que hacemos, emplear la medida plena de la capacidad que DIOS nos ha dado para la gloria de Su santo Nombre. ¡Si viviéramos siempre así, cuán hermosa llegaría a ser la vida cristiana! ¡Cuánto más digno testimonio daríamos al mundo de Aquel de quien somos testigos! Sea la vida que vivimos caracterizada por el crecimiento en la gracia que glorifica a DIOS; y sean los rostros que delatan, los corazones alegres y el servicio amoroso para cada uno de nosotros como "un cordón de azul," que refleje el mismo matiz del cielo, y nos recuerde a nosotros mismos y unos a otros nuestro privilegio de "acordarnos de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra."

Escritura en este sermón Números 15:38-39

Dominio público. Texto original de la edición original.