Sermones en diversas ocasiones
Prefacio

Capítulo 1 · 13 min de lectura · 16 min de escucha

Prefacio

Primera serie

Que consta de cincuenta y tres discursos

[Sermones 1–53]

1. Los sermones que siguen contienen la sustancia de lo que he venido predicando durante algo más de ocho años, casi nueve. [En el año 1747.] En ese tiempo he hablado con frecuencia en público sobre cada uno de los temas de esta colección; y no tengo conciencia de que haya un solo punto de doctrina, de los que suelo tratar en público, que no quede aquí expuesto ante todo lector cristiano, si no de propósito, al menos de paso. Todo hombre serio que los lea verá, por tanto, con la mayor claridad, cuáles son las doctrinas que abrazo y enseño como lo esencial de la verdadera religión.

2. Pero me doy perfecta cuenta de que no se presentan de la manera que algunos tal vez esperen. Nada aparece aquí con ropaje elaborado, elegante u oratorio. Aunque hubiera sido mi deseo o mi intención escribir así, mi tiempo libre no me lo habría permitido. Pero, en verdad, nada estaba más lejos de mi propósito; porque ahora escribo como hablo por lo general, ad populum, — a la gran masa de la humanidad, a los que ni gustan ni entienden del arte de hablar; pero que, a pesar de ello, son jueces competentes de aquellas verdades que son necesarias para la felicidad presente y futura. Menciono esto para que los lectores curiosos se ahorren el trabajo de buscar lo que no hallarán.

3. Me propongo verdad sencilla para gente sencilla: por eso, deliberadamente, me abstengo de toda especulación sutil y filosófica; de todo razonamiento enredado e intrincado; y, en cuanto es posible, aun de la apariencia de erudición, salvo cuando a veces cito el texto original de la Escritura. Procuro evitar todas las palabras que no sean fáciles de entender, todas las que no se usan en la vida común; y, en particular, esa clase de términos técnicos que aparecen con tanta frecuencia en los tratados de teología; esos modos de hablar que los hombres de letras conocen íntimamente, pero que para la gente común son una lengua desconocida. Con todo, no estoy seguro de no deslizarme a veces en ellos sin darme cuenta: es tan sumamente natural imaginar que una palabra que nos es familiar a nosotros lo es a todo el mundo.

4. Más aún, mi propósito es, en cierto sentido, olvidar todo cuanto he leído en mi vida. Me propongo hablar, en general, como si nunca hubiera leído a un solo autor, antiguo o moderno (exceptuando siempre a los inspirados). Estoy persuadido de que, por un lado, esto puede ser un medio que me permita expresar con más claridad los sentimientos de mi corazón, mientras sigo sencillamente el hilo de mis propios pensamientos, sin enredarme con los de otros hombres; y de que, por otro, llegaré con menos pesos sobre mi mente, con menos prejuicio y prevención, ya sea para buscar por mí mismo, ya para entregar a otros, las verdades desnudas del evangelio.

5. A hombres sinceros y razonables no temo descubrirles cuáles han sido los pensamientos más íntimos de mi corazón. He pensado: soy criatura de un día, que pasa por la vida como una flecha por el aire. Soy un espíritu venido de Dios y que vuelve a Dios: suspendido apenas sobre el gran abismo, hasta que, dentro de unos momentos, ya no se me vea más; ¡caigo en una eternidad inmutable! Quiero saber una sola cosa, — el camino al cielo; cómo arribar a salvo a aquella orilla feliz. Dios mismo se ha dignado enseñar el camino: para este mismo fin vino del cielo. Lo ha dejado escrito en un libro. ¡Oh, dadme ese libro! ¡A cualquier precio, dadme el libro de Dios! Lo tengo: aquí hay conocimiento suficiente para mí. Sea yo homo unius libri. [Hombre de un solo libro.] Heme aquí, pues, lejos de los caminos atareados de los hombres. Me siento a solas: solo Dios está aquí. En su presencia abro, leo su libro; con este fin, hallar el camino al cielo. ¿Hay alguna duda sobre el sentido de lo que leo? ¿Parece algo oscuro o intrincado? Elevo mi corazón al Padre de las luces: — «Señor, ¿no es tu palabra: “Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios”? Tú “das a todos abundantemente, y no zahieres”. Tú has dicho: “El que quiera hacer su voluntad, conocerá”. Yo quiero hacerla; hazme conocer tu voluntad». Busco entonces y considero los pasajes paralelos de la Escritura, «acomodando lo espiritual a lo espiritual». Medito en ellos con toda la atención y el empeño de que mi mente es capaz. Si aún queda alguna duda, consulto a los que tienen experiencia en las cosas de Dios; y luego los escritos por medio de los cuales, muertos, todavía hablan. Y lo que así aprendo, eso enseño.

6. Conforme a esto, he consignado en los sermones que siguen lo que hallo en la Biblia acerca del camino al cielo, con la mira de distinguir este camino de Dios de todos aquellos que son invenciones de los hombres. Me he esforzado por describir la religión verdadera, bíblica y experimental, de modo que no omita nada de lo que es parte real de ella, ni le añada nada que no lo sea. Y en esto es mi deseo especial, en primer lugar, guardar a los que apenas están poniendo el rostro hacia el cielo (y que, conociendo poco las cosas de Dios, están más expuestos a ser desviados del camino) del formalismo, de la religión meramente exterior, que casi ha echado del mundo la religión del corazón; y, en segundo lugar, advertir a los que conocen la religión del corazón, la fe que obra por el amor, no sea que en algún momento invaliden la ley por la fe, y así vuelvan a caer en el lazo del diablo.

7. Por consejo y a petición de algunos de mis amigos, he puesto al frente de los demás sermones contenidos en este volumen tres sermones míos y uno de mi hermano, predicados ante la Universidad de Oxford. Mi propósito requería algunos discursos sobre esos puntos; y preferí estos a cualesquiera otros, por ser una respuesta más fuerte que cualquiera que pudiera redactarse ahora a quienes han afirmado con frecuencia que últimamente hemos cambiado nuestra doctrina y que ya no predicamos lo que predicábamos hace algunos años. Cualquier hombre de entendimiento podrá ahora juzgar por sí mismo, cuando haya comparado los últimos sermones con los primeros.

8. Pero alguno dirá que yo mismo he errado el camino, aunque me atrevo a enseñarlo a otros. Es probable que muchos lo piensen, y es muy posible que así sea. Pero confío en que, en lo que me haya equivocado, mi mente está abierta al convencimiento. Deseo sinceramente ser mejor informado. Digo a Dios y a los hombres: «¡Lo que no sé, enséñamelo tú!»

9. ¿Estáis persuadidos de que veis con más claridad que yo? No es improbable que así sea. Entonces tratadme como desearíais ser tratados vosotros mismos si las circunstancias se invirtieran. Mostradme un camino mejor que el que hasta ahora he conocido. Demostradme que lo es con pruebas claras de la Escritura. Y si me demoro en la senda que he acostumbrado pisar, y por eso me resisto a dejarla, tened un poco de paciencia conmigo; tomadme de la mano y guiadme según lo que pueda soportar. Pero no os disgustéis si os ruego que no me derribéis a golpes para apresurar mi paso: en el mejor de los casos solo puedo andar débil y lentamente; entonces no podría andar en absoluto. ¿No puedo pediros, además, que no me deis nombres duros para traerme al buen camino? Aun suponiendo que yo estuviera muy equivocado, dudo que eso me enderezara. Más bien me haría huir tanto más lejos de vosotros, y así apartarme cada vez más del camino.

10. Más aún, si os enojáis, quizá me enoje yo también; y entonces habrá pocas esperanzas de hallar la verdad. Si una vez se levanta la ira, Eute kapnos (como dice Homero en algún lugar), este humo oscurecerá de tal modo los ojos de mi alma que no podré ver nada con claridad. Por amor de Dios, si es posible evitarlo, no nos provoquemos unos a otros a ira. No encendamos unos en otros este fuego del infierno; mucho menos lo avivemos hasta hacerlo llama. Si pudiéramos discernir la verdad a esa luz espantosa, ¿no sería pérdida antes que ganancia? Porque ¡cuánto más ha de preferirse el amor, aun con muchas opiniones erradas, a la verdad misma sin amor! Podemos morir sin el conocimiento de muchas verdades y, con todo, ser llevados al seno de Abraham. Pero, si morimos sin amor, ¿de qué nos servirá el conocimiento? ¡Exactamente de lo mismo que le sirve al diablo y a sus ángeles!

¡No permita el Dios de amor que lleguemos jamás a hacer la prueba! ¡Que él nos prepare para el conocimiento de toda verdad, llenando nuestros corazones de su amor y de todo gozo y paz en el creer!


Segunda serie

Que consta de cincuenta y cinco discursos,

[Sermones 54–108] 11La mayoría de los cuales se insertaron primero en la Arminian Magazine, y después fueron revisados y publicados en cuatro volúmenes, en dozavo, en el año 1788.

1. Un caballero del oeste de Inglaterra me informó hace pocos días que un clérigo de su vecindad tenía el propósito de imprimir, en dos o tres volúmenes, los sermones que se habían publicado en los diez volúmenes de la Arminian Magazine. Con frecuencia se me había pedido que lo hiciera yo mismo, y otras tantas veces había respondido: «Eso lo dejo para mis albaceas». Pero si ha de hacerse antes de que yo me vaya de aquí, me parece que soy la persona más indicada para hacerlo.

2. Me propongo, por tanto, emprenderlo sin demora: y si a Dios le place conservarme un poco más el uso de mi entendimiento y de mi memoria, no sé en qué podría emplearlos mejor. Y acaso yo esté en mejores condiciones que otro para revisar mis propios escritos, ya sea para recortar lo que sobra, suplir lo que falta, o hacer cualquier otra alteración que parezca necesaria.

3. Para que estos sencillos discursos sean más útiles, me propongo ahora disponerlos en el orden debido: poniendo primero los que tienen por objeto arrojar luz sobre algunas doctrinas cristianas importantes; y después los que se refieren más directamente a algún aspecto de la práctica cristiana: y procuraré colocarlos todos en tal orden que uno ilustre y confirme al otro. Puede haber tanto mayor necesidad de esto, por cuanto fueron escritos según las ocasiones, a lo largo de muchos años, sin orden ni conexión alguna; según este o aquel tema se me ocurría a mí mismo, o me lo sugería en distintos momentos uno u otro amigo.

4. Para completar el número de doce sermones en cada volumen, he añadido seis sermones a los impresos en las revistas; y lo hice con tanto más gusto cuanto que los temas eran importantes y nunca se insistirá demasiado en ellos.

5. ¿Hace falta disculparse ante personas sensatas por la sencillez de mi estilo? Un caballero a quien amo y respeto mucho me informó hace poco, con mucha ternura y cortesía, que los hombres ecuánimes eran muy indulgentes con el decaimiento de mis facultades, y no esperaban que yo escribiera ahora, ni en cuanto al pensamiento ni en cuanto al lenguaje, como escribía hace treinta o cuarenta años. Quizá hayan decaído, aunque yo no lo advierto. Pero ¿no es esta una ocasión oportuna para explicarme acerca del estilo que uso por elección y no por necesidad? Aun ahora podría escribir con tanta floritura y retórica como el admirado Dr. B—; pero no me atrevo, porque busco la honra que viene solo de Dios. ¿Qué es la alabanza de los hombres para mí, que tengo un pie en la sepultura y voy entrando en la tierra de donde no volveré? Por eso no me atrevo a escribir con un estilo refinado más de lo que me atrevería a vestir una casaca fina. Pero aunque fuera de otro modo, y tuviera tiempo de sobra, seguiría escribiendo exactamente como escribo. Rehusaría a propósito lo que muchos admiran: un estilo muy ornamentado. No puedo admirar la oratoria francesa: la desprecio de corazón. Que los que gusten se extasíen con las lindas y elegantes frases de Massillon o de Bourdabue; pero dadme a mí el estilo llano y vigoroso del Dr. South, del Dr. Bates o del señor John Howe: y en cuanto a elegancia, mostradme algún escritor francés que supere al deán Young o al señor Seed. Admire quien quiera los oropeles franceses; yo sigo prefiriendo el inglés llano y sano.

6. Pienso que un predicador o un escritor de sermones ha perdido el rumbo cuando imita a cualquiera de los oradores franceses; aun a los más famosos de ellos; aun a Massillon o a Bourdabue. Basta con que su lenguaje sea llano, propio y claro. Dios mismo nos ha dicho cómo hablar, tanto en cuanto a la materia como en cuanto a la manera: «Si alguno habla», en el nombre de Dios, «hable conforme a las palabras de Dios»; y si quiere imitar alguna parte de estas por encima de las demás, sea la Primera Epístola de San Juan. Este es el estilo, el más excelente estilo, para todo predicador del evangelio. Y no aspire a más adorno que el que halla en aquella frase que es la suma de todo el evangelio: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero».

Londres,

1 de enero de 1788.


Tercera serie

[Sermones 109–126] 22Que consta de dieciocho discursos, escritos para insertarse en la Arminian Magazine, pero que el señor Wesley nunca revisó después de su publicación.


Cuarta serie 33Que consta de siete discursos que el señor Wesley publicó solo por separado, y que él nunca incorporó a ninguna colección de sus sermones.

[Sermones 127–133]


Quinta serie 44Que consta de ocho discursos publicados a partir de los manuscritos del señor Wesley después de su muerte, pero que él nunca destinó a la publicación.

[Sermones 134–141]

[Se observará que la mayoría de estos discursos fueron escritos antes de que el señor Wesley obtuviera una visión correcta del camino de la salvación; y como no se publicaron ni con su conocimiento ni por disposición suya, no se le debe hacer responsable de las opiniones que contienen. El que trata de la resurrección del cuerpo solo fue revisado y abreviado por él; y es probable que algunos otros no fueran composición suya.

El primer sermón de la serie, sin embargo, titulado «El verdadero cristianismo defendido», es en todo digno de su autor. Parece haber sido concebido como una especie de Concio ad Clerum; y contiene una fiel denuncia de aquel alejamiento de las doctrinas puras del protestantismo que prevalecía entonces en la Iglesia de Inglaterra, y de aquella relajación de la disciplina y de las costumbres que se manifestaba de forma tan terrible en la Universidad de Oxford, así como en la sociedad en general. Predicar tal sermón ante aquel docto cuerpo debió de requerir no poca resolución piadosa; y es una muestra notable de aquel espíritu de sacrificio que movía al señor Wesley. — Ed.]

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