Capítulo 14 · 23 min de lectura · 30 min de escucha
Pedir y recibir
1839.
AYUDA PARA LOS SANTOS POBRES—EL BANCO QUE NO PUEDE QUEBRAR—RECURSOS AGOTADOS—LIBERALIDAD DE UNA HERMANA TRABAJADORA—«ÉL CONOCE NUESTRA CONDICIÓN»—REDIMIENDO EL TIEMPO—LA PIEDAD PARA TODO APROVECHA.
1, 2 y 3 de enero de 1839. Hemos tenido en estos tres días tres reuniones especiales de oración de la iglesia. El año comenzó con misericordias. En la primera hora del año llegaron para los huérfanos dos libras y siete chelines, que se dieron después de nuestra habitual reunión de oración del 31 de diciembre, que esta vez duró desde las siete de la tarde hasta pasada la medianoche.
5 de enero. Hoy he recibido otro sombrero nuevo, el undécimo que se me ha regalado, uno tras otro, desde que estoy en Inglaterra.
20 de enero. Desde hace algún tiempo me ha parecido que las palabras «Siempre tendréis los pobres con vosotros, y cuando quisiereis les podréis hacer bien», que el Señor dijo a sus discípulos, que eran ellos mismos muy pobres, implican que los hijos de Dios, como tales, tienen poder ante Dios para traer bendiciones temporales sobre santos pobres o incrédulos pobres por medio de la oración. Por eso me he sentido guiado a pedir al Señor recursos para ayudar a los santos pobres; y en distintas ocasiones él ha movido a sus hijos a confiarme sumas, grandes y pequeñas, para ese fin especial; o, de un modo u otro, ha puesto a mi disposición dinero que yo pudiera emplear así. Del mismo modo, hace unos días había vuelto a pedir recursos para poder ayudar más ampliamente a los santos pobres que están en comunión con nosotros, ya que precisamente ahora muchos de ellos no solo pasan por las dificultades temporales habituales que trae el invierno, sino sobre todo por el alto precio del pan. Y esta tarde el Señor me ha dado la respuesta a mi oración. Cuando volví a casa de la reunión encontré allí a un hermano que se ofreció a darme diez libras semanales, durante doce semanas, para proveer a los santos pobres de carbón y de las prendas de vestir necesarias, pero sobre todo de pan. [En efecto, este hermano me envió, dos días después, ciento veinte libras, con las que muchísimos, especialmente viudas pobres, fueron grandemente ayudados, sobre todo con harina y pan. Este dinero duró justo hasta que el precio del pan bajó de nueve peniques y medio a siete peniques y medio.]
7 de febrero. Este día ha sido uno de los más notables en lo que toca a los fondos. No había dinero en caja. Yo estaba esperando en Dios. Se lo había pedido repetidas veces, pero no llegaba ninguna provisión. El hermano T. vino, entre las once y las doce, a decirme que se necesitaría alrededor de una libra y dos chelines para comprar el pan de las tres casas y atender los demás gastos; pero solo teníamos dos chelines y nueve peniques, que ayer se habían sacado de las alcancías de las Casas de Huérfanos. Él fue a Clifton a hacer los arreglos para recibir a los tres huérfanos de nuestra hermana Loader, que durmió en el Señor el día 4; porque, aunque no tenemos fondos en caja, la obra sigue adelante y nuestra confianza no ha disminuido. Le pedí, pues, que pasara a verme a su regreso de Clifton, para ver si el Señor había enviado entretanto algún dinero. Cuando vino, yo no había recibido nada, pero uno de los obreros, que tenía cinco chelines propios, los dio. Eran ya las cuatro. Yo no sabía cómo se las habían arreglado las hermanas durante el día. Hacia el final de la jornada fui a la Casa de Huérfanas para reunirme en oración con los hermanos. Al llegar encontré que había llegado para mí una caja desde Barnstable. El porte venía pagado; de lo contrario no habría habido dinero para pagarlo. (¡Mira cómo la mano del Señor está en los asuntos más pequeños!) Se abrió la caja, y contenía, en una carta de una hermana, diez libras, de las cuales ocho eran para los huérfanos y dos para el Fondo Bíblico; de unos hermanos de Barnstable, dos libras, once chelines y dos peniques; y de otro hermano, cinco chelines. Además, había en la caja cuatro yardas de merino, tres pares de zapatos nuevos y dos pares de calcetines nuevos; también seis libros para vender; y asimismo un portaminas de oro, dos anillos de oro, dos pendientes de oro, un collar y un portaminas de plata. Al preguntar cómo habían salido adelante las hermanas durante el día, supe lo siguiente: había en las casas todo lo necesario para la comida. Después de comer vino una señora de Thornbury, compró uno de mis Relatos y uno de los Informes, y dio además tres chelines. Unos cinco minutos después llegó el panadero a la Casa de Huérfanos para varones. La directora de la Casa de Huérfanas, al verlo, fue enseguida con los seis chelines y seis peniques que acababa de recibir (para evitar que lo despidieran, ya que en la Casa de los varones no había dinero), y compró pan por valor de cuatro chelines y seis peniques. Los dos chelines restantes, con lo poco que había en caja, sirvieron para comprar pan para la Casa de Huérfanas. Con los donativos que venían en la caja pude dar a las directoras una abundante provisión antes de que terminara el día.
13 de febrero. Esta tarde se me dieron cinco libras, que habían llegado en las siguientes circunstancias: un caballero y una señora visitaron las Casas de Huérfanos, y en la Casa de los varones se encontraron con dos señoras que también estaban de visita. Una de las señoras dijo a la directora de la Casa de los varones: «Por supuesto, ustedes no pueden sostener estas instituciones sin una buena reserva de fondos». El caballero, volviéndose hacia la directora, le preguntó: «¿Tienen una buena reserva?». Ella respondió: «Nuestros fondos están depositados en un banco que no puede quebrar». A la señora que había preguntado se le llenaron los ojos de lágrimas. El caballero, al marcharse, dio al director de los varones cinco libras, que llegaron cuando yo no tenía ni un penique en caja.
5 de marzo. Hoy, sin embargo, sabía que de nuevo harían falta varias libras, pues, además de las provisiones diarias, se necesitaba carbón, los barriles de melaza de dos casas estaban vacíos y no había más que cinco chelines en caja. Por eso me di a la oración esta mañana. Mientras oraba, Q. Q. envió un cheque de siete libras y diez chelines.
23 de marzo. Hoy he recibido una carta del hermano T., que está en Devonshire por motivos de salud, para informarme de que le han dado una pesada cadena de oro, un anillo con diez brillantes, un par de pulseras de oro y dos libras. Él había dado un Informe a un hermano que, al leerlo, se sintió movido a orar; y sabiendo que su hermana, que es creyente, poseía estas alhajas, pidió al Señor que inclinara el corazón de ella a desprenderse de ellas en beneficio de nuestros huérfanos, cosa que ella hizo poco después. Con estos donativos puedo hacer frente a los gastos restantes de esta semana, y también pagar quince libras que todavía se deben de los salarios. Mis colaboradores no solo nunca me piden nada, sino que están dispuestos a desprenderse de su dinero, o de cualquier otra cosa, en la hora de necesidad; con todo, he hablado muchas veces con el Señor sobre este punto, y ahora me ha concedido mi petición, de lo cual me alegro.
13 de abril. Conversé con otra de las huérfanas, que parece haberse convertido de verdad y que ha andado de manera consecuente durante muchos meses. Mañana será recibida en la comunión de los santos.
14 de abril. Hoy han llegado para los huérfanos cinco libras y ocho peniques, una libra de las cuales es uno de los donativos más notables que hemos tenido jamás. Un hermano pobre, con familia numerosa y un salario escaso —son ocho en la familia, y él ganaba quince chelines hasta hace poco, cuando se los subieron a dieciocho—, fue apartando este dinero poco a poco de lo que su patrón le daba para cerveza. Este hermano, que se convirtió hace unos cinco años, era antes un borracho notorio.
2 de julio. Hoy se me dieron, cuando no había ni un chelín en caja, cincuenta libras para el fondo de escuelas, Biblias y misiones.
15 de julio. Lunes. Hoy se necesitaban dos libras, siete chelines y tres peniques para los huérfanos, pero no teníamos nada. No sabía cómo conseguir lo necesario para la comida y para lo demás que hacía falta. Mi corazón estaba en perfecta paz, y extraordinariamente seguro de la ayuda, aunque no tenía la menor idea de dónde vendría. Antes de que viniera el hermano T., recibí una carta de la India, escrita en mayo, con una orden de pago de cincuenta libras para los huérfanos. El sábado pasado yo le había dicho al hermano T. que convendría tener cincuenta libras, pues se deben los salarios de todos mis colaboradores, los tres barriles de melaza están vacíos, todas las despensas se han agotado, se necesitan varias prendas de vestir y estambre para que los niños sigan con su labor de punto.
19 de agosto. Lunes. Este ha sido otra vez un día en que nuestra fe ha sido probada de manera especial; pero ni siquiera hoy hemos sido avergonzados. No había un solo penique en caja al comenzar el día. Así que, para más de cien personas, tuvimos que mirar de nuevo al Señor. Pero esto debo decirlo, para alabanza del Señor: mi alma estaba en perfecta paz. Tenía intención de ir muy temprano a las Casas de Huérfanos para orar con mis colaboradores; pero como una persona tras otra venía a verme, me vi impedido toda la mañana. Cuando el hermano T. vino a pedirme dinero, entre las doce y la una, no tenía nada que darle. Por la tarde, a las cuatro, pude reunirme con los hermanos y hermanas. Al llegar a la Casa de Huérfanas encontré que uno de los niños a quienes habíamos avisado de su admisión había sido traído desde Bath, y con él se había enviado una libra y cinco chelines. Terminada la reunión, uno de los obreros dio diez chelines. Con esta libra y quince chelines pudimos proveer también para este día todo lo necesario.
22 de agosto. En mi paseo de la mañana, mientras recordaba al Señor nuestra necesidad, tuve la seguridad de que él enviaría ayuda este día. Mi seguridad nacía de nuestra necesidad, pues no parecía haber manera de pasar el día sin que se nos enviara ayuda. Después del desayuno consideré si había algo que pudiera convertirse en dinero para los queridos niños. Entre otras cosas me vinieron a las manos varios folletos religiosos que se habían dado en beneficio de los huérfanos; pero todo junto no parecía ni de lejos suficiente para cubrir las necesidades del día. En esta nuestra honda pobreza, cuando ya había reunido las pocas cosas para vender, una hermana, que se gana el pan con el trabajo de sus manos, trajo ochenta y dos libras. Esta hermana había entendido que los creyentes en nuestro Señor Jesús están obligados a poner por obra sus mandamientos: «Vended lo que poseéis (vended vuestros bienes), y dad limosna», Lucas 12:33; y «No os hagáis tesoros en la tierra», Mateo 6:19. Por eso había sacado su dinero del banco y de los valores, doscientas cincuenta libras, y me lo había traído en tres ocasiones distintas, en beneficio de los huérfanos, del fondo de Biblias, misiones y escuelas, y de los santos pobres. Hace unos dos meses me trajo otras cien libras, producto de otra propiedad que había vendido, la mitad de las cuales debía emplearse para el fondo de escuelas, Biblias y misiones, y la otra mitad para los santos pobres. Estas ochenta y dos libras que ha traído hoy son el producto de la venta de su última posesión terrenal. [Ahora que preparo esta quinta edición para la imprenta, han pasado más de dieciséis años, y esta hermana nunca ha expresado el menor pesar por el paso que dio, sino que sigue trabajando tranquilamente con sus manos para ganarse el pan.]
4 de septiembre. Me he sentido llevado a orar sobre si es la voluntad del Señor que deje Bristol por una temporada, pues desde hace quince días sufro de indigestión, que debilita todo mi organismo, y así los nervios de la cabeza se ven más afectados que de costumbre. Hay, sin embargo, dos obstáculos en el camino: la falta de recursos para los huérfanos y la falta de recursos para mis propios gastos personales. Hoy he recibido de Q. Q. un cheque de siete libras y diez chelines para los huérfanos, que llegó, por tanto, muy a tiempo. Además, desde anteayer han llegado otras cuatro libras.
5 de septiembre. Hoy una hermana me ha enviado cinco libras para mí, para que las emplee en beneficio de mi salud. Se había enterado de que mi salud vuelve a flaquear. Yo no aparto dinero para tales fines; pero siempre que de verdad necesito recursos, sea para mí o para otros, el Señor los envía, en respuesta a la oración; porque también en este caso me había dado espíritu de oración en cuanto a recursos para mí y para los huérfanos, a fin de que se me aclarara el camino en cuanto a dejar Bristol por una temporada.
7 de septiembre. Trowbridge. Este ha sido un día muy bueno. He tenido mucha comunión con el Señor. ¡Qué bondad la suya al apartarme de la obra en Bristol por una temporada, para darme más comunión con él! Recordé la bondad especial del Señor conmigo en este lugar a comienzos del año pasado. ¡Y cuán bondadoso ha sido también desde entonces! Oré mucho por mí mismo, por la iglesia en general, por los santos de aquí y de Bristol, por mis parientes inconversos, por mi querida esposa, y para que el Señor supliera mis propias necesidades temporales y las de los huérfanos; y sé que me ha oído. Estoy rodeado de amigos bondadosos en los queridos santos bajo cuyo techo me hallo, y me siento como en casa. Mi habitación es mucho mejor de lo que necesito; sin embargo, un sillón ante el cual arrodillarme para orar, en este estado de debilidad corporal, habría añadido a mi comodidad. Por la tarde, sin haber dado ninguna insinuación al respecto, encontré un sillón puesto en mi habitación. Me impresionó la bondad, la bondad especial de mi Padre celestial, que se acuerda de las más pequeñas necesidades y comodidades de su hijo. Como había tenido más oración que de costumbre, encontré que mi trato con los santos a la hora del té tuvo unción y fue más provechoso que de ordinario.
9 de septiembre. Volví a Bristol, para ir desde aquí mañana a Exeter, si el Señor lo permite, por motivos de salud. Mientras estaba en Trowbridge había pedido con fervor al Señor que tuviera a bien enviar provisiones para los huérfanos antes de que yo fuera a Devonshire, y tenía la más plena seguridad de que llegarían recursos antes de que dejara Bristol. Así que, al volver, pregunté a mi esposa cuánto había llegado, y supe que eran solo ocho libras, nueve chelines y siete peniques y tres cuartos. Esto no era ni de lejos lo que yo había esperado, y no bastaba para el fin con que había pedido especialmente recursos, es decir, poder dejar lo suficiente para varios días. Mi respuesta, por tanto, fue conforme a la fe que se me había dado, y, a juzgar por el fervor y la confianza de mi oración, fue que el Señor enviaría más antes de que me marchara. Como una hora después, el hermano Craik me trajo diez libras, y también una carta en la que se anuncia la llegada de una caja grande llena de artículos para vender en beneficio de los huérfanos.
A su regreso del viaje, el señor M. escribe:
Durante mi estancia en Plymouth fui estimulado de nuevo a madrugar, una bendición cuyos frutos no he perdido desde entonces. Lo que me llevó a ello fue el ejemplo del hermano en cuya casa me hospedaba, y una observación que hizo al hablar de los sacrificios de Levítico: «que así como no debían ofrecerse los desechos de los animales, así la mejor parte de nuestro tiempo debe dedicarse especialmente a la comunión con el Señor». En años anteriores yo había sido, en general, bastante madrugador. Pero desde que los nervios de mi cabeza estaban tan débiles, pensé que, como el día era bastante largo para mis fuerzas, lo mejor sería no levantarme temprano, para que así los nervios de mi cabeza tuvieran más tiempo de reposo. Por esta razón me levantaba solo entre las seis y las siete, y a veces después de las siete. Por el mismo motivo me acostumbré deliberadamente a dormir un cuarto de hora, o media hora, después de comer, pues me parecía que me sentaba bien para calmar los nervios de la cabeza. De este modo, sin embargo, mi alma había sufrido más o menos cada día, y a veces considerablemente, porque de vez en cuando me caía encima un trabajo inevitable antes de haber tenido tiempo suficiente para la oración y la lectura de la palabra. Después de oír la observación a que me he referido, resolví que, sufriera lo que sufriera mi cuerpo, ya no dejaría pasar en la cama la parte más preciosa del día. Por la gracia de Dios pude comenzar al día siguiente mismo a levantarme más temprano, y he seguido madrugando desde entonces. Ahora me permito unas siete horas de sueño, y, aunque estoy lejos de ser fuerte y tengo mucho que me cansa mentalmente, encuentro que bastan del todo para reponerme. Además de esto, dejé de dormir después de comer. El resultado ha sido que así he podido procurarme largos y preciosos ratos de oración y meditación antes del desayuno; y en cuanto a mi cuerpo, y al estado de mi sistema nervioso en particular, he estado mucho mejor desde entonces. De hecho, creo que lo peor que podía haber hecho por mis débiles nervios era quedarme en la cama una hora o más de lo que acostumbraba antes de mi enfermedad, pues era precisamente la manera de mantenerlos débiles. Como esto puede caer en manos de algunos hijos de Dios que no tienen la costumbre de madrugar, añado algunas observaciones más sobre el tema.
I. Podría preguntarse: ¿Cuánto tiempo debo permitirme para el descanso? La respuesta es que no puede darse una regla de aplicación universal, ya que no todas las personas necesitan la misma cantidad de sueño, y aun las mismas personas, en distintos momentos, según la fortaleza o debilidad de su cuerpo, pueden necesitar más o menos. También las mujeres, siendo por lo general más débiles de cuerpo, necesitan más sueño que los hombres. Sin embargo, por lo que he podido saber, los médicos opinan que los hombres sanos no necesitan más de seis o siete horas de sueño, y las mujeres no más de siete u ocho; de modo que sería más bien una excepción que un hombre necesitara más de siete horas y una mujer más de ocho. Pero al mismo tiempo mi consejo decidido es que los hijos de Dios tengan cuidado de no permitirse demasiado poco sueño, pues hay pocos hombres que puedan arreglárselas con menos de seis horas de sueño y seguir bien de cuerpo y de mente, y pocas mujeres que puedan hacerlo con menos de siete. Lo cierto es que durante mucho tiempo, de joven, antes de ir a la universidad, me acostaba regularmente a las diez y me levantaba a las cuatro, estudiaba mucho y gozaba de buena salud; y cierto es también que, desde que me permito solo unas siete horas, desde la época de mi visita a Plymouth en octubre de 1839, he estado mucho mejor de cuerpo, y de los nervios en particular, que cuando pasaba ocho u ocho horas y media en la cama.
II. Si se pregunta: Pero ¿por qué debo madrugar? La respuesta es que «quedarse demasiado tiempo en la cama» es: 1. Pérdida de tiempo, lo cual no es propio de un santo, que ha sido comprado con la preciosa sangre de Jesús, con su tiempo y todo lo que tiene, para que lo emplee para el Señor. Si dormimos más de lo necesario para reponer el cuerpo, malgastamos el tiempo que el Señor nos ha confiado como un talento, para emplearlo para su gloria, para nuestro propio bien y para el bien de los santos y de los incrédulos que nos rodean. 2. Quedarse demasiado tiempo en la cama perjudica al cuerpo. Así como cuando tomamos demasiado alimento nos hace daño, lo mismo ocurre con el sueño. Los médicos admitirían de buena gana que estar en la cama más tiempo del necesario para fortalecer el cuerpo en realidad lo debilita. 3. Perjudica al alma. Quedarse demasiado tiempo en la cama no solo nos impide dar a la oración y a la meditación la parte más preciosa del día, sino que esta pereza lleva también a muchos otros males. Basta con que alguien haga la prueba de pasar una, dos o tres horas en oración y meditación antes del desayuno, ya sea en su habitación o con la Biblia en la mano por los campos, y pronto descubrirá el efecto benéfico que el madrugar tiene sobre el hombre exterior y el interior. Ruego a todos mis hermanos y hermanas en cuyas manos caiga esto, y que no tengan la costumbre de madrugar, que hagan la prueba, y alabarán al Señor por haberlo hecho.
III. Por último, puede preguntarse: Pero ¿cómo empiezo a madrugar? Mi consejo es: 1. Comienza enseguida; no lo demores. Empieza mañana a levantarte temprano. 2. Pero no dependas de tus propias fuerzas. Esta puede ser la razón por la que antes quizá empezaste a madrugar, pero lo dejaste. Tan cierto como que dependas de tus propias fuerzas en esto, se quedará en nada. En toda buena obra dependemos del Señor, y en esta cosa sentiremos especialmente cuán débiles somos. Si alguien se levanta para dar a la oración y a la meditación el tiempo que quita al sueño, tenga por seguro que Satanás intentará ponerle obstáculos en el camino. 3. Confía en el Señor para que te ayude. Lo honrarás si esperas ayuda de él en este asunto. Entrégate a la oración pidiendo ayuda, espera la ayuda, y la tendrás. 4. Usa, sin embargo, además de esto, los medios siguientes: a. Acuéstate temprano. Si te quedas levantado hasta tarde, no puedes madrugar. Que ninguna compañía ni ningún apremio de compromisos te impida acostarte temprano habitualmente. Si fallas en esto, ni puedes ni debes levantarte temprano, porque tu cuerpo necesita descanso. Ten muy presente también que, ni para el cuerpo ni para el alma, es lo mismo acostarse tarde y levantarse tarde que acostarse temprano y levantarse temprano. Aun los médicos te dirán cuán perjudicial es trasnochar y pasar en la cama las horas de la mañana; pero ¡cuánto más importante aún es retirarse temprano y levantarse temprano, para asegurarse tiempo para la oración y la meditación antes de que comiencen los quehaceres del día, y dedicar a esos ejercicios la parte de nuestro tiempo en que la mente y el cuerpo están más frescos, a fin de obtener así fuerza espiritual para el combate, las pruebas y el trabajo del día! b. Haz que alguien te llame, si es posible, a la hora que hayas determinado delante de Dios para levantarte; o consigue, lo que es todavía mejor, un despertador, con el que puedas fijar casi al minuto la hora a la que deseas levantarte. Por unos doce chelines puede comprarse en casi cualquier ciudad un pequeño reloj alemán con despertador. Aunque muchísimas veces el Señor me ha despertado, en respuesta a la oración, casi al minuto en que deseaba levantarme, me pareció bien procurarme un despertador que me ayudara en mi propósito de madrugar; no, por cierto, como si pudiera prestar la menor ayuda sin la bendición del Señor, pues me quedaría en la cama a pesar del ruido del despertador si él no me diera gracia para levantarme, sino considerándolo sencillamente como un medio. c. Levántate en cuanto despiertes. No te quedes ni un minuto más en la cama, o probablemente volverás a dormirte. d. No te desanimes si te sientes adormilado y cansado por levantarte temprano. Eso pasará pronto. Al cabo de unos días te sentirás más fuerte y más fresco que cuando solías quedarte en la cama una o dos horas más de lo necesario. e. Concédete siempre las mismas horas de sueño. No hagas ningún cambio, salvo que la enfermedad te obligue.
Los días 10, 11 y 12 de diciembre tuvimos reuniones públicas, en las que se dio cuenta de los tratos del Señor con nosotros en relación con las Casas de Huérfanos y los demás objetos del Instituto de Conocimiento Bíblico. Hace ahora —10 de diciembre de 1839— cinco años y nueve meses que el Instituto de Conocimiento Bíblico está en funcionamiento.
También durante el último año: 1. Hemos podido seguir cubriendo todos los gastos necesarios de las seis escuelas diurnas, tres para niños y tres para niñas. El número de niños que asisten actualmente a ellas asciende a 286. El número total de niños que han recibido enseñanza en las escuelas diurnas, por medio del Instituto, desde su fundación, asciende a 1,795. 2. Hay actualmente 226 niños en la escuela dominical. 3. Hay 14 personas aprendiendo a leer en la escuela de adultos, y unos 130 adultos han recibido instrucción en esa escuela desde la fundación del Instituto. 4. Durante el último año se han distribuido 514 ejemplares de las Escrituras, y 5,592 desde el 5 de marzo de 1834. 5. Durante el último año se han invertido £91, 6s. en fines misioneros. 6. Del 9 de diciembre de 1838 al 9 de diciembre de 1839 se han recibido en las tres Casas de Huérfanos 16 huérfanos. Hay actualmente 96 huérfanos en las tres casas. El número total de huérfanos que han estado a nuestro cuidado desde el 11 de abril de 1836 hasta el 9 de diciembre de 1839 asciende a 126.
Para las Casas de Huérfanos, sin que nosotros hayamos pedido nada a nadie, se ha dado la suma de £3,067, 8s. 9¼d., enteramente como resultado de la oración a Dios, desde el comienzo de la obra hasta el 9 de diciembre de 1839.
El total de los gastos relacionados con los objetos del Instituto, sin contar las Casas de Huérfanos, del 19 de noviembre de 1838 al 19 de noviembre de 1839, es de £542, 13s. El saldo en caja el 19 de noviembre de 1839 era de 18s. 5d.
El total de los gastos relacionados con las tres Casas de Huérfanos, del 9 de diciembre de 1838 al 9 de diciembre de 1839, es de £960, 9s. 2¾d. El saldo en caja el 9 de diciembre de 1839 era de £46, 8s. 1d.
31 de diciembre. Mi salud está mucho mejor que desde hace años. También mis facultades mentales están tan bien como en cualquier momento de los últimos tres años. Lo atribuyo a la bendición de Dios, por medio del madrugar y de sumergir la cabeza en agua fría al levantarme.
RESUMEN DEL AÑO 1839.
1. En cuanto a la iglesia: durante el último año se han añadido 115, de los cuales 34 han sido llevados al conocimiento del Señor entre nosotros.
2. En cuanto a mis provisiones temporales, el Señor ha tenido a bien darme, durante el año pasado, £313, 2s. 5d.
Capítulo 14 completado
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