Capítulo 20 · 40 min de lectura · 52 min de escucha
Segar generosamente
1845-1846.
UNA PETICIÓN INESPERADA—DELIBERACIÓN—UNA GRAN EMPRESA—CONFIANZA EN LOS RECURSOS DEL DIOS VIVO—UNA RESPUESTA ESPERADA Y RECIBIDA—ORACIÓN PIDIENDO FE Y PACIENCIA—NUEVAS PRUEBAS DEL FAVOR DIVINO—LA DICHA DE PENSAR GENEROSIDADES.
Comencé el servicio de cuidar a niños que han perdido por la muerte a ambos padres, nacidos de legítimo matrimonio y que se hallan en la indigencia, el 9 de diciembre de 1835. Durante casi diez años nunca había tenido deseo alguno de construir una Casa de Huérfanos. Al contrario, prefería decididamente gastar los medios que llegaran en las necesidades del momento, y deseaba más bien ampliar la obra conforme a los medios que el Señor tuviera a bien darme. Así fue hasta finales de octubre de 1845, cuando fui llevado a considerar este asunto de un modo como nunca antes lo había hecho. La ocasión fue esta: el 30 de octubre de 1845 recibí de un caballero que vivía en la calle donde estaban las cuatro Casas de Huérfanos una carta cortés y amistosa, en la que me exponía con amabilidad que los habitantes de las casas contiguas sufrían diversas molestias por estar las Casas de Huérfanos en Wilson Street. Dejaba a mi propio juicio la decisión del caso.
Recibí esta carta el jueves 30 de octubre de 1845 por la mañana. Como estaba muy ocupado esa semana, apenas tuve tiempo para considerar el asunto. Sin embargo, el lunes 3 de noviembre por la mañana aparté algunas horas para considerar el tema con oración, y después de haber suplicado al Señor que me guiara a una decisión acertada, puse por escrito las razones que me parecía que hacían deseable que las Casas de Huérfanos fueran trasladadas de Wilson Street, y también las razones en contra del traslado. En la medida en que son apropiadas para darse a la imprenta, fueron estas:
I. RAZONES PARA SALIR DE WILSON STREET.
1. Los vecinos se sienten molestos por el ruido de los niños en las horas de recreo. Esta queja no carece de fundamento ni es injusta; porque a muchas personas les molesta mucho el ruido de los niños, y quienes viven muy cerca de las Casas de Huérfanos por fuerza han de sentirse así durante las horas de recreo, aunque el ruido sea solo de tal clase que no se podría reprochar en absoluto por ello a los queridos niños. A mí mismo me resultaría penoso para la cabeza vivir, por esa razón, en la casa de al lado de las Casas de Huérfanos. Por tanto, debo hacer con los demás lo que quisiera que hicieran conmigo. Este punto nunca antes se me había presentado bajo una luz tan seria.
2. El gran número de residentes de las casas había impedido varias veces que los desagües funcionaran como es debido, y así ha afectado unas cuantas veces al agua de una o dos de las casas de los vecinos. En cuanto a estas dos razones, por lo que toca a quienes viven cerca de las Casas de Huérfanos, estas palabras: «No sea, pues, vituperado vuestro bien», Romanos 14:16, y «Vuestra gentileza (es decir, disposición a ceder) sea conocida de todos los hombres», Filipenses 4:5, me parecieron dos porciones importantes de la palabra de Dios que debían ponerse por obra en este asunto.
Pero además de las razones para trasladar las Casas de Huérfanos de Wilson Street a causa de las molestias inevitables que de vez en cuando sufren los vecinos, se me presentaron ahora, una vez que fui llevado a considerar seriamente las razones para trasladar la institución de Wilson Street, otras razones para hacerlo, relacionadas con la obra misma, que ya se me habían ocurrido antes, pero nunca bajo una luz tan fuerte como ahora, cuando el asunto me fue puesto delante de manera más inmediata por la carta en que se me pedía cortésmente que trasladara las Casas de Huérfanos de Wilson Street. Estas razones son:
1. No tenemos patios de recreo adecuados en Wilson Street. Hay un patio de recreo, pero solo es lo bastante grande para los niños de una casa a la vez; y como hay niños en cuatro casas que deberían aprovecharlo, no podemos organizarnos para que todos los niños disfruten plenamente de ese patio, porque lo impiden las comidas, las horas de clase, el tiempo y otros obstáculos. Sé que los queridos huérfanos deben ser formados en hábitos de laboriosidad, pero los niños son niños y necesitan ser tratados como tales; y, por su salud, deberían disfrutar plenamente de un patio de recreo. Pero eso no lo pueden tener en Wilson Street; y llevarlos a los campos para que hagan ejercicio físico, como hemos tenido por costumbre, a menudo resulta muy incómodo.
2. No tenemos terreno para cultivar cerca de las Casas de Huérfanos, y por eso los niños tienen que salir a pasear más de lo que en otros aspectos les conviene, a fin de usar los medios adecuados para mantenerlos sanos, con la bendición de Dios; porque los paseos frecuentes engendran fácilmente en los niños hábitos de ociosidad, lo cual se notaría especialmente cuando los muchachos entraran de aprendices. Pero esta dificultad no puede evitarse quedándonos en Wilson Street y alquilando una parcela de tierra en otro lugar para cultivarla; porque preparar a los niños y llevarlos hasta la parcela no solo toma bastante tiempo, sino que va unido a otros grandes inconvenientes, sí, a dificultades insuperables, de modo que nos vimos en la necesidad de renunciar a una pequeña parcela que una vez alquilamos durante unos dos años para los huérfanos varones, a una distancia de cerca de media milla de Wilson Street. Así, saliendo de Wilson Street y obteniendo un local rodeado de tierra para cultivar, podríamos procurar a los niños un beneficio moral importantísimo, al tener la oportunidad, más plenamente que ahora, de formarlos en hábitos de laboriosidad, además de dar a los muchachos una ocupación más adecuada para ellos que hacer punto, que es ahora el único trabajo que tienen, aparte de hacer sus camas, limpiar la casa y ayudar a preparar sus comidas. Además, sería una ocupación al aire libre, que no solo ejercitaría sus miembros, sino que haría casi del todo innecesario salir a pasear por motivos de salud.
3. Si saliéramos de Wilson Street y obtuviéramos un local en el campo, podríamos hacer toda la colada en casa, lo cual ahora, por falta de espacio, solo puede hacerse en parte. Así también las niñas tendrían trabajo más esforzado en casa, cosa de gran importancia para ellas, de modo que no sentirían tanto las durezas que conlleva entrar a servir.
4. La situación de Wilson Street quizá no es lo bastante tonificante para fortalecer la constitución de los huérfanos, la mayoría de los cuales, por ser hijos de padres muy enfermos, necesitan un lugar de residencia muy vigorizante.
5. La situación actual ciertamente no es conveniente para los maestros, sobre todo porque, cuando terminan sus horas de trabajo, no tienen junto a la casa un jardín o unos campos adonde salir enseguida para recrear un poco el cuerpo; y para algunos de ellos está demasiado lejos ir a los campos, donde podrían respirar un aire tonificante.
6. En tiempos de enfermedad estamos demasiado apretados en las casas de Wilson Street. Si hubiera menos de treinta niños en cada casa, el gasto medio por niño sería demasiado grande, pues conviene, tal como están organizadas ahora las cosas, que no haya menos de tres obreros en cada casa; y, sin embargo, si hay treinta niños en cada casa, estamos demasiado llenos en tiempo de enfermedad, ya que no tenemos ni una sola habitación libre en ninguna de las casas. Ahora bien, aunque durante todos estos años el Señor nos ha ayudado con suma misericordia a pasar tales temporadas, no ha sido sin inconvenientes, ni quizá tampoco sin tener en tales ocasiones más niños en una habitación de lo que es conveniente para la salud.
7. Aun en tiempos ordinarios, cuando no hay enfermedad, sería conveniente tener más espacio.
No hay en Bristol, ni en sus alrededores inmediatos, ningún local donde podamos tener estas ventajas; porque he estado buscando en todas direcciones con este fin durante los últimos diez años. Pero suponiendo que pudiera conseguirse una casa grande en una parte de la ciudad, y una segunda a una milla de distancia, y una tercera y una cuarta en otras direcciones, tales casas, por nuestra posición particular en la obra, no servirían. Porque en tiempos de necesidad la distancia entre las distintas casas haría muy incómodo que los obreros se reunieran para orar, para repartir los medios que pudiera haber en mano, etc. Además, cuando en tiempos de otras dificultades particulares relacionadas con la obra quisiera reunirme con todos mis colaboradores, surgiría una gran dificultad por estar repartidos en diferentes partes de la ciudad. También resultaría así muy incómodo para las personas que desean ver la obra ir de un lugar a otro para conocer todas las Casas de Huérfanos. Pero eso no es todo. Cuanto más he considerado el asunto, más convencido estoy ahora de que ninguna casa grande ordinaria, construida para familias particulares, y por tanto pensada solo para alojar a diez o quince personas como mucho durante un tiempo prolongado, sirve para instituciones benéficas de un tamaño considerable, porque ninguna casa ordinaria, salvo que se construya expresamente, ofrece las ventajas adecuadas de ventilación, un punto tan necesario para la salud de los residentes de una institución benéfica. Me pareció, pues, que no quedaba otra cosa que construir un local con ese fin.
II. RAZONES PARA PERMANECER EN WILSON STREET.
1. Dios hasta ahora ha señalado el lugar con toda claridad. Al comienzo de la obra, en 1835, no se podía conseguir otra casa que el n.º 6 de Wilson Street. Después, cuando en 1836 estaba a punto de abrirse la Casa de Huérfanos para Párvulos, de nuevo busqué en todas direcciones y vi muchas casas, pero no hallé ninguna adecuada, hasta que de repente, del modo más inesperado, los ocupantes del n.º 1 de Wilson Street desearon dejar esa casa de inmediato, y así pude alquilarla. Cuando en 1837 estaba a punto de abrir la Casa de Huérfanos para Varones, volví a buscar casa en todas direcciones; porque no sabía entonces lo que después he aprendido por experiencia: que era muy importante que todas las casas estuvieran juntas. Después de buscar largo tiempo en vano, hallé por fin una casa muy grande, no lejos de Wilson Street, que alquilé; pero cuando los ocupantes de las casas del vecindario oyeron que esa casa se había arrendado para una institución benéfica, amenazaron al dueño con un pleito, lo que le llevó a pedirme que renunciara al contrato, cosa que, naturalmente, hice de inmediato. Por fin, del modo más inesperado, después de haber buscado en vano en todas direcciones, los ocupantes del n.º 3 de Wilson Street me lo ofrecieron, y lo alquilé para los huérfanos varones. Por último, en el año 1843, cuando fui llevado a ver que era voluntad de Dios avanzar en esta obra y establecer la Casa de Huérfanos para Niñas n.º 2, para niñas mayores, un rasgo particular del asunto fue que se me había ofrecido la casa n.º 4 de Wilson Street sin haberla buscado, cuando durante unos seis años no había habido en esa calle ni una sola casa grande para alquilar.
[Pero aunque hasta ahora Dios ha señalado Wilson Street como el lugar donde debía llevarse a cabo esta obra, ¿no podría haber llegado ahora el momento de trasladarse?]
2. Quizá podríamos alquilar también los números 2, 5 y 7 de Wilson Street, y usar dos de esas tres casas como Casas de Huérfanos y una de ellas como enfermería en caso de enfermedad.
[Pero entonces, me dije, ¿no seguiría en pie la objeción que podrían poner los vecinos del lado opuesto de la calle por el ruido de los niños en sus horas de recreo, etc.? Además, los desagües serían todavía menos adecuados, pues no estaban construidos para tantos residentes; y modificarlos supondría un gasto considerable. El patio de recreo sería aún más insuficiente si se añadieran dos casas nuevas. Por último, no había razón para pensar que pudiéramos alquilar los números 2, 5 y 7.]
3. Contra construir hay estas tres grandes objeciones: la considerable suma que se requiere, y que podría gastarse en las necesidades presentes de los huérfanos; el carácter de peregrino del cristiano parece perderse al construir; y el tiempo que necesariamente tomará hacer los preparativos para ello.
[¿No valen todas estas objeciones, me dije, solo si yo me pusiera a construir sin necesidad? Si pudiera alquilar un local que fuera realmente adecuado en todo sentido para la obra, y yo prefiriera construir, entonces esas objeciones serían aplicables al caso; pero cuando uno se ve obligado a ello, no es más que levantar un gran edificio porque haya quizá ochocientos hijos de Dios en comunión que hasta ahora han alquilado un lugar de reunión, pero que por ciertas razones se ven obligados a dejarlo y no pueden alquilar otro. A estos no se les podría acusar de gastar dinero innecesariamente en construir en vez de alquilar; ni podría decirse con justicia que por ese motivo han abandonado el carácter de peregrinos; ni sería tiempo perdido que algunas personas se ocuparan de los preparativos para construir ese lugar de reunión. Por tanto, estas tres objeciones recién mencionadas, que habían pesado durante diez años con fuerza en mi propia mente, quedaron eliminadas una vez que vi claramente que no quedaba otra cosa que construir.]
Después de haber pasado unas horas en oración y reflexión sobre el tema, comencé ya a ver que el Señor me llevaría a construir, y que sus propósitos no eran solo el bien de los huérfanos y el mejor orden de toda la obra, sino también dar un testimonio aún mayor de que él podía y quería proveer sumas grandes para quienes las necesitan y confían en él para obtenerlas; y además, que él ampliaría la obra, de modo que, si llegaba a construir una casa, esta fuera lo bastante grande para alojar a trescientos huérfanos, con sus maestros y los demás supervisores y sirvientes necesarios para la obra. Respecto a este último punto, creo importante señalar que en ningún periodo había sido mayor el número de solicitudes de admisión de huérfanos que justo antes de que fuera llevado a pensar en construir, de modo que me resultaba muy doloroso no poder atender los deseos de todas las numerosas personas que solicitaban la admisión de huérfanos. Había muchos esperando ser admitidos, sobre todo huérfanos varones.
En la tarde del 3 de noviembre de 1845 presenté el asunto a mis colaboradores en la iglesia (ocho en número), para conocer su parecer sobre si no debía dejar Wilson Street y construir. Todos opinaron que debía dejar Wilson Street, y ninguno vio razones en contra de construir.
El 4 de noviembre, mi querida esposa y yo comenzamos a reunirnos para orar sobre este asunto, y nos propusimos hacerlo mañana tras mañana. Pedimos a Dios luz más clara sobre los puntos particulares relacionados con el tema; y, estando seguro de que era su voluntad que yo construyera, comencé a pedir al Señor los medios.
El 7 de noviembre, después de haber considerado el asunto más a fondo, juzgué que un local lo bastante grande para ofrecer todo el alojamiento necesario a trescientos niños (desde sus primeros días hasta los quince o dieciséis años de edad), junto con una parcela de terreno suficientemente grande en las cercanías de Bristol, para edificar en ella el local y destinar el resto al cultivo con la pala, costaría por lo menos diez mil libras. Esto no me desanimó, sino que confié en el Dios vivo.
Seguimos reuniéndonos para orar mañana tras mañana durante quince días, pero no llegó ni un solo donativo; aun así, mi corazón no se desanimó. Cuanto más oraba, más seguro estaba de que el Señor daría los medios. Sí, estaba tan plenamente seguro de que el Señor lo haría como si ya hubiera visto el nuevo local realmente delante de mí. Esta seguridad no nacía de algún sentimiento vago y exaltado, de la mera excitación del momento, sino: 1. De las razones ya expuestas, y sobre todo del mandamiento contenido en Filipenses 4:5. Porque veía que no obraría conforme al sentir de nuestro Señor Jesús si no trasladaba a los huérfanos de Wilson Street tan pronto como pudiera, puesto que se me había dicho, en la carta antes mencionada, que el hecho de que vivieran allí era una molestia para algunos de los habitantes de esa calle. 2. Esta seguridad de que construiría una Casa de Huérfanos nacía además de todo el modo en que el Señor había tenido a bien guiarme en relación con el Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero desde su comienzo el 5 de marzo de 1834, es decir, él me ha ido llevando adelante como por una mano invisible, y ampliando la obra cada vez más desde su principio, y, por lo general, sin que yo lo buscara, y poniendo las cosas tan claramente delante de mí que no podía dejar de ver que debía avanzar. 3. Por último, y principalmente, esta seguridad mía de que edificaría para el Señor esta casa de misericordia nacía también, en particular, de que, habiendo examinado estrictamente mi corazón en cuanto a los motivos para hacerlo, hallé que, delante de Dios, podía decir que mis únicos motivos eran su honra y su gloria, y el bien de la iglesia de Cristo en general, el verdadero bienestar temporal y espiritual de huérfanos desamparados, y el bien de todos los que pudieran cuidar de ellos en el edificio que se iba a levantar. Y al ver que, después de orar una y otra vez sobre el asunto, seguía en perfecta paz, juzgué con seguridad que era voluntad de Dios que avanzara.
El 15 de noviembre llegó el hermano R. C. para trabajar por un tiempo en Bristol. Le comuniqué mi situación respecto a tener que trasladar a los huérfanos de Wilson Street, y también recibí su parecer de que era de Dios que yo construyera. El parecer de este querido hermano me animó mucho. Su visita me fue de gran ayuda en este particular, sobre todo porque me movió aún más a presentar delante de Dios todo lo relacionado con este asunto. También me puso en el corazón buscar la dirección de Dios en cuanto al plano del edificio. Me dijo: «Tienes que pedir ayuda a Dios para que te muestre el plano, de modo que todo sea conforme a la voluntad de Dios».
Hasta el 9 de diciembre habían pasado treinta y cinco días, durante los cuales yo esperaba en Dios día tras día los medios para esta obra, y no se me había dado ni un solo penique. Sin embargo, esto no me desanimó en lo más mínimo, sino que mi seguridad de que Dios, a su tiempo y a su manera, daría los medios aumentaba cada vez más. La porción que me tocó en el curso de mi meditación del Nuevo Testamento fue el comienzo de la epístola de Santiago. Más que en ningún otro periodo de mi vida me impresionaron estos versículos: «Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando caigáis en diversas tentaciones (es decir, pruebas), sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra perfecta, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna». Santiago 1:2-4. Fue especialmente el último versículo, «Mas tenga la paciencia su obra perfecta», etc., el que hallé de suma importancia en relación con la construcción de la Casa de Huérfanos. Llevó a mi alma a orar día tras día, pidiendo al Señor que aumentara mi fe y sostuviera mi paciencia. Tenía estos versículos tan grabados en el corazón que no podía dejar de pensar que Dios quería bendecirme de modo particular por medio de ellos, en lo referente a la obra que tenía por delante, y que yo necesitaría especialmente paciencia además de fe.
El trigésimo sexto día después de haber comenzado a orar, el 10 de diciembre de 1845, recibí mil libras para la construcción de la Casa de Huérfanos. Este es el donativo más grande que había recibido hasta entonces para el Instituto de Conocimiento Bíblico; pero cuando lo recibí estaba tan tranquilo, tan sereno, como si solo hubiera recibido un chelín. Porque mi corazón estaba a la espera de respuestas. Día tras día esperaba recibir respuestas a mis oraciones. Por eso, como tenía fe respecto al asunto, este donativo no me sorprendió en lo más mínimo. Sí, si se me hubieran dado cinco mil libras o diez mil libras en lugar de mil libras, no me habría sorprendido.
13 de diciembre. El trigésimo noveno día, mi cuñada, que había estado ausente algunas semanas en Londres y había regresado ya a Bristol, me contó que había conocido en Londres a un caballero que, habiendo leído muy recientemente con profundo interés el Relato de los tratos del Señor conmigo, deseaba conocer todos los detalles que pudiera sobre la obra que tengo en mis manos. Al decirle mi cuñada que yo me proponía construir una Casa de Huérfanos, él, que es arquitecto, se ofreció a hacer el plano y a dirigir la construcción gratuitamente. Sin que se lo pidieran, le insistió en este asunto con un interés profundo y vivo. Oigo también que es cristiano. El hecho de que este ofrecimiento llegue sin haberlo pedido, y de un arquitecto cristiano, muestra de modo especial la mano de Dios. Esta es la segunda prueba de que Dios me ayudará en este asunto.
23 de diciembre. Hoy es el quincuagésimo día desde que llegué a la conclusión de construir, y el cuadragésimo noveno desde que esperamos diariamente en Dios su ayuda. No ha llegado nada más desde el 10 de diciembre, ni siquiera un penique. Esta mañana me ha animado de modo particular la consideración de que el Señor me ha enviado las mil libras, y la promesa de ese piadoso arquitecto, a quien nunca he visto y cuyo nombre aún desconozco, no para burlarse de mí, sino como arras de que dará todo lo que se necesite.
Parece conveniente que tengamos una parcela grande de terreno, de al menos seis o siete acres. Esta parcela debe estar en las cercanías de Bristol: 1. Para que la Casa de Huérfanos me sea accesible, ya que por ahora mi lugar está fijado por mi otra obra en Bristol. 2. Para que los obreros de la institución y los huérfanos puedan asistir a nuestras reuniones, al menos en el día del Señor. Porque si se celebraran reuniones expresamente en la Casa de Huérfanos, o los obreros o los niños no se beneficiarían de ellas en la medida que es de desear. 3. Para que los habitantes de Bristol tengan el beneficio de ver con sus propios ojos esta obra de Dios, que tan manifiestamente es suya y no mía. 4. Para que los forasteros que pasan por Bristol tengan fácil acceso a ella, por la misma razón. Pero una parcela así cerca de Bristol, donde precisamente ahora hay un deseo tan desmedido de construir con fines especulativos, costaría, según toda probabilidad humana, entre dos y tres mil libras. Luego el edificio mismo, por sencillo que fuera, no costaría menos de seis a ocho mil libras, siendo para trescientos huérfanos, además de todos sus supervisores, maestros y ayudantes. A esto se añade que acondicionar y amueblar la casa para todos estos residentes, entre trescientos y cuatrocientos, no costaría menos de mil quinientas libras más. Es en verdad una gran suma de dinero la que necesito; pero mi esperanza está en Dios. Yo no he buscado esto. No ha comenzado conmigo. Dios, del todo inesperadamente, me ha llevado a ello por medio de la carta antes mencionada. Tan solo el día antes de recibir la carta, no había pensado en construir un local para alojar a los huérfanos más de lo que había pensado durante los diez años anteriores. Mi oración especial es que Dios me siga dando fe y paciencia. Si le place ayudarme a seguir esperando en él con fe y paciencia, la ayuda vendrá sin duda.
24 de diciembre. Ningún otro donativo todavía. Pero mi esperanza en Dios no se ha movido. Con toda seguridad él ayudará. A propósito no he publicado ninguna circular sobre este asunto, para que la mano de Dios se manifieste tanto más. A algunas personas que viven en Bristol o fuera de ella les he hablado de mi intención de construir, cuando la conversación llevó a ello. Por este medio, si al Señor le place, él puede darlo a conocer a otros, y enviar así recursos para el fondo de construcción. O puede enviar tal abundancia de recursos para la obra que ya existe, que de esa abundancia quede un rico sobrante para el fondo de construcción. Pero de cualquier manera que Dios ayude, deseo ver su mano manifestada del modo más claro. Sin duda habrá muchas pruebas relacionadas con esta ampliación del campo de trabajo (porque si con los ciento treinta huérfanos ha habido tanta prueba de fe, ¿qué cabe esperar cuando el número sea de trescientos?); y por eso deseo ver, tan claro como la luz del día, que es Dios mismo quien me guía hacia adelante.
29 de diciembre. Este es el día quincuagésimo sexto desde que llegué a la conclusión de construir, y el quincuagésimo quinto desde que espero en Dios día tras día acerca de ello. Solo había llegado aquel único donativo hasta esta tarde, cuando recibí cincuenta libras. Este donativo me es sumamente precioso, no solo porque estoy seguro de que se ha dado con la mayor alegría, ni siquiera por su cuantía, sino porque es otra preciosa prueba de que Dios llevará a cabo el asunto; de lo contrario no me daría estas arras. Todo mi quehacer, por tanto, es seguir esperando en Dios con fe y paciencia. Mi seguridad ha ido creciendo más y más de que Dios edificará para sí una gran Casa de Huérfanos en esta ciudad, para mostrar a sus habitantes, y a todos los que lean y oigan de ello, qué cosa tan bienaventurada es confiar en él. Últimamente he visto, por la gracia de Dios, cada vez más lo completamente indigno que soy de ser usado por Dios en este servicio glorioso y honroso, y solo puedo decir: «Señor, aquí está tu siervo, si te place usar a uno como yo».
30 de diciembre de 1845. Esta mañana, en el curso de mi lectura, llegué al comienzo del libro de Esdras. Me sentí particularmente reanimado por los dos puntos siguientes que contiene el primer capítulo, al aplicarlos a la construcción de la Casa de Huérfanos: 1. Ciro, un rey idólatra, fue usado por Dios para proveer los recursos para edificar el templo de Jerusalén: ¡qué fácil, pues, le es a Dios proveer diez mil libras para la Casa de Huérfanos, o aun veinte o treinta mil libras, si hicieran falta! 2. Dios despertó al pueblo para que ayudara a los que subían a Jerusalén. Así, es cosa pequeña para él poner en el corazón de sus hijos que me ayuden en mi deseo de edificar esta casa de misericordia para su nombre. Esta meditación la tuve antes del desayuno. Después de la oración familiar de la mañana, tuve de nuevo mi acostumbrado tiempo de oración acerca de la construcción, y esta vez fue unido particularmente a acción de gracias por las cincuenta libras recibidas anoche, y a súplicas de bendición para el donante. Estaba ahora a la espera de más, como lo estoy día tras día, cuando esta tarde recibí de una persona de Clevedon dos chelines y seis peniques, de su nieto seis peniques, y de la hermana en el Señor que trajo el dinero el cambio que no quiso que se le devolviera, otros seis peniques. Estos donativos, aunque pequeños, me son con todo muy preciosos, pues los tomo como nuevas pruebas de la mano de Dios de que con toda seguridad él hará que esto se cumpla. Esta noche recibí mil libras para el fondo de construcción. Cuando recibí este donativo estaba tan tranquilo, sí, tan perfectamente tranquilo, como si hubiera recibido un solo penique, porque, por la gracia de Dios, tengo fe en él, y por eso espero respuestas a mis oraciones, y estoy seguro de que Dios dará hasta el último chelín que se necesite.
2 de enero de 1846. Esta tarde recibí de Bideford once chelines para el fondo de construcción.
3 de enero. Uno de los huérfanos dio seis peniques.
6 de enero. Recibí una bolsita hecha de semillas exóticas y una flor de concha, para venderlas en favor del fondo de construcción. La hermana que envió estos objetos me escribió que, en el momento en que supo de mi intención de construir una Casa de Huérfanos, le vino a la mente este texto: «¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura». Zacarías 4:7. También uno de los huérfanos envió cuatro peniques.
Habiendo pedido al Señor que fuera delante de mí, salí hoy a buscar un terreno. Varias veces me habían mencionado como lugar adecuado el arsenal que se va a vender. Yo no lo creía así, pero pensé que al menos debía verlo. Después de verlo y de confirmarme en mi juicio de que no era adecuado, pregunté al Señor si debía dirigirme hacia la ciudad o hacia Stapleton. Me sentí guiado a ir hacia la ciudad, y en seguida vi unos campos cerca del arsenal. Después de averiguar a quién pertenecían, he sido guiado a escribir esta noche a su dueño, preguntándole si está dispuesto a venderlos, etc. Ahora espero tranquilamente la voluntad del Señor. Si ha llegado su tiempo de responder a nuestras peticiones en cuanto a un terreno adecuado, me alegraré; si aún no ha llegado, deseo que «tenga la paciencia su obra perfecta, siendo perfecta y cabal, sin faltar en cosa alguna».
8 de enero. Esta tarde recibí respuesta a mi carta. El dueño de esos campos escribe que, si los vendiera, sería solo como terreno edificable, y por tanto resultarán demasiado caros.
9 de enero. Fui esta mañana una vez más a ver esos campos, que parecen muy adecuados. Me encontré allí con el señor L., agente de tierras, quien me dijo que costarían cerca de mil libras por acre, y que por tanto eran demasiado caros. Pedí al señor L. que me avisara si oía de algún terreno adecuado en venta.
31 de enero. Hace ya ochenta y nueve días que espero diariamente en Dios acerca de la construcción de una Casa de Huérfanos. Me parece que está cerca el tiempo en que el Señor nos dará un terreno, y así se lo dije esta noche a los hermanos y hermanas, después de nuestra acostumbrada reunión de oración del sábado por la noche en la Casa de Huérfanos.
1 de febrero. Una viuda pobre envió hoy diez chelines.
2 de febrero. Hoy supe de un terreno adecuado y barato en Ashley Down.
3 de febrero. Vi el terreno. Es el más deseable de todos los que he visto. En una alcancía para los huérfanos que hay en mi casa se echó anónimamente un soberano, envuelto en un papel en el que estaba escrito: «La nueva Casa de Huérfanos».
4 de febrero. Esta tarde fui a ver al dueño del terreno de Ashley Down, del que había sabido el día 2, pero no estaba en casa. Sin embargo, como me habían informado de que lo encontraría en su lugar de negocios, fui allí, pero tampoco lo hallé, pues se había ido poco antes. Podría haber vuelto a su domicilio más tarde, ya que uno de los criados me había dicho que con seguridad estaría en casa hacia las ocho; pero no lo hice, juzgando que estaba la mano de Dios en que no lo encontrara en ninguno de los dos lugares; y por eso juzgué mejor no forzar el asunto, sino que «tenga la paciencia su obra perfecta».
5 de febrero. Vi esta mañana al dueño del terreno. Me dijo que se despertó a las tres de la madrugada y no pudo volver a dormirse hasta las cinco. Mientras estaba así despierto, su mente estuvo todo el tiempo ocupada en el terreno sobre el cual se le había preguntado, a petición mía, para la construcción de una Casa de Huérfanos; y resolvió para sí que, si yo se lo pedía, no solo me lo dejaría, sino a ciento veinte libras por acre, en lugar de doscientas libras, el precio que antes había pedido por él. ¡Qué bueno es el Señor! El acuerdo se hizo esta mañana, y compré un campo de casi siete acres, a ciento veinte libras por acre.
¡Observa la mano de Dios en que no encontrara al dueño en casa anoche! El Señor quería hablar primero a su siervo sobre este asunto, durante una noche de insomnio, y llevarlo a decidirse por completo antes de que yo lo viera.
8 de febrero. Anteayer escribí al arquitecto, que ha ofrecido su ayuda gratuitamente.
11 de febrero. Recibí de una hermana en el Señor cinco libras. Recibí también del arquitecto la siguiente respuesta a mi carta:—
Mi querido señor:
Me causará una satisfacción mayor de lo que puedo expresar por carta echarle una mano en la labor de amor en que usted está empeñado, y consideraré un privilegio muy grande que se me permita ejercer mis capacidades de arquitecto y agrimensor en la construcción del edificio que usted se propone levantar para los huérfanos. De veras quiero decir lo que digo, y, si todo va bien, con la bendición de Dios, le proporcionaré gratuitamente planos, alzados y secciones, con la especificación de la obra, para que el costo pueda calcularse con exactitud. También le haré un presupuesto y le dirigiré las obras gratuitamente, etc.
La cantidad total que se ha dado para el fondo de construcción, hasta el 4 de junio de 1846, es de dos mil setecientas diez libras, tres chelines y cinco peniques y medio. Esto es solo una pequeña parte de lo que se necesitará; pero, por la gracia de Dios, estoy en perfecta paz, plenamente seguro de que Dios, a su debido tiempo, enviará toda la suma que se requiere. Muchos y grandes han sido ya los ejercicios de fe y de paciencia desde que comencé a darme a la oración acerca de esta obra, y aún mayores pueden ser antes de que se lleve a cabo; pero Dios, en las riquezas de su gracia, me ayudará a pasar por todos ellos. Hoy (4 de junio de 1846) hace doscientos doce días que comencé a orar acerca de esta obra, y día tras día, desde entonces, se me ha concedido seguir esperando en Dios, y estoy más seguro que nunca de que, a pesar de toda mi grandísima indignidad, Dios se dignará usarme para edificar esta casa. Si hubiera sido el entusiasmo del momento, las dificultades que ya me han sobrevenido en relación con esta obra (y que no se detallan aquí porque ocuparían demasiado espacio) me habrían abrumado; pero así como Dios mismo, según confío, me guio a esta obra, así me ha ayudado, y me ayuda, y no dudo que me ayudará hasta el fin.
Se piensa construir la casa de modo que pueda alojar a ciento cuarenta niñas huérfanas mayores de siete años, ochenta niños huérfanos mayores de siete, y ochenta huérfanos de uno y otro sexo desde su más tierna edad hasta los siete años, junto con todos los encargados y maestros, etc., que hagan falta. Los pequeños, una vez cumplidos los siete años, pasarán a los distintos departamentos de niños y niñas mayores.
Antes de dejar este período, puede ser oportuno volver sobre los siguientes puntos diversos acerca del Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero, con referencia al período que va del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846.
1. Durante todo este período, cuatro escuelas diurnas, con 278 niños, fueron sostenidas enteramente con los fondos del Instituto. Además, otras tres escuelas diurnas recibieron ayuda. El número de niños enseñados en las escuelas diurnas sostenidas enteramente con los fondos del Instituto, desde el 5 de marzo de 1834 hasta el 26 de mayo de 1846, asciende a 3,983. Durante el período del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846, se gastaron £628, 19s. 4¾d. en todas las escuelas, sostenidas enteramente o en parte con los fondos del Instituto de Conocimiento Bíblico. Además, durante este período se sostuvieron también enteramente una escuela dominical con 80 niños y una escuela de adultos a la que asistían 60 personas. El número total de alumnos adultos que recibieron instrucción, desde la formación de este Instituto hasta el 26 de mayo de 1846, es de 1,146.
2. Durante este período se distribuyeron 269 Biblias y 171 Nuevos Testamentos; y desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1846 se distribuyeron 5,079 Biblias y 3,528 Nuevos Testamentos. Del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846 se gastaron en este objeto £40, 7s. 10d. de los fondos del Instituto.
3. Del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846 se invirtió en misiones extranjeras y nacionales la suma de £595, 7s. 9d. En ningún período anterior se había gastado tanto de los fondos de este Instituto en la obra misionera, lo cual se debió a que, cuanto más me escribía con hermanos que trabajaban en la palabra y la doctrina en tierras extranjeras, más veía cuánto necesitaban ayuda; y así, habiendo sido llevado mi corazón a orar a Dios por ellos, para que tuviera a bien enviarme recursos con los que pudiera ayudarlos, a él le plugo hacerlo. Esto me llevó al propósito, según Dios me diera gracia, de acordarme aún más de ellos en el futuro, y de procurar poder ayudarlos todavía más. Lo mismo sucedió con respecto a aquellos hermanos que trabajan en Inglaterra, pero que no tienen salario ni estipendio, sino que confían en el Dios vivo para la provisión de sus necesidades diarias; yo anhelaba ayudar a tales hermanos, y no tenía ninguna duda de que Dios me capacitaría para hacerlo.
4. Del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846 se invirtió en la distribución de tratados la suma de £56, 6s. 9½d., con la que se compraron 52,003 de esas pequeñas publicaciones, que, con las 5,315 que había en existencia el 14 de julio de 1844, suman 57,318, de las cuales se distribuyeron 40,565. El número total distribuido desde el 19 de noviembre de 1840 hasta el 26 de mayo de 1846 asciende a 99,647.
5. Del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846 fueron recibidos en las cuatro Casas de Huérfanos 30 huérfanos, que, junto con los que estaban en las cuatro casas el 14 de julio de 1844, suman 151 en total.
El 26 de mayo de 1846 había 121 huérfanos en las cuatro casas. Además, todavía se sostenía con los fondos del Instituto a seis aprendices, de modo que el número total era de 127. El número de huérfanos que estuvieron a nuestro cuidado desde abril de 1836 hasta el 26 de mayo de 1846 asciende a 213.
Señalo además los siguientes puntos relacionados con las Casas de Huérfanos.
1. Sin que yo haya pedido nada personalmente a nadie, se me dio la suma de £13,275, 6s. 9¾d. como resultado de la oración a Dios, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1846. Esta suma incluye las £2,710, 3s. 5½d. que, hasta el 4 de junio de 1846, se dieron para el fondo de construcción. (Puede interesar al lector saber que la cantidad total que se dio como contribuciones voluntarias para los demás objetos, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1846, asciende a £4,833, 18s. 10¾d.; y que lo que entró por la venta de Biblias y tratados, y por los pagos de los niños de las escuelas diurnas, asciende a £2,097, 18s. 2½d.) 2. Además de esto, se dieron también para los huérfanos gran variedad y número de prendas de vestir, muebles, provisiones, etc., como se ha indicado en los Informes impresos. El gasto total para los huérfanos del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846 fue de £2,732, 14s. 1½d., y para los demás objetos, de £1,325, 7s. 7¼d.
En conclusión, no puedo dejar de mencionar, para alabanza del Señor respecto de este período, que cuatro de los niños de la escuela dominical fueron admitidos a la comunión. Asimismo, otros tres de los huérfanos fueron recibidos en la comunión de la iglesia; de modo que hasta entonces habían sido admitidos, en total, treinta y dos de los huérfanos. Menciono también con especial gozo, y como motivo de gratitud, que de los que fueron puestos de aprendices o enviados a servir, del 14 de julio de 1844 al 26 de mayo de 1846, diez eran creyentes, la mayoría de los cuales habían estado durante varios años en la comunión antes de ser enviados a servir. Pero aunque deseamos recibir estos casos como preciosos estímulos del Señor para continuar nuestro servicio, no podemos sino creer, a juzgar por las muchas oraciones que el Señor nos da por los niños y adultos que están bajo nuestro cuidado e instrucción, que lo que vemos no es más que las arras de una cosecha mucho mayor en el día de la manifestación de Cristo.
31 de diciembre de 1844. Desde que el hermano Craik y yo vinimos a Bristol, 982 creyentes han sido recibidos en la comunión. Durante este año se han recibido 73.
Al Señor le ha placido darme durante este año £267, 6s. 9d. A esto hay que añadir que, durante los dos primeros meses y seis días de este año, mis gastos y los de mi querida esposa durante nuestra estancia en Alemania fueron cubiertos, como también nuestros gastos de viaje de regreso, según se indica en otra parte de mi Relato. Además, durante todo este año una señora cristiana dio a nuestra querida hija alojamiento y enseñanza sin ninguna remuneración, un regalo que para nosotros valía no menos de cincuenta libras. Sobre este punto no puedo dejar de hacer algunas observaciones: yo había visto claramente que era la voluntad de Dios que mi hija se educara en un colegio, y no en casa. Mis razones eran estas: 1. Mi querida esposa, aunque bien capacitada para instruir a nuestra hija en cuanto a conocimientos, no podía, por estar ocupada como esposa mía en diversas cosas relacionadas con el servicio del Señor, entregarse sin interrupción a esta tarea; y hacerlo a medias lo juzgamos perjudicial para nuestra hija. 2. Yo había visto casos en que la educación en casa de un hijo único había dado muy malos resultados. 3. Juzgué que el trato con otros niños sería beneficioso para nuestra hija, siempre que ese trato estuviera bajo la debida supervisión; pues así un niño es introducido desde temprano en un pequeño mundo, y las cosas no le caen encima de golpe a una persona joven cuando por fin se ve obligada a dejar el techo paterno. 4. Pero lo que más que nada me llevó a esta decisión fue que, así como en la iglesia de Cristo el Señor ha capacitado a los miembros del cuerpo para realizar cierta obra, y no todos tienen el mismo don y servicio, del mismo modo ciertos creyentes son llamados y capacitados más que otros para instruir a los niños, y se entregan a este servicio particular; y que, por lo tanto, yo debía aprovechar la capacitación de tales personas, y el hecho de que habían dedicado todo su tiempo a este servicio particular. Estas razones nos llevaron a poner a nuestra hija en un colegio, en lugar de educarla en casa, y nunca hemos tenido motivo para lamentar el paso que dimos, sino que, al contrario, hemos tenido abundantes razones para alabar a Dios por ello. He hecho estas observaciones a propósito, pues sé muy bien que algunos creyentes tienen opiniones diferentes sobre este tema, y deseo servirles con la medida de luz y de experiencia que he recibido.
Después de que nuestra hija llevaba medio año en el colegio, pedí la cuenta, y la señora cristiana en cuyo establecimiento estaba me dijo que tenía el gusto de educarla gratuitamente. Sin embargo, como insistí en el asunto, obtuve la cuenta. Se pagó, pero la suma exacta me fue devuelta anónimamente, y desde luego comprendí en seguida que venía de la hermana cristiana en cuyo colegio estaba mi hija. Desde entonces nunca más pude obtener la cuenta, aunque mi querida hija estuvo unos seis años más en el colegio. Me refiero a este punto por esta razón especial: Dios había puesto en mi corazón el cuidado de los pobres huérfanos desamparados. A este servicio había sido llevado a entregarme; él, a cambio, como recompensa aun en esta vida, se ocupó de que mi propia hija amada recibiera una educación muy buena, sin gasto alguno para mí. Yo podía, y bien podía, pagar su educación, y estaba muy dispuesto a hacerlo; pero el Señor la dio gratuitamente, mostrando así también cuán dispuesto está a ayudarme abundantemente y a suplir mis necesidades.
Habiendo sabido que los hermanos de Alemania estaban siendo extraviados por falsos maestros, y habiendo recibido, en respuesta a la oración, quinientas libras para los gastos de su viaje allá, el señor M. salió de Bristol el 19 de julio de 1845 y, después de trabajar en la palabra y la doctrina en Alemania, regresó a Bristol el 11 de octubre de 1845.
Quizá el lector pregunte: ¿Cuál ha sido el resultado de esta labor en Alemania? Mi respuesta es: solo Dios lo sabe. El día de Cristo lo declarará. A juzgar por el constante trabajo de oración durante los ocho meses antes de ir por segunda vez, y día tras día mientras estuve en el Continente, y día tras día durante mucho tiempo después de mi regreso, tengo motivo para esperar fruto, y lo espero. Espero fruto abundante en el día de la manifestación de Cristo. Mientras tanto, mi consuelo es que se han distribuido doscientos veinte mil tratados, muchos de los cuales, por la providencia de Dios, llegaron no solo a los lugares más oscuros del continente europeo, sino que fueron también a América y a Australia. Además, cuatro mil ejemplares de mi Relato en alemán están casi todos distribuidos. Y, por otra parte, la publicación de mi Relato en alemán me llevó a hacer lo mismo en francés, lo que se llevó a cabo unos tres años más tarde. Además, estos tratados se reimprimieron en Hamburgo y en Colonia, y otros cristianos los distribuyen; y a esto se añade que el haberlos publicado en Alemania me llevó a hacerlos estereotipar en Inglaterra, y siguen distribuyéndose en muchos países.
31 de diciembre de 1845. Durante este año han sido recibidos en la comunión 53, y 1,055 desde el comienzo de nuestra llegada a Bristol.
Durante este año al Señor le ha placido darme £433, 19s. 1¾d. A esto hay que añadir que mi querida hija tuvo de nuevo durante todo este año su educación gratuita en un internado, como se indicó al final del año pasado, con lo que ahorré unas cincuenta libras. También mis gastos de viaje de ida y vuelta a Alemania, y otros gastos relacionados con mi servicio en Alemania, se pagaron de las £500 libras ya mencionadas. Sumando estas dos partidas a las £433, tuve por lo menos £500.
29 de abril de 1846. Hoy mi amada esposa y yo tuvimos el gozo inexpresablemente grande de recibir una carta de nuestra amada hija, mientras estamos en Chippenham en el servicio del Señor, en la que escribe que ha hallado ahora la paz en el Señor Jesús. Así nuestras oraciones se convierten en alabanzas. Unos dieciocho meses antes de esto comencé a orar especialmente por la conversión de mi querida hija, y parece que el Señor comenzó poco después a obrar en su corazón.
Capítulo 20 completado
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