Esperando en Dios ·Solamente

Capítulo 34 · 5 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Solamente

Día Trigésimo Primero. ESPERANDO EN DIOS: Solamente.

«Alma mía, espera solamente en Dios;

Porque de Él es mi esperanza.

Él solamente es mi roca y mi salvación.»—Sal. 62:5,6.

Es posible esperar continuamente en Dios, pero no solamente en Él; puede haber otras confianzas secretas que se interponen y estorban la bendición que se esperaba. Y por eso la palabra solamente ha de venir a echar su luz sobre el camino hacia la plenitud y la certeza de la bendición. «Alma mía, espera solamente en Dios. Él solamente es mi Roca.»

Sí, «Alma mía, espera solamente en Dios.» No hay sino un solo Dios, una sola fuente de vida y de felicidad para el corazón; Él solamente es mi Roca; alma mía, espera solamente en Él. Deseas ser bueno. «Ninguno hay bueno sino Dios», y no hay bondad posible sino la que se recibe directamente de Él. Has procurado ser santo: «No hay santo como el Señor», y no hay santidad sino la que Él, por su Espíritu de santidad, respira en ti a cada momento. Quisieras vivir y trabajar para Dios y su reino, para los hombres y su salvación. Escucha cómo dice: «El Dios eterno, el Creador de los confines de la tierra. Él “solo” no desfallece ni se fatiga. Da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los que esperan al Señor renovarán sus fuerzas.» Él solamente es Dios; Él solamente es tu Roca: «Alma mía, espera solamente en Dios.»

«Alma mía, espera solamente en Dios.» No hallarás a muchos que puedan ayudarte en esto. De sobra habrá hermanos tuyos que te inclinen a poner tu confianza en iglesias y doctrinas, en proyectos y planes y recursos humanos, en medios de gracia y ordenanzas divinas. Pero: «Alma mía, espera solamente en Dios mismo.» Sus ordenanzas más sagradas se vuelven un lazo cuando se pone en ellas la confianza. La serpiente de bronce viene a ser Nehustán; el arca y el templo, una confianza vana. Que solo el Dios vivo, nadie y nada sino Él, sea tu esperanza.

«Alma mía, espera solamente en Dios.» Los ojos y las manos y los pies, la mente y el pensamiento, quizá tengan que estar intensamente ocupados en los deberes de esta vida; «Alma mía, espera solamente en Dios.» Eres un espíritu inmortal, creado no para este mundo, sino para la eternidad y para Dios. ¡Oh, alma mía! Date cuenta de tu destino. Conoce tu privilegio, y «espera solamente en Dios». Que no te engañe el interés de los pensamientos y los ejercicios religiosos; con mucha frecuencia ocupan el lugar de esperar en Dios. Alma mía, espera , tú misma, tu ser más íntimo, con todo su poder: «espera solamente en Dios». Dios es para ti, tú eres para Dios; espera solamente en Él.

Sí, «alma mía, espera solamente en Dios.» Guárdate de tus dos grandes enemigos: el Mundo y el Yo. Guárdate de que alguna satisfacción o algún gozo terrenal, por inocente que parezca, te impida decir: «Iré a Dios, mi gran alegría.» Recuerda y estudia lo que Jesús dice acerca de negarse a sí mismo: «Niéguese el hombre a sí mismo.» Tersteegen dice: «Los santos se niegan a sí mismos en todo.» Complacer al yo en las cosas pequeñas puede ser fortalecerlo para que se imponga en las grandes. «Alma mía, espera solamente en Dios»; sea Él toda tu salvación y todo tu deseo. Di continuamente y con corazón indiviso: «De Él viene mi esperanza; Él solamente es mi Roca; no seré movido.» Cualquiera que sea tu necesidad espiritual o temporal, cualquiera que sea el deseo o la oración de tu corazón, cualquiera que sea tu interés en relación con la obra de Dios en la Iglesia o en el mundo —en la soledad o en el ajetreo del mundo, en el culto público o en otras reuniones de los santos—, «Alma mía, espera solamente en Dios.» Que tus esperanzas vengan de Él solo. Él solamente es tu Roca.

«Alma mía, espera solamente en Dios.» No olvides nunca las dos verdades fundamentales sobre las que descansa esta bendita espera. Si alguna vez te inclinas a pensar que este «esperar solamente» es demasiado duro o demasiado alto, ellas te harán volver al instante. Son estas: tu absoluta impotencia, y la absoluta suficiencia de tu Dios. ¡Oh, entra hondo en la entera pecaminosidad de todo lo que es del yo, y no pienses en dejar que el yo tenga nada que decir ni por un solo momento! Entra hondo en tu total e incesante incapacidad para cambiar jamás lo que en ti es malo, o para producir algo que sea espiritualmente bueno. Entra hondo en tu relación de dependencia, como criatura, de Dios, para recibir de Él a cada momento lo que Él da. Entra más hondo aún en su pacto de redención, con su promesa de restaurar más gloriosamente que nunca lo que habías perdido, y de dar dentro de ti sin cesar, por su Hijo y su Espíritu, su real Presencia y Poder divinos. Y así espera en tu Dios continuamente y solamente.

«Alma mía, espera solamente en Dios.» No hay palabras que puedan decir, ni corazón que pueda concebir, las riquezas de la gloria de este misterio del Padre y de Cristo. Nuestro Dios, en la infinita ternura y omnipotencia de su amor, espera para ser nuestra Vida y nuestro Gozo. ¡Oh, alma mía! Que ya no haga falta que yo repita las palabras «Espera en Dios», sino que todo lo que hay en mí se levante y cante: «Ciertamente mi alma espera en Dios. En ti espero todo el día.»

«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»

Índice

Esperando en Dios Andrew Murray

Página 1 / 1 · 5 min restantes en el capítulo