Capítulo 71 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
La inconstancia del alma: dirigir a Dios nuestra intención final
La voz de Cristo
HIJO, no te fíes de lo que sientes ahora, porque pronto se mudará en otra cosa. Mientras vivas estarás sujeto a la mudanza, aun a pesar tuyo. Unas veces estarás alegre y otras triste; ahora en paz y luego turbado; en un momento devoto y al siguiente sin devoción; a veces diligente y otras perezoso; ora grave, ora ligero.
Pero el hombre sabio y bien instruido en el espíritu está por encima de estas mudanzas. No atiende a lo que siente en sí ni a la parte de donde sopla el viento de la inconstancia, con tal que toda la intención de su mente se encamine al fin debido y deseado. Porque así puede permanecer entero, inmutable e inconmovible, con la sencillez de su intención dirigida a mí sin vacilar, aun en medio de tantos sucesos cambiantes. Y cuanto más pura es esta sencillez de intención, con tanta mayor constancia atraviesa muchas tempestades.
Pero de muchas maneras se oscurece el ojo de la intención pura, porque se deja atraer por cualquier cosa deleitable que encuentra. En verdad, es raro hallar a alguien que esté del todo libre de toda mancha de búsqueda de sí mismo. Así, los judíos de antaño vinieron a Betania, a casa de Marta y María, no solamente por causa de Jesús, sino también por ver a Lázaro.
Por tanto, el ojo de tu intención debe purificarse para que sea sencillo y recto. Debe dirigirse a mí, por encima de todos los objetos que se interpongan.
Capítulo 71 completado
La inconstancia del alma: dirigir a Dios nuestra intención final