Capítulo 22 · 22 min de lectura · 28 min de escucha
El Salmo ciento treinta y nueve
Tu inmensa hospitalidad nos rodea como un mar sin orillas. No podemos perdernos donde todo es hogar, ni alejarnos a la deriva de ti».
Muy pocos de nosotros comprendemos el pleno significado de las palabras de Mateo 1:23: «He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel.» Esta breve frase revela la mayor verdad del mundo. Dios, el Creador todopoderoso del cielo y de la tierra, no es un dios lejano en un cielo glorioso.
Él vive con nosotros, en nuestras pobres vidas desvalidas, tan cerca como estamos nosotros de nosotros mismos. Esto le parece tan increíble al corazón humano que somos lentos para creerlo. Pero la Biblia lo enseña como un hecho, de principio a fin.
Ninguna mente honrada puede negarlo.
Ya al comienzo mismo del Génesis leemos de la «presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto». Desde entonces, siempre se nos revela así. Tiene una relación diaria y cercana con su pueblo en todas partes. En Éxodo lo vemos pidiéndoles que le hagan un «santuario para habitar entre ellos». Se dice de él que «anduvo» con ellos en el desierto, y que «puso su morada» con ellos en la Tierra Prometida. Les enseñó a apoyarse en él como en un Amigo y Ayudador siempre presente.
Debían consultarle todos sus asuntos y entregarle su vida. Y finalmente vino en Cristo, en forma corporal. Habitó en el mundo como un hombre entre los hombres. Se hizo hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. Tomó sobre sí nuestra naturaleza. Nos reveló, de la manera más real, una verdad grande y bendita: que su propósito era estar con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.
Quienes crean esta verdad hallarán en ella la solución. Resolverá todas las dificultades de su vida. Recuerdo que, cuando era niña y me veía en apuros, la llegada de mis padres siempre me aliviaba. Cuando oía a uno de ellos decir: «Hija, aquí estoy», toda carga se me caía y toda ansiedad se calmaba. Lo lograba su simple presencia. No necesitaban prometerme que me librarían. No necesitaban contarme sus planes. Su presencia era toda la seguridad que yo necesitaba. Significaba que todo se arreglaría y que todo me iría bien.
Una vez que llegaban, yo solo quería ver cómo lo harían.
Se dirá que debían de ser unos padres excepcionales, pues sus hijos les tenían mucha confianza. Creo que lo eran. Pero nuestro Dios es excepcional. Así que la aplicación es absoluta. Su presencia es todo lo que necesitamos.
Nos bastaría aunque no tuviéramos ni una sola promesa ni una sola revelación de sus planes. La Biblia dice: «Yo estaré contigo». Esto ha acallado todas las preguntas y todos los temores. ¿Quién puede dudarlo? Con ello quiso asegurarnos que su infinita sabiduría, su amor y su poder están de nuestro lado. Una y otra vez en mi niñez, las palabras mágicas «¡Oh, ahí está mamá!» me trajeron alivio y consuelo. En mis años posteriores, he oído decir con reverencia «¡Oh, ahí está Dios!»» y eso me trajo una liberación mucho más bendita. Estando él presente, ¿qué podría yo temer? Él ha dicho: «Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: “No te desampararé, ni te dejaré.» (Hebreos 13:5). Así que puedo decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. Todavía recuerdo la sensación alentadora de seguridad que me daba la presencia de mi padre. Nunca temía nada cuando él estaba cerca. Y, sin duda, teniendo cerca a mi Padre celestial, no puede haber ningún lugar para el temor.
Quiero dejar claro y definido el hecho de «Emanuel, Dios con nosotros». Su ayuda práctica y su consuelo me inspiran. Estoy segura de que pocos de los propios hijos de Dios lo creen de verdad. Quizá digan que sí. Quizá repitan mil veces, en tono devoto: «Oh, sí, sabemos que Dios está siempre presente con nosotros, pero…, y en este “pero” está contada toda la historia. No hay «peros» en el vocabulario del alma que acepta su presencia como un hecho literal. Esa alma triunfa con gozo sobre toda sugerencia de temor o de duda. Tiene a Dios, y eso le basta. Su presencia es su segura protección y su provisión, siempre y para todo.
Ruego a mis lectores que pasen conmigo al Salmo 139. Allí encontraremos una bendita revelación de esta verdad. El pensamiento central del salmo se halla en los versículos 7 al 12: «¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: “Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí”, aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz».
Este pasaje es la prueba más fuerte de su constante presencia con nosotros, dondequiera que estemos o hagamos lo que hagamos. La gente procura estar en la presencia del Señor. Pero no puede escapar de ella. No hay lugar en el universo donde él no esté. Ni en el cielo, ni en el infierno, ni en el mar más lejano. Ninguna oscuridad puede esconderse de él, ni siquiera por un momento. La razón es que él «poseyó nuestras entrañas». Esto significa que no solo está con nosotros, sino dentro de nosotros.
Así que tiene que acompañarnos dondequiera que vayamos.
Debemos aceptarlo como verdad. Las palabras de nuestro Señor: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo», no fueron solo un hermoso sentimiento. Son un hecho innegable. Él está con nosotros, y no podemos alejarnos de él.
En la densa oscuridad quizá no veamos nada. Podemos pensar, y a menudo pensamos, que él no nos ve. Pero nuestro salmo nos asegura que las tinieblas no encubren de él. De hecho, para él lo mismo son las tinieblas que la luz. Estamos tan presentes ante su vista, y se nos ve con tanta claridad, en nuestras más oscuras profundidades espirituales como en nuestra luz más brillante. La oscuridad puede ocultárnoslo a nosotros, pero no nos oculta a nosotros de él. Tampoco ninguna distancia ni extravío espiritual nos aparta de su presencia, ni aun si en nuestro extravío nos hundimos en el pecado. En el extremo del mar, o dondequiera que estemos, él está siempre presente para sostenernos y guiarnos. No hay un momento ni un lugar en que podamos quedar sin su cuidado.
A veces la confusión nos impide darnos cuenta del cuidado amoroso de quienes nos atienden. Un niño en pleno delirio puede llorar llamando a su madre, y sus tristes gritos le partirán el corazón. Mientras tanto, ella le sostiene la mano ardiente, le refresca la cabeza afiebrada y lo cuida con amor de madre. La enfermedad puede ocultarle la madre al niño, pero no le oculta el niño a la madre.
Y así mismo sucede entre nuestro Dios y nosotros. Nuestras dudas, temores, penas y pecados no pueden ocultarnos de él.
Pero a menudo nos lo ocultan a él. Él ha dicho que las tinieblas y la luz le son iguales. Si nuestra fe acepta esto, podemos confiar en los tiempos oscuros. Aunque no podamos verlo ni sentirlo, nuestro Dios cuida de nosotros. Nunca nos dejará.
Ahora bien, que esta presencia permanente de nuestro Dios sea para nosotros un gozo o una pena dependerá de lo que sepamos de él. Si lo concebimos como un tirano severo, atento solo a su propia gloria, tendremos miedo de su presencia continua. Si lo vemos como un Padre amoroso, nos alegraremos. Él solo quiere nuestra felicidad. Así que estaremos agradecidos de tenerlo siempre con nosotros. Porque la presencia y el cuidado del amor nunca pueden significar otra cosa que bien para el ser amado.
El salmo que estamos considerando nos muestra que la presencia de Dios es amor. Nos trae un consuelo y un descanso infinitos. Dice en los versículos 1 al 5: «Oh Señor, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Mi senda y mi acostarme has rodeado, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Señor, tú la sabes toda. Detrás y delante me cercaste, y sobre mí pusiste tu mano».
Nuestro Dios nos conoce y nos comprende, y conoce todos nuestros caminos. Nadie más en todo el mundo nos comprende. La gente puede malinterpretar nuestras acciones y juzgar mal nuestros motivos. No se tienen en cuenta nuestras características naturales, ni se consideran nuestras tendencias heredadas. Nadie es indulgente con nuestra mala salud; nadie se da cuenta de todo lo que tenemos que sobrellevar. Pero nuestro Padre lo sabe todo. Él nos comprende. Su juicio considera cada parte de nuestro carácter, tanto la consciente como la inconsciente. Considera también lo que gobierna nuestras acciones. Solo un amor que todo lo comprende puede ser justo, y nuestro Dios es justo. No es de extrañar que Faber pueda decir: En ningún lugar se sienten las penas de la tierra más que en el cielo. En ningún lugar se juzgan sus faltas con más bondad. Quizá alguno de mis lectores tema su justicia, pensando que estaría en su contra. Pero ¿no lo ves? Está toda de tu lado, como lo está la justicia de una madre, porque él conoce nuestra condición y se acuerda de que somos polvo. Ningún juez humano puede hacer esto jamás, y para mí esta comprensión de Dios es uno de mis consuelos más benditos. A menudo no me entiendo a mí misma; todo lo de dentro parece confuso y enredado sin remedio. Pero recuerdo que él me ha examinado. Me conoce. Entiende mis pensamientos desconcertantes. Así que puedo dejarle todo el enredo para que él lo desenrede.
Y mi alma se hunde en seguida, como en almohadas de plumón, en un lugar del más dichoso descanso. Además, por su completo conocimiento de nuestras necesidades, ¡qué consuelo es que se nos diga que él conoce nuestro sentarnos y nuestro levantarnos! Rodea nuestra senda y toma nota de nuestro acostarnos. Nuestro Dios hace por nosotros lo que una madre hace por sus pequeños, necios, descuidados e ignorantes, pero tiernamente amados. Cuando una madre está con sus hijos, piensa siempre en su comodidad y su bienestar antes que en los suyos. Ellos han de tener asientos cómodos y resguardados de las corrientes de aire. Ella tendrá que soportar cualquier incomodidad. Sus camas han de ser blandas y sus mantas calientes, sean como sean las de ella.
Sus caminos han de ser llanos y seguros, aunque ella se vea obligada a andar por caminos ásperos y peligrosos.
Su propia comodidad, comparada con la de sus hijos, no cuenta para nada a los ojos de una madre amorosa.
Sin duda nuestro Dios no es menos capaz de un amor abnegado que las madres de este mundo. Ha de ser mejor y mayor en el terreno del amor y de la abnegación que cualquier madre que haya hecho. Nos ha asegurado que conoce nuestro sentarnos y nuestro levantarnos. Rodea nuestra senda y nuestro acostarnos. Así que podemos estar seguros de que, en todos los pequeños detalles de nuestra vida, recibimos lo mejor que su amor, su sabiduría y su poder pueden darnos. Lo digo en un sentido muy literal. Quiero decir que él cuida de nuestros asientos y de nuestras camas. Se ocupa de que cada uno tenga la clase que más conviene a su desarrollo más alto.
Y precisamente en este último punto es donde él es mucho mejor de lo que pueda ser cualquier madre. Su amor es un amor sabio que ve el desenlace de las cosas y se preocupa más por nuestro bien más alto que por lo que es inferior. El amor débil de una madre no ve más allá de la comodidad del niño. No soporta causarle ninguna incomodidad. Pero el amor fuerte y sabio de Dios puede permitir algún dolor. Lo hace por la gloria futura que de él saldrá.
En casa y fuera de ella, confiemos en Dios. Él lo sabe todo acerca de nuestra vida diaria. Así que dejemos que él escoja nuestros asientos, nuestras camas y las demás cosas pequeñas.
Porque en nuestro salmo se nos dice que él «cerca» nuestra senda. Algunos de nosotros hemos sabido lo que es vernos «cercados» por personas o cosas inoportunas y desagradables. Pero quizá nunca pensamos que estábamos cercados por Dios. Nos ama tanto que no puede dejarnos solos.
Ninguna frialdad ni ningún desaire pueden ahuyentarlo. ¡Y sin embargo es gloriosamente cierto! Además, nos cerca «detrás» tanto como delante. Igual que una madre. Ella va detrás de sus hijos. Recoge todo lo que se les ha caído y quita de en medio sus desperdicios.
Las madres empezamos a hacerlo en el cuarto de los niños, con los cubos y los juguetes. Lo hacemos toda la vida. Intentamos arreglar lo que nuestros hijos han dejado sin hacer o han hecho mal. Cuesta mucho esfuerzo y molestia, pero nuestro amor hace que ese esfuerzo parezca poco comparado con el cuidado de nuestros hijos. ¿Qué buena madre rechazaría jamás a un niño triste y lloroso? ¿O se negaría a ayudar a un muchacho a desenredar los hilos de su cometa? Aunque los nudos y enredos sean culpa suya, su amor comprende esos errores y se compadece de ellos. Así que trabaja todavía más para ayudar a arreglarlos.
Nuestro Dios hace todo esto, y más, por nosotros desde la infancia. Lo hace mucho antes de que nos demos cuenta, y hasta el final de nuestra vida terrenal. Quizá lo hemos visto delante de nosotros, pero nunca hemos pensado en él como detrás de nosotros también. Y, sin embargo, es un hecho bendito. Él está detrás de nosotros. Anhela enderezar lo torcido, desenredar nuestros nudos y expiar nuestras faltas. Si alguno de nosotros tiene un pasado que lo inquieta, alegrémonos. El Dios que está detrás de nosotros lo enderezará todo si se lo encomendamos. Puede incluso hacer que nuestros errores nos ayuden a bien. ¡Ah, qué cosa tan grande es estar rodeados de Dios!
Y además, ¡qué consuelo hay en los versículos 14 al 16!: «Te alabaré, porque formidable y maravillosamente he sido hecho.
Maravillosas son tus obras; mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritos todos los días que me fueron dados, cuando aún no existía ni uno de ellos».
A menudo nos disgusta, más de lo que admitimos, la manera en que fuimos hechos. Nuestra «manera de ser» mental o moral no nos conviene. Pensamos que si hubiéramos sido creados con menos de esto o más de aquello, tendríamos más éxito. Si fuéramos menos impulsivos o más entusiastas, podríamos servir mejor a Dios. También podríamos estar más satisfechos de nosotros mismos y agradarle más a él. Creemos que si nos pareciéramos más a alguien que admiramos, también nos ayudaría. Y a veces nos sentimos tentados a pensar que, con nuestra miserable manera de ser, es inútil esperar agradarle.
Si comprendiéramos de verdad que Dios nos hizo, veríamos en seguida la necedad de todo esto. Pero sentimos que él tuvo poco que ver en ello. Creemos que fuimos armados al azar, dejando nuestro carácter a la suerte. Creemos en la creación en general, pero no en particular cuando se trata de nosotros mismos. Este salmo muestra que Dios supervisó nuestra creación. Dispuso hasta los detalles más pequeños. En sentido figurado, dejó escrito lo que había de ser cada «miembro» cuando aún no existía ninguno. Así que somos, por naturaleza, lo que Dios quiere.
Nos hizo para una obra especial. Me refiero, por supuesto, a nuestras características naturales, no a la perversión de ellas por el pecado de nuestra parte.
Hay algo que glorifica mucho al Creador en esta manera de verlo. El genio siempre busca expresarse de muchas maneras. Ningún verdadero artista se repite. Cada cuadro o estatua es una nueva expresión de su poder creador. En una exposición de arte no debería haber dos cuadros idénticos. Si los hubiera, rebajaría el valor del arte. Lo mismo sucede con nosotros, puesto que somos «hechura de Dios». Su poder creador se expresa de manera distinta en cada uno de nosotros.
Y en la «manera de ser» individual, que a veces nos inquieta, hay un poder único. Sin él, el día de la exposición, cuando hemos de ser para alabanza de su gloria, quedaría incompleto. Él solo nos pide esto: que, ya que él nos hizo, sea él quien nos gobierne. Solo él nos comprende, así que solo él puede hacerlo.
El hombre que fabrica una máquina complicada es el más indicado para manejarla y repararla. Cualquier otro que se entrometa probablemente la estropeará. Dada la complejidad de nuestra mente y lo poco que la dominamos, deberíamos estar agradecidos de entregarla a su Creador y dejarla en sus manos. Podemos estar seguros de que él sacará de nosotros lo mejor. Aun con nuestros «temperamentos peculiares» y nuestros defectos, seremos hechos vasos para honra.
Seremos santificados y útiles para los usos del Señor, dispuestos para toda buena obra.
Una vez leí un dicho de un antiguo escritor cuáquero que se me quedó grabado: «Conténtate con ser exactamente lo que Dios hizo de ti». Me ayudó a entender mis pensamientos. Creo que, para someternos de verdad a Dios, debemos aceptarnos a nosotros mismos tal como él nos creó, igual que aceptamos nuestras circunstancias diarias. Si no existiéramos, faltaría una parte de la creación de Dios. Su obra estaría incompleta. Además, quejarnos de nosotros mismos es como quejarnos de Aquel que nos hizo, y eso ha de dolerle. Contentémonos y confiemos en que el divino Alfarero nos dé la forma que mejor le parezca y nos use como él quiera.
Los versículos 17 y 18 ponen de relieve otro aspecto de la presencia continua de Dios con nosotros: que él siempre está pensando en nosotros, y que sus pensamientos son pensamientos bondadosos y amorosos, pues el salmista los llama preciosos. «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena. Despierto, y aún estoy contigo».
Mucha gente se siente tentada a pensar que Dios no le presta ninguna atención. Cree que sus intereses están por debajo de su consideración. Se siente demasiado indigna para esperar su atención. Pero con tales pensamientos le hacen una grave injusticia. Una madre presta tanta atención a su hijo más pequeño como a los mayores. Se interesa tanto por sus pequeñas necesidades y alegrías como por las de ellos. No estoy segura, pero quizá más.
Piensa en el que más la necesita. Aquel que hizo el corazón de la madre cuidará de sus criaturas más desvalidas. Él oye a los leoncillos cuando braman. Ni un pajarillo puede caer a tierra sin él. Nosotros valemos más que muchos pajarillos. Así que no tenemos por qué temer, ni por un momento, que nos descuide.
Crear cualquier cosa exige del Creador un cuidado constante. La gloria de la omnipotencia es que puede hacerlo todo a la vez. Puede atender a los detalles más pequeños y a las tareas más grandiosas. «Solo una grandeza infinita puede sostener todas las cosas. Una grandeza menos que infinita nos aplastaría».
No sé por qué vemos como débil a un hombre o a una mujer que descuida los pequeños detalles en favor de las grandes tareas.
Y, sin embargo, acusamos a nuestro Dios de hacer eso mismo. Pero si alguno de mis lectores ha sido culpable de esta necedad, que termine ahora. «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena. Despierto, y aún estoy contigo».
El resto del salmo muestra una armonía perfecta entre el alma y Dios. Es allí donde ha comenzado esta vida de fe sencilla. El alma se une a Dios, sabiendo que él está siempre presente y que cuida de ella. Ama lo que él ama y aborrece lo que él aborrece. Le pide con anhelo que la examine y la pruebe, para que ninguna parte de ella esté en desacuerdo con él.
En su presencia, las tinieblas tienen que huir. El corazón sentirá que no puede soportar tener un solo rincón escondido de su luz. «Porque me das a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre». (Salmo 16:11) Una anciana, en un paraje desolado de Inglaterra, ganaba mucho dinero vendiendo cerveza a los viajeros en su solitaria casita. Pero su conciencia la inquietaba por ello. Quería ser cristiana e ir al cielo cuando muriera. Pero sentía que, si lo hacía, tendría que renunciar a su lucrativo negocio. Pensaba que eso sería demasiado duro de soportar. Así que estaba dividida entre las dos cosas.
Una noche, en una reunión a la que asistió, un predicador habló del gozo de la presencia constante de Dios. Dijo que conocer esta verdad trae una gran felicidad. El corazón de ella se llenó de emoción al pensar que aquello podía ser verdad para ella. Olvidándose por completo de la cerveza, lo aceptó con sencillez y sinceridad como una realidad maravillosa. Mientras el predicador seguía hablando, ella clamaba en su corazón: «¡Señor Jesús, no sabía que estabas siempre conmigo! ¡Señor, qué maravilloso es saber que siempre estás aquí conmigo, cuidándome! ¡Nunca más volveré a sentirme sola!
Cuando terminó la reunión, volvió a casa a través de los campos. El pensamiento gozoso se le repetía en el corazón: «Ah, Señor Jesús, esta noche vienes a casa conmigo». Y decía: «No importa, Señor Jesús; la vieja Betty ya no te dejará ir nunca más. Sé que estás aquí conmigo.
Su fe en la presencia de Dios se hacía más fuerte, y a cada paso se sentía más gozosa. Cuando llegó a la puerta de su casita, tenía el corazón rebosante de felicidad. Al entrar, lo primero que vio fue una gran olla de cerveza sobre la mesa, lista para la venta. Le vino un pensamiento: «Al Señor no le va a gustar esa olla de cerveza». Su corazón respondió en seguida: «Entonces tiene que irse». La olla pesaba mucho, así que se arrodilló junto a ella y oró: «Señor, has venido a casa conmigo. Vas a vivir en esta casita, y sé que no quieres esta cerveza aquí. Dame, por favor, fuerzas para vaciarla». Dios le dio fuerzas, y pronto la cerveza corría camino abajo. Luego volvió a entrar, se arrodilló y dio gracias al Señor por haberla ayudado. Y añadió: «Ahora, Señor, si hay en esta casita alguna otra cosa que no te guste, muéstramela, y también me desharé de ella. ¿No es esta una ilustración perfecta del mensaje del final de nuestro salmo?
«Señor, ¿no aborrezco yo a los que te aborrecen? ¿No me conmuevo contra los que se levantan contra ti? Los aborrezco por completo y los tengo por enemigos.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos.
Si hay en mí algo malo, muéstramelo, y guíame en el camino eterno. Así como la luz ahuyenta las tinieblas, así la presencia de Dios, cuando se hace real para nosotros, ahuyenta el pecado. El alma que por la fe permanece en su presencia conoce una liberación muy real y maravillosa.
Y ahora confío en que algunos preguntarán: «¿Cómo puedo hacer que esta presencia sea real para mí?». Concluiré, pues, con unas pocas indicaciones prácticas. Primero, convéncete por las Escrituras de que es un hecho. Los hechos han de ser siempre el fundamento de nuestras experiencias. Sin ellos, las experiencias no valen nada. No es el sentimiento el que produce el hecho, sino el hecho el que produce el sentimiento. Lo que toda alma necesita, antes que nada, es esto.
Las propias palabras de Dios tienen que convencerla, fuera de toda duda. Tiene que saber, como un hecho inalterable, que su presencia con nosotros es constante.
Después, resuelto este punto, tenemos que hacerla real. Tenemos que «practicar su presencia», como dijo un antiguo escritor, siempre y en todas partes, en todo. Tienes que obedecer el mandato de la Escritura, que dice: «Reconócelo en todos tus caminos». Así que, a cada hora y en cada momento, di: «El Señor está aquí». Hazlo todo, aun el comer y el beber, en su presencia y para él. Literalmente: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios». Por esta continua «práctica de su presencia», el alma adquiere un hábito de fe. Llega a ser, al final, tan difícil dudar de su presencia como al principio lo era creerla.
Esto no requiere un gran esfuerzo, sino solo una fe inquebrantable. No son los razonamientos estudiados ni las meditaciones elaboradas lo que te ayudará aquí. El alma tiene que reconocer, por la fe sencilla, que Dios está presente. Luego tiene que hablarle, con libertad y sencillez, de todo y en todo momento. Él no necesita de nosotros grandes cosas. Pide muy poco. Un pequeño recuerdo de su presencia. Unas pocas palabras de amor y de confianza. Una breve elevación del corazón hacia él mientras hacemos nuestras tareas diarias. Un recurso constante a él, como a un amigo presente y amoroso. Un deseo de vivir con el sentido de su presencia y de dejar que nuestro corazón «more en reposo» gracias a ella. El menor recuerdo le es grato. Nos ayuda a que su presencia sea real para nosotros.
Quien permanezca fiel en este ejercicio descubrirá pronto una bendita realidad. De todo lo que he intentado decir en este libro, y de mucho más que no puedo decir, espero que comprendas, más allá de las palabras, aquellas maravillosas palabras acerca de nuestro Señor: «Llamarán su nombre Emanuel, que traducido es: “Dios con nosotros.»
FIN
Capítulo 22 completado
El Salmo ciento treinta y nueve