Sermones escogidos de Jonathan Edwards
Sermón de despedida

Capítulo 8 · 1 h 2 min de lectura · 1 h 20 min de escucha

Sermón de despedida

2 Corintios 1:14.—Como también en parte habéis reconocido que somos vuestra gloria, así como también vosotros la nuestra, para el día del Señor Jesús.


El apóstol, en la parte anterior del capítulo, declara las grandes tribulaciones con que se encontró en el curso de su ministerio. En el texto y en los dos versículos que lo preceden, declara cuáles fueron sus consuelos y apoyos en medio de las tribulaciones que padeció. Son cuatro cosas en particular.

1. Que se había aprobado ante su propia conciencia, versículo 12: «Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros».

2. Otra cosa de la que habla como motivo de consuelo es que, así como se había aprobado ante su propia conciencia, también se había aprobado ante las conciencias de sus oyentes, los corintios, a quienes ahora escribía, y que ellos lo aprobarían en el día del juicio.

3. La esperanza que tenía de ver el bendito fruto de sus trabajos y padecimientos en el ministerio, en la felicidad y la gloria de ellos, en aquel gran día de las cuentas.

4. Que, en su ministerio entre los corintios, se había aprobado ante su Juez, quien aprobaría y recompensaría su fidelidad en aquel día.

Estos tres últimos puntos están significados en mi texto y en el versículo anterior; y, en verdad, los cuatro están implícitos en el texto. Se da a entender que los corintios lo habían reconocido como su padre espiritual y como alguien que había sido fiel entre ellos, y como el medio de su gozo y gloria futuros en el día del juicio, y como alguien a quien entonces verían, y con quien, como tal, tendrían un encuentro gozoso. Se da a entender que el apóstol esperaba tener en aquel tiempo un encuentro gozoso con ellos delante del Juez, y contemplar con gozo la gloria de ellos como fruto de sus trabajos; y así ellos serían su gloria. Se da a entender también que él esperaba entonces ser aprobado por el gran Juez, cuando él y ellos comparecieran juntos delante de él; y que este reconocería entonces su fidelidad, y que ella había sido el medio de la gloria de ellos; y que así él, por decirlo así, se los presentaría como su corona de gozo. Pero esto no podía esperarlo el apóstol a menos que tuviera a su favor el testimonio de su propia conciencia. Y, por tanto, las palabras implican, de la manera más fuerte, que se había aprobado ante su propia conciencia.

Hay una cosa implícita en cada uno de estos puntos, y en cada parte del texto, que es la verdad que haré tema de mi presente discurso, a saber:

DOCT[RINA]

Los ministros y el pueblo que está a su cargo han de encontrarse unos con otros ante el tribunal de Cristo en el día del juicio.

Los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo han de separarse en este mundo, por muy unidos que hayan estado: si no se separan antes, la muerte habrá de separarlos; y pueden ser separados mientras aún dura la vida. Vivimos en un mundo de cambios, donde nada es cierto ni estable; y donde un poco de tiempo, unas pocas revoluciones del sol traen cosas extrañas, alteraciones sorprendentes, en las personas particulares, en las familias, en los pueblos y las iglesias, en los países y las naciones. Sucede a menudo que los que parecen más unidos, en poco tiempo están más desunidos y a la mayor distancia. Así, ministros y pueblo, entre quienes ha habido la mayor estima mutua y la más estrecha unión, no solo pueden diferir en sus juicios y enajenarse en sus afectos, sino que uno puede desgarrarse del otro, y disolverse toda relación entre ellos; el ministro puede ser trasladado a un lugar lejano, y puede que nunca más tengan nada que ver unos con otros en este mundo. Pero, si así fuere, hay todavía un encuentro más que han de tener, y es en el último gran día de las cuentas.

Aquí quisiera mostrar:

I. De qué manera los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo se encontrarán unos con otros en el día del juicio.

II. Con qué fines.

III. Por qué razones Dios lo ha dispuesto así, que los ministros y su pueblo se encuentren entonces juntos de tal manera y con tales fines.

I. Quisiera mostrar, en algunos puntos, de qué manera los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo se encontrarán unos con otros en el día del juicio. Acerca de esto quisiera observar dos cosas en general.

1. Que entonces no se encontrarán solo como habrá de encontrarse entonces todo el género humano, sino que habrá algo peculiar en la manera de su encuentro.

2. Que su encuentro en aquel tiempo será muy distinto de lo que solía ser en la casa de Dios en este mundo.

1. No se encontrarán en aquel día como habrá de encontrarse entonces todo el mundo. Quisiera señalar una diferencia en dos cosas.

(1) En cuanto a una visión clara y efectiva, y a un conocimiento y una advertencia distintos los unos de los otros.

Aunque el mundo entero estará entonces presente, todo el género humano de todas las generaciones reunido en una vasta asamblea, con toda la naturaleza angélica, tanto los ángeles elegidos como los caídos, no hemos de suponer que cada uno tendrá un conocimiento distinto y particular de cada individuo de toda la multitud reunida, que sin duda constará de muchos millones de millones. Aunque es probable que las capacidades de los hombres sean mucho mayores que en el estado presente, con todo no serán infinitas; aunque su entendimiento y su comprensión se ensancharán enormemente, con todo los hombres no serán deificados. Probablemente las personas particulares tendrán una visión muy amplia de diversas partes y miembros de aquella vasta asamblea, y así de los procedimientos de aquel gran día; pero aun así es forzoso que, conforme a la naturaleza de las mentes finitas, algunas personas y algunas cosas caigan en aquel día más bajo la atención de ciertas personas que otras; y esto (como bien podemos suponer) según tengan un interés más cercano con unos que con otros en las transacciones de aquel día. Habrá una razón especial para que aquellos que en este mundo, en su estado de prueba, han tenido intereses especiales en común, y cuyos asuntos mutuos habrán de ser entonces examinados y juzgados, sean puestos especialmente a la vista unos de otros. Así podemos suponer que los gobernantes y los súbditos, los jueces terrenales y aquellos a quienes han juzgado, los vecinos que han tenido trato, negocios y pleitos mutuos, los cabezas de familia y sus hijos y criados, se encontrarán entonces, y serán puestos juntos con una distinción peculiar. Y especialmente sucederá así con los ministros y su pueblo. Es evidente por el texto que estos estarán a la vista unos de otros, se conocerán distintamente y tendrán en aquel tiempo una advertencia particular los unos de los otros.

(2) Se encontrarán juntos como quienes tienen un interés especial unos con otros en las grandes transacciones de aquel día.

Aunque en aquel tiempo se encontrarán con el mundo entero, con todo no tendrán un interés inmediato y particular con todos. Sí, la mayor parte con mucho de los que estarán entonces reunidos serán personas con quienes no han tenido trato alguno en su estado de prueba, y así no tendrán intereses mutuos que hayan de juzgarse. Pero en cuanto a los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo, serán personas que han tenido mucho interés inmediato unos con otros, en asuntos de la mayor importancia que jamás tengan que tratar los hombres unos con otros. Por tanto, ellos especialmente han de encontrarse y ser reunidos delante del juez, como quienes tienen un interés especial unos con otros en el propósito y la obra de aquel gran día de las cuentas.

Así, su encuentro, en cuanto a su manera, será diverso del encuentro del género humano en general.

2. Su encuentro en el día del juicio será muy diverso de sus encuentros unos con otros en este mundo.

Los ministros y su pueblo, mientras dura su relación, se encuentran a menudo en este mundo. Suelen reunirse de día de reposo en día de reposo, y en otras ocasiones, para el culto público de Dios, la administración de las ordenanzas y los servicios solemnes de la casa de Dios. Y además de estas reuniones, tienen también ocasiones de reunirse para determinar y administrar sus asuntos eclesiásticos, para el ejercicio de la disciplina de la iglesia, y para asentar y ajustar las cosas que atañen a la pureza y al buen orden de las administraciones públicas. Pero su encuentro en el día del juicio será sumamente diverso, en su manera y circunstancias, de cualquiera de tales reuniones y entrevistas que tienen unos con otros en el estado presente. Quisiera observar cómo, en unos pocos puntos.

(1) Ahora se encuentran en un estado preparatorio y mudable, pero entonces en un estado inmutable.

Ahora los pecadores de la congregación se encuentran con su ministro en un estado en que son capaces de un cambio salvador, capaces de ser convertidos, por la bendición de Dios sobre las ministraciones y los trabajos de su pastor, de la potestad de Satanás a Dios; y de ser sacados de un estado de culpa, condenación e ira, a un estado de paz y favor con Dios, al disfrute de los privilegios de sus hijos y a un título a su herencia eterna. Y los santos se encuentran ahora con su ministro con grandes restos de corrupción, y a veces bajo grandes dificultades y aflicciones espirituales; y por tanto son todavía sujetos idóneos de los medios de una feliz alteración de su estado, que consiste en una mayor libertad de estas cosas, la cual tienen razón para esperar por el camino de la asistencia a las ordenanzas, y de la cual Dios suele complacerse en hacer instrumentos a sus ministros. Y los ministros y su pueblo se reúnen ahora a fin de obrar tales cambios felices; estos son los grandes beneficios que se buscan en sus reuniones solemnes en este mundo.

Pero cuando se encuentren juntos en el día del juicio, será muy de otra manera. No se encontrarán entonces para usar medios con que obrar tales cambios; porque todos se encontrarán en un estado inmutable. Los pecadores estarán en un estado inmutable: los que entonces estén bajo la culpa y el poder del pecado, y tengan la ira de Dios permaneciendo sobre ellos, estarán más allá de todo remedio o posibilidad de cambio, y se encontrarán con sus ministros sin esperanza alguna de alivio o remedio, ni de obtener ningún bien por medio de ellos. Y en cuanto a los santos, ya estarán perfectamente librados de toda la corrupción que antes les quedaba, de la tentación y de las calamidades de toda clase, y puestos para siempre fuera de su alcance; y no quedará ninguna liberación, ninguna feliz alteración que haya de cumplirse por el uso de los medios de gracia, bajo las administraciones de los ministros. Entonces se pronunciará: «El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es sucio, sea sucio todavía; y el que es justo, sea justo todavía; y el que es santo, sea santo todavía».

(2) Entonces se encontrarán juntos en un estado de luz clara, cierta e infalible.

Los ministros están puestos como guías y maestros, y la Escritura los representa como luces colocadas en las iglesias; y en el estado presente se encuentran de vez en cuando con su pueblo a fin de instruirlo e iluminarlo, de corregir sus errores, y de ser una voz a sus espaldas cuando se desvían a la mano derecha o a la izquierda, diciendo: «Este es el camino, andad por él»; de evidenciar y confirmar la verdad exhibiendo sus pruebas propias, y de refutar los errores y las opiniones corruptas, de convencer a los que yerran y afirmar a los que dudan. Pero cuando Cristo venga a juicio, todo error y toda opinión falsa serán descubiertos; todo engaño e ilusión se desvanecerán ante la luz de aquel día, como la oscuridad de la noche se desvanece a la aparición del sol naciente; y toda doctrina de la palabra de Dios aparecerá entonces con plena evidencia, y nadie quedará sin convencerse; todos conocerán la verdad con la mayor certeza, y no habrá errores que rectificar.

Ahora los ministros y su pueblo pueden discrepar en sus juicios acerca de algunos asuntos de religión, y pueden reunirse a veces para conferir juntos sobre aquellas cosas en que difieren, y para oír las razones que puedan ofrecerse de una parte y de la otra; y todo puede resultar ineficaz en cuanto a convencerse de la verdad: pueden reunirse y separarse de nuevo, no más de acuerdo que antes; y el lado que estaba en el error puede seguir estándolo; a veces las reuniones de los ministros con su pueblo en tal caso de pareceres discordes van acompañadas de un debate y una controversia desdichados, llevados con mucho prejuicio y falta de candor; que no tienden a la luz y a la convicción, sino más bien a confirmar y aumentar la oscuridad, y a afianzar la oposición a la verdad y el enajenamiento del afecto de unos para con otros. Pero cuando en adelante se encuentren juntos, en el día del juicio, ante el tribunal del gran Juez, la mente y la voluntad de Cristo se darán a conocer; y ya no habrá más debate ni diferencia de opiniones; la evidencia de la verdad aparecerá más allá de toda disputa, y todas las controversias quedarán decididas final y eternamente.

Ahora los ministros se encuentran con su pueblo a fin de iluminar y despertar las conciencias de los pecadores: poniendo delante de ellos el gran mal y peligro del pecado, la estrictez de la ley de Dios, su propia maldad de corazón y de conducta, la gran culpa bajo la cual están, la ira que permanece sobre ellos, y su impotencia, ceguera, pobreza y condición desamparada y perdida; pero todo es a menudo en vano; permanecen todavía, a pesar de todo lo que sus ministros puedan decir, estúpidos y sin despertar, y con sus conciencias sin convencer. Pero no será así en su último encuentro en el día del juicio; los pecadores, cuando se encuentren con su ministro delante de su gran Juez, no se encontrarán con él con una conciencia adormecida: estarán entonces plenamente convencidos de la verdad de aquellas cosas que antes oyeron de él acerca de la grandeza y la terrible majestad de Dios, su santidad y su odio al pecado, y su temible justicia al castigarlo, la estrictez de su ley, y lo espantoso y verdadero de sus amenazas, y su propia culpa y miseria indecibles: y nunca más serán insensibles a estas cosas: los ojos de la conciencia estarán entonces plenamente iluminados, y nunca más serán cegados: la boca de la conciencia estará entonces abierta, y nunca más será cerrada.

Ahora los ministros se encuentran con su pueblo, en público y en privado, a fin de iluminarlo acerca del estado de sus almas; de abrirles y aplicarles las reglas de la palabra de Dios, para que escudriñen su propio corazón y disciernan el estado en que se hallan. Pero ahora los ministros no tienen un discernimiento infalible del estado de las almas de su propio pueblo; y los más hábiles de ellos están expuestos a equivocarse, y a menudo se equivocan en cosas de esta naturaleza. Ni tampoco puede el pueblo conocer con certeza el estado de su ministro, ni el estado de unos y otros; muy a menudo pasan entre ellos por santos, y acaso por santos eminentes, quienes son grandes hipócritas; y, por otra parte, a veces son censurados, o apenas admitidos en su caridad, quienes son en verdad algunas de las joyas de Dios. Y nada es más común que el que los hombres se engañen acerca de su propio estado: muchos que son abominables a Dios, e hijos de su ira, tienen un alto concepto de sí mismos, como si fueran sus santos preciosos y sus hijos amados. Sí, hay razón para pensar que a menudo algunos de los que son más osados en su confianza de hallarse en un estado seguro y feliz, y se tienen no solo por verdaderos santos, sino por los santos más eminentes de la congregación, son de un modo peculiar humo en las narices de Dios. Y así sucede sin duda a menudo en aquellas congregaciones donde la palabra de Dios se dispensa con mayor fidelidad, a pesar de todo lo que los ministros puedan decir en sus explicaciones más claras y en sus aplicaciones más escrutadoras de las doctrinas y reglas de la palabra de Dios a las almas de sus oyentes, en sus reuniones unos con otros. Pero en el día del juicio tendrán otra clase de encuentro; entonces los secretos de todo corazón serán manifestados, y el estado de cada hombre será perfectamente conocido: 1 Corintios 4:5: «Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones; y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza». Entonces nadie se engañará acerca de su propio estado, ni estará ya más en duda sobre él. Habrá un fin eterno para toda la vana presunción y las vanas esperanzas de los hipócritas engañados, y para todas las dudas y temores de los cristianos sinceros. Y entonces todos conocerán el estado de las almas de los demás: el pueblo sabrá si su ministro ha sido sincero y fiel, y los ministros conocerán el estado de cada uno de los de su pueblo, y para quiénes la palabra y las ordenanzas de Dios han sido olor de vida para vida, y para quiénes olor de muerte para muerte.

Ahora, en este estado presente, sucede a menudo que, cuando los ministros y el pueblo se reúnen para debatir y administrar sus asuntos eclesiásticos, especialmente en un estado de controversia, están prontos a juzgarse y censurarse unos a otros en cuanto a las miras y los designios de cada cual, y a los principios y fines por los que cada uno se mueve; y se equivocan grandemente en su juicio, y se agravian unos a otros en cuanto a las miras y los designios de cada cual y a los principios y fines por los que cada uno se mueve, y se equivocan grandemente en su juicio, y se agravian unos a otros en sus censuras. Pero en aquel encuentro futuro las cosas serán puestas bajo una luz verdadera y perfecta, y los principios y propósitos con que cada uno ha obrado se conocerán con certeza; y habrá un fin para todos los errores de esta clase y para todas las censuras injustas.

(3) En este mundo, los ministros y su pueblo se reúnen a menudo para oír de un Señor invisible y servirle; pero en el día del juicio se encontrarán en su presencia más inmediata y visible.

Los ministros, que ahora se encuentran a menudo con su pueblo para predicarle al Rey de los siglos, inmortal e invisible, para convencerle de que hay un Dios, y declararle qué clase de ser es él, y para convencerle de que él gobierna el mundo y lo juzgará, y de que hay un estado futuro de recompensas y castigos, y para predicarle a un Cristo que está en el cielo y a la diestra de Dios en un mundo invisible, se encontrarán entonces con su pueblo en la presencia más inmediata y sensible de este gran Dios, Salvador y Juez, que aparecerá de la manera más clara, visible y manifiesta, con gran gloria, con todos sus santos ángeles, delante de ellos y del mundo entero. No se encontrarán con ellos para oír de un Cristo ausente, un Señor invisible y un Juez futuro, sino para comparecer delante de ese Juez, y como puestos juntos en la presencia de ese Señor supremo, en su inmensa gloria y temible majestad, de quien tantas veces han oído hablar en sus reuniones en la tierra.

(4) El encuentro, en el último día, de los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo no será atendido por nadie con un corazón descuidado e indiferente.

Con un corazón así asisten a menudo a sus reuniones en este mundo muchas personas, que tienen poca consideración por aquel a quien pretenden adorar unidos en los deberes solemnes de su culto público, que prestan poca atención a sus propios pensamientos o a la disposición de su mente, que no atienden a la obra en que están ocupados, ni consideran el fin para el cual se han reunido. Pero el encuentro en aquel gran día será muy diferente: no habrá un solo corazón descuidado, nadie dormido, ninguna mente que divague del gran asunto del encuentro, ninguna falta de atención a la obra del día, ningún descuido de la presencia en que se hallan, ni de aquellas grandes cosas que oirán de Cristo en aquel encuentro, o que antes oyeron de él y acerca de él por medio de sus ministros, en sus reuniones en estado de prueba, o que ahora oirán a sus ministros declarar acerca de ellos delante de su juez.

Habiendo observado estas cosas acerca de la manera y las circunstancias de este futuro encuentro de los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo, ante el tribunal de Cristo en el día del juicio, paso ahora,

II. A observar con qué fines se encontrarán entonces.

1. Para dar cuenta, delante del gran Juez, de su conducta de unos para con otros en la relación en que estuvieron unos con otros en este mundo.

Los ministros son enviados por Cristo a su pueblo en asuntos suyos; son sus siervos y mensajeros; y, cuando han terminado su servicio, han de volver a su señor para darle cuenta de lo que han hecho y de la acogida que han tenido al desempeñar su ministerio. Así hallamos, en Lucas 14:16-21, que cuando el siervo que fue enviado a llamar a los convidados a la gran cena hubo cumplido su encargo y terminado el servicio que se le había señalado, volvió a su señor y le dio cuenta de lo que había hecho y de la acogida que había recibido. Y cuando el señor, enojado, envió a su siervo a otros, este vuelve otra vez y da cuenta a su señor de su conducta y de su éxito. Así leemos, en Hebreos 13:17, de los ministros como gobernantes en la casa de Dios, «que velan por las almas, como quienes han de dar cuenta». Y vemos por el ya mencionado Lucas 14 que los ministros han de dar cuenta a su señor, no solo de su propia conducta en el desempeño de su oficio, sino también de la recepción que su pueblo les dio y del trato que recibieron entre ellos.

Y, por tanto, como serán llamados a dar cuenta de ambas cosas, darán cuenta en el gran día de las cuentas en presencia de su pueblo, estando ellos y su pueblo presentes a la vez delante de su Juez.

Los ministros fieles darán cuenta entonces con gozo acerca de aquellos que los recibieron bien e hicieron buen provecho de su ministerio; y estos les serán dados en aquel día como su corona de gozo. Y, al mismo tiempo, darán cuenta del mal trato de los que no los recibieron bien a ellos ni a sus mensajes de parte de Cristo: se encontrarán con estos, no como solían hacerlo en este mundo, para aconsejarlos y amonestarlos, sino para dar testimonio contra ellos, y, como sus jueces y asesores junto con Cristo, para condenarlos. Y, por otra parte, el pueblo se levantará en aquel día en juicio contra los ministros malvados e infieles que han buscado su propio interés temporal más que el bien de las almas de su grey.

2. En aquel tiempo los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo se encontrarán juntos delante de Cristo, para que él juzgue entre ellos en cuanto a cualesquiera controversias que hayan existido entre ellos en este mundo.

Sucede muy a menudo en este mundo malo que surgen grandes diferencias y controversias entre los ministros y el pueblo que está bajo su cuidado pastoral. Aunque están bajo las mayores obligaciones de vivir en paz, más que las personas en casi cualquier otra relación; y aunque las contiendas y disensiones entre personas así relacionadas son, por muchas razones, las más desdichadas y terribles en sus consecuencias de toda clase de contiendas, ¡cuán frecuentes han sido, sin embargo, tales contiendas! A veces un pueblo contiende con sus ministros acerca de su doctrina, a veces acerca de sus administraciones y conducta, y a veces acerca de su sustento; y a veces tales contiendas duran mucho tiempo; y a veces se deciden en este mundo según el interés predominante de una parte o de la otra, más que por la palabra de Dios y la razón de las cosas; y a veces tales controversias nunca tienen en este mundo una resolución adecuada.

Pero en el día del juicio habrá una decisión plena, perfecta y eterna de ellas. El Juez infalible, la fuente infinita de luz, verdad y justicia, juzgará entre las partes contendientes, y declarará cuál es la verdad, quién tiene la razón y qué es conforme a su mente y voluntad. Y para esto las partes han de comparecer juntas delante de él en el último día; el cual será el gran día de concluir y determinar todas las controversias, de rectificar todos los errores y de abolir todos los juicios injustos, los errores y las confusiones que antes han existido en el mundo de los hombres.

3. Los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo han de encontrarse juntos en aquel tiempo para recibir del juez una sentencia y una retribución eternas, en presencia los unos de los otros, conforme a su conducta en la relación en que estuvieron unos con otros en el estado presente.

El Juez no solo declarará la justicia, sino que hará justicia entre los ministros y su pueblo. Declarará lo que es recto entre ellos, aprobando al que ha sido justo y fiel y condenando al injusto; y la perfecta verdad y equidad tendrán lugar en la sentencia que pronuncie, en las recompensas que otorgue y en los castigos que inflija. Habrá una gloriosa recompensa para los ministros fieles: para los que han tenido fruto: Daniel 12:3: «Los que son sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que a muchos enseñan la justicia, como las estrellas a perpetua eternidad»; y también para los que han sido fieles y, sin embargo, no han tenido fruto: Isaías 49:4: «Pero yo dije: Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mi fuerza; pero mi juicio está delante del Señor, y mi recompensa con mi Dios». Y los que los han recibido y acogido bien serán gloriosamente recompensados: Mateo 10:40, 41: «El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta en nombre de profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recompensa de justo recibirá». Tal pueblo y sus ministros fieles serán la corona de gozo los unos de los otros: 1 Tesalonicenses 2:19, 20: «Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de gozo? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Porque vosotros sois nuestra gloria y gozo». Y en el texto: Somos vuestra gloria, así como también vosotros la nuestra, para el día del Señor Jesús. Pero los que maltratan a los ministros fieles de Cristo, especialmente en aquello en que son fieles, serán severamente castigados: Mateo 10:14, 15: «Y cualquiera que no os reciba, ni oiga vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para los pecadores de Sodoma y de Gomorra que para aquella ciudad». Deuteronomio 33:8-11: «Y a Leví dijo: Tu Urim y tu Tumim sean con tu varón santo.... Ellos enseñarán tus juicios a Jacob, y tu ley a Israel.... Bendice, oh Señor, lo que hicieren, y recibe con agrado la obra de sus manos; hiere los lomos de los que se levantan contra él, y de los que lo aborrecen, para que nunca se levanten». Por otra parte, los ministros que resulten haber sido infieles tendrán un castigo terribilísimo. Véase Ezequiel 33:6; Mateo 23:1-33.

Así se administrará la justicia en el gran día a los ministros y a su pueblo. Y con ese fin se encontrarán juntos, para que no solo reciban justicia para sí mismos, sino que vean hacerse justicia a la otra parte; porque este es el fin de aquel gran día: revelar o declarar el justo juicio de Dios, Romanos 2:5. A los ministros se les hará justicia, y verán hacerse justicia a su pueblo; y el pueblo recibirá justicia y verá hacerse justicia a su ministro. Y así todas las cosas quedarán ajustadas y asentadas para siempre entre ellos; siendo cada uno sentenciado y recompensado conforme a sus obras, ya sea recibiendo y llevando una corona de gozo y gloria eternos, ya sea sufriendo vergüenza y dolor eternos.

Paso ahora a lo siguiente que me propuse, a saber,

III. Dar algunas razones por las que podemos suponer que Dios lo ha dispuesto así, que los ministros y el pueblo que ha estado a su cargo se encuentren juntos en el día del juicio de tal manera y con tales fines.

Hay dos cosas que quisiera observar ahora:

1. Los intereses mutuos de los ministros y su pueblo son de la mayor importancia.

La Escritura declara que Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa oculta, sea buena o sea mala. Es conveniente que todos los asuntos y toda la conducta de los hombres, tanto públicos como privados, sean llevados al fin ante el tribunal de Dios y determinados definitivamente por un Juez infalible; pero es especialmente necesario que así sea en cuanto a los asuntos de muy grande importancia.

Ahora bien, los intereses mutuos de un ministro cristiano y su iglesia y congregación son de la más vasta importancia: en muchos aspectos, de mucho mayor peso que los asuntos temporales de los mayores monarcas de la tierra y sus reinos o imperios. Es de vastísima consecuencia cómo desempeñan los ministros su oficio y cómo se conducen para con su pueblo en la obra del ministerio y en los asuntos que le atañen. Es también asunto de vasta importancia cómo un pueblo recibe y acoge a un ministro fiel de Cristo, y qué provecho saca de su ministerio. Estas cosas tienen una relación más inmediata y directa con el grande y último fin para el cual fue hecho el hombre, y con el bienestar eterno de los hombres, que cualquiera de los asuntos temporales de los hombres, sean públicos o privados. Y, por tanto, es especialmente conveniente que estos asuntos sean llevados a juicio y determinados y asentados abiertamente en verdad y justicia; y que con este fin los ministros y su pueblo se encuentren juntos delante del Juez omnisciente e infalible.

2. Los intereses mutuos de los ministros y su pueblo tienen una relación especial con las cosas principales que atañen al día del juicio.

Tienen una relación especial con aquella grande y divina persona que entonces aparecerá como Juez. Los ministros son sus mensajeros, enviados por él; y, en su oficio y sus administraciones entre su pueblo, representan su persona, ocupan su lugar, como quienes son enviados a declarar su mente, a hacer su obra y a hablar y obrar en su nombre. Y, por tanto, es especialmente conveniente que vuelvan a él para darle cuenta de su obra y de su fruto. El rey es juez de todos sus súbditos; todos ellos han de rendirle cuentas. Pero es más especialmente necesario que los ministros del rey, a quienes se ha confiado de modo especial la administración de su reino, y que son enviados en alguna negociación especial, vuelvan a él para darle cuenta de sí mismos, del desempeño de su encargo y de la acogida que han encontrado.

Los ministros no solo son mensajeros de la persona que en el último día aparecerá como Juez, sino que el encargo con que son enviados, y los asuntos que se les han confiado como ministros suyos, atañen del modo más inmediato a su honra y a los intereses de su reino. La obra a que son enviados es promover los designios de su administración y gobierno; y, por tanto, su trato con su pueblo tiene una estrecha relación con el día del juicio; porque el gran fin de aquel día es asentar y establecer completamente los asuntos de su reino, ajustar todas las cosas que le pertenecen, para que todo lo que se opone a los intereses de su reino sea quitado, y todo lo que contribuye a su plenitud y gloria sea perfeccionado y confirmado, a fin de que este gran Rey reciba la honra y la gloria que le son debidas.

Además, los intereses mutuos de los ministros y su pueblo tienen una relación directa con los asuntos del día del juicio, por cuanto la obra de los ministros con su pueblo es promover la salvación eterna de las almas de los hombres y su escape de la condenación eterna; y el día del juicio es el día señalado para ese fin: decidir y asentar abiertamente el estado eterno de los hombres, fijar a unos en un estado de salvación eterna y llevar su salvación a su consumación suprema, y fijar a otros en un estado de condenación eterna y de la más perfecta miseria. Los intereses mutuos de los ministros y el pueblo tienen la relación más directa con el día del juicio, por cuanto el propósito mismo de la obra del ministerio es la preparación del pueblo para aquel día. Los ministros son enviados para advertirles de la llegada de aquel día, para prevenirles de la terrible sentencia que entonces se pronunciará sobre los impíos, y declararles la bendita sentencia que entonces se pronunciará sobre los justos, y para usar medios con ellos a fin de que escapen de la ira que entonces vendrá sobre los impíos y obtengan la recompensa que entonces se otorgará a los santos.

Y como los intereses mutuos de los ministros y su pueblo tienen una relación tan cercana y directa con aquel día, es especialmente conveniente que esos intereses sean llevados a aquel día, y allí asentados y resueltos; y que, para ello, los ministros y su pueblo se encuentren y comparezcan juntos delante del gran Juez en aquel día.

APLICACIÓN

El provecho que quisiera sacar de las cosas que se han observado es conducir a las personas aquí presentes que han estado bajo mi cuidado pastoral a algunas reflexiones, y darles algunos consejos adecuados a nuestras circunstancias presentes, en relación con lo que se ha hecho últimamente para que seamos separados en cuanto a la relación en que hasta ahora hemos estado unos con otros; pero esperando encontrarnos unos con otros ante el gran tribunal en el día del juicio.

La consideración profunda y seria de aquel nuestro futuro y solemnísimo encuentro es ciertamente lo más adecuado en un tiempo como este; puesto que hace tan poco se ha hecho aquello que, con toda probabilidad, será seguido (en cuanto a la relación en que hasta ahora hemos estado) de una separación eterna.

¡Cuántas veces nos hemos reunido en la casa de Dios en esta relación! ¡Cuántas veces os he hablado, os he instruido, aconsejado, amonestado, dirigido y alimentado, y he administrado las ordenanzas entre vosotros, como el pueblo que estaba encomendado a mi cuidado, y de cuyas almas preciosas tenía yo el cargo! Pero con toda probabilidad esto nunca volverá a suceder.

El profeta Jeremías (capítulo 25:3) recuerda al pueblo cuánto tiempo había trabajado entre ellos en la obra del ministerio: «Desde el año trece de Josías hijo de Amón, rey de Judá, hasta este día, que son veintitrés años, vino a mí palabra del Señor, y os he hablado, madrugando y dando aviso». No pretendo compararme con el profeta Jeremías; pero en este respecto puedo decir como él: «Os he hablado la palabra de Dios por veintitrés años, madrugando y dando aviso». El pasado 15 de febrero se cumplieron veintitrés años desde que trabajo en la obra del ministerio, en la relación de pastor de esta iglesia y congregación. Y aunque mi fuerza ha sido debilidad, pues siempre he trabajado bajo una gran flaqueza del cuerpo, además de mi insuficiencia en otros respectos para un cargo tan grande, con todo no he escatimado mis débiles fuerzas, sino que las he empleado para el bien de vuestras almas. Puedo apelar a vosotros como el apóstol apela a sus oyentes, Gálatas 4:13: «Vosotros sabéis que a causa de una flaqueza de la carne os anuncié el evangelio». He gastado la flor de mi vida y de mis fuerzas en trabajos por vuestro bienestar eterno. Vosotros sois mis testigos de que la fuerza que he tenido no la he desperdiciado en la ociosidad, ni la he empleado en perseguir proyectos mundanos y administrar asuntos temporales para el adelanto de mi hacienda y el engrandecimiento de mí mismo y de mi familia; sino que me he entregado enteramente a la obra del ministerio, trabajando en ella de noche y de día, madrugando y aplicándome a esta gran obra a la que Cristo me señaló. He hallado que la obra del ministerio entre vosotros es en verdad una gran obra, una obra de sumo cuidado, trabajo y dificultad: muchas han sido las pesadas cargas que he llevado en ella, para las cuales mis fuerzas han sido muy desiguales. Dios me llamó a llevar estas cargas; y bendigo su nombre porque me ha sostenido de tal modo que no he sucumbido bajo ellas, y porque su poder se ha manifestado en esto en mi debilidad; de modo que, aunque a menudo he estado atribulado en todo, no he estado angustiado; en apuros, mas no desesperado; derribado, pero no destruido.

Pero ahora tengo razones para pensar que ha terminado la obra que me tocaba hacer como vuestro ministro: me habéis rechazado públicamente, y mis oportunidades cesan.

¡Cuánto nos conviene, pues, considerar ahora aquel tiempo en que hemos de encontrarnos unos con otros delante del Príncipe de los pastores! Cuando yo haya de dar cuenta de mi mayordomía, del servicio que he prestado al pueblo al que él me envió, y de la acogida y el trato que he recibido entre ellos; y vosotros hayáis de dar cuenta de vuestra propia conducta para conmigo y del provecho que habéis sacado de estos veintitrés años de mi ministerio. Porque entonces vosotros y yo hemos de comparecer juntos, y ambos hemos de dar cuenta, para que se pronuncie sobre nosotros una sentencia infalible, justa y eterna por aquel que nos juzgará respecto de todo lo que hemos dicho o hecho en nuestras reuniones aquí, de toda nuestra conducta de unos para con otros, en la casa de Dios y en otras partes, en los días de reposo y en los demás días; que probará nuestros corazones y manifestará nuestros pensamientos, y los principios y las disposiciones de nuestra mente; que nos juzgará con la más estricta imparcialidad respecto de todas las controversias que ha habido entre nosotros, y examinará el trato que nos hemos dado unos a otros en esas controversias. Nada hay encubierto que no haya de ser manifestado, ni oculto que no haya de saberse; todo será examinado a la luz escrutadora y penetrante de la omnisciencia y la gloria de Dios, y por aquel cuyos ojos son como llama de fuego; y la verdad y el derecho se harán aparecer con claridad, despojados de todo velo; y todo error, falsedad, injusticia y agravio quedarán al descubierto, despojados de todo disfraz; toda excusa especiosa, toda sutileza y todo razonamiento falso se desvanecerán en un momento, como incapaces de soportar la luz de aquel día. Y entonces nuestros corazones serán vueltos del revés, y sus secretos aparecerán con más claridad de la que ahora tienen nuestras acciones exteriores. Entonces aparecerá cuáles son los fines a que hemos apuntado, cuáles han sido los principios rectores por los que hemos obrado, y cuáles las disposiciones que hemos ejercido en nuestras disputas y contiendas eclesiásticas. Entonces aparecerá si obré con rectitud, y por una consideración verdaderamente escrupulosa y cuidadosa de mi deber para con mi gran Señor y Maestro, en algunas controversias eclesiásticas anteriores, que estuvieron acompañadas de circunstancias y consecuencias sumamente desdichadas; aparecerá si hubo causa justa para el resentimiento que se manifestó en aquellas ocasiones. Y entonces nuestra reciente gran controversia, acerca de las cualidades necesarias para ser admitido a los privilegios de los miembros de plena comunión en la iglesia visible de Cristo, será examinada y juzgada en todas sus partes y circunstancias, y el conjunto será expuesto a una luz clara, cierta y perfecta. Entonces aparecerá si la doctrina que he predicado y publicado acerca de este asunto es la doctrina misma de Cristo; si él no la reconocerá como una de las verdades preciosas que han salido de su propia boca, y la vindicará y honrará como tal delante del universo entero. Entonces aparecerá qué se quiere decir con «el hombre que llega sin el vestido de boda»; porque ese es el día de que se habla en Mateo 22:13, en el cual el tal será atado de pies y manos y echado en las tinieblas de afuera, donde será el llanto y el crujir de dientes. Y entonces aparecerá si, al declarar esta doctrina y obrar conforme a ella, y en mi conducta general en este asunto, me he movido por alguna consideración de mi propio interés temporal o de mi honra, o por el deseo de parecer más sabio que otros; o si he obrado por cualesquiera miras siniestras y mundanas; y si lo que he hecho no ha procedido de una consideración cuidadosa, estricta y tierna de la voluntad de mi Señor y Maestro, y de que no me atrevo a ofenderle, estando persuadido de cuál era su voluntad tras una larga, diligente, imparcial y orante indagación; teniendo constantemente a la vista y en perspectiva, para moverme a gran solicitud de no determinar temerariamente que la verdad estaba de este lado de la cuestión, donde ahora estoy persuadido de que está, que tal determinación no sería en provecho de mi interés temporal, sino en todo contraria a él, pues traería una larga serie de dificultades extremas y me sumiría en un abismo de aflicción y tristeza. Y entonces aparecerá si mi pueblo ha cumplido su deber para con su pastor respecto de este asunto; si ha mostrado un temple y un espíritu rectos en esta ocasión; si me ha hecho justicia al oír, atender y considerar lo que yo tenía que decir en prueba de lo que creía y enseñaba como parte del consejo de Dios; si he sido tratado con aquella imparcialidad, candor y consideración que el justo Juez estimaba debidos; y si, en los muchos pasos que se han dado y en las muchas cosas que se han dicho y hecho en el curso de esta controversia, se han guardado la justicia, la caridad y el decoro cristiano; o, si ha sido de otro modo, en qué grado tan grande se han violado estas cosas. Entonces cada paso de la conducta de cada uno de nosotros en este asunto, desde el principio hasta el fin, y el espíritu que hemos ejercido en todo, serán examinados y manifestados, y nuestras propias conciencias hablarán claro y fuerte, y cada uno de nosotros quedará convencido, y el mundo lo sabrá; y nunca más habrá, por toda la eternidad, error, tergiversación ni malentendido acerca de este asunto.

Esta controversia ha llegado ahora probablemente a su término entre vosotros y yo en cuanto a este mundo; ha terminado con lo sucedido la semana antepasada; pero ha de tener otra decisión en aquel gran día, que ciertamente vendrá, cuando vosotros y yo nos encontremos juntos ante el gran tribunal; y, por tanto, la dejo para aquel tiempo, y no diré más de ella por ahora.

Pero quisiera ahora pasar a dirigirme en particular a varias clases de personas.

I. A los que entre nosotros profesan la piedad.

Quisiera llamaros ahora a una consideración seria de aquel gran día en que habéis de encontraros con el que hasta ahora ha sido vuestro pastor, delante del Juez cuyos ojos son como llama de fuego.

Me he esforzado, según mi mejor capacidad, en escudriñar la palabra de Dios acerca de las señales distintivas de la verdadera piedad, aquellas por las cuales las personas mejor pueden descubrir su estado y juzgarse a sí mismas con mayor seguridad y claridad. Y estas reglas y señales os las he aplicado de tiempo en tiempo en la predicación de la palabra, hasta el límite de mi habilidad, y de la manera más clara y escrutadora de que he sido capaz, a fin de descubrir al hipócrita engañado y de afirmar las esperanzas y los consuelos del sincero. Y, sin embargo, es de temer que, después de todo lo que he hecho, deje ahora a algunos de vosotros en un estado de engaño y de ilusión; porque no es de suponer que entre varios cientos de profesantes ninguno esté engañado.

De aquí en adelante es probable que no tenga más oportunidad de tomar el cuidado y el cargo de vuestras almas, de examinarlas y escudriñarlas. Pero aun así os ruego que recordéis y consideréis las reglas que a menudo os he expuesto durante mi ministerio, con una solemne consideración del día futuro en que vosotros y yo hemos de encontrarnos juntos delante de nuestro Juez; cuando las aplicaciones de examen que habéis oído de mí hayan de repetirse otra vez delante de vosotros, y esas reglas de prueba hayan de ser probadas, y aparezca si han sido buenas o no; y aparecerá también si las habéis oído con imparcialidad y os habéis probado por ellas; y el Juez mismo, que es infalible, nos probará a vosotros y a mí; y después de esto nadie se engañará acerca del estado de su alma.

A menudo os he recordado que, cualesquiera que hayan sido vuestras pretensiones de experiencias, descubrimientos, consuelos y gozos, en aquel día cada uno será juzgado conforme a sus obras; y entonces hallaréis que es así.

Ojalá tengáis un ministro de mayor conocimiento de la palabra de Dios y de mejor experiencia en los casos de las almas, y de mayor habilidad para aplicarse a las almas, cuyos discursos sean más escrutadores y convincentes; para que aquellos de vosotros que se han aferrado al engaño bajo mi predicación tengan los ojos abiertos por la suya; para que seáis desengañados antes de aquel gran día.

Qué medios y ayudas para la instrucción y el examen de vosotros mismos podáis tener en adelante es incierto; pero una cosa es cierta: que el tiempo es corto, y vuestra oportunidad de rectificar los errores en un asunto tan importante pronto llegará a su fin. Vivimos en un mundo de grandes cambios. Ahora ha sucedido un gran cambio; os habéis apartado de mi ministerio, bajo el cual habéis permanecido por tantos años; pero viene el tiempo, y pronto vendrá, en que pasaréis del tiempo a la eternidad; y así saldréis de debajo de todos los medios de gracia, cualesquiera que sean.

La mayor parte de vosotros, los que profesáis la piedad, me habéis (por usar la frase del apóstol) «reconocido en parte»: hasta ahora me habéis reconocido como vuestro padre espiritual, el instrumento del mayor bien para vosotros que jamás obtiene o puede obtener cualquiera de los hijos de los hombres. Considerad aquel día en que vosotros y yo nos encontremos delante de nuestro Juez, cuando se examine si habéis recibido de mí el trato que se debe a hijos espirituales, y si me habéis tratado como debíais tratar a un padre espiritual. Así como la relación de un padre natural impone a los hijos grandes obligaciones a los ojos de Dios, mucho más, en muchos respectos, la relación de un padre espiritual impone grandes obligaciones a aquellos de cuya conversión y salvación eterna suponen que Dios lo ha hecho instrumento: 1 Corintios 4:15. «Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio».

II. Ahora que me despido de este pueblo, quisiera dirigirme a aquellos de entre ellos a quienes dejo en una condición sin Cristo y sin gracia; y quisiera exhortarles a considerar seriamente aquel día solemne en que ellos y yo hemos de encontrarnos delante del Juez del mundo.

Mi separación de vosotros es, en algunos respectos, una separación melancólica de un modo peculiar; por cuanto os dejo en circunstancias de lo más melancólicas; porque os dejo en hiel de amargura y en prisión de maldad, con la ira de Dios permaneciendo sobre vosotros, y quedando bajo condenación a miseria y destrucción eternas. Puesto que he de dejaros, habría sido una circunstancia consoladora y feliz de nuestra separación si os hubiera dejado en Cristo, seguros y bienaventurados en aquel refugio seguro y glorioso reposo de los santos. Pero es de otro modo. Os dejo lejos, alejados y extranjeros, desdichados súbditos y cautivos del pecado y de Satanás, y prisioneros de la justicia vengadora; sin Cristo y sin Dios en el mundo.

Vuestras conciencias me son testigos de que, mientras tuve oportunidad, no he cesado de amonestaros y de poneros delante vuestro peligro. He procurado representaros la miseria y la apremiante necesidad de vuestra situación del modo más claro posible. He probado todos los medios que se me ocurrieron que pudieran despertar vuestras conciencias y haceros sentir la necesidad de aprovechar vuestro tiempo, de daros prisa en huir de la ira que vendrá y de ser cabales en el uso de los medios para vuestra salvación y seguridad. Me he esforzado con diligencia por descubrir y emplear los motivos más poderosos para persuadiros a que os ocupéis de vuestro propio bien y salvación. No solo me he esforzado por despertaros, para que os movierais por temor, sino que he empleado mis mayores esfuerzos para ganaros: he buscado palabras agradables, a fin de que, si era posible, os persuadiera a abandonar el pecado, volveros a Dios y aceptar a Cristo como vuestro Salvador y Señor. En estas cosas he gastado buena parte de mis fuerzas. Pero, con todo, respecto de vosotros a quienes ahora hablo, no he tenido éxito, sino que hoy tengo motivo para quejarme con aquellas palabras de Jeremías 6:29: «Se quemó el fuelle, el plomo se ha consumido por el fuego; en vano fundió el fundidor, pues los malos no son arrancados». Es de temer que todos mis trabajos, en cuanto a muchos de vosotros, no hayan servido para otra cosa que para endureceros, y que la palabra que he predicado, en lugar de ser olor de vida para vida, haya sido olor de muerte para muerte. Aunque en adelante no habré de dar cuenta, como de un encargo que se me confió, de quienes han renunciado abierta y resueltamente a mi ministerio, recordad, sin embargo, que vosotros tendréis que dar cuenta por vosotros mismos del cuidado de vuestras propias almas y del provecho que hayáis sacado de todos los medios, pasados y futuros, a lo largo de toda vuestra vida. Solo Dios sabe qué será de vuestras pobres almas que perecen, qué medios podréis gozar en adelante o bajo qué desventajas y tentaciones os hallaréis. Quiera Dios en su misericordia conceder que, aunque todos los medios pasados hayan sido infructuosos, tengáis medios futuros que obren un efecto nuevo, y que la palabra de Dios, tal como os sea dispensada en adelante, resulte como el fuego y el martillo que quebranta la piedra. Sea como fuere, permitidme ahora, al despedirme, exhortaros y rogaros que no olvidéis del todo las amonestaciones que habéis recibido bajo mi ministerio. Cuando vosotros y yo nos encontremos en el día del juicio, entonces las recordaréis: verme a mí, vuestro antiguo ministro, en aquella ocasión las avivará pronto en vuestra memoria, y eso de una manera muy conmovedora. ¡Oh, no permitáis que esa sea la primera vez que así se aviven!

Vosotros y yo nos separamos ahora el uno del otro en cuanto a este mundo; procuremos no ser separados después de nuestro encuentro en el día postrero. Si he sido vuestro pastor fiel (lo cual aquel día se verá, si lo he sido o no), entonces seré absuelto y ascenderé con Cristo. ¡Oh, haced vuestra parte para que, en tal caso, no suceda que os veáis obligados a separaros eternamente de mí y de todos los que han sido fieles en Cristo Jesús! Triste es la separación que ahora hay entre vosotros y yo, pero aquella sería para vosotros una separación más triste que esta. Esta quizá la soportéis sin que os afecte mucho, si es que no os alegráis de ella; pero una separación así en aquel día os afectará de la manera más profunda, sensible y espantosa.

III. Quisiera dirigirme a los que están bajo algún despertar.

Bendito sea Dios porque hay algunos así, y porque (aunque tengo motivo para temer que dejo a multitudes de esta numerosa congregación en un estado sin Cristo) no los dejo a todos en total insensibilidad y descuido de sus almas. Algunos de vosotros, que tengo motivo para esperar que estáis bajo algún despertar, me habéis dado a conocer vuestra situación, lo cual me inclina, ahora que os dejo, a despedirme de vosotros con una preocupación particular por vosotros. Cuál será el desenlace del presente ejercicio de vuestra mente no lo sé; pero se sabrá en aquel día, cuando vosotros y yo nos encontremos ante el tribunal de Cristo. Por tanto, meditad ahora mucho en aquel día.

Ahora que me separo de este rebaño, quisiera una vez más encareceros los consejos que antes os he dado: que os guardéis de ser descuidados en un asunto de tanta importancia, que seáis cabales y vayáis de veras en este negocio, y que os guardéis de la apostasía, para que perseveréis y resistáis hasta el fin. Y clamad poderosamente a Dios para que estos grandes cambios que sobrevienen a esta iglesia y congregación no resulten en vuestra ruina. Hay en ellos gran tentación, y sin duda el diablo procurará sacar provecho de ellos para, si es posible, hacer que vuestras presentes convicciones y esfuerzos se malogren. Tenéis necesidad de redoblar vuestra diligencia, y de velar y orar, no sea que la tentación os venza.

Quienquiera que en adelante esté con vosotros en la relación de guía espiritual, mi deseo y mi oración es que el gran pastor de las ovejas tenga especial consideración de vosotros y sea vuestro guía (pues no hay enseñador semejante a él), y que aquel que es la fuente infinita de luz «abra vuestros ojos, y os convierta de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que recibáis remisión de pecados y suerte entre los santificados, por la fe que es en Cristo»; para que así, en aquel gran día, cuando vuelva a encontraros ante vuestro Juez y el mío, nos encontremos en circunstancias gozosas y gloriosas, para nunca más ser separados.

IV. Quisiera dirigirme a los jóvenes de la congregación.

Desde que fui establecido en la obra del ministerio en este lugar, siempre he tenido una preocupación particular por las almas de los jóvenes, y el deseo de que la religión floreciera entre ellos; y me he esforzado especialmente con ese fin, porque sabía la oportunidad especial que tenían más que otros, y que de ordinario aquellos a quienes Dios se proponía mostrar misericordia eran llevados a temerle y amarle en su juventud. Y siempre me ha parecido algo singularmente amable ver a jóvenes que andan en los caminos de la virtud y de la piedad cristiana, con sus corazones purificados y endulzados por un principio de amor divino. Y me ha parecido algo sobremanera hermoso, y que sería de mucho adorno y felicidad para el pueblo, que se pudiera persuadir a los jóvenes de que, cuando se reúnen, conversen como cristianos y como hijos de Dios, evitando la impureza, la liviandad y el desenfreno, ateniéndose estrictamente a las reglas de la virtud y conversando entre sí de las cosas de Dios, de Cristo y del cielo. Esto es lo que he anhelado, y me ha sido sobremanera doloroso oír de vicio, vanidad y desorden entre nuestra juventud. Y, hasta donde conozco mi propio corazón, fue por esto que en otro tiempo conduje a esta iglesia a tomar algunas medidas para reprimir el vicio entre nuestros jóvenes, las cuales causaron tan gran ofensa y por las cuales llegué a ser tan aborrecido. He buscado el bien, y no el daño, de nuestros jóvenes. He deseado su más verdadera honra y felicidad, y no su oprobio, sabiendo que la verdadera virtud y religión no solo tendían a la gloria y la dicha de los jóvenes en el otro mundo, sino a su mayor paz y prosperidad, y a su más alta dignidad y honra, en este mundo, y, sobre todas las cosas, a endulzar y hacer gratos y deleitosos aun los días de la juventud.

Pero, ya sea que os haya amado y buscado vuestro bien más o menos, ahora que Dios en su providencia me llama a separarme de vosotros, y encomiendo vuestras almas a aquel que un día me encomendó su cuidado pastoral, no queda sino (al despedirme ahora de vosotros) rogaros encarecidamente, por amor a vosotros mismos, si no lo tenéis por mí, que no despreciéis ni olvidéis las amonestaciones y consejos que tan a menudo os he dado, recordando el día en que vosotros y yo habremos de encontrarnos de nuevo ante el gran Juez de vivos y muertos, cuando se verá si las cosas que os he enseñado eran verdaderas, si los consejos que os he dado eran buenos, si yo buscaba sinceramente vuestro bien y si vosotros habéis aprovechado bien mis esfuerzos.

Una y otra vez os he advertido encarecidamente contra las parrandas (como se las llama) y contra algunas otras libertades que comúnmente se toman los jóvenes en esta tierra. Y digan lo que digan algunos en justificación de tales libertades y costumbres, y aunque se burlen de las advertencias contra ellas, os dejo ahora mi testimonio de despedida contra tales cosas, sin dudar de que Dios lo aprobará y confirmará en aquel día en que nos encontremos delante de él.

V. Quisiera dirigirme a los niños de la congregación, los corderos de este rebaño, que tanto tiempo han estado a mi cuidado.

Acabo de decir que he tenido una preocupación particular por los jóvenes, y al decirlo no pretendía excluiros a vosotros. Vosotros estáis en la juventud, y en la más temprana juventud; y por eso he comprendido que, si los que eran jóvenes tenían una oportunidad preciosa para el bien de sus almas, vosotros, que sois muy jóvenes, teníais en muchos aspectos una oportunidad singularmente preciosa. Y, en consecuencia, no os he descuidado: me he esforzado por hacer la parte de un pastor fiel, apacentando a los corderos tanto como a las ovejas. Cristo me encomendó un día el cuidado de vuestras almas como vuestro ministro; y vosotros sabéis, queridos niños, cómo os he instruido y amonestado una y otra vez; sabéis cuántas veces os he reunido con ese fin; y algunos de vosotros, a veces, parecíais conmovidos por lo que os decía. Pero temo que en muchos de vosotros no haya tenido efectos salvadores, sino que permanecéis todavía en estado de inconversos, sin ninguna obra real y salvadora obrada en vuestras almas que os convenza a fondo de vuestro pecado y miseria, que os haga ver el gran mal del pecado, llorarlo y aborrecerlo sobre todas las cosas, y que os dé un sentido de la excelencia del Señor Jesucristo, llevándoos a uniros a él de todo corazón como vuestro Salvador, desprendiendo vuestros corazones del mundo y haciéndoos amar a Dios sobre todo y deleitaros en la santidad más que en todas las cosas agradables de esta tierra; y que, por tanto, os dejo ahora en una condición miserable, sin parte en Cristo, y así bajo el terrible desagrado e ira de Dios, y en peligro de descender al abismo de la miseria eterna.

Pero ahora debo deciros adiós: debo dejaros en las manos de Dios; no puedo hacer más por vosotros que orar por vosotros. Solo deseo que no olvidéis, sino que penséis a menudo en los consejos y amonestaciones que os he dado, y en los esfuerzos que he empleado para que vuestras almas fuesen salvas de la destrucción eterna.

Queridos niños, os dejo en un mundo malo, lleno de lazos y tentaciones. Solo Dios sabe qué será de vosotros. Esto nos ha dicho la Escritura: que son pocos los que se salvan; y tenemos abundante confirmación de ello por lo que vemos. Vemos esto: que los niños mueren igual que los demás; multitudes mueren antes de crecer; y de los que crecen, comparativamente pocos dan jamás buena evidencia de una conversión salvadora a Dios. Ruego a Dios que tenga compasión de vosotros, que cuide de vosotros y os provea los mejores medios para el bien de vuestras almas; y que Dios mismo se encargue de ser vuestro Padre celestial y el poderoso Redentor de vuestras almas inmortales. No descuidéis orar por vosotros mismos: guardaos de ser del número de los que disipan el temor y menoscaban la oración delante de Dios. Orad constantemente a Dios en secreto, y recordad a menudo aquel gran día en que habréis de comparecer ante el tribunal de Cristo y encontraros allí con vuestro ministro, que tantas veces os ha aconsejado y amonestado.

Concluyo con unas pocas palabras de consejo a todos en general, sobre algunos puntos particulares que son de gran importancia para el bienestar y la prosperidad de esta iglesia y congregación.

1. Algo que os concierne en gran manera, si queréis ser un pueblo feliz, es mantener el orden en la familia.

Hemos tenido grandes disputas sobre cómo debe regirse la iglesia; y en verdad el asunto de esas disputas era de gran importancia; pero el debido gobierno de vuestras familias no es de menor importancia y, en algunos aspectos, es de mucha mayor. Toda familia cristiana debería ser, por así decirlo, una pequeña iglesia, consagrada a Cristo y enteramente influida y gobernada por sus reglas. Y la educación y el orden familiares se cuentan entre los principales medios de gracia. Si estos fallan, todos los demás medios probablemente resultarán ineficaces. Si se mantienen debidamente, todos los medios de gracia probablemente prosperarán y tendrán éxito.

Permitidme, pues, ahora, una vez más, antes de dejar definitivamente de hablar a esta congregación, repetir y encarecer con fervor el consejo que a menudo he dado a los cabezas de familia de aquí, mientras fui su pastor: que se esmeren mucho en enseñar, amonestar y dirigir a sus hijos, criándolos en disciplina y amonestación del Señor; comenzando temprano, donde todavía hay oportunidad, y manteniendo una diligencia constante en trabajos de esta clase; recordando que, si no queréis que todas vuestras instrucciones y consejos sean ineficaces, debe haber gobierno además de instrucción, y que ese gobierno ha de mantenerse con mano igual y resolución firme, como salvaguarda de la religión y la moral de la familia y sostén de su buen orden. Mirad que no os suceda a ninguno de vosotros como a Elí en la antigüedad, que reprendía a sus hijos pero no los estorbaba, y que por este medio no traigáis sobre vuestras familias una maldición semejante a la que él trajo sobre la suya.

Y que los hijos obedezcan a sus padres, y se sometan a sus instrucciones y a sus órdenes, si quieren heredar bendición y no maldición. Porque tenemos razón para pensar, por muchas cosas de la palabra de Dios, que nada tiende tanto a traer maldición sobre las personas en este mundo, y sobre todos sus asuntos temporales, como una conducta irrespetuosa, insumisa y desordenada de los hijos hacia sus padres.

2. Si queréis buscar la prosperidad futura de esta comunidad, es de suma importancia que evitéis la contienda.

Un pueblo contencioso será un pueblo desdichado. Las contiendas que ha habido entre vosotros desde que llegué a ser vuestro pastor han sido una de las mayores cargas bajo las que he trabajado en el curso de mi ministerio; no solo las contiendas que habéis tenido conmigo, sino las que habéis tenido unos con otros acerca de vuestras tierras y otros asuntos; porque sabía que la contienda, el acaloramiento de espíritu, la maledicencia y cosas semejantes eran directamente contrarias al espíritu del cristianismo y tendían, de manera particular, a alejar de un pueblo al Espíritu de Dios y a hacer ineficaces todos los medios de gracia, además de destruir el consuelo y el bienestar exteriores de un pueblo.

Permitidme, por tanto, exhortaros encarecidamente, si queréis buscar vuestro propio bien en lo futuro, a que veléis contra un espíritu contencioso. Si queréis ver días buenos, buscad la paz y seguidla, 1 Pedro 3:10, 11. Que la contienda que ha habido últimamente acerca de las condiciones de la comunión cristiana, así como ha sido la mayor de vuestras contiendas, sea también la última. Ahora que predico mi sermón de despedida, quisiera deciros, como el Apóstol a los corintios, 2 Corintios 13:11, 12: «Por lo demás, hermanos, que os vaya bien. Sed perfectos, sentid una misma cosa, vivid en paz; y el Dios de amor y de paz será con vosotros».

Y aquí quisiera aconsejar en particular a los que se han adherido a mí en la reciente controversia que velen sobre su espíritu y eviten toda amargura hacia los demás. Vuestras tentaciones son, en algunos aspectos, las mayores, porque lo que se ha hecho últimamente os resulta doloroso. Pero, por mal que penséis que otros han obrado, mantened con gran diligencia y vigilancia una mansedumbre cristiana y serenidad de espíritu; y procurad, en este respecto, aventajar a los del partido contrario. Y esta será la mejor victoria, pues «el que se enseñorea de su espíritu es mejor que el que toma una ciudad». Por tanto, nada se haga por contienda o por vanagloria. No deis lugar en manera alguna a un espíritu vengativo, sino velad y orad contra él; y, por todos los medios a vuestro alcance, buscad la prosperidad del pueblo; y nunca penséis que os comportáis como conviene a cristianos sino cuando amáis sincera, sensible y fervientemente a todos los hombres, sea cual sea su partido u opinión, y sean amigables o desconsiderados, justos o injuriosos con vosotros o con vuestros amigos, o con la causa y el reino de Cristo.

3. Otra cosa que concierne en gran manera a la prosperidad futura de este pueblo es que veléis contra las intrusiones del error, y particularmente contra el arminianismo y las doctrinas de tendencia semejante.

Muchos de vosotros, como bien recuerdo, os alarmasteis mucho hace casi dieciséis años ante la aprensión del peligro de que prevalecieran estos principios corruptos. Pero el peligro entonces era pequeño en comparación con el que se presenta ahora. Estas doctrinas están hoy mucho más extendidas que entonces: el avance que han logrado en esta tierra en estos siete años parece haber sido mucho mayor que en cualquier otro espacio semejante antes; y todavía prevalecen y se infiltran en casi todas partes del país, amenazando con la ruina total del crédito de aquellas doctrinas que son la gloria peculiar del evangelio, y de los intereses de la piedad vital. Y últimamente he percibido entre vosotros mismos algunas cosas que muestran que estáis lejos de estar fuera de peligro y que, por el contrario, estáis notablemente expuestos. Las personas mayores quizá se crean suficientemente protegidas contra el contagio; pero conviene que todos se guarden de la confianza en sí mismos y de la seguridad carnal, y que recuerden aquellas necesarias advertencias de la sagrada Escritura: «No te ensoberbezcas, sino teme», y «el que está firme, mire que no caiga». Pero sea cual sea el caso de los mayores, la generación que se levanta está sin duda muy expuesta. Estos principios son sobremanera atractivos para la naturaleza corrompida, y son de aquellos por los que los jóvenes, al menos los que no tienen el corazón afirmado con la gracia, se dejan arrastrar fácilmente.

Y si estos principios llegaran a prevalecer en gran manera en este pueblo, como muy recientemente lo han hecho en otra población grande que yo podría nombrar, antes muy notable por su religión, y eso durante largo tiempo, amenazará con la ruina espiritual y eterna de este pueblo en la generación presente y en las futuras. Por tanto, necesitáis el mayor y más diligente cuidado y vigilancia en cuanto a este asunto.

4. Otra cosa que quisiera aconsejaros, para que en adelante seáis un pueblo próspero, es que os entreguéis mucho a la oración.

Dios es la fuente de toda bendición y prosperidad, y quiere ser buscado para obtener su bendición. Quisiera, pues, aconsejaros no solo que seáis constantes en la oración secreta y familiar y en el culto público de Dios en su casa, sino también que os reunáis a menudo en sociedades privadas de oración. Quisiera aconsejar a todos los que se afligen por el quebrantamiento de José y sienten vivamente las calamidades de este pueblo, sea cual sea su opinión respecto del asunto de nuestra reciente controversia, que se reúnan a menudo para orar y clamar a Dios por su misericordia para con ellos mismos, misericordia para este pueblo y misericordia para Sion y para el pueblo de Dios en general por todo el mundo.

5. El último consejo que quisiera daros (que sin duda concierne en gran manera a vuestra prosperidad) es que tengáis gran cuidado en lo tocante al establecimiento de un ministro, para mirar quién es, o qué clase de persona es, el que establecéis; y en particular en estos dos respectos:

(1) Que sea un hombre de principios cabalmente sanos en el sistema de doctrina que sostiene.

Esto lo necesitaréis en sumo grado, especialmente en un tiempo de corrupción como el presente. Y para obtener a uno así, tendréis necesidad de ejercer un cuidado y una prudencia extraordinarios. Conozco el peligro. Conozco la manera de muchos jóvenes caballeros de principios corruptos, sus modos de ocultarse, los disfraces hermosos y engañosos que suelen ponerse, con los que engañan a otros, para mantener su propio crédito y ganarse la confianza y el favor de los demás, y asegurar y afianzar su propio interés, hasta que ven una oportunidad conveniente para comenzar más abiertamente a introducir y propagar sus doctrinas corruptas.

(2) Procurad obtener un hombre que tenga una reputación establecida como persona de religión seria y piedad ferviente.

Es de suma importancia que quienes son establecidos en esta obra sean hombres de verdadera piedad en todo tiempo y en todo lugar; pero más especialmente en ciertos tiempos y en ciertos pueblos e iglesias. Y este tiempo presente, en que la religión está en peligro por tantas corrupciones en la doctrina y en la práctica, es de manera particular un tiempo en que tales ministros son necesarios. Ninguna otra cosa sino la piedad sincera del corazón merece confianza alguna, en un tiempo como este, como salvaguarda para un joven que apenas entra en el mundo frente al contagio dominante, o para comprometerlo de veras en esfuerzos adecuados y eficaces por resistir y oponerse al torrente de error y de prejuicio contra las elevadas, misteriosas y evangélicas doctrinas de la religión de Jesucristo, y contra sus genuinos efectos en la verdadera religión experimental. Y este lugar es un lugar que necesita particularmente un ministro así, por razones evidentes para todos.

Si llegarais a establecer un ministro que no sabe nada verdaderamente de Cristo ni del camino de salvación por él, nada por experiencia de la naturaleza de la religión vital, ¡ay, cuán expuestos estaréis, como ovejas que no tienen pastor! Aquí hace falta en este lugar uno que sea eminentemente apto para ponerse en la brecha y levantar el vallado, y que sea como el carro de Israel y su gente de a caballo. Necesitáis uno que se mantenga firme como campeón en la causa de la verdad y del poder de la piedad.

Habiendo mencionado brevemente estos importantes consejos, no queda sino que me despida ahora de vosotros y os diga a todos adiós, deseando y pidiendo en oración vuestra mayor prosperidad. Quisiera ahora encomendar vuestras almas inmortales a aquel que antes me las encomendó, esperando el día en que habré de encontraros de nuevo delante de aquel que es el Juez de vivos y muertos. Deseo no olvidar jamás a este pueblo, que por tanto tiempo ha sido mi encargo especial, y no dejar nunca de orar fervientemente por vuestra prosperidad. Que Dios os bendiga con un pastor fiel, uno que conozca bien su mente y su voluntad, que amoneste cabalmente a los pecadores, que examine con sabiduría y destreza a los que profesan la fe y que os conduzca por el camino a la bienaventuranza eterna. Que tengáis verdaderamente una antorcha que arda y alumbre puesta en este candelero; y que, no solo por un tiempo, sino durante toda su vida, y que esta sea larga, estéis dispuestos a recrearos en su luz.

Y que se me recuerde en las oraciones de todo el pueblo de Dios que es de espíritu sereno, y que es pacífico y fiel en Israel, sea cual sea su opinión respecto de las condiciones de la comunión de la iglesia.

Y recordemos todos, y nunca olvidemos, nuestro solemne encuentro futuro en aquel gran día del Señor, el día de la decisión infalible y de la sentencia eterna e inalterable. Amén.


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