La vida de confianza
Apoyados en Jesús

Capítulo 7 · 36 min de lectura · 46 min de escucha

Apoyados en Jesús

1830-1832.

UNA PUERTA ABIERTA—SEÑALES DE BIEN—LA CONFIANZA EJERCIDA EN EL ESTUDIO Y EL MINISTERIO DE LA PALABRA—LA ESPADA DEL ESPÍRITU—CONFIAR EN DIOS PARA EL PAN DE CADA DÍA—LA DICHA DE ESPERAR EN EL SEÑOR—«NO DEBÁIS A NADIE NADA»—«CONFORME A VUESTRA FE OS SEA HECHO»—EL DON DE LA FE Y LA GRACIA DE LA FE.

Después de predicar unas tres semanas en Exmouth y sus alrededores, fui a Teignmouth con la intención de quedarme allí diez días, para predicar la palabra entre los hermanos que había conocido el verano anterior y contarles la bondad del Señor para conmigo. Por la tarde, el lunes, prediqué en lugar del hermano Craik, en Shaldon, en presencia de tres ministros, a ninguno de los cuales le gustó el sermón; y, sin embargo, agradó a Dios llevar por medio de él a una joven al conocimiento de su amado Hijo. ¡Qué distinto juzga el Señor del hombre! Aquí había una ocasión especial para que el Señor se diera gloria a sí mismo. El predicador era un extranjero, con grandes obstáculos naturales en el camino, pues no sabía hablar inglés con soltura; pero tenía el deseo de servir a Dios, y para entonces también había sido llevado a tal estado de corazón que deseaba que solo Dios tuviera la gloria, si por su medio se hacía algún bien.

El martes por la tarde prediqué en la capilla Ebenezer, de Teignmouth, la misma capilla en cuya inauguración conocí al hermano a quien el Señor usó después como instrumento para hacerme tanto bien.

Durante la semana siguiente, el Sr. M. predicó casi a diario en el mismo lugar, y sus labores fueron acompañadas de bendición.

Para entonces, un número creciente de hermanos había expresado repetidamente el deseo de que me quedara en Teignmouth y fuera el ministro de dicha capilla; pero otros se oponían decididamente a que permaneciera allí. Esta oposición sirvió para que se afirmara en mi mente que debía quedarme por un tiempo, al menos hasta que se me rechazara formalmente.

El día del Señor volví a predicar tres veces, y nadie dijo: «No queremos que prediques», aunque muchos de los oyentes no escuchaban con agrado. Algunos se fueron y nunca volvieron; otros se fueron, pero al cabo de un tiempo regresaron. Otros, que antes de mi llegada no solían asistir, empezaron a venir a la capilla. Hubo una gran agitación, un espíritu de indagación y un escudriñar las Escrituras, para ver si estas cosas eran así. Y, lo que es más que todo, Dios puso su sello sobre la obra convirtiendo pecadores. Doce semanas permanecí en esta misma situación, mientras el Señor, en su gracia, suplía mis necesidades materiales por medio de dos hermanos, sin que yo lo pidiera. Pasado este tiempo, toda la pequeña iglesia, que contaba dieciocho miembros, me invitó por unanimidad a ser su pastor. Se ofrecieron a suplir mis necesidades materiales dándome cincuenta y cinco libras al año, suma que más tarde se aumentó algo, a causa del crecimiento de la iglesia.

La manera que ahora consideraba mejor para prepararme para el ministerio público de la palabra, adoptada ya no por necesidad, por falta de tiempo, sino por profunda convicción y por haber experimentado la bendición de Dios sobre ella, tanto en lo que toca a mi propio gozo como al provecho de los santos y a la conversión de los pecadores, es la siguiente. Primero, no me atrevo a pensar que sé por mí mismo lo que es mejor para los oyentes, y por eso, en primer lugar, pido al Señor que tenga a bien enseñarme sobre qué tema he de hablar o qué porción de su palabra he de exponer. Ahora bien, a veces sucede que, antes de pedírselo, tengo en la mente un tema o un pasaje sobre el cual me ha parecido bien hablar. En ese caso, pregunto al Señor si debo hablar sobre ese tema o pasaje. Si después de orar me siento persuadido de que sí, me fijo en él, pero de tal manera que deseo quedar abierto a que el Señor lo cambie, si le place. Con frecuencia, sin embargo, ocurre que no tengo en la mente ningún texto ni tema antes de entregarme a la oración para averiguar la voluntad del Señor al respecto. En tal caso, espero un tiempo de rodillas una respuesta, procurando escuchar la voz del Espíritu que me dirija. Si entonces, mientras estoy de rodillas o después de haber terminado de orar por un texto, se me trae a la mente un pasaje o un tema, vuelvo a preguntar al Señor, y a veces repetidas veces, sobre todo si, humanamente hablando, el tema o el texto es algo singular, si es su voluntad que hable sobre tal tema o pasaje. Si después de orar mi mente está en paz al respecto, lo tomo como el texto, pero aun así deseo quedar abierto a la dirección del Señor, por si a él le place cambiarlo o por si yo me hubiera equivocado. Con frecuencia también, en tercer lugar, sucede que no solo no tengo ningún texto ni tema en la mente antes de orar pidiendo dirección en este asunto, sino que tampoco lo obtengo después de orar una, dos o más veces sobre ello. Antes, en ocasiones, me quedaba muy perplejo cuando esto ocurría; pero desde hace más de veinte años al Señor le ha placido, al menos por lo general, guardarme en paz al respecto. Lo que hago es seguir con mi lectura habitual de las Escrituras, desde donde la dejé la última vez, orando (mientras leo) por un texto, y dejando también de vez en cuando la Biblia a un lado para orar, hasta que lo recibo. Así ha sucedido que he tenido que leer cinco, diez, y aun veinte capítulos antes de que al Señor le placiera darme un texto; sí, muchas veces incluso he tenido que ir al lugar de reunión sin él, y lo he recibido quizá solo unos minutos antes de ponerme a hablar; pero nunca me ha faltado la ayuda del Señor en el momento de predicar, siempre que la hubiera buscado con empeño en privado. El predicador no puede conocer el estado particular de las diversas personas que componen la congregación, ni lo que necesitan, pero el Señor sí lo sabe; y si el predicador renuncia a su propia sabiduría, el Señor lo ayudará; pero si quiere escoger según su propia sabiduría, que no se sorprenda si ve que de sus labores resulta poco provecho.

Antes de dejar esta parte del tema, quisiera señalar una tentación en cuanto a la elección del texto. Podemos ver que un tema es tan rico que se nos ocurra que serviría para alguna otra ocasión. Por ejemplo, a veces un texto que a uno se le ha traído a la mente para una reunión entre semana puede parecer más adecuado para el día del Señor, porque entonces habría más oyentes presentes. Ahora bien, en primer lugar, no sabemos si el Señor nos permitirá alguna vez predicar otro día del Señor; y, en segundo lugar, no sabemos si ese mismo tema no será especialmente adecuado para algunas o muchas de las personas presentes justamente esa tarde entre semana. Así fui tentado una vez, poco después de llegar a Teignmouth, a reservar para el siguiente día del Señor un tema que se me acababa de abrir. Pero, pudiendo por la gracia de Dios vencer la tentación por las razones ya dichas, y predicando sobre él en seguida, agradó al Señor bendecirlo para la conversión de un pecador, y precisamente de una persona que pensaba venir a la capilla solo esa vez más, y a cuyo caso el tema se ajustaba de la manera más notable.

2. Ahora bien, una vez obtenido el texto de la manera dicha, sea uno, dos o más versículos, o un capítulo entero o más, pido al Señor que tenga a bien enseñarme por su Espíritu Santo mientras medito en él. En los últimos veinticinco años he hallado que lo más provechoso es meditar con la pluma en la mano, anotando los esquemas a medida que la palabra se me abre. Esto lo hago, no para aprenderlos de memoria, ni como si pensara no decir otra cosa, sino por claridad, porque me ayuda a ver hasta qué punto entiendo el pasaje. También me resulta útil después volver a lo que he escrito así. Muy rara vez uso otra ayuda que lo poco que entiendo de los originales de las Escrituras y algunas buenas traducciones en otros idiomas. Mi principal ayuda es la oración. Nunca en mi vida he comenzado a estudiar una sola parte de la verdad divina sin obtener alguna luz sobre ella, cuando de veras he podido entregarme a la oración y a la meditación sobre ella. Pero eso me ha resultado a menudo algo difícil, en parte por la debilidad de la carne y en parte también por enfermedades del cuerpo y la multitud de ocupaciones. Esto lo creo con toda firmeza: que nadie debe esperar ver mucho fruto de sus labores en la palabra y la doctrina si no es muy dado a la oración y a la meditación.

3. Habiendo orado y meditado sobre el tema o el texto, deseo dejarme por completo en manos del Señor. Le pido que me traiga a la mente lo que he visto en mi aposento acerca del tema sobre el cual voy a hablar, cosa que él, por lo general, hace con suma bondad, y a menudo me enseña mucho más mientras estoy predicando.

En relación con lo anterior, debo decir, sin embargo, que me parece que hay una preparación para el ministerio público de la palabra aún más excelente que la descrita. Es esta: vivir en una comunión tan constante y tan real con el Señor, y estar tan habitual y frecuentemente meditando en la verdad, que sin el esfuerzo mencionado, por así decirlo, ya hemos obtenido alimento para otros y conocemos el sentir del Señor en cuanto al tema o la porción de la palabra sobre la que debemos hablar.

Lo que he hallado más provechoso en mi experiencia durante los últimos veintiséis años en el ministerio público de la palabra es exponer las Escrituras, y en especial recorrer de vez en cuando todo un evangelio o una epístola. Esto puede hacerse de dos maneras: entrando minuciosamente en el alcance de cada punto que aparece en la porción, o dando las líneas generales, para llevar así a los oyentes a ver el sentido y la conexión del conjunto. Los beneficios que he visto resultar de exponer las Escrituras son estos: 1. Así, con la bendición de Dios, los oyentes son conducidos a las Escrituras. Encuentran, por decirlo así, un uso práctico de ellas en las reuniones públicas. Esto los mueve a traer sus Biblias, y he observado que los que al principio no las traían se han visto movidos después a hacerlo; de modo que, en poco tiempo, pocos (al menos de los creyentes) tenían la costumbre de venir sin ellas. Esto no es cosa pequeña, porque todo lo que en nuestros días lleve a los creyentes a valorar las Escrituras es importante. 2. La exposición de las Escrituras es en general más provechosa para los oyentes que si se hacen algunas observaciones sobre un solo versículo, o medio versículo, o dos o tres palabras de un versículo, de modo que la porción de la Escritura apenas es otra cosa que un lema para el tema; porque pocos tienen gracia para meditar mucho en la palabra, y así la exposición puede no solo ser el medio de abrirles las Escrituras, sino también despertar en ellos el deseo de meditar por sí mismos. 3. La exposición de las Escrituras deja a los oyentes un hilo que lo une todo, de modo que, al volver a leer la porción de la palabra que se ha expuesto, recuerdan lo que se dijo, y así, con la bendición de Dios, queda en su mente una impresión más duradera. Esto es de particular importancia en lo que toca a los iletrados, que a veces no tienen ni mucha memoria ni gran capacidad de comprensión. 4. La exposición de grandes porciones de la palabra, como todo un evangelio o una epístola, además de llevar al oyente a ver la conexión del conjunto, tiene también este beneficio particular para el maestro: lo lleva, con la bendición de Dios, a considerar porciones de la palabra que de otro modo quizá no habría considerado, y lo guarda de hablar demasiado sobre sus temas favoritos y de inclinarse demasiado hacia ciertas partes de la verdad, tendencia que tarde o temprano habrá de perjudicarle a él y a sus oyentes. Exponer la palabra de Dios trae poca honra al predicador de parte del oyente no iluminado o descuidado, pero redunda en gran provecho de los oyentes en general.

La sencillez en la expresión, al presentar la verdad, es, en relación con lo dicho, de suma importancia. El maestro debería procurar hablar de modo que los niños, los criados y las personas que no saben leer puedan entenderle, en la medida en que la mente natural puede comprender las cosas de Dios. También conviene recordar que quizá no haya una sola congregación en la que no estén presentes personas de las clases mencionadas, y que si ellas pueden entender, las personas cultas o instruidas entenderán igualmente; pero lo contrario no se cumple. Conviene recordar además que el que expone la verdad de Dios habla por Dios, para la eternidad, y que no es en absoluto probable que beneficie a los oyentes si no usa un lenguaje llano, el cual, sin embargo, no tiene por qué ser vulgar ni tosco. Debe considerarse también que, si el predicador se esfuerza por hablar según las reglas de este mundo, quizá agrade a muchos, sobre todo a los de gusto literario; pero en la misma proporción será menos probable que llegue a ser un instrumento en las manos de Dios para la conversión de los pecadores o la edificación de los santos. Porque ni la elocuencia ni la profundidad de pensamiento hacen al predicador verdaderamente grande, sino una vida tal de oración, meditación y espiritualidad que lo haga un vaso útil para los usos del Señor, apto para ser empleado tanto en la conversión de los pecadores como en la edificación de los santos.

Convencido, tras examinar las Escrituras en oración, de que el bautismo debía administrarse solo por inmersión, el Sr. Müller fue bautizado en la primavera de 1830.

Era tan habitual para mí predicar con una ayuda especial, sobre todo durante los primeros meses de este año, que una vez que no fue así, lo notamos mucho yo y otros. Lo sucedido fue esto. Un día, antes de predicar en Teignmouth, tuve más tiempo que de costumbre, y por eso oré y medité unas seis horas en preparación para la reunión de la tarde, y me pareció ver muchas verdades preciosas en el pasaje sobre el que había meditado. Era la primera parte del primer capítulo de la epístola a los Efesios. Después de hablar un rato, sentí que hablaba en mis propias fuerzas, y, como extranjero que era, sentí especialmente la falta de palabras, cosa que antes no me había ocurrido. Dije a los hermanos que sentía que había sido dejado a mí mismo, y les pedí sus oraciones. Pero, después de continuar un poco más y sintiéndome igual que antes, terminé y propuse que tuviéramos una reunión de oración, para que aun así el Señor tuviera a bien ayudarme. Así lo hicimos, y la vez siguiente recibí una ayuda especial.

El 7 de octubre de 1830 me uní en matrimonio con la señorita Mary Groves, hermana del hermano cuyo nombre ya se ha mencionado. Di este paso después de orar y deliberar, con el pleno convencimiento de que era mejor para mí casarme; y desde entonces nunca me he arrepentido ni del paso en sí ni de la elección, sino que deseo estar verdaderamente agradecido a Dios por haberme dado tal esposa.

Por este tiempo comencé a tener objeciones de conciencia contra seguir recibiendo un salario fijo. Mis razones en contra eran estas:

1. El salario se formaba con el alquiler de los bancos; pero el alquiler de los bancos es, según Santiago 2:1-6, contrario al sentir del Señor, ya que, por lo general, el hermano pobre no puede tener un asiento tan bueno como el rico. 2. Un hermano puede hacer con gusto algo para mi sustento si se le deja hacerlo a su tiempo; pero, cuando se cumple el trimestre, quizá tenga otros gastos, y yo no sé si paga su dinero con tristeza y por necesidad, o con alegría; pero Dios ama al dador alegre. Más aún, sabía de hecho que a veces a algunas personas no les había venido bien pagar el dinero cuando se lo habían pedido los hermanos que lo recogían. 3. Aunque al Señor le había placido darme gracia para ser fiel, de modo que había podido no callar la verdad cuando él me la había mostrado, aun así sentía que el alquiler de los bancos era un lazo para el siervo de Cristo. Fue una tentación para mí, al menos por unos minutos, cuando el Señor me movió a orar y a escudriñar la palabra respecto a la ordenanza del bautismo, porque treinta libras de mi salario estaban en juego si me bautizaba.

Por estas razones, a finales de octubre de 1830 declaré a los hermanos que en adelante renunciaría a tener un salario regular. Después de exponer mis razones para hacerlo, leí Filipenses 4 y dije a los santos que, si todavía deseaban contribuir a mi sustento mediante donativos voluntarios, no tenía inconveniente en recibirlos, por pequeños que fueran, ya en dinero, ya en provisiones. Pocos días después, me pareció que había un camino mejor todavía; porque, si recibía personalmente cada donativo que se me ofreciera en dinero, tanto mi tiempo como el de los donantes se vería muy ocupado; y de esta manera también los pobres podrían, por tentación, verse impedidos de ofrecer sus peniques, un privilegio del que no debían ser privados; y algunos, también de esta manera, podrían dar más que si no se supiera quién daba, de modo que seguiría siendo dudoso si el donativo se daba con tristeza o con alegría. Sobre todo por estas razones se puso en la capilla una caja, sobre la cual se escribió que quien deseara contribuir a mi sustento podía depositar su ofrenda en ella.

Al mismo tiempo, me pareció correcto no pedir en adelante a ningún hombre, ni siquiera a mis amados hermanos y hermanas, que me ayudaran, como lo había hecho unas pocas veces a petición de ellos mismos, porque mis gastos, a causa de viajar mucho en el servicio del Señor, eran demasiado grandes para cubrirlos con mis ingresos habituales. Porque, sin darme cuenta, de este modo había vuelto a ser llevado, en cierta medida, a confiar en un brazo de carne, acudiendo al hombre en lugar de acudir directamente al Señor. Llegar a esta conclusión delante de Dios requirió más gracia que renunciar a mi salario.

Por el mismo tiempo, además, a mi esposa y a mí se nos dio gracia para tomar literalmente el mandamiento del Señor: «Vended lo que poseéis, y dad limosna», Lucas 12:33, y ponerlo por obra. Nuestro báculo y apoyo en esto fueron Mateo 6:19-34 y Juan 14:13, 14. Nos apoyamos en el brazo del Señor Jesús. Hace ya veinticinco años que emprendimos este camino, y no lamentamos en lo más mínimo el paso que dimos entonces. Como he anotado cómo le ha placido al Señor tratar con nosotros desde entonces, podré relatar algunos hechos sobre este asunto, en la medida en que sirvan para edificación.

18 de noviembre de 1830. Nuestro dinero se había reducido a unos ocho chelines. Cuando estaba orando con mi esposa por la mañana, el Señor me trajo a la mente el estado de nuestra bolsa, y fui guiado a pedirle algo de dinero. Unas cuatro horas después, una hermana me dijo: «¿Necesitas dinero?». «Querida hermana», le dije, «cuando renuncié a mi salario dije a los hermanos que en adelante hablaría solo al Señor de mis necesidades». Ella respondió: «Pero él me ha dicho que te dé algo de dinero. Hace unos quince días le pregunté qué debía hacer por él, y me dijo que te diera algo de dinero; y el sábado pasado volvió a venirme a la mente con fuerza y no me ha dejado desde entonces, y anoche lo sentí tan intensamente que no pude evitar hablarle de ello al hermano P.». Mi corazón se alegró al ver la fidelidad del Señor, pero pensé que era mejor no contarle nuestra situación, no fuera que se viera influida a dar en consecuencia; y además estaba seguro de que, si era del Señor, ella no podría dejar de dar. Así que desvié la conversación hacia otros temas, pero cuando me fui me dio dos guineas. Estábamos llenos de gozo por la bondad del Señor. Quisiera invitar al lector a admirar la ternura del Señor, que no probó mucho nuestra fe al principio, sino que nos dejó ver su disposición a ayudarnos antes de tener a bien probarla más a fondo.

El miércoles siguiente fui a Exmouth, pues nuestro dinero se había reducido otra vez a unos nueve chelines. El jueves, estando en Exmouth, pedí al Señor que tuviera a bien darme algo de dinero. El viernes por la mañana, hacia las ocho, mientras oraba, me sentí especialmente guiado a pedir de nuevo dinero; y antes de levantarme de las rodillas tuve la más plena seguridad de que tendríamos la respuesta ese mismo día. Hacia las nueve me despedí del hermano en cuya casa me hospedaba, y él me dio medio soberano, diciendo: «Toma esto para los gastos de tu venida a nosotros». Yo no esperaba que me pagaran los gastos, pero vi la mano paternal del Señor en enviarme este dinero menos de una hora después de habérselo pedido. Pero aun entonces estaba tan plenamente seguro de que el Señor enviaría más ese mismo día, o de que ya lo había hecho, que, cuando llegué a casa hacia las doce, pregunté a mi esposa si había recibido alguna carta. Me dijo que el día anterior había recibido una de un hermano de Exeter, con tres soberanos. Así, incluso mi oración del día anterior había sido contestada. Al día siguiente vino uno de los hermanos y me trajo cuatro libras, que se me debían de mi antiguo salario, pero que yo nunca habría podido esperar, pues ni siquiera sabía que se me debía esa suma. Así recibí, en treinta horas y en respuesta a la oración, siete libras y diez chelines.

Hacia Navidad, cuando nuestro dinero se había reducido a unos pocos chelines, pedí más al Señor; y unas horas después un hermano de Axminster nos dio un soberano. Este hermano había oído mucho en contra de mí, y al fin decidió oír por sí mismo, y así vino a Teignmouth, a una distancia de cuarenta millas; y, habiendo oído de nuestra manera de vivir, nos dio este dinero.

Con esto termina el año 1830. A lo largo de él el Señor suplió abundantemente todas mis necesidades materiales, aunque al comienzo no tenía, humanamente hablando, ninguna perspectiva segura de un solo chelín; de modo que, aun en lo que toca a las cosas materiales, no había perdido en lo más mínimo por obrar conforme a los dictados de mi conciencia; y en lo que toca a las cosas espirituales, el Señor me había tratado con largueza y se había dignado usarme como instrumento para hacer su obra.

Los días 6, 7 y 8 de enero de 1831 había pedido repetidas veces dinero al Señor, pero no recibí nada. La tarde del 8 de enero salí de mi cuarto por unos minutos, y entonces fui tentado a desconfiar del Señor, aunque él había sido tan bondadoso con nosotros, pues no solo había suplido hasta ese día todas nuestras necesidades, sino que nos había dado además aquellas respuestas a la oración que en parte acabo de mencionar. Fui tan pecador que, durante unos cinco minutos, pensé que no serviría de nada confiar en el Señor de esta manera. También empecé a decirme que quizá había ido demasiado lejos al vivir así. Pero, ¡gracias al Señor!, esta prueba duró solo unos minutos. Él me capacitó de nuevo para confiar en él, y Satanás quedó al instante confundido; porque, cuando volví a mi cuarto, del que no había estado ausente ni diez minutos, el Señor había enviado la liberación. Una hermana en el Señor nos había traído dos libras y cuatro chelines; así triunfó el Señor, y nuestra fe fue fortalecida.

10 de enero. Hoy, cuando otra vez no teníamos más que unos pocos chelines, se nos dieron cinco libras que se habían sacado de la caja. Había dicho de una vez por todas a los hermanos que tenían a su cargo estas cosas materiales que tuvieran la bondad de entregarme el dinero cada semana; pero como estos amados hermanos o se olvidaban de sacarlo semanalmente, o les daba vergüenza traerlo en sumas tan pequeñas, por lo general se sacaba cada tres, cuatro o cinco semanas. Sin embargo, como desde el principio les había dicho que no deseaba mirar ni al hombre ni a la caja, sino al Dios vivo, no me pareció correcto de mi parte recordarles mi petición de recibir el dinero semanalmente, no fuera que estorbara el testimonio que deseaba dar de confiar solo en el Dios vivo. Por esta razón, el 28 de enero, cuando otra vez teníamos poco dinero, aunque el 24 de enero había visto a los hermanos abrir la caja y sacar el dinero, no quise pedir al hermano que lo tenía en sus manos que me lo entregara; pero, como lo necesitábamos, porque el carbón casi se nos había acabado, pedí al Señor que inclinara el corazón de él a traerlo; y poco tiempo después se nos dio: una libra, ocho chelines y seis peniques.

Quisiera mencionar aquí que, desde que comencé a vivir de esta manera, he sido guardado de hablar, directa o indirectamente, de mis necesidades en el momento en que pasaba necesidad. La única excepción es que en unos pocos casos, hace veinte años o más, en tales momentos he hablado con hermanos muy pobres, a fin de animarlos a confiar en el Señor, diciéndoles que yo tenía que hacer lo mismo, pues me hallaba en apuros semejantes; o, en unos pocos casos, cuando era necesario hablar de mi propia necesidad para no parecer insensible, por no ayudar en absoluto en casos de aflicción, o no tanto como se habría podido esperar.

El 14 de febrero volvíamos a tener muy poco dinero, y, mientras oraba, fui guiado a pedir al Señor que en su gracia supliera nuestras necesidades; y en el instante en que me levanté de las rodillas un hermano me dio una libra que se había sacado de la caja.

El 7 de marzo fui otra vez tentado a no creer en la fidelidad del Señor, y, aunque no me sentía desdichado, aun así no descansaba tan plenamente en el Señor como para poder triunfar con gozo. Fue solo una hora después cuando el Señor me dio otra prueba de su amor fiel. Una señora cristiana nos trajo cinco soberanos, con estas palabras escritas en el papel: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber», etc.

16 de abril. Esta mañana me encontré con que nuestro dinero se había reducido a tres chelines; y me dije: Ahora debo ir a pedir encarecidamente al Señor nuevas provisiones. Pero antes de que orara, se enviaron desde Exeter dos libras, como prueba de que el Señor oye antes de que clamemos.

Quisiera señalar aquí, de paso, que, si alguno de los hijos de Dios pensara que tal manera de vivir aparta del Señor y del cuidado de las cosas espirituales, y que tiene el efecto de hacer que la mente se ocupe de la pregunta: ¿Qué comeré?—¿Qué beberé?—y ¿Con qué me vestiré?—, le pediría que considerara en oración las siguientes observaciones: 1. He tenido experiencia de ambas maneras, y sé que mi actual manera de vivir, en cuanto a las cosas materiales, va unida a menos preocupación. 2. La confianza en el Señor, el único a quien miro para que supla mis necesidades materiales, me guarda, cuando se me presenta un caso de aflicción o cuando la obra del Señor requiere mi ayuda económica, de cálculos ansiosos como este: ¿Me alcanzará el salario? ¿Tendré bastante para mí el mes que viene?, etc. En esta libertad mía, por la gracia de Dios, al menos por lo general, puedo decirme algo así: Mi Señor no tiene límites; él puede volver a suplir; él sabe que este caso me ha sido enviado; y así, esta manera de vivir, lejos de llevar a la ansiedad, es más bien el medio de guardar de ella. Y, en verdad, una vez una persona me dijo: —Tú puedes hacer tales y tales cosas, y no necesitas ahorrar, porque la iglesia de todo Devonshire se ocupa de tus necesidades. Mi respuesta fue: El Señor puede usar no solo a cualquiera de los santos de todo Devonshire, sino a los de todo el mundo, como instrumentos para suplir mis necesidades materiales. 3. Esta manera de vivir ha sido a menudo el medio de reavivar la obra de la gracia en mi corazón cuando me iba enfriando; y también ha sido el medio de traerme de nuevo al Señor después de haberme apartado. Porque no sirve,—no es posible vivir en pecado y, al mismo tiempo, por la comunión con Dios, hacer descender del cielo todo lo que uno necesita para esta vida presente. 4. Con frecuencia, además, una nueva respuesta a la oración, obtenida de este modo, ha sido el medio de vivificar mi alma y llenarme de mucho gozo.

12 de mayo. Una hermana ha estado algún tiempo en Teignmouth por motivos de salud; y cuando estaba a punto de regresar hoy a su casa, vimos que era la voluntad del Señor invitarla a quedarse con nosotros por un tiempo, pues sabíamos que se quedaría más si sus medios se lo permitieran. Estábamos persuadidos de que, ya que veíamos que era la voluntad del Señor invitarla, él mismo pagaría los gastos de su estancia. Por el tiempo en que vino a nuestra casa, se envió desde Chumleigh un paquete con dinero. Unas semanas antes yo había predicado en Chumleigh y sus alrededores. Los hermanos, que conocían mi manera de vivir, reunieron algo de dinero para mí después de mi partida, y así, en pequeñas ofrendas (ciento siete en total, según me han dicho), se dieron dos libras y un penique y medio. Así pagó el Señor los gastos de la estancia de nuestra hermana con nosotros.

12 de junio. Día del Señor. El jueves pasado fui con el hermano Craik a Torquay, a predicar allí. Llevaba conmigo solo unos tres chelines, y dejé a mi esposa en casa con unos seis chelines. Pedí repetidas veces dinero al Señor; pero cuando volví a casa a mi esposa solo le quedaban unos tres chelines, pues no había recibido nada. Seguimos esperando en el Señor. Ayer pasó y no llegó dinero. Nos quedaban nueve peniques. Esta mañana seguíamos esperando en el Señor y aguardando la liberación. Solo nos quedaba un poco de mantequilla para el desayuno, suficiente para el hermano E. y un pariente que vivía con nosotros, a quienes no mencionamos nuestra situación, para que no se sintieran incómodos. Después de la reunión de la mañana, el hermano Y., de manera del todo inesperada, abrió la caja, y, al darme el dinero en tal momento de manera no menos inesperada, me dijo que él y su esposa no habían podido dormir anoche pensando que quizá necesitábamos dinero. Lo más llamativo es que, después de haber pedido repetidas veces al Señor sin recibir nada, ayer oré para que el Señor tuviera a bien poner en el corazón del hermano Y. que necesitábamos dinero, para que abriera la caja. Había en ella una libra, ocho chelines y diez peniques y medio.

16 de noviembre. Esta mañana propuse orar juntos respecto a nuestras necesidades materiales. Justo cuando íbamos a orar, llegó un paquete de Exmouth. En la oración pedimos al Señor carne para la comida, pues no teníamos dinero para comprarla. Después de orar, al abrir el paquete, encontramos, entre otras cosas, un jamón enviado por un hermano de Exmouth, que nos sirvió para la comida.

19 de noviembre. No teníamos bastante para pagar el alquiler de la semana; pero hoy el Señor, en su gracia, nos envió otra vez catorce chelines y seis peniques. Quisiera señalar simplemente que nunca contraemos deudas, lo cual creemos que es contrario a las Escrituras (según Romanos 13:8); y por eso no tenemos cuentas pendientes con el sastre, el zapatero, el tendero, el carnicero, el panadero, etc., sino que todo lo que compramos lo pagamos al contado. Con la ayuda del Señor, preferimos pasar privaciones antes que contraer deudas. Así siempre sabemos cuánto tenemos y cuánto tenemos derecho a dar. Sé muy bien que muchas pruebas vienen sobre los hijos de Dios por no obrar conforme a Romanos 13:8.

27 de noviembre. Día del Señor. Nuestro dinero se había reducido a dos peniques y medio; el pan apenas alcanzaba para este día. Varias veces había presentado nuestra necesidad delante del Señor. Después de la comida, al dar gracias, le pedí que nos diera nuestro pan de cada día, queriendo decir literalmente que nos enviara pan para la tarde. Mientras oraba, llamaron a la puerta del cuarto. Cuando terminé, entró una hermana pobre y nos trajo parte de su comida, y de parte de otra hermana pobre cinco chelines. Por la tarde nos trajo además una hogaza grande. Así el Señor no solo nos dio pan literalmente, sino también dinero.

Después de haber repasado, el 31 de diciembre de 1831, los bondadosos tratos del Señor con nosotros durante el año pasado al proveer para todas nuestras necesidades materiales, nos quedaban unos diez chelines. Poco después, la providencia de Dios requirió también eso, de modo que no quedó ni un solo cuarto de penique. Así cerramos el año viejo, en el que el Señor había sido tan bondadoso al darnos, sin que pidiéramos nada a nadie: 1. Por medio de la caja, treinta y una libras y catorce chelines. 2. De hermanos de la iglesia de Teignmouth, en donativos de dinero, seis libras, dieciocho chelines y seis peniques. 3. De hermanos que vivían en Teignmouth y en otros lugares, no vinculados a la iglesia de Teignmouth, noventa y tres libras, seis chelines y dos peniques. En total, ciento treinta y una libras, dieciocho chelines y ocho peniques. También se nos habían dado muchos artículos de provisión y algunas prendas de vestir, por valor de al menos veinte libras. Detallo tanto estas cosas para mostrar que nunca perdemos por obrar conforme al sentir del Señor. Porque, si hubiera tenido mi salario regular, humanamente hablando, no habría tenido ni de lejos tanto; pero, fuera así o no, esto está claro: no he servido a un amo duro, y eso es lo que me deleito en mostrar.

7 de enero de 1832. Hoy y ayer habíamos vuelto a pedir repetidamente al Señor que supliera nuestras necesidades materiales, pues no teníamos con qué pagar el alquiler de la semana; y esta noche, tan tarde como a las once, un hermano nos dio diecinueve chelines y seis peniques, prueba de que el Señor no está limitado por el tiempo.

14 de enero. Esta mañana no tuvimos más que pan seco con el té; solo la segunda vez desde que vivimos por la simple fe en Jesús para nuestras provisiones materiales. Tenemos en casa más de cuarenta libras en efectivo para dos facturas que no habrá que pagar hasta dentro de varias semanas; pero no consideramos ese dinero como nuestro, y, con la ayuda de Dios, preferiríamos pasar grandes privaciones antes que tomar de él. Mirábamos a nuestro Padre, y él no ha permitido que quedáramos defraudados. Porque, cuando ya no nos quedaban más que tres peniques y solo un pedazo pequeño de pan, recibimos dos chelines y cinco chelines.

18 de febrero. Esta tarde se me rompió un vaso sanguíneo en el estómago y perdí una cantidad considerable de sangre. Inmediatamente después me sentí muy feliz. 19 de febrero. Esta mañana, día del Señor, vinieron a verme dos hermanos para preguntarme qué disposición debía tomarse hoy respecto a las cuatro aldeas donde algunos de los hermanos solían predicar, ya que, al no poder predicar yo, uno de los hermanos tendría que quedarse para ocupar mi lugar. Les pedí amablemente que volvieran dentro de una hora más o menos, y entonces les daría una respuesta. Cuando se fueron, el Señor me dio fe para levantarme. Me vestí y decidí ir a la capilla. Pude hacerlo, aunque cuando fui estaba tan débil que recorrer la corta distancia hasta la capilla me costó esfuerzo. Pude predicar esta mañana con la voz tan alta y fuerte como de costumbre, y durante el tiempo habitual. Después de la reunión de la mañana, un amigo médico vino a verme y me rogó que no volviera a predicar por la tarde, porque podría hacerme mucho daño. Le dije que sin duda lo consideraría una gran presunción si el Señor no me hubiera dado fe. Volví a predicar por la tarde, y este amigo médico vino otra vez y dijo lo mismo respecto a la reunión de la noche. Sin embargo, teniendo fe, prediqué otra vez por la noche. Después de cada reunión me sentía más fuerte, lo cual era una prueba clara de que la mano de Dios estaba en el asunto.

20 de febrero. El Señor me permitió levantarme temprano por la mañana e ir a nuestra reunión de oración habitual, donde leí, hablé y oré. Después escribí cuatro cartas, expuse las Escrituras en casa y asistí otra vez a la reunión por la tarde. 21 de febrero. Asistí a las dos reuniones como de costumbre, prediqué por la tarde e hice además mi otro trabajo. 22 de febrero. Hoy asistí a la reunión de la mañana, luego caminé seis millas con dos hermanos y fui a caballo a Plymouth. 23 de febrero. Ahora estoy tan bien como antes de que se me rompiera el vaso sanguíneo. Al relatar los pormenores de este suceso, quisiera advertir encarecidamente a todo el que lea esto que no me imite en tal cosa si no tiene fe; pero si la tiene, esta, como buena moneda, será con toda seguridad honrada por Dios. No podría decir que, si tal cosa volviera a ocurrir, obraría de la misma manera; porque, estando ni con mucho tan débil como cuando se me rompió el vaso sanguíneo, al no tener fe, no prediqué; sin embargo, si al Señor le placiera darme fe, podría hacer lo mismo, aun estando todavía más débil que en la ocasión de que acabo de hablar.

Por este tiempo oré repetidas veces con creyentes enfermos hasta que fueron sanados. Pedía al Señor incondicionalmente la bendición de la salud corporal (cosa que ahora no podría hacer), y casi siempre se me concedía la petición. En algunos casos, sin embargo, la oración no fue contestada. De la misma manera, estando en Londres, en noviembre de 1829, en respuesta a mis oraciones fui sanado inmediatamente de una dolencia corporal que venía padeciendo desde hacía mucho tiempo, y que nunca ha vuelto. La manera en que ahora me explico estos hechos es la siguiente. Creo que al Señor le plació darme en tales casos algo así como el don (no la gracia) de la fe, de modo que podía pedir incondicionalmente y esperar una respuesta. La diferencia entre el don y la gracia de la fe me parece esta. Según el don de la fe, puedo hacer algo, o creer que algo sucederá, cuyo no hacerlo o no creerlo no sería pecado; según la gracia de la fe, puedo hacer algo, o creer que algo sucederá, respecto a lo cual tengo la palabra de Dios como fundamento en que descansar, y, por tanto, no hacerlo o no creerlo sería pecado. Por ejemplo, se necesitaría el don de la fe para creer que un enfermo será sanado, aunque no haya ninguna probabilidad humana, porque no hay promesa en ese sentido; se necesita la gracia de la fe para creer que el Señor me dará lo necesario para la vida si busco primeramente el reino de Dios y su justicia, porque hay promesa en ese sentido.

18 de marzo. Estos dos días no hemos podido comprar carne. La hermana en cuya casa nos alojamos nos dio hoy parte de su comida. Seguimos mirando a Jesús esperando la liberación. Necesitamos dinero para pagar el alquiler de la semana y para comprar provisiones. 19 de marzo. Nuestra casera nos envió otra vez de su carne para nuestra comida. Solo nos queda medio penique. Me siento muy frío al pedir dinero; aun así, espero la liberación, aunque no veo de dónde ha de venir el dinero. Hoy no pudimos comprar pan como de costumbre. 20 de marzo. Este ha sido otra vez un día de grandísimas misericordias. Por la mañana nos reunimos en torno al desayuno que el Señor nos había provisto, aunque no nos quedaba ni un solo penique. El último medio penique se gastó en leche. Entonces seguíamos mirando a Jesús para nuevas provisiones. Ninguno de los dos dudaba de que el Señor intervendría. Sentí como una prueba el tener poco fervor al pedir al Señor, y, de no haber sido así, quizá nuestras necesidades se habrían suplido antes. Tenemos unas siete libras en casa; pero, como ya no las considerábamos nuestras, el Señor nos guardó de tomar de ellas con la idea de reponer después lo que hubiéramos tomado, como antes quizá lo habría hecho. La carne que se nos envió ayer para la comida alcanzó también para hoy. Así el Señor había provisto otra comida. Hacia el mediodía vinieron a vernos dos hermanas, que nos dieron dos libras de azúcar, una libra de café y dos tabletas de chocolate. Mientras estaban con nosotros, vino una hermana pobre y nos trajo un chelín de su parte y dos chelines y seis peniques de parte de otra hermana pobre. Nuestra casera también nos envió otra vez de su comida, y además una hogaza. Nuestro pan apenas habría alcanzado para el té si el Señor no hubiera provisto así en su gracia. Por la tarde, la misma hermana que trajo el dinero nos trajo también, de parte de otra hermana, una libra de mantequilla y dos chelines, y de parte de otra hermana cinco chelines.


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