Capítulo 5 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El Verdadero Lugar de la Criatura
Día Tercero. ESPERANDO EN DIOS: El Verdadero Lugar de la Criatura.
«Todos ellos esperan en ti;
para que les des su comida a su tiempo.
Lo que tú les das, ellos lo recogen;
abres tu mano, se sacian de bien.»
Sal. 104:27, 28.
ESTE Salmo, en alabanza del Creador, ha venido hablando de las aves y de las bestias del bosque; de los leoncillos, y del hombre que sale a su trabajo; del gran mar, en el cual hay innumerables seres que se arrastran, animales pequeños y grandes. Y resume toda la relación de la creación entera con su Creador, y su dependencia continua y universal de Él, en una sola palabra: «¡Todos ellos esperan en ti!» Tanto como fue obra de Dios crear, es obra suya sostener. Tan poco como la criatura pudo crearse a sí misma, se la deja proveerse a sí misma. La creación entera se rige por una sola ley inalterable: la de—¡esperar en Dios!
La palabra es la sencilla expresión de aquello por lo cual únicamente la criatura fue traída a la existencia, el fundamento mismo de su constitución. El único fin por el cual Dios dio vida a las criaturas fue que en ellas pudiera probar y manifestar su sabiduría, su poder y su bondad, siendo Él a cada momento la vida y la felicidad de ellas, y derramando sobre ellas, conforme a su capacidad, las riquezas de su bondad y de su poder. Y así como este es el lugar y la naturaleza misma de Dios, ser sin cesar el proveedor de toda necesidad de la criatura, así el lugar y la naturaleza misma de la criatura no es otra cosa que esto: esperar en Dios y recibir de Él lo que solo Él puede dar, lo que Él se deleita en dar. (Véase la nota sobre Law, The Power of the Spirit.)
Si en este pequeño libro hemos de apreciar en algo lo que esperar en Dios ha de ser para el creyente, practicarlo y experimentar su bienaventuranza, importa que empecemos por el mismo principio y veamos la profunda razón del llamado que nos llega. Comprenderemos que este deber no es un mandato arbitrario. Veremos que no solo lo hacen necesario nuestro pecado y nuestra impotencia. Es sencilla y verdaderamente nuestra restauración a nuestro destino original y a nuestra más alta nobleza, a nuestro verdadero lugar y gloria como criaturas benditamente dependientes del Dios de toda gloria.
Si una vez se abren nuestros ojos a esta preciosa verdad, toda la Naturaleza se volverá un predicador, recordándonos la relación que, fundada en la creación, es ahora retomada en la gracia. Al leer este Salmo, y al aprender a mirar toda la vida de la Naturaleza como sostenida continuamente por Dios mismo, veremos que esperar en Dios es la necesidad misma de nuestro ser. Al pensar en los leoncillos y en los cuervos que claman a Él, en las aves y los peces y cada insecto que esperan en Él hasta que les dé su comida a su tiempo, veremos que es la naturaleza misma y la gloria de Dios el ser un Dios en quien se ha de esperar. Cada pensamiento de lo que es la Naturaleza y de lo que es Dios dará nueva fuerza al llamado: «Espera solamente en Dios.»
«Todos ellos esperan en ti, para que tú les des.» Es Dios quien lo da todo: que esta fe entre hondamente en nuestro corazón. Antes aún de que comprendamos plenamente todo lo que va implicado en nuestro esperar en Dios, y antes de que hayamos podido cultivar el hábito, que esta verdad entre en nuestra alma: esperar en Dios, la dependencia incesante y entera de Él, es, en el cielo y en la tierra, la única religión verdadera, la expresión única, inalterable y omnicomprensiva de la verdadera relación con el Bendito eterno en quien vivimos.
Resolvamos desde ahora mismo que esta sea la única característica de nuestra vida y de nuestra adoración: un continuo, humilde y confiado esperar en Dios. Podemos estar seguros de que Aquel que nos hizo para sí mismo, a fin de darse a nosotros y en nosotros, nunca nos defraudará. Esperando en Él hallaremos descanso y gozo y fuerza, y la provisión de toda necesidad.
«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»