La caña cascada
No hay victoria sin pelea

Capítulo 27 · 6 min de lectura · 8 min de escucha

No hay victoria sin pelea

LA sexta conclusión es que este gobierno que prevalece no se establecerá sin pelea; no puede haber victoria donde no hay combate. En Isaías se dice: Sacará el juicio a verdad, Isaías 42:3; aquí se dice: sacará a victoria el juicio. El verbo sacar tiene en el original un sentido más fuerte: lanzar fuera con fuerza; para mostrar que donde su gobierno está en verdad, encontrará oposición hasta que él prevalezca. Nada encuentra tanta oposición como Cristo y su gobierno, tanto dentro de nosotros como fuera. Y dentro de nosotros, sobre todo en nuestra primera conversión; aunque la corrupción no prevalece hasta el punto de anular la obra poderosa de la gracia, hay no solo una posibilidad de oponerse, sino una inclinación a oponerse; y no solo una inclinación, sino una resistencia efectiva a la obra del Espíritu de Cristo, y esto en cada acción; pero no una resistencia que prevalezca hasta anular la obra de la gracia, sino que al final la corrupción cede ante la gracia.

Cuesta mucho introducir a Cristo en el corazón y levantarle allí un tribunal para que juzgue; hay un ejército de concupiscencias que se amotina contra él. Todo el empeño y todas las capacidades de la mayoría de los hombres se emplean en impedir que Cristo gobierne en el alma; la carne se esfuerza siempre por mantener su propio dominio, y por eso desacredita todo lo que la contraría, como las benditas ordenanzas de Dios, etc., y estima en mucho cualquier cosa, por muerta y vacía que sea, con tal que dé rienda suelta a la libertad de la carne.

Y no es de extrañar que el gobierno espiritual de Cristo encuentre tanta oposición: 1. Porque es gobierno, y eso pone límites al curso de la voluntad y echa un freno a sus extravíos. Toda cosa natural resiste a lo que se le opone; así la voluntad corrompida se esfuerza por derribar toda ley, y tiene por cosa noble no dejarse intimidar, y por señal de espíritu bajo temer a nadie, ni aun a Dios mismo, hasta que un peligro inevitable se apodera de los hombres; y entonces los que menos temían fuera del peligro, más temen en él, como vemos en Belsasar, Daniel 5:6.

2. Es un gobierno espiritual, y por eso la carne lo soporta todavía menos. El gobierno de Cristo somete a la obediencia aun los pensamientos y deseos, que son el fruto más inmediato y libre del alma. Aunque un hombre fuera de un comportamiento tan compuesto que toda su vida estuviera libre de faltas exteriores escandalosas, con todo, para Cristo, la mente carnal o mundana es muerte, Romanos 8:6; él mira una mente mundana con mayor aborrecimiento que cualquier ofensa particular.

Pero el Espíritu de Cristo está en algunos que son, en cierto grado, de mente terrenal.

Es verdad, pero no como quien lo permite y lo sostiene, sino como quien se opone, somete y al fin conquista. Los hombres carnales quisieran de buena gana juntar a Cristo con la carne, y se contentarían con someterse a Cristo con alguna reserva; pero Cristo no será subordinado de ningún afecto vil; y por tanto, donde nos consentimos en alguna concupiscencia pecaminosa, es señal de que las llaves nunca se entregaron a Cristo para que nos gobierne.

3. Además, este juicio encuentra oposición porque es juicio, y a los hombres no les gusta ser juzgados y censurados. Ahora bien, Cristo, en su verdad, los procesa, dicta sentencia contra ellos y los emplaza para el juicio postrero del gran día. Y por eso ellos se arrogan el juzgar la verdad que ha de juzgarlos; pero la verdad podrá más que ellos. El hombre tiene ahora un día, que San Pablo llama el día del hombre, 1 Corintios 4:3, en el cual se sube a su tribunal y usurpa un juicio sobre Cristo y sus caminos; pero Dios tiene un día en que lo enderezará todo, y su juicio permanecerá. Y los santos tendrán su tiempo, cuando se sentarán a juzgar a los que ahora los juzgan, 1 Corintios 6:2. Entretanto, Cristo dominará en medio de sus enemigos, aun en medio de nuestro corazón, Salmo 110. No es, pues, señal de buena condición hallarlo todo tranquilo y nada en desacuerdo; porque ¿podemos pensar que la corrupción, que es en nosotros la mayor en edad, y Satanás, el hombre fuerte que guarda muchas fortalezas en nosotros, entregarán la posesión pacíficamente? No; no hay ni un solo pensamiento de bien que él descubra sin que se una a la corrupción para matarlo en su nacimiento. Y así como la crueldad de Faraón iba especialmente contra los hijos varones, así la malicia de Satanás va especialmente contra las resoluciones más piadosas y varoniles.

Esto, pues, hemos de esperar siempre: que dondequiera que Cristo viene, habrá oposición. Cuando Cristo nació, toda Jerusalén se turbó; así, cuando Cristo nace en algún hombre, el alma se alborota, y todo porque el corazón no quiere entregarse a Cristo para que lo gobierne.

Dondequiera que Cristo viene, engendra división, no solo 1. entre el hombre y sí mismo, sino 2. entre hombre y hombre, y 3. entre iglesia e iglesia; de cuya perturbación Cristo no es más causa de lo que lo es la medicina de la agitación en un cuerpo destemplado, cuya causa propia son los humores nocivos; porque el fin de la medicina es la paz de los humores. Pero Cristo tiene por conveniente que los pensamientos de los corazones de los hombres sean descubiertos, y él es puesto tanto para caída como para levantamiento de muchos en Israel, Lucas 2:34.

Así queda al descubierto la locura desesperada de los hombres, que prefieren estar bajo la dirección de sus propias concupiscencias, y por consiguiente del mismo Satanás, para su destrucción sin fin, antes que meter los pies en los grillos de Cristo y el cuello bajo su yugo; cuando en verdad el servicio de Cristo es la única libertad verdadera; su yugo es un yugo fácil, y su carga no es sino como la carga de las alas para el ave, que la hace volar más alto. El gobierno de Satanás es más bien una esclavitud que un gobierno, y a él entrega Cristo a los que sacuden el suyo; porque entonces da a Satanás y a sus agentes poder sobre ellos, ya que no quieren recibir la verdad con amor, 2 Tesalonicenses 2:10: tómalo, jesuita; tómalo, Satanás; cégalo y átalo, y llévalo a la perdición. Los que se toman más libertad para pecar son los esclavos más perfectos, porque son los más voluntarios; la voluntad es en todo o lo mejor o lo peor. Cuanto más avanzan los hombres en un camino obstinado, más hondo se hunden en la rebelión; y cuanto más contrarían a Cristo haciendo lo que quieren, más tendrán que padecer un día lo que no quisieran.

Entretanto son prisioneros en su propia alma, emplazados en su conciencia para el juicio, después de la muerte, de aquel cuyo juicio no quisieron aceptar en vida. ¿Y no es justo que sientan como juez severo que los condena a aquel a quien no quisieron tener como juez benigno que los gobernara?

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