Capítulo 4 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La Nota Clave de la Vida
Día Segundo. ESPERANDO EN DIOS: La Nota Clave de la Vida.
«¡Tu salvación he esperado, oh Señor!»—Gén. 49:18.
NO es fácil decir exactamente en qué sentido usó Jacob estas palabras, en medio de sus profecías acerca del futuro de sus hijos. Pero ciertamente indican que, tanto para él como para ellos, su expectación venía de Dios solo. Era la salvación de Dios lo que esperaba; una salvación que Dios había prometido y que solo Dios mismo podía llevar a cabo. Sabía que él y sus hijos estaban al cuidado de Dios. Jehová, el Dios Eterno, mostraría en ellos lo que es y lo que hace su poder salvador. Las palabras apuntan hacia adelante, a esa maravillosa historia de la redención que aún no ha terminado, y al glorioso porvenir en la eternidad. Nos sugieren que no hay otra salvación que la salvación de Dios, y que esperar en Dios para alcanzarla —ya sea en nuestra experiencia personal, ya en círculos más amplios— es nuestro primer deber y nuestra verdadera bienaventuranza.
Pensemos en nosotros mismos, y en la salvación inconcebiblemente gloriosa que Dios ha obrado para nosotros en Cristo y que ahora se propone realizar y perfeccionar en nosotros por su Espíritu. Meditemos hasta que lleguemos a comprender algo de esto: que toda participación en esta gran salvación, de momento en momento, ha de ser obra de Dios mismo. Dios no puede desprenderse de su gracia, ni de su bondad, ni de su fuerza, como de una cosa externa que nos entrega, al modo en que da las gotas de lluvia del cielo. No; solo puede darla, y nosotros solo podemos disfrutarla, cuando Él mismo la obra directa e incesantemente. Y la única razón por la que no la obra con mayor eficacia y continuidad es que no le dejamos. Se lo impedimos, sea por nuestra indiferencia, sea por nuestro propio esfuerzo, de modo que no puede hacer lo que quisiera. Lo que nos pide, en cuanto a entrega, obediencia, deseo y confianza, está todo comprendido en esta sola palabra: esperar en Él, esperar su salvación. Ella une el sentido profundo de nuestra entera impotencia para obrar por nosotros mismos lo que es divinamente bueno, y la perfecta confianza de que nuestro Dios lo obrará todo con su poder divino.
De nuevo lo digo: meditemos en la gloria divina de la salvación que Dios se propone obrar en nosotros, hasta que conozcamos la verdad que ella encierra. Nuestro corazón es el escenario de una operación divina más maravillosa que la Creación. Tan poco podemos hacer nosotros por esa obra como por crear el mundo, si no es Dios quien obra en nosotros así el querer como el hacer. Dios solo nos pide que cedamos, que consintamos, que esperemos en Él, y Él lo hará todo. Meditemos y quedemos quietos, hasta que veamos cuán apropiado, cuán justo y cuán bendito es que Dios solo lo haga todo; y nuestra alma se abatirá por sí misma en profunda humildad para decir: «Tu salvación he esperado, oh Señor.» Y el hondo y bendito trasfondo de todo nuestro orar y trabajar será: «Ciertamente mi alma espera en Dios.»
La aplicación de esta verdad a círculos más amplios —a aquellos entre quienes trabajamos o por quienes intercedemos, a la Iglesia de Cristo que nos rodea, o a la del mundo entero— no es difícil. No puede haber bien alguno sino el que Dios obra; esperar en Dios, y tener el corazón lleno de fe en su obrar, y en esa fe pedir que descienda su gran poder, es nuestra única sabiduría. ¡Oh, que fueran abiertos los ojos de nuestro corazón para ver a Dios obrando en nosotros mismos y en otros, y para ver cuán bendito es adorar y sencillamente esperar su salvación!
Nuestra oración privada y pública es la principal expresión de nuestra relación con Dios: es sobre todo en ella donde ha de ejercitarse nuestro esperar en Dios. Si nuestro esperar comienza por acallar las actividades de la naturaleza y por estar quietos delante de Dios; si se inclina y busca ver a Dios en su obrar universal y todopoderoso, el único capaz y siempre dispuesto a obrar todo bien; si se entrega a Él en la seguridad de que está obrando y obrará en nosotros; si mantiene el lugar de humildad, de quietud y de entrega, hasta que el Espíritu de Dios haya vivificado la fe de que Él perfeccionará su obra: entonces vendrá a ser en verdad la fuerza y el gozo del alma. La vida entera se volverá un solo clamor hondo y bendito: «Tu salvación he esperado, oh Señor.»
«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»