Capítulo 19 · 59 min de lectura · 1 h 16 min de escucha
Mayordomía
1844.
TESOROS TERRENALES Y CELESTIALES—BUSCAR EL REINO DE DIOS—COMUNIÓN CON EL PADRE—EL COMERCIANTE CRISTIANO—EJEMPLOS—ERRORES.
Al concluir esta parte de mi Relato, quisiera añadir algunas indicaciones sobre unos pocos pasajes de la palabra de Dios, tanto porque con muchísima frecuencia he visto que los cristianos les prestan poca atención, como porque he comprobado su valor, en alguna medida, en mi propia experiencia; y por eso deseo que todos mis hermanos en la fe compartan conmigo la bendición.
I. En Mateo 6:19-21 está escrito: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Observa, querido lector, los siguientes puntos acerca de esta parte del testimonio divino:
1. Es el Señor Jesús, nuestro Señor y Maestro, quien dice esto como legislador de su pueblo; él, que tiene una sabiduría infinita y un amor insondable hacia nosotros, y que por tanto sabe qué es lo que de verdad conviene a nuestro bienestar y felicidad, y no puede exigirnos nada que sea incompatible con aquel amor que lo llevó a dar su vida por nosotros.
2. Su consejo, su afectuoso ruego y su mandamiento a nosotros, sus discípulos, es: «No os hagáis tesoros en la tierra». El sentido es evidente: los discípulos del Señor Jesús, siendo extranjeros y peregrinos en la tierra, es decir, sin pertenecer a la tierra ni esperar quedarse en ella, no deben procurar aumentar sus bienes terrenales, consistan estos en lo que consistan. Es una palabra tanto para los creyentes pobres como para los ricos; se refiere tanto a meter chelines en la caja de ahorros como a invertir miles de libras en los fondos públicos, o a comprar una casa o una granja tras otra. Quizá se diga: Pero ¿no procura toda persona prudente y previsora aumentar sus recursos, para tener una buena porción que dejar a sus hijos, o algo para la vejez o para el tiempo de enfermedad, etc.? Respondo que es muy cierto que esa es la costumbre del mundo. Pero aunque así sea en el mundo, y tengamos toda razón para creer que siempre lo será entre los que son del mundo y que, por tanto, tienen su porción en la tierra, nosotros, los discípulos del Señor Jesús, que hemos nacido de nuevo, que somos hijos de Dios no de nombre sino de verdad, verdaderamente participantes de la naturaleza divina, en comunión con el Padre y con el Hijo, y que tenemos en perspectiva «una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse ni marchitarse» (1 Pedro 1:4), debemos obrar en todo de manera distinta al mundo, y también en este punto. Si nosotros, discípulos del Señor Jesús, procuramos como la gente del mundo aumentar nuestros bienes, ¿no podrán los que son del mundo dudar con razón de que creamos lo que decimos cuando hablamos de nuestra herencia, de nuestro llamamiento celestial, de que somos hijos de Dios, etc.? Muchas veces ha de ser una triste piedra de tropiezo para el incrédulo ver a quien profesa creer en el Señor Jesús obrar en este punto exactamente como él. Considérenlo, queridos hermanos en el Señor, si esta observación se aplica a ustedes.
3. Nuestro Señor dice de la tierra que es un lugar «donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan». Todo lo que es de la tierra, y de algún modo está ligado a ella, está sujeto a corrupción, a cambio, a disolución. No hay realidad ni sustancia en ninguna otra cosa sino en las cosas celestiales. Muchas veces la cuidadosa acumulación de bienes terrenales acaba perdiéndolos en un momento por un incendio, por un robo, por un cambio en los negocios, por la pérdida del trabajo, etc.; pero aun suponiendo que nada de esto ocurriera, todavía un poco, y vendrán a pedirte tu alma; o todavía un poco, y el Señor Jesús volverá; y ¿qué provecho tendrás entonces, querido lector, si has procurado con esmero aumentar tus bienes terrenales?
4. Sin embargo, nuestro Señor no se limita a mandarnos que no hagamos tesoros en la tierra; porque si no hubiera dicho más, este mandamiento suyo podría prestarse a abuso, y algunos podrían hallar en él aliento para sus hábitos derrochadores, para su amor a los placeres, para su costumbre de gastar en sí mismos todo lo que tienen o pueden conseguir. No significa, pues, como dice la expresión común, que debamos «gastar todo lo que ganamos»; porque añade: «sino haceos tesoros en el cielo». Hacer tesoro en el cielo es algo tan real como hacerlo en la tierra; si no fuera así, nuestro Señor no lo habría dicho. Así como las personas depositan una suma tras otra en el banco, y se les abona en cuenta, y pueden usar el dinero después, así también el penique, el chelín, la libra, las cien libras, las diez mil libras dados por amor del Señor, y movidos por el amor de Jesús, a hermanos pobres, o gastados de cualquier modo en la obra de Dios, él los anota en el libro de memoria, los considera como tesoro hecho en el cielo. El dinero no se pierde; está depositado en el banco del cielo; y de tal manera que, mientras un banco terrenal puede quebrar, o por circunstancias terrenales podemos perder nuestros bienes terrenales, el dinero así asegurado en el cielo no puede perderse. Pero esta no es, ni mucho menos, la única diferencia. Señalo algunos puntos más: los tesoros hechos en la tierra traen consigo muchas preocupaciones; los tesoros hechos en el cielo nunca causan preocupación. Los tesoros hechos en la tierra jamás pueden dar gozo espiritual; los tesoros hechos en el cielo traen consigo, ya desde ahora, paz y gozo en el Espíritu Santo. Los tesoros hechos en la tierra no pueden dar paz ni consuelo en la hora de la muerte, y cuando la vida termina se nos quitan; los tesoros hechos en el cielo hacen brotar acción de gracias porque se nos permitió servir al Señor, y se nos tuvo por dignos de ello, con los recursos que él tuvo a bien confiarnos como mayordomos; y cuando esta vida termina no se nos priva de lo que allí se guardó, sino que, al ir al cielo, vamos al lugar donde están nuestros tesoros, y allí los hallaremos. A menudo oímos decir, cuando alguien ha muerto, que murió dejando tanto. Pero sean cuales sean las expresiones comunes en el mundo, lo cierto es que una persona puede morir dejando cincuenta mil libras esterlinas, según cuenta el mundo, y sin embargo puede no poseer, a los ojos de Dios, ni mil libras esterlinas, porque no fue rico para con Dios, no hizo tesoro en el cielo. Y así, por otra parte, podemos imaginar a un hombre de Dios que duerme en Jesús, y cuya viuda apenas halla lo suficiente para costear el entierro, y que sin embargo era rico para con Dios: a los ojos de Dios puede poseer cinco mil libras esterlinas; puede haber hecho tesoro de esa suma en el cielo. Querido lector, ¿anhela tu alma ser rica para con Dios, hacer tesoros en el cielo? El mundo pasa, y sus deseos. Todavía un poco, y se nos quitará nuestra mayordomía. Ahora tenemos la oportunidad de servir al Señor con nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras fuerzas físicas, nuestros dones, y también con nuestros bienes; pero muy pronto esta oportunidad puede acabarse. ¡Oh, cuán pronto puede acabarse! Antes de que nadie lea esto, puede que yo ya haya dormido en el Señor; y al día siguiente de haberlo leído, querido lector, puedes dormir tú también; por tanto, mientras tenemos oportunidad, sirvamos al Señor.
5. Por último, el Señor añade: «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». ¿Dónde habría de estar el corazón del discípulo del Señor Jesús sino en el cielo? Nuestro llamamiento es un llamamiento celestial; nuestra herencia es una herencia celestial, reservada para nosotros en los cielos; nuestra ciudadanía está en los cielos; pero si nosotros, creyentes en el Señor Jesús, hacemos tesoros en la tierra, el resultado necesario es que nuestro corazón estará en la tierra; más aún, ¡el mismo hecho de hacerlo prueba que ya está allí! Y no será de otro modo hasta que se deje de hacer tesoros en la tierra. El creyente que hace tesoros en la tierra quizá al principio no viva abiertamente en pecado, y en cierta medida aún pueda dar alguna honra al Señor en ciertas cosas; pero las tendencias perjudiciales de este hábito se manifestarán cada vez más; mientras que el hábito de hacer tesoros en el cielo atraería el corazón cada vez más hacia el cielo; fortalecería continuamente su naturaleza nueva, divina, sus facultades espirituales, porque las pondría en uso, y así se fortalecerían; y cada vez más, estando aún en el cuerpo, tendría su corazón en el cielo y puesto en las cosas celestiales; y así el hacer tesoros en el cielo traería consigo, aun en esta vida, preciosas bendiciones espirituales como recompensa por obedecer el mandamiento de nuestro Señor.
II. El siguiente pasaje sobre el cual deseo hacer algunas observaciones es Mateo 6:33: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Después de que nuestro Señor, en los versículos anteriores, hubo señalado a sus discípulos «las aves del cielo» y «los lirios del campo», para que vivieran sin afán por lo necesario para la vida, añade: «No os afanéis, pues (literalmente, no estéis ansiosos), diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos? (porque los gentiles buscan todas estas cosas;) pues vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas». Observa aquí especialmente que nosotros, los hijos de Dios, debemos ser diferentes de las naciones de la tierra, de los que no tienen Padre en el cielo y que, por eso, hacen su gran ocupación, su primera y ansiosa preocupación, de qué comerán, qué beberán y con qué se vestirán. Nosotros, los hijos de Dios, debemos, como en todo lo demás, también en este punto ser diferentes del mundo, y demostrarle al mundo que creemos que tenemos en el cielo un Padre que sabe que tenemos necesidad de todas estas cosas. El hecho de que nuestro Padre todopoderoso, que está lleno de amor infinito hacia nosotros, sus hijos, y que nos ha probado su amor en el don de su Hijo unigénito, y su poder omnipotente al resucitarlo de los muertos, sabe que tenemos necesidad de estas cosas, debería quitar de nuestra mente toda ansiedad. Hay, sin embargo, una cosa a la que tenemos que atender, y a la que debemos atender, en relación con nuestras necesidades temporales; se menciona en nuestro versículo: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia». La gran ocupación de la que el discípulo del Señor Jesús ha de preocuparse (pues esta palabra se dirigió a discípulos, a creyentes declarados) es buscar el reino de Dios, es decir, buscar, según lo entiendo, la prosperidad externa e interna de la iglesia de Cristo. Si, conforme a nuestra capacidad y a la oportunidad que el Señor nos da, procuramos ganar almas para el Señor Jesús, eso me parece buscar la prosperidad externa del reino de Dios; y si nosotros, como miembros del cuerpo de Cristo, procuramos el bien de nuestros hermanos miembros del cuerpo, ayudándolos a avanzar en la gracia y la verdad, o cuidando de ellos de cualquier modo para su edificación, eso sería buscar la prosperidad interna del reino de Dios. Pero junto con esto tenemos también que «buscar su justicia», lo cual significa (puesto que se dijo a discípulos, a los que tienen un Padre en el cielo, y no a los de afuera) procurar ser cada vez más semejantes a Dios, procurar conformarnos interiormente a la mente de Dios. Si se atiende a estas dos cosas (y ellas implican también que no seamos perezosos en lo que requiere diligencia), entonces quedamos bajo aquella preciosa promesa: «Y todas estas cosas (es decir, alimento, vestido o cualquier otra cosa necesaria para esta vida presente) os serán añadidas». No es por atender a estas dos cosas por lo que obtenemos la bendición, sino al atenderlas.
Ahora te hago, querido lector, unas pocas preguntas con todo amor, porque de veras busco tu bien, y no deseo hacértelas sin hacérmelas primero a mi propio corazón. ¿Haces de buscar el reino de Dios y su justicia tu ocupación principal, tu primera gran preocupación? ¿Son las cosas de Dios, la honra de su nombre, el bien de su iglesia, la conversión de los pecadores y el provecho de tu propia alma tu meta principal? ¿O es tu negocio, o tu familia, o tus propios asuntos temporales lo que, de una u otra forma, ocupa principalmente tu atención? Si es esto último, entonces, aunque tengas todo lo necesario para la vida, ¿podría sorprenderte que no lo tuvieras? Recuerda que el mundo pasa, pero que las cosas de Dios permanecen para siempre.
Nunca he conocido a un hijo de Dios que obrara conforme al pasaje anterior en cuya experiencia el Señor no cumpliera su palabra de promesa: «Todas estas cosas os serán añadidas».
III. La tercera parte del testimonio divino sobre la cual deseo apuntar algunas indicaciones está en 1 Juan 1:3: «Y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo». Observa:
1. Las palabras «comunión», «compañerismo», «coparticipación» y «sociedad» significan lo mismo.
2. El creyente en el Señor Jesús no solo obtiene el perdón de todos sus pecados, como lo obtiene por el derramamiento de la sangre de Jesús, mediante la fe en su nombre; no solo llega a ser justo delante de Dios por la justicia del Señor Jesús, mediante la fe en su nombre; no solo es engendrado de nuevo, nacido de Dios y participante de la naturaleza divina, y por tanto hijo de Dios y heredero de Dios; sino que también está en comunión o sociedad con Dios. Ahora bien, en lo que respecta a Dios y a nuestra posición en el Señor Jesús, tenemos esta bendición de una vez para siempre; y no admite aumento ni disminución. Así como el amor de Dios hacia nosotros los creyentes, sus hijos, es inalterablemente el mismo, sean cuales sean las manifestaciones de ese amor; y así como su paz con nosotros es la misma, por mucho que nuestra paz se vea turbada; así ocurre también con nuestra comunión o sociedad con él: permanece inalterablemente la misma en lo que respecta a Dios. Pero además,
3. Hay una comunión o sociedad experimental con el Padre y con su Hijo, que consiste en esto: que todo lo que poseemos en Dios, como socios o compañeros de Dios, se trae a nuestra vida diaria, se disfruta, se experimenta y se usa. Esta comunión o sociedad experimental admite aumento o disminución, en la medida en que la fe está en ejercicio y en que vamos entrando en lo que hemos recibido en el Señor Jesús. La medida en que disfrutamos de esta comunión experimental con el Padre y con el Hijo no tiene límite; porque sin límite podemos hacer uso de nuestra sociedad con el Padre y con el Hijo, y sacar, por la oración y la fe, de la plenitud inagotable que hay en Dios.
Veamos ahora algunos ejemplos para observar el funcionamiento práctico de esta comunión o sociedad experimental con el Padre y con el Hijo. Supongamos que hay unos padres creyentes que no llegaron al conocimiento de la verdad sino algunos años después de que el Señor les había dado varios hijos. Sus hijos se criaron en caminos pecaminosos y malos mientras los padres no conocían al Señor. Ahora los padres cosechan lo que sembraron. Sufren por haber dado mal ejemplo a sus hijos, pues sus hijos son rebeldes y se comportan de forma muy impropia. ¿Qué se ha de hacer ahora? ¿Han de desesperar tales padres? No. Lo primero que tienen que hacer es confesar a Dios sus pecados en cuanto al descuido de sus hijos mientras ellos mismos vivían en pecado; y luego recordar que están en sociedad con Dios, y por tanto cobrar ánimo, aunque en sí mismos sigan siendo del todo insuficientes para la tarea de dirigir a sus hijos. No tienen en sí mismos ni la sabiduría, ni la paciencia, ni la longanimidad, ni la benignidad, ni la mansedumbre, ni el amor, ni la decisión y firmeza, ni ninguna otra cosa que pueda hacer falta para tratar a sus hijos como es debido. Pero su Padre celestial tiene todo esto. El Señor Jesús posee todo esto. Y ellos están en sociedad con el Padre y con el Hijo, y por tanto pueden obtener por la oración y la fe todo lo que necesitan de la plenitud de Dios. Digo por la oración y la fe, porque tenemos que dar a conocer a Dios nuestra necesidad en oración, pedir su ayuda, y luego tenemos que creer que él nos dará lo que necesitamos. La oración sola no basta. Por mucho que oremos, si no creemos que Dios nos dará lo que necesitamos, no tenemos razón para esperar que recibiremos lo que hemos pedido. Así pues, estos padres necesitarían pedir a Dios que les diera la sabiduría necesaria, paciencia, longanimidad, benignidad, mansedumbre, amor, decisión y firmeza, y cualquier otra cosa que juzguen necesitar. Pueden, con humilde osadía, recordar a su Padre celestial que su palabra les asegura que están en sociedad con él, y, puesto que a ellos mismos les faltan estas cosas, pedirle que tenga a bien suplir su necesidad; y luego tienen que creer que Dios lo hará, y recibirán conforme a su necesidad.
Otro ejemplo: Supongamos que en mi negocio me encuentro en una situación tal que día tras día surgen dificultades, por las cuales continuamente me doy cuenta de que doy pasos equivocados a causa de esas grandes dificultades. ¿Cómo puede cambiar el caso para bien? En mí mismo no veo remedio para las dificultades. Mirándome a mí mismo, no puedo esperar sino cometer más errores todavía, y por tanto parece que me aguarda prueba tras prueba. Y sin embargo, no tengo por qué desesperar. El Dios vivo es mi socio. Yo no tengo sabiduría suficiente para afrontar estas dificultades de modo que sepa qué pasos dar, pero él puede dirigirme. Lo que tengo que hacer, pues, es esto: exponer con sencillez mi caso ante mi Padre celestial y mi Señor Jesús. El Padre y el Hijo son mis socios. Tengo que abrir mi corazón a Dios y pedirle que, puesto que él es mi socio y yo no tengo en mí mismo sabiduría para afrontar las muchas dificultades que continuamente se presentan en mi negocio, tenga a bien guiarme y dirigirme, y proveerme la sabiduría necesaria; y luego tengo que creer que Dios lo hará, e ir con buen ánimo a mi negocio, y esperar su ayuda en la próxima dificultad que se me presente. Tengo que estar atento a su dirección; tengo que esperar consejo del Señor; y tan ciertamente como lo haga, lo tendré; hallaré que estoy, no de nombre sino de verdad, en sociedad con el Padre y con el Hijo.
Otro ejemplo: Hay un padre y una madre con siete hijos pequeños. Ambos padres son creyentes. El padre trabaja en una fábrica, pero no puede ganar más de diez chelines por semana. La madre no puede ganar nada. Estos diez chelines son demasiado poco para proveer alimento nutritivo y sano a siete niños en crecimiento y a sus padres, y para darles las demás cosas necesarias para la vida. ¿Qué se ha de hacer en un caso así? Ciertamente no culpar al fabricante, que quizá no pueda permitirse pagar un salario mayor, y mucho menos murmurar contra Dios; sino que los padres tienen que decir con sencillez a Dios, su socio, que un salario de diez chelines a la semana no basta en Inglaterra para proveer a nueve personas de todo lo que necesitan sin que se resienta su salud. Tienen que recordar a Dios que él no es un amo duro, ni un ser falto de bondad, sino un Padre amantísimo, que ha probado abundantemente el amor de su corazón en el don de su Hijo unigénito. Y tienen que pedirle con sencillez de niño que, o bien disponga las cosas de modo que el fabricante pueda pagar un salario mayor, o bien que él (el Señor) les halle otro lugar donde el padre pueda ganar más, o bien que tenga a bien, de una forma u otra, como mejor le parezca, proveerles más recursos. Tienen que pedírselo al Señor, con sencillez de niño, una y otra vez, si no responde enseguida a su petición; y tienen que creer que Dios, su Padre y socio, les concederá el deseo de su corazón. Tienen que esperar una respuesta a sus oraciones; día tras día tienen que estar atentos a ella, y repetir su petición hasta que Dios la conceda. Tan ciertamente como crean que Dios les concederá su petición, tan ciertamente les será concedida.
Así, supongamos que deseo más poder sobre los pecados que me asedian; supongamos que deseo más poder contra ciertas tentaciones; supongamos que deseo más sabiduría, o gracia, o cualquier otra cosa que pueda necesitar en mi servicio entre los santos o en mi servicio hacia los inconversos: ¿qué tengo que hacer sino valerme de que estoy en comunión con el Padre y con el Hijo? Así como, por ejemplo, un viejo y fiel empleado a quien hoy mismo una firma inmensamente rica toma como socio, aunque él no tenga bienes en absoluto, no se desanimaría porque la firma tenga que hacer un gran pago dentro de tres días, aunque él no tenga ningún dinero propio, sino que se consolaría con las inmensas riquezas que poseen quienes tan generosamente acaban de hacerlo socio; así nosotros, los hijos de Dios y siervos de Jesucristo, debemos consolarnos con estar en comunión, o sociedad, con el Padre y con el Hijo, aunque no tengamos poder propio contra los pecados que nos asedian; aunque no podamos resistir con nuestras propias fuerzas las tentaciones que se nos presentan; y aunque no tengamos ni gracia ni sabiduría suficientes para nuestro servicio entre los santos o hacia los inconversos. Todo lo que tenemos que hacer es girar contra la cuenta de nuestro socio, el Dios vivo. Por la oración y la fe podemos obtener toda la ayuda y todas las bendiciones temporales y espirituales que necesitemos. Con toda sencillez tenemos que abrir nuestro corazón delante de Dios, y luego tenemos que creer que él nos dará conforme a nuestra necesidad.
Pero si no creemos que Dios nos ayudará, ¿podríamos estar en paz? El empleado, admitido en la firma como socio, cree que la firma hará frente al pago, por grande que sea y aunque haya de hacerse en tres días, y eso es lo que mantiene tranquilo su corazón, aunque él mismo sea completamente pobre. Tenemos que creer que nuestro socio infinitamente rico, el Dios vivo, nos ayudará en nuestra necesidad, y no solo estaremos en paz, sino que de hecho hallaremos que se nos concede la ayuda que necesitamos. No dejes, querido lector, que la conciencia de tu total indignidad te impida creer lo que Dios ha dicho acerca de ti. Si de verdad eres creyente en el Señor Jesús, entonces este precioso privilegio de estar en sociedad con el Padre y con el Hijo es tuyo, aunque tú y yo seamos del todo indignos de él. Si la conciencia de nuestra indignidad nos impidiera creer lo que Dios ha dicho acerca de los que dependen del Señor Jesús y confían en él para su salvación, hallaríamos entonces que no hay una sola bendición, de cuantas hemos recibido en el Señor Jesús, de la cual, a causa de nuestra indignidad, pudiéramos sacar algún consuelo o paz duraderos.
IV. Hay otro punto más que, en relación con varias porciones de la palabra de Dios que tratan del tema, deseo presentar al lector creyente, y se refiere al «modo bíblico de vencer las dificultades con que hoy se encuentra el creyente que se dedica a un negocio, oficio, profesión o cualquier ocupación terrenal, dificultades que surgen de la competencia en los negocios, de que haya demasiadas personas ocupadas en el mismo oficio, del estancamiento del comercio y cosas semejantes». Los hijos de Dios, que son extranjeros y peregrinos en la tierra, han tenido dificultades en el mundo en todo tiempo, porque no están en su casa, sino lejos de ella; ni deben esperar que sea de otro modo para ellos hasta el regreso del Señor Jesús. Pero si bien esto es cierto, también lo es que el Señor nos ha provisto en su propia palabra, para todas nuestras dificultades, de algo con que hacerles frente. Todas las dificultades pueden vencerse obrando conforme a la palabra de Dios. En esta ocasión deseo señalar especialmente los medios por los cuales los hijos de Dios que se dedican a cualquier ocupación terrenal pueden vencer las dificultades que surgen de la competencia en los negocios, de que haya demasiadas personas ocupadas en el mismo oficio, del estancamiento del comercio y cosas semejantes.
1. Lo primero que el creyente que se halla en tales dificultades tiene que preguntarse es: ¿Estoy en una ocupación en la que puedo permanecer con Dios? Si nuestra ocupación es de tal naturaleza que no podemos pedir la bendición de Dios sobre ella, o que nos avergonzaríamos de ser hallados en ella a la venida del Señor Jesús, o que necesariamente estorba nuestro progreso espiritual, entonces debemos dejarla y dedicarnos a otra cosa; pero solo en pocos casos es esto necesario. La inmensa mayoría de las ocupaciones a que se dedican los creyentes no son de tal naturaleza que necesiten dejarlas para mantener una buena conciencia y poder andar con Dios, aunque quizá haya que hacer ciertos cambios en el modo de llevar su oficio, negocio o profesión. Acerca de aquellas partes de nuestra ocupación que puedan necesitar cambio, recibiremos instrucción del Señor si de veras la deseamos, y la aguardamos de él, y la esperamos de él.
2. Supongamos ahora que el creyente está en una ocupación en la que puede permanecer con Dios; el siguiente punto que hay que resolver es: «¿Por qué llevo este negocio, o por qué me dedico a este oficio o profesión?». En la mayoría de los casos, hasta donde llega mi experiencia, recogida en mi servicio entre los santos durante los últimos quince años y medio [es decir, en 1845], creo que la respuesta sería: «Me dedico a mi ocupación terrenal para ganar los medios de obtener lo necesario para la vida para mí y mi familia». He aquí el error principal del que brotan casi todos los demás errores que sostienen los hijos de Dios en relación con su ocupación. No es un motivo correcto ni bíblico dedicarse a un oficio, negocio o profesión solamente para ganar los medios de obtener lo necesario para la vida para nosotros y nuestra familia, sino que debemos trabajar porque esa es la voluntad del Señor para con nosotros. Esto es claro por los siguientes pasajes: 1 Tesalonicenses 4:11, 12; 2 Tesalonicenses 3:10-12; Efesios 4:28. Es muy cierto que, por lo general, el Señor provee lo necesario para la vida por medio de nuestra ocupación ordinaria; pero que esa no es la razón por la que debemos trabajar se ve con bastante claridad si consideramos que, si el tener lo necesario para la vida dependiera de nuestra capacidad de trabajar, nunca podríamos estar libres de ansiedad, pues siempre tendríamos que decirnos: ¿Y qué haré cuando sea demasiado viejo para trabajar, o cuando por enfermedad no pueda ganarme el pan? Pero si, por el contrario, nos dedicamos a nuestra ocupación terrenal porque es la voluntad del Señor para con nosotros que trabajemos, y que, trabajando así, proveamos para nuestras familias y podamos también sostener a los débiles, a los enfermos, a los ancianos y a los necesitados, entonces tenemos una razón buena y bíblica para decirnos: Si al Señor le place postrarme en un lecho de enfermedad, o impedirme de otro modo, por debilidad, por vejez o por falta de empleo, ganarme el pan con el trabajo de mis manos, o con mi negocio, o con mi profesión, aun así él proveerá para mí. Porque nosotros, los que creemos, somos siervos de Jesucristo, que nos compró con su propia sangre preciosa, y no somos nuestros; y porque este nuestro precioso Señor y Maestro nos ha mandado trabajar, por eso trabajamos; y al hacerlo nuestro Señor proveerá para nosotros; pero sea de este modo o de cualquier otro, él ciertamente proveerá para nosotros, pues trabajamos en obediencia a él; y si aun un amo terrenal justo da salario a sus siervos, el Señor ciertamente se encargará de que tengamos nuestro salario, si nos dedicamos a nuestra ocupación en obediencia a él, y no por amor de nosotros mismos.
Cuán grande es la diferencia entre obrar conforme a la palabra de Dios y obrar conforme a nuestros propios deseos naturales, o a las costumbres del mundo, quedará claro, confío, con el siguiente caso: Supongamos que yo me dedicara a algún oficio útil. Supongamos que tuviera la certera perspectiva humana de que en los próximos tres meses mi trabajo no me reportaría nada, por ciertas razones relacionadas con el estado de los asuntos mercantiles. Como hombre del mundo diría: No trabajaré en absoluto, porque mi trabajo no se pagará; pero como cristiano que desea obrar conforme a la santa palabra de Dios, debería decir: Mi oficio es útil a la sociedad, y trabajaré a pesar de todas las perspectivas humanas, porque el Señor Jesús me ha mandado trabajar; de él, y no de mi oficio, espero mi salario. Además de esto, el cristiano también debería decir: La ociosidad es un terrible lazo del diablo; él tiene oportunidad especial de sacar ventaja sobre los hijos de Dios cuando están desocupados; y por tanto trabajaré aunque no tenga perspectiva humana de cobrar por mi trabajo, sino que solo obtendré el precio de coste del material y tendré que dar mi trabajo de balde. Más aún, el cristiano debería decir: Aunque según la probabilidad humana tendré que trabajar de balde durante los próximos tres meses, aun así trabajaré, porque el Señor puede cambiar pronto el estado de las cosas, contra toda expectativa humana; pero tenga a bien hacerlo o no, yo trabajo porque soy del Señor, comprado con su sangre preciosa, y él me manda trabajar.
Pero hay motivos aún más bajos que el de dedicarse a nuestra ocupación terrenal solo para ganar los medios de obtener lo necesario para la vida, por los cuales aun los cristianos, verdaderos hijos de Dios, pueden dedicarse a su ocupación; por ejemplo: reunir cierta suma de dinero y luego retirarse de los negocios y vivir de los intereses; o proveer algo para la vejez; o adquirir cierta cantidad de bienes, sin intención de dejar el negocio. Si no es bíblico dedicarse a nuestra ocupación aun solo para ganar los medios de procurar lo necesario para la vida para nosotros y nuestra familia, ¡cuánto más impropio es que un hijo de Dios se dedique a su ocupación por alguna de estas últimas razones!
Este segundo punto, pues —¿Por qué llevo este negocio? ¿Por qué me dedico a este oficio o profesión?—, debe resolverse primero en el temor de Dios y conforme a la voluntad revelada de Dios; y si no podemos decir con sinceridad de corazón: Llevo mi negocio, me dedico a mi oficio, arte o profesión como siervo de Jesucristo, de quien soy, porque él me compró con su sangre preciosa, y él me ha mandado trabajar, y por eso trabajo,—digo, si no podemos decir esto con sinceridad de corazón, sino que tenemos que confesar que trabajamos por motivos más bajos, como ganarnos el pan, o por motivos aún más bajos y del todo impropios de un hijo de Dios, que no es del mundo sino de Dios, como reunir cierta suma de dinero para poder vivir de los intereses sin tener que trabajar, o proveer algo para la vejez, o adquirir cierta cantidad de bienes sin intención de dejar el negocio;—si estos son nuestros motivos para dedicarnos a nuestra ocupación, digo, ¿podemos sorprendernos de encontrar grandes dificultades en nuestro negocio, y de que el Señor, en su abundante amor hacia nosotros, sus hijos extraviados, no nos permita prosperar? Pero supongamos que este segundo punto está resuelto conforme a la Escritura, y que podemos decir con sinceridad que nos ocupamos en lo que nos ocupamos porque somos siervos de Jesucristo; tenemos que considerar además,—
3. Si llevamos nuestro negocio, o nos dedicamos a nuestro oficio, arte o profesión, como mayordomos del Señor. Al hijo de Dios no debería bastarle estar en una ocupación en la que puede permanecer con Dios, ni dedicarse a ella porque es la voluntad de su Señor y Maestro que trabaje, sino que debe considerarse en su oficio, negocio, arte o profesión solo como mayordomo del Señor en lo que respecta a sus ingresos. El hijo de Dios ha sido comprado con la sangre preciosa del Señor Jesús, y es enteramente propiedad suya, con todo lo que posee: su fuerza física, su fuerza mental, su capacidad de toda clase, su oficio, negocio, arte o profesión, sus bienes, etc.; porque está escrito: «No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio». 1 Corintios 6:19, 20. Las ganancias de nuestra ocupación, por tanto, no son nuestras en el sentido de usarlas como nuestro corazón natural desea, ya sea para gastarlas en satisfacer nuestro orgullo, o nuestro amor a los placeres, o nuestros goces sensuales, o para guardar el dinero para nosotros o para nuestros hijos, o para usarlo de cualquier manera que naturalmente nos guste; sino que tenemos que presentarnos ante nuestro Señor y Maestro, de quien somos mayordomos, para procurar conocer su voluntad acerca de cómo quiere que usemos las ganancias de nuestra ocupación.
Pero ¿es este de verdad el espíritu con que los hijos de Dios se dedican por lo general a su ocupación? ¡Demasiado bien se sabe que no es así! ¿Podemos entonces sorprendernos de que aun los queridos hijos de Dios se encuentren tan a menudo en grandes dificultades en su ocupación, y se les oiga quejarse tan a menudo del estancamiento o de la competencia en el comercio, y de las dificultades de los tiempos, aunque se les han dado promesas tan preciosas como: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas»; o: «Sean vuestras costumbres (disposición o inclinación de ánimo) sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te dejaré, ni te desampararé»? Hebreos 13:5. ¿No es bastante evidente que, cuando nuestro Padre celestial ve que nosotros, sus hijos, usamos o usaríamos las ganancias de nuestra ocupación como nuestra mente natural desearía, o no puede confiarnos recursos en absoluto, o se verá obligado a disminuirlos? Ninguna madre sabia y verdaderamente amorosa permitirá que su niño pequeño juegue con una navaja de afeitar o con fuego, por mucho que el niño desee tenerlos; y así el amor y la sabiduría de nuestro Padre celestial no quieren ni pueden confiarnos medios económicos, salvo como castigo, o para mostrarnos finalmente su completa vanidad, si ve que no deseamos poseerlos como mayordomos suyos, para gastarlos como él nos indique por su Espíritu Santo, mediante su palabra.
En relación con este tema, doy al lector creyente algunas indicaciones sobre tres pasajes de la palabra de Dios. En 1 Corintios 16:2 hallamos escrito a los hermanos de Corinto: «Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, guardándolo, según Dios lo haya prosperado». Había de hacerse una colecta para los santos pobres de Judea, y se exhortaba a los hermanos de Corinto a apartar para ella, cada día del Señor, conforme a la medida de éxito que el Señor hubiera tenido a bien concederles en su ocupación durante la semana. Ahora bien, ¿no deberían también los santos de nuestros días obrar conforme a esta palabra? No hay pasaje en la palabra de Dios por el cual no debamos hacerlo, y es del todo conforme a nuestro carácter de peregrinos no ver solo una o dos o cuatro veces al año cuánto podemos permitirnos dar a los santos pobres, o a la obra de Dios de cualquier modo, sino procurar resolverlo cada semana. Si se dice: No puedo saber cuánto he ganado en el curso de la semana con mi negocio, y por eso no puedo dar en proporción, mi respuesta es esta: Procuren, queridos hermanos, en cuanto sea posible, poner su negocio sobre tal base que puedan saber, con la mayor aproximación posible, cuánto han ganado en su ocupación en el curso de la semana. Pero suponiendo que no pudieras saberlo exactamente, al chelín o a la libra, sabrás bastante bien cómo te ha ido durante la semana; y por tanto, según tu mejor conocimiento, contribuye el próximo día del Señor a las necesidades de los santos pobres y a la obra de Dios, según él, después de haber buscado tú su dirección, te guíe.
Quizá digas: Las semanas son tan desiguales; en una semana puedo ganar tres o hasta diez veces más que en otra, y si doy según lo que gano en mi ocupación durante una semana muy buena, ¿cómo voy a hacer frente a las semanas en que apenas gano nada, o a las deudas incobrables? ¿Qué haré cuando la enfermedad visite a mi familia, o cuando me sobrevengan otras pruebas que acarrean gastos, si no hago provisión para tales tiempos? Mi respuesta es: 1. No encuentro en todo el Nuevo Testamento un solo pasaje en el que, directa o indirectamente, se exhorte a prevenirse contra la paralización de los negocios, las deudas incobrables y la enfermedad guardando dinero. 2. Muchas veces el Señor se ve obligado a permitir que nos sobrevengan la paralización de los negocios, o deudas incobrables, o enfermedad en nuestra familia, u otras pruebas que aumentan nuestros gastos, porque no obramos como sus mayordomos, conforme a la mayordomía, sino como si fuéramos dueños de lo que tenemos, olvidando que aún no ha llegado el tiempo en que entraremos en nuestras posesiones; y lo hace para que, por medio de estas pérdidas y gastos, disminuyan los bienes que hemos acumulado, no sea que pongamos de nuevo por completo nuestro corazón en las cosas terrenales y nos olvidemos enteramente de Dios. Su amor es tan grande que no deja a sus hijos seguir tranquilamente su propio camino cuando lo han abandonado; sino que, si se desatienden las amorosas amonestaciones de su Espíritu Santo, se ve obligado, en su amor de padre, a castigarlos. Tenemos una ilustración notable de lo que he dicho en el caso de Israel como nación. El mandamiento que se les dio fue dejar su tierra sin cultivar el séptimo año, para que descansara, y el Señor prometió suplir esta falta con su abundante bendición sobre el sexto año. Sin embargo, Israel no obró conforme a este mandamiento, diciendo sin duda, en la incredulidad de su corazón, como el Señor había predicho: «¿Qué comeremos el séptimo año? He aquí no hemos de sembrar, ni hemos de recoger nuestros frutos». Levítico 25. Pero ¿qué hizo el Señor? Estaba resuelto a que la tierra tuviera descanso, y como los israelitas no se lo dieron de buena gana, los envió setenta años al cautiverio, para que así la tierra tuviera descanso. Véase Levítico 26:33-35. Amados hermanos en el Señor, cuidemos de andar de tal manera que el Señor no se vea obligado a quitarnos por medio del castigo una parte de nuestros bienes terrenales, en forma de deudas incobrables, enfermedad, disminución del negocio y cosas semejantes, porque no quisimos reconocer nuestra posición de mayordomos, sino que obramos como dueños, y guardamos para nosotros los recursos que el Señor nos había confiado, no para satisfacer nuestra mente carnal, sino para usarlos en su servicio y para su alabanza.
También podría decir un hermano cuyas ganancias son pequeñas: ¿Debo dar yo también según mis ganancias? Ya son tan pequeñas que mi esposa a duras penas consigue que alcancen para la familia. Mi respuesta es: ¿Has considerado alguna vez, hermano mío, que la razón misma por la que el Señor se ve obligado a dejar que tus ganancias sigan siendo tan pequeñas puede ser el hecho de que lo gastas todo en ti y en los tuyos, y que si te diera más solo lo usarías para aumentar la comodidad de tu propia familia, en vez de mirar a tu alrededor para ver quiénes entre los hermanos están enfermos, o quiénes no tienen trabajo alguno, a fin de ayudarlos, o cómo podrías ayudar a la obra de Dios en tu tierra o en el extranjero? ¡Hay una gran tentación para un hermano cuyas ganancias son pequeñas de eludir la responsabilidad de ayudar a los santos necesitados y enfermos, o de impulsar la obra de Dios, y cargarla sobre los pocos hermanos y hermanas ricos con quienes está unido en comunión, y así robar a su propia alma!
Podría preguntarse: ¿Cuánto debo dar de mis ingresos? ¿La décima parte, o la quinta, o la tercera, o la mitad, o más? Mi respuesta es: Dios no establece ninguna regla sobre este punto. Lo que hagamos debemos hacerlo con alegría y no por necesidad. Pero si aun Jacob, con el primer albor de la luz espiritual (Génesis 28:22), prometió a Dios el diezmo de todo lo que él le diera, ¡cuánto más deberíamos hacer por él nosotros, los creyentes en el Señor Jesús: nosotros, cuyo llamamiento es celestial, y que sabemos claramente que somos hijos de Dios y coherederos con el Señor Jesús! Y sin embargo, ¿dan todos los hijos de Dios siquiera la décima parte de lo que el Señor les da? Eso serían dos chelines por semana para el hermano que gana una libra, y cuatro chelines para el que gana dos libras, y dos libras por semana para aquel cuyos ingresos son de veinte libras semanales.
En relación con 1 Corintios 16:2, quisiera mencionar otras dos porciones: 1. «El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará». 2 Corintios 9:6. Es cierto que nosotros, los hijos de Dios, estamos tan abundantemente bendecidos en Jesús, por la gracia de Dios, que no deberíamos necesitar ningún estímulo para las buenas obras. El perdón de nuestros pecados, el haber sido hechos para siempre hijos de Dios, el tener por delante la casa del Padre como nuestro hogar: estas bendiciones deberían ser motivos suficientes para movernos, por amor y gratitud, a servir a Dios abundantemente todos los días de nuestra vida, y también a entregar con alegría, según él lo pida, aquello que nos ha confiado de las cosas de este mundo. Pero aun siendo así, el Señor nos presenta no obstante en su santa palabra motivos por los cuales debemos servirle, negarnos a nosotros mismos, usar nuestros bienes para él, etc., y el pasaje que acabo de mencionar es uno de ellos. El versículo es verdad tanto respecto a la vida presente como a la venidera. Si hemos usado escasamente nuestros bienes para él, habremos hecho poco tesoro en el cielo, y por tanto se hallará un capital pequeño en el mundo venidero, en lo que respecta a la cosecha. En cambio, segaremos generosamente si procuramos ser ricos para con Dios, usando abundantemente nuestros recursos para él, ya sea atendiendo a las necesidades de los santos pobres, o empleando de otro modo nuestros medios económicos en su obra. Queridos hermanos, ¡estas cosas son realidades! Pronto, muy pronto, llegará el tiempo de la siega, y entonces se verá si segaremos escasamente o generosamente.
Pero si bien este pasaje se refiere a la vida venidera, se refiere también a la vida presente. Así como ahora el amor de Cristo nos constriñe a compartir aquello que el Señor nos confía, así será la siega presente, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Si, por tanto, se hallara en un hermano la falta de comprender su posición como mero mayordomo del Señor en su ocupación, y no hiciera caso de las amonestaciones del Espíritu Santo para compartir con los necesitados o ayudar a la obra de Dios, ¿puede entonces sorprenderse tal hermano de encontrar grandes dificultades en su ocupación y de no poder salir adelante? Esto es conforme a la palabra del Señor. Está sembrando escasamente, y por eso siega escasamente. Pero si el amor de Cristo constriñe a un hermano a sembrar generosamente de las ganancias de su ocupación, aun en esta vida segará generosamente, tanto en bendiciones para su alma como en las cosas temporales. Considera en relación con esto el siguiente pasaje, que, aunque tomado del libro de Proverbios, no es de carácter judío, sino verdadero también respecto a los creyentes de la presente dispensación: «Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma liberal será engordada. El que saciare, él también será saciado». Proverbios 11:24, 25.
En relación con 1 Corintios 16:2, quisiera dirigir también a mis hermanos en el Señor a la promesa hecha en Lucas 6:38: «Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir». Esto se refiere evidentemente a la presente dispensación y, evidentemente, en su sentido primario, a las cosas temporales. Ahora bien, que cualquiera, constreñido por el amor de Jesús, obre conforme a este pasaje; que el primer día de la semana comparta según el Señor lo haya prosperado, y verá que el Señor obrará conforme a lo que contiene este versículo. Si el orgullo nos mueve a dar, si la justicia propia nos hace generosos, si el sentimiento natural nos induce a compartir, o si damos estando en estado de insolvencia, sin poseer quizá más de diez chelines por libra si nuestros acreedores vinieran a reclamarnos, entonces no podemos esperar ver cumplido este versículo en nuestra experiencia; ni debemos dar nunca con el fin de recibir de otros a cambio, conforme a este versículo; pero si de verdad el amor de Cristo nos constriñe a compartir según la capacidad que el Señor nos da, entonces veremos cumplido este versículo en nuestra experiencia, aunque no fuera ese el motivo que nos indujo a dar. De una forma u otra, el Señor nos devolverá abundantemente, por medio de nuestros semejantes, lo que hacemos por sus santos pobres o de cualquier modo por su obra; y hallaremos que al final no salimos perdiendo, ni aun en lo temporal, mientras compartimos generosamente de las cosas de esta vida que el Señor nos ha confiado.
Aquí podría objetarse: pero si es cierto que aun en esta vida, y en lo que toca a las cosas temporales, «al que da se le dará medida buena, apretada, remecida y rebosando», y que «el que siembra generosamente, generosamente también segará», entonces al final las personas más generosas serían riquísimas. Respecto a esta objeción hemos de tener presente que, en el momento en que alguien comenzara a dar con el fin de recibir del Señor, por medio de sus semejantes, más de lo que ha dado; o en el momento en que alguien quisiera cambiar de rumbo y ya no seguir sembrando generosamente, sino escasamente, para aumentar sus bienes mientras Dios le permite segar generosamente, el río de la generosidad de Dios hacia él dejaría de fluir. Dios le había provisto abundantemente de medios porque lo veía actuar como mayordomo suyo. Le había confiado un poco, que él había usado para Dios, y por eso le confió más; y si hubiera seguido usando también lo mucho para él, Dios lo habría usado todavía más abundantemente como instrumento para derramar por todas partes sus bondades. El hijo de Dios debe estar dispuesto a ser un canal por el que fluyan las bondades de Dios, tanto en lo temporal como en lo espiritual. Al principio, quizá, ese canal sea estrecho y poco profundo; con todo, hay espacio para que pasen por él algunas de las aguas de la generosidad de Dios. Y si nos entregamos de buen grado como canales para este fin, el canal se hace más ancho y más hondo, y las aguas de la generosidad de Dios pueden pasar por él con mayor abundancia. Dicho sin figuras, es así: al principio quizá solo seamos instrumentos para repartir cinco libras, o diez libras, o veinte libras, o cincuenta libras, o cien libras, o doscientas libras al año, pero después el doble de esa cantidad; y, si somos todavía más fieles en nuestra mayordomía, al cabo de un año o dos cuatro veces más, después quizá ocho veces más, y por fin quizá veinte veces o cincuenta veces más. No podemos poner límite a la medida en que Dios puede usarnos como instrumentos para comunicar bendición, temporal y espiritual, si estamos dispuestos a entregarnos como instrumentos al Dios vivo y nos contentamos con ser solo instrumentos y darle a él toda la gloria.
Pero en cuanto a las cosas temporales sucederá así: si de veras andamos conforme a la voluntad de Dios en estas cosas, mientras llegamos a ser cada vez más instrumentos de bendición para otros, no buscaremos enriquecernos, sino que estaremos contentos, cuando el último día de otro año nos encuentre todavía en el cuerpo, de no poseer más que el último día del año anterior, o incluso bastante menos, habiendo sido, sin embargo, a lo largo del año, instrumentos para repartir mucho a otros mediante los medios que el Señor nos había confiado. En cuanto a mi propia alma, por la gracia de Dios, me sería una carga que, por grandes que hubieran sido mis ingresos en el curso del año, mis posesiones terrenales fueran en aumento; porque sería para mí una prueba clara de que no había actuado como mayordomo de Dios ni me había entregado como canal por el que pasaran las aguas de su generosidad. Tampoco puedo dejar de dar aquí mi testimonio de que, en la débil medida en que Dios me ha capacitado para obrar conforme a estas verdades durante los últimos quince años [esto se escribió en 1845], lo he hallado provechoso, sumamente provechoso para mi propia alma; y en cuanto a las cosas temporales, nunca salí perdiendo por hacerlo, sino que he visto abundantísimamente cumplida en mi propia experiencia la verdad de 2 Corintios 9:6, Lucas 6:38 y Proverbios 11:24, 25. Solo tengo que lamentar haber obrado tan poco conforme a lo que acabo de exponer; pero mi piadoso propósito es, con la ayuda de Dios, pasar el resto de mis días practicando estas verdades más que nunca; y estoy seguro de que, cuando llegue al final de mi peregrinación terrenal, sea por la muerte o por la venida de nuestro Señor Jesús, no tendré el menor pesar por haberlo hecho; y sé que, si dejara atrás a mi querida hija, el Señor proveerá abundantemente para ella y demostrará que se ha hecho por ella una provisión mejor que la que su padre habría podido hacer si hubiera procurado asegurar su vida o atesorar dinero para ella.
Antes de dejar esta parte del tema, menciono al lector creyente que conozco caso tras caso en que se ha cumplido lo que he venido diciendo, pero solo mencionaré el siguiente. Hace muchos años conocí a un hermano que era gerente de una gran fábrica. Mientras desempeñaba ese cargo era generoso y daba una parte considerable de su sueldo, que era bastante elevado. El Señor se lo recompensó; porque los dueños del establecimiento, que sabían bien lo valioso que era para su negocio, le hacían de vez en cuando, mientras él usaba así generosamente sus medios para el Señor, regalos muy grandes en dinero. Con el tiempo, sin embargo, este hermano creyó conveniente establecerse por su cuenta, en muy pequeña escala. Siguió siendo generoso según sus medios, y Dios lo prosperó, y lo prosperó de tal manera que ahora, mientras escribo, su fábrica es tan grande como la que antes dirigía, o aún mayor, aunque aquella era muy considerable. Y estoy seguro de que, si Dios guarda a este hermano de poner su corazón en las cosas terrenales y de buscar aumentar cada vez más sus riquezas terrenales, y si él se deleita en ser usado por Dios como mayordomo, repartiendo de buen grado para las necesidades de los hijos pobres de Dios, o para su obra de otras maneras, y haciéndolo no escasamente sino generosamente, el Señor le confiará cada vez más medios; pero si no, si cierra sus manos, busca lo suyo y desea reunir bienes suficientes para poder vivir de sus intereses, entonces lo que puede esperar es que Dios cierre las suyas: sufrirá grandes pérdidas, o sus asuntos cambiarán a peor, o algo semejante.
Menciono también otros dos casos, para mostrar que el Señor aumenta nuestra capacidad de comunicar bendiciones temporales a otros si repartimos conforme a los medios que él nos ha confiado, aunque no tengamos un oficio, un negocio o una profesión. Conozco a un hermano que, hace muchos años, creyó correcto gastar para el Señor no solo sus intereses, sino también el capital, según el Señor le fuera mostrando oportunidades. Su deseo no era, como en verdad nunca debe serlo, deshacerse de su dinero lo más rápido posible; pero se consideraba mayordomo del Señor, y por eso estaba dispuesto a gastar sus medios según su Señor y Maestro se lo fuera indicando. Cuando este hermano tomó esta determinación, poseía unas veinte mil libras esterlinas. Conforme a la luz y la gracia que el Señor tuvo a bien darle, obró después en consecuencia, gastando el dinero para el Señor, en sumas mayores o menores, según el Señor le mostraba las oportunidades. Así la suma fue disminuyendo cada vez más, mientras el hermano seguía firmemente su camino, sirviendo al Señor con sus bienes y dedicando también su tiempo y su capacidad al Señor, en uno u otro servicio entre sus hijos. Por fin, las veinte mil libras estaban casi del todo gastadas, cuando precisamente en ese momento murió el padre de este mismo hermano, por lo cual entró en posesión de una renta de varios miles de libras al año. Me alegra el corazón poder añadir que este hermano sigue aún su piadoso camino, vive de la manera más sencilla y da quizá diez veces más de lo que gasta en sí mismo o en su familia. Aquí ves, querido lector, que este hermano, por haber usado fielmente para el Señor lo que se le había confiado al principio, fue puesto como mayordomo sobre más; porque ahora le entra en un año más de la tercera parte de lo que al principio poseía en total.
Menciono otro caso: conozco a un hermano a quien el Señor ha dado un corazón generoso y que daba con abundancia de aquello sobre lo cual el Señor lo había puesto como mayordomo. El Señor, viendo esto, le confió todavía más, pues por circunstancias familiares entró en posesión de muchos miles de libras, además de los considerables bienes que ya poseía. Tengo también la alegría de poder añadir, respecto a este hermano, que el Señor sigue dándole gracia para usar sus bienes como mayordomo de Dios, y que no se le ha permitido poner su corazón en sus riquezas a causa del aumento tan considerable de sus bienes, sino que sigue viviendo como mayordomo del Señor, y no como dueño de toda esa riqueza.
Y ahora, querido lector, cuando los hermanos a quienes me he referido lleguen al final de su peregrinación terrenal, ¿tendrán un solo momento de pesar por haber usado sus bienes para el Señor? ¿Les causará la más mínima inquietud, o estarán peor sus hijos por ello? ¡Oh, no! El único pesar que tendrán en este asunto será no haber servido al Señor todavía más abundantemente con sus bienes. Querido lector, obremos cada uno en nuestra medida con el mismo espíritu. El dinero en realidad no vale más que en la medida en que se usa conforme a la voluntad del Señor; y la vida no vale más que en la medida en que se gasta en el servicio del Señor.
Si bien los tres puntos mencionados —1. Que nuestra ocupación debe ser de tal naturaleza que podamos permanecer en ella con Dios; 2. Que debemos trabajar en nuestra ocupación para el Señor, como siervos suyos, porque él nos compró con su sangre y porque él quiere que trabajemos; 3. Que debemos trabajar en nuestra ocupación como mayordomos, porque las ganancias de nuestra ocupación son del Señor y no nuestras, ya que él nos compró con su sangre—, digo, si bien estos tres puntos deben atenderse de manera especial para que la bendición del Señor repose sobre nuestra ocupación y prosperemos en ella, hay, no obstante, algunos otros puntos que atender, que menciono con amor a mis hermanos en el Señor que tal vez los necesiten.
4. El punto siguiente es que un creyente en el Señor Jesús no debe hacer en su ocupación nada que sea puramente para atraer al mundo; como, por ejemplo, decorar su tienda o sus locales de negocio de la manera más costosa. No quiero decir en absoluto que su tienda o sus locales no deban estar limpios, ordenados y en tal estado que no haya ningún impedimento real para que la gente acuda allí. Todas las comodidades necesarias que se esperan pueden estar allí, y deben estar. Pero si algún hijo de Dios procura que la fachada de su tienda, o el interior de su tienda o de su lugar de negocio, estén arreglados de la forma más cara, simplemente para llamar la atención, sepa que, en la medida en que confía en estas cosas, no es probable que prospere en su ocupación, porque pone el modo de decorar la tienda en el lugar de la confianza en el Señor. Tales cosas el Señor puede permitir que tengan éxito en el caso de un incrédulo, pero no prosperarán en el caso de un hijo de Dios, a no ser como castigo, así como el Señor dio a Israel en el desierto lo que deseaba su corazón, pero envió flaqueza a sus almas. Si algún hermano ha caído en este error, lo primero que debe hacer, cuando el Señor lo haya instruido sobre este punto, es confesar su pecado y, en lo posible, volver sobre sus pasos en este particular. Si esto no puede hacerse, entonces debe echarse en la misericordia de Dios en Cristo Jesús.
5. Del mismo carácter es procurar atraer la atención del mundo mediante «anuncios jactanciosos», tales como «nadie fabrica un artículo tan bueno», «nadie vende este artículo tan barato», «vendemos el mejor artículo de la ciudad», etc. Aun suponiendo que estas afirmaciones fueran del todo ciertas, son impropias de un hijo de Dios, que tiene al Dios vivo para cuidar de él y proveer para él, y por eso no necesita valerse de tales jactancias con las que pueda procurar asegurarse la clientela y apartarla de otros. La ley del amor es: «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos». Mateo 7:12. Ahora bien, ¿qué deseo yo en este particular que otros hagan conmigo, sino que no procuren apartar a la gente de tratar conmigo? Pero si yo uso en mis anuncios expresiones como las mencionadas, ¿qué implican sino que deseo que todo el mundo venga a mí y trate conmigo? Y si ya bajo el antiguo pacto se dijo: «No codiciarás», ¡cuánto más pecaminoso y del todo impropio es para nosotros, hijos de Dios, que estamos en comunión con el Padre y con el Hijo, valernos de tales medios para asegurarnos ventajas económicas! Pero por mucho que el Señor permita a un hombre del mundo prosperar usando tales medios, para el hijo de Dios no son más que estorbos para salir adelante en su ocupación, porque el Señor ve que los pone en lugar de la confianza en él; y si el Señor permitiera por un tiempo que su hijo aparentemente se beneficiara de ellos, solo será para su castigo y acompañado de flaqueza en su alma. Por tanto, hermanos míos en el Señor, les ruego que quiten todas estas cosas de su ocupación, no sea que estén estorbando en vez de favorecer su verdadero bienestar.
6. De un carácter semejante es también el punto siguiente, que Dios puede permitir que sea un verdadero estorbo para sus hijos en su ocupación: buscar los mejores emplazamientos, y por tanto los más caros, que pueda haber en un pueblo o una ciudad. Ahora bien, de ningún modo quiero decir que en nuestro oficio, negocio, arte o profesión debamos buscar el lugar más oscuro, apartado y fuera de camino posible, y decir: «Dios proveerá, y no necesito preocuparme por la parte de la ciudad en que ejerzo mi ocupación». Sin duda hay ciertas cosas que considerar. Hay que tener en cuenta a las personas que probablemente comprarán los artículos que vendo, o que me darán trabajo, y no debo decir que me da igual hacerles venir una o dos millas hasta mi casa, o a la parte más sucia y desagradable de la ciudad; eso sería el extremo opuesto. Pero si bien hay que tener cierta consideración hacia quienes pueden darnos trabajo en nuestra ocupación, si la confianza del hijo de Dios en cuanto a la prosperidad temporal descansa en el hecho de que se halla en el mejor emplazamiento, el Señor ciertamente lo decepcionará. Tendrá que pagar un alquiler muy alto por el mejor emplazamiento y, aun así, no prosperará, porque su confianza está puesta en el mejor emplazamiento. Lo está poniendo en lugar de depender del Dios vivo para tener clientes. Está robando a su alma, no solo al no recibir a los clientes como de manos del Señor, sino que además obliga a su Padre celestial, por el mismo amor de su corazón, a hacer que se vea defraudado, porque no confía en él. Si el hijo de Dios dijera y obrara así: «El mejor emplazamiento me costaría cincuenta libras más de alquiler al año que uno que no es realmente incómodo para mis clientes ni está en un vecindario inadecuado, y cosas semejantes; estas cincuenta libras las dedico al Señor, para pagarlas a plazos para su obra o para sus santos pobres cada vez que llegue el día del alquiler»; tal hermano vería que no sale perdiendo, si de veras lo hiciera dependiendo del Señor y constreñido por el amor de Jesús. Pero si se pagan las cincuenta libras más de alquiler y, aun así, el Dios vivo, por el mismo amor de su corazón, se viera obligado a negar la prosperidad a su hijo en su ocupación, porque ve que da una importancia indebida a la ubicación de la casa, entonces no solo se pierden las cincuenta libras de alquiler adicional al año, sino también lo que el Señor se ve obligado a negar además a su hijo para enseñarle la lección; y así, año tras año, por nuestra propia culpa, puede que apenas tengamos algo que dar para la obra de Dios.
7. El siguiente obstáculo para la prosperidad en nuestra ocupación que quiero mencionar ahora es que los hijos de Dios a menudo usan, respecto a su ocupación, expresiones como estas: «Esta es nuestra temporada de mucho trabajo», o «Esta es nuestra temporada muerta»; lo cual implica que no tratan con Dios día tras día acerca de su ocupación, sino que atribuyen el tener mucho o poco que hacer a las circunstancias, o a los tiempos y las estaciones. Que la gente del mundo haga eso no es de extrañar; pero que obren así los hijos de Dios, que en los asuntos más pequeños de la vida deberían buscar la ayuda de Dios y tratar con él acerca de ellos, es motivo de tristeza para la mente espiritual, y es del todo impropio de santos. ¿Y cuál es el resultado? El Señor, conforme a lo que sus hijos esperan, permite que se queden sin trabajo, porque dicen: «Esta es nuestra temporada muerta». «Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos» encierra una verdad que viene al caso. Pero ¿cuál es la manera correcta de ver el asunto? Es esta: el hijo de Dios debería decir: aunque por lo general en esta época del año, mirándolo humanamente, se puede esperar poco trabajo, puesto que la falta de trabajo no es buena ni para el hombre exterior ni para el interior, y puesto que solo deseo trabajo para servir a Dios en mi negocio, para tener que dar a los necesitados o ayudar de otras maneras a la obra de Dios, me entregaré ahora a la oración pidiendo trabajo, porque por la oración y la fe, como hijo de Dios, puedo obtener bendiciones de mi Padre celestial, aunque no sea por el curso ordinario de las cosas. Si el hijo de Dios hablara y obrara así, pronto tendría trabajo en su ocupación, a menos que el Señor quisiera emplear su tiempo de otro modo en su obra, lo cual le mostraría.
8. Otra razón por la que Dios puede verse obligado a resistir a sus hijos en su negocio puede ser que buscan con el mayor empeño conseguir para su tienda personas consideradas «buenos vendedores», es decir, personas de modales tan persuasivos que sacan ventaja a los clientes y los inducen no solo a comprar los artículos que piden, les convengan o no, sino también a comprar artículos que en absoluto pensaban comprar cuando entraron en la tienda. Sobre esto observo, en primer lugar, que si el hijo de Dios pone su confianza en los «buenos vendedores», no se sorprenda si su Padre celestial se ve obligado a decepcionarlo, porque ve a su hijo apoyarse en el brazo de carne en vez de confiar en el Dios vivo; y por eso el negocio no prospera. Además, está del todo mal que un hijo de Dios induzca a los clientes, por medio de hombres o mujeres de lengua persuasiva, a comprar artículos les convengan o no, y los necesiten o no. Esto no es otra cosa que defraudar a las personas de un modo sutil, o llevarlas al pecado de comprar por encima de sus posibilidades, o al menos de gastar su dinero innecesariamente. Por mucho que se permita prosperar tales artimañas pecaminosas en el caso de un hombre del mundo, en el caso de un hijo de Dios no prosperarán, a menos que Dios lo permita a modo de castigo, mientras se traen flaqueza y miseria al alma. Conocí un caso de esta clase en que toda la inclinación de la mente de un creyente profeso era conseguir tales «buenos vendedores», y en que incluso se tenía a un judío fuera de la tienda, paseándose de un lado a otro, para inducir a la gente a entrar y comprar; y, sin embargo, ese mismo creyente profeso quebró dos veces en su negocio.
9. Otro mal en relación con los negocios, y otra razón por la que los hijos de Dios no salen adelante en su ocupación, es que a menudo emprenden un negocio sin capital alguno, o con demasiado poco. Si un creyente no tiene capital alguno, o solo uno muy pequeño en comparación con lo que su negocio requiere, ¿no debería decirse a sí mismo: «Si fuera la voluntad de mi Padre celestial que yo me estableciera por mi cuenta, ¿no me habría confiado de una u otra manera los medios necesarios? Y puesto que no lo ha hecho, ¿no es una clara indicación de que por ahora debo seguir siendo oficial (o dependiente, o empleado, según sea el caso)?». Los medios podrían llegar de muchas maneras. Por ejemplo, podría dejársele un legado, o un hermano en el Señor podría darle dinero con ese mismo fin, o un hermano o una hermana podría proponerle prestarle dinero, pero de modo que, si no pudiera devolverlo, no lo consideraran su deudor. Pero si el Señor no quitara el obstáculo de alguna manera así, y el hermano aun así se metiera en el negocio, no solo traería, por el sistema de letras de cambio y otras cosas relacionadas con la falta de capital, gran angustia a su mente, y se expondría a la posibilidad de no poder pagar al final a sus acreedores, con lo cual se traería deshonra sobre el nombre del Señor, sino que tampoco podría sorprenderse (ya que entró en el negocio contra la voluntad de Dios, pues él le mostró por la falta de medios que no debía hacerlo) si viera que no puede salir adelante y que la bendición de Dios manifiestamente falta. En un caso así, si puede hacerse, volver sobre nuestros pasos es lo mejor que podemos hacer; pero a menudo esto no es posible, porque hay otros implicados en el asunto, y entonces tenemos que reconocer nuestro pecado y buscar la ayuda misericordiosa de Dios para que nos lleve a una posición correcta.
10. Pero supongamos que se atendieran todos estos nueve puntos anteriores y descuidáramos buscar la bendición de Dios sobre nuestra ocupación: aun así no debería sorprendernos encontrar dificultad tras dificultad y no poder salir adelante en absoluto. No basta con buscar la ayuda de Dios para lo que es manifiestamente de carácter espiritual; sino que debemos buscar su ayuda y su bendición, con oración y súplica, para todos nuestros asuntos ordinarios de la vida, y si descuidamos hacerlo, sin duda sufriremos por ese descuido. «Fíate del Señor de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas». Proverbios 3:5, 6.
Aunque estas pocas observaciones las ha escrito alguien que nunca estuvo él mismo en los negocios, las verdades que en ellas se exponen las ha aprendido en la escuela de Dios, y las ha visto abundantemente confirmadas en sus labores pastorales durante los últimos quince años y medio. [Esto se escribió en 1845.]
Capítulo 19 completado
Mayordomía