Capítulo 96 · 6 min de lectura · 7 min de escucha
No se han de escudriñar las cosas altas ni los juicios ocultos de Dios
La voz de Cristo
HIJO, guárdate de discutir sobre cosas altas y sobre los juicios ocultos de Dios: por qué este es tan desamparado y aquel favorecido con tan gran gracia, o por qué uno está tan afligido y otro tan altamente ensalzado. Estas cosas sobrepasan todo entendimiento humano, y ninguna razón ni disputa puede sondear los juicios de Dios.
Por tanto, cuando el enemigo te sugiera tales cosas, o cuando algunos curiosos te hagan preguntas sobre ellas, responde con el profeta: «Justo eres tú, oh Señor, y rectos tus juicios»; y también esto: «Los juicios del Señor son verdad, todos justos». Mis juicios han de ser temidos, no discutidos, porque son incomprensibles para el entendimiento de los hombres.
Del mismo modo, no indagues ni disputes sobre los méritos de los santos, sobre cuál es más santo o cuál será mayor en el reino de los cielos. Tales cosas engendran a menudo pleitos y contiendas inútiles. Alimentan la soberbia y la vanagloria, de donde nacen envidias y discordias, cuando uno quiere ensalzar con soberbia a un santo y otro a otro. El deseo de saber y escudriñar tales cosas no produce fruto alguno. Al contrario, desagrada a los santos, porque yo no soy Dios de disensión, sino de paz; de aquella paz que consiste en la verdadera humildad más que en ensalzarse a sí mismo.
Algunos se sienten atraídos, por el ardor de su amor, con mayor afecto hacia estos santos o hacia aquellos; pero este afecto es humano y no divino. Yo soy el que hizo a todos los santos. Yo les di la gracia; yo los llevé a la gloria. Yo conozco los méritos de cada uno. Yo me adelanté a ellos con las bendiciones de mi dulzura. Yo conocí a mis amados antes de los siglos. Yo los elegí del mundo; no me eligieron ellos a mí. Yo los llamé por gracia, yo los atraje por misericordia. Yo los conduje seguros a través de diversas tentaciones. Yo derramé en ellos consuelos gloriosos. Yo les di la perseverancia y coroné su paciencia. Yo conozco al primero y al último. Yo los abrazo a todos con un amor inestimable. Yo he de ser alabado en todos mis santos. Yo he de ser bendito sobre todas las cosas y honrado en cada uno de aquellos a quienes tan gloriosamente ensalcé y predestiné, sin ningún mérito previo de su parte.
Por tanto, el que desprecia a uno de los más pequeños de los míos no honra al mayor, porque al pequeño y al grande yo los hice. Y el que menosprecia a uno de los santos me menosprecia también a mí y a todos los demás en el reino de los cielos. Todos son una sola cosa por el vínculo de la caridad. Tienen el mismo pensamiento y la misma voluntad, y se aman mutuamente; pero, lo que es mucho más, me aman a mí más que a sí mismos o a sus propios méritos. Arrebatados sobre sí mismos y sacados del amor propio, están enteramente absortos en el amor a mí, en quien descansan. No hay nada que pueda apartarlos ni abatirlos, porque los que están llenos de la verdad eterna arden con el fuego de un amor inextinguible.
Callen, pues, los hombres carnales y sensuales, que solo saben amar sus propios gozos egoístas, y no disputen sobre el estado de los santos de Dios. Tales hombres quitan y añaden según sus propias inclinaciones, y no como agrada a la Verdad eterna. En muchos esto es pura ignorancia, sobre todo en los que están poco iluminados y rara vez saben amar a alguien con un amor puramente espiritual. Todavía los arrastran con fuerza el afecto natural y la amistad humana hacia una u otra persona, y sobre su manera de obrar en estas cosas de aquí abajo fundan lo que imaginan de las cosas celestiales. Pero hay una distancia incomparable entre lo que imaginan los imperfectos y lo que contemplan los hombres iluminados por revelación de lo alto.
Guárdate, pues, hijo, de tratar por curiosidad cosas que exceden tu conocimiento. Sea más bien tu ocupación y tu propósito ser hallado, aunque sea el más pequeño, en el reino de Dios. Porque aunque uno supiera quién es más santo que otro, o quién es mayor en el reino de los cielos, ¿de qué le serviría este conocimiento si no se humillara por ello delante de mí y no se levantara a alabar más mi nombre?
El hombre que piensa en la grandeza de sus propios pecados y en la pequeñez de sus virtudes, y en la distancia que hay entre él y la perfección de los santos, obra de manera mucho más agradable a Dios que el que disputa sobre quién es mayor o quién es menor. Mejor es invocar a los santos con oraciones devotas y lágrimas, e implorar con ánimo humilde su glorioso auxilio, que escudriñar con vana curiosidad sus secretos.
Los santos están bien y perfectamente contentos, con tal que los hombres sepan contentarse y dejen sus discusiones inútiles. No se glorían de sus propios méritos, porque no se atribuyen a sí mismos bien alguno, sino todo a mí, porque yo, por mi caridad infinita, se lo di todo. Están llenos de tan grande amor de Dios y de un gozo tan desbordante que no les falta gloria alguna ni puede faltarles felicidad. Todos los santos, cuanto más altos están en la gloria, tanto más humildes son en sí mismos, y más cercanos a mí y más amados por mí. Por eso hallas escrito que echaban sus coronas delante de Dios, y se postraban sobre sus rostros delante del Cordero, y adoraban al que vive para siempre jamás.
Muchos preguntan quién es el mayor en el reino de los cielos, y no saben si ellos mismos serán dignos de ser contados entre los más pequeños. Gran cosa es ser aun el más pequeño en el cielo, donde todos son grandes, porque todos serán llamados hijos de Dios, y lo serán. El pequeño será por mil, y el pecador de cien años morirá. Porque cuando los discípulos preguntaron quién sería el mayor en el reino de los cielos, oyeron esta respuesta: «Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos».
¡Ay, pues, de los que desdeñan humillarse de buena gana con los niños, porque la puerta baja del reino celestial no los dejará entrar! ¡Ay también de los ricos, que tienen aquí su consuelo, porque cuando los pobres entren en el reino de Dios, ellos se quedarán fuera lamentándose! Alegraos, humildes, y regocijaos, pobres, porque vuestro es el reino de Dios, con tal que andéis en la verdad.
Capítulo 96 completado
No se han de escudriñar las cosas altas ni los juicios ocultos de Dios