Capítulo 23 · 5 min de lectura
Alimentarse de la Palabra
Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón" — Jeremías 15:16.
Aquí tenéis tres cosas. El hallazgo de la palabra de Dios. Esto solo llega a quienes la buscan con diligencia. Luego el comer. Esto significa la apropiación personal para nuestro propio sustento, el tomar dentro de nuestro ser las palabras de Dios. «Mas él respondiendo, dijo: Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, sino con toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4:4); y después el regocijo: «El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual, hallándolo un hombre, lo encubre; y de gozo de ello va, y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo» (Mateo 13:44). Ahí tenemos el hallazgo, la apropiación y el regocijo. «Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón.»
El comer es aquí el pensamiento central. Va precedido de la búsqueda y del hallazgo; va acompañado y seguido del regocijo. Es el único fin y provecho de la una; es la única causa y vida del otro. En el secreto de la cámara interior, ¡cuánto depende de esto: yo las comí!
Para percibir la diferencia entre esto y el hallar las palabras de Dios, comparad el grano que un hombre puede tener almacenado en su granero con el pan que tiene sobre su mesa. Todo el diligente trabajo que ha empleado en sembrar, cosechar y almacenar su grano, toda la rica recompensa que ha obtenido por su cuidado, no puede aprovecharle, sino en cuanto se alimenta de la porción diaria de pan que su cuerpo requiere. En el hallar, el cosechar y el almacenar, cuanto mayor la cantidad y más pronta la obra, esas eran las cosas que había que mirar. En el comer sucede todo lo contrario: aquí es la pequeña cantidad, y la lenta e incesante continuidad, lo que caracteriza una apropiación.
¿Veis la aplicación de esto a vuestro estudio de las Escrituras en la vigilia matutina? Necesitáis hallar las palabras de Dios, y por medio de una atenta reflexión dominarlas, para tenerlas guardadas en la mente y en la memoria para vuestro propio uso, y gran gozo: el gozo de la cosecha o de la victoria; el gozo del tesoro asegurado, o de las dificultades vencidas; y sin embargo debemos recordar que este hallar y poseer las palabras de Dios no es todavía aquel comerlas que por sí solo trae vida y fuerza divina al alma.
El hecho de estar ocupado con buen grano sano, y de poseerlo, no alimentará a un hombre. El hecho de estar profundamente interesado en el conocimiento de la palabra de Dios no alimentará por sí mismo al alma. «Fueron halladas tus palabras»: eso fue lo primero. «Y yo las comí»: lo que trajo gozo y regocijo.
¿Y qué es este comer? El grano que el labrador había cultivado y en el cual se había regocijado como suyo propio, no podía alimentar su vida hasta que lo tomaba y lo comía, y así lo asimilaba tan por completo que llegaba a ser parte de sí mismo, entrando en su sangre, formando sus mismos huesos y su carne. Esto ha de hacerse en pequeña cantidad cada vez, dos o tres veces al día, todos los días del año. Esta es la ley del comer. No es el interés ni el éxito de mi estudio de la Biblia; no es la mayor claridad de visión ni la mayor amplitud de comprensión que voy alcanzando lo que asegura la salud y el crecimiento de la vida espiritual. De ningún modo. Todo esto a menudo deja a la naturaleza muy poco santificada y espiritual, con muy poco de la santidad o de la humildad de Cristo Jesús: se necesita algo más. Jesús dijo: Mi comida es hacer la voluntad del que me envió.
Tomar una pequeña porción de la palabra de Dios, algún mandamiento o deber definido de la nueva vida, recibirlo tranquilamente en la voluntad y en el amor del corazón, entregando todo el ser a su gobierno, y prometiendo, en el poder del Señor Jesús, cumplirlo: esto, y luego ir a hacerlo, esto es comer la palabra, tomarla dentro de nuestro ser más íntimo, de modo que llega a ser una parte constante de nuestra propia vida. Lo mismo con una verdad, o una promesa; lo que habéis comido ahora llega a ser parte de vosotros mismos, y lo lleváis con vosotros dondequiera que vayáis como parte de la vida que vivís.
Veis de inmediato cómo los dos puntos de diferencia entre el grano en el granero y el pan sobre la mesa abarcan todo vuestro estudio de la Biblia. Reunir conocimiento de las Escrituras es una cosa. El comer la palabra de Dios, el recibirla en vuestro corazón por el poder del Espíritu vivificante, es algo muy diferente.
Y veis cómo las dos leyes del comer el alimento, en contraste con las de hallarlo, deben obedecerse siempre. Podéis reunir y almacenar grano para que dure años. No podéis tragar una cantidad de pan lo bastante grande para que dure días. Día tras día, y más de una vez al día, tomáis el alimento del día. Y así el comer la palabra de Dios ha de ser en pequeñas porciones, tanto como el alma pueda cada vez recibir y digerir. Y esto, día tras día, de un extremo del año al otro.
Es tal alimentarse de la palabra lo que me capacitará para decir: «Tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón.» George Muller dice que aprendió que no debía dejar de leer la Palabra hasta sentirse feliz en Dios: entonces se sentía dispuesto para salir a la labor de su día.