El Camino a Dios ·La puerta de entrada al reino

Capítulo 2 · 31 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La puerta de entrada al reino

«El que no naciere de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios».
(Juan 3:3)

Quizá no haya porción alguna de la Palabra de Dios que nos sea más familiar que este pasaje. Supongo que si preguntara a los que están en cualquier auditorio si creen que Jesucristo enseñó la doctrina del nuevo nacimiento, nueve décimas partes de ellos responderían: «Sí, creo que la enseñó».

Ahora bien, si las palabras de este texto son verdaderas, encierran una de las cuestiones más solemnes que puedan presentársenos. Podemos permitirnos ser engañados en muchas otras cosas antes que en esta sola cosa. Cristo lo dice con toda claridad. Dice: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios»; mucho menos heredarlo. Esta doctrina del nuevo nacimiento es, por tanto, el fundamento de todas nuestras esperanzas para el mundo venidero. Es realmente el abecé de la religión cristiana. Mi experiencia ha sido esta: que si un hombre yerra en esta doctrina, errará casi en todas las demás doctrinas fundamentales de la Biblia. Entender de veras este asunto ayudará a un hombre a resolver mil dificultades con las que pueda encontrarse en la Palabra de Dios. Cosas que antes parecían muy oscuras y misteriosas se volverán muy claras.

La doctrina del nuevo nacimiento echa por tierra toda religión falsa, toda idea falsa acerca de la Biblia y acerca de Dios. Un amigo mío me contó una vez que, en una de sus reuniones posteriores al culto, se le acercó un hombre con una larga lista de preguntas escritas para que se las contestara. Le dijo: «Si puede contestar estas preguntas de manera satisfactoria, he resuelto hacerme cristiano». «¿No le parece —le respondió mi amigo— que sería mejor venir primero a Cristo? Después podrá examinar estas preguntas». El hombre pensó que quizá fuera lo mejor. Después de haber recibido a Cristo, volvió a mirar su lista de preguntas; pero entonces le pareció que todas habían quedado contestadas. Nicodemo vino con su mente atribulada, y Cristo le dijo: «Os es necesario nacer de nuevo». Fue tratado de un modo completamente distinto del que esperaba; pero me atrevo a decir que aquella fue la noche más bendita de toda su vida. Ser «nacido de nuevo» es la mayor bendición que jamás nos venga en este mundo.

Fíjate en cómo lo expresa la Escritura: «El que no naciere de nuevo», «el que no naciere de lo alto»[Nota: Juan 3:3. Lectura marginal], «el que no naciere del Espíritu». De entre otros muchos pasajes donde hallamos esta palabra «si no», mencionaré solamente tres. «Si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente» (Lucas 13:3, 5). «Si no os volviereis, y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18:3). «Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 5:20). Todas ellas significan en realidad lo mismo.

Cuánto agradezco que nuestro Señor hablara del nuevo nacimiento a este principal de los judíos, a este doctor de la ley, y no a la mujer junto al pozo de Samaria, ni a Mateo el publicano, ni a Zaqueo. Si hubiera reservado su enseñanza sobre este gran asunto para estos tres, o para otros como ellos, la gente habría dicho: «Ah, sí, estos publicanos y estas rameras necesitan convertirse; pero yo soy un hombre recto, yo no necesito convertirme». Supongo que Nicodemo era uno de los mejores ejemplares de la gente de Jerusalén: no había nada registrado en su contra.

Creo que apenas hace falta que demuestre que necesitamos nacer de nuevo antes de ser aptos para el cielo. Me atrevo a decir que no hay hombre sincero que no reconozca que no está capacitado para el reino de Dios hasta que nazca de otro Espíritu. La Biblia nos enseña que el hombre por naturaleza está perdido y es culpable, y nuestra experiencia lo confirma. Sabemos también que el hombre mejor y más santo, si se aparta de Dios, muy pronto caerá en pecado.

Ahora bien, permíteme decir lo que la regeneración no es. No es ir a la iglesia. Muy a menudo veo a personas y les pregunto si son cristianas. «Sí, por supuesto que lo soy; al menos, eso creo: voy a la iglesia todos los domingos». Ah, pero eso no es regeneración. Otros dicen: «Procuro hacer lo que es recto; ¿no soy cristiano? ¿No es eso un nuevo nacimiento?». No. ¿Qué tiene eso que ver con nacer de nuevo? Hay todavía otra clase: los que han «hecho borrón y cuenta nueva» y creen que están regenerados. No; tomar una nueva resolución no es nacer de nuevo.

Tampoco te servirá de nada haber sido bautizado. Y sin embargo oyes decir a la gente: «Pues yo he sido bautizado, y nací de nuevo cuando me bautizaron». Creen que, por haber sido bautizados en la iglesia, fueron bautizados en el reino de Dios. Te digo que eso es del todo imposible. Puedes ser bautizado en la iglesia y, aun así, no ser bautizado en el Hijo de Dios. El bautismo está muy bien en su lugar. Líbreme Dios de decir nada en su contra. Pero si lo pones en el lugar de la regeneración, en el lugar del nuevo nacimiento, es un error tremendo. No puedes ser bautizado para entrar en el reino de Dios. «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Si alguno que lee esto cifra sus esperanzas en otra cosa, en cualquier otro fundamento, ruego a Dios que Él lo barra por completo.

Otra clase dice: «Yo participo de la Cena del Señor; tomo el sacramento con regularidad». ¡Bendita ordenanza! Jesús dijo que cuantas veces lo hagáis, anunciáis su muerte. Y sin embargo, eso no es ser «nacido de nuevo»; eso no es pasar de muerte a vida. Jesús lo dice con claridad —y con tanta claridad que no cabe equivocarse—: «El que no naciere del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios». ¿Qué tiene que ver un sacramento con eso? ¿Qué tiene que ver ir a la iglesia con nacer de nuevo?

Otro hombre se acerca y dice: «Yo rezo mis oraciones con regularidad». Y sigo diciendo que eso no es nacer del Espíritu. Es, pues, una cuestión muy solemne la que se nos plantea; y ¡oh, ojalá que cada lector se preguntase a sí mismo, con seriedad y con fidelidad: «¿He nacido de nuevo? ¿He nacido del Espíritu? ¿He pasado de muerte a vida?»!

Hay una clase de hombres que dicen que las reuniones religiosas especiales son muy buenas para cierta clase de personas. Serían muy buenas si se pudiera llevar allí al borracho, o llevar allí al jugador, o llevar allí a otra gente viciosa; eso sí que haría muchísimo bien. Pero «nosotros no necesitamos convertirnos». ¿A quién dirigió Cristo estas palabras de sabiduría? A Nicodemo. ¿Quién era Nicodemo? ¿Era un borracho, un jugador o un ladrón? ¡No! Sin duda alguna era uno de los mejores hombres de todo Jerusalén. Era un honorable miembro del concilio; pertenecía al Sanedrín; ocupaba un puesto muy alto; era un hombre ortodoxo; era uno de los hombres más íntegros que había. Y sin embargo, ¿qué le dijo Cristo? «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios».

Pero puedo imaginar que alguien dice: «¿Qué he de hacer? Yo no puedo crear vida. Ciertamente no puedo salvarme a mí mismo». Ciertamente no puedes, y no pretendemos que puedas. Te decimos que es del todo imposible hacer mejor a un hombre sin Cristo; pero eso es lo que los hombres están intentando. Están intentando remendar esta naturaleza del «viejo Adán». Tiene que haber una nueva creación. La regeneración es una nueva creación; y si es una nueva creación, ha de ser obra de Dios. En el primer capítulo de Génesis el hombre no aparece. Allí no hay nadie sino Dios. El hombre no está allí para tomar parte. Cuando Dios creó la tierra, estaba solo. Cuando Cristo redimió al mundo, estaba solo.

«Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). El etíope no puede mudar su piel, ni el leopardo puede mudar sus manchas. Lo mismo te daría intentar hacerte a ti mismo puro y santo sin la ayuda de Dios. Te sería tan fácil hacer eso como al hombre negro lavarse a sí mismo hasta quedar blanco. Lo mismo daría que un hombre intentara saltar por encima de la luna, que pretender servir a Dios en la carne. Por eso: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es».

Ahora bien, Dios nos dice en este capítulo cómo hemos de entrar en su reino. No hemos de entrar a fuerza de obras; no porque la salvación no merezca que se trabaje por ella. Todo eso lo admitimos. Si hubiera ríos y montañas de por medio, bien valdría la pena cruzar a nado esos ríos y escalar esas montañas. No hay duda de que la salvación vale todo ese esfuerzo; pero no la obtenemos por nuestras obras. Es «al que no obra, mas cree» (Romanos 4:5). Trabajamos porque somos salvos; no trabajamos para ser salvos. Trabajamos desde la cruz, y no hacia ella. Está escrito: «Ocupaos en vuestra propia salvación con temor y temblor» (Filipenses 2:12). Pues bien, has de tener tu salvación antes de poder ocuparte en ella. Supón que le digo a mi hijito: «Quiero que gastes con cuidado esos cien dólares». «Bueno —dice él—, dame los cien dólares y tendré cuidado en cómo los gasto». Recuerdo cuando salí de casa por primera vez y fui a Boston; me había gastado todo el dinero, e iba a la oficina de correos tres veces al día. Sabía que solo había un correo diario desde casa; pero pensaba que por alguna posibilidad pudiera haber una carta para mí. Al fin recibí una carta de mi hermanita; y ¡cuánto me alegré de recibirla! Ella había oído que en Boston había muchísimos carteristas, y buena parte de aquella carta se dedicaba a rogarme que tuviera mucho cuidado de que nadie me vaciara el bolsillo. Ahora bien, yo necesitaba tener algo en el bolsillo antes de que me lo pudieran vaciar. Así que has de tener la salvación antes de poder ocuparte en ella.

Cuando Cristo clamó en el Calvario: «¡Consumado es!», quiso decir lo que dijo. Todo lo que los hombres tienen que hacer ahora es sencillamente aceptar la obra de Jesucristo. No hay esperanza para hombre ni mujer mientras estén tratando de labrarse la salvación por sí mismos. Puedo imaginar que hay algunas personas que dirán, como quizá dijo Nicodemo: «Esto es algo muy misterioso». Veo el ceño fruncido en la frente de aquel fariseo cuando dice: «¿Cómo puede hacerse esto?». Aquello suena muy extraño a sus oídos. «¡Nacer de nuevo; nacer del Espíritu! ¿Cómo puede hacerse esto?». Muchísima gente dice: «Tienes que explicarlo por la razón; y si no lo explicas por la razón, no nos pidas que lo creamos». Puedo imaginar a mucha gente diciendo eso. Cuando me pides que lo explique por la razón, te digo con franqueza que no puedo. «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8). Yo no entiendo todo lo referente al viento. Me pides que lo explique por la razón. No puedo hacerlo. Aquí puede soplar derecho hacia el norte, y a cien millas de distancia derecho hacia el sur. Puedo subir unos cientos de pies y hallarlo soplando en dirección enteramente opuesta a la de aquí abajo. Me pides que explique estas corrientes de viento; pero supón que, por no poder explicarlas y no entenderlas, me plantara en mi postura y afirmara: «Ah, no existe tal cosa como el viento». Puedo imaginar a alguna niñita diciendo: «Yo sé más de eso que ese hombre; muchas veces he oído el viento y lo he sentido soplar contra mi cara»; y podría decir: «¿No me arrancó el viento el paraguas de las manos el otro día? ¿Y no vi cómo le volaba el sombrero a un hombre en la calle? ¿No lo he visto sacudir los árboles del bosque, y las mieses que crecen en los campos?».

Lo mismo daría que me dijeras que no existe tal cosa como el viento, que decirme que no existe tal cosa como un hombre nacido del Espíritu. He sentido el Espíritu de Dios obrando en mi corazón, tan real y verdaderamente como he sentido el viento soplando en mi rostro. No puedo explicarlo por la razón. Hay muchísimas cosas que no puedo explicar por la razón, y sin embargo las creo. Nunca pude explicar la creación por la razón. Puedo ver el mundo, pero no puedo decir cómo Dios lo hizo de la nada. Y sin embargo casi todo hombre admitirá que hubo un poder creador.

Hay muchísimas cosas que no puedo explicar ni razonar, y que sin embargo creo. Oí a un viajante de comercio decir que había oído que el ministerio y la religión de Jesucristo son asuntos de revelación y no de investigación. «Cuando plugo a Dios revelar a su Hijo en mí», dice Pablo (Gálatas 1:15, 16). Había un grupo de jóvenes que iban juntos de viaje tierra adentro, y en el camino resolvieron no creer nada que no pudieran explicar por la razón. Un anciano los oyó; y al poco rato les dijo: «Les he oído decir que no creerían nada que no pudieran explicar por la razón». «Sí —dijeron ellos—, así es». «Pues bien —dijo él—, viniendo hoy en el tren, vi unos gansos, unas ovejas, unos cerdos y unas vacas comiendo todos hierba. ¿Pueden decirme por qué proceso esa misma hierba se convirtió en pelo, plumas, cerdas y lana? ¿Creen que es un hecho?». «Ah, sí —dijeron—, no podemos menos que creerlo, aunque no logremos entenderlo». «Pues bien —dijo el anciano—, yo no puedo menos que creer en Jesucristo». Y yo no puedo menos que creer en la regeneración del hombre, cuando veo hombres que han sido rescatados, cuando veo hombres que han sido reformados. ¿No han sido regenerados algunos de los peores hombres que existen, sacados del hoyo, puestos sus pies sobre la Roca y puesto en su boca un cántico nuevo? Sus lenguas maldecían y blasfemaban, y ahora se ocupan en alabar a Dios. Las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas. No están solamente reformados, sino que están regenerados: son hombres nuevos en Cristo Jesús.

Allá abajo, en los oscuros callejones de una de nuestras grandes ciudades, hay un pobre borracho. Creo que si quieres acercarte al infierno, debes ir al hogar de un pobre borracho. Ve a la casa de ese pobre y miserable borracho. ¿Hay algo más parecido al infierno en la tierra? Mira la escasez y la angustia que reinan allí. Pero ¡escucha! Se oyen pasos en la puerta, y los niños corren a esconderse. La paciente esposa espera para recibir al hombre. Él ha sido su tormento. Muchas veces ella ha llevado durante semanas las marcas de sus golpes. Muchas veces esa fuerte mano derecha ha caído sobre su cabeza indefensa. Y ahora ella espera, contando con oír sus juramentos y sufrir su trato brutal. Él entra y le dice: «He estado en la reunión, y allí oí que, si quiero, puedo convertirme. Creo que Dios puede salvarme». Vuelve a esa casa dentro de unas semanas: ¡y qué cambio! Al acercarte oyes a alguien cantando. No es la canción de un juerguista, sino las estrofas de aquel buen himno antiguo: «Roca de la eternidad». Los niños ya no tienen miedo del hombre, sino que se agrupan en torno a sus rodillas. Su esposa está junto a él, con el rostro iluminado por un resplandor de dicha. ¿No es eso un cuadro de la regeneración? Puedo llevarte a muchos hogares así, hechos felices por el poder regenerador de la religión de Cristo. Lo que los hombres necesitan es el poder para vencer la tentación, el poder para llevar una vida recta.

La única manera de entrar en el reino de Dios es «nacer» en él. La ley de este país exige que el presidente haya nacido en el país. Cuando los extranjeros llegan a nuestras costas, no tienen derecho a quejarse de una ley semejante, que les prohíbe llegar a ser presidentes. Ahora bien, ¿no tiene Dios derecho a dictar una ley según la cual todos los que lleguen a ser herederos de la vida eterna deben «nacer» en su reino?

Un hombre no regenerado preferiría estar en el infierno antes que en el cielo. Toma a un hombre cuyo corazón está lleno de corrupción y maldad, y ponlo en el cielo entre los puros, los santos y los redimidos; y no querría quedarse allí. Ciertamente, si hemos de ser felices en el cielo, hemos de empezar a hacer un cielo aquí en la tierra. El cielo es un lugar preparado para un pueblo preparado. Si a un jugador o a un blasfemo se le sacara de las calles de Nueva York y se le pusiera sobre el pavimento de cristal del cielo y bajo la sombra del árbol de la vida, diría: «Yo no quiero quedarme aquí». Si los hombres fueran llevados al cielo tal como son por naturaleza, sin que sus corazones fueran regenerados, habría otra rebelión en el cielo. El cielo está lleno de una compañía de los que han nacido dos veces.

En los versículos 14 y 15 de este capítulo leemos: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». «TODO AQUEL». ¡Fíjate en eso! Permíteme decirte a ti, que no eres salvo, lo que Dios ha hecho por ti. Ha hecho todo lo que podía hacer para tu salvación. No necesitas esperar a que Dios haga nada más. En cierto lugar hace la pregunta de qué más podía haber hecho (Isaías 5:4). Envió a sus profetas, y los mataron; luego envió a su Hijo amado, y lo asesinaron. Ahora ha enviado al Espíritu Santo para convencernos de pecado y para mostrarnos cómo hemos de ser salvos.

En este capítulo se nos dice cómo han de ser salvos los hombres, a saber, por medio de aquel que fue levantado en la cruz. Así como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, «para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Algunos hombres se quejan y dicen que es muy poco razonable que se les haga responsables del pecado de un hombre de hace seis mil años. No hace mucho un hombre me hablaba de esta injusticia, como él la llamaba. Si un hombre cree que va a responderle así a Dios, te digo que no le servirá de nada. Si te pierdes, no será a causa del pecado de Adán.

Permíteme ilustrar esto; y quizá así estés en mejores condiciones de entenderlo. Supón que estoy muriendo de tisis, que heredé de mi padre o de mi madre. No contraje la enfermedad por ninguna falta mía, ni por ningún descuido de mi salud; la heredé, supongámoslo así. Acierta a pasar por allí un amigo: me mira y me dice: «Moody, tienes tisis». Yo respondo: «Lo sé muy bien; no quiero que nadie venga a decírmelo». «Pero —dice él—, hay un remedio». «Pero, señor, yo no lo creo. He probado con los principales médicos de este país y de Europa, y todos me dicen que no hay esperanza». «Pero tú me conoces, Moody; me conoces desde hace años». «Sí, señor». «¿Crees tú, entonces, que yo te diría una mentira?». «No». «Pues bien, hace diez años yo estaba tan acabado como tú. Los médicos me habían dado por muerto; pero tomé esta medicina, y ella me curó. Estoy perfectamente sano: mírame a mí». Yo digo que aquel es «un caso muy extraño». «Sí, puede que sea extraño; pero es un hecho. Esta medicina me curó a mí: toma tú esta medicina, y ella te curará a ti. Aunque a mí me ha costado muchísimo, a ti no te costará nada. No lo tomes a la ligera, te lo ruego». «Bueno —digo yo—, a mí me gustaría creerte; pero esto es contrario a mi razón».

Al oír esto, mi amigo se va y vuelve con otro amigo, y aquel testifica lo mismo. Yo sigo sin creer; así que se va y trae a otro amigo, y a otro, y a otro, y a otro; y todos testifican lo mismo. Dicen que estaban tan mal como yo; que tomaron la misma medicina que a mí se me ha ofrecido; y que ella los ha curado. Entonces mi amigo me entrega la medicina. Yo la arrojo al suelo de un golpe; no creo en su poder para salvar; y muero. La razón es, entonces, que desprecié el remedio. Así también, si tú pereces, no será porque Adán cayó, sino porque despreciaste el remedio que se te ofreció para salvarte. Escogerás las tinieblas antes que la luz. «¿Cómo escaparéis vosotros, si tuviereis en poco una salvación tan grande?». No hay esperanza para ti si desatiendes el remedio. De nada sirve mirar la herida. Si hubiéramos estado en el campamento de los israelitas y una de las serpientes ardientes nos hubiera mordido, de nada nos habría servido mirar la herida. Mirar la herida jamás salvará a nadie. Lo que tú has de hacer es mirar al Remedio; mirar allá lejos, a aquel que tiene poder para salvarte de tu pecado.

¡Contempla el campamento de los israelitas; mira la escena que se pinta ante tus ojos! Muchos están muriendo porque desatienden el remedio que se les ofrece. En aquel desierto árido hay muchas tumbas pequeñas y breves; a muchos niños los han mordido las serpientes ardientes. Padres y madres se llevan a sus hijos. Allá enfrente están sepultando a una madre; una madre amada va a ser puesta en la tierra. Toda la familia, llorando, se reúne en torno al cuerpo querido. Oyes los gritos de duelo; ves las lágrimas amargas. Al padre lo llevan a su último lugar de reposo. Por todo el campamento se levanta el lamento. Las lágrimas corren a raudales por los millares que han partido; otros millares están muriendo todavía; y la plaga hace estragos de un extremo del campamento al otro.

Veo en una tienda a una madre israelita inclinada sobre el cuerpo de un hijo amado que apenas entraba en la flor de la vida, que apenas despuntaba a la hombría. Ella le enjuga el sudor de la muerte que se le va juntando en la frente. Un poco más, y sus ojos quedan fijos y vidriosos, porque la vida se le va apagando de prisa. Las fibras del corazón de la madre están desgarradas y sangrando. De pronto oye un ruido en el campamento. Se alza un gran clamor. ¿Qué significa? Va a la puerta de la tienda. «¿Qué es ese ruido en el campamento?», pregunta a los que pasan. Y alguien le dice: «Pero, buena mujer, ¿no has oído las buenas nuevas que han llegado al campamento?». «No —dice la mujer—. ¡Buenas nuevas! ¿Cuáles son?». «¿Cómo, no lo has oído? Dios ha provisto un remedio». «¡Cómo! ¿Para los israelitas mordidos? ¡Oh, dime cuál es el remedio!». «Pues Dios ha mandado a Moisés hacer una serpiente de bronce y ponerla sobre un asta en medio del campamento; y ha declarado que todo el que la mire vivirá. El clamor que oyes es el clamor del pueblo al ver la serpiente levantada». La madre vuelve a la tienda y dice: «Hijo mío, tengo buenas nuevas que darte. ¡No tienes que morir! Hijo mío, hijo mío, vengo con buenas nuevas; ¡puedes vivir!». Él ya está aturdido; está tan débil que no puede caminar hasta la puerta de la tienda. Ella pasa sus brazos fuertes por debajo de él y lo levanta. «¡Mira allá; mira justo allí, al pie de la colina!». Pero el muchacho no ve nada; dice: «No veo nada; ¿qué es, madre?». Y ella dice: «Sigue mirando, y lo verás». Al fin alcanza a vislumbrar la serpiente reluciente; y ¡he aquí que está sano! Y así sucede con muchos jóvenes convertidos. Algunos hombres dicen: «Ah, nosotros no creemos en las conversiones repentinas». ¿Cuánto tiempo hizo falta para sanar a aquel muchacho? ¿Cuánto tiempo hizo falta para sanar a aquellos israelitas mordidos por las serpientes? Fue solo una mirada, y quedaron sanos.

Aquel muchacho hebreo es un joven convertido. Me imagino que lo veo ahora llamando a todos los que estaban con él a alabar a Dios. Ve a otro joven que ha sido mordido como lo fue él; corre hacia él y le dice: «No tienes que morir». «Ay —responde el joven—, no puedo vivir; no es posible. No hay médico en Israel que pueda curarme». No sabe que no tiene que morir. «Pero ¿no has oído la noticia? Dios ha provisto un remedio». «¿Qué remedio?». «Pues Dios le ha dicho a Moisés que levante una serpiente de bronce, y ha dicho que ninguno de los que miren a esa serpiente morirá». Me imagino perfectamente a ese joven. Puede que sea lo que tú llamarías un joven intelectual. Le dice al joven convertido: «¿No pensarás que voy a creer una cosa así? Si los médicos de Israel no pueden curarme, ¿cómo crees que va a curarme una vieja serpiente de bronce sobre un asta?». «Pues, señor, ¡yo estaba tan mal como tú!». «¡No me digas!». «Sí que te lo digo». «Es lo más asombroso que he oído en mi vida —dice el joven—; quisiera que me explicaras la filosofía del asunto». «No puedo. Solo sé que miré a aquella serpiente, y quedé curado: eso fue lo que lo hizo. Simplemente miré; eso es todo. Mi madre me contó lo que se decía por el campamento; y yo simplemente creí lo que mi madre dijo, y estoy perfectamente sano». «Bueno, no creo que a ti te mordieran tan gravemente como a mí». El joven se sube la manga. «¡Mira ahí! Esa marca muestra dónde me mordieron; y te digo que yo estaba peor de lo que tú estás». «Bueno, si entendiera la filosofía del asunto, miraría y sanaría». «Deja tu filosofía: mira y vive». «Pero, señor, me pides que haga algo irrazonable. Si Dios hubiera dicho: Toma el bronce y frótalo en la herida, podría haber algo en el bronce que curara la mordedura. Joven, explícame la filosofía del asunto». Muchas veces he tenido delante de mí a personas que han hablado exactamente de ese modo. Pero el joven llama a otro, y lo lleva a la tienda, y dice: «Cuéntale nada más cómo te salvó el Señor»; y este le cuenta exactamente la misma historia; y llama a otros más, y todos ellos dicen lo mismo.

El joven dice que es una cosa muy extraña. «Si el Señor le hubiera dicho a Moisés que fuera a buscar unas hierbas, o unas raíces, y las cociera, y que yo tomara el cocimiento como medicina, en eso habría algo. Pero es tan contrario a la naturaleza hacer una cosa así, mirar a la serpiente, que no puedo hacerlo». Al cabo de un rato entra su madre, que ha estado fuera en el campamento, y le dice: «Hijo mío, traigo la mejor noticia del mundo. Estuve en el campamento y vi a cientos que estaban muy graves, y ahora todos están perfectamente sanos». El joven dice: «A mí me gustaría ponerme bien; es un pensamiento muy doloroso el tener que morir; quiero entrar en la tierra prometida, y es terrible morir aquí en este desierto; pero el hecho es que no entiendo el remedio. No le dice nada a mi razón. No puedo creer que pueda quedar sano en un solo momento». Y el joven muere a consecuencia de su propia incredulidad.

Dios proveyó un remedio para aquel israelita mordido: «¡Mira y vive!». Y hay vida eterna para todo pobre pecador. Mira, y puedes ser salvo, lector mío, en esta misma hora. Dios ha provisto un remedio, y se ofrece a todos. Lo malo es que muchísima gente está mirando el asta. No mires el asta; eso es la iglesia. No necesitas mirar a la iglesia; la iglesia está muy bien, pero la iglesia no puede salvarte. Mira más allá del asta. Mira al Crucificado. Mira al Calvario. Ten presente, pecador, que Jesús murió por todos los hombres. No necesitas mirar a los ministros; ellos no son sino los instrumentos escogidos de Dios para levantar en alto el Remedio, para levantar en alto a Cristo. Y así, amigo mío, aparta los ojos de los hombres; aparta los ojos de la iglesia. Levántalos a Jesús, que quitó el pecado del mundo, y habrá vida para ti desde esta hora.

Gracias a Dios, no nos hace falta ninguna educación que nos enseñe a mirar. Esa niñita, ese niñito de apenas cuatro años, que todavía no sabe leer, sí que sabe mirar. Cuando el padre viene a casa, la madre le dice a su hijito: «¡Mira! ¡mira! ¡mira!», y el pequeño aprende a mirar mucho antes de cumplir un año. Y esa es la manera de ser salvo. Es mirar al Cordero de Dios «que quita el pecado del mundo»; y hay vida en este mismo momento para todo aquel que esté dispuesto a mirar.

Algunos hombres dicen: «Ojalá yo supiera cómo ser salvo». Sencillamente, toma a Dios por su palabra y confía en su Hijo hoy mismo, en esta misma hora, en este mismo momento. Él te salvará, si quieres confiar en él. Me imagino que oigo a alguien decir: «Yo no siento la mordedura tanto como quisiera sentirla. Sé muy bien que soy pecador, y todo eso; pero no siento bastante la mordedura». ¿Cuánto quiere Dios que tú la sientas?

Cuando estuve en Belfast conocí allí a un médico que tenía un amigo, un cirujano destacado de aquella ciudad; y me contó que la costumbre de aquel cirujano era decirle al paciente, antes de practicar operación alguna: «Mire bien la herida, y luego fije los ojos en mí; y no los aparte hasta que yo termine». Pensé entonces que aquello era una buena ilustración. Pecador, mira bien tu herida; y luego fija los ojos en Cristo, y no los apartes de él. Es mejor mirar al Remedio que mirar a la herida. Mira bien qué pobre y miserable pecador eres tú; y luego mira al Cordero de Dios «que quita el pecado del mundo». Él murió por los impíos y por los pecadores. Di: «¡Lo recibiré!». Y que Dios te ayude a levantar los ojos al Hombre del Calvario. Y así como los israelitas miraron a la serpiente y fueron sanados, así puedas tú mirar y vivir.

Después de la batalla de Pittsburgh Landing estuve en un hospital de Murfreesbro. En mitad de la noche me despertaron y me dijeron que un hombre de una de las salas quería verme. Fui a él y me llamó «capellán» —yo no era el capellán— y dijo que quería que le ayudara a morir. Y yo dije: «Te tomaría ahora mismo en mis brazos y te llevaría al reino de Dios si pudiera; pero no puedo hacerlo: ¡no puedo ayudarte a morir!». Y él dijo: «¿Quién puede?». Le dije: «El Señor Jesucristo puede; para eso vino». Él sacudió la cabeza y dijo: «Él no puede salvarme; he pecado toda mi vida». Y yo dije: «Pero él vino a salvar a los pecadores». Pensé en su madre allá en el norte, y estaba seguro de que ella anhelaba que él muriera en paz; así que resolví quedarme con él. Oré dos o tres veces y le repetí todas las promesas que pude, porque era evidente que en pocas horas se habría ido. Le dije que quería leerle una conversación que Cristo tuvo con un hombre que estaba angustiado por su alma. Abrí el tercer capítulo de Juan. Sus ojos estaban clavados en mí; y cuando llegué a los versículos 14 y 15 —el pasaje que tenemos delante—, él recogió las palabras: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Me detuvo y dijo: «¿Eso está ahí?». Le dije: «Sí». Me pidió que lo leyera otra vez, y así lo hice. Apoyó los codos en el catre y, juntando las manos, dijo: «Eso es bueno; ¿no me lo lees otra vez?». Lo leí por tercera vez, y luego seguí con el resto del capítulo. Cuando terminé, tenía los ojos cerrados, las manos entrelazadas y una sonrisa en el rostro. ¡Ah, cómo se le iluminó! ¡Qué cambio había venido sobre él! Vi que le temblaban los labios, y al inclinarme sobre él oí en un débil susurro: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Abrió los ojos y dijo: «Basta; no leas más». Vivió aún unas horas, reclinando la cabeza sobre aquellos dos versículos; y luego subió en uno de los carros de Cristo, a ocupar su asiento en el reino de Dios.

Cristo le dijo a Nicodemo: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Puedes ver muchos países; pero hay un país —la tierra de Beulah, que John Bunyan vio en visión— que jamás contemplarás, si no naces de nuevo, si no eres regenerado por Cristo. Puedes mirar en derredor y ver muchos árboles hermosos; pero el árbol de la vida jamás lo contemplarás, si tus ojos no son aclarados por la fe en el Salvador. Puedes ver los hermosos ríos de la tierra; puedes navegar sobre su seno; pero ten presente que tus ojos jamás se posarán sobre el río que brota del trono de Dios y corre por el reino de arriba, si no naces de nuevo. Dios lo ha dicho, y no el hombre. Jamás verás el reino de Dios si no naces de nuevo. Puedes ver a los reyes y señores de la tierra; pero al Rey de reyes y Señor de señores jamás lo verás si no naces de nuevo. Cuando estés en Londres podrás ir a la Torre y ver la corona de Inglaterra, que vale miles de dólares y está guardada allí por soldados; pero ten presente que tus ojos jamás se posarán sobre la corona de la vida si no naces de nuevo.

Puedes oír los cánticos de Sion que aquí se cantan; pero hay un cántico —el de Moisés y del Cordero— que el oído incircunciso jamás oirá; su melodía solamente alegrará el oído de aquellos que han nacido de nuevo. Puedes contemplar las hermosas mansiones de la tierra, pero ten presente que las moradas que Cristo ha ido a prepararte jamás las verás si tú no naces de nuevo. Es Dios quien lo dice. Puedes ver diez mil cosas hermosas en este mundo; pero la ciudad que Abraham vislumbró —y desde entonces fue peregrino y extranjero— jamás la verás si no naces de nuevo (Hebreos 11:8, 10-16). Puede que aquí te inviten muchas veces a banquetes de bodas; pero jamás asistirás a las bodas del Cordero si tú no naces de nuevo. Es Dios quien lo dice, querido amigo. Puede que esta noche estés mirando el rostro de tu santa madre y sientas que ella ora por ti; pero vendrá el tiempo en que no la verás más, si no naces de nuevo.

Puede que el lector sea un joven o una joven que hace poco estuvo junto al lecho de una madre moribunda; y quizá ella dijo: «No dejes de encontrarte conmigo en el cielo», y tú hiciste la promesa. ¡Ah! Jamás la verás más, si no naces de nuevo. Yo le creo a Jesús de Nazaret antes que a esos incrédulos que dicen que no necesitas nacer de nuevo. Padre, madre: si esperas ver a tus hijos que se han adelantado, tienes que nacer del Espíritu. Quizá seas un padre o una madre que hace poco llevó a la tumba a un ser querido; ¡y qué oscuro parece tu hogar! Nunca más verás a tu hijo, si no naces de nuevo. Si quieres volver a reunirte con tu ser querido, tienes que nacer de nuevo. Puede que me esté dirigiendo a un padre o a una madre que tiene a un ser querido allá arriba. Si pudieras oír la voz de ese ser querido, te diría: «Ven por este camino». ¿Tienes un amigo santo allá arriba? Joven, ¿no tienes una madre en el mundo de la luz? Si pudieras oírla hablar, ¿no diría: «Ven por este camino, hijo mío», «Ven por este camino, hija mía»? Si alguna vez la has de ver otra vez, tienes que nacer de nuevo.

Todos nosotros tenemos allá arriba un Hermano Mayor. Hace casi mil novecientos años él pasó al otro lado, y desde aquellas riberas celestiales está llamándote a ti al cielo. Volvamos nuestras espaldas al mundo. Demos al mundo un oído sordo. Fijemos la mirada en Jesús en la cruz, y seamos salvos. Entonces veremos un día al Rey en su hermosura, y nunca más saldremos de allí.

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El Camino a Dios Dwight L. Moody

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