La caña cascada
Señales del verdaderamente quebrantado. Medios y medida del quebrantamiento, y consuelo para los tales

Capítulo 4 · 8 min de lectura · 10 min de escucha

Señales del verdaderamente quebrantado. Medios y medida del quebrantamiento, y consuelo para los tales

PERO ¿cómo sabremos si somos de aquellos que pueden esperar misericordia?

Por quebrantamiento no se entiende aquí el de aquellos que solo son abatidos por las cruces, sino el de quienes por ellas son llevados a ver su pecado, que es lo que más quebranta. Cuando la conciencia está bajo la culpa del pecado, cada juicio trae al alma noticia de la ira de Dios, y todas las angustias menores desembocan en esta gran angustia de la conciencia por el pecado. Así como todos los humores corrompidos acuden a la parte enferma y magullada del cuerpo, y así como todos los acreedores caen sobre el deudor una vez que ha sido arrestado, así, cuando la conciencia despierta, todos los pecados pasados y las cruces presentes se juntan para hacer más dolorosa la herida. Ahora bien, el que está así quebrantado no se contentará con nada sino con la misericordia de aquel que lo ha quebrantado. Él hirió, y él ha de sanar. Señor, me has quebrantado con justicia por mis pecados; venda otra vez mi corazón, etc. 2. Además, el hombre verdaderamente quebrantado tiene el pecado por el mayor mal, y el favor de Dios por el mayor bien. 3. Prefiere oír de misericordia antes que de un reino. 4. Tiene un concepto humilde de sí mismo, y piensa que no vale la tierra que pisa. 5. Con los demás no es censurador, pues está ocupado en su propia casa, sino que está lleno de simpatía y compasión hacia los que están bajo la mano de Dios. 6. Tiene por los hombres más felices del mundo a los que andan en los consuelos del Espíritu de Dios. 7. Tiembla a la palabra de Dios, Isaías 66:2, y honra los pies mismos de aquellos benditos instrumentos que le traen la paz, Romanos 10:15. 8. Se ocupa más en los ejercicios interiores de un corazón quebrantado que en la mera formalidad, y sin embargo cuida de usar todos los medios santificados que transmiten consuelo.

Pero ¿cómo llegaremos a tener esta disposición?

Primero, debemos concebir el quebrantamiento o bien como un estado al que Dios nos lleva, o bien como un deber que hemos de cumplir nosotros; aquí se entienden ambos. Debemos unirnos a Dios en quebrantarnos a nosotros mismos: cuando él nos humilla, humillémonos nosotros, y no le resistamos, porque entonces redoblará sus golpes. Y justifiquemos a Cristo en todos sus castigos, sabiendo que todo su trato con nosotros tiene por fin hacernos volver a nuestro propio corazón; su obra de quebrantarnos tiende a nuestra obra de quebrantarnos a nosotros mismos. Lamentemos nuestra propia obstinación y digamos: Señor, ¡qué corazón tengo, que necesita todo esto, que nada de esto podía ahorrarse! Debemos poner sitio a la dureza de nuestro propio corazón y agravar el pecado cuanto podamos; debemos mirar a Cristo, que fue molido por nosotros; mirar a aquel a quien hemos traspasado con nuestros pecados. Pero ninguna instrucción prevalecerá si Dios, por su Espíritu, no nos convence profundamente, poniendo nuestros pecados delante de nosotros y llevándonos a un punto sin salida. Entonces saldremos en busca de misericordia. La convicción engendrará contrición, y la contrición, humillación. Por tanto, pide a Dios que traiga una luz clara y fuerte a todos los rincones de nuestras almas, y que la acompañe con un espíritu de poder que abata nuestros corazones.

No puede prescribirse una medida fija para quebrantarnos a nosotros mismos; pero ha de llegar hasta que, 1. estimemos a Cristo por encima de todo y veamos que es preciso tener un Salvador; y 2. hasta que enmendemos lo que está mal, aunque sea cortándonos la mano derecha o sacándonos el ojo derecho. Hay un menosprecio peligroso de la obra de la humillación: algunos alegan como pretexto para su trato superficial con su propio corazón que Cristo no quebrará la caña cascada. Pero los tales deben saber que no todo terror repentino ni toda pena pasajera es lo que nos hace cañas cascadas; no se trata de inclinar un poco la cabeza como junco, Isaías 58:5, sino de llevar nuestro corazón a una pena tal que nos haga el pecado más odioso que el castigo, hasta que le hagamos una santa violencia. De otro modo, tratándonos con indulgencia, damos ocasión a que Dios nos quebrante y a un arrepentimiento amargo después. Es peligroso, lo confieso, en algunos casos y con algunos espíritus, insistir demasiado y por mucho tiempo en este quebrantamiento, porque pueden morir bajo la herida y la carga antes de ser levantados de nuevo. Por eso es bueno, en las asambleas mixtas, mezclar el consuelo, para que cada alma reciba la porción que le corresponde. Pero si ponemos como fundamento que hay más misericordia en Cristo que pecado en nosotros, no puede haber peligro en un trato a fondo. Mejor es ir quebrantado al cielo que sano al infierno. Por tanto, no nos retiremos demasiado pronto, ni quitemos el emplasto antes de que la cura esté hecha, sino mantengámonos bajo esta obra hasta que el pecado sea lo más amargo, y Cristo lo más dulce de todas las cosas. Y cuando la mano de Dios esté sobre nosotros de cualquier modo, es bueno desviar nuestra tristeza por otras cosas hacia la raíz de todas, que es el pecado; corra nuestra pena sobre todo por ese cauce, para que, así como el pecado engendró la pena, la pena consuma el pecado.

Pero ¿no estamos quebrantados a menos que nos dolamos más por el pecado que por el castigo?

A veces la pena por las aflicciones exteriores puede pesar más sobre el alma que la pena por el desagrado de Dios, porque en tales casos la pena obra sobre todo el hombre, exterior e interior, y no tiene nada que la detenga sino una pequeña chispa de fe, la cual, por la violenta impresión de la aflicción, queda suspendida en su ejercicio. Esto se siente sobre todo en las angustias repentinas que caen sobre el alma como un torrente o una inundación, y especialmente en las dolencias del cuerpo, que, por la simpatía que hay entre el alma y el cuerpo, obran sobre el alma hasta tal punto que impiden no solo los actos espirituales, sino a menudo los naturales. Por eso Santiago aconseja que en la aflicción oremos nosotros mismos, pero en caso de enfermedad llamemos a los ancianos, Santiago 5:14, para que, como aquellos del Evangelio, presenten al enfermo a Dios en sus oraciones, ya que él no puede presentar su propia causa. Por eso Dios admite tal alegato fundado en lo agudo y amargo de la aflicción, como en David, Salmo 6, etc. El Señor conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo, Salmo 103:14;

que nuestra fuerza no es la fuerza del acero. Es una rama de su fidelidad hacia nosotros como criaturas suyas, por lo cual es llamado fiel Creador, 1 Pedro 4:19. Fiel es Dios, que no nos dejará ser tentados más de lo que podemos llevar, 1 Corintios 10:13. Había ciertos mandamientos que los judíos llamaban los vallados de la ley: así, para apartar a los hombres de la crueldad, mandó que no tomaran la madre con los hijos, ni guisaran el cabrito con la leche de su madre, Éxodo 23:19, ni pusieran bozal al buey, 1 Corintios 9:9. ¿Tiene Dios cuidado de las bestias, y no de su criatura más noble? Por eso debemos juzgar con caridad las quejas del pueblo de Dios que en tales casos se les arrancan. Job tenía ante Dios la estima de hombre paciente, a pesar de aquellas quejas apasionadas. La fe, vencida por el momento, volverá a ganar terreno; y la pena por el pecado, aunque se quede corta en violencia respecto de la pena por la miseria, la sobrepasa en constancia, así como una corriente alimentada por un manantial perdura cuando un arroyo crecido de repente se seca.

Para concluir este punto, y para animarnos a una obra cabal de quebrantamiento y a la paciencia bajo el quebrantamiento con que Dios nos trata, sepan todos que nadie es más apto para el consuelo que los que se creen más lejos de él. Los hombres, por lo general, no se sienten lo bastante perdidos como para buscar un Salvador. Una santa desesperación de nosotros mismos es el fundamento de la verdadera esperanza, Oseas 14:3. En Dios el huérfano alcanza misericordia: si los hombres fueran más huérfanos, sentirían más el afecto paternal de Dios desde el cielo; porque Dios, que habita en los cielos más altos, Isaías 66:2, habita también en el alma más humilde. Las ovejas de Cristo son ovejas débiles, a las que les falta una cosa u otra; por eso él se acomoda a las necesidades de cada oveja. Busca la perdida, y vuelve al redil la descarriada, y venda la perniquebrada, y fortalece la débil, Ezequiel 34:15; su cuidado más tierno es para las más débiles. En su seno lleva los corderos, Isaías 40:11. Pedro, apacienta mis corderos. Se mostraba sobre todo cercano y abierto con las almas atribuladas. ¡Cuánto cuidado tuvo de que Pedro y los demás apóstoles no se abatieran demasiado después de su resurrección! Id: Decid a sus discípulos, y a Pedro, Marcos 16:7. Cristo sabía que la culpa de su ingratitud al abandonarlo había abatido sus espíritus. ¡Con cuánta mansedumbre soportó la incredulidad de Tomás, y se abajó tanto a su debilidad que le permitió meter la mano en su costado!

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