Capítulo 7 · 18 min de lectura
El Espíritu Santo convenciendo al mundo de pecado, de justicia y de juicio
El Espíritu Santo es quien convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Él revela a las personas su pecado, especialmente su incredulidad respecto a Jesús, les muestra la perfecta justicia de Cristo y las hace conscientes del juicio venidero. Esta convicción no puede producirse por el esfuerzo humano, sino solo por medio del Espíritu Santo obrando en los creyentes y a través de ellos.
Nuestra salvación comienza, en la experiencia, cuando somos llevados a un profundo sentido de que necesitamos un Salvador. El Espíritu Santo es quien nos lleva a este reconocimiento de nuestra necesidad. Leemos en Juan 16:8-11: «Y cuando él viniere, convencerá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio: de pecado ciertamente, por cuanto no creen en mí; y de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ya es juzgado».
I. Vemos en este pasaje que es obra del Espíritu Santo convencer a los hombres de pecado. Es decir, convencerlos de tal modo de su error respecto al pecado que se produzca en ellos un hondo sentido de culpa personal. Tenemos el primer cumplimiento registrado de esta promesa en Hechos 2:36-37: «Sepa, pues, certísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo». Y oídas estas cosas, fueron compungidos de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: «Varones, hermanos, ¿qué haremos?». El Espíritu Santo había venido tal como Jesús había prometido que vendría, y cuando vino, convenció al mundo de pecado; los traspasó en el corazón con el sentido de su terrible culpa por haber rechazado a su Señor y su Cristo.
Si el apóstol Pedro hubiera pronunciado esas mismas palabras el día antes de Pentecostés, no se habrían seguido tales resultados; pero ahora Pedro estaba lleno del Espíritu Santo (versículo 4), y el Espíritu Santo tomó a Pedro y sus palabras, y por medio de Pedro y sus palabras convenció a los que le oían. El Espíritu Santo es el único que puede convencer a los hombres de pecado. El corazón natural es «engañoso más que todas las cosas, y perverso», y no hay nada en que la engañosidad innata de nuestros corazones se manifieste con más claridad que en la estimación que hacemos de nosotros mismos. Todos tenemos la vista bastante aguda para las faltas de los demás, pero todos somos por naturaleza ciegos a las nuestras. Nuestra ceguera ante nuestros propios defectos raya muchas veces en lo absurdo. Poseemos un extraño poder para exagerar nuestras virtudes imaginarias y perder por completo de vista nuestros defectos.
Cuanto más tiempo y con mayor detenimiento estudia uno la naturaleza humana, con mayor claridad verá cuán inútil es la tarea de convencer de pecado a otros hombres. No podemos hacerlo, ni Dios lo ha dejado en nuestras manos. Ha puesto esta obra en manos de Aquel que es plenamente capaz de realizarla: el Espíritu Santo. Uno de los peores errores que podemos cometer en nuestro empeño por llevar a los hombres a Cristo es tratar de convencerlos de pecado con alguna fuerza propia. Por desgracia, es uno de los errores más comunes. Los predicadores se paran en el púlpito y argumentan y razonan con los hombres para hacerles ver y comprender que son pecadores. Lo dejan tan claro como la luz del día; es asombroso que sus oyentes no lo vean, pero no lo ven.
Los obreros personales se sientan junto a alguien que busca la salvación y razonan con él, y le presentan pasajes de la Escritura con la mayor habilidad, los pasajes mismos calculados para producir el efecto deseado, y sin embargo no hay resultado alguno. ¿Por qué? Porque estamos tratando de hacer la obra del Espíritu Santo, la obra que solo él puede hacer: convencer a los hombres de pecado. Si tan solo tuviéramos presente nuestra total incapacidad para convencer a los hombres de pecado, y nos apoyáramos en él, en absoluta impotencia, para que él haga la obra, veríamos resultados.
Al terminar una reunión de indagación en nuestra iglesia de Chicago, una de nuestras mejores obreras me trajo a un maquinista del ferrocarril Pan Handle con esta observación: «Quisiera que usted hablara con este hombre.
Llevo dos horas hablando con él sin ningún resultado». Me senté a su lado con mi Biblia abierta, y en menos de diez minutos aquel hombre, bajo profunda convicción de pecado, estaba de rodillas clamando a Dios por misericordia. La obrera que me lo había traído dijo, cuando el hombre se hubo marchado: «Es muy extraño». «¿Qué es lo extraño?», pregunté. «¿Sabe usted?», dijo la obrera, «usé con ese hombre los mismos pasajes que usted usó, y aunque había trabajado con él dos horas sin ningún resultado, en diez minutos, con los mismos pasajes de la Escritura, fue puesto bajo convicción de pecado y aceptó a Cristo».
¿Cuál era la explicación? Simplemente esta: por una vez, aquella obrera había olvidado algo que rara vez olvidaba, a saber, que el Espíritu Santo es quien debe hacer la obra. Había estado tratando de convencer al hombre de pecado. Había usado los pasajes correctos; había razonado con sabiduría; había expuesto un caso claro, pero no había mirado al único que podía hacer la obra. Cuando me trajo al hombre y me dijo: «He trabajado con él dos horas sin ningún resultado», pensé para mí: «Si esta obrera experta ha tratado con él dos horas sin ningún resultado, ¿de qué servirá que yo trate con él?»; y con un sentido de absoluta impotencia me apoyé en el Espíritu Santo para que hiciera la obra, y él la hizo.
Pero, aunque nosotros no podemos convencer a los hombres de pecado, hay Uno que sí puede: el Espíritu Santo. Él puede convencer de pecado al hombre más endurecido y cegado. Puede llevar a hombres y mujeres desde la más completa despreocupación e indiferencia hasta un lugar donde quedan abrumados por el sentido de su necesidad de un Salvador. ¡Cuántas veces hemos visto esto ilustrado! Hace algunos años, los oficiales de la Iglesia de la Avenida Chicago estaban acongojados por el hecho de que se manifestaba tan poca y profunda convicción de pecado en nuestras reuniones.
Había conversiones, muchos eran añadidos a la iglesia, pero muy pocos venían con una abrumadora convicción de pecado.
Una noche, uno de los oficiales de la iglesia dijo: «Hermanos, me inquieta grandemente el hecho de que tengamos tan poca convicción de pecado en nuestras reuniones. Aunque estamos teniendo conversiones y muchas incorporaciones a la iglesia, no se ve esa profunda convicción de pecado que a mí me gusta ver; y propongo que nosotros, los oficiales de la iglesia, nos reunamos noche tras noche a orar para que haya más convicción de pecado en nuestras reuniones».
La sugerencia fue acogida por todo el comité. No llevábamos muchas noches orando cuando, un domingo por la tarde, vi en el asiento delantero, debajo de la galería, a un hombre vistosamente ataviado y de rostro muy duro. Un gran diamante fulguraba en la pechera de su camisa. Estaba sentado junto a uno de los diáconos. Al mirarlo mientras predicaba, pensé para mí: «Ese hombre es un hombre de vida disipada, y el diácono Young ha estado pescando hoy». Resultó que tenía razón. El hombre era hijo de una mujer que regentaba una casa de mala fama en una ciudad del Oeste. Creo que nunca antes había estado en un culto protestante. El diácono Young lo había abordado aquel día en la calle y lo había traído a la reunión. Mientras yo predicaba, el hombre no podía quitarme los ojos de encima.
Cuando bajamos a la reunión posterior, el diácono Young llevó al hombre consigo. Aquella noche me demoré atendiendo a los angustiados. Cuando terminé con el último, hacia las once, y casi todos se habían ido a casa, el diácono Young se acercó a mí y me dijo: «Tengo aquí a un hombre con quien quisiera que viniera a hablar». Era aquel corpulento hombre de vida disipada. Estaba profundamente agitado. «¡Oh!», gimió, «no sé qué me pasa. Nunca en toda mi vida me había sentido así»; y sollozaba y temblaba como una hoja. Entonces me contó esta historia: «Esta tarde salí para bajar a la Avenida Cottage Grove a encontrarme con unos hombres y pasar la tarde jugando. Al pasar junto al parque de allá, algunos de sus jóvenes estaban celebrando una reunión al aire libre, y me detuve a escuchar».
«Vi dar testimonio a un hombre a quien yo había conocido en una vida de pecado, y me quedé para oír lo que tenía que decir».
«Cuando terminó, seguí calle abajo. No había ido lejos cuando un poder extraño se apoderó de mí y me hizo volver, y me quedé durante toda la reunión. Entonces este señor me habló y me trajo a su iglesia, a su reunión de los Yoke Fellows. Me quedé a cenar con ellos, y me subió a oírle predicar a usted, y luego me bajó a esta reunión». Aquí se detuvo y sollozó: «¡Oh, no sé qué me pasa! Me siento fatal, nunca en toda mi vida me había sentido así»; y su gran corpachón se estremecía de emoción. «Yo sé lo que le pasa», le dije. «Está usted bajo convicción de pecado; el Espíritu Santo está tratando con usted»; y le señalé a Cristo, y se arrodilló y clamó a Dios por misericordia, para que le perdonara sus pecados por amor de Cristo.
Poco después, un domingo por la noche, vi a otro hombre sentado en la galería, casi exactamente encima de donde aquel hombre se había sentado. También en la pechera de este hombre destellaba un diamante. Me dije: «Ahí hay otro hombre de vida disipada». Resultó ser un viajante que también era hombre de vida disipada. Mientras yo predicaba, se inclinaba cada vez más hacia adelante en su asiento. Durante mi sermón, sin ninguna intención de hacer el llamado, solo queriendo recalcar un punto, dije: «¿Quién aceptará a Jesucristo esta noche?». Rápido como un relámpago, el hombre se puso en pie de un salto y gritó: «¡Yo!». Aquello resonó por todo el edificio como el estampido de un revólver.
Dejé mi sermón e inmediatamente hice el llamado; hombres y mujeres, y jóvenes se pusieron en pie por todo el edificio para entregarse a Cristo. Dios estaba respondiendo a la oración, y el Espíritu Santo estaba convenciendo a los hombres de pecado.
El Espíritu Santo puede convencer a los hombres de pecado. No hemos de desesperar de nadie, por indiferente que parezca, por mundano que sea, por satisfecho de sí mismo o irreligioso que sea; el Espíritu Santo puede convencer a los hombres de pecado. Cierto joven ministro, de muy singular cultura y capacidad, vino una vez a mí y me dijo: «Tengo entre manos un gran problema. Soy pastor de la iglesia de una ciudad universitaria. Mi congregación se compone en gran parte de profesores y estudiantes universitarios. Son personas de lo más encantador. Tienen ideales morales muy elevados y viven vidas ejemplares. Ahora bien», continuó, «si yo tuviera una congregación en la que hubiera borrachos y marginados y ladrones, podría convencerlos de pecado; pero mi problema es cómo hacer que personas así, las personas más encantadoras del mundo, crean que son pecadores, cómo convencerlas de pecado». Le respondí: «Es imposible. Usted no puede hacerlo, pero el Espíritu Santo sí puede». Y así es, en efecto.
Algunas de las manifestaciones más profundas de convicción de pecado que jamás he visto han sido de parte de hombres y mujeres de conducta ejemplarísima y personalidad atractiva. Pero eran pecadores, y el Espíritu Santo les abrió los ojos a ese hecho. Aunque es el Espíritu Santo quien convence a los hombres de pecado, lo hace por medio de nosotros. Esto se ve con toda claridad en el contexto del pasaje que tenemos delante. Jesús dice en Juan 16:7: «Empero yo os digo la verdad: que os es necesario que yo me vaya; porque si yo no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si yo me fuere, os le enviaré». Luego prosigue diciendo: «Y cuando él viniere, convencerá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio». Es decir, nuestro Señor Jesús envía el Espíritu Santo a nosotros (a los creyentes), y cuando ha venido a nosotros los creyentes, por medio de nosotros, a quienes ha venido, convence al mundo.
En el Día de Pentecostés fue el Espíritu Santo quien convenció de pecado a los tres mil; pero el Espíritu Santo vino sobre el grupo de creyentes, y por medio de ellos convenció al mundo de afuera. Según nos dicen las Santas Escrituras, el Espíritu Santo no tiene modo de llegar al mundo no salvo si no es por medio de aquellos que ya están salvos. Cada conversión registrada en los Hechos de los Apóstoles se realizó por medio de hombres o mujeres ya salvos. Tomemos, por ejemplo, la conversión de Saulo de Tarso. Si alguna vez hubo una conversión milagrosa, fue esa.
El Jesús glorificado se apareció visiblemente a Saulo en su camino a Damasco; pero, antes de que Saulo pudiera salir claramente a la luz como hombre salvo, hubo que traer una instrumentalidad humana. Saulo, postrado en tierra, clamó al Cristo resucitado preguntándole qué debía hacer, y el Señor le dijo que entrara en Damasco, y que allí se le diría lo que había de hacer. Y entonces Ananías, «cierto discípulo», fue puesto en escena como el instrumento humano por medio del cual el Espíritu Santo había de hacer su obra (Hechos 9:17; Hechos 22:16). Tomemos el caso de Cornelio. También aquí hubo una conversión de lo más notable por medio de una acción sobrenatural. «Un ángel» se apareció a Cornelio, pero el ángel no le dijo a Cornelio qué debía hacer para ser salvo.
El ángel más bien le dijo a Cornelio: «Envía a Jope hombres, y haz venir a Simón, que tiene por sobrenombre Pedro; el cual te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa» (Hechos 11:13-14). Así podemos recorrer todo el registro de las conversiones en los Hechos de los Apóstoles, y veremos que todas se efectuaron por medio de una instrumentalidad humana. Cuán solemne, cuán casi abrumador es el pensamiento de que el Espíritu Santo no tiene modo de llegar con su poder salvador a los no salvos si no es por medio de nosotros, que ya somos cristianos. Si nos diéramos cuenta de ello, ¿no seríamos más cuidadosos en ofrecer al Espíritu Santo un canal más libre y despejado para su obra tan importante? El Espíritu Santo necesita labios humanos por los cuales hablar. Necesita los tuyos, y necesita vidas tan limpias y tan enteramente entregadas a él que pueda obrar a través de ellas.
Notad de qué pecado es que el Espíritu Santo convence a los hombres: el pecado de incredulidad en Jesucristo. «De pecado, por cuanto no creen en mí», dice Jesús. No el pecado de robar, no el pecado de la embriaguez, no el pecado de adulterio, no el pecado de homicidio, sino el pecado de incredulidad en Jesucristo. Lo único que el Dios eterno exige de los hombres es que crean en aquel que él ha enviado (Juan 6:29). Y el único pecado que revela la rebelión de los hombres contra Dios y su osado desafío a él es el pecado de no creer en Jesucristo; y este es el único pecado que el Espíritu Santo pone en primer plano y recalca, y del cual convence a los hombres. Este fue el pecado del cual convenció a los tres mil en el Día de Pentecostés.
Había muchos otros pecados en sus vidas, pero el único punto que el Espíritu Santo puso en primer plano por medio del apóstol Pedro fue que Aquel a quien habían rechazado era su Señor y Cristo, confirmado como tal por su resurrección de entre los muertos (Hechos 2:22-36). «Y oídas estas cosas (a saber, que Aquel a quien habían rechazado era Señor y Cristo), fueron compungidos de corazón». Este es el pecado del cual el Espíritu Santo convence a los hombres hoy.
En cuanto a las moralidades comparativamente menores de la vida, hay una gran diferencia entre los hombres; pero el ladrón que rechaza a Cristo y el hombre honrado que rechaza a Cristo quedan igualmente condenados en el gran punto de lo que hacen con el Hijo de Dios, y este es el punto que el Espíritu Santo hace penetrar. El pecado de incredulidad es el más difícil de todos los pecados de los cuales convencer a los hombres. El incrédulo medio no considera la incredulidad como un pecado. Muchos incrédulos consideran su incredulidad como una señal de superioridad intelectual. No pocas veces está tanto más orgulloso de ella cuanto que es la única señal de superioridad intelectual que posee.
Alza la cabeza y dice: «Soy agnóstico»; «soy escéptico»; o «soy incrédulo», y se da un aire de superioridad por ello. Si no llega tan lejos, el incrédulo con frecuencia considera su incredulidad, en el peor de los casos, como una desgracia. Busca compasión más que reproche. Dice: «¡Oh, ojalá pudiera creer! Cuánto lamento no poder creer»; y entonces apela a nuestra compasión porque no puede creer. Pero cuando el Espíritu Santo toca el corazón de un hombre, ya no ve la incredulidad como una señal de superioridad intelectual ni como una mera desgracia, sino que la ve como el más osado, decisivo y condenatorio de todos los pecados, y queda abrumado por el sentido de su terrible culpa por no haber creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
II. Pero el Espíritu Santo no solo convence de pecado, sino que también convence respecto a la justicia.
Convence al mundo respecto a la justicia porque Jesucristo ha ido al Padre; es decir, convence (convence con una convicción que es autocondenatoria) al mundo de la justicia de Cristo, atestiguada por su ida al Padre. La venida del Espíritu es, en sí misma, una prueba de que Cristo ha ido al Padre (Hechos 2:33), y así el Espíritu Santo nos abre los ojos para ver que Jesucristo, a quien el mundo condenó como malhechor, era en verdad el Justo. El Padre pone el sello de su aprobación sobre el carácter y las pretensiones de Cristo al resucitarlo de entre los muertos y exaltarlo a su diestra, y darle un nombre que es sobre todo nombre.
El mundo en general, hoy, pretende creer en la justicia de Cristo, pero no cree en la justicia de Cristo. No tiene un concepto adecuado de la justicia de Cristo. La justicia que el mundo atribuye a Cristo no es la justicia que Dios le atribuye, sino una pobre justicia humana, quizá un poco mejor que la nuestra. Al mundo le encanta poner los nombres de otros hombres que considera buenos junto al nombre de Jesucristo. Pero cuando el Espíritu de Dios viene a un hombre, lo convence de la justicia de Cristo, le abre los ojos para ver a Jesucristo solo, en un lugar único, no solo muy por encima de todos los hombres, sino «sobre todo principado, y potestad, y potencia, y señorío, y todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, mas aun en el venidero» (Efesios 1:21).
III. El Espíritu Santo también convence al mundo de juicio. El fundamento sobre el cual el Espíritu Santo convence a los hombres de juicio es el hecho de que «el príncipe de este mundo ya es juzgado» (Juan 16:11). Cuando Jesucristo fue clavado en la cruz, parecía como si él fuera juzgado allí; pero en realidad era el príncipe de este mundo quien fue juzgado en la cruz, y, al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, el Padre dejó claro a todas las edades venideras que la cruz no fue el juicio de Cristo, sino el juicio del príncipe de las tinieblas. El Espíritu Santo nos abre los ojos para ver este hecho, y así nos convence de juicio. Hoy hay una gran necesidad de que el mundo sea convencido de juicio. El juicio es una doctrina que ha pasado a un segundo plano, que en verdad casi se ha perdido de vista.
Hoy no es popular hablar del juicio, ni del castigo, ni del infierno. A quien recalca el juicio y el castigo futuro no se le tiene por muy al día; se le considera «anticuado». Pero cuando el Espíritu Santo abre los ojos de los hombres, creen en el juicio. En los primeros días de mi experiencia cristiana tuve grandes dificultades con la doctrina bíblica de la retribución futura. Volvía una y otra vez a lo que enseña acerca de las penas eternas del pecado persistente. Parecía como si no pudiera creerlo. Vez tras vez retrocedía ante las severas enseñanzas de Jesucristo y de los Apóstoles sobre este asunto. Pero una noche estaba esperando en Dios para conocer al Espíritu Santo en una más plena manifestación de su presencia y de su poder.
Dios me dio aquella noche lo que buscaba, y con esta más amplia experiencia de la presencia y el poder del Espíritu Santo vino tal revelación de la gloria, la infinita gloria de Jesucristo, que ya no tuve dificultad alguna con lo que el Libro decía acerca del severo e interminable juicio que caería sobre los que persistentemente rechazaran a este glorioso Hijo de Dios. Desde entonces, aunque he tenido muchos pesares de corazón por la doctrina bíblica de la retribución futura, no he tenido dificultad intelectual con ella. La he creído. El Espíritu Santo me ha convencido de juicio.