Capítulo 10 · 18 min de lectura · 24 min de escucha
Gozo en el Espíritu Santo
Romanos 14:17.—Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.
En este texto tenemos la revelación terrenal de la obra de la Trinidad. El reino de Dios es justicia, lo cual representa la obra del Padre. Justicia y juicio son el cimiento de su trono. Luego viene la obra del Hijo: él es nuestra paz, nuestro Siloh, nuestro reposo. El reino de Dios es paz; no solo la paz del perdón por lo pasado, sino la paz de una perfecta seguridad en cuanto al porvenir. No solo está consumada la obra de la expiación, sino que la obra de la santificación está consumada en Cristo, y yo puedo recibir y disfrutar lo que ha sido preparado para mí.
El nuevo hombre ha sido creado, y yo puedo vivir mi vida en él; si un reino está establecido en justicia, si el gobierno es perfecto, puede haber perfecto reposo.
Si hay paz, si no hay guerra desde fuera ni discordia civil por dentro, una nación puede ser feliz y próspera.
Y así llega aquí, después de la justicia y la paz, el gozo, la bendita felicidad en la que un hombre puede vivir: «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo». Romanos 14:17. Que miremos este gozo del Espíritu Santo no solo como algo hermoso que admirar, no solo como algo acerca de lo cual tener hermosos pensamientos, sino como una bendición que vamos a reclamar.
A menudo vemos la tienda de un frutero o de un confitero, con hermosa fruta o pasteles tentadoramente expuestos en el escaparate. Delante hay una gran luna de cristal, y los niños hambrientos se quedan allí mirando y deseando, pero no pueden alcanzarlo. Si le dijeras a uno de ellos: «Vamos, muchachito, toma esa fruta», te miraría sorprendido. Ha aprendido que hay algo en medio. Si nunca hubiera conocido el cristal, tal vez lo habría intentado. A veces el cristal es tan transparente que incluso un hombre hecho y derecho podría engañarse por un momento y extender la mano. Pero pronto descubre que hay algo invisible entre él y la fruta. Esto representa exactamente la vida de muchos cristianos: ven, pero no pueden tomar. ¿Y qué es, pues, esta luna de cristal invisible que me impide tomar las hermosas cosas que veo? No es otra cosa que la vida del yo; veo las cosas divinas pero no puedo alcanzarlas: la vida del yo es el cristal invisible.
Estamos dispuestos, trabajamos, nos esforzamos, y sin embargo retenemos algo; tenemos miedo de entregarlo todo a Dios. No sabemos cuáles podrán ser las consecuencias. Todavía no hemos comprendido que Dios y Cristo Jesús lo valen todo. Todo lo que se nos dice de la bendita vida de paz y gozo, lo recibimos diciendo: «Alabado sea Dios; la Palabra de Dios es verdadera; creo la Palabra»; y sin embargo, día tras día, nos quedamos atrás. Cuando alguien nos dice: «Tómalo», respondemos: «No puedo tomarlo; hay algo en medio». ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestra vida del yo? ¿Tendríamos el valor de renunciar a ella hoy y dejar que el gozo del Espíritu Santo sea nuestro gozo?
¿Qué es este gozo? Ante todo, es el gozo de la presencia de Jesús. A menudo nos inclinamos a hablar de otras dos cosas: el poder para la santificación y el poder para el servicio; pero yo encuentro que hay algo más importante que cualquiera de las dos, y es que el Espíritu Santo vino del cielo para ser la presencia permanente de Cristo en sus discípulos, en la Iglesia y en el corazón de cada creyente.
El Señor Jesús se iba, y sus discípulos estaban muy tristes; su corazón estaba lleno de pesar; pero él les dijo: «Os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo». Juan 16:22.
Lo que sucedió con ellos puede suceder también con nosotros. El Espíritu Santo es dado para hacer de la presencia de Jesús una realidad permanente, una experiencia continua. ¿Y cuál era aquel gozo que nadie podría jamás tocar? Era el gozo de Pentecostés. ¿Y qué fue Pentecostés? La venida del Señor Jesús en el Espíritu Santo para morar con sus discípulos.
Mientras Jesús estuvo con sus discípulos en la tierra, no podía entrar en su corazón de la manera debida. Ellos lo amaban, pero no podían asimilar su enseñanza, no podían participar de su disposición y no podían recibir su mismo espíritu en su ser. Pero cuando hubo ascendido al cielo, volvió en el Espíritu para morar en su corazón. Solo esto nos ayudará a ir adelante: al pastor a su congregación con sus dificultades, al hombre de negocios a su mostrador, a la madre a su numerosa familia con sus afanes, y a la obrera a su clase bíblica. Solo esto nos ayudará a sentir: «Puedo vencer, puedo vivir en el reposo de Dios». ¿Por qué? «Porque tengo conmigo al Jesús todopoderoso cada día». En el pueblo de Dios parece haber un estorbo: no conocen a su Salvador. No se dan cuenta de que este bendito Cristo es un Cristo siempre presente, que todo lo penetra, que mora en ellos y que quiere hacerse cargo de su vida entera. No saben, no creen que él es un Cristo todopoderoso, dispuesto, en medio de cualquier dificultad y de cualquier circunstancia, a ser su guardador y su Dios. Esto es absolutamente cierto. A muchos cristianos se les pregunta cómo puede uno tener el gozo inefable, el gozo que nada puede quitar, el gozo de la amistad, la cercanía y el amor de Jesús llenando su corazón. Nos quejamos de que el ajetreo de la competencia es tan terrible que no podemos hallar tiempo para la oración privada.
Hermano, si el Señor Jesucristo viene a ti como hermano, como amigo y como huésped permanente, puede dar a tu corazón el gozo del Espíritu Santo, de modo que los negocios ocupen su debido lugar bajo tus pies. Tu corazón es demasiado santo para llenarlo de negocios; que los negocios estén en la cabeza y bajo los pies, pero deja que Cristo tenga todo el corazón, y él guardará toda la vida. ¡Nuestro Cristo glorioso, exaltado, todopoderoso, siempre presente! ¿Por qué será que tú y yo no podemos confiar en él plena y perfectamente para que haga su obra? ¿No diremos delante de Dios que confiamos en él, que confiaremos en que Cristo sea para nosotros en todo momento todo lo que podemos desear? En la cruz del Calvario Cristo estuvo completamente solo, y tú crees que hizo una obra perfecta y bendita; y Cristo en el cielo está completamente solo, como sumo sacerdote e intercesor, y tú confías en él para su obra allí. Pero, ¡alabado sea Dios!, es igualmente cierto que Cristo en el corazón es capaz, él solo, de guardarlo todos los días. Quiera Dios revelar a sus hijos la cercanía de Cristo, que está a la puerta de cada corazón y llama, dispuesto a entrar, a reposar allí para siempre y a conducir el alma a su reposo.
Todos sabemos cuál es el poder del gozo; sabemos que no hay nada tan atractivo como el gozo, no hay nada que pueda ayudar a un hombre a soportar y aguantar tanto como el gozo; sabemos que el mismo Señor Jesús, por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz. No vive como es debido quien vive una vida de suspiros, temblores y dudas.
Ven hoy y cree que el gozo del Espíritu Santo es para ti. ¿No dice la Escritura: «A quien amáis sin haberle visto; en quien creyendo, aunque al presente no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso», 1 Pedro 1:8? ¿No crees que este bendito, adorable, inconcebiblemente hermoso Hijo de Dios, la delicia del Padre, —no crees que este Hijo de Dios podría llenar tu corazón de deleite día y noche si estuviera siempre presente? ¿Y no crees que él te ama más de lo que un novio ama a su novia? ¿No crees que, habiéndote comprado con su sangre, Jesús te anhela? Te necesita para satisfacer su corazón de amor. Comienza a creer con todo tu corazón: «El gozo del Espíritu Santo es mi porción», porque el Espíritu Santo me asegura sin interrupción la presencia y el amor de Jesús.
En segundo lugar, está el gozo de la liberación del pecado. El Espíritu Santo viene a santificarnos. Cristo es nuestra santificación, y el Espíritu Santo viene a comunicárnoslo, a obrar todo lo que hay en Cristo y a reproducirlo en nosotros. Recordemos que a los ojos de Dios hay algo más que el trabajo. Está la semejanza a Cristo: la semejanza y la vida de Cristo en nosotros. Eso es lo que Dios quiere; eso nos capacitará para el trabajo. Dios no pide que Cristo viva en nosotros como personas separadas; templos llenos de criaturas inmundas, impuras y viles, con Cristo escondido en algún rincón, —esa no es la intención de Dios, sino que él quiere a Cristo formado de tal manera en nosotros que seamos uno con Cristo, y que en nuestro pensar, sentir y vivir la imagen de su bendito Hijo se manifieste delante de él. El Espíritu Santo es dado para santificarnos.
Hermano mío, ¿estás dispuesto a ser santificado de todo pecado, sea ese pecado grande o pequeño? No te pregunto si sientes que tienes el poder para vencerlo. Ni siquiera te pregunto si sientes el poder para echarlo fuera. Puede ser que no sientas ningún poder; eso no será un estorbo si estás dispuesto. Yo no puedo echar fuera el pecado, pero puedo conseguir que el Cristo todopoderoso lo haga por medio del Espíritu Santo, y mi tarea es decirle a Cristo: «Ahí está el pecado, ahí está la cosa mala; lo pongo a tus pies, lo arrojo allí, lo arrojo en tu mismo seno. Señor, estoy dispuesto a cortarme la mano derecha, lo que sea, con tal que me libres de él». Entonces Cristo echará fuera el espíritu malo y dará liberación.
El Espíritu de Dios es un Espíritu Santo, y su obra es hacernos libres del poder del pecado y de la muerte. Si quieres vivir en el gozo del Espíritu Santo, surge la pregunta: «¿Estás dispuesto a rendir todo lo que es pecaminoso, aun lo que parece bueno, —pero lleva sobre sí la mancha del pecado?». Puede que estés envuelto en relaciones que hacen tu vida muy difícil. Un pastor con su congregación puede verse llevado a relaciones muy difíciles, o un hombre de negocios con su socio o con aquellos con quienes tiene que tratar puede hallarse en una situación sumamente penosa. Pero ¿no vale el bendito Cordero de Dios todo eso? ¿Cuánto vale Cristo para ti? Una vez los discípulos hicieron la pregunta: «¿Qué pensáis del Cristo?». Yo pregunto: «¿Cuánto vale Cristo para ti?». Y te ruego que, cualesquiera que sean las dificultades que se prevean y cualesquiera que sean las perplejidades que te rodeen, tomes hoy el mundo entero y lo arrojes a sus pies. Tenerlo a él vale cualquier dificultad; tenerlo a él será la solución de toda dificultad.
No solo existen esas dificultades y perplejidades externas y manifiestas, sino también mil pequeñas cosas que entran en nuestra vida y que a menudo nos perturban: tentaciones a sentimientos faltos de amor, palabras ásperas y juicios precipitados. ¡Oh, ven y cree que el Espíritu Santo, el santificador, puede entrar y gobernar, y dar la gracia para atravesarlo todo sin pecar, y sabrás lo que es el gozo del Espíritu Santo! Nuestro cuerpo, leemos en 1 Corintios, es templo del Espíritu Santo. Ha de ser santo en cosas como el comer y el beber.
¡Cuántas veces un cristiano llega a darse cuenta de que toma o busca demasiado deleite en ese comer, comiendo por placer, sin ninguna abnegación ni sacrificio de sí mismo al alimentar el cuerpo! ¡Cuántas veces nos tentamos unos a otros a comer, y cuántas veces el creyente olvida que este cuerpo es el mismo templo secreto del Espíritu Santo, y que cada bocado que comemos y bebemos ha de ser para la gloria de Dios, de tal manera que le sea perfectamente agradable! Amado, te traigo un mensaje: hay entrada para ti en el reposo de Dios, y el Espíritu Santo es dado para introducirte en él, y él llenará tu corazón con el gozo indecible de la presencia de Cristo; y con el gozo de la liberación del pecado, de la victoria sobre el pecado; el gozo indecible de saber que estás haciendo la voluntad de Dios y que eres agradable delante de él; el gozo indecible de saber que él está santificando y guardando el templo para que Cristo more en él. Creyentes, el gozo del Espíritu Santo, el gozo de aquella santidad de Dios, es su bienaventuranza, su pureza, su perfección, que nada puede empañar, ni manchar, ni perturbar. El Espíritu Santo espera para traerlo y manifestarlo en nuestra vida. Quiere entrar de tal manera en nuestro corazón que vivamos, como hombres del Espíritu Santo, la vida santificada, con el poder santificador de Jesús recorriendo todo nuestro ser.
Mi tercer pensamiento es que el gozo del Espíritu Santo es el gozo del amor de los santos. El Espíritu Santo no fue dado a ningún hombre en el día de Pentecostés separado de los demás; vino y llenó a toda la compañía. Sabemos cuánta división, separación y orgullo había habido entre ellos, pero aquel día el Espíritu Santo llenó de tal manera sus corazones que hallamos que más tarde se dijo: «Mirad cómo se aman estos hombres los unos a los otros». Había en la iglesia primitiva un amor que hasta los mismos paganos notaban y no podían comprender. ¿Por qué? El Espíritu Santo es el vínculo de unión entre el Padre y el Hijo, y ese vínculo es el amor.
El Espíritu Santo es precisamente el amor de Dios que viene a morar en el corazón. Cuando él mora en mí y en mi hermano, aprendemos a amarnos el uno al otro. Aunque yo sea por naturaleza falto de amor, y aunque tenga muy poca gracia, si el corazón de mi hermano está lleno del Espíritu Santo, él me ama a pesar de todo. Ya sabes que el amor es algo maravilloso. Mientras un hombre se esfuerza por amar, no es amor verdadero; pero cuando llega el amor verdadero, cuanta más oposición encuentra, más triunfa, porque cuanto más puede ejercitarse y perfeccionarse, más se regocija. Piensa en una madre cuyo hijo la deshonra. ¡Cómo lo sigue su amor! Cuando ve que él ha caído más bajo que nunca, ¡cómo el corazón de esa querida madre no hace sino amarlo con más intensidad en medio de toda la miseria! ¿No dice la Escritura: «Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos»? 1 Juan 3:16. El Espíritu Santo viene como espíritu de amor, y si quieres conocer el gozo del Espíritu Santo, y quieres que él te conduzca al reposo de Dios y te guarde allí, guárdate, por encima de todo lo que hay en la tierra o en el infierno, de la falta de amor. Una sola palabra áspera a tu hermano o a tu hermana trae una nube sobre ti sin que te des cuenta. La gente está tan acostumbrada a hablar unos de otros como le place, que dice cosas ásperas, poco amables y faltas de amor, y cuando como consecuencia viene una nube, no lo pueden entender.
Si hay algo que entristece a Dios, si hay algo que estorba al Espíritu —el fruto del Espíritu es amor—, es la falta de amor. Si quieres vivir en el gozo del Espíritu Santo, haz tu pacto con Dios. «Pero —dices—, hay un hombre cristiano que me hace perder tanto la paciencia; me molesta y me irrita tanto con su torpeza. Y están aquellos hombres mundanos; ¡cómo me han tentado en tiempos pasados y cuánto daño me han hecho! Y está aquel hombre de negocios que intenta arruinarme». Tómalos a todos, y a tu propia esposa e hijos y a todos los que te rodean, y di: «Lo entiendo: el amor es reposo, y el reposo es amor. Dios reposa en su amor. El amor es reposo y el reposo es amor, y donde no hay amor, el reposo tiene que verse perturbado». Y digamos hoy: «Veo lo que es el gozo; es el gozo de amar siempre, es el gozo de perder mi propia vida en el amor a los demás». En relación con la humildad, alguien pregunta: «¿Y qué hay de aquel texto: “Prefiriéndoos en honra los unos a los otros”?».
Cuando un alma entra en perfecta humildad delante de Dios, se vuelve nada, y Dios llega a serlo todo en todos. Yo no soy nada. No hay un yo que pueda ser ofendido; he dicho delante de Dios: «No soy nada; solo es tu vida y tu luz lo que resplandece. Tuya es la honra, y nada puede tocarme sino lo que va contra la gloria de mi Dios». Amado, ¿vives en el gozo del Espíritu Santo? Ven, acepta una bendición y entrégate a vivir una vida de humildad en la que no eres nada, y una vida de amor como la de Cristo, en la que solo vives para tus semejantes, porque el reino de Dios es el gozo del Espíritu Santo. Mi último pensamiento es que el gozo del Espíritu Santo es el gozo de trabajar para Dios. El gozo de la presencia de Jesús, el gozo de la liberación del pecado, el gozo del amor a los hermanos, y luego el gozo de trabajar para Dios. Algunos de nosotros hemos sentido a veces qué cosa tan incomprensible es que el Dios eterno obre por medio de nosotros; y hemos dicho: «Señor, ¿qué es esto, que tú, el Todopoderoso, obres en mí y por medio de mí, un vil gusano por naturaleza?». Es un misterio que excede a todo conocimiento, y sin embargo es tan cierto.
El gozo del Espíritu Santo llega cuando un hombre se entrega a la obra, semejante a la de Cristo, de llevar el amor de Dios a los hombres. Busquemos a los que se pierden, vivamos y muramos por las almas, vivamos y muramos para que nuestros semejantes sean rescatados y devueltos a su Dios. No hay gozo como el de oír el canto de gozo de un alma recién nacida.
Pero sí, hay otro gozo que puede ser igual de profundo. Aun si Dios no me concede la bendición de oír al alma recién nacida cantar su canto, puedo tener el gozo, la comunión de sentimientos con Jesús en su vida rechazada, y la seguridad de que el Padre me mira con complacencia. Cuando pienso en los miles de creyentes del mundo cristiano y luego pienso en el mundo pagano, sube a mi corazón el clamor: «¿Qué estamos haciendo?».
Necesitamos estar clamando a Dios día y noche: «Señor Dios, despiértanos. Señor Dios, haz que el Espíritu Santo arda dentro de nosotros». ¿Somos los verdaderos sucesores de Jesucristo? ¿Somos de veras los seguidores y sucesores de Cristo, que fue hasta el Calvario para dar su sangre por los hombres? Recordemos, pues, que el gozo del Espíritu Santo es el gozo de trabajar para Dios en Cristo.
Creo que Dios tiene nuevos caminos, nuevas direcciones y nuevo poder para su pueblo, con tal que este quiera esperar en él.
Pero lo que la mayoría de nosotros hace es esto: damos gracias a Dios por todo lo que nos ha dado, miramos todas las formas de trabajo que tenemos y decimos que procuraremos hacer mejor nuestro trabajo. Pero ¡oh, si tuviéramos un sentido de la necesidad, si tuviéramos algún sentido, por la visión del Espíritu Santo, del estado de los millones que nos rodean, estoy seguro de que caeríamos sobre nuestro rostro delante de Dios y diríamos: «Dios, ayúdame a hacer algo nuevo. ¡Oh, que cada fibra de mi ser sea tomada en posesión para esta gran obra con Dios!». La gran necesidad es que todos los cristianos se consagren enteramente a Dios para su obra. Que Dios nos ayude a saber lo que es el gozo del Espíritu Santo.
Para concluir, pregunto de nuevo: «¿Crees que le es posible al Señor Jesús, nuestro Siloh, de quien profetizó Jacob, nuestro Josué, nuestro glorioso Rey y Sumo Sacerdote, —crees que le es posible a Cristo Jesús introducirte hoy en el reposo de Dios?». Recuerda aquella palabra de Hebreos 3:7: «Como dice el Espíritu Santo: Hoy». Hoy, cobra ánimo y toma tu ministerio, toma tus negocios, toma lo que te rodea, toma tu temperamento natural, toma tu hogar, y toma tu vida para los días que te queden sobre la tierra, y di: «No lo entiendo, no sé lo que vendrá, pero una cosa sé: entrego absolutamente todo en las manos del Cordero de Dios crucificado; él me tendrá por entero». Y, oh, recuerda, amado, que Cristo será para ti más de lo que puedes pensar o entender, más de lo que puedes pedir o desear.
Ven, arrojémonos en esos brazos benditos y amorosos, y creamos ahora mismo que nuestro Josué nos introduce en el reposo de Dios, el reposo en el que somos salvados del afán propio, de la búsqueda de uno mismo, de la confianza en uno mismo y del amor a uno mismo; el reposo en el que no pensamos en nosotros mismos, sino en el que aquel que es todopoderoso y omnipresente estará siempre con nosotros y obrará siempre dentro de nosotros. Y, una vez hecho esto, reclamemos la promesa de que, habiendo buscado primeramente el reino y la justicia de Dios, todas las cosas nos serán añadidas. Amado, el reino de Dios está dentro de ti, y es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo. Ven, reclamémoslo ahora mismo con una fe sencilla, humilde, como la de un niño.
Capítulo 10 completado
Gozo en el Espíritu Santo