Capítulo 3 · 27 min de lectura · 34 min de escucha
Introducción
¿Qué se entiende por la oración de fe? Esta es una pregunta que empieza a captar, en un grado poco común, la atención de los cristianos. ¿Qué significado tienen los pasajes, tanto del Nuevo Testamento como del Antiguo, que se refieren a ella? ¿Cuál es el límite dentro del cual pueden recibirse con seguridad como fundamento de una confianza práctica? ¿Estuvieron limitadas estas promesas a los tiempos de los profetas o de los apóstoles, o han quedado como herencia para todos los creyentes hasta que venga el fin?
Por una razón u otra, estas cuestiones rara vez se tratan, ni desde el púlpito ni en la prensa. No recuerdo haber oído que ninguna de ellas fuera tratada de manera clara en un sermón. No conozco ninguna obra en la que este tema se explique en teoría o se inculque en la práctica. Realmente parece como si esta parte de la Revelación hubiera sido pasada por alto, por común acuerdo, en toda nuestra enseñanza pública. ¿Acaso no creen los hombres que Dios quiere decir lo que con toda claridad parece haber afirmado? O bien, si creemos que lo dice en serio, ¿tememos que se nos acuse de fanatismo si confesamos abiertamente que lo tomamos al pie de la letra?
Sin embargo, el silencio público sobre este tema no impide que se indague con mucha frecuencia sobre él en privado. El cristiano reflexivo, cuando en su lectura diaria de las Escrituras se encuentra con alguna de esas maravillosas promesas hechas a la oración de fe, a menudo se detiene y se pregunta a sí mismo: ¿Qué pueden significar estas palabras? ¿Será posible que Dios haya hecho promesas como estas a mí, y a hombres como yo? ¿Tengo realmente permiso para encomendar todos mis pequeños asuntos a un Dios de sabiduría infinita, creyendo que él se hará cargo de ellos y los dirigirá conforme a los impulsos de un amor sin límites y de una omnisciencia absoluta? ¿Es la oración realmente un poder ante Dios, o es meramente un recurso por el cual se cultiva nuestra propia piedad? ¿No es solo un poder (es decir, un antecedente fijo acompañado de la idea de causalidad), sino un poder trascendente, que logra lo que ningún otro poder puede, que se impone a todos los demás agentes y los somete a su propia y maravillosa eficacia? Creo que hay pocos lectores piadosos de la Biblia a quienes no se les ocurran con frecuencia estas preguntas. Las hacemos, pero no solemos esperar la respuesta. Estas promesas nos parecen dirigidas a una época pasada o a una venidera, pero no a nosotros, en el día de hoy. Sin embargo, con tales opiniones el alma piadosa no queda en absoluto satisfecha. Si aquí se reserva un tesoro inestimable para el creyente, se pregunta, ¿por qué no habría yo de recibir mi parte de él? No puede dudar de que Dios, de manera notable y en diversas ocasiones, ha respondido a sus oraciones; ¿por qué no habría de responderlas siempre? ¿Y por qué no habría de acercarse siempre el creyente a Dios con plena confianza de que él hará como ha dicho? Quizá recuerde que la oración que fue manifiestamente contestada nació de una profunda humildad, de la conciencia de su indignidad, de una completa negación de sí mismo y de una confianza sencilla y ferviente en las promesas de Dios por medio de la mediación de Cristo. ¿Por qué no habrían de ser siempre sus oraciones de ese mismo carácter? Junto con los apóstoles de antaño derrama su alma en la súplica: «Señor, auméntanos la fe».
Y, no obstante, difícilmente puede negarse que la voluntad de Dios ha sido claramente revelada sobre este tema. Las promesas hechas a la oración de fe son explícitas, numerosas y variadas. Si las tomamos en su sentido sencillo y literal, o si de hecho les damos cualquier interpretación razonable, parecen fáciles de entender. Nuestra dificultad parece ser esta: la promesa es tan «grandísima» que no podemos concebir que Dios quiera decir realmente lo que con claridad parece haber revelado. La bendición parece demasiado vasta para nuestra comprensión; «dudamos de las promesas con desconfianza», y así no llegamos a asegurarnos el tesoro que Cristo Jesús compró para nosotros.
Puede ser oportuno repasar algunos de los pasajes que se refieren más directamente a este tema:—
«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá; porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?»
En el Evangelio de Lucas se repiten las mismas palabras, con una sola variación al final: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»
«Os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
«Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo que si tenéis fe y no dudáis, no solo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte decís: Quítate y échate en el mar, será hecho. Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis».
La misma promesa, con una forma ligeramente distinta, se encuentra en el Evangelio de Marcos: «Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que diga a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dude en su corazón, sino que crea que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidáis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá».
Ahora bien, no pretendo que estemos obligados a recibir estas palabras literalmente. Sin embargo, a menos que creamos que el Salvador habló repetidas veces sobre el mismo tema al azar y sin un significado definido, debemos entender que afirmó que las cosas imposibles según las leyes ordinarias de la causalidad material son posibles por la fe en Dios. No alcanzo a ver, si admitimos que estas palabras tienen algún significado, que podamos atribuirles otro sentido.
«De cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago él las hará también; y aun mayores que estas hará, porque yo voy a mi Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pedís en mi nombre, yo lo haré».
«De cierto os digo que todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido».
«La oración eficaz y ferviente del justo puede mucho»; es decir, es un poder real, una energía positiva. El apóstol ilustra lo que entiende por una oración que puede mucho con el ejemplo de Elías, hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras: «Oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto».
Las condiciones bajo las cuales será oída la oración se especifican en varios lugares, pero especialmente en Juan 15:7: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis, y os será hecho». Es decir, si entiendo bien el pasaje, el prevalecer en la oración está condicionado por la conformidad de nuestras almas con la voluntad de Dios: «si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros». Con esta condición, y solo con ella, podemos pedir lo que queramos, con la seguridad de que nos será hecho. La fe, en su significado más sencillo, es aquella disposición de la mente en la criatura que responde a cada una de las perfecciones reveladas del Creador. En la misma medida en que existe esta correspondencia, se nos promete que tendremos todo lo que pidamos.
Es evidente, por el capítulo once de Hebreos, que las opiniones del apóstol Pablo acerca de la fe estaban en entera armonía con los pasajes citados arriba. Repasa la vida de los santos más eminentes con el propósito expreso de mostrar que los sucesos impresionantes de su historia, ya fueran físicos o morales, estuvieron enteramente gobernados por la fe. Lo resume todo con estas notables palabras:—
«¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría para contar de los que por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, evitaron el filo de la espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros; las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; y otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección». Este pasaje nos enseña, creo yo, que el apóstol consideraba la fe como un poder capaz de trascender y modificar cualquier otro agente, por el cual se hacían posibles cambios que para cualquier otro poder conocido eran imposibles. Vemos que en este catálogo de las victorias de la fe incluye el sometimiento de casi todas las formas de lo que llamamos leyes naturales. Todo el pasaje parece una ilustración de lo que quiso decir nuestro Señor cuando dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería».
Parece, pues, evidente que la doctrina del poder peculiar y maravilloso de la oración de fe está tan claramente revelada en las Escrituras como cualquier otra doctrina. En todo caso, por los pasajes que acabamos de citar, parecería evidente que el apóstol Pablo entendía que las enseñanzas de nuestro Salvador querían decir lo que dicen. Del tenor general de las Escrituras creo que podemos aprender dos verdades importantes: primera, que hay cierto estado de ánimo en un alma piadosa al que Dios ha prometido todo lo que pide, sujeto, no obstante, en cuanto a la manera de la respuesta, a los dictados de su infinita sabiduría y bondad; y segunda, que al conceder tales peticiones él no siempre limita su acción a las leyes ordinarias o reconocidas de la materia o de la mente. No veo cómo podemos interpretar los pasajes citados arriba, así como muchos otros, sin darles un significado por lo menos tan amplio como este.
¿Por qué, entonces, se ha considerado tan generalmente todo este campo de verdad revelada como una región desconocida e inexplorada? ¿Por qué habríamos de limitar la bondad o el poder de Dios por nuestro propio conocimiento de lo que llamamos las leyes de la naturaleza? ¿Por qué no habríamos de admitir que «hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña nuestra filosofía»? En un universo gobernado por la ley moral, ¿por qué no habrían de tener las leyes morales precedencia sobre todas las demás? ¿Por qué habríamos de negar que hay en la oración un poder que comúnmente no hemos alcanzado? Somos nosotros los que estamos estrechos, y suponemos que la estrechez está en Dios. Interpretamos las promesas llenas de gracia de nuestro amantísimo Padre celestial según la regla de nuestra propia piedad imperfecta e incrédula. Pedimos luz de fuera, cuando la luz solo puede venir de una piedad más elevada dentro de nosotros. Pedimos ejemplos de los efectos de la fe en el día de hoy que correspondan a los que se mencionan en las sagradas Escrituras. Los hombres reflexivos reconocen que estas promesas deben de tener un significado que aún no han entendido, y ven claramente que el reino de Dios nunca podrá venir con poder hasta que este prevalecer en la oración haya llegado a ser algo alcanzado por todos; y, sin embargo, apenas se atreven a creer que Dios es tan bueno como él mismo se ha revelado.
Con todo, de tiempo en tiempo se han dado lo que a todas luces parecen ser casos notables de respuestas a la oración. Muchos de ellos se han borrado de la memoria junto con la generación en que ocurrieron; los que se recuerdan, sin embargo, parecen enseñarnos que Dios es hoy un Dios vivo tan verdaderamente como en tiempos pasados. La historia de las persecuciones está siempre llena de notables respuestas a la oración. La liberación de Pedro del poder del Sanedrín en un caso, y del poder de Herodes en otro, se ha repetido mil veces en la historia de la iglesia de Cristo. La respuesta a la oración en que se pedía dirección divina en cuanto al tiempo y la manera de llevar a cabo algún servicio cristiano, al que una persona se ha sentido especialmente llamada, ha sido con frecuencia muy notable. Las biografías de los primeros Amigos (cuáqueros) y de muchos de los posteriores están repletas de tales casos. Cualquiera que lea las edificantes memorias de George Fox, John Woolman, William Allen y Stephen Grellet hallará abundantemente ilustrado lo que he mencionado. Los relatos bien documentados de los recientes avivamientos en este país y en Irlanda nos enseñan que los casos más notables de respuestas a la oración ocurrían casi a diario. En el siglo pasado, un caso en particular merece ser especialmente recordado: la fundación de la Casa de Huérfanos de Franke en Halle. Le pareció un deber cristiano intentar algo para el alivio de los huérfanos, y emprendió la obra. De tiempo en tiempo, a medida que aumentaba el número de solicitantes, se fueron proveyendo los medios para su sostenimiento, en respuesta, como él creía firmemente, a la oración ferviente e incesante. Así se levantó un extenso establecimiento que ha continuado hasta el día de hoy, proporcionando educación y sustento a miles de pobres y desamparados, y que durante siglo y medio ha sido una de las instituciones benéficas más honradas del continente europeo.
El caso más notable de la eficacia de la oración que conozco es el que se relata en las páginas siguientes. Parece, de hecho, una ilustración práctica del significado de aquellos pasajes de la Escritura que ya he citado. Un joven cristiano alemán, sin amigos y desconocido, tiene conciencia de lo que él cree que es un llamado del Señor a intentar algo en beneficio de los pobres niños vagabundos de Bristol. En ese tiempo predica el evangelio a un pequeño grupo de creyentes, de quienes, por propia iniciativa, no recibe salario alguno, pues es sostenido día tras día por las ofrendas voluntarias de sus hermanos. Sin promesa de ayuda de ningún ser fuera de Dios, comienza su obra. En respuesta a la oración, se reciben fondos a medida que se necesitan, y el intento tiene un éxito que supera sus expectativas. Al cabo de unos años llega a creer que Dios lo ha llamado a establecer una casa para el sostenimiento y la educación de huérfanos. Se sintió impulsado a este esfuerzo no solo por motivos de benevolencia, sino por el deseo de convencer a los hombres de que Dios era un Dios vivo, tan dispuesto ahora como siempre a responder a la oración; y de que, en el cumplimiento de cualquier deber al que él nos llame, podemos confiar implícitamente en su ayuda todosuficiente en toda emergencia.
El señor Müller fue guiado a emprender esta obra de tal manera que no podía esperarse ayuda de ningún ser sino de Dios. Por supuesto, no esperaba que Dios creara oro y plata y se los pusiera en las manos. Sabía, sin embargo, que Dios podía inclinar el corazón de los hombres a ayudarle, y creía que, si lo que intentaba era de él, Dios los inclinaría así, en respuesta a la oración, según lo exigieran sus necesidades. La mayoría de los hombres, al emprender algo semejante, habrían expuesto el caso ante el público, habrían empleado agentes para pedir en su favor y no habrían comenzado nada hasta tener ya asegurados fondos suficientes para el éxito de la empresa. Pero el señor Müller, fiel a sus principios, no quiso hacer nada de eso. Desde el primer día hasta el momento presente no ha solicitado, ni directa ni indirectamente, ni al público ni a ningún individuo, un solo penique. A medida que surgían las necesidades, sencillamente presentaba su caso delante de Dios y le pedía todo lo que necesitaba, y la provisión ha sido siempre oportuna e infalible.
Los que dirigen empresas benéficas suelen considerar importante publicar los nombres de los donantes, apelando así a lo que se tiene por un deseo inocente del hombre de que se conozcan nuestras buenas obras, y estimulando también de este modo a otros a hacer lo mismo. Desechando todo motivo de esta clase, el señor Müller se impuso la regla de no publicar el nombre de ningún donante. Cuando conocía el nombre, lo cual, sin embargo, no ocurría a menudo, daba las gracias en privado; en su informe impreso solo daba a conocer la suma recibida y la fecha en que se había recibido. De esta manera, renunciando a todo otro apoyo que no fuera Dios, y mirando solo a él con sencillez de niño para que supliera toda necesidad, se le proveyó todo lo que necesitaba con tanta puntualidad como si, poseyendo millones, hubiera ido girando de vez en cuando contra su banquero.
Así ha continuado, según creo, desde el año 1834. Poco a poco la obra creció, y fue necesario dejar las casas alquiladas en que hasta entonces se había alojado a los niños. Se compró un terreno y se levantó un edificio en las cercanías de Bristol. Este pronto se llenó hasta rebosar, y hizo falta otro edificio. Se construyó, y también se llenó muy pronto. Estos edificios bastaban para alojar a setecientos huérfanos. En este momento se está construyendo un tercer edificio, más grande que cualquiera de los otros dos, que ha de quedar terminado en el curso del próximo verano. Cuando esté concluido, habrá alojamiento para mil ciento cincuenta huérfanos. Se han levantado estos costosos edificios; se ha comprado el terreno en que se asientan; esta multitud de niños ha sido vestida, alimentada y educada; se ha provisto el sustento y la remuneración de todos los maestros y ayudantes necesarios; y todo esto lo ha hecho un hombre que no posee ni un dólar. Nunca ha pedido a nadie sino a Dios lo que necesitaban, y desde el principio jamás les ha faltado una comida, ni se han permitido nunca contraer deudas. Parece haber en esto algo tan notable como si el señor Müller hubiera mandado a un sicómoro que se desarraigara y se plantara en el mar, y este le hubiera obedecido.
Pero esto no es todo. El señor Müller vio que había gran demanda de ejemplares de las Sagradas Escrituras, tanto en Gran Bretaña como en el continente, y comenzó la obra de distribución de la Biblia. Esta se extendió con tanta rapidez que pronto se vio obligado a abrir en Bristol un gran depósito de Biblias. Creía que podía hacerse mucho bien mediante la circulación de tratados religiosos, y ha llevado adelante esta obra en gran escala. Se sintió movido a intentar ayudar, e incluso sostener, a misioneros entre los paganos, así como a otros hombres buenos, de diversas denominaciones, que, con medios de vida muy insuficientes, predicaban el evangelio a los pobres y desamparados en su propia tierra. Comenzó a ayudarlos a medida que llegaban a su conocimiento sus necesidades, y ahora cien hombres así dependen de él, total o parcialmente, para su sustento.
Aquí, pues, contemplamos ciertamente un fenómeno notable. Un solo hombre, completamente desprovisto de fondos, sostiene y educa a setecientos huérfanos, proveyendo todo lo necesario para su educación; es en sí mismo una extensa Sociedad Bíblica, de Tratados y Misionera; la obra crece día a día en magnitud, y los medios para llevarla adelante se le suplen abundantemente, mientras que no está vinculado a ninguna denominación en particular, no recibe ayuda de ninguna asociación voluntaria y no ha pedido la ayuda de un solo individuo. No ha pedido a nadie sino a Dios, y todas sus necesidades han sido suplidas con regularidad. En estas labores de amor ha gastado hasta el presente casi un millón de dólares. Así es como ha procurado mostrar a un mundo incrédulo que Dios es un Dios vivo, y que quiere decir lo que ha dicho en cada una de sus promesas.
Me he referido al señor Müller como si fuera el único agente de esta obra. Esto, sin embargo, no es cierto en absoluto. Sus colaboradores en la Institución son todos del mismo espíritu que él. El señor Craik, un caballero escocés, ha estado con él desde el principio, ha compartido todas las labores y responsabilidades de estas vastas empresas, y ha sido especialmente bendecido como predicador del evangelio. La remuneración de todos los ayudantes depende de los medios recibidos en respuesta a la oración. Cuando hay que hacer sacrificios, todos están prontos a hacerlos, y no esperan respuesta a la oración hasta haber contribuido, de sus propios y escasos salarios, con todo lo que pueden ahorrar después de atender a sus necesidades reales.
Acaba de recibirse el último Informe de las labores del señor Müller. Por él nos enteramos de otro hecho interesante. Parece que el reciente avivamiento en Irlanda está relacionado indirectamente con estas labores en Bristol. Un piadoso joven irlandés leyó «Los tratos del Señor con George Müller», y recibió de ello una nueva visión del poder de la oración de fe. Sintió la necesidad de orar por los que perecían a su alrededor, y resolvió trabajar por su salvación mediante la oración y la conversación. Pero primero pidió a Dios que le diera un compañero. Esta oración fue concedida. Los dos se unieron entonces en ferviente oración pidiendo que se añadieran otros a su número. Esta oración fue concedida. De esta manera, un pequeño grupo se unió para pedir un derramamiento del Espíritu Santo sobre su vecindario. Se dedicaron a la oración y a trabajar entre la gente que los rodeaba. Sus oraciones fueron contestadas. El Espíritu fue derramado; veinticinco almas se convirtieron. Multitudes se unieron a ellos en la súplica. Iban de lugar en lugar, orando y trabajando por la conversión de los hombres; y así se extendió la obra, hasta que todo el distrito del Úlster fue visitado con aquel notable derramamiento del Espíritu Santo.
Todos estos los tenemos por hechos indiscutibles. Si en algún aspecto ha habido una afirmación errónea, o incluso una exageración, abundan los medios para descubrirla. Toda la obra se ha llevado a cabo a la vista y bajo la inspección de toda la ciudad de Bristol. Allí se alzan esos grandes y costosos edificios. Allí se ven los setecientos huérfanos, admirablemente atendidos en todo respecto. Todo se ha pagado, porque el señor Müller nunca tiene deudas. Su pobreza es bien conocida, y no acepta dinero alguno como provisión para sus necesidades futuras. Sus cuentas son revisadas cada año por un comité competente. No hay hombre vivo que pueda contradecir su afirmación: «Nunca pedí ayuda a un solo individuo». Cientos de personas visitan cada semana la Institución, y nadie ha encontrado jamás en ella nada que contradiga las declaraciones publicadas del señor Müller. Por último, el reverendo doctor Sawtelle, caballero conocido por miles de personas en este país, ha añadido su testimonio independiente a la verdad de todo lo que aquí se relata. No puede desearse prueba más concluyente de la verdad de unos hechos.
Explicar un hecho es referirlo a alguna ley general cuya existencia ya está establecida. Por tanto, cuando se pregunta: ¿Cómo se explican estos hechos?, nosotros preguntamos: ¿a qué ley conocida pueden referirse? Ciertamente no pueden referirse a ninguna ley conocida de la acción humana. ¿Cómo decidiríamos si ocurriera un caso semejante en la física? Supongamos que durante veinticinco años se hiciera a diario una serie de experimentos de química o de mecánica, con el mismo resultado invariable, y que este resultado no pudiera referirse a ninguna ley previamente establecida: ¿a qué conclusión llegaríamos? No podría haber más que una conclusión, en la que coincidirían todos los hombres de ciencia. Todos declararían que se había descubierto una nueva ley, y modificarían sus sistemas en consecuencia. Me parece que, conforme a todo sano principio filosófico, estamos obligados a llegar a la misma conclusión en el caso presente. No podemos referir estos hechos a ninguna otra ley que a la anunciada por el Salvador en su promesa de contestar la oración de fe. No hay razón para suponer que en el caso del señor Müller y sus colaboradores haya nada excepcional o peculiar. No podemos dudar de que lo que Dios ha hecho por ellos lo hará, bajo las mismas condiciones, por cualquier otro discípulo creyente de Cristo.
¿Cuáles son, pues, las condiciones de este notable experimento, si así podemos llamarlo? Son más o menos las siguientes. Un hombre pobre y desconocido se convence de que es su deber, como siervo de Cristo, trabajar de varias maneras para aliviar las necesidades temporales y espirituales de los ignorantes y desamparados. Se consagra a la obra dedicándole su tiempo y su trabajo, y cualesquiera medios económicos que llegaran a su poder. Resolvió no apelar a ninguno de los motivos ordinarios que inclinan a los hombres a la compasión, ni siquiera solicitar ayuda de ningún ser humano, sino sencillamente dar a conocer sus necesidades a Dios, creyendo que, si estaba haciendo la obra de Dios, la promesa divina estaba empeñada en su favor. No solo confió en Dios en que le sería provista toda la ayuda económica que necesitara, sino también en que, en respuesta a la oración, se le daría toda la sabiduría necesaria para dirigir sus complicadas y arduas empresas. El resultado ha colmado sus más optimistas expectativas. La institución ha llegado a ser una obra de caridad de lo más magnífica, aparte de sus operaciones misioneras, bíblicas y de tratados; todas sus necesidades han sido suplidas de tiempo en tiempo; y en este momento se lleva adelante exactamente sobre los mismos principios con que comenzó. No podemos resistirnos a la conclusión de que, si alguien emprende cualquier otra obra cristiana con un espíritu semejante y sobre los mismos principios, su trabajo será acompañado de un resultado semejante.
Sin embargo, aunque creemos esto, no pretendemos afirmar que siempre se verán resultados tan inmediatos como estos. Eso sería limitar la omnisciencia de Dios por la miope ignorancia del hombre. Puede convenir mejor a los propósitos de la bondad infinita contestar la oración de fe por medio de cruces y desengaños; pero al final se verá que estos promueven de la manera más señalada el objeto que se ha de alcanzar. Mientras los discípulos oraban y trabajaban por la extensión del reino de Cristo en Jerusalén, parecía una extraña respuesta a la oración que fueran expulsados de la ciudad; pero su sentido se hizo evidente cuando surgieron iglesias en Fenicia, Chipre y Antioquía, y se hizo manifiesto que el evangelio no estaba destinado solo a los judíos, sino a toda la familia humana. Pablo se dedicó con celo inextinguible a la salvación de los hombres y, con una elocuencia ferviente que le ha dado un lugar entre los más nobles oradores de la antigüedad, se deleitaba en gastar su vida persuadiendo a los hombres a que se reconciliaran con Dios. Era un hombre cuya confianza en Dios fue tan inquebrantable como la de cualquiera cuya historia haya registrado la pluma de la inspiración. Sin duda fue para los discípulos de aquella época, así como para él mismo, una dispensación de lo más inexplicable que se viera estorbado en su gran obra por la necesidad de apaciguar disensiones y corregir errores que surgían constantemente en las iglesias que había plantado, y, sobre todo, que tantos años de su vida transcurrieran en la cárcel. Sin embargo, es a estas circunstancias, adversas en su momento, a las que debemos la redacción de aquellas epístolas que ocupan una porción tan grande del volumen de la inspiración, y sin las cuales el mensaje de Dios al hombre no habría quedado completo. De ninguna otra manera podría haber sido contestada tan plenamente su oración de ser útil a la causa de Cristo.
Con este entendimiento de la promesa concedida a la oración de fe, no veo por qué no habríamos de tomar el caso del señor Müller como un ejemplo que imitar. Quienquiera que llegue a este mismo deseo sencillo de hacer en todo la voluntad de Dios, y a la misma confianza de niño en sus promesas, puede, a mi juicio, esperar una bendición semejante. Dios no hace acepción de personas. «Si alguno hace su voluntad, a este oye». Y toda la enseñanza de las Escrituras nos confirma en esta creencia. Los pasajes que hemos citado al comienzo de este escrito, con cientos de otros, conducen todos a la misma conclusión. En las Escrituras se emplea toda forma de ilustración para grabar en nosotros la convicción de que Dios es en verdad nuestro Padre, y de que se deleita en concedernos lo que le pedimos cuando es para nuestro bien, y especialmente de que se compromete a dirigir con su consejo, y a ayudar con su providencia, a todo el que trabaja honradamente por promover la causa de la verdadera benevolencia y de la religión auténtica.
Si esto es así, ¡cuán importante es este asunto en lo que toca al esfuerzo individual! Ningún cristiano, aunque sea el más pobre y humilde, tiene por qué desesperar jamás de hacer una obra noble para Dios. No tiene por qué esperar a obtener la cooperación de la multitud o de los ricos. Emprenda lo que crea ser su deber, aunque sea en la escala más pequeña, y mire directamente a Dios en busca de ayuda y dirección. Si es una semilla que Dios ha plantado, echará raíces, crecerá y dará fruto, «cuya simiente está en él». «Mejor es esperar en Dios que esperar en hombre; mejor es esperar en Dios que esperar en príncipes». Puede aducirse una multitud de casos para probar que este proceder está en armonía con los designios de Dios. Se muestra abundantemente en el caso del señor Müller. Tomemos el caso de Robert Raikes. Supongamos que no hubiera fundado ninguna escuela hasta que una poderosa asociación, formada por dignatarios eclesiásticos, millonarios y la multitud, se hubiera unido para sostenerle: difícilmente habría escapado su esfuerzo de un fracaso ridículo. Por el contrario, sencillamente fundó una escuela él solo. Era una semilla que Dios había plantado, y su fruto hace ahora ruido como el Líbano.
Sobre el contraste que se observa entre el plan del señor Müller y los planes con que se llevan a cabo nuestras operaciones misioneras y demás obras benéficas, no es necesario extenderse. Si el señor Müller tiene razón, creo que es evidente que todos nosotros estamos equivocados. No podemos entrar en este asunto en detalle. Sin embargo, se nos permitirá observar que los medios que con frecuencia se emplean para asegurarse la aprobación y la ayuda económica de los hombres mundanos, al llevar adelante la causa de Cristo, son profundamente humillantes. Parecería como si Dios fuera el último ser en quien apoyarse para llevar adelante la obra que él nos ha encomendado.
Pero es hora de poner fin a estas observaciones. Recomendamos este relato, el más modesto que pueda haber, a la consideración reflexiva de los cristianos de todas las denominaciones. Habremos sobrestimado en gran manera la enseñanza de estos hechos si no proporcionan fuertes incentivos para una vida de santo esfuerzo y no infunden un motivo insólito y poderoso para la oración ferviente y llena de fe.
Providence, 17 de diciembre de 1860.
La vida de confianza
Capítulo 3 completado
Introducción