La caña cascada
El gobierno espiritual de Cristo va unido al juicio y a la sabiduría

Capítulo 20 · 8 min de lectura · 10 min de escucha

El gobierno espiritual de Cristo va unido al juicio y a la sabiduría

La segunda conclusión es que el gobierno de Cristo en su Iglesia y en sus hijos es un gobierno sabio y bien ordenado, porque se le llama juicio, y el juicio es la vida y el alma de la sabiduría. Esta conclusión tiene dos ramas: 1. Que el gobierno espiritual de Cristo en nosotros va unido al juicio y a la sabiduría. 2. Que dondequiera que hay verdadera sabiduría y juicio espiritual, allí también el Espíritu de Cristo introduce su gobierno lleno de gracia. En cuanto a lo primero, una vida bien guiada por las reglas de Cristo concuerda con la razón más fuerte y más alta de todas; por eso los hombres santos son llamados hijos de la sabiduría (Lucas 7:31), y son capaces de justificar, tanto por la razón como por la experiencia, todos los caminos de la sabiduría. Los caminos opuestos son necedad y locura. Por eso dice San Pablo que el espiritual juzga todas las cosas (1 Corintios 2:15) que le atañen, y no es juzgado por nadie de rango inferior, porque a estos les falta luz y vista espirituales para juzgar; y sin embargo, esta clase de hombres no deja de juzgar y de hablar mal de lo que no conoce (2 Pedro 2:12); pasan de la ignorancia al prejuicio y a la censura temeraria, sin tomar en el camino un juicio recto, y por eso su juicio queda en nada. Pero el juicio del hombre espiritual, en la medida en que es espiritual, permanecerá, porque concuerda con la naturaleza de las cosas: tal como las cosas son en sí mismas, así son en su juicio. Así como Dios es en sí mismo infinito en bondad y majestad, etc., así lo es para él; en su corazón atribuye a Dios su divinidad y todas sus excelencias. Así como Cristo es en sí mismo el único mediador, y el todo en todos en la Iglesia (Colosenses 3:11), así lo es para él, pues hace a Cristo tal en su corazón. Así como todas las cosas son estiércol en comparación con Cristo (Filipenses 3:8), así lo son para Pablo, hombre santificado. Así como lo peor de la religión, el vituperio de Cristo, es mejor que los deleites temporales del pecado (Hebreos 11:26), así lo es para Moisés, hombre de recta estimación. Así como un día en los atrios de Dios es mejor que mil en otra parte (Salmo 84:10), así lo es para David, hombre de juicio reformado. Hay una conformidad del juicio del hombre bueno con las cosas tal como son en sí mismas; y según la diferencia o la concordancia que Dios ha puesto en las cosas, así difiere o concuerda su juicio.

La verdad es verdad, y el error, error; y lo que es ilícito es ilícito, piensen los hombres así o no. Dios ha puesto una diferencia eterna entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, que ninguna imaginación de criatura puede alterar; y por eso el juicio de ningún hombre es la medida de las cosas sino en cuanto concuerda con la verdad que Dios mismo ha impreso en las cosas. Por eso, puesto que el juicio del sabio concuerda con la verdad de las cosas, puede decirse en cierto sentido que el sabio es la medida de las cosas, y que el juicio de un solo hombre santo y sabio ha de preferirse al de otros mil. Tales hombres son por lo común inamovibles, como el sol en su curso, porque piensan, hablan y viven conforme a regla. Un Josué y su casa servirán a Dios (Josué 24:15), hagan lo que hagan los demás, y seguirán un camino contrario al del mundo, porque su juicio los lleva por un camino contrario. De ahí que Satanás tenga ojeriza al ojo del alma, que es el juicio, para apagarlo con la ignorancia y la falsa razón; porque no puede reinar en nadie hasta que le haya quitado o pervertido el juicio: es príncipe de las tinieblas, y reina en las tinieblas del entendimiento. Por eso, primero ha de ser echado fuera del entendimiento por el triunfo de la verdad y por su implantación en el alma. Así pues, los que son enemigos del conocimiento ayudan a Satanás y al Anticristo —cuyo reino, como el de Satanás, es un reino de tinieblas— a levantar su trono. De ahí que Cristo prometa que el Espíritu Santo convencerá al mundo de juicio (Juan 16:8); es decir, de que él está resuelto a establecer un trono de gobierno, porque el gran señor del desorden, Satanás, el príncipe de este mundo, es juzgado por el evangelio y por el Espíritu que lo acompaña: sus imposturas son descubiertas, sus empresas puestas al descubierto. Por eso, cuando el evangelio se extendió, cesaron los oráculos; Satanás cayó del cielo como un rayo (Lucas 10:18); los hombres fueron trasladados de su reino al de Cristo (Colosenses 1:13). Donde se prevalece por la mentira, allí descubrir es vencer: no irán más adelante, porque su insensatez será manifiesta a todos (2 Timoteo 3:9). De modo que poner de manifiesto el error lo detiene, porque nadie quiere ser engañado de buena gana. Dese a la verdad pleno campo, sin freno ni restricción, y hagan Satanás y sus instrumentos lo peor que puedan: no prevalecerán; como dice Jerónimo de los pelagianos de su tiempo: Descubrir vuestras opiniones es vencerlas; vuestras blasfemias se ven a primera vista.

De aquí aprendemos la necesidad de que el entendimiento esté provisto de principios de conocimiento sobrenatural para el buen gobierno de una conducta cristiana.

Tiene que haber luz que descubra un fin más alto que el de la naturaleza, para el cual somos cristianos, y una regla adecuada que dirija a ese fin, que es la voluntad de Dios en Cristo, la cual descubre su buena voluntad para con nosotros y nuestro deber para con él; y en virtud de este descubrimiento hacemos todo lo que hacemos que pueda en algún modo favorecer nuestra cuenta. El ojo tiene que ser primero sincero, y entonces todo el cuerpo y la disposición de nuestra conducta será luminoso (Mateo 6:22); de lo contrario, tanto nosotros como nuestro modo de vivir no somos sino tinieblas. Toda la conducta de un cristiano no es otra cosa que conocimiento digerido en voluntad, afecto y práctica. Si la primera digestión en el estómago no es buena, la del hígado no puede ser buena; así, si hay error en el juicio, estropea toda la práctica, como un error en el cimiento estropea el edificio. Dios no quiere sacrificios ciegos ni servicios irracionales (Malaquías 1:13), sino que quiere que lo amemos con toda nuestra mente, Romanos

12:1, es decir, con la parte del entendimiento tanto como con todo nuestro corazón (Lucas 10:27), es decir, con la parte afectiva del alma.

Este orden del gobierno de Cristo por medio del juicio es conforme a la naturaleza del alma, y Dios se complace en conservar el modo de obrar propio del hombre, que es hacer lo que hace a partir del juicio. Así como la gracia presupone la naturaleza, pues se funda sobre ella, así la disposición de la gracia conserva en el hombre la disposición de la naturaleza. Y por eso Cristo produce todo lo bueno en el alma por medio del juicio, y lo hace con tanta dulzura que muchos, por un error peligroso, piensan que el bien que hay en ellos y que procede de ellos viene de sí mismos, y no de la obra poderosa de la gracia. Así como en el mal el diablo nos lleva tan sutilmente según la corriente de nuestra propia naturaleza que los hombres piensan que Satanás no tuvo parte en su pecado —aunque aquí el error entraña poco peligro, porque somos malos por nosotros mismos, y el diablo no hace más que fomentar el mal que halla en nosotros—, en el bien, en cambio, no hay en nosotros semilla alguna de bondad sobrenatural. Dios no halla en nosotros sino enemistad; solo ha grabado esto en nuestra naturaleza: inclinarnos en general hacia aquello que juzgamos bueno. Ahora bien, cuando él descubre claramente lo que es bueno en particular, somos llevados hacia ello; y cuando descubre de manera convincente lo que es malo, lo aborrecemos con la misma libertad con que antes lo abrazábamos.

De aquí podemos saber cuándo obramos como debemos y cuándo no: es decir, cuando hacemos lo que hacemos a partir de principios interiores; cuando no nos lanzamos a lo que es bueno solo porque así nos han criado, o porque tales o cuales personas a quienes respetamos lo hacen, o porque queremos sostener un partido, haciendo así de la religión una facción; sino a partir del juicio: cuando, al hacer algo bueno, primero lo juzgamos tal dentro de nosotros; y cuando, al abstenernos de algo malo, primero lo juzgamos malo por un juicio interior. El cristiano sincero, así como goza de la mejor parte, así también la escogió primero con María; afirmó todos sus pensamientos con consejo (Lucas 10:42). Dios, en verdad, usa a hombres carnales para muy buenos servicios, pero sin una transformación ni convicción completa de su juicio. Obra por medio de ellos, pero no en ellos; por eso ni aprueban el bien que hacen ni aborrecen el mal del que se abstienen.

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