Capítulo 21 · 5 min de lectura
¿Quién eres tú?
Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios."— Colosenses 3: 2, 3.
Al entrar en la presencia de Dios en la hora de la mañana, mucho depende de que el cristiano comprenda no solo quién es Dios, sino quién es él mismo, y cuál es la relación en que se halla para con Dios. A la pregunta «¿Quién eres tú?», que se hace, no con palabras sino en espíritu, a cada uno que reclama el derecho de acceso y de ser oído por el Altísimo, debe haber una respuesta dispuesta en lo más íntimo de su conciencia; esa conciencia no ha de ser menos que un sentido vivo del lugar que tiene en Cristo delante de Dios. El modo de expresarlo podrá diferir en diferentes momentos; en sustancia será siempre el mismo.
¿Quién soy yo? Sí, déjame pensar y decir: ¿quién soy yo para pedir que Dios se encuentre aquí conmigo, que pase todo este día conmigo? Soy uno que sabe, por la palabra y el Espíritu de Dios, que estoy en Cristo, y que mi vida está escondida con Cristo en Dios. En Cristo, morí al pecado y al mundo. Ahora soy sacado de ellos, separado de ellos y librado de su poder. He sido resucitado juntamente con Cristo, y en Él vivo para Dios.
Mi vida está escondida con Cristo en Dios, y vengo a Dios para reclamar y obtener toda la vida divina que está escondida en Él para la necesidad y la provisión de hoy.
Sí, esto es lo que soy; se lo digo a Dios con humilde y santa reverencia, como mi súplica. Me lo digo a mí mismo para animar a otros, así como a mí mismo, a buscar y esperar nada menos que gracia para vivir aquí en la tierra la vida escondida del cielo. Soy uno que anhela decir, que dice: Cristo es mi vida. El anhelo de mi alma es por Cristo, revelado por el Padre mismo dentro del corazón. Nada menos puede satisfacerme. Mi vida está escondida con Cristo. Él no puede ser mi vida de otra manera sino tal como está en mi corazón. ¡Sí! Con nada menos puedo contentarme que con Cristo en el corazón.
Cristo es un Salvador del pecado. Cristo es el don y el portador del amor de Dios. Cristo como Amigo y Señor que mora en el interior. ¡Oh, Dios mío! Si preguntas: «¿Quién eres tú?», escucha mi balbuceo: yo vivo en Cristo, y Cristo en mí. Solo Tú puedes hacer que yo conozca y sea todo lo que ello significa. Hay más que habré de decir, como mi súplica por la gracia de la presencia y el poder de Dios todo el día. Vengo como uno que desea, que busca, estar preparado para vivir de la vida de Cristo hoy en la tierra, para traducir su escondida gloria celestial al lenguaje de la vida diaria, con sus disposiciones y sus deberes.
Así como el Cristo en la tierra vivió solo para hacer la voluntad de Dios, es mi gran deseo estar perfecto y completo en toda su voluntad.
Mi ignorancia de esa voluntad, en toda su aplicación espiritual a la unidad con el mundo y con los hombres, es muy grande. Mi impotencia es aún mayor. Y con todo, vengo a Dios como uno que no se atreve a ofrecer menos ni a buscar componenda alguna, como uno que con toda honradez acepta el alto llamamiento de vivir plenamente la voluntad de Dios en todas las cosas.
Es esto lo que me trae al aposento. Al pensar en todos mis fracasos en cumplir la voluntad de Dios, al mirar hacia adelante a todas las tentaciones y peligros que me aguardan, al sentir mi entera insuficiencia y con todo decir a Dios: vengo a reclamar la vida escondida en Cristo, para poder vivir la vida para Cristo; me siento impulsado y atraído a no contentarme sin la callada seguridad de que Dios irá conmigo y me bendecirá.
¿Quién soy yo para pedir a Dios estas cosas grandes y maravillosas? ¿Podré en verdad esperar vivir la vida escondida con Cristo en Dios, de modo que se manifieste en mi cuerpo mortal? Puedo; porque es Dios mismo quien la obrará en mí por el Espíritu Santo que mora en mí. El mismo Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos, y luego lo puso a su diestra, me ha resucitado con Él y ha dado el Espíritu de la gloria de su Hijo en mi corazón.
Una vida en Cristo, entregada a conocer y hacer toda la voluntad de Dios, es la vida que Dios mismo obrará y mantendrá cada vez más en mí por el Espíritu Santo. Y cuando vengo por la mañana y me presento delante de Él para retomar de nuevo la vida que Él ha escondido en sí mismo para mí, allí donde su Hijo está escondido, y vivirla en la carne, puedo esperar confiada y sosegadamente, como uno en quien mora el Espíritu, a que el Padre dé la nueva unción que enseña todas las cosas, y a que Él mismo se haga cargo del nuevo día que me ha dado.
Hermano mío, estoy seguro de que sientes de cuánta infinita importancia es, si la hora de la mañana ha de asegurar la presencia de Dios para el día, que te mantengas firme sobre nada menos que el terreno de la plena redención.
Cree lo que Dios te dice. Acepta lo que Dios te ha concedido en Cristo. Sé consciente y abiertamente lo que Dios te ha hecho ser. Toma tiempo delante de Dios para conocerlo y decirlo. Cuánto depende, en una batalla, de una posición inexpugnable. Toma tu lugar allí donde Dios te ha puesto.
El intento mismo de hacer esto podrá a veces interferir con tu estudio ordinario de la Biblia, o con la oración. No será pérdida alguna. Será plenamente recompensado más tarde. Toda tu vida depende de saber quién es tu Dios, y quién eres tú como su redimido en Cristo. La vida de cada día depende de ello; y una vez que hayas aprendido el secreto, este será, aun cuando no pienses en ello, la fortaleza de tu corazón, tanto al entrar hacia Dios como al salir con Él hacia el mundo.