La vid verdadera ·La amistad de Cristo: su prueba

Capítulo 28 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La amistad de Cristo: su prueba

Vosotros sois mis amigos, si hiciereis las cosas que yo os mando—Juan 15.14

Nuestro Señor ha dicho lo que dio como prueba de su amistad: dio su vida por nosotros. Ahora nos dice cuál ha de ser nuestra parte: hacer las cosas que él manda. Dio su vida para asegurar un lugar donde su amor reinara en nuestros corazones; la respuesta a la que su amor nos llama, y para la cual nos capacita, es que hagamos lo que él nos manda. A medida que conozcamos ese amor que muere por nosotros, obedeceremos con gozo sus mandamientos. A medida que obedezcamos los mandamientos, conoceremos ese amor más plenamente. Ya había dicho Cristo: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor.” Estima necesario repetir de nuevo la verdad: la única prueba de nuestra fe en su amor, el único modo de permanecer en él, la única señal de ser verdaderos pámpanos, es hacer las cosas que él nos manda. Comenzó con la entrega absoluta de su vida por nosotros. No puede pedirnos menos. Solo esto es una vida en su amistad.

Esta verdad, la de la necesidad imperativa de la obediencia, de hacer todo lo que Cristo nos manda, no ocupa en nuestra enseñanza y en nuestra vida cristianas el lugar que Cristo quiso que tuviera. Hemos dado un lugar mucho más alto al privilegio que al deber. No hemos considerado la obediencia implícita como una condición del verdadero discipulado. El pensamiento secreto de que es imposible hacer las cosas que él nos manda, y de que por tanto no puede esperarse de nosotros, y un sentimiento sutil e inconsciente de que pecar es una necesidad, han despojado a menudo tanto a los preceptos como a las promesas de su poder. Toda la relación con Cristo se ha oscurecido y rebajado; la espera en su enseñanza, la capacidad de oír y obedecer su voz, y mediante la obediencia gozar de su amor y de su amistad, se han debilitado por este terrible error. Procuremos, pues, volver a la verdadera posición, tomar las palabras de Cristo como literalísimamente verdaderas, y no hacer ley de nuestra vida nada menos que esto: “Vosotros sois mis amigos, si hiciereis las cosas que yo os mando.” De cierto, nuestro Señor no pide menos que el que de corazón y con verdad digamos: “Sí, Señor; lo que tú mandes, eso haré.”

Estos mandamientos han de cumplirse como prueba de amistad. El poder para cumplirlos descansa por entero en la relación personal con Jesús. Por un amigo yo podría hacer lo que no haría por otro. La amistad de Jesús es tan celestial y maravillosa, nos llega de tal modo como el poder de un amor divino que entra y toma posesión, la comunión ininterrumpida con él mismo le es tan esencial, que implica e imparte un gozo y un amor que hacen de la obediencia una delicia. La libertad para reclamar la amistad de Jesús, el poder para gozarla, la gracia para probarla en toda su bienaventuranza: todo viene a medida que hacemos las cosas que él nos manda.

¿No es lo único necesario para nosotros que pidamos a nuestro Señor que se nos revele en aquel amor que muere por nosotros, con el cual se mostró nuestro amigo, y que luego escuchemos cuando nos dice: “Vosotros sois mis amigos”? A medida que veamos lo que nuestro Amigo ha hecho por nosotros, y qué inefable bienaventuranza es que él nos llame amigos, el cumplir sus mandamientos vendrá a ser el fruto natural de nuestra vida en su amor. No temeremos decir: “Sí, Señor; somos tus amigos, y hacemos lo que tú nos mandas.”

Si hiciereis. Sí, es en el hacer que somos bienaventurados, que permanecemos en su amor, que gozamos de su amistad. “¡Si hiciereis lo que yo os mando!” Oh Señor mío, que tu santa amistad me conduzca al amor de todos tus mandamientos, y que el cumplimiento de tus mandamientos me lleve cada vez más adentro de tu amistad.

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La vid verdadera Andrew Murray

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