La caña cascada
Se resuelve el caso de la indisposición, y los desalientos

Capítulo 14 · 6 min de lectura · 8 min de escucha

Se resuelve el caso de la indisposición, y los desalientos

DE lo que se ha dicho, con alguna pequeña añadidura, no será difícil resolver aquel caso en que algunos piden ayuda, a saber: si debemos cumplir los deberes estando nuestro corazón del todo indispuesto. Para quedar satisfechos debemos saber: 1. Nuestro corazón, de suyo, se va tras la libertad, y difícilmente se deja poner bajo el yugo del deber; y cuanto más espiritual es el deber, mayor es su resistencia. La corrupción, por lo general, gana terreno con cada descuido; es como remar contra la marea: un golpe de remo descuidado no se recupera con tres; y por eso es bueno mantener nuestro corazón estrechamente ceñido al deber, y no prestar oído a las excusas que está pronto a forjar.

Cuando nos ponemos a cumplir el deber, Dios fortalece el partido propio que tiene en nosotros: hallamos calor en el corazón y aumento de fuerzas, pues el Espíritu va con nosotros y nos levanta poco a poco, hasta dejarnos, por así decirlo, en el cielo. Dios se complace a menudo en aprovechar nuestra indisposición para manifestar su obra con más claridad, y para que toda la gloria de la obra sea de aquel de quien es toda la fuerza.

La obediencia es más directa cuando no hay ninguna otra cosa que endulce la acción; aunque el sacrificio sea imperfecto, la obediencia con que se ofrece halla aceptación.

Lo que se gana como despojo a nuestras corrupciones tendrá después tanto grado de consuelo como ahora tiene de estorbo. El sentimiento y la libertad de espíritu se reservan a menudo hasta que se ha cumplido el deber: la recompensa sigue a la obra. En el deber y después del deber hallamos aquella experiencia de la presencia de Dios que, sin obediencia, podríamos esperar largo tiempo y quedarnos sin ella. Esto no estorba la libertad del Espíritu para soplar sobre nuestras almas cuando quiere (Juan 3:8). Porque hablamos solo de aquel estado del alma en que esta se halla en calma chicha y tiene que remar, por así decirlo, contra la corriente. Como al navegar la mano ha de estar en el timón y el ojo en la estrella, así aquí: pongamos en el deber la poca fuerza que tenemos, y miremos a lo alto en busca de ayuda, la cual el Espíritu dará tan oportuna como libremente.

Con todo, en aquellos deberes que requieren tanto el cuerpo como el alma, puede haber una pausa hasta que se reparen las fuerzas: afilar la hoz no estorba, sino que dispone. 2. En las pasiones repentinas debe haber un tiempo para serenar y calmar el alma, y poner las cuerdas en su tono: el profeta quiso que le trajeran un tañedor para poner su alma en orden. Asimismo estamos sujetos a desalientos en el sufrimiento, por la impaciencia que hay en nosotros: ¡Ay, nunca podré salir adelante con tal cruz! Pero si Dios nos mete en la cruz, estará con nosotros en la cruz, y al fin nos sacará de ella más refinados; no perderemos nada sino la escoria (Zacarías 13:9). Con nuestras propias fuerzas no podemos llevar la menor aflicción, y con la ayuda del Espíritu podemos llevar la mayor: el Espíritu pondrá su hombro para ayudarnos a llevar nuestras flaquezas. El Señor pondrá su mano para levantarnos (Salmo 37:24). Habéis oído la paciencia de Job, dice Santiago en el capítulo 5:11; también hemos oído de su impaciencia, pero a Dios le plugo pasarla por alto misericordiosamente. Esto nos da consuelo también en condiciones de desamparo, como las enfermedades contagiosas y cosas semejantes, en las que estamos más inmediatamente bajo la mano de Dios. Entonces Cristo tiene un trono de misericordia junto a nuestro lecho, y cuenta nuestras lágrimas y nuestros gemidos. Y, para venir al asunto que ahora tratamos, el sacramento no fue instituido para los ángeles, sino para los hombres; y no para hombres perfectos, sino para hombres débiles; y no para Cristo, que es la verdad misma, para obligarlo, sino porque nosotros, por nuestro corazón culpable e incrédulo, estamos prontos a poner en duda la verdad misma. Por eso no bastó a su bondad dejarnos muchas preciosas promesas, sino que nos da sellos para fortalecernos. Y aunque no estemos tan preparados como debiéramos, oremos como oró Ezequías: El Señor perdone a todo aquel que ha preparado su corazón para buscar al Señor, el Dios de sus padres, aunque no esté purificado según la purificación del santuario (2 Crónicas 30:19). Entonces venimos con consuelo a este santo sacramento, y con mucho fruto. Esto debería llevarnos por todos los deberes con mucha alegría: que, si aborrecemos nuestras corrupciones y luchamos contra ellas, no se nos contarán como nuestras. No soy yo, dice san Pablo, sino el pecado que mora en mí (Romanos 7:17); porque lo que nos desagrada nunca nos dañará, y Dios nos tendrá por lo que amamos, deseamos y procuramos ser; lo que deseamos ser, eso seremos; y lo que deseamos de veras vencer, lo venceremos; porque Dios cumplirá el deseo de los que le temen (Salmo 145:19); el deseo es arras de la cosa deseada. ¡Cuán poco estímulo basta para llevarnos a los negocios de esta vida! Y, sin embargo, todas las ayudas que Dios ofrece apenas logran prevalecer sobre nuestra naturaleza remisa. ¿De dónde vienen, pues, los desalientos? 1. No del Padre, porque él se ha obligado por pacto a compadecerse de nosotros como el padre se compadece de los hijos (Salmo 103:13), y a aceptar como padre nuestros débiles esfuerzos; y lo que falta en la fuerza del deber, nos da licencia para suplirlo con su indulgencia llena de gracia, con lo cual honraremos aquella gracia en que él se deleita, tanto como con cumplimientos más perfectos.

2. No de Cristo, porque él, por su oficio, no apagará el pábilo que humea. Vemos cómo Cristo concede los mejores frutos de su amor a personas de condición humilde, de dotes débiles, molestas por sus flaquezas, y aun por caídas más graves. Primero, así le place confundir el orgullo de la carne, que suele medir el amor de Dios por alguna excelencia exterior. En segundo lugar, así se complace en mostrar la libertad de su gracia y su prerrogativa real, para que el que se gloría, gloríese en el Señor.

En el capítulo once de Hebreos, entre aquella nube de testigos, vemos a Rahab, Gedeón y Sansón puestos en la misma fila que Abraham, el padre de los creyentes. Nuestro bendito Salvador, así como era la imagen de su Padre, así en esto fue del mismo sentir, glorificando a su Padre por revelar el misterio del evangelio a hombres sencillos, dejando a un lado a los que tenían la mayor reputación de sabiduría en el mundo (Hebreos 11:31, 32).

No es indigno de recordarse lo que san Agustín cuenta de un hombre simple de su tiempo, privado casi por completo del uso de la razón, el cual, siendo pacientísimo ante todas las injurias que se le hacían a él mismo, sin embargo, por reverencia a la religión, no soportaba ninguna injuria hecha al nombre de Cristo; tanto, que tiraba piedras a los que blasfemaban, y en ese caso no perdonaba ni a sus propios gobernantes. Lo cual muestra que las dotes de nadie son tan bajas que queden por debajo de la mirada llena de gracia de Cristo; donde le place hacer su elección, y para exaltar su misericordia, no pasa por alto ningún grado de entendimiento, por sencillo que sea.

3. Tampoco vienen los desalientos del Espíritu: él ayuda nuestra flaqueza, y por su oficio es Consolador (Romanos 8:26). Si convence de pecado, y así nos humilla, es para abrir paso a mostrar su oficio de consolarnos. Los desalientos, pues, han de venir de nosotros mismos y de Satanás, que procura infundirnos aversión al deber.

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