Capítulo 16 · 34 min de lectura · 44 min de escucha
¿Es eterno el castigo futuro?
Jesucristo enseñó claramente que habrá un infierno literal y que ese infierno será un lugar de sufrimiento consciente, un sufrimiento que supera con mucho todo lo que cualquiera experimenta en esta vida presente; pero nos sale al paso otra pregunta de gran importancia: ¿será interminable este sufrimiento futuro y consciente de los impenitentes? Hay muchos que creen en un castigo futuro de carácter muy severo y terrible, y que de hecho creen en un infierno literal de sufrimiento consciente y espantoso, pero niegan, o por lo menos dudan, que ese infierno futuro vaya a ser un lugar de sufrimiento consciente interminable. Muchos de ellos admiten y enseñan que el sufrimiento puede prolongarse por largo tiempo, quizá por miles de años, pero sostienen que al fin terminará y que todos los hombres llegarán finalmente al arrepentimiento, aceptarán a Jesucristo y serán salvos. ¿Cuál es la verdad exacta en esta cuestión? No podemos decidirla preguntando qué creen la mayoría de los teólogos supuestamente dignos de confianza, porque las mayorías se equivocan a menudo y las minorías aciertan a menudo. Tampoco podemos decidirla razonando sobre lo que un ser como Dios debe hacer. Es imposible que hombres finitos e insensatos como nosotros, y como lo son los más sabios filósofos y teólogos, juzguen lo que debe hacer un Dios infinitamente sabio e infinitamente santo. Todos los razonamientos de hombres finitos acerca de lo que debe hacer un Dios infinitamente sabio son completamente inútiles y una pura pérdida de tiempo. Todo lo que sabemos del futuro es lo que a Dios le ha placido decirnos en su Palabra. La Biblia, como hemos visto, es sin lugar a dudas la Palabra de Dios, y por lo tanto lo que dice sobre este asunto, o sobre cualquier otro, es verdadero y absolutamente seguro; y en una cuestión de esta índole una onza de revelación de Dios vale más que mil toneladas de especulación humana. Toda la cuestión, pues, es esta: ¿qué enseña la Biblia sobre este asunto?
I. LO QUE ENSEÑA LA BIBLIA ACERCA DE LA ETERNIDAD DEL CASTIGO FUTURO
1. Para averiguar exactamente lo que enseña la Biblia acerca de la eternidad del castigo futuro, acudamos ante todo a las palabras de nuestro mismo Señor Jesús en Mateo 25:46 (Revised Version): «E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna». La primera pregunta que se nos presenta al estudiar este pasaje es qué significa la palabra aionios (aionion), que aquí se traduce «eterno». El mejor diccionario griego-inglés del Nuevo Testamento es el de Thayer. En este diccionario, Thayer, después de un estudio cuidadoso de la palabra, de su derivación y de su uso, da estas tres definiciones de la palabra, y solo estas tres: (1) «Sin principio ni fin, lo que siempre ha sido y siempre será». (2) «Sin principio». (3) «Sin fin, que nunca ha de cesar, perpetuo». Con frecuencia se dice que la palabra aionios, según su derivación, significa que dura una edad, y que por lo tanto puede referirse a un período limitado. Aun admitiendo que esto sea cierto, debemos tener presente que el significado de las palabras no lo determina su derivación sino su uso, y la pregunta más importante no es cuál sea la derivación de esta palabra, sino cómo se usa en el Nuevo Testamento. Se usa 72 veces en el Nuevo Testamento. Cuarenta y cuatro de esas 72 veces aparece en la expresión «vida eterna», o, como a veces se traduce, «vida perpetua». Nadie pone en duda que la vida eterna es interminable y que, unida a la palabra «vida», «que dura una edad» (si esa es en verdad la derivación de la palabra) significa que dura por todas las edades, que nunca termina. Una vez se usa unida a la palabra «moradas», refiriéndose a las moradas que tendrán los bienaventurados en el mundo venidero, y, naturalmente, también estas son interminables. Una vez se usa del «peso de gloria» que en el mundo venidero aguarda al creyente en Jesucristo que soporta la aflicción por Cristo en esta vida presente. También en este caso, naturalmente, por consentimiento universal significa interminable. Una vez se usa de la «casa no hecha de manos» que los creyentes en Cristo han de recibir en la venida del Señor Jesús (2 Corintios 5:1-8). Naturalmente, esta «casa no hecha de manos» es eterna. De hecho, el punto mismo que se presenta en este pasaje es el contraste entre nuestros cuerpos presentes, que son solo por breve tiempo, y nuestros cuerpos de resurrección, que han de existir por toda la eternidad. Una vez se usa de las cosas futuras que no se ven, que nunca terminan, en contraste con las cosas presentes que se ven, que son por un tiempo (2 Corintios 4:18). Naturalmente, estas no terminan nunca. Ese es precisamente el punto que se destaca en el contraste. Una vez se usa de la «consolación» (Revised Version) o «consuelo» (Authorized Version) eterno que «nuestro Señor Jesucristo mismo, y Dios nuestro Padre» nos dan, y ciertamente ese no termina nunca. Dos veces se usa de la «gloria» que obtienen los que están en Cristo (2 Timoteo 2:10). Esa, naturalmente, por consentimiento universal es interminable. Una vez se usa de la «salvación» que Cristo trae, que sin lugar a dudas no termina nunca. Una vez (Hebreos 9:12) se usa de la «redención» que Jesucristo nos asegura por su sangre. Esta redención no termina nunca. De hecho, el principal punto de contraste en el contexto, en este caso, es entre la redención temporal asegurada por los sacrificios constantemente repetidos del ritual mosaico y la redención que nunca termina, asegurada por el sacrificio perfecto de Cristo ofrecido una vez para siempre. Una vez se usa de la «herencia» que reciben los que están en Cristo (Hebreos 9:15). Aquí también, sin lugar a dudas, es interminable. Una vez se usa del «pacto eterno» por medio de la sangre de Cristo, en contraste con el pacto temporal, basado en la sangre de toros y de machos cabríos, dado por medio de Moisés. Aquí también significa necesaria y enfáticamente interminable. Ese es precisamente el punto en cuestión. Una vez se usa del «reino eterno» de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Pedro 1:11), y en Lucas 1:33 se nos dice: «de su reino no habrá fin». Una vez se usa del «evangelio eterno» (o buenas nuevas), y naturalmente tampoco este termina nunca. Una vez se usa del «Dios eterno» (Romanos 16:26), y él ciertamente perdura no solo por largas edades, sino sin fin. Una vez se usa del Espíritu Santo, a quien se llama «el Espíritu eterno (o perpetuo)», y él ciertamente perdura, no solo por largas edades, sino por una eternidad absolutamente interminable. Esto abarca cincuenta y nueve de las setenta y dos veces que se usa, y en estos cincuenta y nueve casos la idea de lo interminable es absolutamente necesaria para el sentido; y en ni una sola de las trece veces restantes en que se usa se aplica a algo de lo que se sepa que termina. Si el uso puede determinar el significado de alguna palabra, entonces ciertamente el uso que el Nuevo Testamento hace de esta palabra determina que significa que nunca termina, o, como la define Thayer, «sin fin, que nunca ha de cesar, perpetuo».
Y no es esto todo: Dios mismo determina que significa que nunca termina; él la define como interminable al usarla expresamente en contraste con aquello que sí termina. Por ejemplo, en 2 Corintios 4:18 leemos: «No mirando nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales (literalmente, por un tiempo); mas las que no se ven son eternas». Aquí todo el punto está en que las cosas que no se ven, a diferencia de las que se ven, que son por un tiempo, son de duración interminable.
Pero aun concediendo que la palabra, según su uso, pudiera emplearse de algo que, aunque dure por una edad o por edades, tiene fin; aun si esto fuera cierto (que no lo es), el significado de la palabra en cada caso concreto tendría que determinarse por el contexto en que se encuentra. Ahora bien, ¿cuál es el contexto en el pasaje que estamos estudiando? Leámoslo otra vez: «E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna». Se usa el mismo adjetivo griego con «castigo» y con «vida». (En la Authorized Version inglesa se traduce de manera diferente, pero en el griego y en la Revised Version es exactamente el mismo.) Sin duda este adjetivo calificativo ha de significar en una mitad de la oración lo mismo que significa en la otra mitad. Debemos admitir, por lo menos, que Jesucristo era un hombre honrado, y ciertamente era demasiado honrado para hacer juegos de palabras: no usaría una palabra con un sentido en una mitad de la oración y con otro completamente distinto en la otra mitad. Es evidente que quiso transmitir la idea de que el castigo de los no salvos tendría la misma duración que la vida de los salvos. Nadie pone en duda que la vida es interminable. Si no lo fuera, sería la ruina de todas nuestras esperanzas. Por lo tanto, si hemos de tratar honradamente las palabras de nuestro Señor, él enseñó que el castigo de los no salvos sería interminable. En la Palabra de Dios tenemos exactamente la misma razón para creer en el castigo interminable que para creer en la vida interminable. Si renuncias a lo uno, tienes que renunciar a lo otro, o bien tratar deshonestamente las palabras de Jesucristo.
2. Podríamos dejar aquí el asunto y darlo por probado, pero acudamos a otro pasaje, Apocalipsis 14:9-11: «Y otro ángel, el tercero, los siguió, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe una marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y delante del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos; y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre». Aquí tenemos otra expresión para la duración del castigo y del sufrimiento de los impenitentes, la expresión que se traduce por los siglos de los siglos. En el griego hay dos formas de expresión, ligeramente diferentes, que se traducen así. Una de ellas, traducida literalmente, es «hasta las edades de las edades»; la otra es «hasta edades de edades». ¿Qué idea transmiten estas expresiones? Los que procuran escapar de la fuerza de estas palabras como referidas a lo absolutamente interminable han dicho que la expresión «es un hebraísmo para designar lo supremo de su clase», y como ilustración de ese supuesto hebraísmo se citan las expresiones «Señor de señores» y «Santo de los santos». Pero no es así. En primer lugar, la forma de ninguna de las dos expresiones es la misma; y, en segundo lugar, ese no es el significado de la expresión «el Señor de señores» ni el de la expresión «el Santo de los santos». La expresión «Señor de señores» no significa simplemente el supremo Señor, sino uno que es él mismo Señor de todos los demás señores; y esta expresión «hasta las edades de las edades» nunca significa simplemente las edades que son las supremas en distinción de otras edades (ni, como dice otro, las edades que surgen de las demás edades, es decir, las edades finales antes de la eternidad). La expresión, según su forma, significa edades que están ellas mismas compuestas de edades. No representa años que se suceden a años, ni siglos que se suceden a siglos, sino edades que se precipitan sobre edades en procesión interminable. Es la forma de expresión más fuerte posible para lo absolutamente interminable. Además, la manera de determinar de modo concluyente lo que la expresión significa es considerar su uso. El uso es siempre lo decisivo para determinar el significado de las palabras y de las frases. ¿Cuál es el uso de estas expresiones en el libro del que hemos tomado nuestro pasaje? Estas expresiones se usan doce veces en este libro. En ocho de las doce veces se refieren a la duración de la existencia, o del reinado, o de la gloria de Dios y de su Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Naturalmente, en estos casos no puede significar simplemente las edades supremas, ni unas edades determinadas: tiene que referirse a la eternidad absoluta, a lo interminable. Una vez se usa de la duración del reinado bienaventurado de los justos, y, naturalmente, aquí también se refiere a una eternidad interminable; y en los tres casos restantes se usa de la duración del tormento del diablo, de la Bestia, del Falso Profeta y de los finalmente impenitentes. Los que quieren negar que la expresión significa una eternidad absolutamente interminable alegan que se usa en Apocalipsis 11:15, donde se nos dice que «el reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos (hasta las edades de las edades)», y que en 1 Corintios 15:24 se nos dice que Cristo «entregará el reino al Dios y Padre»; y que, por lo tanto, su reino tiene que llegar a su fin, y en consecuencia «por los siglos de los siglos» no puede significar en este pasaje sin fin. Hay dos respuestas a esta objeción, y cualquiera de ellas basta. La primera es que el «él» de «él reinará por los siglos de los siglos», en Apocalipsis 11:15, no se refiere necesariamente al Cristo, sino más bien al Señor Jehová, en cuyo caso el argumento se viene abajo. La segunda respuesta es que, si bien se nos enseña en 1 Corintios 15:24 y siguientes que Jesucristo entregará al Padre su reino mediador, con todo se nos enseña claramente que reinará con el Padre, y se nos dice con todas sus letras en Lucas 1:33 que «de su reino no habrá fin»; de modo que, aun si el «él» de Apocalipsis 11:15 se refiriera al Cristo y no al Señor Jehová, la afirmación seguiría siendo exactamente correcta: que él, el Cristo, había de reinar por los siglos de los siglos, es decir, sin fin. No hay un solo pasaje en todo el libro en que esta expresión se use de algo que no sea absolutamente interminable. Así que la pregunta queda contestada otra vez, y contestada de modo decisivo: el sufrimiento consciente de los que persisten en la impenitencia es absolutamente interminable.
3. Veamos ahora otro pasaje, 2 Tesalonicenses 1:7-9: «El Señor Jesús se manifestará desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar el pago a los que no conocen a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales serán castigados con eterna perdición, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder». Aquí se nos dice que el castigo de los que no conocen a Dios ni obedecen al evangelio es «eterna perdición».
¿Qué significa «eterna perdición»? En Apocalipsis 17:8, 11 se nos dice que la bestia va a «perdición»; así que, si podemos averiguar adónde va la bestia, o a qué va, sabremos qué significa «perdición» en el uso bíblico. En Apocalipsis 19:20 se nos dice que «la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho las señales delante de ella, con las cuales había engañado a los que recibieron la marca de la bestia y a los que adoraron su imagen; estos dos fueron lanzados vivos dentro del lago de fuego que arde con azufre», de modo que vemos que la «perdición» es una parte en el lago de fuego. Y en el capítulo siguiente, Apocalipsis 20:10, se nos dice que «el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta (después de haber estado ya allí mil años; véase el contexto); y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos». Así vemos que la perdición significa una parte en el lago de fuego, donde sus moradores sufren conscientemente sin cesar por los siglos de los siglos. Queda claro, pues, al comparar 2 Tesalonicenses 1:7-9 con estos pasajes, que los que no conocen a Dios ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo serán castigados con un sufrimiento consciente que nunca termina.
4. Veamos un pasaje más, Mateo 25:41 (también estas son palabras del mismo Señor Jesús): «Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles». Lo que quiero que notes aquí es que el castigo al que son enviados los impenitentes es el «fuego eterno» que está «preparado para el diablo y sus ángeles». Tenemos una descripción exacta de lo que es el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles en el pasaje que leímos hace unos momentos, Apocalipsis 20:10: «Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos». Comparando estas dos declaraciones tenemos otra afirmación explícita de nuestro Señor de que el castigo de los impenitentes ha de ser una agonía consciente, donde son castigados sin reposo día y noche por los siglos de los siglos.
Por cualquiera de estos pasajes, y sobre todo por todos ellos juntos, queda claro que las Escrituras dejan tan claro como el lenguaje puede dejarlo que EL CASTIGO FUTURO DE LOS QUE PERSISTEN EN LA IMPENITENCIA ES ABSOLUTAMENTE INTERMINABLE.
II. OBJECIONES
Hay varios pasajes de la Escritura que los que creen que todos los hombres acabarán por arrepentirse y serán llevados a aceptar a Cristo, y así serán salvos, alegan contra lo que parece ser la enseñanza clara de los pasajes que hemos estado estudiando.
1. El primero de ellos es 1 Pedro 3:18-20: «Porque también Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios; siendo muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua». Se alega que, puesto que Cristo fue y predicó a los espíritus encarcelados, habrá otra oportunidad después de que los hombres hayan muerto. Pero esto no lo afirma ni lo da a entender en modo alguno el pasaje en cuestión.
(1) Ante todo, no hay prueba de que «los espíritus encarcelados» se refiera a los espíritus difuntos de hombres que vivieron una vez aquí en la tierra. En la Biblia no se habla de esta manera de los espíritus difuntos de los hombres. Estas palabras se usan de otros espíritus, pero no de espíritus humanos sin cuerpo, y hay toda razón para suponer que estos «espíritus encarcelados» no eran los hombres pecadores que estaban en la tierra cuando se preparaba el arca, sino los ángeles que pecaron en aquel tiempo, tal como se nos dice en Génesis 6:1, 2 que pecaron (compárese Judas 6, 7).
(2) Además, aun si «los espíritus encarcelados» de que aquí se habla fueran los espíritus de hombres que fueron desobedientes en tiempos de Noé, no hay en el pasaje el menor indicio de que fueran salvados por la predicación de Cristo, ni de que tuvieran otra oportunidad. Hay dos palabras que se usan comúnmente en el Nuevo Testamento para predicar: una es kerusso y la otra es euaggelizo. La primera significa pregonar, como cuando se pregona a un rey, o se pregona el reino. Puede usarse, sin embargo, de la predicación de un mensaje, sea el mensaje del evangelio o algún otro. La segunda palabra, euaggelizo, significa predicar el evangelio. En el pasaje que estamos estudiando se usa la primera palabra, y no hay el menor indicio de que Cristo predicara el evangelio a estos espíritus encarcelados. Simplemente pregonó el triunfo del reino. No era un mensaje de salvación. Así que no hay nada en este pasaje que pueda oponerse, ni siquiera por inferencia, a las declaraciones claras y directas acerca del destino de los impíos que se hallan en los pasajes que hemos estado estudiando.
2. El segundo pasaje al que apelan los que niegan la eternidad del castigo futuro es Filipenses 2:9-11: «Por lo cual también Dios lo exaltó hasta lo sumo, y le dio el nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre». Aquí se dice, según se nos asegura, que todos los que están «debajo de la tierra», lo mismo que los que están en el cielo y en la tierra, doblarán la rodilla en el nombre de Jesús y confesarán que Jesucristo es el Señor, y que esto implica que son salvos. Pero no implica que sean salvos. Toda rodilla de los hombres perdidos, y también del diablo y de sus ángeles, se verá obligada algún día a doblarse en el nombre de Jesús, y toda lengua obligada a confesar que él es el Señor. Si alguno lo hace en esta vida presente por su propia y libre elección, será salvo; pero de otro modo lo hará por la fuerza en el siglo venidero; y cada uno tiene que elegir entre hacerlo ahora, de buena gana y con alegría, y ser salvo, o hacerlo por la fuerza más adelante y perderse. No hay absolutamente nada en este pasaje que enseñe la salvación universal, ni que se oponga, ni siquiera por inferencia, a las declaraciones claras que hemos estado estudiando.
3. El tercer pasaje al que se apela es Hechos 3:19-21: «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, a fin de que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe al Cristo que os ha sido designado, a Jesús; a quien es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que ha habido desde la antigüedad». Aquí se nos habla de una futura «restauración de todas las cosas», y los que defienden la doctrina de la salvación universal sostienen que esto significa la restauración de todas las personas a la justicia. Pero eso no es lo que dice, ni es a eso a lo que se refiere. En la profecía del Antiguo Testamento, y también en el libro de Romanos, se nos enseña que, en conexión con el regreso de nuestro Señor Jesús, habrá una restauración de toda la naturaleza, de todo el universo físico, de su estado caído. Por ejemplo, en Romanos 8:19-21 leemos: «Porque el anhelo ardiente de toda la creación aguarda con ansia la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la servidumbre de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios». Y en Isaías 55:13 leemos: «En lugar del espino crecerá el abeto, y en lugar de la ortiga crecerá el arrayán; y será al Señor por nombre, por señal eterna que nunca será raída». Y en Isaías 65:25 se nos dice: «El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No harán mal ni destruirán en todo mi santo monte, dice el Señor», y en Isaías 32:15 se nos dice que «hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto, y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por bosque». A esta restauración del universo físico, aquí claramente predicha en Romanos 8:19-21 y en estas profecías del Antiguo Testamento, es a la que se refiere la «restauración de todas las cosas» de que se habla en Hechos 3:21. No hay ni un indicio, ni la más leve sugerencia, de una restauración de los pecadores impenitentes.
4. Otro pasaje más que se alega es Efesios 1:9, 10, donde leemos: «Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, para la dispensación del cumplimiento de los tiempos, de reunir todas las cosas en Cristo, así las que están en los cielos como las que están en la tierra». Aquí se alega que las cosas que están en los cielos y las que están en la tierra han de ser reunidas en Cristo. Esto es cierto, pero conviene notar que el Espíritu Santo ha omitido aquí expresamente la frase que se halla en Filipenses 2:10, «debajo de la tierra», es decir, la morada de los perdidos; de modo que este pasaje, lejos de sugerir que los perdidos que están en el infierno serán restaurados, sugiere exactamente lo contrario. Así que ciertamente no hay nada en este pasaje que se oponga, ni siquiera por inferencia, a las declaraciones claras que hemos estado estudiando.
5. Queda por considerar un pasaje más que se alega contra la doctrina que hemos estado estudiando, y es 1 Corintios 15:22. Aquí leemos: «Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados». En relación con este pasaje se alega que aquí se nos dice claramente que todos los que mueren en Adán, es decir, todo ser humano, serán vivificados en Cristo, y que «ser vivificados» significa «obtener la vida eterna» o «ser salvos». Durante años pensé que esta era la verdadera interpretación de este pasaje, y en parte por esa razón sostuve y prediqué en aquel tiempo que todos los hombres, finalmente, en algún momento, en algún lugar, de algún modo, serían llevados a aceptar a Jesucristo y serían salvos; pero cuando llegué a estudiar el pasaje con más cuidado vi que esa era una mala interpretación del pasaje. Todo pasaje de la Biblia, o de cualquier otro libro, debe interpretarse en su contexto. Todo el tema del que Pablo habla en este capítulo no es la vida eterna, ni la inmortalidad del alma, sino la resurrección del cuerpo, y todo lo que este pasaje declara es que, así como todos pierden la vida física en Adán, así también todos obtendrán en Cristo una resurrección del cuerpo. Que esa resurrección del cuerpo sea una resurrección para vida eterna o una resurrección para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2) depende enteramente de lo que los hombres hagan con el Cristo en quien la obtienen. No hay absolutamente nada aquí que enseñe la salvación universal. Solo enseña una resurrección universal, la resurrección de los impíos lo mismo que la de los justos.
Para resumir la enseñanza de todos estos pasajes que tan a menudo se alegan para probar la salvación universal: no hay nada en ninguno de ellos, ni en todos juntos, que enseñe que todos los hombres serán finalmente salvos, y no hay nada en ellos que contradiga en modo alguno lo que hemos visto que es el sentido honrado de los pasajes estudiados más arriba, a saber, que el castigo futuro del pecado es absolutamente interminable. No se halla en la Biblia un solo pasaje que enseñe la salvación universal, o que todos los hombres llegarán finalmente al arrepentimiento y serán salvos. Ojalá lo hubiera, pero no lo hay. He estado buscando diligentemente un pasaje así durante casi cuarenta años y no lo he hallado, y no se puede hallar.
III. ¿DÓNDE SE DECIDEN LAS CUESTIONES DE LA ETERNIDAD?
Queda otra pregunta importante, y es esta: ¿dónde se deciden las cuestiones de la eternidad? Hay quienes creen que el castigo de los que persisten en la impenitencia es eterno, que no tiene fin, pero creen también que las cuestiones de la eternidad no se deciden en esta vida presente, sino que para muchos se deciden después de la muerte, y que cuando los hombres mueren impenitentes tendrán otra oportunidad. Creer en el castigo interminable no implica necesariamente creer que no hay oportunidad después de la muerte. Hay muchos que creen que habrá una oportunidad después de la muerte, y que muchos la aceptarán, y que creen también que algunos no la aceptarán y que, por lo tanto, serán castigados por los siglos de los siglos. Ahora bien, ¿qué enseña la Palabra de Dios sobre este punto? Permíteme llamar tu atención a cuatro pasajes, cualquiera de los cuales decide la cuestión, y que tomados juntos no dejan lugar posible a la duda para ningún hombre sincero que esté dispuesto a tomar la Biblia como queriendo decir lo que dice, para ningún hombre que de veras esté tratando de averiguar lo que la Biblia enseña y no simplemente de sostener una teoría.
1. El primer pasaje está en 2 Corintios 5:10: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo hecho por medio del cuerpo, según lo que haya hecho, sea bueno o sea malo». En este pasaje se nos dice claramente que la base del juicio en el mundo venidero es «lo hecho por medio del cuerpo», es decir, lo hecho de este lado del sepulcro, lo hecho antes de que nos despojemos de esta envoltura mortal, lo hecho antes de que el espíritu deje el cuerpo. Naturalmente, este pasaje en particular tiene que ver ante todo con el juicio del creyente, pero muestra cuál es la base del juicio futuro, a saber, lo hecho de este lado del sepulcro.
2. El segundo pasaje es Hebreos 9:27: «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio». Aquí se nos dice claramente que «después de la muerte» habrá, no una oportunidad de prepararse para el juicio, sino «el juicio», y que, por lo tanto, nuestro destino queda decidido en la muerte, y que no hay oportunidad de salvación «después de la muerte».
3. El tercer pasaje es Juan 5:28, 29: «No os maravilléis de esto; porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio». Aquí también se da a entender claramente que la resurrección de buenos y malos tiene por objeto el juicio acerca de lo que hicieron antes de que sus cuerpos fueran puestos en el sepulcro.
4. Un cuarto pasaje, si cabe más decisivo que cualquiera de estos, recoge las palabras de nuestro Señor, Juan 8:21: «Les dijo, pues, otra vez: Yo me voy, y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; adonde yo voy, vosotros no podéis venir». Aquí nuestro Señor declara claramente que la cuestión de si los hombres llegarán a estar con él o no depende de lo que hagan antes de morir; que si mueren impenitentes, si «mueren en sus pecados», adonde él va ellos no pueden venir. Para resumir la enseñanza de todos estos pasajes: las cuestiones de la eternidad, las cuestiones de vida eterna o perdición eterna, las cuestiones de bienaventuranza y gloria eternas o de agonía y vergüenza eternas, se deciden en esta vida presente.
IV. CONCLUSIÓN
La Palabra de Dios declara claramente que el estado futuro de los que rechazan en esta vida presente la redención que se les ofrece en Cristo Jesús es un estado de tormento y angustia conscientes, indecibles e interminables. Esta idea es espantosa, pero es la idea de la Escritura. Es la enseñanza inequívoca e ineludible de la propia palabra de Dios.
Quisiera que todos los hombres se arrepintieran y aceptaran a Cristo. Si alguien pudiera mostrarme un solo pasaje de la Biblia que enseñara claramente que todos los hombres finalmente se arrepentirán, aceptarán a Cristo y serán salvos, sería el día más feliz de mi vida; pero no se puede hallar. En otro tiempo pensé que sí, y así lo creí y lo enseñé. Estas ideas que hoy se pregonan tan ampliamente como algo nuevo, estas teorías del «pastor» Russell, antes de Pittsburg, del señor Gelesnoff, de esta ciudad, del doctor Mabie, de Long Beach, del señor Pridgeon, de Pittsburg, y de muchos otros, no son nada nuevas para mí. Yo sostuve y enseñé en lo sustancial las mismas opiniones acerca de una salvación universal final años antes de que se oyera hablar de estos hombres, de hecho hace casi cuarenta años. Conocía los argumentos que ellos alegan ahora, y otros argumentos que ellos no parecen conocer, pero que para mí eran más decisivos que los que ellos alegan. Pero llegó el momento, a medida que estudiaba la Biblia con más cuidado, en que no pude conciliar mi enseñanza con lo que hallé que era la enseñanza inequívoca de la Palabra de Dios. Tenía que hacer una de tres cosas: o abandonar mi creencia de que la Biblia era la Palabra de Dios, o torcer las palabras de Jesús (y de otros en el Nuevo Testamento) para que significaran algo distinto de lo que claramente parecían enseñar, o abandonar mi doctrina de la restauración y salvación universal final. No podía abandonar mi fe en que la Biblia era la Palabra de Dios, porque había hallado pruebas absolutamente abrumadoras de que era la Palabra de Dios. No podía torcer las palabras de Jesús y de otros para que significaran algo distinto de lo que claramente querían decir, porque yo era un hombre honrado. Solo quedaba una cosa que hacer, y era abandonar mi doctrina de la restauración y salvación universal. La abandoné con gran renuencia, pero me vi obligado a abandonarla o ser infiel a mi propia razón y a mi conciencia. Es la enseñanza ineludible de la Palabra de Dios que todos los que salen de este mundo sin haber aceptado a Jesucristo pasarán la eternidad en el infierno, en un infierno de angustia consciente e indecible.
Esta idea bíblica es también razonable cuando llegamos a ver la naturaleza espantosa del pecado, y en especial la naturaleza espantosa del pecado de pisotear la misericordia de Dios para con los pecadores y de rechazar al glorioso Hijo de Dios, a quien él en su amor ha provisto como Salvador.
Las ideas superficiales acerca del pecado, de la santidad de Dios y de la gloria de Jesucristo están en el fondo de las teorías débiles acerca de la suerte de los impenitentes. Cuando vemos el Pecado en toda su repugnancia y enormidad, la Santidad de Dios en toda su perfección, y la Gloria de Jesucristo en toda su infinitud, nada sino una doctrina según la cual los que persisten en elegir el pecado, los que aman más las tinieblas que la luz, y los que persisten en rechazar al Hijo de Dios, sufrirán angustia eterna, satisfará las exigencias de nuestras propias intuiciones morales. Nada sino el hecho de que tememos el sufrimiento más de lo que aborrecemos el pecado, y más de lo que amamos la gloria de Jesucristo, nos hace rechazar la idea de que los seres que eternamente eligen el pecado sufran eternamente, o de que los hombres que desprecian la misericordia de Dios y desdeñan a su Hijo sean entregados a una angustia interminable.
Si, después de que los hombres han pecado y Dios todavía les ofrece misericordia, y hace el tremendo sacrificio de su Hijo para salvarlos, si aun así desprecian esa misericordia y pisotean al Hijo de Dios, si entonces son entregados al tormento eterno, no puedo menos que decir: «¡Amén! ¡Aleluya! ¡Verdaderos y justos son tus juicios, oh Señor!».
En todo caso, la doctrina del tormento consciente y eterno para los hombres impenitentes está claramente revelada en la Palabra de Dios, y ya podamos defenderla con argumentos filosóficos o no, nuestra tarea es creerla, y dejar a la luz más clara de la eternidad que explique lo que ahora no podemos entender, sabiendo que Dios puede tener muchas razones infinitamente sabias para hacer cosas para las cuales nosotros, en nuestra ignorancia, no vemos ninguna razón suficiente. Es la presunción más ridícula que seres tan limitados e insensatos como lo son los más sabios de los hombres intenten dogmatizar sobre cómo debe obrar un Dios de sabiduría infinita. Todo lo que sabemos de cómo ha de obrar Dios es lo que Dios ha tenido a bien decirnos.
Para concluir, dos cosas son ciertas. Primera: cuanto más de cerca andan los hombres con Dios y más consagrados llegan a estar a su servicio, más probable es que crean esta doctrina. Muchos hay que nos dicen que aman demasiado a sus semejantes para creer esta doctrina; pero los hombres que muestran su amor de maneras más prácticas que con protestas sentimentales acerca de él, los hombres que muestran su amor a sus semejantes como Jesucristo mostró el suyo, dando su vida por ellos, creen esta doctrina, así como la creyó el mismo Jesucristo.
A medida que los cristianos se vuelven mundanos y acomodados, se vuelven laxos en su doctrina acerca de la suerte de los impenitentes. El hecho de que las doctrinas laxas se estén extendiendo tan rápida y ampliamente en nuestros días no habla en su favor, sino en su contra, porque la mundanalidad también se está extendiendo en la iglesia (1 Timoteo 4:1; 2 Timoteo 3:1; 4:2, 3). La creciente relajación de la vida y la creciente relajación de la doctrina van del brazo.
Segunda: los hombres que aceptan una doctrina laxa acerca de la pena final del pecado, ya sea el universalismo, la restauración universal o el aniquilacionismo, o esa combinación fantástica, o conglomerado, de todos ellos, la Aurora del Milenio, pierden su poder para Dios. He visto esto comprobado una y otra vez. Estos hombres pueden ser, y son, muy hábiles para discutir y muy celosos para hacer prosélitos, pero rara vez se les halla rogando a los hombres que se reconcilien con Dios. Es mucho más probable hallarlos tratando de trastornar la fe de los que ya han sido ganados por los esfuerzos de quienes sí creen en el castigo eterno, que tratando de ganar a hombres que no tienen fe alguna. Si de veras crees la doctrina del tormento interminable de los impenitentes, si la doctrina realmente se apodera de ti, trabajarás como nunca has trabajado por la salvación de los perdidos. Si en algo rebajas la doctrina, ella rebajará tu celo. Una y otra vez me he enfrentado con esta terrible doctrina y he tratado de hallar alguna manera de escapar de ella, pero cuando he fracasado, como siempre he fracasado al fin, cuando he resuelto ser honrado con la Biblia y conmigo mismo, he vuelto a mi trabajo con una carga mayor por las almas y una determinación más intensa de gastar y gastarme del todo por su salvación.
Un sufrimiento consciente y eterno, un sufrimiento sin el menor rayo de esperanza de alivio, aguarda a cada uno de vosotros que estáis aquí esta noche y que seguís rechazando obstinadamente a Jesucristo, como lo estáis rechazando esta noche, y que saldréis de este mundo habiéndolo rechazado. En aquel mundo de tinieblas que nunca terminan no habrá posibilidad de arrepentimiento. Cuando miréis hacia el futuro, no habrá un solo rayo de esperanza. «Por los siglos de los siglos» será el lamento incesante de aquel inquieto mar de fuego. Después de haber estado allí diez millones de años, si miráis hacia el futuro, veréis la eternidad que todavía se extiende más y más y más y más, sin esperanza. ¡Oh hombres y mujeres que estáis sin Cristo! ¿Por qué arriesgaréis semejante destino un solo año, o un mes, o una semana, o un día? El infierno es demasiado terrible para arriesgarse cinco minutos a la posibilidad de ir allá. Solo hay una cosa razonable que podéis hacer, y es aceptar a Cristo, y aceptarlo ahora mismo como vuestro Salvador, rendiros a él como vuestro Señor y Maestro, confesarlo como tal delante del mundo, y esforzaros desde ahora en adelante por agradarle en todo, día tras día. Cualquier otro camino es pura locura.
Capítulo 16 completado
¿Es eterno el castigo futuro?