Capítulo 2 · 10 min de lectura
La Deidad del Espíritu Santo
El capítulo muestra que el Espíritu Santo es verdaderamente Dios, destacando cinco puntos clave: posee atributos divinos como la eternidad y la omnipresencia; realiza obras divinas como la creación y la inspiración de la profecía; es identificado con Jehová en la Escritura; es nombrado junto al Padre y al Hijo como igual a ellos; y en el Nuevo Testamento se le llama Dios explícitamente. Estas pruebas dejan claro que el Espíritu Santo es una Persona divina, no una simple fuerza ni un ser creado.
En el capítulo anterior hemos visto con claridad que el Espíritu Santo es una Persona. Pero ¿qué clase de Persona es? ¿Es una persona finita o una persona infinita? ¿Es Dios? Esta pregunta también halla respuesta clara en la Biblia. Hay en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento cinco líneas de prueba distintas y decisivas de la Deidad del Espíritu Santo.
I. Cada uno de los cuatro atributos distintivamente divinos es atribuido al Espíritu Santo. ¿Cuáles son los atributos distintivamente divinos? La eternidad, la omnipresencia, la omnisciencia y la omnipotencia. Todos ellos son atribuidos al Espíritu Santo en la Biblia. Hallamos la eternidad atribuida al Espíritu Santo en Hebreos 9:14: “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de las obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”.
La omnipresencia es atribuida al Espíritu Santo en el Salmo 139:7-10: “¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra”.
La omnisciencia es atribuida al Espíritu Santo en varios pasajes. Por ejemplo, leemos en 1 Corintios 2:10-11: “Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. ¿Quién conoce los pensamientos del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”.
De nuevo, en Juan 14:26: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho”. Más aún, leemos en Juan 16:12-13: “Aún tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber las cosas que han de venir”. Hallamos la omnipotencia atribuida al Espíritu Santo en Lucas 1:35: “El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios”.
II. Tres obras distintivamente divinas son atribuidas al Espíritu Santo. Cuando pensamos en Dios y en su obra, la primera obra en que siempre creemos es la de la creación. En las Escrituras, la creación es atribuida al Espíritu Santo. Leemos en Job 33:4: “El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida”. Leemos de nuevo en el Salmo 104:30: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra”. En relación con la descripción de la creación en el primer capítulo del Génesis, se hace referencia a la actividad del Espíritu (Génesis 1-3). La impartición de la vida es también una obra divina, y esta se atribuye en las Escrituras al Espíritu Santo.
Leemos en Juan 6:63: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”. También leemos en Romanos 8:11: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús de los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”.
En la descripción de la creación del hombre, en Génesis 2:7: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. Las palabras exactas son: “Y formó Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente”. La palabra griega que se traduce como “espíritu” significa “aliento”, y aunque el Espíritu Santo como Persona no aparece de manera nítida en esta temprana referencia a Él en Génesis 2:7, este pasaje, interpretado a la luz de la más plena revelación del Nuevo Testamento, se refiere al Espíritu Santo.
La autoría de las profecías divinas también se atribuye al Espíritu Santo. Leemos en 2 Pedro 1:21: “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”. Aun en el Antiguo Testamento hay una referencia al Espíritu Santo como autor de la profecía. Leemos en 2 Samuel 23:2-3: “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua.
El Dios de Israel ha dicho, me habló la Roca de Israel: Cuando uno gobierna a los hombres con justicia, gobernando en el temor de Dios”. Así vemos que las tres obras distintivamente divinas —la creación, la impartición de la vida y la profecía— son atribuidas al Espíritu Santo.
III. Afirmaciones que en el Antiguo Testamento nombran distintamente a JEHOVÁ como su sujeto son aplicadas al Espíritu Santo en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, el Espíritu Santo ocupa la posición de la Deidad en el pensamiento del Nuevo Testamento. Una notable ilustración de esto se halla en Isaías 6:8-10: “Y oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí”. En el versículo cinco se nos dice que fue a Jehová (siempre que la palabra SEÑOR aparece escrita en mayúsculas en el Antiguo Testamento, representa a Jehová en el hebreo, y así se traduce en la American Standard Version) a quien Isaías vio y quien habla.
En Hechos 28:25-27, no poniéndose de acuerdo entre sí, se marcharon después que Pablo dijo esta palabra: “Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a vuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos han cerrado; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane”. Así vemos que lo que en el Antiguo Testamento se atribuye distintamente a Jehová, en el Nuevo se atribuye al Espíritu Santo; por ejemplo, el Espíritu Santo es identificado con Jehová.
Es un hecho digno de nota que en el Evangelio de Juan, capítulo doce, versículos treinta y nueve a cuarenta y uno, donde se hace otra referencia a este pasaje de Isaías, ese mismo pasaje se atribuye a Cristo (obsérvese con cuidado el versículo cuarenta y uno). Así, en distintas partes de la Escritura, tenemos el mismo pasaje referido a Jehová, al Espíritu Santo y a Jesucristo.
¿No hallaremos la explicación de esto en el triple “Santo” del clamor de los serafines en Isaías 6:3, donde leemos: “Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”? En esto tenemos una clara sugerencia de la tri-personalidad de Jehová de los ejércitos, que se halla en el versículo ocho del capítulo, donde el Señor es representado diciendo: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”.
Otra notable ilustración de la aplicación en el Nuevo Testamento al Espíritu Santo de pasajes que en el Antiguo Testamento nombran distintamente a Jehová como su sujeto se halla en Éxodo 16:7. Allí leemos: “Y a la mañana veréis la gloria de Jehová, porque él ha oído vuestras murmuraciones contra Jehová; porque nosotros, ¿qué somos, para que vosotros murmuréis contra nosotros?”. Aquí se dice distintamente que la murmuración de los hijos de Israel era contra Jehová. Pero en Hebreos 3:7-9 leemos: “Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde vuestros padres me tentaron, me probaron, y vieron mis obras cuarenta años”.
Las murmuraciones que Moisés, en el libro del Éxodo, dice que fueron contra Jehová, se nos dice en la Epístola a los Hebreos que fueron contra el Espíritu Santo. Esto deja fuera de toda duda que el Espíritu Santo ocupa la posición de Jehová (o de la Deidad) en el Nuevo Testamento (Salmo 95:8-11).
IV. El nombre del Espíritu Santo se asocia con el de Dios de una manera en que a una mente reverente y reflexiva le sería imposible asociar el nombre de cualquier ser finito con el de la Deidad.
Tenemos una ilustración de esto en 1 Corintios 12:4-6: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo”. Aquí hallamos a Dios, al Señor y al Espíritu asociados en una relación de igualdad que sería espantoso contemplar si el Espíritu fuera un ser finito. Tenemos una ilustración aún más notable de esto en Mateo 28:19: “Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. ¿Quién, habiendo captado la concepción bíblica de Dios el Padre, pensaría siquiera por un momento en asociar el nombre del Espíritu Santo con el del Padre de esta manera, si el Espíritu Santo fuera un ser finito, aun el más excelso de los seres angélicos?
Otra notable ilustración se halla en 2 Corintios 13:14: “La gracia del Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”. ¿Puede alguien meditar en estas palabras y captar algo de su verdadero sentido sin ver con claridad que sería imposible asociar el nombre del Espíritu Santo con el de Dios el Padre de la manera en que se asocia en este versículo, a menos que el Espíritu Santo fuera Él mismo un Ser divino?
V. El Espíritu Santo es llamado Dios. La prueba final y decisiva de la Deidad del Espíritu Santo se halla en el hecho de que en el Nuevo Testamento se le llama Dios. Leemos en Hechos 5:3-4: “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses para ti parte del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios”.
En la primera parte de este pasaje, Ananías mintió al Espíritu Santo; no fue a los hombres, sino a Dios, a quien había mentido al mentir al Espíritu Santo; es decir, el Espíritu Santo a quien mintió es llamado Dios. Para resumirlo todo: por la atribución de todos los atributos distintivamente divinos y de varias obras distintivamente divinas; por referir al Espíritu Santo en el Nuevo Testamento afirmaciones que en el Antiguo nombran como su sujeto a Jehová, al Señor o a Dios; por asociar el nombre del Espíritu Santo con el de Dios de una manera en que sería imposible asociar el de cualquier ser finito con el de la Deidad; por llamar claramente Dios al Espíritu Santo; de todas estas maneras inequívocas, Dios en su Palabra proclama distintamente que el Espíritu Santo es una Persona divina.