Capítulo 1 · 25 min de lectura

La personalidad del Espíritu Santo

Este capítulo subraya que, antes de comprender la obra del Espíritu Santo, debemos conocerlo a Él como una Persona real, y no como una simple fuerza o influencia. El Espíritu Santo es una Persona divina que merece nuestro amor, nuestra confianza, nuestra adoración y nuestra entrega. Cuando los creyentes lo reconocen como su Amigo y Ayudador siempre presente, su vida cristiana queda transformada. La verdadera vida cristiana nace de la comunión diaria con el Espíritu Santo, permitiéndole guiarnos y usarnos.

Antes de que uno pueda comprender correctamente la obra del Espíritu Santo, primero debe conocer al Espíritu mismo. Una frecuente fuente de error y de obsesión respecto a la obra del Espíritu Santo es el intento de estudiar y comprender su obra sin llegar primero a conocerlo a Él como Persona. Desde el punto de vista de la adoración, es de suma importancia que decidamos si el Espíritu Santo es una Persona divina, digna de recibir nuestra adoración, nuestra fe, nuestro amor y nuestra entera entrega a Él, o si es simplemente una influencia que emana de Dios, o un poder, o una iluminación que Dios nos imparte. Si el Espíritu Santo es una persona, y una Persona divina, y no lo conocemos como tal, entonces estamos robando a un Ser divino la adoración, la fe, el amor y la entrega que le son debidos.

También, desde el punto de vista práctico, es de suma importancia que decidamos si el Espíritu Santo es simplemente algún poder misterioso y maravilloso del que nosotros, en nuestra debilidad e ignorancia, hemos de apoderarnos de algún modo para usarlo, o si el Espíritu Santo es una Persona real, infinitamente santa, infinitamente sabia, infinitamente poderosa e infinitamente tierna, que ha de apoderarse de nosotros y usarnos. La primera concepción es enteramente pagana, no esencialmente distinta del pensamiento del adorador africano de fetiches, que tiene su dios al cual utiliza. La segunda concepción es sublime y cristiana. Si pensamos en el Espíritu Santo como lo hacen tantos, meramente como un poder o una influencia, nuestro pensamiento constante será: “¿Cómo puedo obtener más del Espíritu Santo?”. Pero si pensamos en Él según la manera bíblica, como una Persona divina, nuestro pensamiento será más bien: “¿Cómo puede el Espíritu Santo tener más de mí?”. La concepción del Espíritu Santo como una influencia o un poder divino del que de algún modo hemos de apoderarnos para usarlo conduce a la exaltación propia y a la autosuficiencia.

Alguien que piensa mucho en el Espíritu Santo, pero que erróneamente cree haberlo recibido, casi siempre se volverá orgulloso, actuando como si fuera mejor que los demás cristianos. Con frecuencia se oye a tales personas decir: “Yo soy un hombre del Espíritu Santo”, o “Yo soy una mujer del Espíritu Santo”. Pero si una vez captamos el pensamiento de que el Espíritu Santo es una Persona divina de infinita majestad, gloria, santidad y poder, que en maravillosa condescendencia ha venido a nuestros corazones para hacer allí su morada, tomar posesión de nuestra vida y servirse de ella, esto nos hará más reverentes. No se me ocurre pensamiento más humillante ni más sobrecogedor que el de que una persona de majestad y gloria divinas habita en mi corazón y está dispuesta a usarme.

Desde el punto de vista de la experiencia, es de suma importancia que conozcamos al Espíritu Santo como una persona. Miles y decenas de miles de hombres y mujeres pueden dar testimonio de la bendición que ha entrado en su propia vida al llegar a conocer al Espíritu Santo, no meramente como una influencia bondadosa (que emana, es cierto, de Dios), sino como una Persona real, tan real como Jesucristo mismo; un Amigo amoroso y siempre presente y un poderoso Ayudador, que no solo está siempre a su lado, sino que habita en su corazón cada día y cada hora, y que está pronto a socorrerlos en toda emergencia de la vida. Miles de ministros, obreros cristianos y creyentes en las esferas más humildes de la vida me han hablado, o me han escrito, acerca de la completa transformación de su experiencia cristiana que les sobrevino cuando captaron el pensamiento (no meramente de manera teológica, sino de manera experimental) de que el Espíritu Santo era una Persona, y por consiguiente llegaron a conocerlo. Hay en la Biblia al menos cuatro líneas distintas de prueba de que el Espíritu Santo es una persona.

1. Todas las características distintivas de la personalidad son atribuidas al Espíritu Santo en la Biblia. ¿Cuáles son las características, o rasgos, distintivos de la personalidad? El conocimiento, el sentimiento o la emoción, y la voluntad. Todo ser que piensa, siente y quiere es una persona. Cuando decimos que el Espíritu Santo es una persona, algunos entienden que queremos decir que el Espíritu Santo tiene manos, pies, ojos, oídos, boca, y demás; pero estas no son las características de la personalidad, sino de la corporeidad. Todas estas características o rasgos de la personalidad son atribuidos repetidamente al Espíritu Santo en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Leemos en 1 Corintios 2:10-11: “Dios nos lo reveló por medio del Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. ¿Quién conoce los pensamientos del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. Aquí se atribuye conocimiento al Espíritu Santo. Se nos enseña que el Espíritu Santo no es meramente una influencia que ilumina nuestra mente para comprender la verdad, sino un Ser que Él mismo conoce la verdad.

En 1 Corintios 12:11 leemos: “Pero nosotros no nos gloriaremos desmedidamente, sino conforme a la medida de la regla que Dios nos repartió, para llegar también hasta vosotros”. Aquí se atribuye voluntad al Espíritu, y se nos enseña que el Espíritu Santo no es un poder del que nos apoderamos y usamos según nuestra voluntad, sino una Persona de soberana majestad, que nos usa según su voluntad. Esta distinción es de fundamental importancia para entrar en la debida relación con el Espíritu Santo. Es precisamente en este punto donde se extravían muchos buscadores sinceros que anhelan poder y eficacia en el servicio.

Extienden la mano y luchan por apoderarse de algún poder misterioso y poderoso que puedan emplear en su obra conforme a su propia voluntad. Nunca llegarán a poseer el poder que buscan hasta que reconozcan que no hay ningún poder divino del que ellos puedan apoderarse y usar en su ceguera e ignorancia, sino que hay una Persona, infinitamente sabia a la vez que infinitamente poderosa, que está dispuesta a tomar posesión de ellos y usarlos conforme a su propia y perfecta voluntad. Cuando nos detenemos a pensarlo, debemos alegrarnos de que no exista un poder divino del que seres tan ignorantes como nosotros, tan propensos a errar, puedan apoderarse y usar. ¡Cuán espantosos podrían ser los resultados si lo hubiera! Pero ¡qué santo gozo ha de llenar nuestro corazón cuando captamos el pensamiento de que hay una Persona divina, Uno que nunca yerra, que está dispuesta a tomar posesión de nosotros, a impartirnos los dones que Él juzgue mejores y a usarnos conforme a su sabia y amorosa voluntad!

Leemos en Romanos 8:27: “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos”. En este pasaje se atribuye mente al Espíritu Santo. La palabra griega traducida como “intento” es una palabra amplia, que abarca las ideas de pensamiento, sentimiento y propósito. Es la misma que se emplea en Romanos 8:7, donde leemos: “Porque la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede”. Así pues, en este pasaje tenemos todos los rasgos distintivos de la personalidad atribuidos al Espíritu Santo.

Encontramos la personalidad del Espíritu Santo expresada de la manera más conmovedora y sugestiva en Romanos 15:30: “Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis, luchando conmigo en vuestras oraciones a Dios por mí”; aquí se atribuye “amor” al Espíritu Santo. Bien haría el lector en detenerse a meditar en esas palabras: “el amor del Espíritu”. A menudo nos detenemos en el amor de Dios el Padre; es el tema de nuestro pensamiento diario y constante. A menudo nos detenemos en el amor de Jesucristo, el Hijo. ¿Quién pensaría en llamarse cristiano si pasara un día sin meditar en el amor de su Salvador? Pero ¿cuántas veces hemos meditado en “el amor del Espíritu”?

Cada día de nuestra vida, si vivimos como los cristianos deben vivir, nos arrodillamos en la presencia de Dios el Padre, alzamos la mirada a su rostro y decimos: “Te doy gracias, Padre, porque tu gran amor te llevó a dar a tu Hijo unigénito para que muriera por mí en la cruz del Calvario”.

Cada día de nuestra vida, también alzamos la mirada al rostro de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, y decimos: “Oh glorioso Señor y Salvador, Jesús, Hijo de Dios, te doy gracias por haberme amado tanto que no te aferraste a tu condición de igual con Dios. Al contrario, la renunciaste, dejando atrás toda la gloria del cielo para venir a este mundo quebrantado, tomar sobre ti mis pecados y morir en mi lugar en la cruz del Calvario”. Pero ¿cuántas veces nos arrodillamos y decimos al Espíritu Santo: “Oh eterno e ilimitado Espíritu de Dios, te doy gracias por haberme amado tanto que viniste a este mundo oscuro y pecaminoso para buscarme. Con paciencia me seguiste hasta que por fin vi cuán perdido estaba y cuánto necesitaba un Salvador. Abriste mis ojos para ver que Jesucristo es precisamente el Salvador que yo necesitaba”? No obstante, debemos nuestra salvación tan verdaderamente al amor del Espíritu como al amor del Padre y al amor del Hijo. Si no hubiera sido por el amor de Dios el Padre, que me miró en mi total ruina y proveyó para mí una expiación perfecta en la muerte de su propio Hijo en la cruz del Calvario, hoy yo estaría en el infierno.

Si no hubiera sido por el amor de Jesucristo, el eterno Verbo de Dios, que me miró en mi total ruina y, en obediencia al Padre, dejó a un lado toda la gloria del cielo por toda la vergüenza de la tierra y tomó mi lugar, el lugar de la maldición, sobre la cruz del Calvario, derramando enteramente su vida por mí, hoy yo estaría en el infierno. Pero si no hubiera sido por el amor del Espíritu Santo, enviado por el Padre en respuesta a la oración del Hijo (Juan 14:16), que lo movió a buscarme en mi total ceguera y ruina y a seguirme día tras día, semana tras semana, año tras año, mientras yo persistentemente hacía oídos sordos a sus súplicas, siguiéndome por sendas de pecado adonde debió de ser una agonía para aquel Santo ir, hasta que al fin escuché y Él abrió mis ojos para ver mi total ruina, y entonces me reveló a Jesús como precisamente el Salvador que supliría toda mi necesidad, y luego me capacitó para recibir a este Jesús como mi propio Salvador; si no hubiera sido por este amor paciente, sufrido, incansable e infinitamente tierno del Espíritu Santo, hoy yo estaría en el infierno. ¡Oh, el Espíritu Santo no es meramente una influencia, ni un poder, ni una iluminación, sino una Persona tan real como Dios el Padre o Jesucristo, su Hijo!

La personalidad del Espíritu Santo aparece en el Antiguo Testamento tan verdaderamente como en el Nuevo, pues leemos en Nehemías 9:20: “Y diste tu buen Espíritu para enseñarles, y no retiraste tu maná de su boca, y les diste agua para su sed”. Aquí se atribuyen al Espíritu Santo tanto inteligencia como bondad. Algunos nos dicen que, si bien es cierto que la personalidad del Espíritu Santo se halla en el Nuevo Testamento, no se halla en el Antiguo. Pero ciertamente se halla en este pasaje. Por supuesto, la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo no está tan plenamente desarrollada en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Pero la doctrina está allí.

Quizá no haya en toda la Biblia pasaje en que la personalidad del Espíritu Santo se manifieste de manera más tierna y conmovedora que en Efesios 4:30: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. Aquí se atribuye aflicción al Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es una influencia o un poder ciego e impersonal que entra en nuestra vida para iluminarla, santificarla y fortalecerla. No, Él es inconmensurablemente más que eso: es una Persona santa que viene a morar en nuestro corazón, Uno que ve cada acto que realizamos, cada palabra que decimos, cada pensamiento que albergamos, hasta la fantasía más fugaz a la que permitimos pasar por nuestra mente; y si hay algo en obra, palabra o hecho que sea impuro, profano, descortés, egoísta, mezquino, ruin o falso, este Ser infinitamente santo se contrista profundamente por ello. No conozco pensamiento que ayude más que este a llevar una vida santa y a andar con reverencia en la presencia del Santo. ¡Cuántas veces un joven es refrenado de ceder a las tentaciones que rodean la juventud por el pensamiento de que, si cediera a la tentación que ahora lo asalta, su santa madre podría enterarse y se afligiría por ello de manera indecible!

¡Cuántas veces algún joven, con la mano ya sobre la puerta de algún lugar de pecado en el que está a punto de entrar, ha sido asaltado por el pensamiento: “Si yo entrara ahí, mi madre podría enterarse y casi la mataría”, y ha vuelto la espalda a aquella puerta y se ha alejado para llevar una vida pura, a fin de no afligir a su madre!

Pero hay Uno que es más santo que cualquier madre, Uno que es más sensible contra el pecado que la mujer más pura que jamás haya andado sobre esta tierra, y que nos ama como ninguna madre amó jamás; y este Uno habita en nuestro corazón, si somos cristianos, y ve cada acto que hacemos de día o al amparo de la noche; oye cada palabra que pronunciamos en público o en privado; ve cada pensamiento que albergamos, contempla cada fantasía e imaginación a la que se permite siquiera un momentáneo alojamiento en nuestra mente; y si hay algo profano, impuro, egoísta, mezquino, ruin, descortés, áspero, injusto o de cualquier modo malo en acto, palabra, pensamiento o fantasía, Él se aflige por ello. Si permitimos que aquellas palabras, “No contristéis al Espíritu Santo de Dios”, penetren en nuestro corazón y lleguen a ser el lema de nuestra vida, nos guardarán de muchos pecados.

¡Cuántas veces algún pensamiento o fantasía ha llamado para entrar en mi mente y estaba a punto de hallar acogida, cuando me ha sobrevenido el pensamiento: “El Espíritu Santo ve ese pensamiento y se afligirá por él”, y aquel pensamiento se ha desvanecido!

II. Muchos actos que solo una Persona puede realizar son atribuidos al Espíritu Santo. Si negamos la personalidad del Espíritu Santo, muchos pasajes de la Escritura resultan carentes de sentido y absurdos. Por ejemplo, leemos en 1 Corintios 2:10: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”. Este pasaje nos presenta al Espíritu Santo no meramente como una iluminación por la cual somos capacitados para captar las cosas profundas de Dios, sino como una Persona que Él mismo escudriña las cosas profundas de Dios y luego nos revela los preciosos descubrimientos que ha hecho.

Leemos en Apocalipsis 2:7: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en el paraíso de Dios”.

Aquí se nos presenta al Espíritu Santo no meramente como una iluminación impersonal que llega a nuestra mente, sino como una Persona que habla y que, desde lo profundo de su sabiduría, susurra al oído de su siervo atento la preciosa verdad de Dios.

En Gálatas 4:6 leemos: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones, el cual clama: ¡Abba, Padre!”. Aquí se representa al Espíritu Santo clamando en el corazón del creyente individual. No meramente una influencia divina que produce en nuestro corazón la seguridad de nuestra filiación, sino Uno que clama en nuestro corazón, que da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. (Véase también Romanos 8:16.) El Espíritu Santo también es representado en la Escritura como Uno que ora. Leemos en Romanos 8:26: “Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza; porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. De este pasaje resulta claro que el Espíritu Santo no es meramente una influencia que nos mueve a orar, ni meramente una iluminación que nos enseña a orar, sino una Persona que Él mismo ora en nosotros y por medio de nosotros.

Hay un asombroso consuelo en el pensamiento de que todo verdadero creyente tiene dos Personas divinas orando por él: Jesucristo, el Hijo, que una vez estuvo sobre esta tierra, que sabe todo acerca de nuestras tentaciones, que puede compadecerse de nuestras flaquezas y que ahora ha ascendido a la diestra del Padre y, en aquel lugar de autoridad y poder, vive siempre para interceder por nosotros (Hebreos 7:25; 1 Juan 2); y otra Persona, tan divina como Él, que anda a nuestro lado cada día, sí, que habita en lo más íntimo de nuestro ser y conoce nuestras necesidades, aun cuando nosotros mismos no las conocemos, y desde esas profundidades intercede al Padre por nosotros. La posición del creyente es en verdad una de perfecta seguridad, con estas dos Personas divinas orando por él.

Leemos de nuevo en Juan 15:26: “Pero cuando venga el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí”. Aquí se nos presenta al Espíritu Santo como una Persona que da su testimonio de Jesucristo, no meramente como una iluminación que capacita al creyente para testificar de Cristo, sino como una Persona que Él mismo testifica; y en este versículo y en el siguiente se traza una clara distinción entre el testimonio del Espíritu Santo y el testimonio del creyente a quien Él ha dado su testimonio, pues leemos en el versículo siguiente: “Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio”. Así que hay dos testigos: el Espíritu Santo que da testimonio al creyente, y el creyente que da testimonio al mundo.

Del Espíritu Santo también se habla como de un maestro. Leemos en Juan 14:26: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho”. Y de manera semejante leemos en Juan 16:12-14: “Aún tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber las cosas que han de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Y en el Antiguo Testamento, Nehemías 9:20: “Y diste tu buen Espíritu para enseñarles, y no retiraste tu maná de su boca, y les diste agua para su sed”.

En todos estos pasajes resulta claro que el Espíritu Santo no es una mera iluminación que nos capacita para aprehender la verdad, sino una Persona que viene a nosotros para enseñarnos día tras día la verdad de Dios. Es el privilegio del más humilde creyente en Jesucristo no solo tener su mente iluminada para comprender la verdad de Dios, sino tener un Maestro divino que a diario le enseñe la verdad que necesita conocer (1 Juan 2:20-27).

El Espíritu Santo también es representado como el Guía y Conductor de los hijos de Dios. Leemos en Romanos 8:14: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios”. Él no es meramente una influencia que nos capacita para ver el camino por el que Dios quiere que andemos, ni meramente un poder que nos da fuerza para andar por él, sino una Persona que nos toma de la mano y nos conduce con ternura por las sendas en que Dios quiere que andemos.

El Espíritu Santo también es representado como una Persona que tiene autoridad para mandar a los hombres en su servicio a Jesucristo. Leemos acerca del apóstol Pablo y sus compañeros en Hechos 16:6-7: “Y atravesando la región de Frigia y de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió”. Aquí es una Persona quien toma la dirección de la conducta de Pablo y sus compañeros, y una Persona cuya autoridad ellos reconocieron y a quien al instante se sometieron.

Más aún, el Espíritu Santo es representado como Aquel que es la autoridad suprema en la iglesia, que llama a los hombres a la obra y los designa para el oficio. Leemos en Hechos 13:2: “Ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”. Y en Hechos 20:28: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia de Dios, la cual él ganó por su propia sangre”. No puede quedar duda alguna, para quien busca la verdad con sinceridad, de que es una Persona, y una Persona de majestad y soberanía divinas, la que aquí se nos presenta.

De todos los pasajes aquí citados resulta evidente que muchos actos que solo una persona puede realizar son atribuidos al Espíritu Santo.

III. Se predica del Espíritu Santo un oficio que solo puede predicarse de una persona.

Nuestro Salvador dice en Juan 14:16-17: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; mas vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros”. Nuestro Señor había anunciado a los discípulos que estaba a punto de dejarlos. Un terrible sentimiento de desolación se apoderó de ellos. La tristeza llenó su corazón (Juan 16:6) al contemplar su soledad y absoluta impotencia cuando Jesús así los dejara solos.

Para consolarlos, el Señor les dice que no serán dejados solos, que al dejarlos Él iba al Padre, y que rogaría al Padre y este les daría otro Consolador para ocupar su lugar durante su ausencia. ¿Es posible que Jesucristo hubiera empleado semejante lenguaje si el otro Consolador que venía a ocupar su lugar fuera solo una influencia impersonal? “Empero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré”; ¿habría hablado así si este Consolador que Él había de enviar fuera simplemente una influencia o un poder impersonal?

No, una Persona divina se iba, y otra Persona igualmente divina venía a ocupar su lugar; y era conveniente para los discípulos que Aquel fuera a representarlos ante el Padre, pues otro igualmente divino y suficiente venía a ocupar su lugar. Esta promesa de nuestro Señor y Salvador acerca de la venida del otro Consolador y de su permanencia con nosotros es la más grande y la mejor de todas para la presente dispensación. Esta es la promesa del Padre (Hechos 4), la promesa de las promesas. Volveremos a ella cuando lleguemos a estudiar los nombres del Espíritu Santo.

IV. Se predica del Espíritu Santo un trato que solo podría predicarse de una Persona. Leemos en Isaías 63: “Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo Espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos”. Aquí se nos dice que contra el Espíritu Santo se rebeló y se le contristó (Efesios 4:30). Solo contra una persona puede uno rebelarse, y solo contra una persona de autoridad. Solo una persona puede ser contristada.

No se puede contristar a una mera influencia o poder. En Hebreos 10:29 leemos: “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?”. Aquí se nos dice que al Espíritu Santo se le “hace afrenta” (“se le trata con injuria y ultraje” —Léxico Griego-Inglés del Nuevo Testamento de Thayer).

No hay en el universo sino una sola clase de ser que pueda ser tratado con ultraje (o insultado), y esa es una persona. Es absurdo pensar en tratar con ultraje a una influencia, a un poder o a cualquier clase de ser que no sea una persona. Leemos de nuevo en Hechos 5:3: “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses para ti parte del precio de la heredad?”. Aquí se representa al Espíritu Santo como Uno a quien se puede mentir. Y no se puede mentir sino a una persona.

En Mateo 12:31-32 leemos: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Y cualquiera que hablare palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero cualquiera que hablare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero”.

Aquí se nos dice que contra el Espíritu Santo se blasfema. Es imposible blasfemar contra nada que no sea una persona. Si el Espíritu Santo no fuera una persona, ciertamente no podría ser un pecado más grave y decisivo blasfemar contra Él que blasfemar contra el Hijo del hombre, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo mismo.

Aquí, pues, tenemos cuatro líneas de prueba distintivas y decisivas de que el Espíritu Santo es una Persona.

En teoría, la mayoría de nosotros creemos esto; pero ¿acaso, en nuestro pensamiento real acerca de Él y en nuestra actitud práctica hacia Él, lo tratamos como si en verdad fuera una Persona? Al término de un discurso sobre la Personalidad del Espíritu Santo en una conferencia bíblica, hace algunos años, una persona que había sido miembro de la iglesia durante muchos años, miembro de una de las más ortodoxas de nuestras denominaciones modernas, me dijo: “Nunca antes había pensado en Él como una Persona”. Sin duda esta mujer cristiana había cantado muchas veces: “Alabad a Dios, de quien fluyen todas las bendiciones; alabadle, todas las criaturas aquí abajo; alabadle en lo alto, huestes celestiales; alabad al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Sin duda había cantado muchas veces: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.

Pero una cosa es cantar palabras, y otra muy distinta comprender el significado de lo que cantamos. Si a esta mujer cristiana se le hubiera preguntado acerca de su doctrina, sin duda habría dicho que creía que había tres Personas en la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; pero una cosa es una confesión teológica, y otra muy distinta una comprensión práctica de la verdad que confesamos.

Así que la pregunta es del todo necesaria: por muy ortodoxo que seas en tus declaraciones de fe, ¿consideras al Espíritu Santo como en verdad una Persona real, tan amorosa, sabia y fuerte como Jesucristo, tan digna de tu confianza, tu amor y tu entrega como Jesucristo mismo? El Espíritu Santo vino a este mundo para ser con los discípulos de nuestro Señor, después de su partida, y para nosotros, lo que Jesucristo había sido para ellos durante los días de su compañía con ellos (Juan 14:16-17).

¿Es Él eso para ti? ¿Lo conoces? Cada semana de tu vida oyes la bendición apostólica: “La gracia del Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros” (2 Corintios 13:14); pero, mientras la oyes, ¿captas su significado? ¿Conoces la comunión del Espíritu Santo? ¿El compañerismo del Espíritu Santo? ¿La participación del Espíritu Santo?

¿La camaradería del Espíritu Santo? ¿La íntima amistad personal del Espíritu Santo?

Aquí radica todo el secreto de una verdadera vida cristiana, una vida de libertad, gozo, poder y plenitud. Tener como Amigo siempre presente, y ser consciente de que se tiene como Amigo siempre presente, al Espíritu Santo, y entregar la propia vida, en todos sus ámbitos, enteramente a su dominio: esto es la verdadera vida cristiana.

La doctrina de la Personalidad del Espíritu Santo es tan distintiva de la religión que Jesús enseñó como las doctrinas de la Deidad y de la expiación de Jesucristo mismo. Pero no basta con creer la doctrina: uno debe conocer al Espíritu Santo mismo. Todo el propósito de este capítulo (que Dios me ayude a decirlo con reverencia) es presentarte a mi Amigo, el Espíritu Santo.

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