Capítulo 1 · 37 min de lectura · 48 min de escucha
La simiente de la mujer y la simiente de la serpiente
Génesis 3:15 — «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»
Al leeros estas palabras, bien puedo dirigirme a vosotros con el lenguaje de los santos ángeles a los pastores que velaban de noche sobre su rebaño: «He aquí os doy nuevas de gran gozo». Porque esta es la primera promesa de un Salvador que se hizo a la raza apóstata de Adán. Por lo general buscamos a Cristo solo en el Nuevo Testamento; pero el cristianismo, en cierto sentido, es casi tan antiguo como la creación. Es maravilloso observar con qué gradualidad reveló Dios a su Hijo a los hombres. Comenzó con la promesa del texto, y de ella vivieron los escogidos hasta el tiempo de Abraham. A él le hizo Dios nuevos descubrimientos de su eterno consejo acerca de la redención del hombre. Después, muchas veces y de muchas maneras, habló Dios a los padres por los profetas, hasta que por fin el mismo Señor Jesús fue manifestado en carne, y vino y puso su tabernáculo entre nosotros.
Esta primera promesa tuvo que ser, sin duda, bastante oscura para nuestros primeros padres, en comparación con la gran luz de que nosotros gozamos. Y sin embargo, oscura como era, podemos estar seguros de que edificaron sobre ella su esperanza de salvación eterna, y que por esa fe fueron salvos.
Cómo llegaron a tener necesidad de esta promesa, y cuál es su alcance y su sentido, es lo que me propongo, Dios mediante, hacer materia de vuestra meditación presente.
La caída del hombre está escrita en caracteres demasiado legibles para que no se entienda: los que la niegan, con su misma negación la prueban. Aun los paganos la confesaron y la lloraron: veían los arroyos de corrupción que corren por toda la raza humana, pero no podían seguirlos hasta su manantial. Antes que Dios diera la revelación de su Hijo, el hombre era un enigma para sí mismo. Y Moisés descubre más en este solo capítulo (del cual está tomado el texto) de lo que todo el género humano habría sido capaz de averiguar por sí mismo, aunque lo hubiera estudiado por toda la eternidad.
En el capítulo anterior nos había dado una relación completa de cómo Dios llamó al mundo a la existencia con su palabra; y especialmente de cómo formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en él aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Se convocó un consejo de la Trinidad acerca de la formación de esta hermosa criatura. El fruto de aquel consejo fue: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó». Moisés repite estas palabras de manera notable, para que reparemos de modo particular en nuestro divino Original. Nunca se dijo tanto en tan pocas palabras: nadie sino un hombre inspirado podría haberlo hecho. Pero es digno de notar que, aunque Moisés menciona que fuimos hechos a imagen de Dios, solo lo menciona dos veces, y eso de paso; como si hubiera querido decir: «el hombre fue hecho en honra, Dios lo hizo recto, “a imagen de Dios; varón y hembra los creó”. Pero el hombre cayó tan pronto, y vino a ser semejante a las bestias que perecen, más aún, semejante al diablo mismo, que apenas vale la pena mencionarlo».
Cuánto tiempo después de ser creado cayó el hombre, no se nos dice; y por eso, fijar una fecha es querer saber más de lo que está escrito. Y creo que quienes suponen que el hombre cayó el mismo día en que fue hecho no tienen fundamento suficiente para su opinión. Las muchas cosas que se agolpan en el capítulo anterior, como la formación de la mujer de Adán, el nombre que dio a las bestias y su colocación en el huerto que Dios había plantado, requieren, a mi juicio, un espacio de tiempo más largo que un día para llevarse a cabo. Sin embargo, todos convienen en esto: «el hombre no permaneció mucho tiempo en pie». Cuánto tiempo, o cuán poco, no me atreveré a determinarlo. Más nos importa inquirir cómo llegó a caer de su firmeza, y cuál fue el origen y el curso de la tentación que prevaleció sobre él. El relato que este capítulo nos da de ello es muy completo, y puede sernos de mucho provecho, bajo la bendición de Dios, hacer algunas observaciones sobre él.
«Pero la serpiente (dice el historiador sagrado) era más astuta que todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?»
Aunque esta era una serpiente real, el que hablaba no era otro que el diablo; de ahí, quizá, que se le llame la serpiente antigua, porque tomó posesión de la serpiente cuando vino a engañar a nuestros primeros padres. El diablo envidiaba la felicidad del hombre, que fue hecho, según piensan algunos, para ocupar el lugar de los ángeles caídos. Dios hizo al hombre recto, y con pleno poder para permanecer en pie si quería: fue justo, por tanto, al permitir que fuera tentado. Si caía, no tendría a quién culpar sino a sí mismo. Pero ¿cómo lograría Satanás su caída? No puede hacerlo por la fuerza; lo intenta, pues, por astucia: toma posesión de una serpiente, que era más astuta que todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho; de modo que los hombres que están llenos de astucia, pero no tienen piedad, no son más que máquinas sobre las que el diablo obra a su antojo.
«La cual dijo a la mujer». He aquí una muestra de su astucia. Habla a la mujer, el vaso más frágil, y cuando estaba sola, apartada de su marido, y por tanto más expuesta a ser vencida: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» Estas palabras se dicen, sin duda, en respuesta a algo que el diablo había visto u oído. Con toda probabilidad, la mujer estaba entonces cerca del árbol de la ciencia del bien y del mal (porque dentro de poco la hallaremos arrancando de él una manzana); quizá lo estaba mirando, y preguntándose qué tendría aquel árbol más que los otros, para que a ella y a su marido les estuviera prohibido tomar de él. Satanás, al ver esto, y deseoso de atraerla a parlamentar con él (porque si el diablo logra persuadirnos a no resistirle, sino a conversar con él, ha ganado mucho terreno), le dice: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» Lo primero que hace es persuadirla, si es posible, a que abrigue pensamientos duros acerca de Dios; esta es su manera habitual de tratar con los hijos de Dios: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? ¡Cómo! ¿Ha plantado Dios un huerto, y os ha puesto en medio de él, solo para atormentaros y confundiros? ¿Ha plantado un huerto, y aun así os prohíbe serviros de ninguno de sus frutos?» Le era imposible hacer una pregunta más capciosa para lograr su fin: porque Eva se veía aquí, al parecer, obligada a responder y a defender la bondad de Dios. Y por tanto, —
Versículos 2 y 3. La mujer respondió a la serpiente: «Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis».
La primera parte de la respuesta fue buena: «Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; Dios no nos ha prohibido comer de todo árbol del huerto. No; podemos comer del fruto de los árboles del huerto (y, al parecer, aun del árbol de la vida, que era como un sacramento para el hombre en el estado de inocencia); solo hay un árbol en medio del huerto, del cual dijo Dios: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis». Aquí empieza a torcerse, y el pecado comienza a concebirse en su corazón. Ya ha contraído algo del veneno de la serpiente por haber conversado con ella, cosa que no debió hacer en absoluto. Porque bien podía suponer que no podía ser un ser bueno el que le hacía semejante pregunta y le insinuaba pensamientos tan deshonrosos acerca de Dios. Debió, por tanto, huir de él, y no detenerse a parlamentar con él en modo alguno. Al instante se ven los malos efectos: comienza a suavizar la amenaza divina. Dios había dicho: «el día que de él comieres, ciertamente morirás»; o, muriendo morirás. Pero Eva dice: «No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis». Podemos estar seguros de que hemos caído en la tentación, y de que comenzamos a caer por ella, cuando empezamos a pensar que Dios no cumplirá su palabra en cuanto a la ejecución de las amenazas que ha pronunciado contra el pecado. Satanás lo sabía, y por eso, con artificio,
«Dijo a la mujer (vers. 4): De cierto no moriréis», de manera insinuante: «De cierto no moriréis. Seguramente Dios no será tan cruel como para condenaros solo por comer una manzana; no puede ser». ¡Ay! ¡A cuántos lleva Satanás cautivos a su voluntad, halagándolos con que de cierto no morirán; con que los tormentos del infierno no serán eternos; con que Dios es todo misericordia, y que por tanto no castigará unos pocos años de pecado con una eternidad de miseria! Pero Eva halló que Dios cumple su palabra; y así lo hallarán todos los que siguen en el pecado con la falsa esperanza de que de cierto no morirán.
También podemos entender las palabras como dichas en forma afirmativa, y esto concuerda con lo que sigue: De cierto no moriréis; «todo es un engaño, un mero espantajo para manteneros en una sujeción servil».
Porque (vers. 5) «sabe Dios que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal».
¿Qué hijo de Dios puede esperar escapar de la calumnia, cuando Dios mismo fue así calumniado aun en el paraíso? Sin duda el entendimiento de Eva debió de estar en cierta medida cegado, o no habría permitido que el tentador dijera cosas tan perversas. ¡Con qué odiosos colores se pinta aquí a Dios! «Sabe Dios que el día que comáis de él seréis como dioses» (iguales a Dios). De modo que la gran tentación era que en adelante no estarían bajo control alguno, sino que serían iguales, si no superiores, al Dios que los hizo, sabiendo el bien y el mal. Eva no podía saber qué quería decir Satanás con esto; pero, sin duda, lo entendió como algún gran privilegio del que iban a gozar. Y así Satanás señala ahora a los pecadores un camino que les parece derecho, pero no les dice que el fin de ese camino es la muerte.
Para dar fuerza y vigor a esta tentación, con toda probabilidad Satanás, o la serpiente, arrancó en ese momento una manzana del árbol y la comió delante de Eva; con lo cual Eva podía ser inducida a pensar que la sagacidad y el poder de hablar que la serpiente tenía por encima de los demás animales debían deberse, en gran medida, a haber comido de aquel fruto; y, por tanto, que si él había recibido tanto provecho, ella también podía esperar de él un beneficio semejante. Todo esto, me parece, está claro; porque de otro modo no veo con qué propiedad podría decirse: «Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer». ¿Cómo podía saber que era bueno para comer, a menos que hubiera visto a la serpiente alimentarse de él?
Satanás empieza ahora a ganar terreno. La concupiscencia había concebido en el corazón de Eva; pronto dará a luz el pecado. Y el pecado, una vez concebido, engendra la muerte. Versículo 6: «Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella».
Nuestros sentidos son los puertos por donde desembarcan nuestros enemigos espirituales. ¡Cuán necesaria es aquella resolución del santo Job: «Hice pacto con mis ojos»! Cuando Eva empezó a fijar los ojos en el fruto prohibido, pronto empezó a codiciarlo con el corazón. Cuando vio que era bueno para comer, y agradable a los ojos (aquí estaban los deseos de la carne y los deseos de los ojos), pero, sobre todo, árbol codiciable para alcanzar la sabiduría, más sabiduría de la que Dios quería que tuviera, más aún, tanta como Dios mismo, tomó de su fruto, y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Tan pronto como ella misma pecó, se convirtió en tentadora de su marido. Es terrible que quienes debían ser ayuda idónea el uno para el otro en la gran obra de su salvación sean solo promotores de la condenación el uno del otro; pero así es. Si nosotros mismos somos buenos, moveremos a otros a la bondad; si hacemos el mal, induciremos a otros a hacer el mal también. Hay una estrecha conexión entre hacer y enseñar. ¡Cuán necesario es, pues, que todos nos guardemos de pecar en modo alguno nosotros mismos, no sea que lleguemos a ser agentes del diablo y enredemos, quizá, a nuestros parientes más cercanos y queridos! «Dio también a su marido, el cual comió así como ella».
¡Ay! ¡Qué cúmulo de crímenes hubo en este solo acto de pecado! Aquí hay una total incredulidad ante la amenaza de Dios; la mayor ingratitud hacia su Hacedor, que tan poco antes había plantado este huerto y los había puesto en él, con una carta de privilegios tan gloriosa y tan amplia. Y el mayor descuido de su posteridad, que ellos sabían que había de permanecer o caer con ellos. Aquí estaba el colmo del orgullo del corazón: querían ser iguales a Dios. Aquí se pone el mayor desprecio sobre su amenaza y su ley: al diablo se le cree y se le obedece antes que a él, y todo esto solo para satisfacer su apetito sensual. Jamás se cometió aquí abajo un crimen de naturaleza tan compleja: nada sino la apostasía y la rebelión del diablo podría igualarlo.
¿Y cuáles son las consecuencias de su desobediencia? ¿Se les abren los ojos? Sí, se les abren los ojos; pero, ¡ay!, solo para ver su propia desnudez. Porque se nos dice (vers. 7) «que fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos». Desnudos de Dios, desnudos de todo lo que era santo y bueno, y despojados de la imagen divina de que antes gozaban. Bien podían llamarse ahora Icabod, porque la gloria del Señor se había apartado de ellos. ¡Oh, cuán bajo cayeron entonces estos hijos de la mañana! Desde Dios a sí mismos; de ser participantes de la naturaleza divina, a la naturaleza del diablo y de la bestia. Bien podían, pues, conocer que estaban desnudos, no solo en el cuerpo, sino en el alma.
¿Y cómo se conducen ahora que están desnudos? ¿Huyen a Dios en busca de perdón? ¿Buscan en Dios un manto que cubra su desnudez? No; estaban ya muertos para Dios, y se habían vuelto terrenales, animales, diabólicos; por eso, en lugar de acudir a Dios en busca de misericordia, «cosieron o trenzaron hojas de higuera, y se hicieron delantales, «o cosas para ceñirse. Esta es una viva imagen de todo hombre natural: vemos que estamos desnudos; en alguna medida lo confesamos; pero, en lugar de mirar a Dios en busca de socorro, remendamos una justicia propia (como nuestros primeros padres trenzaron hojas de higuera), esperando cubrir con ella nuestra desnudez. Pero nuestra justicia no resistirá el rigor del juicio de Dios: no nos servirá más de lo que las hojas de higuera sirvieron a Adán y a Eva, es decir, de nada.
Porque (vers. 8) «oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer (a pesar de sus hojas de higuera) se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto».
Oyeron la voz del Señor Dios, o la Palabra del Señor Dios, es decir, el Señor Jesucristo, que es «el Verbo que era con Dios, y el Verbo que era Dios». Le oyeron pasearse entre los árboles del huerto, al aire del día. Quizá una hora en que Adán y Eva solían salir, de manera especial, a ofrecer un sacrificio vespertino de alabanza y acción de gracias. Al aire del día. Quizá el pecado se cometió temprano por la mañana, o al mediodía; pero Dios no quiso venir sobre ellos de inmediato: esperó hasta el aire del día. Y si queremos reprender a otros con eficacia, no debemos hacerlo cuando están acalorados por la pasión, sino esperar hasta el aire del día.
¡Pero qué cambio hay aquí! En lugar de regocijarse a la voz de su amado, en lugar de salirle al encuentro con los brazos abiertos y el corazón ensanchado, como antes, ahora se esconden entre los árboles del huerto. ¡Ay, qué intento tan necio fue este! Sin duda debían de estar desnudos; de otro modo, ¿cómo podían pensar en esconderse de Dios? ¿Adónde podían huir de su presencia? Pero por su caída habían contraído enemistad contra Dios: ahora aborrecían a Dios su Hacedor y temían tratar con él. ¿Y no es este nuestro caso por naturaleza? Ciertamente lo es. Nos afanamos por cubrir nuestra desnudez con las hojas de higuera de nuestra propia justicia; nos escondemos de Dios todo el tiempo que podemos, y no queremos venir, ni vendríamos jamás, si el Padre no se nos adelantara, nos atrajera y nos constriñera dulcemente con su gracia, como aquí se adelantó a Adán.
Versículo 9. «Y llamó el Señor Dios a Adán, y le dijo: Adán, ¿dónde estás tú?»
«Y llamó el Señor Dios a Adán» (porque de otro modo Adán jamás habría llamado al Señor Dios), y le dijo: «Adán, ¿dónde estás tú? ¿Cómo es que no vienes a ofrecer tus devociones como de costumbre?» Cristianos, recordad que el Señor lleva cuenta de las veces que faltáis al culto. Así pues, siempre que os sintáis tentados a no asistir, figúrese cada uno de vosotros que oye al Señor llamándole y diciéndole: «Oh hombre, oh mujer, ¿dónde estás? Puede entenderse en otro sentido, y mejor: «Adán, ¿dónde estás tú?» ¿En qué estado se halla tu pobre alma? Esto es lo primero que el Señor pregunta al pecador y de lo que le convence, cuando se le adelanta y le llama eficazmente por su gracia; y le llama también por su nombre; porque a menos que Dios nos hable en particular, y sepamos dónde estamos, cuán pobres, cuán miserables, cuán ciegos, cuán desnudos, jamás estimaremos la redención obrada para nosotros por la muerte y la obediencia del amado Señor Jesús. «Adán, ¿dónde estás tú?»
Versículo 10. «Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo». Mirad qué cobardes nos hace el pecado. Si no conociéramos pecado, no conoceríamos temor. «Porque estaba desnudo; y me escondí». Vers. 11: «Y le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual yo (tu Hacedor y Legislador) te mandé que no comieses?»
Dios sabía muy bien que Adán estaba desnudo, y que había comido del fruto prohibido. Pero Dios quería saberlo de la propia boca de Adán. Así Dios conoce todas nuestras necesidades antes que le pidamos, y sin embargo insiste en que le pidamos su gracia y confesemos nuestros pecados. Porque con tales actos reconocemos nuestra dependencia de Dios, nos cubrimos de vergüenza a nosotros mismos, y así damos gloria a su gran nombre.
Versículo 12. «Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí».
Nunca se retrató la naturaleza con más viveza. ¡Mirad qué orgullo contrajo Adán por la caída! ¡Cuán poco dispuesto está a echarse la culpa o a cubrirse él mismo de vergüenza! Esta respuesta está llena de insolencia hacia Dios, de enemistad contra su mujer y de doblez en cuanto a sí mismo. Porque en ella reprocha tácitamente a Dios: «La mujer que me diste por compañera». Como si dijera: si no me hubieras dado esa mujer, no habría comido del fruto prohibido. Así, cuando los hombres pecan, echan la culpa a sus pasiones; luego censuran y reprochan a Dios por haberles dado esas pasiones. Su lenguaje es: «Los apetitos que tú nos diste, ellos nos engañaron; y por eso pecamos contra ti». Pero así como Dios, a pesar de todo, castigó a Adán por obedecer a la voz de su mujer, así castigará a los que obedecen a los dictados de sus inclinaciones corrompidas. Porque Dios no obliga a nadie a pecar. Adán podría haber resistido las instancias de su mujer, si hubiera querido. Y así, si miramos a Dios, hallaremos gracia para el oportuno socorro. El diablo y nuestro propio corazón nos tientan, pero no pueden forzarnos a consentir sin el concurso de nuestra propia voluntad. De modo que nuestra condenación procede de nosotros mismos, como se verá con evidencia en el gran día, a pesar de todas las réplicas insolentes que hoy dirigen los hombres contra Dios. Así como Adán habla con insolencia respecto de Dios, así habla con enemistad contra su mujer: la mujer, o esta mujer, ella me dio. Echa toda la culpa sobre ella, y habla de ella con mucho desprecio. No dice: mi esposa, mi querida esposa; sino: esta mujer. El pecado desune los corazones más unidos: es la ruina de la santa comunión. Los que han sido compañeros en el pecado aquí, si mueren sin arrepentimiento, se aborrecerán y se condenarán el uno al otro en el más allá. Todas las almas condenadas son acusadoras de sus hermanos. Así sucede, en cierto grado, aun de este lado del sepulcro. «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí». ¡Qué discurso tan doble [engañoso] fue este! Emplea no menos de quince palabras para excusarse, y solo una o dos (en el original) para confesar su falta, si es que puede llamarse confesión. «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol»: he aquí las quince palabras; «y yo comí». ¡Con qué repugnancia salen estas últimas palabras! ¡Qué pronto se despachan! «Y yo comí». Pero así es con un corazón no humillado ni regenerado: echará la culpa al amigo más querido del mundo, más aún, a Dios mismo, antes que cubrirse él de vergüenza. A este orgullo estamos todos sujetos por la caída; y hasta que nuestro corazón sea quebrantado y hecho contrito por el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, siempre estaremos atribuyendo a Dios despropósito. «Contra ti, contra ti solo he pecado, para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio» es el lenguaje solo de aquellos que, como David, están dispuestos a confesar sus faltas y se duelen de veras de sus pecados. No era este el caso de Adán; su corazón no estaba quebrantado; y por eso echa la culpa de su desobediencia a su mujer y a Dios, y no a sí mismo: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí».
Versículo 13. «Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho?» ¡Qué maravillosa solicitud expresa Dios en esta reconvención! «¡Qué diluvio de miseria has traído sobre ti misma, sobre tu marido y sobre tu posteridad! ¿Qué es lo que has hecho? Has desobedecido a tu Dios, has obedecido al diablo y has arruinado a tu marido, para quien te hice como ayuda idónea. ¿Qué es lo que has hecho?» Dios quería aquí despertarla al sentido de su crimen y de su peligro, y por eso, por así decirlo, truena en sus oídos: porque la ley debe predicarse a los pecadores que confían en su propia justicia. Debemos guardarnos de sanar antes de ver heridos a los pecadores, no sea que digamos: Paz, paz, cuando no hay paz. Los pecadores confiados deben oír los truenos del monte Sinaí antes que los llevemos al monte Sion. Es de temer que quienes nunca predican la ley sean torpes para anunciar las buenas nuevas del evangelio. Todo ministro debería ser un Boanerges, un hijo del trueno, así como un Bernabé, un hijo de consolación. Hubo un terremoto y un torbellino antes que el silbo apacible y delicado llegara a Elías: primero debemos mostrar a la gente que está condenada, y luego mostrarle cómo ha de ser salva. Pero cómo y cuándo predicar la ley, y cuándo aplicar las promesas del evangelio, la sabiduría es provechosa para dirigirlo. «Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho?»
«Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí». No emplea tantas palabras para excusarse como su marido; pero su corazón está tan poco humillado como el de él. ¿Qué es lo que has hecho?, dice Dios. Dios la acusa aquí de haberlo hecho. Ella no se atreve a negar el hecho, ni a decir: No lo he hecho; pero se quita toda la culpa de encima y la echa sobre la serpiente: «La serpiente me engañó, y comí». No dice: «Señor, yo tuve la culpa por conversar con la serpiente; Señor, hice mal en no correr hacia mi marido cuando me hizo la primera pregunta; Señor, me declaro culpable, solo yo tengo la culpa; ¡oh, no permitas que mi pobre marido sufra por mi maldad!» Ese habría sido el lenguaje de su corazón si hubiera sido entonces una verdadera penitente. Pero ambos eran ahora igualmente orgullosos; por eso ninguno quiere echarse la culpa: «La serpiente me engañó, y comí. La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí».
Me he detenido con más detalle en esta parte de su conducta porque contribuye mucho a engrandecer la gracia gratuita, y nos muestra claramente que la salvación viene solo del Señor. Echemos una breve mirada a la miserable situación en que se hallaban ahora nuestros primeros padres: estaban legal y espiritualmente muertos, eran hijos de ira y herederos del infierno. Habían comido del fruto del cual Dios les había mandado que no comiesen; y cuando fueron llevados ante Dios, aunque su crimen era tan complejo, no se les pudo llevar a confesarlo. ¿Qué razón puede darse para que no se pronuncie sentencia de muerte contra los reos que están ante el tribunal? Todos han de reconocer que son dignos de muerte. Más aún, ¿cómo puede Dios, sin faltar a su justicia, perdonarlos? Él había amenazado que el día que comiesen del fruto prohibido «ciertamente morirían»; y si no ejecutaba esta amenaza, el diablo sí que podría entonces calumniar al Todopoderoso. Y sin embargo la misericordia clama: perdona a estos pecadores, perdona la obra de tus manos. He aquí, pues, que la sabiduría traza un plan por el cual Dios puede ser justo y, a la vez, misericordioso; ser fiel a su amenaza, castigar la ofensa y al mismo tiempo perdonar al ofensor. ¡Aquí se abre a nuestra vista un asombroso escenario de amor divino, que había estado escondido desde toda la eternidad en el corazón de Dios! Aunque Adán y Eva no estaban humillados, y ni siquiera elevaron una sola petición de perdón, Dios pronuncia al instante sentencia contra la serpiente y les revela un Salvador.
Versículo 14. «Y el Señor Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida»; es decir, estaría sometida, y su poder siempre sería limitado y refrenado. «Sus enemigos lamerán el polvo», dice el salmista. (Versículo 15.) «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»
Antes de pasar a la explicación de este versículo, no puedo dejar de señalar un gran error en que incurre el autor de Todo el deber del hombre, al hacer que este versículo contenga un pacto entre Dios y Adán, como si Dios tratara ahora personalmente con Adán, como antes de la caída. Porque, hablando del segundo pacto en su prefacio, acerca del cuidado del alma, dice: «Este segundo pacto se hizo con Adán, y con nosotros en él, inmediatamente después de la caída, y está contenido brevemente en estas palabras, Génesis 3:15, donde Dios declara: “La simiente de la mujer quebrantará la cabeza de la serpiente; y este se compone, como el primero, de algunas misericordias que Dios ha de conceder y de algunos deberes que nosotros hemos de cumplir». Esta es una teología sumamente falsa: porque esas palabras no se dicen a Adán; se dirigen solo a la serpiente. Adán y Eva estaban allí como reos, y Dios no podía tratar con ellos, porque habían quebrantado su pacto. Y tan lejos está de ser un pacto en el que «Dios ha de conceder algunas misericordias y nosotros hemos de cumplir algunos deberes», que aquí no hay una sola palabra en ese sentido; es solo la declaración de un don gratuito de salvación por medio de Jesucristo nuestro Señor. Dios el Padre y Dios el Hijo habían entrado en un pacto acerca de la salvación de los escogidos desde toda la eternidad, en el cual Dios el Padre prometió que, si el Hijo ofrecía su alma en sacrificio por el pecado, vería linaje. Ahora bien, esto es una revelación abierta de aquel pacto secreto, y por eso Dios habla en los términos más categóricos: «esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar». Con el primer Adán Dios había tratado antes; resultó infiel: por eso Dios, para asegurar que el segundo pacto no fuese quebrantado, lo pone en manos del segundo Adán, el Señor del cielo. Adán, después de la caída, ya no estaba como nuestro representante; él y Eva eran solo personas privadas, como lo somos nosotros, y solo habían de echar mano por la fe de la declaración de misericordia contenida en esta promesa (como de hecho lo hicieron), y por ella fueron salvos. No digo que no hayamos de creer y obedecer, si hemos de ser salvos para siempre. La fe y la obediencia son condiciones, si solo queremos decir que en el orden preceden a nuestra salvación; pero niego que Dios se las proponga a Adán, o que Dios trate con él en esta promesa como lo hizo antes de la caída bajo el pacto de obras. Porque ¿cómo podría ser así, cuando Adán y Eva eran ahora reos ante el tribunal, sin fuerza alguna para cumplir condición ninguna? La verdad es esta: Dios, como recompensa de los sufrimientos de Cristo, prometió dar a los escogidos fe y arrepentimiento, a fin de llevarlos a la vida eterna; y tanto estas cosas como todo lo demás necesario para su felicidad eterna les están infaliblemente aseguradas en esta promesa, como lo muestra con claridad el señor Rastan, excelente teólogo escocés, en un libro titulado «Una visión del pacto de gracia».
Esta no es en modo alguno una distinción innecesaria; es un asunto de gran importancia: por no saberlo, la gente ha estado extraviada tanto tiempo. Se le ha enseñado que debe hacer esto y aquello, como si estuviera bajo un pacto de obras, y que luego, por hacer esto, sería salva. Mientras que, por el contrario, se debería enseñar a la gente que el Señor Jesús fue el segundo Adán, con quien el Padre entró en pacto en favor del hombre caído; que ahora nada pueden hacer de sí mismos ni por sí mismos, y que deben por tanto venir a Dios, rogándole que les dé fe, por la cual serán capacitados para echar mano de la justicia de Cristo; y que luego mostrarán esa fe por sus obras, por amor y gratitud al siempre bendito Jesús, su gloriosísimo Redentor, por lo que ha hecho por sus almas. Este es un sistema coherente y bíblico; si no lo sostenemos, caeremos en uno de estos dos malos extremos: me refiero al antinomianismo por un lado, o al arminianismo por el otro. ¡De ambos nos libre el buen Señor!
Pero prosigamos. Por la simiente de la mujer hemos de entender aquí al Señor Jesucristo, quien, aunque Dios verdadero de Dios verdadero, había de tener, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, un cuerpo preparado para él por el Espíritu Santo, y había de nacer de una mujer que no conoció varón, y por su obediencia y su muerte hacer expiación por la transgresión del hombre, y traer una justicia eterna, obrar en ellos una nueva naturaleza, y así herir la cabeza de la serpiente, es decir, destruir su poder y su dominio sobre ellos. Por la simiente de la serpiente hemos de entender al diablo y a todos sus hijos, a quienes Dios permite tentar y zarandear a sus hijos. Pero, bendito sea Dios, no puede alcanzar más allá de nuestro calcañar.
No hay que dudar que Adán y Eva entendieron esta promesa en este sentido; porque es claro que en la última parte del capítulo se instituyeron los sacrificios. ¿De dónde habían de venir aquellas pieles, de las que Dios les hizo túnicas, sino de animales sacrificados? En el capítulo siguiente hallamos a Abel, lo mismo que a Caín, ofreciendo sacrificio; y el apóstol nos dice que lo hizo por la fe, sin duda en esta promesa. Y Eva, cuando nació Caín, dijo: «He adquirido un varón de parte del Señor», o (como observa el señor Henry que puede traducirse): «He adquirido un varón, —el Señor—, el Mesías prometido». Algunos suponen además que Eva fue la primera creyente; y por eso lo traducen así: «La simiente (no de la, sino) de esta mujer»; lo cual engrandece tanto más la gracia de Dios, que la que fue la primera en la transgresión fuera la primera en participar de la redención. También Adán creyó, y fue salvo: porque el Señor Dios hizo a Adán y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió; lo cual fue un notable tipo de que serían vestidos con la justicia de nuestro Señor Jesucristo.
Esta promesa se cumplió literalmente en la persona de nuestro Señor Jesucristo. Satanás le hirió en el calcañar cuando le tentó durante cuarenta días seguidos en el desierto; le hirió en el calcañar cuando levantó contra él una fuerte persecución durante el tiempo de su ministerio público; le hirió en el calcañar de manera especial cuando nuestro Señor se quejó de que su alma estaba muy triste, hasta la muerte, y sudó grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra, en el huerto; le hirió en el calcañar cuando puso en el corazón de Judas que le entregara; y le hirió más que nunca cuando sus emisarios le clavaron en un madero maldito, y nuestro Señor clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Y sin embargo, en todo esto, el bendito Jesús, la simiente de la mujer, hirió la cabeza maldita de Satanás; porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados. Por su llaga fuimos nosotros curados. El castigo de nuestra paz fue sobre él. Muriendo, destruyó al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo. Así despojó a los principados y a las potestades, y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
Esta promesa se ha cumplido en los escogidos de Dios, considerados en conjunto, tanto antes como después de la venida de nuestro Señor en la carne: porque ellos pueden llamarse la simiente de la mujer. No os maravilléis de que todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús hayan de padecer persecución. En esta promesa se pone una enemistad eterna entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente; de modo que los que han nacido según la carne no pueden sino perseguir a los que han nacido según el Espíritu. Esta enemistad se mostró poco después de revelada esta promesa, cuando Caín hirió el calcañar de Abel; continuó en la iglesia a través de todas las edades antes que Cristo viniera en la carne, como lo muestran claramente la historia de la Biblia y el capítulo 11 de Hebreos. Se enfureció sobremanera después de la ascensión de nuestro Señor; testigos son los Hechos de los Apóstoles y la historia de los primeros cristianos. Ahora se enfurece, y seguirá enfureciéndose y mostrándose, en mayor o menor grado, hasta el fin de los tiempos. Pero que esto no nos desanime; porque en todo esto la simiente de la mujer es más que vencedora, y hiere la cabeza de la serpiente. Así los israelitas, cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban. Así fue con los apóstoles; así fue con sus seguidores inmediatos. Tanto que Tertuliano compara la iglesia de su tiempo con un campo segado: cuanto más a menudo se corta, más crece. La sangre de los mártires fue siempre la semilla de la iglesia. Y muchas veces me he sentado con asombro y deleite a admirar cómo Dios ha hecho que los mismos planes que sus enemigos tramaban para estorbar su evangelio se convirtieran en los medios más eficaces para propagarlo. El diablo ha tenido tan poco éxito en la persecución que, si yo no supiera que él y sus hijos, conforme a este versículo, no pueden sino perseguir, pensaría que tendría por fortaleza suya el estarse quieto. ¿Qué ganó persiguiendo a los mártires en tiempos de la reina María? ¿No fue la gracia de Dios grandemente glorificada en el sostén que les dio? ¿Qué ganó persiguiendo a los buenos y viejos puritanos? ¿No resultó de ello el poblamiento de Nueva Inglaterra? O, para acercarnos a nuestros propios días, ¿qué ha ganado echándonos de las sinagogas? ¿No ha crecido y prevalecido poderosamente desde entonces la palabra de Dios? Mis queridos oyentes, habéis de disculparme por extenderme en este punto; Dios llena por lo general mi alma cuando llego a este tema. Puedo decir con Lutero: «Si no fuera por la persecución, no entendería la Escritura». Si a Satanás se le permitiera aún herir más mi calcañar, y sus siervos me arrojaran en la cárcel, no dudo que aun eso solo serviría para herir más eficazmente su cabeza. Recuerdo lo que el entonces lord canciller dijo al piadoso Bradford: «Más daño has hecho —dijo— con tus exhortaciones en privado en la cárcel que el que hiciste predicando antes de que te encerraran», o palabras por el estilo. La promesa del texto es mi sostén diario: «Pondré enemistad entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar».
Más aún: esta promesa se cumple también, no solo en la iglesia en general, sino en cada creyente en particular. En todo creyente hay dos simientes, la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente: la carne que codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne. Sucede con el creyente, cuando la gracia le ha vivificado el corazón, lo que sucedió con Rebeca cuando había concebido a Esaú y a Jacob en su seno: sintió una lucha, y comenzó a inquietarse: «Si es así, dijo, ¿para qué vivo yo?» (Génesis 25:22). Así luchan la gracia y la naturaleza (si se me permite hablar así) en el seno del corazón del creyente: pero, así como allí se dijo: «El mayor servirá al menor», así sucede aquí: la gracia al final vencerá a la naturaleza; la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente. Muchos de vosotros que habéis creído en Cristo quizá halléis alguna corrupción particular todavía fuerte, tan fuerte que a veces estáis a punto de clamar con David: «Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl». Pero no temáis: la promesa del texto asegura la perseverancia y la victoria de los creyentes sobre el pecado, Satanás, la muerte y el infierno. ¿Qué importa que aún quede la corrupción que mora en vosotros, y que la simiente de la serpiente os hiera el calcañar, afligiendo y turbando vuestras almas justas? No temáis; aunque cansados, seguid adelante: todavía heriréis la cabeza de la serpiente. Cristo ha muerto por vosotros, y dentro de un poco enviará la muerte para destruir el ser mismo del pecado en vosotros. Lo cual me lleva a mostrar la manera más amplia en que se cumplirá la promesa del texto, a saber, en el juicio final, cuando el Señor Jesús presente a los escogidos a su Padre sin mancha ni arruga ni cosa semejante, glorificados en cuerpo y alma.
Entonces dará la simiente de la mujer el último golpe, el golpe mortal, hiriendo la cabeza de la serpiente. Satanás, el acusador de los hermanos, y toda su simiente maldita serán entonces echados fuera, y nunca más se les permitirá turbar a la simiente de la mujer. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre, y se sentarán con Cristo en tronos, en la majestad de las alturas.
No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque segaremos una cosecha eterna de consuelo, si no desmayamos. ¡Atreveos, atreveos, mis queridos hermanos en Cristo, a seguir al Capitán de vuestra salvación, que fue perfeccionado por medio de aflicciones! La simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente. No temáis a los hombres. No os abatáis demasiado por el engaño de vuestro corazón. No temáis a los demonios; aun sobre ellos alcanzaréis la victoria. El Señor Jesús se ha comprometido a haceros más que vencedores sobre todos. Rogad a vuestro Salvador, rogad: alegad la promesa del texto. Luchad, luchad con Dios en oración. Si os ha sido concedido creer, no temáis si también os es concedido padecer. En nada os dejéis intimidar por vuestros adversarios; el Rey de la iglesia los tiene a todos encadenados: sed bondadosos con ellos, orad por ellos; pero no los temáis. El Señor traerá todavía de vuelta su arca, aunque al presente esté arrojada al desierto; y Satanás caerá del cielo como un rayo.
¿Hay aquí algunos enemigos de Dios? La promesa del texto me anima a desafiaros: la simiente de la mujer, el siempre bendito Jesús, herirá la cabeza de la serpiente. ¿De qué sirve toda vuestra malicia? No sois más que fieras ondas del mar, que espuman vuestra propia vergüenza. Para vosotros, si no os arrepentís, está reservada para siempre la oscuridad de las tinieblas. El Señor Jesús está sentado en el cielo, gobernando sobre todo y haciendo que todas las cosas ayuden a bien a sus hijos: él se ríe de vosotros; se burla de vosotros con el mayor escarnio, y por eso también yo. ¿Quiénes sois vosotros, que perseguís a los hijos del siempre bendito Dios? Aunque no soy más que un pobre muchacho, el Señor Jesús, la simiente de la mujer, me capacitará para heriros la cabeza.
Hermanos míos en Cristo, creo que no hablo así en mis propias fuerzas, sino en la fuerza de mi Redentor. Yo sé a quién he creído, y estoy persuadido de que él guardará seguro lo que le he encomendado. Fiel es el que prometió que la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente. ¡Experimentemos todos un cumplimiento diario de esta promesa, tanto en la iglesia como en nuestro corazón, hasta que lleguemos a la congregación de los primogénitos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, en la presencia y el goce real del gran Dios, nuestro Padre celestial!
A él, con el Hijo y el Espíritu Santo, sea atribuida toda honra, poder, fortaleza, majestad y dominio, ahora y por siempre jamás. Amén.
Capítulo 1 completado
La simiente de la mujer y la simiente de la serpiente