La vida de confianza
Segar con regocijo

Capítulo 25 · 40 min de lectura · 51 min de escucha

Segar con regocijo

1852-1854.

ESPERAR GRANDES COSAS DE DIOS—UN DONATIVO ESPLÉNDIDO—LA CRECIENTE UTILIDAD DEL INSTITUTO DE CONOCIMIENTO BÍBLICO—ACCESO A DIOS POR LA FE EN CRISTO—UNA VOZ DESDE EL MONTE LÍBANO—EL BENEFICIO DE ESPERAR EL TIEMPO DE DIOS—UNA ADMINISTRACIÓN CUIDADOSA—LA FE, ÚNICO APOYO—«ESTA POBRE VIUDA ECHÓ MÁS QUE TODOS»—SE ANTICIPAN MAYORES LOGROS DE LA FE—CONSEJO A LOS REPARTIDORES DE TRATADOS—UNA NUEVA Y SEVERA PRUEBA DE FE.

El 26 de mayo de 1852 había en caja, para la construcción de la segunda nueva Casa de Huérfanos, tres mil quinientas treinta libras, nueve chelines, seis peniques y un cuarto de penique. Seguían llegando, en respuesta a la oración, donativos que iban desde trescientas libras hasta cuatro peniques. El 4 de enero de 1853, el señor Müller escribe:—

De Londres, dos chelines y seis peniques. Llevo ya más de diecinueve meses esperando en Dios día tras día para obtener medios para el fondo de construcción, y casi a diario he recibido algo en respuesta a la oración. En su mayor parte, estos donativos han sido pequeños en comparación con la suma que hará falta para llevar a término este proyecto; con todo, han mostrado que el Señor, por amor de su amado Hijo, escucha mis súplicas y las de mis compañeros de trabajo y colaboradores en la obra, y han sido para mí preciosos estímulos para seguir esperando en Dios. Desde hace muchos meses estaba seguro de que el Señor, a su debido tiempo, daría sumas mayores para esta obra, y durante los últimos meses se lo he venido suplicando cada vez con más fervor. Ahora, por fin, ha refrescado abundantemente mi espíritu y ha contestado mi petición. Hoy he recibido la promesa de que, como donativo conjunto de varios cristianos, se me entregaría la suma de ocho mil cien libras para la obra del Señor que está en mis manos.

Es imposible describir el refrigerio espiritual que recibió mi corazón con este donativo. Día tras día, durante diecinueve meses, había estado aguardando una ayuda más abundante que la que había tenido. Estaba plenamente seguro de que Dios me ayudaría con sumas mayores; pero la demora era larga. ¡Mira qué precioso es esperar en Dios! ¡Mira cómo los que lo hacen no son confundidos! Su fe y su paciencia podrán ser probadas larga y duramente; pero al final se verá con toda certeza que a los que honran a Dios, él los honrará, y no permitirá que sean avergonzados. La magnitud del donativo, aunque refrescó en extremo mi espíritu, no me sorprendió en lo más mínimo; porque espero grandes cosas de Dios. ¿Me he estado gloriando en Dios en vano? ¿No es evidente que depender de Dios es preciosísimo en todos los sentidos? ¿Sirvo yo a Dios de balde? ¿No es obvio que los principios sobre los que trabajo no solo son aplicables a la obra de Dios en pequeña escala, sino también, como tantas veces he afirmado durante los últimos diecinueve años, a las operaciones más extensas para Dios?

Durante el año que terminó el 26 de mayo de 1853 se recibieron para el fondo de construcción nueve mil una libras y tres chelines, con lo que dicho fondo asciende ahora a doce mil quinientas treinta y una libras, doce chelines y un cuarto de penique.

Para los diversos objetivos del Instituto de Conocimiento Bíblico, es decir, para las escuelas, las misiones, las Biblias y los tratados, tuve que gastar durante el año que va de mayo de 1852 a mayo de 1853 unas seiscientas libras al mes, o más de siete mil libras en total; pero tuve lo suficiente para hacer frente a toda demanda, y además el Señor me ayudó a aumentar el fondo de construcción en nueve mil libras. Nunca, en los diecinueve años anteriores, habían sido tan grandes los gastos corrientes del Instituto; pero tampoco habían sido nunca tan grandes el alcance de sus operaciones ni los medios que al Señor le plugo enviar.

Ya ves, querido lector, que somos ricamente recompensados por esperar en Dios. Percibes la disposición de su corazón a escuchar las súplicas de sus hijos que ponen en él su confianza. Si nunca lo has puesto a prueba, hazlo ahora. Pero para que tus oraciones sean contestadas, necesitas presentar tus peticiones delante de Dios sobre la base de los méritos y la dignidad del Señor Jesús. No debes apoyarte en tu propia dignidad ni en tus propios méritos, sino únicamente en el Señor Jesús, como fundamento de aceptación ante Dios, para tu persona, para tus oraciones, para tus trabajos y para todo lo demás. ¿Crees de veras en Jesús? ¿Dependes verdaderamente de él solo para la salvación de tu alma? Cuida bien de que no se presente ante Dios ni el más mínimo grado de tu propia justicia como fundamento de aceptación. Pero además, si crees en el Señor Jesús, es necesario, para que tus oraciones sean contestadas, que las cosas que pides a Dios sean de tal clase que Dios pueda dártelas, porque son para su honra y para tu verdadero bien. Si obtener lo que pides no fuera para tu verdadero bien, o no tendiera a la honra de Dios, podrías orar mucho tiempo sin obtener lo que deseas. La gloria de Dios debe estar siempre delante de los hijos de Dios en lo que desean recibir de sus manos; y su propio provecho espiritual, tan íntimamente unido a la honra de Dios, nunca debe perderse de vista en sus peticiones. Pero supongamos ahora que somos creyentes en el Señor Jesús, y que presentamos nuestras peticiones a Dios apoyándonos únicamente en el Señor Jesús como fundamento para que nos sean concedidas; supongamos también que, hasta donde podemos juzgar con honradez y rectitud, obtener lo que pedimos sería para nuestro verdadero bien espiritual y para la honra de Dios; aún nos falta, por último, perseverar en la oración hasta que la bendición nos sea concedida. No basta con comenzar a orar, ni con orar debidamente; ni basta tampoco con seguir orando por un tiempo; sino que debemos perseverar en la oración con paciencia y con fe hasta obtener una respuesta; y, además, no solo tenemos que perseverar en la oración hasta el fin, sino que también tenemos que creer que Dios nos oye y que contestará nuestras oraciones. Lo más frecuente es que fallemos en no perseverar en la oración hasta obtener la bendición, y en no esperar la bendición. Tan cierto como que en una persona se hallen reunidos todos estos puntos, así de cierto será que sus peticiones le serán concedidas.

Durante el año 1852-53, el gasto del sostenimiento de los huérfanos quedó plenamente cubierto con donativos no solicitados. Solo se darán dos o tres detalles.

29 de junio de 1852. Hoy he recibido uno de los donativos más notables que he tenido jamás. Doy el relato completo, sin el nombre del donante.

Lyon, 24 de junio de 1852,

Querido hermano en Cristo:

Hace ya varios años que leí con gran interés, y espero que con algún provecho para mi alma, el relato de sus trabajos y experiencias. Desde entonces su obra ha sido objeto de muchos pensamientos y oraciones, y he regalado muchos ejemplares de su libro a amigos cristianos. Uno de ellos lo ha leído en Siria, en el monte Líbano, donde se encuentra por asuntos comerciales; y, mientras oraba por usted y por sus queridos huérfanos, el Señor puso en su corazón enviarle dos libras, a las que mi esposo añadió otras dos; y le rogamos que acepte esta pequeña ofrenda en el nombre del Señor. Si ha publicado usted algo sobre los tratos del Señor con usted desde el año 1844, tendremos mucho gusto en recibirlo. Podría enviarlo a los señores * * * *, Londres, para * * * * de Lyon. Y ahora, querido hermano, que la gracia y la paz del Señor reposen sobre usted y sobre los queridos moradores de su casa.

Afectuosamente suya en el Señor,
* * * *

He recibido donativos de Australia, de las Indias Orientales, de las Indias Occidentales, de los Estados Unidos, del Canadá, del Cabo de Buena Esperanza, de Francia, Suiza, Alemania, Italia, etc.; y ahora llega también este donativo desde el monte Líbano, con la oración de un hermano cristiano cuyo nombre nunca oí ni conozco siquiera ahora. Mira, querido lector, esta es la manera en que el Señor me ha ayudado en este precioso servicio durante veintidós años. Con mis compañeros de trabajo o sin ellos, y ellos sin mí, elevamos nuestras oraciones al Señor pidiendo ayuda, y a él le place, por amor de Jesús, escuchar nuestras súplicas e inclinar el corazón de algunos de sus hijos, conocidos o no por nosotros, a enviarnos ayuda. Los donantes pueden ser ricos o pobres; pueden vivir cerca, o a más de diez mil millas de distancia; pueden dar mucho o poco; pueden haber dado a menudo antes, o nunca; pueden sernos muy conocidos, o en absoluto: en estas y en muchas otras cosas puede haber constantes variaciones; pero Dios nos ayuda continuamente; nunca somos confundidos. ¿Y por qué no? Sencillamente porque, por la gracia de Dios, se nos capacita para poner en él nuestra confianza en cuanto a lo que necesitamos.

9 de octubre. Esta mañana, en el curso de mi lectura antes del desayuno, llegué a Lucas 7. Mientras leía el relato del centurión y de la resurrección del hijo de la viuda en Naín, elevé mi corazón al Señor Jesús de esta manera: «Señor Jesús, tú tienes el mismo poder ahora. Tú puedes proveerme de medios para tu obra que está en mis manos. Dígnate hacerlo». Como media hora después recibí doscientas treinta libras y quince chelines; y también un chelín. Estas doscientas treinta libras y quince chelines se dejaron a mi disposición, para lo que más se necesitara. Tomé la mitad para los gastos corrientes de los huérfanos, y la otra mitad para los demás objetivos. Ahora estoy ampliamente provisto para atender las demandas de este día.

No se puede describir el gozo que proporcionan semejantes respuestas a la oración. Yo estaba resuelto a esperar solo en Dios, y no a procurarme una liberación contraria a las Escrituras. Tengo miles de libras para el fondo de construcción; pero no quise tomar de ellas, porque una vez fueron apartadas para ese fin. Hay también un legado de cien libras para los huérfanos, que lleva dos meses de retraso, y ante la perspectiva de su pago el corazón podría inclinarse naturalmente a usar algún dinero del fondo de construcción, para reponerlo con el dinero del legado cuando llegue; pero no quise salirme así del camino de Dios para obtener ayuda. En el mismo momento en que llegó este donativo, yo había empaquetado cien libras que daba la casualidad de tener en caja, recibidas para el fondo de construcción, para llevarlas al banco, pues estaba resuelto a no tocarlas, sino a esperar en Dios. ¡Engrandece mi alma al Señor por su bondad!

Este último párrafo está copiado de mi diario, escrito en aquel momento. Añado unas palabras más a las últimas frases.

La mente natural siempre está inclinada a razonar cuando deberíamos creer; a estar en actividad cuando deberíamos estar quietos; a seguir nuestro propio camino cuando deberíamos andar con firmeza en los caminos de Dios, por duro que le resulte a la naturaleza. Cuando acababa de convertirme, habría dicho: ¿Qué mal puede haber en tomar algo del dinero que se ha apartado para el fondo de construcción? Dios me ayudará de nuevo dentro de algún tiempo con medios para los huérfanos, y entonces podré reponerlo. O bien: ahí está el dinero que se debe por el legado de cien libras. Ese dinero es completamente seguro; ¿no puedo, entonces, contando con él, tomar algo del dinero del fondo de construcción y, cuando se pague el legado, reponer lo que he tomado? Por lo que he visto de los creyentes, sé que muchos obrarían así. Pero ¿qué resultado da cuando así nos adelantamos a Dios, siguiendo nuestro propio camino? En muchos casos cargamos la conciencia de culpa; y si no, ciertamente debilitamos la fe en lugar de aumentarla; y cada vez que obramos así una liberación propia, nos resulta más y más difícil confiar en Dios, hasta que al fin cedemos por completo a nuestra razón natural y caída, y prevalece la incredulidad. ¡Qué distinto es si a uno se le capacita para esperar el tiempo de Dios y mirar solo a él en busca de ayuda y liberación! Cuando por fin llega la ayuda, quizá después de muchos ratos de oración, y quizá después de mucho ejercicio de fe y paciencia, ¡qué dulce es, y qué recompensa presente recibe al instante el alma por haber confiado en Dios y esperado con paciencia su liberación! Querido lector cristiano, si nunca antes has andado por esta senda de obediencia, hazlo ahora, y entonces conocerás por experiencia la dulzura del gozo que de ella resulta.

12 de octubre. Por la venta de trapos y huesos, doce chelines y seis peniques. Copio literalmente del libro de recibos. Procuramos sacar el mejor provecho de todo. Como administrador de dinero público, siento que es justo que aun estos artículos se conviertan en dinero; y no podríamos esperar respuestas a nuestras oraciones si a sabiendas se permitiera algún desperdicio en relación con esta obra. Pues precisamente porque el dinero se recibe de Dios, sencillamente en respuesta a la oración y nada más, por eso mismo nos corresponde ser tanto más cuidadosos en su uso.

Desde el 20 de diciembre de 1852 hasta el 4 de enero de 1853 no tuvimos nada por adelantado sobre nuestras necesidades. Los medios llegaban solo a medida que se requerían para necesidades apremiantes. Pero el 4 de enero recibimos, como se ha dicho en otro apartado, el mayor donativo que he tenido jamás, del cual tomé seiscientas libras para el sostenimiento de los huérfanos. Expongo estos hechos para ofrecer una ilustración práctica de que están completamente equivocados quienes suponen que la obra ya no es una obra de fe, como lo era en años anteriores. Es cierto que ahora tenemos mayores ingresos que en los años 1838, 1839 y 1840; pero también es cierto que nuestros gastos son tres veces mayores. Ahora no tenemos ingresos regulares, igual que no los teníamos entonces. Ahora no pedimos ayuda a ningún ser humano, igual que no lo hacíamos entonces. Dependemos solo de Dios, por su gracia, igual que entonces. ¿Quién hay en el mundo entero que pueda afirmar que alguna vez le pedí ayuda para esta obra de los huérfanos, desde su comienzo, el 9 de diciembre de 1835, hasta ahora? Pues bien, si no tenemos fondos de que vivir; si no tenemos suscriptores ni donantes regulares con quienes podamos contar; si nunca pedimos ayuda al hombre, sino solo a Dios; y si, finalmente, nunca contrajimos deudas por esta obra, ni lo hacemos ahora, ¿por qué no ha de ser ahora una obra de fe, como antes? Que quienes dicen que no lo es se pongan en la situación en que yo estaba cuando, al cierre del año 1852, no me quedaban ni dos libras y había que proveer día tras día a unas trescientas treinta personas de todo lo que necesitaban, y comprueben si ahora es algo distinto de una obra de fe. Pero quizá haya dicho demasiado sobre esto. Porque cualquiera, salvo los que están resueltos a no ver, percibirá sin dificultad que ahora, como antes, solo se podía evitar ser abrumado en semejante situación mirando día tras día al Señor, y eso no meramente para la provisión de dinero, sino para recibir ayuda en las innumerables dificultades que continuamente se presentan en una obra así.

¡Cómo podré alabar, adorar y engrandecer lo suficiente al Señor por su amor y fidelidad al sostenerme así año tras año en este servicio suyo, supliéndome todo lo que necesito en cuanto a medios, compañeros de trabajo, fuerzas mentales y, sobre todo, apoyo espiritual! Si no fuera por su ayuda y sostén, en muy poco tiempo me vería completamente abrumado; pero con su ayuda sigo adelante, y soy muy feliz, espiritualmente, en mi servicio; y por lo general mi salud no es ahora peor que hace veinte años, sino más bien mejor.

Durante el año 1852-53 hubo cuatro escuelas diurnas, con 235 niños, sostenidas enteramente con los fondos del Instituto. Además, se sostuvo enteramente una escuela dominical en Bristol, con 150 niños, y se ayudó a otras tres en Devonshire, Somersetshire y Gloucestershire, con 280 niños. Por último, se sostuvo enteramente con los fondos del Instituto una escuela de adultos, con 103 alumnos adultos. Desde el 5 de marzo de 1834 hasta el 26 de mayo de 1853 estuvieron a nuestro cargo, en las diversas escuelas diurnas, 5,686 niños; en las escuelas dominicales, 2,673 niños; y en la escuela de adultos, 2,132 personas. Durante este año se gastaron de los fondos del Instituto, para las diversas escuelas, £349, 12s. 11d.

Durante este año se invirtieron de los fondos del Instituto, en la circulación de las Santas Escrituras, £431, 5s, 1½d., y se distribuyeron 1,666 Biblias y 1,210 Nuevos Testamentos. Desde el 5 de marzo de 1834 hasta el 26 de mayo de 1853 se distribuyeron 10,476 Biblias y 6,061 Nuevos Testamentos.

Desde hace varios años esta parte de la obra me ha parecido cada vez más importante, a causa de los terribles intentos que han hecho las potestades de las tinieblas por despojar a la iglesia de Cristo de las Santas Escrituras. Por esta razón he procurado aprovechar toda oportunidad de hacer circular las Santas Escrituras en Inglaterra, Irlanda, el Canadá, la Guayana Británica, las Indias Orientales, China, Australia, etc. Por toda puerta abierta que el Señor tuvo a bien poner delante de mí en estas u otras partes del mundo he entrado con gozo; sí, lo he tenido verdaderamente por un privilegio que Dios me permitiera difundir su santa Palabra. Muchos siervos de Cristo, en diversas partes del mundo, me han ayudado en este servicio, y por su medio se han distribuido ejemplares de las Santas Escrituras.

Durante este año se gastaron de los fondos del Instituto para fines misioneros £2,234, 2s. 6d. Con esta suma se ayudó, en mayor o menor grado, a cincuenta y cuatro obreros en la palabra y la doctrina, en diversas partes del mundo.

Para la circulación de tratados se invirtió, desde el 26 de mayo de 1852 hasta el 26 de mayo de 1853, la suma de £555, 16s. 7½d.; y en este año se distribuyeron 733,674 tratados.

El número total de tratados distribuidos hasta el 26 de mayo de 1853 fue de 1,820,040. Desde el 19 de noviembre de 1840 hasta el 10 de mayo de 1842, primer período en que funcionó la distribución de tratados en relación con el Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero, se distribuyeron 19,609; desde el 26 de mayo de 1851 hasta el 26 de mayo de 1852, 489,136; y durante este período, 733,674.

Al comienzo de este período había 300 huérfanos en la nueva Casa de Huérfanos de Ashley Down, en Bristol. Durante el año se admitieron en ella 13 huérfanos, lo que hace 313 en total. El número total de huérfanos que estuvieron a nuestro cargo desde abril de 1836 hasta el 26 de mayo de 1853 fue de 528.

Sin que yo haya pedido nada personalmente a nadie, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1853 se me dio para los huérfanos la suma de £55,408, 17s. 5¾d., como resultado de la oración a Dios. Quizá le interese también al lector saber que la cantidad total que se dio para los demás objetivos, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1853, ascendió a £19,163, 14s. 1½d.; y que lo que entró por la venta de Biblias y tratados, y por los pagos de los niños en las escuelas diurnas, ascendió a £3,490, 7s. 1¼d. Además de esto, se dio también una gran variedad y cantidad de prendas de vestir, muebles, provisiones, etc., para el uso de los huérfanos.

Los gastos relacionados con el sostenimiento de los 300 huérfanos y de los aprendices durante este año fueron de £3,453, 15s. 1½d.

31 de diciembre de 1852. Durante este año se han recibido en comunión 35 creyentes. Al Señor le ha placido darme £445, 8s. 8½d.

Mi cuñado, el señor A. N. Groves —de quien se ha hecho mención en la primera parte de este Relato por haberme sido de ayuda con su ejemplo cuando comencé mis labores en Inglaterra en 1829, ya que él, sin ningún sostén visible y sin estar vinculado a ninguna sociedad misionera, fue con su esposa e hijos a Bagdad como misionero, después de haber renunciado a una lucrativa práctica profesional de unas mil quinientas libras al año—, regresó en el otoño de 1852 de las Indias Orientales, por tercera vez, gravemente enfermo. Vivió, sin embargo, hasta el 20 de mayo de 1853, cuando, tras un bendito testimonio para el Señor, durmió en Jesús en mi casa.

Ya he dicho que el 26 de mayo de 1853 tenía en caja, para construir edificios lo bastante grandes para alojar a 700 niños, la suma de £12,531, 12s. 0¼d.

Un solo hecho ilustrará la gran diversidad de fuentes de las que se reciben los donativos, así como la gran disparidad en su cuantía.

17 de enero de 1854. De S. R. y E. R., dos pobres muchachas obreras de una fábrica, cerca de Stroud, 1s. 7d. Este día recibí también la promesa de que se me pagarían, para la obra del Señor que está en mis manos, £5,207, para disponer de ellas como mejor me pareciera.

La cantidad total recibida para la nueva Casa de Huérfanos durante el año que terminó el 26 de mayo de 1854 fue de £5,285, 17s. 5d., lo que dio un total de £17,816, 19s. 5¼d. en caja el 26 de mayo de 1854.

Durante este año los gastos corrientes de los diversos objetivos del Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero ascendieron a £7,507, 0s. 11½d., es decir, £471, 8s. 11d. más que en cualquier año anterior; y sin embargo el Señor no solo me capacitó para hacer frente a todos ellos, sino para añadir la suma de £5,285, 7s. 5d. al fondo de construcción.

Aún se necesita una gran suma antes de que pueda construir otra casa para 700 huérfanos; y ahora, igual que al principio, no tengo ninguna perspectiva natural de obtener lo que todavía falta; pero mi esperanza está en el Dios viviente. Cuando llegué a la conclusión de que era la voluntad de Dios que construyera otra Casa de Huérfanos, no solo no tenía ninguna perspectiva natural de obtener las £35,000 que harían falta para este fin, sino que tampoco tenía ninguna perspectiva natural de poder atender a las necesidades de los trescientos huérfanos que ya estaban a mi cargo. Desde entonces han pasado tres años, y he tenido todo lo que necesitaba para ellos, que asciende a unas £10,500; y he recibido £17,816, 19s. 5¼d. para el fondo de construcción. ¿No puedo muy bien confiar en el Señor para lo que todavía falta para el fondo de construcción? Por su gracia lo haré, y me deleitaré en hacerlo; porque sé que al final todas mis oraciones acerca de esta parte del servicio se convertirán en alabanzas.

Hay un punto que me anima de manera especial a seguir esperando en el Señor para el resto de los medios que se requieren, a saber: las solicitudes de admisión de huérfanos siguen llegando. El 26 de mayo de 1853 había 480 huérfanos esperando ser admitidos. Desde entonces se ha solicitado la admisión de 181 más, lo que hace 661 en total. Estos niños tienen de tres meses de edad en adelante, y todos han perdido por la muerte a ambos padres.

Durante el año que ahora repasamos recibí el siguiente donativo para los obreros misioneros, en circunstancias de un interés particular.

El 9 de agosto de 1853 recibí una carta de un hermano cristiano, acompañada de una orden de pago contra sus banqueros por ochenta y ocho libras, dos chelines y seis peniques, de las cuales tres libras, dos chelines y seis peniques eran el producto de una caja para los huérfanos en un local de reunión de creyentes, y ochenta y cinco libras procedían de una viuda pobre que había vendido su casita, que era todo lo que poseía, y que había puesto noventa libras, la suma total de lo que había recibido, en aquella caja para los huérfanos dos meses antes, el 9 de junio de 1853. El dinero había estado en la caja durante algún tiempo sin que nadie lo supiera, hasta que se abrió la caja para los huérfanos y se encontraron en ella las noventa libras con unas pocas líneas sin firma. Sin embargo, como el hermano que me envió el dinero sabía que ella pensaba vender la casita y que tenía la intención de enviarme el dinero para la obra del Señor, no se sintió libre de enviármelo sin antes hacerle reconvenciones por medio de dos hermanos, a quienes mandó con el dinero para ofrecérselo de nuevo; pues sabía que ella era muy pobre, y temía que aquello fuera un acto de exaltación del momento y que, por tanto, se lamentara después. Estos hermanos no lograron convencerla de que aceptara la devolución del dinero, pero sí la persuadieron a que recibiera de vuelta cinco libras de la suma; y entonces el hermano mencionado ya no se sintió libre de retenerme el dinero, y por eso me envió las ochenta y cinco libras.

Al recibirlas, escribí enseguida a la pobre y piadosa viuda, ofreciéndole los gastos del viaje para venir a Bristol, a fin de poder tratar con ella personalmente; pues temía que aquello fuera un acto de exaltación, y tanto más cuanto que ella había recibido de vuelta cinco libras de la suma. Esta hermana en el Señor, una viuda de unos sesenta años de edad, vino a Bristol y me contó con toda sencillez cómo diez años antes, en el año 1843, se había propuesto que, si alguna vez llegaba a ser dueña de la casita en que vivía con su marido, la vendería y daría al Señor lo que sacara de ella. Unos cinco años después murió su marido, y ella, como no tenía hijos ni nadie que tuviera un derecho particular sobre ella, procuró entonces deshacerse de su pequeña propiedad, como había sido su intención todos aquellos años. Sin embargo, una dificultad tras otra le impidió llevar a cabo la venta. Por fin se vio en especial apuro por no poder pagar el censo anual del terreno de la casita y del huerto, y pidió al Señor que le permitiera vender la propiedad, para poder cumplir el deseo que tenía desde hacía diez años de darle a él el producto de esta posesión suya. Entonces él la ayudó. La casa se vendió, se pagó el dinero, y ella puso las noventa libras enteras en la caja para los huérfanos, para mí, segura de que el Señor me guiaría en cuanto a la mejor manera de emplear el dinero para él. Todavía la interrogué una y otra vez, para averiguar si no había sido la exaltación lo que la había llevado a obrar como lo había hecho; pero no solo vi que su mente había estado plenamente decidida acerca de este acto desde hacía diez años, sino que además era capaz de responder con la palabra de Dios a todas las objeciones que yo le planteaba a propósito para sondearla, y ver si había obrado con entendimiento y por motivos rectos en lo que había hecho. Al fin quedé plenamente satisfecho de que no había dado el dinero por impulso ni bajo exaltación. A continuación le dije algo así: «Usted es pobre, y tiene unos sesenta años, de modo que sus fuerzas van disminuyendo; ¿no podría, por tanto, quedarse con este dinero para usted?». Su respuesta fue, hasta donde recuerdo, algo así: «Dios siempre ha provisto para mí, y no tengo ninguna duda de que también lo hará en el futuro. Puedo trabajar y ganarme el pan como cualquiera, y estoy dispuesta a trabajar como enfermera o de cualquier otra manera». ¿Qué podía decir yo contra esto? Es exactamente lo que diría, y debería decir, un hijo de Dios. Pero en mi mente seguía en pie la mayor de todas las dificultades para aceptar las ochenta y cinco libras, y la expongo, ya que relato todo esto para provecho del lector. Era esta. La casa se había vendido por noventa libras. Toda la suma se había puesto en la caja; pero, por la persuasión de aquellos dos hermanos a quienes se había pedido que le hicieran reconvenciones a esta viuda, se la había inducido a tomar de vuelta cinco libras de las noventa. Por eso me dije: ¿no podría ella estar dispuesta, después de un tiempo, a tomar de vuelta las noventa libras enteras? ¿Cómo puedo, pues, sentirme tranquilo aceptando este dinero? Por esta razón insistí particularmente en este punto, y le dije que temía que, al cabo de un tiempo, llegara a lamentar del todo lo que había hecho, ya que había tomado de vuelta aquellas cinco libras. Entonces supe en qué circunstancias se la había inducido a tomar de vuelta esas cinco libras.

Los dos hermanos que la habían visitado con el fin de hacerle ver la conveniencia de recibir de vuelta las noventa libras, o parte de ellas, le dijeron que Bernabé vendió su heredad, pero que después vivió con otros de lo que él y otros habían puesto en el fondo común, y que, por tanto, ella podía recibir de vuelta al menos parte de las noventa libras, si no quería tomarlas todas. Entonces ella se dijo que, «como hija de Dios, podía tomar la porción de los hijos», y que, ya que había dado a Dios aquellas noventa libras, podía recibir de vuelta cinco. Me dijo que consideraba que los hermanos le habían mostrado por las Santas Escrituras lo que podía hacer, y que por eso había tomado aquellas cinco libras. Yo no estaba de acuerdo con el juicio de los hermanos que le habían dicho esto (pues no hay ninguna evidencia de que Bernabé fuera sostenido alguna vez del fondo común, el producto de la venta de casas y heredades, del cual se sostenía a los pobres); pero a propósito no le dije nada a la viuda, no fuera que se sintiera movida en el acto a darme también esas cinco libras. Sin embargo, ella tenía intactas aquellas cinco libras y me las mostró; y antes de irse se empeñó en que tomara una libra de ellas para beneficio de los huérfanos, cosa que no rehusé, puesto que no tenía intención de quedarme con las ochenta y cinco libras. También me dio para los huérfanos seis peniques que alguien le había dado a ella para sí misma unos días antes.

Como este asunto de haberse quedado con las cinco libras quedó explicado de manera satisfactoria en cuanto al estado de su propio corazón, le pregunté entonces qué deseaba que hiciera con el dinero, en caso de que yo considerara correcto quedármelo. Me respondió que lo dejaba en mis manos, que Dios me guiaría al respecto; pero que, si había de decir algo, lo que más le gustaría era que se usara para el sostén de hermanos que trabajan en la palabra sin ningún salario, y que exponen su vida por el nombre de Cristo. Deseaba que yo me quedara con una parte del dinero; pero me negué rotundamente, para que no se hablara mal de mí en este asunto. Luego le ofrecí pagarle los gastos del viaje, ya que había venido a verme, pero no quiso aceptarlos, pues no tenía necesidad de ellos. Para concluir, le dije que seguiría orando acerca de este asunto y que consideraría qué hacer al respecto. Después oré con esta querida y piadosa mujer, la encomendé a Dios, me despedí de ella, y no la he vuelto a ver desde entonces.

Esperé desde el 9 de agosto de 1853 hasta el 7 de marzo de 1854, cuando le escribí ofreciéndole de vuelta las ochenta y cinco libras enteras, o una parte de ellas. El 9 de marzo de 1854, justo siete meses después de haber recibido yo el dinero, justo nueve meses después de que ella lo hubiera dado efectivamente, y diez años y nueve meses después de que tomara la resolución de dar a Dios su casa y su huerto, recibí carta suya en la que me decía que seguía pensando lo mismo que había pensado durante años. Por tanto, dispuse del dinero para ayudar a aquellos hermanos misioneros en el extranjero que, según mi mejor conocimiento, más se parecían a la clase de hombres a los que ella deseaba ayudar.

Las razones por las que me he detenido tan minuciosamente en este caso son: 1. Si, como administrador de los donativos de los hijos de Dios, se me culpara por recibir de una viuda pobre casi literalmente todo lo que tenía, puede verse de qué manera lo hice. Haber rehusado también el 9 de marzo de 1854 habría sido ir más allá de lo que yo estaba autorizado a hacer. 2. Deseaba, además, dar una ilustración práctica de que solo deseo los donativos por el camino de Dios. No es solo el dinero lo que deseo, sino el dinero recibido en respuesta a la oración, conforme al orden de Dios. 3. Este caso ilustra cómo Dios me ayuda a menudo de la manera más inesperada. 4. He relatado también este ejemplo para que haya una prueba más de que, aun en estos últimos días, el amor de Cristo tiene un poder que constriñe y puede obrar poderosamente, como en los días de los apóstoles. He presenciado muchos casos como este en los veinte años que llevo ocupado en este servicio mío. Demos gracias a Dios por tales casos, y busquemos gracia más bien para imitar a tales hombres y mujeres piadosos que para pensar que van demasiado lejos. No puedo, sin embargo, dejar este tema sin encomendar a esta pobre viuda a las oraciones de todos los que aman a nuestro Señor Jesús, para que sea guardada en humildad, no sea que, teniéndose en mucho por lo que se le ha permitido hacer por la gracia de Dios, no solo pierda bendición en su propia alma, sino que este hecho se le convierta en lazo. Ora también, lector creyente, para que nunca se le permita lamentar lo que ha hecho por el Señor.

Después de dar en detalle las fuentes y la manera en que se proveyó para el sostenimiento de los huérfanos durante veinticuatro días, el señor Müller añade:—

El fin particular por el que he sido tan minucioso es mostrar que la obra es ahora, tanto como siempre, una obra que se lleva adelante enteramente en dependencia del Dios viviente, que es nuestra única esperanza, a quien solo miramos en busca de ayuda, y que nunca nos ha desamparado en la hora de necesidad. Hay, sin embargo, una cosa distinta en este año, comparado con los anteriores, y es que, aunque nuestras pruebas de fe durante este año fueron tan grandes como en años anteriores, la cantidad necesaria nunca había sido tan grande como durante este año, especialmente porque el pan, durante la mayor parte del año, estuvo casi el doble de caro que durante varios años antes.

Pero entonces se podría decir: Si has tenido esta prueba de fe con estos trescientos huérfanos, ¿por qué procuras construir otra Casa de Huérfanos para setecientos más, y tener así mil a tu cargo? ¿No tendrás pruebas de fe todavía mayores?

Mi respuesta es: 1. Dios nunca me ha fallado en todos los veinte años de este servicio mío. 2. Ahora sigo adelante con tanta facilidad con trescientos huérfanos como con treinta, el número con el que comencé. Su número es diez veces mayor que al principio; pero Dios siempre me ha ayudado. 3. Las pruebas de fe se preveían; sí, eran uno de los fines principales de la obra, para provecho de la iglesia de Cristo en general. 4. Se me dio valor para seguir adelante, dependiendo únicamente de Dios, seguro de que él me ayudaría; con todo, esperé en él en secreto durante seis meses antes de dar a conocer esta intención mía, para no dar un paso precipitado; y nunca me he arrepentido de haber seguido adelante. 5. Pero hay que añadir que la misma abundancia que el Señor me dio en el tiempo en que mi mente estaba ocupada en este asunto fue para mí una gran confirmación de que no me había equivocado en cuanto a su voluntad. Y aun durante este año, ¡qué grande ha sido su ayuda!, pues los ingresos de toda la obra han sido de doce mil setecientas ochenta y cinco libras, quince chelines y siete peniques y medio. Por tanto, estoy seguro de que el Señor, a su debido tiempo, no solo me permitirá construir otra Casa de Huérfanos, sino que también, cuando le haya placido llenarla, hallará los medios para proveer a estos niños.

Durante este año, cuatro escuelas diurnas, con 202 niños, fueron sostenidas enteramente con los fondos del Instituto. Además, una escuela dominical en Bristol, con 137 niños, fue sostenida enteramente, y otras tres en Devonshire, Somersetshire y Gloucestershire, con 300 niños, fueron ayudadas. Por último, una escuela de adultos, con 154 alumnos adultos, fue sostenida enteramente. La cantidad total que se gastó durante este año en relación con estas escuelas fue de £359, 15s. 10½d. El número de todos los niños que estuvieron a nuestro cargo solo en las escuelas sostenidas enteramente por este Instituto, desde el 5 de marzo de 1834 hasta el 26 de mayo de 1854, fue de 5,817 en las escuelas diurnas, 2,748 en las escuelas dominicales y 2,315 personas en la escuela de adultos.

Durante este año se gastaron en la circulación de las Santas Escrituras, de los fondos del Instituto, £433, 2s. 9d. Durante este año se distribuyeron 1,890 Biblias y 1,288 Nuevos Testamentos; y desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1854, 12,366 Biblias y 7,349 Testamentos.

Durante este año se gastó de los fondos del Instituto, para fines misioneros, la suma de £2,249, 10s. 8½d. Con esta suma se ayudó, en mayor o menor grado, a cincuenta y seis obreros en la palabra y la doctrina, en diversas partes del mundo.

Durante este año, al Señor le plugo bendecir de nuevo abundantemente las labores de muchos de los siervos de Cristo que recibieron ayuda de los fondos de este Instituto, y así ha sucedido tanto en países extranjeros como en el propio.

Para la circulación de tratados se invirtió, desde el 26 de mayo de 1853 hasta el 26 de mayo de 1854, la suma de £563, 5s. 0½d.; y se distribuyeron 869,636 tratados.

El número total de todos los tratados distribuidos desde el principio hasta el 26 de mayo de 1854 fue de 2,689,676.

Deseamos estar agradecidos al Señor de que en ningún período anterior se nos haya permitido distribuir más tratados y más ejemplares de las Santas Escrituras, ni ayudar en mayor grado a las labores misioneras, que durante este período; sin embargo, no queremos descansar en eso. Es la bendición del Señor sobre nuestras labores lo que necesitamos, lo que deseamos y lo que, por su gracia, también buscamos.

Si alguno de los lectores cristianos tiene la costumbre de repartir tratados y, sin embargo, nunca ha visto fruto, permíteme sugerirle las siguientes indicaciones para que las considere en oración. 1. Busca, por medio de la oración y la meditación en las Santas Escrituras, un estado de corazón tal que estés dispuesto a dejar que Dios tenga toda la honra, si se logra algún bien por medio de tu servicio. Si deseas la honra para ti, aunque sea solo en parte, obligas al Señor, por así decirlo, a ponerte todavía a un lado como un vaso que no es apto para el uso del Señor. Una de las mayores aptitudes para ser útil en el servicio del Señor es un corazón que de veras desea procurarle honra a él. 2. Haz preceder todas tus labores de oración ferviente y diligente; acude a ellas con espíritu de oración; y síguelas con oración. No descanses en el número de tratados que has repartido. Un millón de tratados puede no ser el medio de convertir una sola alma; y sin embargo, ¡qué grande, más allá de todo cálculo, puede ser la bendición que resulte de un solo tratado! Así sucede también con la circulación de las Santas Escrituras y con el ministerio mismo de la palabra. Espéralo, pues, todo de la bendición del Señor, y nada en absoluto de tus propios esfuerzos. 3. Y sin embargo, al mismo tiempo, trabaja, entra con empeño por toda puerta abierta, insta a tiempo y fuera de tiempo, como si todo dependiera de tus labores. Este, como ya se ha dicho, es uno de los grandes secretos de un servicio fructífero para el Señor: trabajar como si todo dependiera de nuestra diligencia, y sin embargo no descansar en lo más mínimo en nuestros esfuerzos, sino en la bendición del Señor. 4. Esta bendición del Señor, sin embargo, no solo debe buscarse en oración, sino que también debe ser esperada, aguardada, aguardada continuamente; y el resultado será que ciertamente la tendremos. 5. Pero supongamos que, para prueba de nuestra fe, esta bendición se ocultara por mucho tiempo a nuestra vista; o supongamos incluso que tuviéramos que dormir antes de ver mucho bien como resultado de nuestras labores; aun así, nuestras labores, si se llevan a cabo de la manera y con el espíritu que se han expuesto, serán al final abundantemente reconocidas, y tendremos una rica cosecha en el día de Cristo.

Al comienzo de este período había 300 huérfanos en la nueva Casa de Huérfanos de Ashley Down, en Bristol. Durante el año se admitieron en ella 30 huérfanos, lo que hace 330 en total. El número total de huérfanos que estuvieron a nuestro cargo desde abril de 1836 hasta el 26 de mayo de 1854 fue de 558.

Los gastos de este año para el sostenimiento de los huérfanos fueron de £3,897, 2s. 0½d.

Sin que yo haya pedido nada personalmente a nadie, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1854 se me dio para los huérfanos la suma de £64,591, 6s. 11¼d., como resultado de la oración a Dios. Quizá le interese también al lector saber que la cantidad total que se dio para los demás objetivos, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1854, ascendió a £22,268, 2s. 11¼d.; y que lo que entró por la venta de Biblias y tratados, y por los pagos de los niños en las escuelas diurnas, desde el comienzo hasta el 26 de mayo de 1854, ascendió a £3,989, 4s. 5¾d.

Nuestras labores entre los huérfanos siguieron siendo bendecidas. Durante este año vimos también de nuevo fruto de nuestras labores en cuanto a huérfanos que antes habían estado a nuestro cargo.

En julio de 1853 le plugo al Señor probar mi fe de una manera en que nunca antes había sido probada. Mi amada hija, hija única y creyente desde comienzos del año 1846, cayó enferma el 20 de junio. Esta enfermedad, al principio una fiebre lenta, se convirtió en tifus. El 3 de julio parecía no haber esperanza de que se recuperara. Entonces vino la prueba de fe. Pero la fe triunfó. A mi amada esposa y a mí se nos concedió entregarla en las manos del Señor. Él nos sostuvo a ambos en gran manera. Pero solo hablaré de mí mismo. Aunque mi única y amada hija estuvo al borde de la tumba, mi alma estaba en perfecta paz, satisfecha con la voluntad de mi Padre celestial, segura de que él solo haría por ella y por sus padres lo que al final fuera lo mejor. Siguió muy enferma hasta alrededor del 20 de julio, cuando comenzó a restablecerse. El 18 de agosto se había restablecido lo bastante para poder trasladarla a Clevedon, a cambiar de aires, aunque estaba sumamente débil. Para entonces hacía cincuenta y nueve días que había caído enferma.

Mientras pasaba por esta aflicción, esta gran aflicción, además de estar en paz en cuanto a la disposición del Señor, me sentía también en perfecta paz respecto a la causa de la aflicción. Cuando en agosto de 1831 la mano del Señor cayó pesadamente sobre mí en mi familia, como se relata en la primera parte de este Relato, no tuve la menor duda de que era la vara del Padre, aplicada con infinita sabiduría y amor para restaurar mi alma de un estado de tibieza. Esta vez, sin embargo, no tuve tal sentimiento. Aunque era consciente de mis múltiples debilidades, faltas y deficiencias, de modo que yo también estaría dispuesto a decir con el apóstol Pablo: «¡Miserable hombre de mí!», con todo estaba seguro de que esta aflicción no venía sobre mí como vara paternal, sino para prueba de mi fe. Sin duda hay personas que suelen pensar de mí que todas mis pruebas de fe tienen que ver con asuntos de dinero, aunque muy a menudo he dicho lo contrario; ahora, en cambio, el Señor quería probar mi fe respecto a uno de mis más queridos tesoros terrenales; sí, después de mi amada esposa, la más querida de todas mis posesiones terrenales. Los padres saben lo que es una hija única, una hija amada, y lo que para unos padres creyentes ha de ser una hija única que es creyente. Pues bien, el Padre que está en los cielos me dijo, por así decirlo, mediante esta disposición suya: ¿Estás dispuesto a entregarme esta hija? Mi corazón respondió: Como bien te parezca, Padre celestial mío. Hágase tu voluntad. Pero así como nuestros corazones fueron hechos dispuestos a devolver nuestra amada hija a aquel que nos la había dado, así él estuvo dispuesto a dejárnosla, y ella vivió. «Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá los deseos de tu corazón». Salmo 37:4. Los deseos de mi corazón eran conservar a mi amada hija, si era la voluntad de Dios; el medio para que se me devolviera era estar satisfecho con la voluntad del Señor.

De todas las pruebas de fe por las que hasta ahora he tenido que pasar, esta fue la mayor; y, por la abundante misericordia de Dios, lo reconozco para su alabanza, se me concedió deleitarme en la voluntad de Dios; porque estaba perfectamente seguro de que, si el Señor se llevaba a esta amada hija, sería lo mejor para sus padres, lo mejor para ella misma, y más para la gloria de Dios que si viviera: con esta parte mejor estaba satisfecho; y así mi corazón tenía paz, perfecta paz, y no tuve ni un momento de ansiedad. Así sería en todas las circunstancias, por dolorosas que fuesen, si el creyente ejercitara la fe.

31 de diciembre de 1853. Durante este año al Señor le plugo darme £638, 11s. 8½d.


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