Capítulo 6 · 20 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Arando la peña
“¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con vacas?” — Amós 6:12 Estas expresiones son proverbios tomados de los dichos comunes del campo oriental. Un proverbio es como una espada de dos filos, o más bien de muchos filos. Puede volverse en distintas direcciones, y cada ángulo corta con la misma agudeza. Con frecuencia un proverbio encierra varios significados, y no siempre es fácil determinar el sentido exacto que pretendía quien lo dijo por primera vez. En este caso, el contexto admite más de una interpretación. Un antiguo comentarista incluso afirmó que el versículo contiene siete significados, cada uno acorde con su contexto. No puedo descartar esa posibilidad; en verdad, no sería sino otro ejemplo de la multiforme sabiduría de la Palabra de Dios. Como aquellas bolas de marfil chinas intrincadamente talladas, donde una esfera descansa dentro de otra, así muchos pasajes de la Escritura contienen significado dentro de significado, enseñanza dentro de enseñanza, cada capa digna del Espíritu que la inspiró.
El primer sentido que mencionaré brevemente es este: el profeta confronta a los impíos por su intento de hallar la felicidad donde no puede hallarse. Se esforzaban por hacerse ricos, poderosos y seguros por medio de la opresión. Como dice el profeta: “Habéis tornado el juicio en veneno, y el fruto de justicia en ajenjo.” La justicia entre ellos se compraba y se vendía; el libro de la ley se usaba como instrumento de fraude. Sin embargo, insiste el profeta, no hay verdadera ganancia en tal camino, ni provecho real, ni felicidad duradera. Es tan absurdo como que los caballos corran sobre la peña sólida o que las vacas intenten arar la piedra. Es trabajo malgastado. Si alguno de vosotros trata de saciarse solo con este mundo, si esperáis hallar el cielo en vuestros negocios y en vuestra vida familiar sin mirar hacia arriba, a Dios, trabajáis en vano.
Si esperas placer en el pecado e imaginas que te irá bien mientras desprecias la ley de Dios, estás gravemente equivocado. Igual podrías buscar rosas en las profundidades del mar o perlas en el pavimento de la ciudad. Lo que tu alma verdaderamente necesita no lo hallarás en ninguna parte sino en Dios.
Buscar la felicidad en el mal es arar el granito. Perseguir la verdadera prosperidad por medio de la deshonestidad es tan inútil como labrar la orilla arenosa. “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?” Joven, te agotas con la ambición, persiguiendo honor y ascenso. Esas son metas pobres para un alma inmortal. Y usted, señor, desgasta mente y cuerpo en la búsqueda de riquezas, como si la vida consistiera en las posesiones. Estás arando la peña. Tus ansiedades no producirán paz; tu afán no traerá contentamiento.
Y tú, que intentas tejer una justicia con tus propias obras aparte de Cristo, que imaginas que por diligentes ceremonias externas puedes realizar la obra del Espíritu Santo dentro de tu corazón, tú también estás arando la ingrata peña. Toda la fuerza de la naturaleza humana caída jamás podrá salvar un alma. ¿Por qué, entonces, continuar este trabajo inútil? Abandona la tarea.
Hasta aquí, creo que esta interpretación refleja fielmente el texto. Sin embargo, se sugiere otro significado, igualmente apropiado, y en él me detendré ahora, con la ayuda de Dios. Es este: Dios no siempre enviará a sus ministros a llamar a la gente al arrepentimiento. Cuando los corazones permanecen obstinados, cuando la gente rehúsa arrepentirse, Dios no contiende con ellos para siempre. “No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre.” Hay una temporada para arar, pero cuando se hace evidente que el corazón está voluntariamente endurecido, la sabiduría misma puede aconsejar a la misericordia que retire sus esfuerzos.
“¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con vacas?” No. Hay un límite aun para la paciente bondad. A su debido tiempo, el trabajo cesa, y la peña queda sin arar para siempre.
I. Los ministros trabajan para quebrantar el corazón. Tomando este significado, observamos primero que los ministros trabajan para quebrantar los corazones de las personas. Un predicador sabio, por el poder del Espíritu Santo, procura romper los endurecidos terrones del corazón para que pueda recibir la semilla celestial. Muchas verdades sirven como afiladas rejas de arado. Es preciso que las personas sientan que han pecado, y que sean llevadas al arrepentimiento.
Deben recibir a Cristo no meramente con un asentimiento intelectual, sino con el corazón, “porque con el corazón se cree para justicia.” Debe haber verdadera emoción y convicción. La reja de la ley debe penetrar en el corazón.
Un labrador demasiado tierno de corazón para desgarrar y rastrillar su campo nunca verá cosecha. Este es el fallo de ciertos predicadores: temen herir los sentimientos de alguien y, por tanto, evitan las verdades que podrían despertar temor o dolor. No guardan reja afilada en su cobertizo y, por tanto, es poco probable que recojan cosecha en su granero. Pescan sin anzuelos para no lastimar a los peces. Disparan sus armas sin balas por respeto a los sentimientos de las aves. Esta clase de amor es crueldad para las almas. Es como un cirujano que deja morir a un paciente antes que causarle dolor con una incisión o amputación necesaria. Tal ternura es espantosa: deja perecer a las personas antes que perturbarlas. Puede ser agradable hablar solo palabras suaves, pero ¡ay del que lo hace a costa de la verdad!
¿Fue este el espíritu de Cristo? ¿Ocultó él el peligro del pecador? ¿Puso en duda el fuego inextinguible y el gusano que no muere? ¿Adormeció las almas con palabras halagadoras? No. Con amor sincero y profunda preocupación, advirtió de la ira e instó a las personas a arrepentirse o perecer. Que los siervos de Cristo sigan a su Maestro. Que aren profundamente con una hoja afilada que no se desvíe por lo duro del suelo. Si de veras amamos las almas, debemos probarlo con palabras fieles. El corazón duro debe ser quebrantado, o seguirá rechazando al Salvador que venda a los quebrantados de corazón.
Hay ciertas cosas que las personas pueden o no experimentar y aun así ser salvas. Pero las realidades ligadas a esta labranza son indispensables. Debe haber un santo temor y un humilde temblor ante Dios. Debe haber reconocimiento de la culpa y una súplica penitente de misericordia. En suma, debe haber una labranza a fondo del alma antes de que podamos esperar que la semilla dé fruto.
II. A veces los ministros trabajan en vano. El texto enseña también que a veces los ministros trabajan sin éxito visible. “¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con vacas?” Un labrador percibe pronto si su arado puede cortar la tierra. Lo mismo le pasa al ministro. Puede predicar las mismas palabras en dos lugares distintos. En un sitio siente esperanza y gozo; en otro, pesadez y resistencia. El arado parece saltar fuera del surco.
La hoja se mella contra la piedra. Se dice a sí mismo: “No entiendo por qué no hago ningún progreso aquí”, y comprende que se le ha asignado un suelo particularmente duro.
Todos los que trabajan para Cristo conocen esta experiencia. Puedes haberla sentido en una clase de escuela dominical, en una reunión en una casa, o en cualquier lugar donde hayas tratado de enseñar a Cristo. En una ocasión removiste suelo rico que cedía con facilidad bajo las vacas. En otra, aunque el caballo se esfuerza y las vacas trabajan hasta llagarse los lomos, no puede abrirse ningún surco. La peña resiste hasta el final.
Tales oyentes existen en toda congregación. Pueden estar sentados junto a corazones tiernos. Una hermana, un hermano, un hijo o una hija pueden responder de buena gana al evangelio, y sin embargo ellos permanecen inconmovibles. Escuchan con respeto.
Dejan que el mensaje entre por un oído y salga por el otro. No abandonarían el culto público, y por eso asisten, pero solo para rechazar el mensaje por dentro. Son peña dura; el arado no los toca.
Otros son igual de duros, pero de manera diferente. La impresión que se hace en ellos es superficial y pasajera. Reciben la palabra con gozo, pero no la retienen. Escuchan con atención, pero nunca la ponen en práctica. Oyen del arrepentimiento, pero nunca se arrepienten. Oyen de la fe, pero nunca creen.
Son jueces competentes de la predicación del evangelio, y sin embargo nunca la han aceptado personalmente. Insisten en que se sirva buen pan, y sin embargo rehúsan comerlo. Defienden con fuerza verdades que ellos mismos rechazan. Pueden ser movidos hasta las lágrimas, y sin embargo su corazón permanece sin quebrantar. Se van sin cambiar y olvidan qué clase de personas son. Son terreno pedregoso de principio a fin. Todos los esfuerzos por ararlos parecen fracasar.
Ahora bien, esto es aún peor, porque algunas de estas personas de corazón pedregoso han sido aradas por años y se han vuelto más duras en vez de más blandas. Arar una o dos veces —con una o dos rejas rotas y uno o dos labradores desilusionados— no nos importaría tanto si al fin cedieran; pero estas personas han conocido el evangelio desde la niñez y nunca se han rendido a su poder. Y para algunas de ellas, la niñez quedó muy atrás. Su cabello encanece; ellas mismas se debilitan con la edad. Se les ha exhortado y persuadido veces sin número, y sin embargo todo ese trabajo se ha perdido en ellas.
De hecho, hace años sentían la Palabra de un modo en que ya no la sienten. El sol que ablanda la cera endurece el barro; y el mismo evangelio que ha llevado a otros a la ternura y al arrepentimiento ha tenido en ellas el efecto contrario, haciéndolas más indiferentes a las cosas divinas de lo que eran en su juventud. Esta es una condición lamentable, ¿no es cierto?
¿Por qué son algunas personas tan sumamente pedregosas? Algunas lo son por cierta impasibilidad natural. Hay muchas personas a quienes sencillamente no es fácil conmover. Hay mucho granito en su constitución; están más emparentadas con el señor Obstinado que con el señor Flexible. Sin embargo, no pienso del todo mal de tales personas. Cualquiera que haya predicado a oyentes muy exaltables sabe lo que es agitarlos grandemente, solo para descubrir al final que no están en nada mejor por ello. En cambio, cuando algunas de estas personas más inconmovibles son verdaderamente movidas, quedan movidas de veras.
Cuando sienten, sienten profundamente, y retienen la impresión que se ha hecho en ellas. Una pequeña esquirla desprendida del granito a fuerza de recios golpes permanecerá allí, mientras que el azote del agua —bastante fácil— no deja rastro alguno. Es cosa noble tomar un sólido trozo de peña y ejercer fe respecto de él. El martillo del Señor tiene poderosa fuerza para quebrar, y en ese quebrantar viene gran gloria al Altísimo.
Peor aún, algunos son duros por causa de la incredulidad; no siempre un rechazo abierto del corazón, sino una especie de incredulidad que brota del deseo de no creer, y ese deseo les ayuda a descubrir dificultades. Estas dificultades sí existen, y fue dispuesto que existieran; porque si todo fuera tan claro como la nariz en el rostro, no habría lugar para la fe. Tales personas llegan poco a poco a dudar —o al menos a pensar que dudan— de verdades esenciales, y esto las vuelve resistentes al evangelio de Cristo.
Un grupo mucho más numeroso es bastante ortodoxo en su doctrina, y sin embargo igual de duro de corazón.
La mundanalidad endurece a una persona en todo sentido. Seca la caridad hacia los pobres, porque el hombre tiene que hacer dinero, y piensa que los impuestos que paga son excusa suficiente para descuidar la compasión.
No tiene tiempo para pensar en el mundo venidero; todos sus pensamientos están absortos en este. El dinero escasea, dice, y por eso ha de retenerlo con fuerza; y cuando el dinero rinde poco interés, halla aún más razón para ser tacaño. No tiene tiempo para orar: debe llegar a la oficina. No tiene tiempo para leer su Biblia: su libro de cuentas reclama atención. Puedes llamar a su puerta, pero su corazón no está en casa; está en la contaduría, donde vive, se mueve y tiene su ser. Su dios es el oro, su gozo es el negocio, su todo en todo es él mismo. ¿De qué sirve predicar a tal hombre? Igual daría hacer correr caballos sobre la peña, o que las vacas arrastren un arado por un campo cubierto de hierro de una milla de espesor.
En otros, la dureza viene de lo opuesto a la severa mundanalidad: una constante ligereza. Son como mariposas, revoloteando de un lado a otro sin lograr nada. Nunca piensan, ni desean pensar. Medio pensamiento serio los agota; hay que divertirlos, o sus mentes superficiales se cansan. Su vida es un círculo de entretenimiento. Para ellos el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres, meros actores. De poco sirve predicar a tales personas. No hay profundidad de suelo en su naturaleza.
Bajo una delgada capa de arena movediza y sin valor yace una impenetrable peña de estupidez e insensatez. Podría multiplicar las razones por las que unos son más duros que otros, pero el hecho es cierto, y ahí lo dejo.
Ahora te pido que consideres si los caballos deben correr siempre sobre la peña, y si las vacas deben arar siempre en ella. ¿Es razonable esperar que los siervos de Dios trabajen en vano para siempre?
A estas personas se les ha predicado, enseñado, instruido, advertido, rogado y aconsejado. ¿Ha de continuar sin fin este trabajo no recompensado? Se les ha dado una prueba justa. ¿Qué dicen la razón y la prudencia? ¿Estamos obligados a perseverar hasta quedar agotados por un esfuerzo infructuoso? Pregunta a quienes aran sus propios campos: ¿recomiendan continuar cuando el fracaso es seguro? ¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con vacas? Ciertamente no para siempre.
Considera al labrador. Puede que él no busque mucha consideración, pero su Maestro no lo pasa por alto. Mira cuán fatigado queda cuando su trabajo lo desalienta. Clama: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?” “¿Por qué me has enviado —pregunta— a un pueblo que tiene oídos, pero no oye? Se sientan como se sienta tu pueblo, oyen como oye tu pueblo, pero luego se van por su camino, olvidan cada palabra y no obedecen la voz del Señor.” Observa cuán desilusionado queda el predicador. Es duro trabajo no ver ningún progreso, aunque uno haya hecho todo lo posible. A nadie le agrada que se le asigne una tarea que parece una completa pérdida de tiempo y esfuerzo. Empieza a sentirse casi absurdo, y teme que se le desprecie por intentar lo imposible.
¿Ha de ser siempre la suerte de los ministros de Dios que se burlen de ellos? ¿Mandará el gran Labrador a sus aradores gastar sus fuerzas en balde? ¿Deben sus predicadores seguir echando perlas delante de los cerdos? Si su Señor lo manda, perseverarán; pero su Maestro es considerado.
Te pido que consideres si es razonable esperar que un corazón celoso esté para siempre ocupado en la salvación de quienes jamás responden. ¿Ararán siempre los caballos sobre la peña? ¿Trabajarán siempre allí las vacas?
¿Y qué del Maestro mismo? ¿Ha de ser el Señor siempre resistido y provocado? Muchos de vosotros habéis tenido la vida eterna puesta delante como resultado de creer en Jesús, y sin embargo os habéis negado a creer. Es de admirar que mi Señor no haya dicho: “Has cumplido tu deber con ellos; no vuelvas a presentarles a Cristo; mi Hijo no será insultado.” Si ofreces una moneda a un mendigo y él la rechaza, simplemente la guardas de nuevo en tu bolsillo y te vas. No le ruegas que acepte el auxilio. Sin embargo, nuestro Dios, en su misericordia, ruega a los pecadores que vengan a él y les implora que reciban a su Hijo. En graciosa condescendencia se pone, por así decirlo, como un mercader en la plaza, clamando: “¡Oh, todos los sedientos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed!” Y en otro lugar dice: “Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelde.”
Cuando el Señor de misericordia ha sido rechazado por tanto tiempo, ¿no se mezcla alguna justa indignación con tu compasión? Mientras anhelas que los pecadores sean salvos, ¿no sientes que ha de haber un fin para tal insulto? Pido aun a los descuidados que consideren esto. Si no respetan al labrador, que al menos consideren a su Maestro.
Además, hay tantos otros que necesitan el evangelio y lo recibirían, que la sabiduría parece aconsejar dejar a los que lo desprecian. ¿No dijo nuestro Señor que si las obras poderosas hechas en Betsaida y Corazín se hubieran hecho en Tiro y Sidón, ellas se habrían arrepentido? Más asombroso todavía, dijo que si las mismas obras hechas en Capernaum se hubieran hecho en Sodoma y Gomorra, ellas se habrían arrepentido en cilicio y ceniza. ¿No debiéramos, entonces, llevar la palabra a quienes la recibirán y dejar a los despreciadores en su terquedad? ¿No dice la razón: “Envía la medicina donde hay enfermos que la valoran”?
Miles están dispuestos a oír el evangelio. Mira cómo se reúnen dondequiera que va el predicador, cómo se aprietan unos contra otros en su afán. Si los que oyen a diario no reciben el mensaje, “entonces, en el nombre de Dios —dice el predicador—, déjame ir donde haya esperanza de un suelo que pueda ararse.” “¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con vacas?” ¿He de trabajar siempre donde nada resulta? ¿No dice la razón: que la palabra vaya a China, a la India, a los confines más lejanos de la tierra, donde la recibirán, antes que quedarse donde es despreciada en las calles?
No extenderé más el argumento, pero vuelvo a hacer la pregunta con solemnidad: ¿Seguiría alguno de vosotros persiguiendo un objetivo una vez que resultara desesperado? Cuando el Señor ha enviado a sus siervos con palabras bondadosas, graciosas y tiernas, y las personas rehúsan oír, ¿te maravilla que él diga: “Están unidos a sus ídolos; déjalos”? Hay un límite para la paciencia humana, y lo alcanzamos pronto.
Sin duda hay también un límite —aunque lo alcancemos con lentitud— para la paciencia de Dios. Al fin él dice: “Basta ya. Mi Espíritu no contenderá más con ellos.” Si el Señor lo declara, ¿podemos quejarnos? ¿No es esto sabiduría? ¿No lo afirma la prudencia misma? Toda mente reflexiva convendrá en ello: una peña no puede ararse para siempre.
Debe haber, entonces, un cambio, y pronto. Las vacas serán apartadas de tal labor. Esto puede hacerse fácil y rápidamente, y de tres maneras.
Primero, el oyente que no responde puede ser removido, de modo que ya no oiga el evangelio de labios del ministro más apto para alcanzarlo. Puede haber un predicador que ejerza cierta medida de influencia sobre él; pero como rechaza el mensaje y permanece impenitente, puede ser trasladado a otro lugar donde oiga discursos monótonos que no tocan su conciencia. Irá donde ya no se le inste ni se le ruegue, y allí se dormirá hasta el infierno. Eso puede hacerse con bastante facilidad. Algunos de vosotros quizá estéis ahora mismo disponiendo vuestra propia remoción del campo de la esperanza.
Otra posibilidad es esta: el labrador puede ser apartado. Ha hecho su obra con toda la fidelidad que pudo, y será liberado de su difícil tarea. Está cansado. Que se vaya a casa. El suelo no cedió, pero eso no fue culpa suya. Que reciba su salario. Su arado ha quedado dañado en el esfuerzo; que se vaya a casa y oiga a su Señor decir: “Bien hecho.” Estuvo dispuesto a continuar la desalentadora labor mientras su Maestro lo mandara, pero si es claramente infructuosa, que se vaya a casa, pues su obra ha terminado. Ha caído gravemente enfermo; que muera y entre en su reposo. Esto no es improbable.
O puede suceder otra cosa. El Señor puede decir: “Ese campo no molestará más al labrador.
Lo quitaré.” Y puede quitarlo de esta manera: el hombre que ha oído el evangelio, pero lo ha rechazado, puede morir. Ruego que mi Maestro no permita que ninguno de vosotros muera en sus pecados, porque entonces ya no podremos alcanzaros ni abrigar por vosotros la más leve esperanza. Ninguna oración nuestra podrá seguiros a la eternidad.
Hay un solo nombre por el cual debéis ser salvos, y ese nombre os ha sido proclamado: el nombre de Jesús. Pero si lo rechazáis ahora, ni siquiera ese nombre os salvará. Si rehúsas recibir a Jesús como tu Salvador, él aparecerá como tu Juez. Te suplico: no destruyas tu propia alma resistiendo tercamente al amor todopoderoso.
Quiera Dios que suceda algo mejor. ¿No hay nada más que pueda hacerse? Este suelo es peña: ¿podemos sembrarlo sin quebrantarlo? No. Sin arrepentimiento no hay perdón de pecados. ¿Hay alguna manera de salvar a las personas sin la gracia de Dios? El Señor Jesús nunca sugirió tal cosa. Al contrario, dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:16). No insinuó un camino intermedio ni sugirió una “esperanza más amplia”. Declaró llanamente: “El que no creyere, será condenado.” No imagines que hay una puerta trasera oculta al cielo. El Señor no ha provisto ninguna.
¿Qué, entonces? ¿Debe el predicador continuar su labor aparentemente infructuosa? Si queda aun media esperanza, está dispuesto a proseguir y clamar: “Oíd, sordos; y ved, ciegos; y vivid, muertos.” Hablará así hoy, porque su Maestro le manda predicar el evangelio a toda criatura.
Pero es pesado trabajo repetir palabras de súplica por años a quienes rehúsan escuchar.
Sin embargo, queda todavía una posibilidad más. Hay un Dios en el cielo: oremos para que extienda su poder. Jesús está a su diestra: pidamos su intervención. El Espíritu Santo es todopoderoso: invoquémoslo en busca de ayuda. Hermanos que aráis y hermanas que oráis, clamad al Maestro por auxilio. El caballo y la vaca pueden fallar, pero hay Uno en lo alto que puede obrar grandes maravillas. ¿No habló él una vez a la peña y convirtió el pedernal en un arroyo que fluía? Pidámosle que haga lo mismo ahora.
Y si hay alguien que siente y lamenta que su corazón es como una peña, me alegra que lo sienta.
La conciencia misma de que tu corazón es duro es señal de que la piedra quizá ya se está ablandando. Oh corazón duro, en vez de golpearte —como Moisés golpeó la peña en el desierto y pecó al hacerlo—, quisiera hablarte. ¿Te volverías como la cera? ¿Te derretirías en arroyos de arrepentimiento?
Escucha la voz de Dios. Quiébrate con santo deseo. Derrítete con anhelo de Cristo, porque Dios quizá esté obrando ahora mismo dentro de ti. ¿Quién sabe? En este mismo momento puedes empezar a desmoronarte. ¿Sientes el poder de la Palabra? ¿Te traspasa ahora la afilada hoja de la verdad?
Quiébrate y quiébrate otra vez, hasta que por la verdadera tristeza seas ablandado. Entonces la buena semilla del evangelio entrará en tu corazón, y la recibirás, y veremos su fruto.
Así que echaré un puñado más de buena semilla antes de terminar. Si deseas la vida eterna, confía en Jesucristo, y quedarás salvo al instante. “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22). Todo aquel que en él cree tiene vida eterna. Y, como dijo Jesús: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:14-15).
Oh Señor, quebranta la peña. Deja que la semilla caiga en la tierra quebrantada y traiga cosecha aun de la dura piedra, por amor de Jesucristo. Amén.