La imitación de Cristo
Consideraciones sobre la miseria del hombre

Capítulo 23 · 4 min de lectura · 5 min de escucha

Consideraciones sobre la miseria del hombre

DONDEQUIERA que estés y adondequiera que vayas, eres miserable si no te vuelves a Dios. ¿Por qué, pues, te turbas cuando las cosas no suceden como quieres y deseas? ¿Hay alguien que tenga todo como quiere? No: ni yo, ni tú, ni hombre alguno sobre la tierra. No hay nadie en el mundo, sea papa o rey, que no padezca pruebas y angustias.

¿Quién está mejor, entonces? Sin duda, el que sabe padecer algo por Dios. Muchas personas inconstantes y débiles de espíritu dicen: «¡Mira qué bien vive aquel hombre, qué rico es, qué grande, qué poderoso y fuerte!». Pero tú levanta los ojos a las riquezas del cielo y comprende que los bienes materiales de que ellos hablan no son nada. Estas cosas son inciertas y muy gravosas, porque nunca se poseen sin inquietud y temor. La felicidad del hombre no consiste en poseer bienes en abundancia; le basta con muy poco.

Vivir en la tierra es verdaderamente una miseria. Cuanto más desea el hombre la vida espiritual, tanto más amarga se le hace la vida presente, porque comprende mejor y ve con más claridad los defectos y la corrupción de la naturaleza humana. Comer y beber, velar y dormir, descansar, trabajar y estar sujeto a las demás necesidades humanas es ciertamente una gran miseria y aflicción para el hombre devoto, que de buena gana se vería libre de ellas y libre de todo pecado. En verdad, el hombre interior está muy agobiado en este mundo por las necesidades del cuerpo; por eso el Profeta pedía verse libre de ellas lo más posible, cuando decía: «Señor, líbrame de mis necesidades».

Pero ¡ay de los que no conocen su propia miseria, y más ay de los que aman esta vida miserable y corruptible! Algunos, en verdad, a duras penas consiguen lo necesario para ella, trabajando o mendigando; y, sin embargo, la aman tanto que, si pudieran vivir aquí siempre, no se cuidarían nada del reino de Dios.

¡Qué necios e incrédulos de corazón son los que están tan absortos en las cosas terrenas que no gustan sino lo carnal! Miserables en verdad, porque al fin verán, para su dolor, cuán vil y sin valor era lo que amaban.

Los santos de Dios y todos los devotos amigos de Cristo no miraron lo que agrada al cuerpo ni las cosas que están en boga de tiempo en tiempo. Toda su esperanza y su intención se centraban en el bien eterno. Todo su deseo apuntaba hacia arriba, al reino duradero e invisible, para que el amor de lo visible no los arrastrara a las cosas bajas.

No pierdas, pues, el ánimo, hermano mío, en seguir tu vida espiritual. Aún hay tiempo, y tu hora no ha pasado. ¿Por qué dilatas tu propósito? ¡Levántate! Comienza ahora mismo y di: «Ahora es tiempo de obrar, ahora es tiempo de pelear, ahora es el tiempo oportuno para enmendarme».

Cuando estás turbado y afligido, entonces es tiempo de merecer. Tienes que pasar por el agua y por el fuego antes de llegar al descanso. Si no te haces violencia, no vencerás el vicio.

Mientras vivimos en este frágil cuerpo, no podemos estar libres de pecado ni vivir sin cansancio y dolor. De buena gana descansaríamos de toda miseria; pero al perder la inocencia por el pecado, perdimos también la verdadera bienaventuranza. Por eso debemos tener paciencia y esperar la misericordia de Dios hasta que pase esta iniquidad, hasta que lo mortal sea absorbido por la vida.

¡Cuán grande es la fragilidad de la naturaleza humana, siempre inclinada al mal! Hoy confiesas tus pecados, y mañana vuelves a cometer los mismos pecados que confesaste. Ahora te propones tener cuidado, y una hora después obras como si no te hubieras propuesto nada.

Tenemos, pues, motivo, por nuestra fragilidad y flaqueza, para humillarnos y no tener nunca de nosotros mismos un alto concepto. Por negligencia podemos perder pronto lo que, por la gracia de Dios, hemos adquirido solo con largo y duro trabajo. ¿Qué será al fin de nosotros, que tan pronto nos entibiamos? ¡Ay de nosotros si pretendemos descansar en paz y seguridad cuando en realidad no hay verdadera santidad en nuestra vida! Nos sería provechoso, como buenos novicios, ser instruidos de nuevo en los principios de una vida buena, por si hubiera esperanza de enmienda y de mayor progreso espiritual en el futuro.

Capítulo 23 completado

Consideraciones sobre la miseria del hombre

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