El secreto del cristiano para una vida feliz
La unidad con Cristo

Capítulo 17 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

La unidad con Cristo

Todo el trato de Dios con el alma del creyente tiene como fin la unidad con él. Así se cumple la oración del Señor: «para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado» (Juan 17:21-23). El glorioso propósito de Dios para su pueblo, antes de la fundación del mundo, era una unión de las almas con él. Era el misterio que había estado oculto desde los siglos y las edades. Se cumplió en la encarnación de Cristo. Se ha dado a conocer por medio de las Escrituras. Y muchos de los amados hijos de Dios lo viven como una experiencia real. Pero no todos. Es verdad para todos. Dios no lo ha escondido. Pero muchos tienen los ojos apagados y el corazón incrédulo. No alcanzan a comprenderlo. El Señor está despertando a los creyentes en todas partes. Quiere que se abandonen a él. Lo hace para llevarlos a una comprensión personal de esto. Quiere obrar en todos ellos todo el beneplácito de su voluntad.

Todos los pasos anteriores de la vida cristiana conducen a esto. El Señor nos ha creado para ello. Hasta que no lo conozcamos y decidamos abrazarlo, la aflicción de su alma por nosotros no queda satisfecha. Nuestro corazón no ha hallado su descanso final.

El curso habitual de la experiencia cristiana está retratado en la historia de los discípulos. Primero despertaron a su condición y a su necesidad. Luego vinieron a Cristo y le juraron lealtad. Después le siguieron, trabajaron para él, creyeron en él, y, sin embargo, ¡qué poco se le parecían! Buscaban estar unos por encima de otros. Huyeron de la cruz. No entendieron su misión ni sus palabras. Lo abandonaron en el peligro. Aun así, él los envió a predicar. Los reconoció como sus discípulos, con poder para trabajar para él. Conocían a Cristo solo «según la carne», es decir, fuera de ellos, como su Señor y Maestro, pero todavía no como su Vida.

Entonces llegó Pentecostés. Desde ese momento aquellos discípulos lo conocieron como revelado dentro de ellos. Eran uno con él, que era su misma Vida que moraba en ellos. De ahí en adelante, él era para ellos Cristo dentro. Obraba en ellos así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Él, por la ley del Espíritu de su vida, los libró de la esclavitud de la ley del pecado y de la muerte, bajo la cual habían estado sujetos. Ya no había entre ellos y él una guerra de voluntades ni un choque de intereses. Una sola voluntad los animaba, y era la voluntad de él. Un solo interés les era querido, y era el de él. Fueron hechos UNO con él.

Sin duda, todos pueden reconocer este cuadro. Pero puede que la etapa final no se haya alcanzado del todo. Quizá hayas dejado mucho por seguir a Cristo, querido lector. Quizá hayas creído en él, trabajado para él y lo hayas amado. Y, sin embargo, puede que no seas semejante a él. Lealtad, sí la conoces, y confianza también, pero todavía no la unión. Hay dos voluntades, dos intereses, dos vidas. Todavía no has perdido tu propia vida para vivir únicamente en la suya.

Antes era yo, y no Cristo. Después fue yo y Cristo. Quizá ahora sea incluso Cristo y yo. Pero ¿ha llegado a ser solo Cristo, y ya nada de mí? Quizá no entiendas lo que significa esta unidad. Algunos creen que es una gran emoción o un sentimiento de unidad. Se vuelven hacia dentro y examinan sus emociones. Esperan hallar en ellas su unión con Dios. Pero en ningún otro punto es mayor el error de confiar en los sentimientos que aquí.

La unidad con Cristo debe significar, por su misma naturaleza, una vida y un carácter semejantes a los de Cristo. No es lo que sentimos, sino lo que somos, lo que decide la cuestión. Por fuertes que sean nuestros sentimientos, no puede haber unidad sin una semejanza de carácter con Cristo. Debemos compartir una unidad de fin, de propósito y de pensamiento. También nuestras acciones deben ser semejantes.

Esto es sentido común, y también es bíblico. Decimos que dos personas son una. Queremos decir que sus propósitos, acciones, pensamientos y deseos son semejantes. Un amigo puede expresarnos un gran amor y una gran unidad. Pero si sus fines, sus acciones y sus opiniones son opuestos a los nuestros, no podemos sentir verdadera unidad. Esto es así a pesar del afecto que nos tengamos. Para ser verdaderamente uno con otro, debemos compartirlo todo. Nuestros gustos y aversiones, alegrías y tristezas, esperanzas y temores, deben ser los mismos. Como dice alguien, debemos mirar por los ojos del otro y pensar con el cerebro del otro. Esto es, como dije antes, simple sentido común.

Y la unidad con Cristo no puede juzgarse por ninguna otra regla. Es imposible ser uno con él de otra manera que no sea en naturaleza, en carácter y en vida. A menos que seamos semejantes a Cristo en nuestros pensamientos y en nuestros caminos, no somos uno con él, sintamos lo que sintamos. He visto cristianos con muy pocos rasgos de Cristo. Eran tan emotivos y extáticos en su amor por Cristo que se creían con derecho a reclamar una estrecha unidad con él. Apenas conozco un espectáculo más triste. Sin duda nuestro Señor quiso alcanzar casos así cuando dijo: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 7:21).

No estaba haciendo aquí una declaración arbitraria de la voluntad de Dios, sino un simple anuncio de la naturaleza de las cosas. Por supuesto, tiene que ser así. Es como decir: «Nadie puede entrar en las filas de los astrónomos si no es astrónomo». Las emociones no hacen de un hombre un astrónomo, sino la vida y la acción. Tiene que serlo, no solo sentir que lo es.

No hay escapatoria de esta inexorable naturaleza de las cosas, y menos aún aquí. Debemos ser uno con Cristo en carácter, en vida y en acción. Si no, no podemos ser uno con él de ninguna otra manera. No hay otro camino. Debemos ser «participantes de su naturaleza» para compartir su vida. Su vida y su naturaleza son una sola cosa.

Pero las almas emotivas no siempre ven esto.

Se sienten tan cerca de Cristo y tan unidas a él que piensan que tiene que ser real. Pasan por alto la necesidad de un carácter y un andar semejantes a los de Cristo. Así que fundan sus esperanzas en sus deliciosas emociones y en sus sentimientos elevados. Creen que tienen que ser uno con él para tener experiencias tan ricas y santas.

Lo cierto es que otras causas pueden producir estas emociones. No se deben únicamente a una influencia divina.

Las emociones dependen en gran parte del temperamento y del estado físico. Por eso es peligrosísimo convertirlas en la prueba de nuestra unión espiritual con Cristo. Puede llevar precisamente a un engaño de uno mismo tan grave como el que nuestro Señor advierte en (Lucas 6:46-49): «¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os mostraré a quién es semejante: semejante es al hombre que al edificar una casa cavó y ahondó, y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba bien edificada. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa».

Nuestra alma se deleita en llamarle «Señor, Señor». Pero ¿estamos haciendo lo que él dijo? Él nos dice que, después de todo, eso es lo importante.

Si, guiados por nuestros sentimientos, afirmamos que permanecemos en él, en las reuniones, entre amigos o en nuestro corazón delante del Señor, consideremos estas palabras del Espíritu Santo: «El que dice que está en él, debe andar como él anduvo». A menos que andemos como él anduvo, no podemos estar permaneciendo en él, por mucho que sintamos que lo estamos.

Si eres uno con Cristo, serás dulce con los que te tratan con aspereza. Lo soportarás todo y no te quejarás. Cuando te maldigan, no responderás con maldición. Consentirás en ser pisoteado, como lo fue Cristo, y no sentirás más que amor en respuesta. Buscarás la honra de los demás antes que la tuya. Tomarás el lugar más bajo y servirás a todos, como hizo Cristo. Amarás de veras a tus enemigos y harás bien a los que te ultrajan. En resumen, vivirás una vida semejante a la de Cristo. Mostrarás y sentirás un espíritu semejante al de Cristo, y andarás entre los hombres como él anduvo. Esto, queridos amigos, es lo que significa ser uno con Cristo. Si esta no es tu vida, no eres uno con él. Tus sentimientos, por extáticos que sean, no cuentan.

Ser uno con Cristo es algo demasiado maravilloso y solemne. Es una experiencia demasiado grande para alcanzarse por meros sentimientos. Él era santo, y los que son uno con él serán santos también. No hay escapatoria de esta realidad tan sencilla y evidente.

Cuando nuestro Señor quiso mostrar su unidad con Dios, dijo: «Y el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). «Entonces Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo: El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre a nadie juzga, mas todo el juicio dio al Hijo; para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Juan 5:19-23). La prueba de la unidad, entonces, era hacer las mismas obras, y esa es la prueba de la unidad ahora. Si nuestro Señor podía decir eso, así también deben decirlo sus discípulos. Él pidió que creyeran en él solo si hacía las obras de su Padre. No pidió que se creyera en él basándose en lo que afirmaba de sí mismo.

Es verdad para siempre que «así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos» (Mateo 7:17-18). No es que no quieran, sino que no pueden. Un alma unida a Cristo producirá con toda seguridad una vida semejante a la de Cristo. La vid da uvas, no cardos. Con todo, no tengo nada en contra de las emociones. Al contrario, creo que son dones preciosísimos cuando vienen de Dios, y que debemos gozarnos mucho en ellas. A lo que me opongo es a usarlas como prueba del estado espiritual, en nosotros o en otros. No quiero que fundemos nuestra fe en ellas. Que vengan o que se vayan, como a Dios le plazca, y no hagas caso de ellas en un sentido ni en otro. Pero debemos tener las señales vitales de la unidad con Cristo. Debemos compartir una semejanza de carácter, de vida y de andar. Si la tenemos, todo irá bien. Porque «el que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él; mas el que guarda su palabra, la caridad de Dios es verdaderamente perfecta en él. Por esto sabemos que estamos en él: El que dice que está en él, debe andar como él anduvo» (1 Juan 2:4-6). Puede ser, querido lector, que el gran pesar de tu vida haya sido tener tan pocos buenos sentimientos.

Te esfuerzas al máximo por despertar los sentimientos de los que oyes hablar a otros, pero no llegan.

Los pides en oración con fervor y a menudo te sientes tentado a reprochar a Dios porque no te los concede. Te llena una angustia insoportable. Piensas que tu falta de emoción significa que tu alma no está unida a Cristo. Lo juzgas todo por tus sentimientos, y crees que no hay otra manera de juzgar.

Pues bien, mi consejo es que dejes ir tus sentimientos y no les prestes la menor atención. En realidad no tienen nada que ver con el asunto. No reflejan tu estado espiritual. Solo muestran tu temperamento o tu estado físico del momento. Personas en estados de gracia muy bajos sienten a menudo emociones intensas. Todos lo sabemos por las escenas que hemos oído contar o hemos presenciado en reuniones de campamento y avivamientos.

Tuve una vez una criada muy involucrada en las reuniones de avivamiento de su iglesia. A veces la experiencia la abrumaba tanto que se desmayaba. Sin embargo, en otras ocasiones mostraba pocas señales de compromiso espiritual y no llevaba una vida moral.

La Biblia enseña, si no enseña otra cosa, esto: una vida semejante a la de Cristo debe acompañar toda verdadera experiencia de su Espíritu. No podría ser de otro modo, por la naturaleza misma de las cosas. Pero me temo que algunos cristianos han separado tanto ambas cosas que ahora valoran sus experiencias por encima de su andar. Les importan más sus sentimientos que su carácter. Cierta congregación de gente de color, en uno de los estados del Sur, era una plaga para todo el vecindario. Despreciaban abiertamente hasta las reglas más corrientes de la moral. Robaban, mentían y engañaban sin el menor remordimiento de conciencia. Y, sin embargo, sus reuniones de cada noche eran momentos de la mayor emoción y del mayor «poder».

Al fin alguien habló de ello con el predicador. Le rogaron que predicara un sermón sobre la moral para que su gente viera sus pecados. «Ah, señora», respondió él, «sé que eso está mal. Pero siempre que predico sobre estas cosas, cae una frialdad sobre las reuniones». Tú no puedes hacer nada con tus emociones, pero puedes tener carácter si quieres. Puedes estar tan lleno de Cristo que seas semejante a Cristo. Si eres semejante a Cristo, entonces eres uno con él de la única manera vital y esencial. Puede que tus sentimientos digan que es imposible, pero se equivocan.

Ahora que hemos definido la unidad con Cristo, debemos descubrir cómo alcanzarla. Ante todo, debemos averiguar cuáles son los hechos del caso y cuál es nuestra relación con esos hechos. Si lees pasajes como (1 Corintios 3:16): «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?». Mira luego el comienzo del capítulo. Muestra a quiénes se dirigen estas palabras maravillosas. Son para niños en Cristo, que todavía eran carnales y andaban como hombres. Esta unión del alma, este glorioso misterio de un Dios que mora dentro, es posesión aun del creyente más débil y que más falla en Cristo.

De modo que no es algo nuevo lo que has de pedir, sino solo darte cuenta de lo que ya tienes. Es absolutamente cierto de todo creyente en el Señor Jesús. Su «cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en él, el cual tiene de Dios».

A mí me parece que es precisamente así. Es como si Cristo viviera en una casa, encerrado en un cuarto. Los que habitan la casa no lo conocen ni reparan en él. Él anhela darse a conocer a ellos, compartir su vida diaria y sus intereses. Pero no se impondrá a ellos. Solo una compañía voluntaria podría satisfacer su amor. Los días pasan sobre aquel hogar privilegiado. Siguen sin darse cuenta de su gran privilegio. Van y vienen en todos sus asuntos diarios sin pensar en su maravilloso Huésped.

Hacen sus planes sin contar con él. Su sabiduría para guiarlos y su fuerza para protegerlos se pierden por completo para ellos. Pasan en tristeza días y semanas solitarios que podrían haber estado llenos de la dulzura de su presencia. Pero de repente se da la noticia: «¡El Señor está en la casa!». ¿Cómo recibirá su dueño la noticia?

¿Lanzará un saludo agradecido y abrirá todas las puertas a su glorioso Huésped? ¿O retrocederá, temeroso de su presencia, y buscará un rincón apartado donde esconderse de su mirada que todo lo ve?

Querido amigo, me alegra anunciarte que el Señor está en tu corazón. Ha estado allí desde tu conversión. Pero tú has vivido ignorándolo. Cada momento podría haber transcurrido a la luz de su dulce presencia. Cada paso podría haberse dado bajo su consejo. Pero como no lo sabías, y nunca lo has buscado, tu vida ha sido solitaria y llena de fracasos. Pero ahora que te lo anuncio, ¿cómo lo recibirás? ¿Te alegra tenerlo? ¿Abrirás de par en par todas las puertas para darle la bienvenida? ¿Entregarás con gozo y gratitud el gobierno de tu vida en sus manos?

¿Le consultarás en todo, y dejarás que él decida cada uno de tus pasos y te trace cada senda? ¿Lo invitarás a tus aposentos más íntimos, y harás de él el compañero de tu vida más escondida? ¿Dirás SÍ a todo su anhelo de unión contigo, y con un abandono alegre y ansioso te pondrás tú mismo, y todo lo que te concierne, en sus manos? Si lo haces, tu alma empezará a conocer algo del gozo de la unión con Cristo.

Y, sin embargo, después de todo, esta es solo una pálida imagen de la bendita realidad. Porque es mucho más glorioso que tener a Cristo en el corazón o en la casa. Es estar unido a él de tal manera que seas uno con él: una sola voluntad, un solo propósito, un solo interés y una sola vida. Las palabras humanas no pueden expresar una gloria así.

Y, aun así, quiero expresarla. Quiero hacer que tu alma tenga un hambre tan indecible de alcanzarla que ni de día ni de noche puedas descansar sin ella. ¿Entiendes las palabras «uno con Cristo»? ¿Vislumbras siquiera un poco de su maravilloso significado? ¿No empieza toda tu alma a regocijarse ante un destino tan asombroso? Porque es una realidad. Significa no tener otra vida que la suya. No tener otra voluntad que la suya. No tener otros intereses que los suyos. Compartir sus riquezas. Entrar en sus gozos. Participar de sus dolores. Manifestar su vida. Tener su mente. Pensar, sentir, obrar y andar como él lo hizo. ¡Oh, quién habría soñado que un destino así pudiera ser nuestro!

¿Lo quieres, querida alma? Tu Señor no te lo impondrá. Te quiere como amigo suyo. Una unión forzada lo echaría todo a perder. Tiene que ser tu elección. La novia debe dar un «Sí» de buena gana a su esposo, o el gozo de su unión falta por completo. ¿No puedes dar un «Sí» de buena gana a tu Señor? ¡Es una transacción tan sencilla, y sin embargo tan real! Los pasos son tres. Primero, asegúrate de que las Escrituras enseñan esta gloriosa morada de tu Dios en ti. Después, entrégale todo tu ser para que él lo posea.

Por último, cree que él ha tomado posesión y que está morando en ti. Empieza a considerarte muerto, y a considerar a Cristo como tu única vida. Mantén esta actitud del alma sin vacilar.

Repite «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí», de día y de noche.

Hazlo hasta que llegue a ser la respiración de tu alma. Despójate de tu vida propia, por la fe y en los hechos, continuamente, y vístete en la práctica de la vida de Cristo. Que este acto llegue a ser, por su constante repetición, la actitud de todo tu ser. Y tan cierto como que lo haces cada día, verás que tu cuerpo lleva continuamente la muerte del Señor Jesús.

Entonces la vida de Jesús se manifestará en tu carne mortal. Tienes que aprender lo que significa la salvación. Verás con asombro los secretos del Señor, con los que apenas has soñado.

¡Cómo me he equivocado! Dios es mi hogar. Dios mismo está aquí. ¿Por qué lo he buscado tan lejos, a él, que no está en ninguna parte sino cerca? Más aún, Dios nunca está tan lejos como para estar siquiera cerca; está dentro: nuestro espíritu es el hogar que él más ama. Me creía sin hogar, desamparado y cansado. Me faltaba mi gozo. Anduve por la tierra, un alma cansada, en el santuario de Dios.

Página 1 / 1 · 18 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente