Cristo que mora en nosotros
La entrada en el reposo

Capítulo 4 · 14 min de lectura · 18 min de escucha

La entrada en el reposo

Hebreos 4:1.—Temamos, pues, que quedando aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado.

Hebreos 4:11.—Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia.

Quiero responder, de la manera más sencilla posible, a la pregunta: «¿Cómo entra un hombre en ese reposo?», y señalar los pasos sencillos que da, todos incluidos en el único acto de entrega y de fe. Y el primer paso, me parece, es este: que el hombre aprenda a decir: «Creo de todo corazón que hay reposo en una vida de fe».

Israel pasó por dos etapas. Esto se expresa hermosamente en el libro de Deuteronomio: «Y nos sacó de allá, para introducirnos» —dos partes de la obra redentora de Dios—, «Y nos sacó de allá, para introducirnos y darnos la tierra que juró a nuestros padres». Deuteronomio 6:23. Y eso se aplica a todo creyente. En tu conversión, Dios te sacó de Egipto, y el mismo Dios todopoderoso anhela introducirte en la vida de Canaán.

Tú sabes cómo Dios sacó a los israelitas, pero ellos no quisieron dejar que él los introdujera, y tuvieron que vagar cuarenta años por el desierto; esa es la figura de tantísimos cristianos. Dios los saca en la conversión, pero ellos no le permiten introducirlos en todo lo que él les ha preparado. Al hombre que me pregunta: «¿Cómo puedo entrar en el reposo?», le digo, ante todo: pronuncia esta palabra: «Sí, creo que hay un reposo al que Jesús, nuestro Josué, puede llevar al alma que confía». Y si quieres saber cuál es la diferencia entre las dos vidas —la vida que has venido llevando y la vida que ahora quieres llevar—, mira sencillamente el desierto y Canaán. ¿En qué se diferencian? En el desierto, cuarenta años vagando, de acá para allá; en Canaán, reposo perfecto en la tierra que Dios les dio. Esa es la diferencia entre la vida del cristiano que ha entrado en Canaán y la del que no ha entrado.

En el desierto, se va de acá para allá; se corre tras el mundo, se vuelve y se arrepiente; la tentación extravía, y se regresa solo para volver a alejarse; una vida de altibajos. En Canaán, en cambio, una vida de reposo, porque el alma ha aprendido a confiar: «Dios me guarda a cada hora con su gran poder». Ahí está la segunda diferencia: la vida en el desierto era una vida de escasez; en Canaán, una vida de abundancia. En el desierto no había nada que comer; a menudo no había agua. Dios, en su gracia, suplía sus necesidades con el maná y con el agua de la peña. Pero ellos no se contentaron con eso, y su vida fue de escasez y de murmuraciones. En Canaán, en cambio, Dios les dio viñas que no habían plantado, y el trigo añejo de la tierra estaba allí esperándolos; una tierra que fluye leche y miel; una tierra que vivía de la lluvia del cielo y que gozaba del cuidado mismo de Dios.

Oh, cristiano, ven y di hoy: «Creo que es posible un cambio así: salir de esa vida de muerte espiritual, de tinieblas, de tristeza y de queja, que tantas veces he vivido, y entrar en la tierra donde se suple toda necesidad; donde la gracia de Jesús demuestra ser suficiente cada día, cada hora».

Di hoy: «Creo que es posible que haya para mí una tierra de reposo así». Y luego, la tercera diferencia: en el desierto no había victoria. Cuando, después de haber pecado en Cades, intentaron subir contra sus enemigos, fueron derrotados. En la tierra vencieron a todo enemigo; de Jericó en adelante, fueron de victoria en victoria. Y así Dios espera, y Cristo espera, y el Espíritu Santo espera, para dar la victoria cada día; no la liberación de la tentación —no, eso no—, sino, en unión con Cristo, un poder que puede decir: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». «En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».

Filipenses 4:13. Que Dios ayude a cada corazón a decir eso.

Luego viene el segundo paso. Quiero que no solo digas: «Creo que existe una vida así», sino, en segundo lugar: «Todavía no la he tenido». Dilo. «Nunca la he alcanzado todavía». Alguno dirá: «La he buscado»; y otro: «Nunca había oído hablar de ella»; otro dirá: «A veces creí haberla hallado, pero la volví a perder». Que cada uno sea sincero con Dios. Y ahora, ¿comenzarán todos los que aún no la han hallado a decir con sinceridad: «Señor, hasta ahora nunca la he tenido»? ¿Y por qué es tan importante hablar así? Porque, queridos amigos, algunos quieren deslizarse poco a poco en esta vida de reposo, y colarse en ella calladamente, y Dios no lo permite. Tu vida en el desierto no solo ha sido una vida de tristeza para ti, sino de pecado y de deshonra para Dios.

Toda entrada más profunda en la salvación tiene que ser siempre por el camino de la convicción y la confesión. Por tanto, que todo cristiano esté dispuesto a decir: «No he vivido esa vida, y soy culpable; he deshonrado a Dios; he sido como Israel; lo he provocado a ira con mi incredulidad y mi desobediencia. ¡Dios, ten misericordia de mí!».

Oh, que suba delante de Dios la confesión secreta: «No la he tenido; ¡ay!, no he glorificado a Dios con una vida en la tierra del reposo».

Luego viene la tercera palabra que quiero que pronuncies, y es esta: «Gracias a Dios, esa vida es para mí». Algunos dicen: «Creo que existe una vida así, pero no para mí». Hay personas que dicen continuamente: «Ay, mi carácter es tan inestable; mi voluntad es por naturaleza muy débil; mi temperamento es nervioso y excitable; me es imposible vivir siempre sin inquietud, reposando en Dios». Amado hermano, no digas eso. Lo dices por una sola razón: no sabes lo que tu Dios hará por ti. Comienza, pues, a apartar la mirada de ti mismo y a levantarla a Dios. Toma esa preciosa palabra: «Y nos sacó de allá, para introducirnos». El Dios que los hizo pasar por el mar Rojo fue el Dios que los hizo pasar el Jordán hasta Canaán. El Dios que te convirtió es el Dios que puede darte cada día de esta vida bienaventurada.

Comienza a decir, con los comienzos de una fe débil, aun antes de reclamarlo, comienza aunque sea con el entendimiento a decir: «Es para mí; sí, lo creo. Dios no deshereda a ninguno de sus hijos. Lo que él da es para todos. Creo que esa vida bienaventurada me está esperando. Es para mí. Dios está esperando para concedérmela y obrarla en mí. ¡Gloria a su bendito nombre! Mi alma dice que es también para mí». Oh, toma esa palabrita, «mí», y, mirando al rostro mismo de Dios, atrévete a decir: «Este tesoro inestimable es para mí; es para mí». ¿Lo has dicho? Dilo ahora: «Esta vida es posible también para mí».

Luego viene el siguiente paso, que es este: «Jamás podré, por ningún esfuerzo mío, asirla; es Dios quien tiene que concedérmela». Quiero que seas muy audaz al decir: «Es para mí». Pero luego quiero que te postres muy bajo y digas: «No puedo apoderarme de ella; no puedo tomarla por mí mismo». ¿Y cómo, entonces, puedes obtenerla? Alabado sea Dios: una vez que él te ha abatido en la conciencia de tu total impotencia y de la desesperación de ti mismo, llega el momento en que él puede acercarse y preguntarte: «¿Confiarás en tu Dios para que obre esto en ti?». Amado cristiano, di en tu corazón: «Jamás podré, por ningún esfuerzo, asirme de Dios, ni apoderarme de esto por mí mismo; es don de Dios». Atesora esta bendita impotencia.

Es él, que nos sacó, quien tiene que introducirnos por sí mismo.

La gente se asombra al oír tantos sermones sobre la fe, y tantos ruegos fervientes a creer, y pregunta por qué no puede creer. Hay una sola respuesta: es el yo. El yo está obrando; se esfuerza y lucha, y por fuerza ha de fracasar. Pero cuando llegas al fin de ti mismo y solo puedes clamar: «¡Señor, ayúdame! ¡Señor, ayúdame!», entonces la liberación está cerca; créelo. Fue Dios quien introdujo al pueblo. Es Dios quien te introducirá a ti.

Uno debería estar dispuesto a renunciar a todo por amor de este reposo. La gracia de Dios es enteramente gratuita. Se da sin dinero y sin precio. Y, sin embargo, por otra parte, Jesús dijo que todo hombre que quiera la perla de gran precio tiene que sacrificarlo todo, tiene que vender todo lo que tiene para comprar esa perla.

No basta con ver la belleza, el atractivo y la gloria, y casi gustar la alegría y el gozo de esta vida maravillosa tal como se ha puesto delante de ti. Tienes que llegar a ser el poseedor, el dueño del campo. El hombre que halló el campo con un tesoro, y el hombre que halló la gran perla, se alegraron ambos; pero aún no los tenían. Los habían hallado, los habían visto, los habían deseado, se habían gozado en ellos, pero aún no los tenían. No los tuvieron hasta que fueron y vendieron todo, renunciaron a todo, y compraron el terreno, y compraron la perla.

Amigos, hay mucho a lo que hay que renunciar: al mundo, a sus placeres, a su favor y a su buena opinión.

Tienes que estar ante el mundo en la misma relación en que estuvo Jesús. El mundo lo rechazó y lo echó fuera, y tú has de tomar la posición de tu Señor, a quien perteneces, y seguir al Cristo rechazado. Tienes que renunciar a todo. Tienes que renunciar a todo lo bueno que hay en ti y ser humillado en el polvo de la muerte.

Y eso no es todo. Tu vida religiosa pasada, y tu experiencia, y tus éxitos: tienes que renunciar a todo y llegar a ser nada, para que solo Dios tenga la gloria. Dios te sacó en la conversión; fue la vida misma de Dios la que se te dio; pero tú la manchaste con desobediencia e incredulidad. Renuncia a todo. Renuncia a toda tu propia sabiduría y a tus propias ideas acerca de la obra de Dios.

¡Cuán difícil le es al ministro del evangelio renunciar a toda su sabiduría, y ponerla a los pies de Jesús, hacerse necio y decir: «Señor, no sé nada como debería saberlo. He estado predicando el evangelio, ¡y qué poco he visto de la gloria de la tierra bienaventurada y de la vida bienaventurada!». ¿Por qué el bendito Espíritu no puede enseñarnos con más eficacia? Por ninguna otra razón que esta: la sabiduría del hombre lo impide; la sabiduría del hombre impide que la luz de Dios entre a resplandecer. Y así podríamos decir otras cosas: renuncia a todo. Alguno tal vez tenga que renunciar a un pecado en particular. Puede haber un hombre cristiano que esté enojado con su hermano. Puede haber una mujer cristiana que haya reñido con su vecina. Puede haber amigos que no viven como deberían. Puede haber cristianos aferrados a alguna pequeña cosa dudosa, que no quieren rendirse y dejar atrás toda la vida y los deseos del desierto. Oh, querido, da este paso y di: «Estoy dispuesto a renunciar a todo con tal de tener esta perla de gran precio; mi tiempo, mi atención, mis negocios: todo lo tengo por subordinado a este reposo de Dios, que es lo primero en mi vida; lo entrego todo para andar en perfecta comunión con Dios».

No puedes obtener eso y vivir cada día en perfecta comunión con Dios sin dedicarle tiempo. Tú dedicas tiempo a todo. ¿Cuántas horas al día ha pasado una señorita, durante años y años, para llegar a dominar el piano? ¿Cuántos años estudia un joven para prepararse para la profesión de abogado o de médico? Horas, días, semanas, meses y años entregados con gusto para perfeccionarse en su profesión. ¿Y esperas que la religión sea tan barata que sin dedicarle tiempo puedas hallar una comunión íntima con Dios? No puedes. Pero, oh, hermanos y hermanas míos, la perla de gran precio lo vale todo. Dios lo vale todo.

Cristo lo vale todo. Oh, ven hoy y di: «Señor, cueste lo que cueste, ayúdame; de veras quiero vivir esta vida».

Y si te resulta difícil decir esto, y si hay una lucha dentro del corazón, no importa; dile a Dios: «Señor, pensaba que estaba dispuesto, pero veo cuánta falta de voluntad hay en mí; ven y descubre el mal que todavía hay en el corazón». Por su gracia, si te postras a sus pies y confías en él, la liberación vendrá.

Luego viene el siguiente paso, que es decir: «Ahora me entrego al Dios santo y eterno, para que él me introduzca en este reposo perfecto». Ah, amigos, tenemos que aprender a encontrarnos con Dios cara a cara. Mi pecado ha sido contra Dios. David lo sintió cuando dijo: «Contra ti, contra ti solo he pecado» Es Dios, en el tribunal, aquel cuyo rostro tendrás que mirar personalmente. Es Dios mismo, personalmente, quien salió a tu encuentro para perdonar tus pecados. Ven hoy y ponte en las manos del Dios vivo. Dios es amor. Dios está cerca. Dios está esperando para darte su bendición. El corazón de Dios suspira por ti. «Hijo mío —dice Dios—, tú crees que eres tú quien anhela el reposo; soy yo quien te anhela a ti, porque deseo reposar en tu corazón como en mi hogar, como en mi templo». Tú necesitas a tu Dios.

Sí, pero tu Dios te necesita a ti, para hallar en Cristo en ti la plena satisfacción de su corazón de Padre. Ven hoy y di: «Ahora me entrego a Cristo. Ya he hecho la elección. En el nombre de Jesús, acepto esa vida de reposo perfecto».

Y entonces viene mi último pensamiento. Cuando hayas dicho eso, añade: «Y ahora confío en que Dios lo hará todo real para mí en mi experiencia. Ya sea que haya de vivir un año o treinta años, hoy lo he oído otra vez: “Dios es Jehová, el gran YO SOY del futuro eterno, el Eterno; y treinta años son para él exactamente lo mismo que ahora”; y ese Dios se me da a sí mismo, no según mi poder para retenerlo, sino según su omnipotente poder de amor para retenerme a mí». ¿Confiarás hoy en Dios para el futuro? Oh, ¿no levantarás una vez más tus ojos a Dios en Cristo Jesús? Mil veces has oído, y pensado, y dado gracias: «Dios nos ha dado a su Hijo»; pero ¿no dirás: «¿Cómo no me dará también con él todas las cosas, en cada momento y cada día de mi vida?». Dilo con fe. «¿Cómo no ha de estar Dios dispuesto a guardarme en la luz de su rostro, en la plena experiencia del poder salvador de Cristo? ¿Hizo Dios que el sol brillara con tanto esplendor, y está la luz tan dispuesta a derramarse en cada rincón y recoveco donde puede hallar entrada? ¿Y no estará mi Dios, que es amor, dispuesto a resplandecer todo el día en este corazón mío, de la mañana a la noche, de un fin de año a otro?». Dios es amor. Él anhela darse a sí mismo a nosotros.

Oh, ven, cristiano: hasta ahora has vivido una vida en tus propias fuerzas. ¿No comenzarás hoy? ¿No escogerás una vida en la que Dios lo sea todo, y en la que tú reposes en él para todo? ¿No escogerás una vida en la que digas: «Oh, Dios, te lo pido, lo espero, confío en ti para ello. Entro hoy en el reposo de Dios para dejar que Dios me guarde; para dejar que Dios me guarde a cada hora. Entro en el reposo de Dios»? ¿Estás dispuesto a decir eso? Ten buen ánimo; no temas, puedes confiar en Dios. Él introduce en el reposo. Escucha una vez más la palabra de Dios en los Profetas: «Guarda, y repósate; no temas, ni se turbe tu corazón» Confía de nuevo en él hoy: «Oh, amado, tómame, introdúceme, y confiaré en ti, y en ti en el Padre». Puedes contar con ello. Él te tomará, y la obra quedará hecha.

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