Capítulo 9 · 20 min de lectura · 25 min de escucha
Muertos con Cristo
Gálatas 2:20.—Con Cristo estoy juntamente crucificado.
La Versión Revisada inglesa traduce con acierto el texto citado: «Con Cristo estoy juntamente crucificado». Gálatas 2:20. A este propósito, leamos la historia de un hombre que fue literalmente crucificado con Cristo. Podemos tomar todo el relato de la obra de Cristo sobre la tierra en la carne como figura de su obra espiritual. Tomemos en esta ocasión la historia del ladrón arrepentido, Lucas 23:39-43, porque creo que podemos aprender de él cómo vivir como hombres crucificados con Cristo. Pablo dice: «Con Cristo estoy juntamente crucificado». Y también: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». Gálatas 6:14. Con frecuencia preguntamos con ansia: ¿Cómo puedo ser libre de la vida del yo? La respuesta es: «Recibe otra vida».
Hablamos a menudo del poder del Espíritu Santo que viene sobre nosotros, pero dudo que comprendamos plenamente que el Espíritu Santo es una vida celestial que viene para expulsar la vida egoísta, carnal y terrenal. Si de veras queremos gozar plenamente del reposo que hay en Jesús, solo podemos tenerlo cuando él entra, en el poder de su muerte, para dar muerte a lo que hay en nosotros de naturaleza, para tomar posesión y para vivir su propia vida en la plenitud del Espíritu Santo.
La Palabra de Dios nos lleva a la cruz de Cristo, y nos enseña dos cosas acerca de esa cruz. Nos dice que Cristo murió por el pecado. Entendemos lo que eso significa: que en su expiación él murió como yo nunca muero, como yo nunca puedo morir, como yo nunca necesito morir; murió por el pecado y por mí.
¿Qué dio a su muerte tal poder para expiar?, quizá preguntes. Fue esto: el espíritu con que murió; no el sufrimiento físico, no el acto externo de la muerte, sino el espíritu con que murió. ¿Y cuál era ese espíritu? Murió al pecado. El pecado lo había tentado, lo había rodeado, y lo había llevado muy cerca de decir: «No puedo morir».
En Getsemaní clamó: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa» Mateo 26:39. Pero, ¡alabado sea Dios!, entregó su vida antes que ceder al pecado. Murió al pecado, y muriendo venció. Y ahora, yo no puedo morir por el pecado como Cristo, pero sí puedo y debo morir al pecado como Cristo. Cristo murió por mí. En eso él está solo.
Cristo murió al pecado, y en eso tengo comunión con él. Estoy crucificado, estoy muerto.
Y aquí está el gran tema al que quiero llevarte: qué es estar muerto con Cristo, y cómo puedo entrar de manera práctica en esta muerte con Cristo. Sabemos que el gran rasgo distintivo de Cristo es su muerte.
Desde la eternidad vino con el mandamiento del Padre de que pusiera su vida en la tierra. Se entregó a ello, y afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Escogió la muerte, y vivió y anduvo sobre la tierra para prepararse para morir. Su muerte es el poder de la redención. Aun en el cielo, sobre el trono, está como el Cordero que fue inmolado, y por toda la eternidad cantan sin cesar: «El Cordero que fue inmolado es digno» Apocalipsis 5:12.
Amado hermano, tu Booz, tu Cristo, tu Salvador todosuficiente, es un Hombre cuya señal principal y cuya mayor gloria es esta: murió. Y si la esposa ha de vivir con su marido como esposa suya, debe entrar en su estado, en su espíritu y en su disposición, y ser siempre como él es. Si hemos de experimentar todo el poder de lo que Cristo puede hacer por nosotros, debemos aprender a morir con Cristo. Quizá no debería usar esa expresión, «Debemos aprender a morir con Cristo»; debería más bien decir: «Debemos aprender que estamos muertos con Cristo». Ese es un pensamiento glorioso del capítulo 6 de Romanos; a todo creyente de la iglesia de Roma—no a los escogidos ni a los adelantados, sino a todo creyente de la iglesia de Roma, por débil que fuera—Pablo le escribe: «Morimos con Cristo». Sobre esa base, dice: «Así también vosotros consideraos muertos al pecado» Romanos 6:11. ¿Qué significa eso—estar muertos al pecado?
No podemos verlo con más claridad que refiriéndonos a Adán. Cristo fue el segundo Adán. ¿Qué sucedió en el primer Adán? Yo morí en el primer Adán; morí para Dios; morí en el pecado. Cuando nací, tenía en mí la vida de Adán, que llevaba todos los rasgos de la vida de Adán después de su caída. Adán murió para Dios, y Adán murió en el pecado, y yo heredo la vida de Adán, y así estoy muerto en el pecado como lo estuvo él, y muerto para Dios. Pero en el mismo instante en que empiezo a creer en Jesús, quedo unido a Cristo, el segundo Adán, y tan real como estoy unido por mi nacimiento al primer Adán, soy hecho partícipe de la vida de Cristo. ¿Qué vida? Aquella vida que murió al pecado en el Calvario, y que resucitó; por eso Dios, por medio de su apóstol, nos dice: «Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús». Romanos 6:11. Has de considerarlo verdadero porque Dios lo dice; pues tu nueva naturaleza, en virtud de tu unión vital con Cristo, está real y totalmente muerta al pecado.
Si queremos tener al Cristo real que Dios nos ha dado, al Cristo real que murió por nosotros, en el poder de su muerte y resurrección, debemos afirmarnos aquí. Pero muchos cristianos no entienden lo que nos enseña el capítulo 6 de la Epístola a los Romanos. No saben que están muertos al pecado. No lo saben, y por eso Pablo los instruye: «¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?». ¿Cómo viviremos aún en él los que en Cristo estamos muertos al pecado?
Tenemos, en efecto, la muerte y la vida de Cristo obrando dentro de nosotros. Pero, ¡ay!, la mayoría de los cristianos no lo saben, y por eso no lo experimentan ni lo practican. Necesitan que se les enseñe que su primera necesidad es ser llevados al reconocimiento, al conocimiento, de lo que ha sucedido en Cristo en el Calvario, y de lo que ha sucedido al quedar ellos unidos a Cristo. El hombre debe empezar a decir, aun antes de entenderlo: «En Cristo estoy muerto al pecado». Es un mandamiento: «Consideraos muertos al pecado». Aférrate a tu unión con Cristo; cree en la nueva naturaleza que hay dentro de ti, esa vida espiritual que tienes de Cristo, una vida que ha muerto y ha sido levantada de nuevo.
Los actos de un hombre siempre concuerdan con la idea que tiene de su condición. Un rey actúa como rey; de lo contrario diríamos: «Ese hombre ha olvidado su realeza»; pero si un hombre tiene conciencia de ser rey, se comporta como rey.
Y así, no puedo vivir la vida de un verdadero creyente a menos que esté lleno cada día de la conciencia de esto: «Doy gracias a Dios porque estoy muerto en Cristo. Cristo murió al pecado, y yo estoy unido a Cristo, y Cristo vive en mí, y yo estoy muerto al pecado».
¿Cuál es la vida que Cristo vive en mí? Pregunta cuál es la vida que Adán vive en mí. Adán vive en mí la vida de muerte, una vida que ha caído bajo el poder del pecado y de la muerte, muerte para Dios. Esa vida la vive Adán en mí por naturaleza, como hombre no convertido. Y Cristo, el segundo Adán, ha venido a mí con una vida nueva, y ahora vivo en su vida, la vida-muerte de Cristo. Mientras no lo sé, no puedo obrar conforme a ella, aunque esté en mí. ¡Alabado sea Dios!, cuando un hombre empieza a ver lo que es, y comienza en obediencia a decir: «Haré lo que dice la Palabra de Dios; estoy muerto, me considero muerto», entra en una vida nueva. Sobre la base de la Palabra eterna de Dios, de tu unión con Cristo y del gran hecho del Calvario, considérate, reconócete de veras muerto al pecado. El hombre debe ver esta verdad; ese es el primer paso.
El segundo es que debe aceptarla por la fe. ¿Y entonces qué? Cuando la acepta por la fe, surge en él una lucha y una experiencia dolorosa, porque esa fe es todavía muy débil, y empieza a preguntar: «Pero si estoy muerto al pecado, ¿por qué cometo tanto pecado?». Y la respuesta que da la Palabra de Dios es sencillamente esta: no permites que el Espíritu Santo aplique el poder de esa muerte. Lo que necesitamos es entender que el Espíritu Santo vino del cielo, del Jesús glorificado, para traer a nosotros su muerte y su vida. Las dos están inseparablemente unidas.
En cuanto Cristo murió, murió al pecado; y en cuanto vive, vive para Dios. La muerte y la vida son inseparables en él, y del mismo modo en nosotros la vida para Dios en Cristo está inseparablemente unida a la muerte al pecado. Y eso es lo que el Espíritu Santo nos enseñará y obrará en nosotros.
Si he aceptado a Cristo por la fe mediante el Espíritu Santo, y me entrego a él, Cristo mantiene cada día la posesión y revela en mi corazón todo el poder de mi comunión con su muerte y su vida. A algunos, sin duda, esto les llega en un solo momento de poder y bendición supremos; de pronto lo ven y lo aceptan, y entran, y hay muerte al pecado como experiencia divina. No es que la inclinación al mal quede arrancada de raíz. No; pero el poder de la muerte de Cristo guarda del pecado y destruye el poder del pecado; el poder de la muerte de Cristo puede manifestarse en el Espíritu Santo, que sin cesar hace morir las obras del cuerpo.
Alguien me pregunta si aún hace falta crecer. Sin duda alguna. Por el Espíritu Santo, el hombre puede ahora empezar a vivir y a crecer, cada vez más hondo, en la comunión de la muerte de Cristo. Descubre cosas nuevas en ámbitos en los que nunca había pensado. Un hombre puede estar a veces lleno del Espíritu Santo, y sin embargo haber en él grandes imperfecciones. ¿Por qué? Por esta razón: porque quizá su corazón no había sido plenamente preparado por un descubrimiento completo del pecado. Puede haber orgullo, preocupación por sí mismo, atrevimiento u otras cualidades de esta naturaleza en las que nunca ha reparado. El Espíritu Santo no siempre las echa fuera de una vez. No. Hay diferentes maneras de entrar en la vida bienaventurada.
Un hombre entra en la vida bienaventurada con la idea de poder para el servicio; otro, con la idea de descanso de la inquietud y del cansancio; otro, con la idea de liberación del pecado. En todos estos aspectos hay algo limitado, y por eso todo creyente, después de conocer el poder de la muerte de Cristo, ha de entregarse y decir continuamente: «Señor Jesús, que el poder de tu muerte obre de lleno, que penetre todo mi ser». A medida que el hombre se entrega sin reservas, empezará a llevar las señales de un hombre crucificado. El apóstol dice: «Estoy juntamente crucificado», y vive como un hombre crucificado.
¿Cuáles son las señales de un hombre crucificado? La primera es una humildad profunda y absoluta. Cristo se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Véase Filipenses 2:8. Cuando la muerte al pecado empieza a obrar con poder, esa es una de sus pruebas principales y más benditas. Quebranta al hombre, y el gran anhelo de su corazón es: «¡Oh, si pudiera hundirme más hondo delante de mi Dios, y no ser nada en absoluto, para que la vida de Cristo sea exaltada! No merezco sino la cruz maldita; me entrego a ella». La humildad es una de las grandes señales de un hombre crucificado.
Otra señal de la crucifixión es el reposo. Sí. Cristo fue crucificado y descendió a la tumba, y nosotros somos crucificados y sepultados con él. No hay lugar de reposo como la tumba; allí el hombre no puede hacer nada. «También mi carne reposará segura», dijo David, y dijo el Mesías. Sí, y cuando un hombre desciende a la tumba de Jesús, esto es lo que significa: sencillamente clama: «No tengo nada sino a Dios; confío en Dios; espero en Dios; mi carne reposa en él; lo he entregado todo para poder reposar, esperando lo que Dios ha de hacer conmigo». Recuerda que la crucifixión, la muerte y la sepultura son inseparablemente una. Y recuerda que la tumba es el lugar donde se manifestará el poderoso poder de resurrección de Dios. Y recuerda aquellas preciosas palabras del capítulo 11 de Juan: «¿No te he dicho»—¿cuándo dijo Cristo eso? Fue junto a la tumba de Lázaro—«que si crees, verás la gloria de Dios?». ¿Dónde veré la gloria de Dios con más resplandor? Junto a la tumba. Desciende a la muerte creyendo, y la gloria de Dios vendrá sobre ti y llenará tu corazón.
Queridos amigos, queremos morir. Si hemos de vivir en el reposo, la paz y la bienaventuranza de nuestro gran Booz; si hemos de vivir una vida de gozo y de fruto, de fuerza y de victoria, debemos descender a la tumba con Cristo, y el lenguaje de nuestra vida debe ser: «Soy un hombre crucificado. ¡Alabado sea Dios!, aunque en mí mismo no tengo nada sino pecado, tengo un Jesús eterno, con su muerte y su vida, para ser la vida de mi alma».
¿Cómo puedo entrar en esta comunión de la cruz? Hallamos una ilustración en la historia del ladrón arrepentido.
Tomás dijo, antes de la muerte de Cristo: «Vamos también nosotros, para que muramos con él» Juan 11:16. Y Pedro dijo: «Señor, dispuesto estoy a ir contigo aun a la cárcel y a la muerte». Lucas 22:33. Pero todos los discípulos fallaron, y nuestro Señor tomó a un hombre que era la escoria de la tierra, y lo colgó en la cruz del Calvario junto a sí mismo.
Si anhelas saber qué es entrar en la muerte con Jesús, ven y mira al ladrón arrepentido. ¿Y qué vemos allí? Ante todo, vemos el estado de un corazón preparado para morir con Cristo. Vemos en aquel ladrón arrepentido una confesión del pecado humilde y de todo corazón. Allí colgaba del madero maldito, y las multitudes blasfemaban contra aquel hombre que estaba a su lado, pero él no se avergonzó de hacer públicamente una confesión: «Y nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo» Lucas 23:41.
He aquí una de las razones por las que la Iglesia de Cristo entra tan poco en la muerte de Cristo: los hombres no quieren creer que la maldición de Dios pesa sobre todo lo que hay en ellos que no ha muerto con Cristo. La gente habla de la maldición del pecado, pero no entiende que toda la naturaleza ha sido contaminada por el pecado y que la maldición pesa sobre todo. Mi intelecto, ¿ha sido mancillado por el pecado? Terriblemente, y la maldición del pecado pesa sobre él, y por eso mi intelecto debe descender a la muerte. ¡Ah!, creo que la Iglesia de Cristo sufre hoy más por confiar en el intelecto, la sagacidad, la cultura y el refinamiento mental que por casi cualquier otra cosa.
El espíritu del mundo entra, y los hombres procuran ayudar al Evangelio con su sabiduría y con su conocimiento, y le roban su señal de crucifixión. Cristo mandó a Pablo ir a predicar el Evangelio de la cruz, pero no hacerlo con sabiduría de palabras. La maldición del pecado pesa sobre todo lo que es de la naturaleza. Si hay un ministro que se deleita en predicar, que ha hecho cuanto ha podido, que ha dado lo mejor de sí en talento y en pensamiento, y que pregunta: «¿Tiene que descender eso a la tumba?», yo le digo: «Sí, hermano mío, el hombre entero debe ser crucificado». Y lo mismo sucede con los afectos del corazón. ¿Qué hay más hermoso que el amor de un hijo por su madre? En esa hermosa naturaleza hay algo no santificado, y debe ser entregado a la muerte. Dios lo levantará de entre los muertos y lo devolverá, santificado y vivificado para Dios. Así podría recorrer la totalidad de nuestra vida.
El ladrón arrepentido confesó su pecado, y que merecía la muerte. Luego, en segundo lugar, tuvo fe en el poder todopoderoso de Cristo. ¡Una fe maravillosa! No tiene paralelo en la Biblia. Allí cuelga el malhechor maldito junto a Jesús de Nazaret, y se atreve a hablar y a decir: «Estoy muriendo aquí, bajo la justa maldición de mis pecados, pero creo que puedes recibirme en tu corazón, y acordarte de mí cuando vengas a tu reino». ¡Oh, si aprendiéramos a creer en el poder todopoderoso de Cristo! Aquel hombre creyó que Cristo era Rey, y que tenía un Reino, y que lo tomaría en sus brazos y en su corazón, y se acordaría de él cuando viniera a su Reino. Creyó eso, y creyéndolo, murió.
Hermano, tú y yo necesitamos tomarnos tiempo para llegar a una fe mucho más amplia y profunda en el poder de Cristo, en que el Cristo todopoderoso de veras nos tomará en sus brazos y nos llevará a través de esta vida de muerte, revelando en nosotros el poder de su muerte. No puedo vivirla sin contacto personal con Cristo a cada hora del día. Cristo debe hacerlo; Cristo puede hacerlo. Ven, pues, y di: «¿No es él el Todopoderoso? ¿No vino del trono de Dios? ¿No demostró su omnipotencia, y no la demostró el Padre cuando él resucitó de los muertos?». ¿Tendrías miedo ahora, cuando Cristo está en el trono, de hacer lo que hizo el malhechor cuando Cristo estaba en la cruz, y confiarte a él para vivir como uno que está muerto con él? Cristo te llevará a través del mismo proceso por el que él pasó, y hará que su muerte obre en ti cada día de tu vida.
Observo una cosa más en el ladrón arrepentido: su oración. Estaba su convicción de pecado y su fe, pero estaba además la expresión de su fe en oración. Se volvió a Jesús. Recuerda que el mundo entero, con la excepción quizá de María y las mujeres, estaba aquel día vuelto contra Cristo. De todo el mundo de los hombres, hasta donde sé, no había sino aquel único que oraba a Cristo. No esperes a ver lo que hacen otros; si esperas eso—¡ay!, quiero decirlo con amor y ternura—no hallarás mucha compañía en la Iglesia de Cristo.
Ora sin cesar: «Señor Cristo, que el poder de tu muerte entre en mí». Por amor de Dios, haz esta oración. Si quieres vivir la vida del cielo, tiene que haber muerte al pecado en el poder de Jesús. Tiene que haber una entrega personal del alma a su muerte al pecado, y una aceptación personal de Jesús para que haga la obra poderosa.
Hemos visto cuál fue la preparación por parte de este hombre; veamos, en segundo lugar, cómo le salió Cristo al encuentro. Le salió al encuentro, ya lo sabes, con aquella maravillosa promesa, con sus tres partes maravillosas: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Lucas 23:43. Una promesa de comunión con Cristo—«estarás conmigo»; una promesa de reposo en la eternidad, en el Paraíso del que el pecado había echado al hombre—«conmigo en el paraíso»; una promesa de bendición inmediata—«Hoy estarás conmigo». Con esa triple bendición, Jesús viene a ti y a mí, y dice: «Creyente, ¿anhelas vivir la vida del Paraíso, donde doy a las almas a comer del árbol de la vida, en el Paraíso de Dios, día tras día? ¿Anhelas aquella comunión ininterrumpida con Dios que había en el Paraíso antes de que Adán cayera? ¿Anhelas una comunión perfecta conmigo, anhelas vivir donde yo vivo, en el amor del Padre?
Hoy, como dice el Espíritu Santo: “¡Hoy estarás conmigo!”. ¿Me anhelas? Yo te anhelo a ti. ¿Anhelas comunión? Yo anhelo sin cesar tu comunión, porque necesito tu amor, hijo mío, para satisfacer mi corazón. Nada puede impedirme recibirte en comunión. He tomado posesión del cielo para ti, como el gran Sumo Sacerdote, para que vivas la vida celestial, para que tengas entrada en el Lugar Santísimo y una morada permanente allí. Hoy, si quieres, estarás conmigo en el paraíso».
No hubo hombre sobre la tierra, durante los treinta y tres años de la vida de Cristo, que tuviera una comunión tan maravillosa con el Hijo de Dios como el ladrón arrepentido, porque con el Hijo de Dios entró en la gloria. ¿Qué lo distinguió tanto de los demás? Estuvo en la cruz con Jesús y entró en el Paraíso con él. Y si yo vivo en la cruz con Jesús, la vida del Paraíso será mía cada día. Y ahora, si Jesús me da esa promesa, ¿qué tengo que hacer? Soltar. Cuando un barco está amarrado junto al muelle, con todo dispuesto para la partida y todos en el muelle, suena la última campana y se da la orden: «¡Suelten amarras!». Entonces se suelta el último cabo, y el vapor se pone en marcha. Hay cosas que nos atan a la tierra, a la vida de la carne y a la vida del yo; pero hoy llega el mensaje: «Si quieres morir con Jesús, suelta amarras». No necesitas entenderlo todo. Puede que no esté perfectamente claro; puede que el corazón parezca embotado, pero no importa; Jesús llevó a aquel ladrón arrepentido a través de la muerte a la vida.
El ladrón no sabía adónde iba, no sabía lo que había de suceder, pero Jesús, el poderoso vencedor, lo tomó en sus brazos y lo dejó, en su ignorancia, en el Paraíso.
¡Oh!, a veces he dicho en mi alma: bendito sea Dios por la ignorancia de aquel ladrón arrepentido. No sabía nada de lo que iba a suceder, pero confió en Cristo; y si yo no puedo entender todo acerca de esta crucifixión con Cristo, y de la muerte al pecado, y de la vida para Dios, y de la gloria que entra en el corazón, no importa: confío en la promesa de mi Señor, me arrojo impotente en sus brazos, mantengo mi lugar en la cruz. Entregado a Jesús para morir con él, puedo confiar en que él me llevará a través de todo. ¿No aprovecharemos cada uno la bendita ocasión de hacer lo que hizo Rut cuando, obedeciendo el consejo de su suegra, sencillamente se arrojó a los pies del gran Booz, el Redentor, para ser suya? ¿No entraremos en contacto personal con Jesús, y no dirá cada uno de nosotros delante del mundo estas sencillas palabras: «Señor, aquí está esta vida; todavía hay mucho en ella de yo, de pecaminosidad y de voluntad propia, pero vengo a ti; anhelo entrar plenamente en tu muerte; anhelo saber plenamente que estoy crucificado contigo; anhelo vivir tu vida cada día»? Di luego: «Señor Jesús, he visto tu gloria, lo que hiciste por el arrepentido que estaba a tu lado en la cruz; confío en ti, en que lo harás por mí. Señor, me arrojo en tus brazos.
Capítulo 9 completado
Muertos con Cristo